El miedo nos ha acompañado desde que tenemos conciencia. A lo largo de milenios, este sentimiento se ha configurado en una complejísima red de significados. El siguiente decálogo pretende apenas resaltar algunos de estos códigos, con la intención de trazar una breve cartografía del miedo.


Gótico. Como reacción al racionalismo y las buenas costumbres del siglo XVIII, en 1765 Horace Walpole publica El castillo de Otranto y da vida a una imaginería que se contrapone a las leyes establecidas: el caos devora al orden y la noche al día, el palacio neoclásico es sustituido por el castillo medieval —con sus pasadizos y calabozos que son metáfora de la retorcida mente del villano: el monje, el vampiro, el adorador de Satán—. Damiselas en peligro, héroes, depravados, cementerios, catacumbas: toda una parafernalia que vive hasta nuestros días.

Terror vs Horror. El miedo como sentimiento y construcción artística puede dividirse en estos dos vocablos que a menudo son utilizados de manera indiscriminada. Según Stephen King, el horror está asociado con la repugnancia más visceral, la sensación, por ejemplo, “de observar un accidente de tráfico”, el dolor de una escena brutal. El terror en cambio tiene que ver con una sensación más onda, algo que acecha, el suspenso, el pánico, lo que no vemos. ¿Podría ser Lovecraft el punto de encuentro entre ambos términos?

Normal vs anormal. Otros dos ejes bajo los que se puede trazar la cartografía del miedo tienen que ver con lo tangible y lo intangible. Uno apunta a lo concreto y explicable; el otro se relaciona con el mundo de lo onírico (la pesadilla, la alucinación, la locura). El mal nacido de lo humando frente a lo sobrenatural, el fantasma frente al asesino serial, el diablo frente al científico loco, la crueldad humana frente al destino trágico o, si se quiere, el mal ejercido como acto de voluntad frente al inexorable devenir de lo diabólico.

Doppelgänger. El temor a lo desconocido no solo proviene de aquello que está fuera del individuo. El señor Hyde y el licántropo exponen el lado oscuro de la psique humana, lo incontrolable, la pulsión negativa que palpita en todos y que puede tomar el control (de ahí su carácter espeluznante) sin que podamos evitarlo. Algunos lo ven como el conflicto entre lo apolíneo y lo dionisiaco. En todo caso, el miedo se vuelve exponencial cuando se piensa que, en el fondo, estamos hechos de ambas potencias.

El Otro. Ese que no soy yo puede dañarme porque es ajeno, diferente, incomprensible. La premisa se cumple con todo rigor en la ciencia ficción, donde el mal casi siempre proviene de fuera y el rechazo a la alteridad se hace patente. En Estados Unidos, la Guerra Fría potenció un sinfín de fábulas donde las hordas extraterrestres disfrazaban el temor colectivo de un pueblo hacia el extranjero o el inmigrante de turno; aquel que, por su simple presencia, pone en riesgo la idea de orden.

Boca. Posiblemente el gran complemento del miedo es el sexo. Sería raro encontrar una obra que no incorporara este elemento ya sea en el plano gráfico o simbólico. El primero, evidente, nutre las galeras del pulp. Del segundo hay quien opina que esconde el riesgo de contagio, ya sea por el beso del vampiro, la mordida del zombi o las fauces del alien de H.R. Giger, esa vagina dentada que resalta los temores atávicos. Para otros, la boca “nos retrotrae al primer estadío de impulsión caníbal, cuando la ingestión alimentaria y el deseo erótico se confundían”.

El niño. Si lo siniestro es “lo familiar, lo íntimo y lo amable transformado en su contrario, a la vez que lo secreto, oculto o escondido, deja de ser tal”, la figura del niño diabólico encarna este concepto con toda su ferocidad. Bien sea como símbolo de pureza desgarrada (El exorcista), vehículo de venganza (El aro), semilla del anticristo (La profecía, El bebé de Rosemary), portador de lo sobrenatural (Carrie), germen de la maldad (Los niños del maíz, El otro), cuando la inocencia es poseída por el las tinieblas, el miedo alcanza su cuota más alta.

Gore. El uso extremo de la violencia, sangre y vísceras. Su conducto ideal fue el cine de serie B. Blood Feast, La noche de los muertos vivientes, Dawn of the Dead son clásicos de este sector que suele echar mano de contenidos pornográficos. Bastardo del gore es el Slasher, ese maniaco sobrehumano (Michale Mayers, Jason Voorhes, Freddy Krueger) que plagó el cine de los ochentas, curiosamente, durante el neoconservadurismo de la era Reagan: un ángel exterminador que sentencia a las precoces adolescentes que están a punto de tener relaciones sexuales.

La casa. Si en sus orígenes el mal se encontraba restringido al ámbito rural, a lo que no era el seguro territorio de la ciudad, sus reglas y comodidades civilizatorias, el miedo poco a poco fue penetrando el espacio urbano hasta provocarle un infarto: el hogar se convirtió en un ambiente propicio para la gestación del mal, y los objetos cotidianos en portadores del virus. La televisión, hoguera moderna, se volvió un oráculo maligno de donde, literalmente, salen las huestes diabólicas.

Máquina enferma. De los delirios posmodernos emanados de la sociedad postindustrial germinó la idea de la máquina como extensión del cuerpo. “La nueva carne” presenta seres de cuyos cuerpos brotan prótesis grotescas, abyecciones propias de una visión postapocalíptica del mundo engendrada por el cyberpunk de los ochenta. Es el cyborg, el replicante, la tecnología que no mejora sino que adultera la carne. El sueño futurista de expandir las capacidades del cuerpo deviene dominio de la máquina sobre la humanidad: Cronemberg, Tsukamoto y compañía.

 

César Blanco
Editor y traductor

Una primera versión de este texto fue publicada en Confabulario, suplemento de cultura de El Universal, el 7 de julio de 2007.