Dentro de la reserva ecológica de Celestún existe una isla diminuta que fue uno de los destinos predilectos de Pedro Infante. El ícono del cine surcaba los aires para llegar a ese lugar y pasearse como cualquier hijo de vecino entre los habitantes del pueblo. En 2012, Isla Arena inauguró el museo A Pedro Infante (API) que, entre otras curiosidades, resguarda el título que convirtió al aviador aficionado en señor de los cielos.

Al final de un camino que atraviesa el mar, en el que se alinean uno tras otro cientos de pequeños barcos pesqueros, hay un edificio que no se parece en nada a los que lo rodean. En esta isla de mil habitantes, con calles de arena y casas de techos de palma por las que se asoman algunas hamacas, ese edificio de tres pisos, moderno y con ventanales, tiene que ser algo muy importante. Además, está en la punta y junto al faro.


Fotografías: Ana Sofía Rodríguez Everaert

Efectivamente, la construcción de fachada blanca y ventanas verdes tiene un esténcil que dibuja una cara conocida. Es el museo A Pedro Infante. El “API”, como se anuncia en el largo camino que lleva a Isla Arena.

La isla es parte de la reserva ecológica de Celestún, del lado campechano. En las opciones turísticas, el museo del ídolo del cine mexicano compite con los manglares y sus flamencos y con la Casa del Cocodrilo Wotoch Aayin, una granja de cocodrilos moreletti cuya labor logró que este ejemplar mexicano saliera de la lista de especies en peligro de extinción. Ese espacio llega a albergar a más de 200 especímenes de hasta 6 años. A ellos les sigue el cocodrilo al mojo de ajo, a la mantequilla o a la plancha. Ni hablar, es otro de los atractivos del lugar.

“La mujer más grande del pueblo murió el año pasado”, cuenta Fausti mientras avienta su línea al mar a ver si logra pescar algo. La temporada de pulpo está por terminar, pero quedan los sábalos.

Dicen que tenía 120 años y la venían a entrevistar todo el tiempo, “por eso de Pedro Infante”. Resulta que el actor viajaba mucho a Isla Arena para volar su avioneta. Según lo que se cuenta en el museo, Pedro Infante se enamoró del lugar y de sus habitantes, a los que entretenía con sus piruetas aéreas, les regalaba cosas —entre ellas, televisores— y a quienes les prometía que se retiraría aquí para hacer de la isla “algo bonito”.

El museo abrió en 2012, gracias a los esfuerzos de la hija del actor y el gobierno de Campeche. La entrada es libre durante todo el año, “pero nos visitan sobre todo en los dos meses en que hay vacaciones”. En noviembre la isla está vacía. Estamos nosotros y unas personas de la SENASICA que han venido a entrevistar a los pescadores y a enseñarles algunas cosas sobre cómo evitar que los animales que pescan se contaminen.

Llegar a Isla Arena no es tan fácil, se hacen tres horas en coche si viene uno de Campeche o de Mérida. Pero Pedro Infante llegaba en avioneta y aterrizaba en una pista que hoy ya no existe. “Es en donde ahora está la primaria”, señala Fausti. Mientras, en la escuela los niños están en el receso, en un patio al aire libre que da a las olas del Golfo de México. Es difícil imaginar que alguien diera con este destino hace sesenta años.

El actor era socio de TAMSA (Transportes Aéreos Mexicanos S.A. de C.V.) y fue en uno de los aviones de la compañía en los que se estrelló el 15 de abril de 1957 en la ciudad de Mérida. En el museo, un ejemplar de La voz de Puebla (del estado de Puebla, ni de Yucatán ni de Campeche) cuenta que el accidente ocurrió cuando el actor se encontraba en plena “crisis moral”: estaba lidiando con el detalle de tener dos esposas al mismo tiempo. Parece ser que su viaje a Mérida era para resolver algún problema asociado al matrimonio que ahí contrajo con Irma Dorantes a espaldas de María Luisa León.

Cuentan que en la isla sobre todo disfrutaba del anonimato. Pero, póstumamente, el API reconoce al ídolo en una narración casi hagiográfica. Estaban los mayas en Calkini, llegaron los españoles, y el siguiente gran evento en la historia del lugar son los viajes de Pedro Infante. Para recordarlo, el museo narra su vida, habla de sus películas y programas de radio. Un botón da play a toda su discografía.

Se pueden ver algunos de sus trofeos y reconocimientos enfrente de una cámara de 16mm de la época. Está el libreto original de Los inocentes y los contratos para la grabación de un par de las más de cuarenta películas en las que participó. Una vitrina expone la reproducción del vestuario que usó para Tizoc, otra el de A toda máquina. Resulta que los originales los tiene el Museo de Pedro Infante en Guamúchil, Sinaloa, en donde el actor pasó su niñez y juventud. Ese museo abrió sus puertas apenas este año, a propósito del centenario del nacimiento del cantante y actor. Ya se habían tardado.

Pero el edificio perfectamente aclimatado de esta isla en donde nunca deja de pegar el sol da su batalla. En la sala del piso de arriba vemos desplegados los múltiples oficios de “El inmortal”. Además de actuar y cantar, nos cuentan, Pedro Infante sabía de carpintería y cortar el pelo. Lo segundo lo siguió haciendo por gusto, “como favor a sus amigos”, incluso cuando ya gozaba de toda la fama.

Eso sí: nada como volar. La afición que lo llevó a tener dos accidentes previos al que acabó con su vida se impuso sobre todos sus gustos. En una de las esquinas del museo, hay un diploma que certifica su acceso a algo que suena como un culto de la aviación, o una sociedad de aeroplanófilos. Pan American Grace Airways lo certificó poco antes de su muerte como miembro del “Empyrean Realm of His Exalted Majesty Jupiter Rex”, el “rey de los cielos y el señor del sol, la luna, los planetas, las estrellas y nebulosas”, por haber volado la ruta Panamá-Guayaquil.

A partir de ese momento, a Pedro Infante se le habría de conocer como Cóndor Pedro, insiste el documento. Y este cóndor se paseaba por Isla Arena solo con los más queridos.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert
Editora de nexos en línea.