De la estupidez a la locura (Lumen) contiene una serie de artículos que Umberto Eco (1932-2016) publicó en la prensa a lo largo de quince años y seleccionó personalmente poco antes de morir. De este libro póstumo publicamos el apartado “Del odio y la muerte”, en el que Eco reflexiona sobre las ideas de felicidad y de muerte, plantea que la historia de nuestra especie siempre ha estado marcada por el odio y evoca facetas de París.

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Del odio y el amor

En los últimos tiempos he escrito sobre el racismo, sobre la construcción del enemigo y sobre la función política del odio hacia el Otro o el Distinto. Creía haberlo dicho todo, pero en una reciente discusión con mi amigo Thomas Stauder (y se trata de una de esas ocasiones en las que ya no recuerdas qué dijo uno y qué dijo el otro, el caso es que las conclusiones coincidían) se insinuó un elemento nuevo, o por lo menos, nuevo para mí.

Con una ligereza un poco presocrática, tendemos a entender odio y amor como dos opuestos que se contraponen de manera simétrica, como si lo que no amamos lo odiáramos y viceversa. Sin embargo y obviamente, entre los dos polos hay un sinfín de matices. Incluso cuando usamos los dos términos de forma metafórica, el hecho de que me guste la pizza pero no enloquezca por el sushi no significa que lo odie; sencillamente, me gusta menos que la pizza. Y tomando los dos términos en su sentido propio, que yo ame a una persona no significa que odie a todas las demás, pues opuesta al amor puede estar muy bien la indiferencia (amo a mis hijos y me resultaba indiferente el taxista que me llevaba en su coche hace dos horas).

Ahora bien, lo cierto es que el amor aísla. Si amo con locura a una mujer, pretendo que ella me ame a mí y no a otros (por lo menos no en el mismo sentido); una madre ama con pasión a sus hijos y desea que ellos la amen de forma privilegiada a ella (madre sólo hay una), y no sentiría jamás que ama con la misma intensidad a hijos ajenos. Así pues, el amor es a su manera egoísta, posesivo, selectivo.

Es verdad, el mandamiento del amor impone amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (a todos, a seis mil millones de prójimos), pero este mandamiento, básicamente, nos recomienda que no odiemos a nadie y no pretende que amemos a un esquimal desconocido como a nuestro padre o a nuestro nieto. El amor privilegiará siempre a mi nietecito contra un cazador de focas. Y aunque no piense (como pretende la conocida leyenda) que no me importa nada que muera un mandarín en China (sobre todo si ello podría serme de algún provecho) y sepa que las campanas siempre doblan también por mí, está claro que me afectará más la muerte de mi abuela que la del mandarín.

En cambio, el odio puede ser colectivo, y debe serlo para los regímenes totalitarios; por lo cual, de pequeño, la escuela fascista me pedía que odiara a “todos” los hijos de Albión, y Mario Appelius profería cada noche por la radio su “Dios maldiga a los ingleses “. Y eso es lo que quieren las dictaduras y los populismos, y a menudo también las religiones en su versión fundamentalista, porque el odio por el enemigo une a los pueblos y los hace arder a todos en un idéntico fuego. El amor calienta mi corazón en lo tocante a pocas personas; mientras que el odio calienta mi corazón, y el corazón del que es de mi bando, en lo tocante a millones de personas, a una nación, a una etnia, a gente de color y de lengua distintas. El racista italiano odia a todos los albaneses o a los rumanos o a los gitanos; Umberto Bossi, de la Liga Norte, odia a todos los italianos del Sur (y encima, recibe un sueldo pagado también con los impuestos de los meridionales, lo que es una obra maestra cabal de la malevolencia, donde al odio se une el placer del agravio y del escarnio); Silvio Berlusconi odia a todos los jueces y nos pide que hagamos lo mismo, y que odiemos a todos los comunistas, aun a costa de ver comunistas donde ya no los hay.

Por lo tanto, el odio no es individualista sino generoso, filantrópico, y abraza en un mismo arrebato a inmensas multitudes. Sólo en las novelas se nos dice lo bello que es morir de amor; pero en los periódicos, por lo menos cuando yo era niño, se representaba como bellísima la muerte del héroe que lo alcanzaba en el trance de arrojar una bomba contra el odiado enemigo.

