Presentamos la tercera entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En esta ocasión, nuestro protagonista se enfrenta a las temibles y absurdas peleas de la infancia, los golpes propinados a causa de un balón, objeto sagrado de la niñez, que al mismo tiempo se convierte en un objeto que todo lo arregla.

Llanto y puños

Lalo, el Pelón y el Nene, los hijos de la portera del edificio de junto, fueron mis primeros amigos a los seis años de edad. El Pelón fue incluso mi primer contrincante en una niñez con intermitencias de puñetazos y machismo infantil cuyos desafíos siempre temí pero a los que acabé por entrar en cuanto me tocaban la cara.

Estábamos jugando a un pie de la fuente del parque. El Pelón se subió al borde para dar el salto al otro lado del pequeño arroyo que corría junto al chorro. Para urgirlo porque seguía él, Lalo lo empujó. Como yo estaba atrás, distraído, no me di cuenta de que el Pelón me había creído el culpable. En cuanto sacó los zapatos y los pantalones empapados de la fuente, el Pelón me lanzó un derechazo que me reventó el ojo izquiero y me hizo retroceder. Volví y le lancé un derechazo al estómago que lo dobló, luego lo levanté con un izquierdazo que le abrió el pómulo. El Pelón se vino abajo y se quedó sentado junto al borde de la fuente, sin aire por el golpe en el estómago y espantado por la sangre. Se puso a llorar. Yo me espanté más y me puse a llorar también. Nos fuimos juntos hasta nuestras casas, con Lalo y el Nene atrás, como si otros nos hubieran pegado.

En realidad nuestros contrincantes venían a ser los vecinos de la cuadra siguiente, habitantes todos del edificio de Parras 4. Eran Matilde, uno de los hijos de la portera, Pedro Ventura, que en la adolescencia sería mi gran amigo, y dos hermanos apodados el Necaxa y el Atlante, por los equipos a los que le iban. Las disputas eran por un prado del parque ideal para jugar futbol: en él estaba la pared de la biblioteca pública que funcionaba como portería. De otro modo el destino era jugar sobre tierra, porque aún no enlosetaban las avenidas y las pequeñas explanadas del parque (esto traía, además, unas tolvaneras de pronóstico). Los de Parras 4 llegaban siempre a corrernos y nos íbamos humillados porque sobre todo Matilde era feroz para los golpes. Apenas Justino, otro hijo de carpintero, se enfrentaba a él en peleas cíclicas de campeonato. Llegaron a pelearse solo por el gusto, sin motivos reales. Cuando no tenían nada que hacer, sus amigos le decían a Matilde que fueran a buscar a Justino para madrearse. Justino decía incluso que estaba ayudando a su papá a poner la cola en algún mueble pero que enseguida saldría. Poco después empezaba la madriza.

Aquella vez llegaron a corrernos como siempre. No lo aguanté porque ese día de Reyes Magos estrenaba unas rodilleras de portero y un uniforme del Real Madrid y les dije que habíamos llegado primero. Mi inesperada rebelión era lo que Matilde esperaba para ejercitar sus temibles puños. Cuando me di cuenta ya era muy tarde y estábamos en guardia. Entonces me di cuenta de otra cosa. Días antes, jugando futbol de banqueta, al tirarme de un lado a otro como portero espectacular me había descalabrado la cabeza a la altura de la sien derecha contra un poste de asbesto. Fue una herida aparatosa que me costó varios puntos y un parche ciclópeo en el Sanatorio Durango cercano a la casa. Supe entonces que Matilde no solo iba a despedazarme sino que la descalabrada me hacía un blanco más fácil. Empezamos y mi cobardía me indicó el modo de salir: al primer rozón de los puños de Matilde me puse a llorar. Matilde se espantó y salió corriendo con los otros.

Años después, en el borde de la adolescencia y durante ella, por instigación de los mayores de la pandilla que venían de todas las calles de la Condesa al centro convocador del parque, Matilde y yo nos pondríamos los guantes de box en dos ocasiones y Matilde me noquearía técnicamente en las dos. Todavía no sé cómo me enfrascaba en eso sabiendo que iba a perder y sabiendo, más aún, mi temor profundo a los golpes.

Una tarde acababa de llover y como otras veces me salí al parque a tirar unos pelotazos contra la pared de la biblioteca. De la calle de Parras llegaron entonces el Necaxa y unos amigos recién adquiridos por él: tres yucatecos, hijos de la señora que acababa de abrir la miscelánea El Encanto, en el piso bajo del edificio de Parras y Ámsterdam.

