Ofrecemos a continuación la segunda entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar. En este episodio, un trío de yucatecos desatan el caos con sus rocambolescas y alcohólicas andanzas, y la casa del escritor se ve sitiada, cual castillo mediaval, por una pandilla capitaneada nada menos que por Alberto Vázquez.

La noche en que al Tuch lo entregaron

La casa de la avenida México 15 siempre estuvo llena de huéspedes venidos de todas partes de la provincia mexicana y eventualmente de Centro y Sudamérica. Controlar a estos vándalos no era tarea fácil para doña Emma y doña Luisa. Casi no había noche sin entuerto. Estos entuertos tenían un formato similar: hasta la casa llegaban demandantes o vendeteros por modos tan diversos pero tan coincidentes como los gritos, los golpes o las balas.

Por las balas: una noche de mi niñez mi prima Lupe fue a despertarme con la noticia de que unos bandidos habían disparado contra la casa y que había un hoyo inmenso en el vidrio grueso de la puerta. El tiro se había colado entre los viejos barrotes Art Decó y fue a dar, una cicatriz aún palpable largo tiempo después, contra la puerta de la azotehuela que estaba abierta. La bala no llegó, así, a la cocina, donde estaba doña Emma preparando desayunos y cantando, como todas las mañanas, una de sus tonadas favoritas:

       Para bailar y cantar bien el fado,
       Hay que nacer en Portugal;
       Tristes recuerdos me trae el pasado
       Que ya no volverá.

Cuando sonó el impacto, un huésped protegió a doña Emma tras el refrigerador hasta cerciorarse de que no habría más tiros. El destinatario de la bala era el huésped apodado El Caballo. Lo venían persiguiendo por todo el parque algunos litigantes de faldas y El Caballo —lo cual era parte del formato acostumbrado—se había metido hecho la raya a la casa mientras los persecutores trataban de cazarlo con la última bala de la pistola.

Cosas así, aunque no siempre tan extremas, eran el pan de cada día o el jugo de cada madrugada en nuestra casa. Recuerdo especialmente la noche en que al Tuch lo entregaron.

El Tuch era un huésped yucateco y así lo apodaban sus coterráneos porque era chaparro, redondo y tenía el destino negro como un ombligo (tuch en maya). Los otros huéspedes yucatecos eran El Xix (Shish), así apodado por el Tuch porque era bajo y codo como un residuo, y El Cavax (Cavash), así apodado por El Xix porque era negro, enano y elipsoide como un frijol.

No hace falta agregar que los tres eran unos briagos de pronóstico. Lo menos que hizo El Xix en una borrachera fue meterse al lago de los patos del Parque México a las dos de la mañana para estrangular a un especimen. Los cronistas registran que antes de introducirse al lago con todo y suelas, el Xix dijo en su acento peninsular, refiriéndose a su proyecto sobre el pato:

—Voy a someterlo, y mandar que lo hagan pebre.

La caza fue infructuosa pero los frutos del escándalo casi les cuestan al Xix y a sus acompañantes, primero, una madriza con los guardianes del Parque México, y luego una estadía prolija en la Octava Delegación. Cierto ungüento monetario procuró la elemental aquiescencia policiaca.

Lo menos que hizo El Cavax fue tomarse, él solo, dieciocho cubas en la cantina El Cú-Cú de la esquina de Coahuila e Insurgentes y luego transitar, él solo, por la placita de Popocatépetl para enseguida convocar, él solo y contra él, a toda una pandilla zonal dirigida por el protocantante Alberto Vázquez. Los pandilleros siguieron al Cavax hasta nuestra casa de huéspedes. Como El Cavax abrió y cerró rápidamente la puerta de la casa y fue a meterse en las cobijas para fingir somnolencia, los pandilleros cercaron la casa y solicitaron a gritos su cabeza.