Por eso la historia de nuestra especie siempre ha estado más marcada por el odio, por las guerras y por las matanzas que por los actos de amor (menos cómodos y a menudo agotadores, cuando quieran extenderse más allá del ámbito de nuestro egoísmo). Nuestra propensión hacia las delicias del odio es tan natural que a los caudillos de pueblos les resulta fácil cultivarlo, mientras que al amor nos invitan sólo seres adustos que tienen la nauseabunda costumbre de besar a los leprosos.

[2011]

 

¿Dónde ha ido la muerte?

Le Magazine Littéraire francés dedica su número de noviembre a “Lo que la literatura sabe de la muerte”. He leído con interés los artículos, pero me ha decepcionado que, a fin de cuentas, entre lo mucho que no sabía, me repitieran un concepto sabido y resabido: que la literatura siempre se ha ocupado de la muerte, naturalmente junto al amor. Los artículos de la revista francesa hablan con sutileza de la presencia de la muerte tanto en la narrativa del siglo pasado como en la literatura gótica prerromántica. Pero también se habría podido examinar la muerte de Héctor y el luto de Andrómaca, o los sufrimientos de los mártires en muchos textos medievales. Por no decir que la historia de la filosofía empieza con el más consabido ejemplo de premisa mayor de un silogismo: “Todos los hombres son mortales”.

El problema me parece más bien otro, y quizá dependa del hecho de que hoy se leen menos libros: nosotros, los contemporáneos, nos hemos vuelto incapaces de llegar a pactos con la muerte. Las religiones, los mitos, los ritos antiguos hacían que la muerte fuera algo familiar, aun siendo siempre temible. Las grandes celebraciones funerarias, los gritos de las plañideras, las grandes misas de réquiem nos acostumbraban a aceptarla. Los sermones sobre el infierno nos preparaban para la muerte, y todavía en mi infancia se me invitaba a leer las páginas sobre la muerte de El joven preparado para la práctica de sus deberes de don Bosco, que no era sólo el cura alegre que hacía jugar a los niños, sino que tenía una imaginación visionaria y llameante. Don Bosco nos recordaba que no sabemos dónde nos sorprenderá la muerte: si en nuestra cama, en el trabajo, o por la calle, por la rotura de una vena, un catarro, un ímpetu de sangre, una fiebre, una herida, un terremoto, un rayo, “quizá nada más acabar de leer esta consideración”. En ese momento sentiremos la cabeza oscurecida, los ojos doloridos, la lengua seca, las fauces angostadas, el pecho oprimido, la sangre helada, la carne consumida, el corazón traspasado. De ahí la necesidad de practicar el ejercicio de la buena muerte:

Cuando mis pies ya inmóviles me adviertan de que mi carrera en este mundo está próxima a su fin. […] Cuando mis manos trémulas y entorpecidas no puedan ya estrecharos, ¡oh, bien mío crucificado! Y contra mi voluntad os dejen caer sobre el lecho de mi dolor. […] Cuando mis ojos llenos de tinieblas y desencajados ante el horror de la cercana muerte. […] Cuando mis labios fríos y temblorosos. […] Cuando mis mejillas pálidas y amoratadas inspiren lástima y terror a los que me rodeen y mis cabellos húmedos con el sudor de la muerte erizándose en la cabeza anuncien mi próximo fin. […] Cuando mi imaginación, agitada por horrendos y espantosos fantasmas, quede sumergida en congojas de muerte. […] Cuando haya perdido ya el uso de todos los sentidos […] Jesús misericordioso, tened piedad de mí.

Puro sadismo, se dirá. Ahora bien, ¿qué enseñamos hoy a nuestros contemporáneos? Que la muerte se consuma alejada de nosotros en el hospital, que no solemos seguir ya el féretro al cementerio, que ya no vemos a los muertos. ¿Ya no los vemos? Los vemos sin parar, salpicando sesos en las ventanillas de los taxis, saltando por los aires, estrellándose contra la acera, cayendo al fondo del mar con los pies en un cubo de cemento, dejando rodar sus cabezas por el empedrado; claro que no somos nosotros, y tampoco nuestros seres queridos, son los actores. La muerte es un espectáculo, incluso en los episodios en los que los medios de comunicación nos cuentan el caso de la joven violada de verdad o víctima del asesino en serie. No vemos su cadáver desgarrado, porque sería una forma de recordarnos la muerte, y nos dejan ver sólo a los amigos llorando mientras llevan flores al lugar del delito y, con un sadismo mucho peor, llaman a la puerta de la madre para preguntarle: “¿Qué sintió cuando mataron a su hija?”. No se escenifica la muerte sino la amistad y el dolor materno, que nos tocan de forma menos violenta.

