La Feria de Guadalajara es muchas ferias. Pasa de la tranquilidad al desenfreno, de la pasión a la soberbia, de la humildad al egotismo, como lo comprueba la siguiente crónica.

No debí salir aquella noche

Uno se queda con ganas de más de esos días tranquilos de la FIL. O, mejor dicho, más de esos horarios de día, en que los pasillos todavía van medio vacíos de marabunta y uno se puede detener a buscar algún tesoro entre los estantes. Los días de mañana tempranera en que aparecieron los editores madrileños, frescos y alegres por el arranque; unos con todas las ganas de encontrarse a los lectores, otros, taciturnos, haciendo acto de presencia a la espera del cierre. Y veo más claros esos días por un libro que leí camino a la FIL y que ahora es un juego de azar electivo como al que nos llevan, a menudo, tantos textos. Cuenta Hernán Bravo Varela en Historia de mi hígado y otros ensayos que “la FIL no es un dechado de lucidez y dignidad: basta con encontrar las veinte diferencias que existen entre el editor que presenta un libro a mediodía, bañado y afeitado, encantador y ecuánime, luciendo camisa blanca, zapatos negros, traje a rayas de dos piezas recién salido de la tintorería y el nudo Windsor de una corbata azul celeste, y el editor que de madrugada, desfajado y despeinado, se aferra a los últimos tragos del coctel que ofrece su propia editorial con la camisa abierta, los zapatos enlodados y desamarrados, la corbata hecha bolas que asoma por el bolsillo derecho del saco, intentando primero seducir a las edecanes y, al final, acosando a sus autoras”. Agradece después los lunes, martes y miércoles, que son “los tres mejores días de la feria: limpios, silenciosos, despejados”. Más que las bacanales, a veces tan idénticas a sí mismas, estaba empezando a extrañar esos días de tranquilidad cuando al llegar a casa me encuentro a mi esposa con unos ojos que no son suyos: encendidos, amarillos, brillando como un faro. “Historia de mi hígado” le da título al libro, es justamente una crónica sobre los años en que el poeta se enferma de Hepatitis. Los libros a veces acompañan el azar de la realidad, o la repiten. Y a mi mujer se le ha subido la bilirrubina y ahora ni Juan Luis Guerra, ni mucho menos yo, podemos alegrarla. Aún no sé si empezar a leerle los pasajes de Hernán. “No debí salir aquella noche. Pese a haber dormido el sábado durante más de quince horas, sentí una violenta e inexplicable fatiga…”.


FIL 31, aspectos de color; de la XXXI Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Martes 28 de noviembre de 2017. Foto: Cortesía ©FIL / Gonzalo García

La democracia de los libros

En la última tarde había escuchado la conferencia de una lectora entusiasta y bonachona, y no por eso menos crítica y avispada; perdón, pero debo recalcarlo así, junto a los otros adjetivos, porque en nuestros tiempos ser amable parece sinónimo de ser pendejo. La presentó de forma deslumbrante la deslumbrante Valerie Miles: Azar Nacifi, nacida en Teherán, especialista en literatura inglesa que vivió en carne y alma la revolución islámica hasta que dejó en 1995 su puesto como profesora en la universidad y, antes de exiliarse, decidió crear reuniones con sus alumnas, reuniones clandestinas, para comentar tanto libro perseguido, a Austen, a Fitzgerald, Madame Bovary o Lolita. Y Azar, una señora elegante y risueña, empezó diciendo ¡salud! con su botella de agua y en inglés tan pausado que parecía dicho por una mexicana. Hizo reverencias a México y la calidez de su gente hospitalaria, la belleza de sus paisajes y de su poesía. Recordó que su primer artículo en Irán fue sobre La muerte de Artemio Cruz. La concurrencia reía, aplaudía. “No podemos dejar que triunfe la ignorancia, no podemos dejar que la ignorancia nos gobierne”. Ovaciones. A mi lado, dos adolescentes se emocionaban y ondeaban en sus asientos como banderas que casi se disparan al aire cuando la iraní exclamó, con harto énfasis: “Trump is just an ignorant!”. Luego siguió: “Entre todas las cosas, lo más importante de los libros es que conecten a la gente: se vuelven conocidos los extraños… El mundo de los libros es un mundo sin barreras; es el más democrático”.

Pensé en la pletórica Nacifi y su entusiasmo, casi cándido, cuando veía al día siguiente a los editores conversar sobre sus libros con los ojos encendidos. Ahí me encontré con Máximo Higuera, el editor de Trifaldi, que también es un traductor y un filólogo apasionado. Me hablaba con una voz pausada, unas frases exactas, como si escribiera, y con toda soltura me empezó a contar los celos y resentimientos que nacieron entre Julie de l’Espinasse y Marie du Deffand, en cuyo salón se llegaron a reunir d’Alembert, Montesquieu y Condorcet —dos mujeres clave, imprescindibles, de la Ilustración—. No sé en cuántos lugares alguien se pone a contarte los libros y las historias que le apasionan y a decirte lo que piensa del mundo sin rodeos y a dedicarle tanto tiempo generoso a un desconocido que en ese lapso dejó de ser un extraño. A unos metros, en el mismo estante, Fernando, el editor de Abada, me explicó un día después los viajes de Richard Halliburton, un aventurero de a de veras, que entre otras fue el primero en cruzar a nado el canal de Panamá y pagó el flete de su propio peso y se dedicó siempre a gastarse sus millones en viajar y conocer y viajar y no volver. Me dirán que todo esto son estrategias de mercadeo y que uno, en su primero o segundo hervor, lo ve todo con ilusión de cavernícola. Pues cada quien las suyas, y hasta que las quieran dejar de regar.

La hoguera

Carajo, esas mañanas tranquilas en la FIL nada tenían que ver con las mañanas de circo en el Hilton. Llegué a eso de las diez al enorme vestíbulo, con sus arañas colgantes y su cafetería Starbucks, y por los salones ya patinaban las cámaras de televisión, los apuntadores como yo, los organizadores que esperaban a tal o cual. Llegó al lobby Emmanuel Carrère, medio perdido, medio anónimo, y me le acerqué junto con una encargada de prensa. ¿Cómo lo ha recibido México? “Uff, muy bien, extremadamente bien, es casi demasiado, nada mal para el confort narcisista”. La grabadora no llevaba ni tres minutos encendida cuando una joven, de cabello suelto, ondulado y muy negro, interrumpió sin pena la entrevista y le plantó un sonoro beso en la mejilla al autor. A él no le alcanzó más que para dedicarle un “Bonjour” entre apenado y sorprendido. La valiente se meneó por su atrevimiento y se retiró no sin antes voltearnos a ver y empujar una carcajada malévola desde el fondo de sus extrañas en orgullosa ebullición. Antes de cerrar la puerta del salón en donde estábamos, volvió a mirarnos y a reír con sorna. Miren, mientras ustedes lo alaban y le extraen palabritas para atesorar, yo le dejo mi marca roja en el cachete, mis labios a él, él y yo, ¿lo ven? Al poco rato salió de otro salón Paul Auster, con lentes oscuros, y Carrère lo saludó amablemente. Con ese acento gringo que nos suena tan líquido y resbaladizo, Auster le comentó burlón que había tenido que despachar a un periodista tras otro. ¿De qué sirve entrevistar a los autores? A veces, es mejor ni conocerlos, quedarse con la santa paz de sus páginas. ¿En qué los hemos convertido, con tantos medios en el avispero de sus agendas, encumbrándoles la vida? Auster había sido pretencioso, tal vez, pero sentí que había más vanidad, infinitamente más, en la carcajada de la atrevida besucona.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.