Después del hiato navideño, recuperamos la amplia crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En esta, la quinta entrega, el protagonista relata su encuentro furtivo con una de las diosas del cine mexicano.

Visión de Venus

Un mediodía, en la calle de Amsterdam, vi a Venus desnuda.

Esto se debió a que doña Emma me hizo el encargo de ir a casa de una clienta a cobrarle un dinero ya muy atrasado que nos debía por la confección de un vestido. Por esa clienta mis amigos de entonces me suplicaban que los invitara a nuestra casa de avenida México 15 cada vez que ella fuera a probarse. Se imaginaban algo que yo sabía descartable desde el principio: la idea de espiarla desde algún lugar oculto. Ese lugar no existía. Más aún: una vez que ella entraba al cuarto de costura, doña Emma y doña Luisa corrían las cortinas —como con todas las clientas, por lo demás— y se clausuraba así cualquier expectativa de show. Es curioso que ese show me fuera concedido alguna vez del modo más inesperado.

Me dirigí al edificio de Amsterdam donde vivió por un tiempo la clienta en cuestión, que era una estridente diosa del amor de los escenarios teatrales y cinematográficos mexicanos. A la sirvienta que me abrió le expliqué que yo buscaba a la señora de parte de la modista para ver si nos pagaba un vestido. Este vestido era de los típicos en que doña Emma y doña Luisa dejaban la espalda y los ojos cada día: un largo y laborioso modelo de noche, bordado hasta la prolijidad con lentejuelas y chaquiras. El hecho es que la sirvienta dejó la puerta entreabierta mientras iba a avisarle a la señora, y mientras le avisaba y la señora se ponía en movimiento, la vi: Venus desnuda, yendo de un lado a otro del departamento, desenfadada y nítida, en varias poses y ángulos como sonrisas silenciosas, sin percatarse de que alguien, un niño, la veía.


Ilustración: Izak Peón

Claro que las diosas no pagan. Al fin de la visión, Venus se puso una sábana y luego se colocó detrás de la puerta, cerrándola lo justo para permitir que cupiera por ahí su cara y un largo brazo izquierdo que me extendía el vestido al tiempo que su dueña me hablaba con dulce mala leche:

—Dile a tu mamá que ni siquiera usé el vestido en Europa. Que se quede con el adelanto que le di. Ni modo. Pero el vestido está nuevo y se lo puede vender a quien sea.

Cerró la puerta y me quedé con el vestido en las manos. Hasta yo me di cuenta de que el vestido era irreciclable después de tanto uso. Ya tenía hilos salidos, claros sin chaquiras y calvos de lentejuelas a punto de desprenderse.

—Ya no más con clientas artistas —dijo doña Emma, cuando le di el vestido y el mensaje—. Nos quedamos con las judías que sí pagan. Le voy a decir a Luisa que con las artistas ya no.

Doña Luisa estaba entonces en Chetumal. Por “artistas” doña Emma se refería a las ofertas de la clienta en cuestión para recomendarlas de modistas a varias actrices de entonces como Silvia Pinal y Verónica Castro.

—Las estrellas, mientras más lejos, mejor —convino doña Luisa cuando supo lo ocurrido a su regreso de Chetumal.

Pocos años después Pedro Ventura y yo no nos perdimos una sola de las películas en las que aparecía esta exclienta de doña Emma y doña Luisa. Un poco como el cine Lido y el Estadio de nuestra zona —nunca el Ritz—, aunque con menos reticencias, el cine Prado de la avenida Juárez permitía la entrada sin más, en películas para mayores de 21 años, a adolescentes recién estrenados como nosotros. Ahí vivimos a plenitud toda la saga de esta exclienta que se ofrecía generosamente desnuda en la pantalla, en películas semiporno que siempre llevaban en sus títulos nombres de animales: lobas, escorpiones, pirañas, buitres.

Nada comparado al mediodía en que fluyó ante mí, para mis solos ojos, el cuerpo blanco y mítico de la actriz Isela Vega.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.