De este modo, la desaparición de la muerte de nuestro horizonte de experiencia inmediato hará que estemos mucho más aterrorizados cuando el momento se aproxime, ante ese acontecimiento que aun así nos pertenece desde nuestro nacimiento, y con el cual el hombre sabio llega a pactos durante toda su vida.

[2012]

 

El derecho a la felicidad

A veces abrigo la sospecha de que muchos de los problemas que nos afligen —me refiero a la crisis de valores, a la claudicación ante las seducciones de la publicidad, a la necesidad de salir en la televisión, en fin, todo eso de lo que solemos quejarnos en columnas como esta— se deben a la infeliz formulación de la Declaración de Independencia de Estados Unidos del 4 de julio de 1776, en la cual, con masónica confianza en las “magníficas suertes progresivas”, los Padres Fundadores establecieron que a todos los hombres se les reconoce el derecho “a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad”.

A menudo se ha dicho que era la primera afirmación del derecho a la felicidad en la historia de las leyes fundadoras de un Estado, contra la mención del deber a la obediencia u otras severas imposiciones de semejante índole y, a primera vista, se trataba efectivamente de una declaración revolucionaria. Lo que pasa es que ha dado pie a equívocos por razones, osaría decir, semióticas.

La literatura sobre la felicidad es inmensa, empezando por Epicuro y quizá antes, aunque por sentido común me parece que ninguno de nosotros sabe decir qué es la felicidad. Si se entiende como un estado permanente, la idea de una persona que es feliz toda su vida, sin dudas, dolores o crisis esa vida, efectivamente, parece corresponder a la de un idiota, o a lo sumo, a la de un personaje que viva aislado del mundo, sin aspiraciones que vayan más allá de una existencia sin sobresaltos; me vienen a la cabeza Filemón y Baucis. Pero también ellos, poesía aparte, algún momento de turbación debieron de tener, cuando menos a causa de una gripe o de un dolor de muelas.

La cuestión es que la felicidad como plenitud absoluta, quisiera decir exaltación, embelesamiento y arrobo, es un algo muy transitorio, episódico, de breve duración; es el alborozo por el nacimiento de un hijo, por el amado o por la amada cuando nos revela que corresponde a nuestro sentimiento, la euforia cuando te toca la lotería, alcanzas una meta (el Oscar, la Copa de Liga), incluso ese instante durante una excursión al campo; pero todos ellos son, precisamente, momentos transitorios después de los cuales llegan los momentos de temor y temblor, dolor, angustia o, por lo menos, preocupación.

La idea de felicidad nos hace pensar siempre en nuestra felicidad personal, raras veces en la del género humano; es más, con frecuencia nos sentimos inducidos a preocuparnos muy poco por la felicidad ajena para perseguir la nuestra. Incluso la felicidad amorosa coincide a menudo con la infelicidad de otro, rechazado, de quien nos preocupamos muy poco, saciados con nuestra conquista.

De esta idea de felicidad está imbuido el mundo de la publicidad y del consumo, en el que cualquier propuesta se presenta como un llamamiento a una vida feliz, la crema reafirmante para la cara, el detergente que por fin quita todas las manchas, el sofá a mitad de precio, el licor para después de la tormenta, la carne enlatada alrededor de la cual se reúne la familia feliz, el coche bonito y económico y una compresa que les permitirá entrar en un ascensor sin preocuparse por el olfato ajeno.

Raramente pensamos en la felicidad cuando votamos o mandamos un hijo al colegio, sino sólo cuando compramos cosas inútiles, y pensamos que así hemos satisfecho nuestro derecho a la consecución de la felicidad.

¿Cuándo pasa lo contrario, esto es, que nos preocupamos por la felicidad ajena puesto que no somos animales sin corazón? Cuando los medios de comunicación nos presentan la infelicidad de los demás: negritos que mueren de hambre devorados por las moscas, enfermos de males incurables, poblaciones destruidas por los tsunamis. Entonces estamos incluso dispuestos a versar un óbolo y, en los mejores casos, a destinar una parte de nuestros impuestos.

Y es que la Declaración de Independencia debería haber dicho que a todos los hombres se les reconoce el derecho-deber de reducir la tasa de infelicidad en el mundo, incluida por supuesto la nuestra, y de esta manera muchos estadounidenses habrían entendido que no deben oponerse a los cuidados médicos gratuitos. Pero claro, se oponen porque les parece que esta idea extravagante perjudica su derecho personal a su personal felicidad fiscal.

