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Diana Garza Islas. Caja negra que se llame como a mí. Bonobos / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2015. pp. 136.

“Quinn copió las letras en orden: OWEROFBAB. Después de juguetear con ellas durante un cuarto de hora, cambiándolas de posición, separándolas, reordenando las secuencias, volvió al orden original y las escribió de la siguiente manera: OWER OF BAB. La solución parecía tan grotesca que casi se desanimó. Haciendo todas las debidas concesiones al hecho de que le faltaban los primeros cuatro días y de que Stillman no había terminado todavía, la respuesta parecía ineludible: THE TOWER OF BABEL.”
Fragmento de Ciudad de Cristal de Paul Auster.

 

Una caja negra es un dispositivo de navegación. Lo que conocemos como un registrador de vuelo es un invento reciente. La interpretación de un registro con base en el oído humano puede convertir una comunicación elemental en un código irrecuperable y altamente críptico. Un claro ejemplo es lo sucedido con la pionera de la aviación: Amelia Earhart. El último mensaje trasmitido por Amelia Earhart transmitió fue un “We are on the line 157 337…”, que la autora de este libro usa parcialmente como epígrafe. La piloto, célebre por intentar el primer viaje aéreo alrededor del mundo, desapareció en 1937. Algunas teorías rechazan la versión de un accidente mortal en el océano Pacífico y el paradero actual de su cuerpo se mantiene como uno de los mayores misterios de la aviación. Se cree que sobrevivió, pero el operador de radio del Itasca, último testigo auditivo, nunca estuvo seguro de lo que dijo Earhart.

Caja negra que se llame como a mí de Diana Garza Islas (Santiago, Nuevo León, 1985) es un libro permeado por la oralidad presentada a dos voces: una madre y un hijo, o el hijo y su madre. A la manera tridimensional de una caja, el poemario se divide en seis secciones que invitan a una lectura lúdica. Para disfrutarlo, hay que tener la disposición de olvidarnos de nuestra propia relación con el lenguaje.

En la primera sección, “Caja que es también una caja de hielo”, poemas como “Panal” tienen un acercamiento a las palabras desde el género masculino o femenino (o haciendo a un lado el binarismo, el sentido intimismo del cuerpo en el que se inscribe la voz):

“Hay una niña-armario su feto hervido in vitro bajo el ventanal
a media gota de punto encendida.
Y la niña mira una rama y dice es mi llave.
Y la niña mira una llave y dice es mi espada.
Y un niño mira la espada y se queda callado
y recuerda el sonido de hélices.”

Un claro ejemplo de la correspondencia de ciertas palabras como “lactancia” o “silencio” que hago yo como mujer, es el fragmento de “Zapato invisible o pequeño emperador a tres vistas”:

“Silencio era una niña y su cabeza imaginaria, estalactita no todos dicen estalactita no —y está lactando.

Y la carne no me duele. Es una esfera. Una canción esperándome
al otro lado de la noche donde nadie. En mi voz en miel de armas
donde nadie.”

Los títulos no son azarosos. El síndrome del pequeño emperador delata a los hijos únicos como tiranos. En Caja negra que se llame como a mí, cuando no reconstruye el lenguaje de la madre, el hijo impone el suyo.

¿Cómo se posiciona la voz materna en ese lugar tan distinto que es el de la voz del hijo? ¿Desde la memoria o desde la inmediatez? En la segunda sección, “Caja de flechas quemar”, encontramos una transfiguración del tiempo gracias a la insistencia de una voz materna que se confunde con la infantil. Poemas como “Oopnofres”: revelan el pasado (una carga, un dolor) de ella como un presente (descubrimiento, asombro) para el hijo:

“Y no que yo quisiera decir algo con eso, no que yo quisiera irme. Acaso, enunciar la presencia de tu abuelo y decir: Mira, una cáscara roja. Palabras para ejemplificar que sigo aguardando esa agüita ardiente que no pedí y que tanto me recuerda a las abejas y a su ataúd medio azul, medio de huevo.”

¿Será el poema “Ne’erthelesslan’” un homenaje a “50 Words For Snow” de Kate Bush? Esta canción, inspirada en el mito de que los esquimales tienen cincuenta palabras para la nieve, es un listado donde Zebranivem aparece en el lugar catorce. 

“Para nada diferir. Donde Zebranivem era, no su nombre en un aullido que legó a la medula espinal, a la cariada en su cetro evasivo, a su trono en la focinha. Donde fue su cara que trajiste en un plato de unicel, pulcrísimo. Donde esto era una pila bautismal. Donde esto era concretamente un acto.”

