I. Cisnes y pavorreales, musas y faunesas

Las coordenadas poéticas del nicaragüense Rubén Darío (Metapa, 1867 – León, 1916) que orientarían a los lectores del futuro las trazó él mismo dos años antes de su muerte y apuntan hacia tres rutas: Muy siglo XVIII, Muy antiguo y muy moderno, Y una sed de ilusiones infinita. Precisamente estas coordenadas son la brújula de algunas de las más de 200 antologías publicadas del autor de Prosas profanas, sobre todo de la edición de Lumen, publicada en el año 2000.

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A 150 años de su nacimiento, los versos de la tercera estrofa del “Preludio” que da pie a la lectura de su obra escogida se leen como los trazos de un autorretrato inconcluso:

…y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.

En este último verso está de cuerpo entero el autor de Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas (1905), Prosas profanas y otros poemas (1896-1901) y El canto errante (1907)

Retrato inconcluso porque al final de cuentas todo retrato de sí mismo termina siendo para el poeta un espejo empañado. El monstruo de la modernidad, el viajero, el diplomático, el aficionado al alcohol y a la buena mesa, el hombre que puso la piedra angular al edificio del modernismo de habla hispana se debate hoy en sus propias páginas como un poeta de la dualidad en quien la ética, el erotismo, la espiritualidad, lo político, lo religioso, lo social, de la mano de formas y temáticas que le hacen tomar distancia del romanticismo, lo mantienen en el cuadro de honor de los poetas, pero lo alejan un tanto de las nuevas generaciones de lectores.

No podía ser de otra manera: la literatura tiene edades. Los poetas, la poesía, pertenecen a una época; la liberación del lenguaje y la rima inusitada que en el siglo XX fueron virtuosismo, en el siglo XXI es posible que resulten obsoletos.

¿Es Darío un poeta de moda? Ni Darío ni López Velarde lo son. Ningún poeta responde hoy al llamado efímero de la moda. La poesía tiende a convertirse en un objeto de culto, disfrutada, gozada, usufructuada, compartida, manoseada, leída, por los poetas mismos.

El desenlace de la vida de Darío, ante el inminente avance de la cirrosis, no podía ser más determinante. En 1915 empieza a circular en España La vida de Rubén Darío, su autobiografía. En enero del año siguiente regresa a su país. Tiene 47 años y ya se le apaga la sed de ilusiones infinita. Es hora de hacer testamento. Operado el dos de febrero, el hijo de América y nieto de España moría cuatro días después.

Un repaso a sus poemas nos lleva a versos que hablan de “la psique de cristal”, “islas melodiosas”, del “Amor que todo mueve”, “ninfas que bailan el minué” y a versos que parecen respirar un aire de  complacencia y desencanto: “…y a falta de victorias busquemos los halagos”. O que encierran un tono premonitorio:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

Darío murió en 1916, pero las plumas de seda de sus cisnes siguieron revoloteando en el firmamento de la poesía latinoamericana como una constelación a la espera de las vanguardias que vendrían a mover los hierros de tigres y panteras.

Francia y España le enseñaron su elegancia, miseria y elocuencia: “El chorro de agua de Verlaine estaba mudo”. El coro de ninfalias, las musas de carne y hueso y las otras, las “reinas de los decamerones”, el “diamante terrible de los celos”, “las ánforas de oro del divino Epicuro”, los “labios manchados por las moras tempranas”, lo despedían a la vez que lo condenaban a la inmortalidad.

Lúbrico, lúdico, terrenal y pendenciero, Darío se mantiene fiel a registros poéticos a los que volvía siempre con entusiasmo:

Pues la rosa sexual
al entreabrirse
conmueve todo lo que existe,
con su efluvio carnal
y con su enigma espiritual.

Con Darío llegaron y se fueron “los claros clarines”, las “faunesas antiguas”, la alegría del vino de oro y la adjetivación provocadora que nuestro López Velarde llevaba a sus extremos al mismo tiempo.

II. A la mesa con Darío

Sergio Ramírez, paisano de Darío, tuvo a bien escribir un libro suculento: A la mesa con Rubén Darío (Trilce Ediciones, Universidad Autónoma de Sinaloa y Universidad Autónoma de Nuevo León, 2016). El libro en cuestión es una rareza y una pieza literaria para lectores de Darío, gourmets y amantes de las artes de la mesa, por usar un término dariano. Dueño de una prosa ágil y elegante, Sergio Ramírez se apoya en dos libros que los vientos del modernismo dispersaron y la actualidad olvidó: La literatura y la cocina (París, 1904) y Letras y cocina (París, 1913).