[2014]

 

Nuestro París

La noche de la matanza parisina me quedé pegado a la televisión, igual que muchas otras personas. Como conocía bien el mapa de París, intentaba entender dónde se estaban desarrollando los acontecimientos, y calculaba si en los aledaños vivía algún amigo, lo alejados que estaban esos lugares de mi editorial, o del restaurante adonde voy habitualmente. Me tranquilizaba al pensar que estaban lejos, todos en la orilla derecha, mientras que mi personal universo parisino está en la orilla izquierda.

Eso no disminuía el horror y la consternación, pero era como saber que no te habías montado en el avión que acababa de estrellarse quién sabía dónde. Y aquella noche todavía no se había empezado a pensar que ese horror podría suceder también en nuestras ciudades. Era una tragedia, y no se pregunten por quién doblan las campanas; claro que era una tragedia ajena, en resumidas cuentas.

Aun así, empecé a experimentar un vago malestar cuando me dije que ese nombre, Bataclan, me sonaba de algo. Por fin me acordé: fue allí, en efecto, donde hace casi diez años se presentó una novela mía, con un maravilloso concierto de Gianni Coscia y Renato Sellani. Así pues, era un lugar donde yo había estado y donde aún podría estar. Luego —bueno, no luego, sino casi inmediatamente— reconocí la dirección de boulevard Richard Lenoir: ¡era donde vivía el comisario Maigret!

Me dirán que ante acontecimientos tan espantosamente “reales “ no es lícito que entre en escena el imaginario. Pues no. Y esto explica por qué la matanza parisina tocó el corazón de todos nosotros, aunque hayan acaecido tremendas matanzas en otras ciudades del mundo. Resulta que París es la patria de muchísimos de nosotros precisamente porque en nuestra memoria se funden la ciudad real y la ciudad imaginaria, como si ambas nos pertenecieran, o hubiéramos vivido en ambas.

Hay un París tan real como el Café de Flore, el París, qué sé yo, de Enrique IV y de Ravaillac, el de la decapitación de Luis XVI, el del atentado de Orsini a Napoleón III, o el de la entrada de las tropas del general Leclerc en 1944. Aunque también con respecto a estos hechos, seamos francos, ¿recordamos más el acontecimiento (en el que no hemos participado) o su representación novelesca y cinematográfica?

Hemos vivido el París liberado en las pantallas con ¿Arde París?, tal y como vivimos un París más remoto viendo Les enfants du Paradis; tal y como, cuando entramos de noche (realmente) en la place des Vosges, sentimos un estremecimiento que sólo hemos experimentado ante muchas pantallas; tal y como revivimos el universo de Édith Piaf, aunque nunca la conocimos; y tal y como lo sabemos todo de la rue Lepic porque nos lo contó Yves Montand.

Paseamos en la realidad a lo largo de las orillas del Sena, deteniéndonos ante los puestos de los bouquinistes, pero también en ese caso revivimos muchos paseos románticos sobre los que hemos leído y, mirando Notre-Dame de lejos, no podemos dejar de pensar en Quasimodo o en Esmeralda. Pertenece a nuestra memoria el París del duelo de los mosqueteros en los Carmelitas Descalzos, el París de las cortesanas de Balzac, el París de Lucien de Rumbempré y de Rastignac, de Bel Ami, de Fréderic Moreau y madame Arnoux, de Gavroche en las barricadas, de Swann y de Odette de Crécy.

Nuestro París “verdadero” es (ya sólo imaginado) el de Montmartre en los tiempos de Picasso y Modigliani, o de Maurice Chevalier, y añadámosle también Un americano en París de Gershwin y su dulzona pero memorable evocación con Gene Kelly y Leslie Caron, y también el París de Fantômas huyendo por las cloacas y, cabalmente, el del comisario Maigret, con quien hemos vivido todas sus nieblas, todos sus bistrots, todas sus noches en el Quai des Orfèvres.

Debemos reconocer que mucho de lo que hemos entendido sobre la vida y sobre la sociedad, sobre el amor y la muerte, nos las ha enseñado este París imaginario, ficticio y aun así tan real. Y por lo tanto han herido nuestro hogar, un hogar en el que hemos vivido más tiempo que en nuestro domicilio. Claro que todos estos recuerdos nos hacen concebir esperanzas, porque aún “la Seine roule roule…”.

[2015]

 

Umberto Eco
Escritor. Publicó: El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino, La misteriosa llama de la reina Loana, entre otros libros.

Traducción de Helena Lozano Miralles y Maria Pons Irazazábal.