De entre los escritores, los poetas son una raza aparte. Se les imagina ajenos al mundo, inmersos en universos propios. Su cabeza tiene la capacidad de atender mil asuntos, profundos y pedestres, que de una u otra forma acabarán vertidos sobre su obra. Es por eso que el siguiente gabinete es tan sui géneris. Acudimos a ocho para que nos dijeran qué libro estaban leyendo en este momento, y la respuesta fue una resplandeciente biblioteca.


Luis Miguel Aguilar: un Garcilaso con “harto” comento y una lágrima

Ya desde la novela El licenciado Vidriera de Cervantes, se observa que el personaje Tomás Rodaja al trasladarse de un lado a otro lleva con él dos libros; uno de ellos, un “Garcilaso sin comento”. Es decir que “Garcilaso” ya era en realidad unos cuantos poemas y alrededor o al pie una gran cantidad de anotaciones, referencias, rastreos, en fin, “aparato crítico”. Desde hace unos meses circula entre nosotros un Garcilaso con, digamos, “harto” comento. Es el libro Garcilaso de la Vega. Poesía castellana (Ediciones Akal, 2017). Como en casos similares, uno se pregunta si el trabajo de los editores no fue excesivo, si no anotaron “de más” a Garcilaso. Y como en ocasiones similares, la respuesta es no: mejor que sobre y no que falte.

Ahora bien. Entre otras cosas me ocurrió una con este Garcilaso. Fui, voy a uno de sus poemas más famosos. Lo transcribo de memoria (de modo que no se fíe quien lee de la puntualidad en lo transcrito):

            Hermosas ninfas que en el río metidas, *
            contentas habitáis en las moradas
            de refulgentes piedras fabricadas
            y en columnas de vidrio sostenidas;
                   agora estéis labrando embebecidas,
            o tejiendo las telas delicadas;
            agora unas con otras apartadas
            contándoos los amores y las vidas;
                   dejad un rato la labor, alzando
            vuestras rubias cabezas a mirarme,
            y no os detendréis mucho, según ando:
                   que o no podréis de lástima escucharme,
            o convertido en agua aquí llorando
            podréis allá despacio consolarme.

Es un soneto lleno de alusiones y citas clásicas, empezando por las Metamorfosis de Ovidio. Pero volví a sentir en carne propia que a veces la lectura “adecuada” de poesía es la que a uno se le pegue la gana. Mejor dicho: toda lectura es tan “acertada” o “equívoca” como el propio gusto, o lo que uno le añada o deje de añadirle. De modo que esta vez al descubrir en las notas de los editores que el pasaje de las ninfas rubias venía de un verso de Virgilio, más bien me pregunté por qué las ninfas siempre han sido rubias; y me contesté caprichosamente: pues porque junto con o más allá de las ineludibles transparencias cristalinas en ríos, el sol está siempre sobre y dentro del agua en esta tradición poética.

Y ahora bien y un poco en lo mismo. Me sorprendió la parte final de la nota que incluyen los editores sobre este poema, o sobre su último verso. Según el hallazgo, en el “consolarme” Garcilaso logró colar la palabra lágrima —que no aparece directamente en un poema de lágrimas— al meter “larme”, es decir lágrima en francés. Me detuve en la hoja, la volví de un lado y otro, y no encontré si había “evidencia” en algún sitio de que Garcilaso se hubiera propuesto eso, o si era una “sobrelectura” o un deseo de los editores. Porque mientras lo averiguo, si es que lo averiguo, pongo esto en una zona mental, o en notas que tengo regadas en algunos cuadernos, a la que podría encabezarse como “La suerte del poeta”. Eco de otra cosa: en el futbol se dice que “portero sin suerte no es portero”; a veces, según yo, poeta sin suerte no es poeta. Y quizá Garcilaso, sin proponérselo, tuvo la suerte de que al escribir “consolarme” las últimas dos sílabas formaran “lágrima” en francés.

 

* Por coincidencia, al tiempo o poco después leía también los Diarios (ERA, 1994) de José Lezama Lima. A Lezama no le gustaba el primer verso; mejor dicho, no le gustaba el “metidas” por considerar algo así como que esta palabra “arañaba” a las ninfas, y acudía entonces a un pasaje de San Juan de la Cruz donde el uso de “meter” sí le latía. Puede que tenga razón; a mí en cambio me parece que “metidas” le quita un poco de obviedad, o trastoca en algo, para bien, el previsible e inicial “hermosas ninfas”.

Luis Miguel Aguilar
Autor de Pláticas de familia, El minuto difícil y Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas, entre otros libros.

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Carmen Boullosa: de lo desconocido a lo familiar

Leo dos libros, intercalándolos. Al maravilloso angoleño José Eduardo Agualusa (en versión al inglés porque es el ejemplar que tengo a mano, A General Theory of Oblivion, hermosamente editado por Archipielago, traducido por Daniel Hahn). El segundo libro es Tabaco frío, coca dulce, de la tradición popular de los cananguchal; la fuente en lengua uitoto es Hipólito Candre-Kīneraī, y el recopilador y traductor Juan Álvaro Echeverri.