Doña Emma salió al balcón para decirles a los sitiantes que se fueran o llamaría a la patrulla. Los sitiantes enardecidos le gritaron que la patrulla más cercana era una extensión de ellos mismos. Desde el balcón del castillo, doña Emma vio hacia la noche del Bosque San Martín y tuvo entonces la brillante idea de poner a calentar volúmenes nunca vistos de agua en las ollas más enormes que hubiera en la cocina. Regresó al balcón a decirles a los sitiantes que en breves momentos caería sobre ellos, como en las irrefutables películas de la Edad Media, una cantidad a pensarse de quemaduras que fluctuarían entre el primero y el segundo grado, según lo próximos que estuvieran los sitiantes de las puertas del castillo, y según les tocara, o no, el contenido de otra olla especial pero igualmente en preparación: varios litros de aceite Capullo —tanta la reserva disponible porque era casa de huéspedes— que serían volcados sin contemplaciones sobre las hordas enemigas.

Dicen los cronistas que los perturbadores del castillo mentaron madres pero, citan a doña Emma, finalmente “ahuecaron el ala”. Es decir que partieron con diligencia. A ese hecho le debemos la versión mexicana de “Sixteen Tons” interpretada por Alberto Vázquez quien, así disuadido por el hervor de los peroles, tomó la senda del juglar radiofónico y dejó para el cine las actividades pandilleriles. En sesión solemne y frente a un café inmerecido, un Cavax lacrimoso juró ante doña Emma que no lo volvería a hacer y dio gracias por haber salido con tanto bien de tan mal trance.

Lo menos que hizo El Tuch a las tres de aquella mañana fue decirle al taxista que entraría por dinero a la casa de México 15 y que en un instante saldría a pagarle. Acto seguido, El Tuch fue a encerrarse en uno de los dos baños que había en el primer piso. El timbre de México 15 sonó tan bestialmente que doña Luisa fue a abrir. El taxista le dijo a doña Luisa, primero, que cuarenta y cinco minutos atrás un señor había entrado en la casa luego de decirle que iría por dinero para pagarle y aún no había salido; y segundo, que si antes de pasar, primero, él mismo a romperle la madre al señor, y segundo, llamar a la policía, los habitantes de esa casa no tendrían la gentileza, primero, de darle una cubeta de agua, y segundo, una jerga, porque el señor se había vomitado profusamente en el taxi.

Luego de oír los reclamos y las solicitudes, doña Luisa le preguntó al taxista cómo era el señor que se había metido sin pagarle, porque en esa casa habitaban muchos señores. El taxista le dijo entonces que era chaparro y algo gordo y que hablaba como yucateco.

Doña Luisa no andaba para enigmas y fue a tomar a la Esfinge por el pelo. Entró sin preámbulos al cuarto de los yucatecos que se hacían los dormidos y preguntó al primero de ellos, sacudiéndolo:

—¿Usted es Heriberto? —el nombre del Xix.

—No —dijo El Cavax—. Yo soy Mario.

—Heriberto —dijo doña Luisa sacudiendo al Xix al ver que una de las camas estaba vacía—: ¿Dónde está Ramiro?

—Está en el banio, donia Luisa, está en el banio. Trae enredo. No le haga danio, está pedo—dijo peninsular y cacofónicamente El Xix, entregando al Tuch a la Mano Secular de México 15.

Doña Luisa apenas contuvo su irritación:

—Sáquenlo de inmediato, y que pague lo que tiene que pagar —les dijo al Xix y al Cavax, sabiendo que no resolverían el problema, mientras bajaba al cuarto de costura por la solución adecuada. El cuarto de costura era también cuarto de herramientas, sala de radio, probador de clientela, bodega de maniquíes y, entre otras tantas cosas, dormitorio de doña Emma, doña Luisa y el menor de la familia que era yo.

—¿Qué pasa, mamá? —le pregunté hipócritamente a doña Emma, fingiendo que me despertaba, como El Xix y El Cavax, mientras del cuarto veía salir a doña Luisa con un martillo.

—Nada. Duérmete —dijo doña Emma, levantándose de la mesa de trabajo en la que se sobaban el lomo ella y doña Luisa hasta las madrugadas para acabar vestidos de clientas siempre urgidas, que luego pagaban bicocas por trabajos increíbles—. Duérmete—reiteró al cerrar la puerta y salir al “hall” de la planta baja.

