En la madrugada de ayer, en su casa de Las Cruces, se extinguió a los 103 años el último poeta que navegó completo el siglo XX. El reconocimiento a los poetas, por su marginación vital, viene siempre ridículamente tarde: Parra no recibió el Cervantes sino hasta 2011, cuando estaba a punto de cumplir cien años. Ahora sí ha muerto el último escritor brillante del 14, y así se acaba de cerrar definitivamente el que fue el siglo de Paz, de Efraín Huerta, de Bioy Casares, de Cortázar.

Como parte de esa dinastía artística que son los Parra, Nicanor entró al círculo de la rica tradición chilena en 1954 con sus Poemas y antipoemas. Esa antipoesía, que se atribuye a su creación, no es más que la sabia asimilación y renovación de la poesía coloquial anglosajona y sus vertientes, que dieron frutos en Nicaragua, y fueron luego arrojadas al caudal latinoamericano. Lo que hizo Parra, realmente, fue enfrentar desde el verso la grandilocuencia y la solemnidad de quien copaba toda la orilla poética en lengua española: Neruda. Esa resistencia antinerudiana no tuvo razones ideológicas sino vitales: los alcances telúricos y planetarios de Residencia en la tierra (1935) ya necesitaban una contestación, una fisura que probara que los grandes talentos no deben encarnar en dogmas ni estatuas. Parra encabezó esa nueva vanguardia, que luego continuaron Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Enrique Lihn, Mario Benedetti y Fernández Retamar, entre otros, para conformar una serie de actitudes y temperamentos poéticos desencantados, críticos, hijos de Hiroshima y Auschwitz, de las esperanzas pronto perdidas de la revolución cubana, congregados bajo el nombre de “poesía conversacional” o “coloquial”.

Dentro de ese ámbito cambiante y abierto, Nicanor Parra hizo de la ironía una destreza artística inigualable, hizo de la mofa y la subversión de los ídolos su principio creador. Llevó la cercanía con el lector y la complicidad con sus burlas, artimañas y experimentos poéticos a un terreno inesperado. Basta leer los versos iniciales de su famosísima “Advertencia al lector”: “El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos: / Aunque le pese. / El lector tendrá que darse siempre por satisfecho”. Como ya lo había hecho en lengua española Salomón de la Selva con El soldado desconocido (1922), Parra asumió en las entrañas ese signo certero de la modernidad: desarmar al “yo” poético, hacerlo rodar por los suelos, embarrarlo en el lodo cotidiano. Parra acabó de demostrar que esa roca sobre el abismo ante cielos y montañas en la que se erguía la conciencia artística del romanticismo, no era más que un pedestal de cera y plástico, un montículo de basura.

Caspar David Friedrich, Caminante ante un mar de niebla, óleo sobre lienzo, 1818, Hamburgo, Kunsthalle.

Como parte de su arte de ironizar, Parra creó antipoemas en papel y en poemarios y, además, sus conocidos artefactos basados en la provocación, el sarcasmo y el humor caricaturista. Son objetos removidos de su contexto común que, a la par del urinario de Duchamp, critican las convenciones estéticas, sociales y políticas sin evitar ese lúcido coqueteo con lo ridículo, lo absurdo. Los siguientes son tan solo dos ejemplos entre muchos más (recopilados en Obra pública).


Pensar que Parra fue un subversivo y un ejemplar típico de la izquierda latinoamericana de los sesenta y setenta tiene claras limitaciones: su disidencia era íntima y arrolladora, burlaba sin tregua los valores establecidos o por establecerse, los asomos de cualquier forma de superioridad moral y política. No son vanas sus lecciones de libertad en este rubro: la verdadera seducción ideológica está en la palabra y sus flancos lúdicos. Un texto como “La batalla campal”, por ejemplo, podría ser muy leído —de manera demasiado parcial— como una crónica del golpe de Estado del 73:

la cosa comienza con un
DESFILE NOCTURNO DE
ENERGÚMENOS
por el centro de la ciudad:
[…]
MANIFESTACIÓN
PACÍFICA DE
ENERGÚMENOS
FRENTE A UNA TIENDA DE POMPAS FÚNEBRES
En teoría no molestan a nadie
y de hecho no hacen otra cosa
que cantar y bailar en tiempo de cumbia
DOS FRASES QUE
REPITEN HASTA
EL INFINITO
¡muertes sí!
¡funerales no!

¡muertes sí!
¡funerales no!

¡muertes sí!
¡funerales no!

PERO LOS ROBOTS
OBSERVAN
ATENTAMENTE LOS
ACONTECIMIENTOS
DESDE SUS CARROS
DE COMBATE
pero al tercer día
LOS ENERGÚMENOS
SE DIRIGEN
TRANQUILAMENTE
A SUS CASAS
después de varias horas de baile desenfrenado
FRENTE A LA MONEDA
cuando aparecen en escena los robots
y comienza la batalla campal
[…]

Con el palacio de La Moneda como escenario del abrir fuego, este texto se publicó en 1971 (en Obra gruesa) y es más bien una inquietante premonición del 11 de septiembre chileno. Este tipo de puestas en escena a lo Parra —donde las letras capitales aluden a los titulares de prensa—, creados como collages, ready-mades y ensamblajes, no permiten que lo encerremos en un marco ideológico. No por nada existe este otro poema, fruto de su astucia y su escepticismo infinito:

Revolución
cuántas contrarrevoluciones
se cometen en tu nombre.

La poesía de Parra por eso llevará siempre el sello de la autocrítica más descabellada, la más saludable, la más necesaria política y estéticamente, cuyo punto de hervor se logra solamente con el humor y el desenfado. Ese hallazgo irrepetible está condensado en Chistes para desorientar a la policía/poesía (1983) y no se cansa con las parodias que le siguen en Poemas para combatir la calvicie (1993). Sin duda, nadie mejor que Parra para combatir la presunción de los Poetas y de la Literatura; nadie mejor que él para asegurar
una denuncia social y ecológica verdadera, liberada de sus ínfulas de salvación cósmica. Nadie mejor que Parra para propinarnos unas inyecciones contra el virus de la corrección política. Y hablando de cosmos, hay que saber que Parra fue también profesor de mecánica, ingeniero, cosmólogo y matemático, pero ese ya es otro cuento.

Chile y el mundo están hoy de luto por su muerte; él seguramente se estaría riendo de sus propios huesos. Los otros huesos que dejó en sus poemas no perderán, sin embargo, actualidad, y podremos roerlos a carcajadas. Ahora hay que despedirse de Nicanor Parra mientras “el cielo se está cayendo a pedazos”.

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.