Se sentaron en una banca cercana para gritar algo cada vez que yo pateaba la pelota contra la pared. No fue suficiente provocación. Como yo seguía pateando, se pusieron de pie y se acercaron al prado. Seguí pateando. En una de esas la pelota pegó en la esquina de la pared y salió desviada hacia uno de ellos que por supuesto hizo lo esperado: no me la devolvió sino que la detuvo y se la aventó a otro. Me senté en el pasto y colgué los brazos sobre las rodillas, bajando la cabeza para quitarme el sudor como quien acaba de hacer ejercicio y ve practicar a otros en un gimnasio.

—Cuando acaben de jugar me avisan —les dije.

—Apenas vamos a empezar —me dijo el mayor de ellos y avanzó hacia mí.

Me empujó y al irme de espaldas se me echó encima para infligirme la llave sometedora y al uso: estirarle los brazos al de abajo y ponerle las rodillas contra los bíceps. Luego, hacerle lo que se llamaba “tortura china”: con los huesitos de los dedos cordiales apretarle las sienes a la víctima. Los otros vinieron a detenerme los pies para que no me zafara del modo acostumbrado en esa situación: un rodillazo contra los bajos del torturador. Alcancé a levantar una pierna y le di una patada no al torturador sino a uno de los yucatecos restantes, que eran gemelos.

—Déjamelo a mí —le dijo el gemelo al yucatecto mayor, que me quitó las rodillas de encima. “Mmhhta madre”, me dije por dentro para indicar el arribo de la desgracia, mientras me levantaba con las piernas flojas de miedo.

—Dénme mi pelota y ahí muere —dije, más suplicante que conciliador.

—No, ahí no muere —dijo el gemelo—. ¿Por qué me pateaste?

—Fue sin querer.

Se acercó y me empujó.

—Esto también fue sin querer. Y esto— y me reventó un puñetazo en la cara.

Recuerdo entonces una madriza severa. Un rato después veo al gemelo frente a mí, resollando, con los ojos cerrados por la hinchazón, los labios rotos y la nariz sangrante, y yo resollando también y sorprendido, al apartarme, de la obra que acababa de hacer en la cara del gemelo. Yo, casi ileso: un dolor del primer puñetazo que me habían dado, y otro dolor más ligero en la quijada. Nada de sangre en mi cara. El gemelo, exhausto, trataba de contener las lágrimas hasta que vino a él la palabra que las desató:

—Perdí —dijo, mirándome pero diciéndoselo en realidad a sus hermanos y al Necaxa. El Necaxa se empezó a quitar el suéter y me dijo, ofendidísimo después de reponerse a la incredulidad:

—Ahora vas conmigo, cabrón.

Milagrosamente se habían aproximado como espectadores dos desconocidos del tamaño del yucateco mayor. Ellos le dijeron al Necaxa que no habría más. El Necaxa me amenazó con venir otro día a madrearme y se fue con los yucatecos rumbo a Parras mientras yo iba por la pelota que había ido a dar a varios metros de ahí, con esos desplazamientos inexplicables que tienen las pelotas cuando por unos instantes han dejado de ser el centro del mundo.

Los desconocidos que habían parado al Necaxa me felicitaron mientras comenzaba a invadirme la culpa de siempre cada vez que era el ganador de una pelea. Traté de apartarla respirando hondamente mientras mis defensores y yo hacíamos un triángulo para patearnos la pelota. Luego se fueron y seguí peloteando solo como al principio. Llegaron otros de la cuadra y empezamos a jugar tiros desde lejos, siempre con la biblioteca de portería: tres tiros y el perdedor se retiraba para que entrara otro. Como a la hora llegaron de nuevo el Necaxa y los yucatecos, el gemelo ya limpio de sangre pero con los ojos y los labios hinchadísimos. Entonces el yucateco mayor hizo la pregunta por la que debió empezar todo hora y media antes:

—¿Dan chance de jugar?

Hizo la pregunta en general, como en un arreglo diplomático que me incluía sin incluirme —sin conceder demasiado por su parte— y yo por supuesto dije que sí. Cuando me tocó tirar contra el gemelo con el que me había peleado, que con la hinchazón de los ojos apenas si podía ver de dónde venía el tiro, ambos optamos por manejar las cosas con pinzas y hasta la obsequiosidad infrecuente: él por ejemplo decía “buen tiro” y yo, si la bola que había disparado se iba lejos de la portería o a la calle, salía corriendo en vez de dejar que el portero fuera por ella como era la costumbre. Teníamos doce años y pasábamos de las broncas a las cordialidades de cancillería sin más transición que una pelota.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.