¿Por qué los escogí? Al primero, porque a veces tengo alma de bolero: buscando placer. Me lo regaló un lector al que admiro, y sabía que iba a ser lo que es, una joya. Al segundo, porque ando en busca de distintas versiones de la creación del humano, voy tras “Génesis” distintos. Me interesó imaginando que este contendría una versión con psicoactivos (coca y tabaco, nada mal): el ser humano es el animal que se droga. El subtítulo me alentó: “Palabras del anciano Kīnerdaī de la Tribu Cananguchal para sanar y alegrar el corazón de sus huérfanos”. Tiene que ver con una novela que escribo, y que por el momento también desescribo, como es siempre el proceso. Hay otro motivo por el que los escogí: perdí el libro que leía, una recopilación de cortas piezas publicadas en un periódico indonesio, me lo puso en la mano el autor —Goenawan Mohamad—, lo comencé por curiosidad digámosle geográfica —a ver qué veía del pulso actual de su país—, pero terminé admirándole la escritura y la forma; fui del “qué” al “cómo”, de lo desconocido a lo familiar. Viendo el libro perdido, me dividí en dos: tomé Agualusa por la forma —el cómo esplendente del autor—, otro para satisfacer la curiosidad, encontrar en él el qué. Y eso sí que tiene que ver con escribir: en un texto literario, no hay qué sin cómo, ni viceversa.

Carmen Boullosa
Autora de La patria insomne, El complot de los Románticos y Las paredes hablan, entre otros libros.

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Hernán Bravo Varela: lecturas en Buenos Aires

A tono con la ciudad donde me encuentro de paseo, Buenos Aires, estoy leyendo varios libros simultáneamente, todos ellos editados aquí: Tener (Audisea, Buenos Aires, 2017) segundo libro de poemas en edición bilingüe de la joven poeta estadounidense Robin Myers, quien actualmente vive en la Ciudad de México;  Música prosaica (Entropía, Buenos Aires, 2015), cuatro ensayos sobre el arte de la traducción literaria, escritos por el narrador y traductor argentino Marcelo Cohen; y Stoner (Fiordo, Buenos Aires, 2016), la obra maestra del novelista estadounidense John Williams.

Escogí las lecturas por azar. Entre otras muchas novedades, conseguidas en distintas librerías porteñas, Myers, Cohen y Williams son solo tres de los muchos y sorprendentes descubrimientos que he realizado en estas latitudes. Se hace evidente, además, la robustísima salud del mercado editorial argentino, que opaca ya al español en factura y catálogo.

Ninguna de estas lecturas, salvo el libro de Cohen, tiene una relación directa con mi escritura actual —aunque formarán parte de mi memoria de lector y, quizá por ello, de la memoria por venir de la escritura.

Hernán Bravo Varela
Autor deOficios de ciega pertinencia, Comunión y Los orillados, entre otros libros.

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Marco Antonio Campos: entre el cálculo y el azar

Estoy leyendo poemas y prosas de López Velarde  (y libros sobre él), las novelas de Kazuo Ishiguru, el primer tomo de los Inventarios de José Emilio Pacheco, cuentos de Julio Cortázar y algunas novedades, como el libro de poesía A puerta cerrada de mi amigo Luis García Montero, el poeta más representativo de la poesía de la experiencia, y la Iconografía de Eraclio Zepeda, que la leo y la veo y la vuelvo a ver con honda melancolía. 

En el primer caso, lo leo porque es mi tema actual en el Instituto de Filológicas de la UNAM. Estoy terminando un Diccionario Lopezvelardeano siguiendo un poco el modelo del pequeño libro de Leonardo Sciascia que hizo sobre Pirandello. Voy muy adelantado.

En cuanto a Ishiguro, creo que a veces los Premios Nobel dan buenas sorpresas, como fueron los casos de Imre Kertész, Svetlana Alexiévich  y Patrick Modiano. Quiero ver si la es Ishiguro. 

Vuelvo a leer los Inventarios de José Emilio, ahora en libro, con deleite, admiración y envidia. Fue sin duda el gran periodista literario del siglo XX en México. Es asombroso cómo une, con gran conocimiento, crónica y ensayo.

He escrito ensayos sobre la mayoría de los grandes narradores latinoamericanos; Julio Cortázar fue ante todo un cuentista excepcional, que une extraordinariamente en su narrativa la excesiva cotidianeidad y las puntas y los filos del horror; me siento en deuda con él. 

Las lecturas desde hace casi cincuenta años se me han dado entre el cálculo y el azar. 

“Todo, en el mundo, existe para terminar en un libro”, diría Mallarmé. Pero no completó diciendo si bueno o malo.

Marco Antonio Campos
Autor de Viernes de Jerusalén,  Aquellas cartasDime dónde, en qué país, entre otros libros.