Me levanté y con un dedo discreto moví los visillos que daban a la planta baja para incorporarme al público que se había formado ya en todos los niveles de México 15. En materia de sonido, no había problema:

—No puede salir, donia Luisa—dijo El Cavax, arriba.

Sonó el primer martillazo en la puerta del baño; antes, o al tiempo, la voz de doña Luisa. Aún le hablaba “de usted” al Tuch:

—¡Salga, pedazo de porra!

—¿Quién es? —preguntó El Tuch, haciéndose el usuario eventual del inodoro.

—¡Salga, comemierda! —dijo doña Luisa en el español que le habían dado los años vividos en el noreste cubano, al tiempo que martillaba contra la puerta con proverbial fuerza atribuida a su nacimiento asturiano cincuenta y pico años atrás.

—Luisita, mi reina, ¿es usted?

—¡Luisita, la miarda! —dijo doña Luisa en el español que le habían dado los años vividos en el sureste mexicano; años que daban en sustituir, sobre todo en momentos de irritación insostenible, la e de “mierda” por la a de “miarda”.

Así que cuando El Tuch salió del baño, persuadido por los martillazos, doña Luisa ratificó:

—¡Vaya a enfrentar lo que debe, pedazo de miarda!

Vimos bajar al Tuch rumbo a su compromiso con el martillo de doña Luisa atrás y encima de él, escalón por escalón. El silencio de la canalla era espectacular; nadie se atrevía a escarnecer al Tuch, como habría sido el caso en una deriva menos imponente. Detrás del Tuch y el martillo de doña Luisa bajaron El Xix y El Cavax. Habían hecho ya una colecta entre otros huéspedes. En aquel entonces los “otros huéspedes” tenían a su vez dos modos de recolectar, una vez que se agotaba el giro enviado desde sus casas provincianas: iban al Monte de Piedad a empeñar la prenda que fuera, pero que fuera por lo general la prenda de otro huésped; y el otro modo era cantar en los camiones. De esos fondos habidos en el día juntaron El Xix y El Cavax para alcanzar al Tuch y darle dinero al taxista. Regresaron por una cubeta y una jerga y ellos mismos ayudaron a la limpieza del taxi.

Cuando vi que todo volvía a su cauce, me regresé rápidamente al sintético sofá-cama y me hice el dormido entre las cobijas con una suerte mejor que la de El Xix y El Cavax. Doña Emma entró poco después. Doña Luisa entró poco después de doña Emma, puso el martillo junto a la mesa por si hiciera falta de nuevo, y concluyó.

—Porra. Pedazo de miarda.

Luego, calmándose, le dijo a doña Emma:

—Emma, ¿ponemos café?

—No, Luisa, porque nos da sueño. No vamos a acabar. La señora Meltzer y sus hijas vienen a las nueve a probarse. ¿Tú has visto, lo que hizo Ramiro? Mañana mismo le voy a pedir que se vaya.

—Pedazo de porra. Vaya a la miarda —dijo doña Luisa y volvió al tema—: Un buchito, Emma —para sugerir un poco de café en el español que le habían dado los años vividos en el noreste cubano pero, sobre todo, los años vividos cosiendo hasta la madrugada para sacar la casa adelante.

—Bueno, un buchito, Luisa —dijo doña Emma sabiendo que les faltaban noches y años de costura y huéspedes para sacar la casa adelante.

—Un buchito, Emma. Y pon el radio muy bajo para no despertar a Güicho —dijo doña Luisa refiriéndose a mí, mientras doña Emma se dirigía a la cocina por café.

Doña Luisa siguió murmurando, discutiendo a solas, aún reprendiendo al Tuch y a la situación que había traído.

—¿Tú te has fijado, Luisa? —dijo doña Emma al entrar con las tazas de café, haciendo la pregunta de siempre en esas ocasiones, y siempre descartando el hecho de que llevaban noches de no dormir—. ¿Por qué a nosotras nos da sueño el café, y a otras personas se los quita?

—Es que toman café de porra, Emma. El buen café no tiene por qué desvelar a nadie —dijo doña Luisa—. Solo es un buchito. Y si nos da sueño, Dios dirá.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.