En la parte “Caja para rotular lo bebible de una manzana con cuerpo de vidrio”, el juego de identidades (dos espejos frente al otro) es también una reminiscencia a las nursery rhymes ("If all the world were apple pie, / And all the sea were ink, / And all the trees were bread and cheese, / What would we have to drink?”). Comme un conte de la Mere Oye (“como un cuento de Mamá Oca”), las crónicas versificadas de la vida diaria de madre e hijo nos abstraen a un mundo único, que es inteligible aunque ilegible. La oralidad primaria triunfa y ese es el acierto de la poeta. El poema titulado “Owerofbab” es uno de los momentos cumbres de este libro:

“—Ingalaterra, ella decía.

O cairel de abejas magras, veliz

noctífugo
en la punta de la lengua.

Darme lazos.
Darme tortugas.

        Or a swirl of marron bees
        at the “noctifuge” suitcase.

—Engaland, she said.
(Like an evolor.)

Y sus líneas explayaban
un rectángulo de vidrio dando pie

a algo con sol, una sombra de bicicleta
arellanándose oblicua.”

Una serie de poemas titulados como test psicológicos para la medición de la personalidad e inteligencia aparecen en la antepenúltima sección “Caja a dibujarse con una caja dentro” como “Lüscher”, que indaga en la relación ¿primitiva? del sentido de la vista con palabras ¿azarosas?:

“Lila. Fervor.
Fritillaria. Majestad.
Fucsia. Elocuencia.
Pulsátila. No puedes pretender nada.
Violeta. Dinastía.
Hortensia. Realidad.
Philodendro. Yo también tengo un jardín de ese color en el cerebro.”

O “Rorschach” (haciendo alusión al test de láminas ambiguas):
“Tres piernas abiertas y un clítoris con candado. También pueden ser dos perfiles de mujeres lacias con manos hacia atrás.”

En la penúltima parte, “Caja que soñó con hélices láctea”, el emperador triunfa. El lenguaje ha sido reformulado para él:

“Luego todos los animales se cerraron en la u y alguien dijo yo soy el señor de los endymiones. Ahí también el rey eras tú y la reina era yo porque la reina siempre era un niño y los niños envenenan a las reinas. Después se iban todos a donde están los caballos y uno hablaba y decía el río es mi otro esqueleto no hay cuerpo mi cuerpo es mío.”

En el cierre con “Caja de miel (ejemplo)” aparece un glosario exclusivo de las dos voces. Leerlo es impúdico. Nadie quiere ser invasivo en un lenguaje casi secreto entre la madre y el hijo:
“todo. Ya sé que nada existe, mamá. Y lo demás tampoco.”
o
“x. La equis del tesoro. (No se encontraron más definiciones.)”

A lo largo del poemario, predomina una adquisición y reapropiación del lenguaje que es, claramente, acumulativa. Lo copioso, la verborrea, la repetición son parte del esparcimiento que propone este libro. ¿Qué es lo real y la representación para alguien que está teniendo su primera relación con el lenguaje? ¿Es una tabula rasa? La voz del hijo es una sucesión de ocultamiento y apariencias. La voz de la madre encara a la organización del vacío. Acaso se permite indagar en su genealogía (Garza Islas): “Me decías que eran para adivinar cuantas caras habrá todavía en mi apellido” al hacer juegos con su apellidos (“Y estas son islas presagiando la fruta que disfrazas de anillos”; “Empieza la isla en una”; “Mi isla fue la sumersión” —tradujo”, “O una garza en la costra del estanque que me mira y sé que soy la puerta del mamut, tampoco ámbar”; “membranas-drusas engarzando minúsculas estatuas”; “entonces, mirar la garza (la garza y su sombra)”.

Diana Garza Islas asume diestramente el reto que representa la manufactura de un libro como este: una oralidad primaria (lo que el hijo expresa, lo que ella escucha o viceversa) y una oralidad secundaria (la escritura). Poseedora de un oído envidiable, transcribe una infinidad de rasgos fonéticos desde el primer llanto de un recién nacido hasta el nivel de diálogo que alcanza un niño inteligentísimo. Y está también en lo que yo reconocería como una tercera oralidad que parte de la tecnología, Diana Garza Islas ha realizado una serie de videopoemas para esta colección de poemas:

Caja negra que se llame como a mí (uno):

Caja negra que se llame como a mí (dos):

Caja negra que se llame como a mí (tres):

La obsesión con los acontecimientos diarios de la relación madre e hijo conquista la idea de una caja negra como espacio propio. Una caja negra es también una metáfora. Lo es en la teoría de sistemas. Lo es en la psicología para hablar de la conducta (¿qué hay entre el estímulo y la respuesta?). Lo es cuando la poeta realiza viaje tan vital como el de Amelia Earhart (cuyo apellido es una conjunción de “oído” en inglés (ear) y “ciervo común (o rojo)” (hart). En su concepción, inquieta y audaz, de la maternidad, Diana Garza Islas nos deja un rastro a lo Hansel y Gretel: “Así, la vereda persistía / una a una, las migajas”.