El Festival Cervantino se ha propuesto fomentar a la ópera mexicana mediante el programa OM21 (Ópera Mexicana del Siglo XXI). En la última edición presentó Bufadero, del reconocido compositor Hebert Vázquez, una ópera multicolor protagonizada por un oficinista que se libera.

Se dice que la risa surge cuando dos imágenes contrastantes se sobreponen en la mente. El momento de sincronía produce el estallido de la carcajada. Este es el efecto que se suscita de inmediato desde las butacas de Bufadero, una ópera contemporánea con libreto de Luis Ayhllón, dirección de escena de Alberto Villlareal, composición de Hebert Vázquez y dirección concertadora de Christian Gohmer.

La carcajada  se produce por el planteamiento general de la situación escénica: vemos a un oficinista, un “godinez”, el típico antihéroe, en la ya típica acción de fotocopiarse el trasero siendo sorprendido e inmediatamente reprendido por su jefe. Todo ello con un lenguaje  de lo más coloquial, trasladado a la expresión músico-verbal de una ópera. El montaje pone toda su apuesta en esta yuxtaposición.

El personaje principal, X, está harto de su vida e inicia una epopeya que transita por un encuentro con un supuesto Hugo Boss que se mofa de él y, a la vez, lo insta a seguir sus sueños. Sigue una visita a un table dance en la que el protagonista se compromete con su actriz porno favorita “para sacarla de trabajar”, luego algunos encuentros con la mafia y un diálogo existencialista con dios, entre otros momentos oníricos.

Esta puesta en escena fue producida para la más reciente edición del Festival Internacional Cervantino. Pertenece a un programa denominado Ópera Mexicana del siglo XXI (OM21), que, se dice, tiene por objetivo acercar a las nuevas generaciones al género operístico.

Quizá ello explica porqué  la propuesta usa una serie de marcos y clichés malgastados, una estética pop estridente y kitsch, sin margen para matices o capas de complejidad. Parece asumirse que, para un público neófito, la risa fácil y el chiste probado son la mejor forma de iniciarse en la ópera.

En el programa de mano, el compositor Hebert Vázquez refiere al personaje principal como “un tarantinesco Don Quijote”. Sin embargo, pensar que cualquier personaje que se aventure en una serie de episodios secuenciales sea comparable al personaje de Cervantes resulta forzado. La comparación tiene lugar en el marco del festival productor y durante el año de celebración de los 400 años de Cervantes, en donde todo buscaba ser quijotesco. Por otro lado, el adjetivo de “tarantinesco” también se usa a la ligera: si bien la puesta tiene tintes cinematográficos y de cultura pop, colores en alta saturación y tableaux vivants muy sugerentes, le faltarían muchos elementos para asemejarse al estilo del cineasta, especialmente el de utilizar el cliché para desdoblarlo y proponer otro orden de cosas, para crear un universo sublimado con sus propias reglas. Eso no sucede aquí. Las referencias a las que remite Bufadero, son más cercanas a  Los Simpsons, a South Park (en lo irreverente pero no en lo crítico), a Warhol, y a casi cualquier reality gringo.

Pero el símil más preciso es la producción en 2011 de la Royal House Ópera de Londres, Anna Nicole, basado en la polémica vida de la modelo norteamericana. Ambas son óperas amalgamadas a una “realidad” contemporánea inmediata o muy reciente, ambas incluyen pole dance, colores chillantes, senos gigantes, extravagancia, diálogos coloquiales musicalizados como ópera y la exhibición de imaginarios estadounidenses. La producción londinense que después se volvió a montar en Nueva York, está basada en hechos reales, a diferencia de la mexicana, y su manejo de la sexualidad es más heteronormativo. Aunque quizá por su carácter documental, había una especie de mensaje moral implícito.

bufadero-1

Foto de Anna Nicole, Royal Opera House

El término “bufadero” que intitula la ópera se refiere a un chorro de agua que sale a presión de una gruta o del subsuelo. Este escape es el que catapulta al personaje X a su travesía por mundos hasta entonces desconocidos para él. Villarreal, el director de escena, decide dejar el teatro desmantelado, sin telones de fondo ni laterales. Con los tramoyistas a la vista, pareciera que el objetivo es resaltar la ficción, el funcionamiento de la máquina teatral. Ante el tono fársico, dicha decisión se vuelve irrelevante, pues el énfasis de lo irreal es parte medular de la pieza. No se trata aquí de ese tipo de montaje en el que el teatro al descubierto funge como distanciador brechtiano que potencia la magia de la escena.  Un ejemplo brillante de ese tipo de dispositivo fue la adaptación de Persona por la compañía tonel groep de Ámsterdam, en donde los efectos al descubierto, los ventiladores, el agua, la escenografía, no restaban a la ficción tan bien construida por los actores.

bufadero-2

Foto de Bufadero, cortesía de Festival Internacional Cervantino

En Bufadero, el escenario contiene (de izquierda a derecha a vista del espectador) un área de “camerinos” con espejos, racks de ropa, maquillistas retocando a los actores y cantantes, posteriormente un tubo de pole dance; al centro una plataforma multifuncional que gira sobre su eje y es el eje simétrico de casi toda la composición escénica; y a la derecha, el espacio reservado para el Ensamble Tempus Fugit que está a vista del espectador. Dicha disposición se multiplica con el uso de diversos elementos lumínicos y de utilería  que descienden de las varas, dando profundidad al espacio. Gracias a esto la obra tiene varios momentos fotogénicos.

Aun cuando los cuerpos no logran la estética clown que a veces se proponen, sí es palpable el compromiso con el que asumen sus roles. Para los cantantes de ópera, quizá más que para los actores, la propuesta de los productores les exige un acercamiento distinto al que están acostumbrados. El protagonista, Carlos López, construye íntegramente a su personaje, es verosímil y  se fusiona con el cliché planteado  a través de detalles que se suman a su partitura. Es evidente que todos los recursos humanos en escena: músicos, actores, cantantes y hasta tramoyeros, realizan su labor con convencimiento, pasión y técnica.

bufadero-3

Foto cortesía de Festival Internacional Cervantino

Quienes hayan encargado este trabajo quizá estén pensando en la cultura o el arte como un escape, como un bufadero para las masas. De ser así, se cumple el objetivo. La risa, el divertimento, además de catárticos, pueden ser épicos, transformadores, como también lo ha sido la ópera en algunos momentos de su historia. Sin embargo este bufadero hace pensar más bien en el término sánscrito para vacío: “sunyata”, que viene de la raíz svi, significando hinchazón, acaso como una fruta podrida que se ha dejado secar al sol.  ¿Es necesario simplificar las posibles líneas temáticas, musicales y estéticas de la ópera con el fin de contemporaneizarla?

Un ejemplo opuesto a Bufadero es la reciente puesta en escena en el CCU de La voz humana, la ya clásica ópera de Cocteau-Poulenc. A manos de Alonso Ruizpalacios ésta adquirió un nuevo aliento, sin menoscabar su contenido y logrando conectar con la audiencia. La voz humana demuestra que hay diversas formas de proponer contenidos a las generaciones jóvenes sin poner en entredicho sus imaginarios, su inteligencia o las líneas con las cuáles pueden establecer vínculos. Bufadero, en su corta vida hasta ahora —dos funciones para el Cervantino en Guanajuato, una en el CENART y una en el Juan Ruíz de Alarcón de la UNAM—, es como el escape a presión de un grano reventado en la cara, sin el placer asociado.

 

Nadia Be’er
Investigadora y crítica de artes escénicas.