 

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Antonio Deltoro: exploración de Dostoievski

Estoy leyendo Los hermanos Karamázov. La estoy leyendo por primera vez. A esta gran novela y a Crimen y castigo las he intentado leer muchas veces antes y nunca las he terminado, porque me angustian hasta límites insoportables. Espero, a mis setenta años, tener el suficiente temple para terminar, por lo menos, Los hermanos Karamázov.  Ya estoy a punto de lograrlo: ha sido una larga temporada de lectura que me ha llevado a comprender territorios extremos de la condición humana. He sido toda la vida un gran lector de novelas, en particular de las de Tolstoi y Dostoievski.

Como se puede comprender, no tiene esta lectura nada que ver con ningún proyecto. En general, salvo para algún ensayo, leo sin premeditación y sin programas.

Antonio Deltoro
Autor deBalanza de sombras y Los árboles que poblarán el Ártico, entre otros libros.

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Ana Franco Ortuño: lecturas aleatorias

Generalmente tengo una pilita de libros en la mesa de noche; ahora tengo los Once cuentos de Klondike, de Jack London, Bajo el volcán, un libro de poemas de Diana Garza Islas y una historia de la brujería en Occidente.

El random de esos libros es casi siempre aleatorio: un amigo querido tradujo a London, fui a Cuernavaca a perseguir a Lowry estos Días de Muertos, Diana me mandó su libro y hace mucho quería leer esa historia de la brujería.

La relación con mi obra puede ser muy directa, aunque no en el caso de todos: me interesa el Silencio Blanco de London para trabajar una serie de poemas, me gustaría hablar sobre Diana y otros autores jóvenes en mi columna del Periódico de Poesía, lo otro no es claro todavía.

Ana Franco Ortuño
Autora deEl libro de las ideas y Peligro de extinción, entre otros libros.

 

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Mónica Nepote: seducción, juego y paseo

Estoy leyendo, como siempre, varios libros al mismo tiempo. Uno de reconsulta, otro para hacer un proyecto de comentarios micro a libros que me interesan en una red social, esto un poco por disciplina y otro por enamoramiento.

El de reconsulta es Wanderlust de Rebecca Solnit, una historia del caminar que me parece un libro sorprendente por muchas razones: por el horizonte que abarca, por el estilo de Solnit, porque fue el primer libro suyo que conocí,  porque cuando empieza el otoño es época de caminar para mí (hago montañismo desde hace dos años) y siempre me inspira y me guía.

El que tiene que ver con mi proyecto de comentarios es La abolición del trabajo de Bob Black que es un ensayo delicioso, irreverente y juguetón que precisamente parte de la idea de la importancia del juego en nuestras vidas, de toda aquella tarea que implica el disfrute y no la idea de seriedad, cansancio, explotación y muchas otras cosas supuestas que se atribuyen a la idea de trabajo. Es un libro anarquista y la anarquía que propone lo lúdico como orden me parece profundamente seductora.

El del enamoramiento es un libro que reúne artículos periodísticos de Joan Didion, todo esto porque acabo de ver el documental acerca de esta autora contundente, tremenda, brutal y precisa. 

¿Por qué los escogí? Noto en los tres libros algo que me interesa mucho y que puedo encontrar como una gran cualidad de la escritura ensayística: el proceso de montaje. Solnit va cambiando de tema como cuando cambias de paisaje al caminar, tal cual avanzando; como es una relectura estoy marcando los momentos de transición, los goznes ocultos en su prosa nítida.

El de Bob Black supongo porque cada vez me gusta más la idea de trabajar haciendo cosas que me gusten y porque para echar a andar el proyecto de minicomentarios en una red social funciona un libro corto.

Didion por pura seducción.

En el presente ya no sé si mi trabajo es o no poético, pienso en los proyectos híbridos: escritura que conjunta ensayo, prosa y quizá algo de poesía, por qué no. Pero los pienso también como interfaces, como dispositivos o como metáforas que puedan desplazarse en una serie de plataformas. Tengo dos proyectos muy incipientes que tienen que ver con el cuerpo, uno con la resistencia (es muy spinoziano) y otro con la idea del cuerpo no representado pero por razones políticas: por la discapacidad, me interesa la forma en que la sociedad borra los cuerpos de ciertos enfermos. Y no quiero decir más porque soy supersticiosa y temo la idea de que esto irrumpa en su proceso.

Mónica Nepote
Autora de Trazos de noche herida e Islario, entre otros libros.

 

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Sara Uribe: ensayo y poesía para una tesis

Actualmente estoy leyendo Aquí, América latina: una especulación, un libro de ensayos de la crítica literaria argentina Josefina Ludmer y releyendo Viriditas, El disco de Newton y La imaginación pública, los últimos tres libros de poesía de la escritora tamaulipeca Cristina Rivera Garza. Estoy efectuando estas lecturas porque están relacionadas con mi trabajo de tesis para el posgrado en letras modernas que estoy estudiando.

Sara Uribe
Autora de Lo que no imaginas y Antígona González, entre otros libros.