En el invernadero del modernismo literario, que va de las dos últimas décadas del siglo XIX a los primeros 20 años del lapidario siglo XX, explica Sergio: “Crecerá toda una literatura, un arte pictórico, gráfico y tipográfico, carteles y portadas de libros y revistas; y también mutarán los objetos de la vida diaria, verdaderas encarnaciones vegetales estilizadas, desde joyas, muebles, biombos, lámparas y portales de las bocas del metro, un estilo que enseguida será desnudado de todo adorno por el Bauhaus y pasará a ser envuelto en la pátina de lo decadente”.

La prosa de Darío, mucha de ella escrita para diarios de la época —desde entonces el ejercicio periodístico subvencionaba a los poetas— tiene alusiones constantes a la gastronomía, a la atmósfera de calles y restaurantes de París, Barcelona, Madrid, Buenos Aires y a su tierra natal; una y otra vez, tanto su prosa como su poesía, vuelven a las cocinas, a los cocineros, a las aves y a los bodegones con frutas. La fiesta de los sentidos y el sabor, el olor y el goce del apetito son el platillo fuerte del recetario de Darío, que va del ajiaco, la sopa de albóndigas, el puchero canario, la sopa de nidos de golondrina, y en la que abundan platillos franceses, la comida española, el hígado de carnero a la Dumas y cantidad de platillos que hoy sufrirían la condena de muchos, como la carne de tortuga y de iguana, platillo este último, según nos dice Sergio Ramírez, servido comida típica de cuaresma en Nicaragua

III. Darío y Los raros

El volumen VI de las Obras completas de Darío, publicadas por la Editorial Mundo latino de Madrid, apareció en parís en 1905. El retrato del autor luce tal y como se describiría el poeta en el invierno de sus días:

Este viajero que ves
es tu hermano errante. Pues
aún suspira y aún existe,
no como lo conociste,
sino como ahora es:
viejo, feo, gordo y triste.

La mayoría de los textos de Los raros habían sido escritos en Buenos Aires en 1893. Ahí están, retratados con la prosa de la época: hombres de la talla de Edgar Allan Poe, a quien  Darío parece dirigirse no como si le hablara a un monumento sino a un hombre de carne y hueso: “Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo el incienso y la mirra a la cuna de la eterna Esperanza”.

A Paul Verlaine se dirige en un tono lírico y por demás elocuente: “Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida, complicado en ti con la maligna influencia de Saturno”.

En las páginas de Los raros Darío conversa con autores y personajes que hoy nos suenan desconocidos o al menos lejanos, pero que motivaron en el poeta nicaragüense su pasión por lo extraño: Leconte de Lisle, el conde Matías Augusto de Villiers de L’Isle Adam, León Bloy (descubridor del Conde de Lautréamont), M. Jean Rechepin, Jean Moréas, Rachilde (a quien describe como “mujer extraña y escabrosa”), George D’esparbés, Augusto de Armas, Fra Domenico de Cavalca, Eduardo Dubus, Teodoro Hannon, Paul Adam, Max Nordau y Eugenio de Castro.

Mención aparte ocupa en sus páginas El Conde de Lautréamont, de quien dice Darío, “vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura”.

Para hablar de los que considera autores raros o extraños, entre quienes destaca además a Ibsen y a José Martí, Darío se apoya en la crónica, el trazo literario, el dato, la anécdota, la cita textual y en un ornamentado lirismo, propio del periodismo y la prosa de la época.

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Verso certero el de Darío. A 150 años de su nacimiento sigue dando de qué hablar, aunque los poetas de hoy no sean ya torres de Dios ni pararrayos celestes ni rompeolas de las eternidades. Como dice José Emilio pacheco  en el prefacio al tomo  primero de la Antología del modernismo 1884-1921, para entender el modernismo hay que estudiar el lenguaje del fin de siglo, pues “sin el dominio de esta lengua muerta no hay entendimiento posible”.

 

Margarito Cuéllar
El autor es poeta y editor. Su libro más reciente es Moléculas en movimiento vibratorio alrededor de una posición de equilibrio (Universidad Autónoma de Coahuila, 2016).