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Después de un par de semanas de haber visto Orange is the New Black –los trece episodios que componen su primera temporada, dos veces, en menos de diez días–, de haber revivido incontables veces mis momentos favoritos[1] y de haberla discutido con quien se ha dejado, creo que ya sé porqué me gusta tanto. Amo Orange porque amo a sus personajes. Y dado que el programa cuenta con un reparto bastante numeroso, mi cariño sólo se multiplica con la aparición y desarrollo de cada uno de ellos. Nunca había visto una serie en la que quisiera a tantas personas y menos considerando el contexto: la mayoría son mujeres que han cometido crímenes y están en la cárcel cumpliendo sus sentencias. Pero creo que precisamente a eso se debe el cariño: la serie muestra a las personas defectuosas, vulnerables, necias, miedosas, egoístas, inseguras, enojadas, viviendo con las consecuencias de sus estúpidas –o terribles– decisiones, pero aún así, logra presentar los momentos, los gestos, los actos, las relaciones que las hacen amables.[2]

Reducirlas a “criminales” es un insulto. (Vaya: reducir a cualquier persona a algo, lo es.)

Orange is the New Black tiene como punto de partida a Piper Chapman –interpretada por Taylor Schilling–, una güera, treintañera, de clase acomodada que está entrando a la cárcel para cumplir con su condena de 15 meses. En el piloto descubrimos que diez años atrás, Chapman se había enamorado de una mujer que era una narcotraficante de heroína –Alex Vause, interpretada por Laura Prepon–, a quien le ayudó a mover dinero de un país a otro. Este es el crimen que le gana su ida a la cárcel y pone en riesgo la vida que –como la nice blonde lady que se dice ser– ha construido para sí desde entonces: complica su relación con el buen chico con quien vive y está comprometida –interpretado por Jason Biggs– y su negocio de jabones artesanales que tiene con su mejor amiga. Orange –basada en el libro que lleva el mismo nombre, escrito por la verdadera Piper (que se apellida Kerman)– es sobre su vida en la cárcel.

Jenji Kohan, la creadora de este programa (y de Weeds), ha afirmado que Chapman era su caballo de Troya: su vehículo para introducir a la televisión historias que por lo general no han sido contadas. Con la excusa de seguir a Chapman, la serie termina por clavarse en todos los personajes que la rodean –hasta el punto de independizar las historias–. Dado el espacio en el que se encuentran, la atención va principalmente a mujeres –claro que aparecen hombres, pero no son el centro de la historia–, de diversas clases –además de Chapman, en su extremo está Nichols, la chica acomodada que desde adolescente se rebeló y metió al mundo de las drogas; en el otro está, por ejemplo, Miss Claudette, haitiana que llegó a Estados Unidos de niña a trabajar como empleada doméstica para pagar la deuda de sus padres– y razas –además de las “blancas”, se enfocan mucho en las “hispanas” y las “negras” (las “asiáticas” quedan, en la lógica de la cárcel, subsumidas al grupo de “las otras”)–. En cada episodio de cincuenta minutos, además de desarrollar la historia de Chapman, toman a uno de los otros personajes y lo exponen: en parte a través de los flashbacks –que más que explicar el crimen que las llevó a la cárcel, sirven para retratar la lucha moral y emocional del personaje–, en parte mostrándolo en la dinámica actual de la prisión.

Uno de los puntos que sobresale de Orange es su exploración de las dinámicas raciales y de clase. El solo contraste entre la experiencia de Chapman y el resto de las mujeres evidencia a qué punto el color de la piel y el poder socioeconómico influyen en cómo las personas enfrentan la vida. Un ejemplo que no deja de parecerme gracioso: en el piloto, a Chapman se le sale que leyó libros que enseñan cómo sobrevivir en la prisión. Es ridículo, pero a la vez entendible: si uno crece creyendo –y viendo– cómo la educación –y la información– mejora su vida –obteniendo acceso a ciertas instituciones, trabajos, reflexiones–, ¿por qué no funcionaría también para sobrellevar la cárcel? Si alguien quiere ver hasta qué punto la experiencia de una mujer blanca privilegiada no es universal, esta es una serie que proporcionará más de un ejemplo.[3]

Ahora, lo que me encanta es cómo no sólo expone a Chapman, sino al sistema.

De la misma forma en la que su recurso a los libros es ridiculizado, se realiza una crítica –por ejemplo– al régimen de derechos humanos. En “WAC Pack” –el sexto episodio–, se explora mucho de la dinámica racial de la cárcel. Las mujeres tienen que elegir a una representante de cada “grupo” –las blancas, las negras, las hispanas, las “Golden girls” (las viejas) y las “otras”– para formar un Consejo para negociar con el encargado de la cárcel sobre las necesidades de todas. Entre las negras, compiten Sophia –la mujer transexual que episodios atrás vimos cómo tiene problemas para conseguir sus hormonas– con Taystee –una chica cuya propuesta política es traer más pollo frito a la cárcel–. Sophia, defendiéndose, dice que ella debe ser elegida porque le preocupan los derechos humanos. Taystee, junto con Poussey –su mejor amiga–, se burlan de ella: los derechos humanos son políticas-de-blancos que de nada sirven. La parodia que realizan de las “preocupaciones” de los blancos es imperdible.

Lo que en “WAC Pack” queda como un chiste, en “Fool Me Once” (el episodio doce) deja de serlo. Taystee había salido de la cárcel episodios atrás. Pero vemos lo difícil que resulta que se “reincorpore” a la sociedad: mientras en Litchfield (la cárcel) tenía una cama, afuera tiene que compartir un piso con varios extraños y sólo porque la dueña de ese espacio –que no es su familiar– se apiada de ella (después de que le explica que esa es la dirección que le dio a las autoridades para que la monitoreen, por lo que no puede irse a otro lado). Mientras que en Litchfield tiene un trabajo –en la biblioteca, clasificando libros–, afuera, por su estatus de “ex-convicta”, apenas y puede conseguir los de salario mínimo. Cuando vuelve a la cárcel, Poussey la confronta, vociferando el discurso al que todos estamos acostumbrados: no me digas, por favor, que la libertad te resulta inconveniente y responsabilízate de tu vida. El diálogo es desgarrador, porque ambas tienen razón: la cárcel es un infierno –pero no es el único–. Y si bien uno “construye su destino” (si no, ¿quién más?), rara vez elige qué materiales, recursos y lugares tiene para esa construcción.[4]

Estefanía Vela


[1] Si bien este es un post que pretende analizar algunos elementos de la serie, quiero aprovechar este pie de página para el fanatismo puro: 1) “Crazy Eyes” (I got feelings, I’m gonna call you Dandelion y I threw my pie for you!) Pennsatucky (siempre) y Taystee (yo diría lo mismo y… esto) pueden volverme loca. 2) Alex Vause es una de mis lesbianas favoritas jamás. (Para las fans de Shane de The L Word: no dejen de ver Orange.) Y su relación con Piper también. 3) Todos los comebacks de Nichols. 4) Este intercambio entre Daya y su madre y todo el tratamiento que la serie le da al sexo. Nunca he visto una serie que logre retratar tan bien la complejidad de las relaciones sexuales y de lo que impulsa a la gente al sexo (y cómo todo esto, se entrelaza con el contexto y el sistema en el que operan).

[2] Lo pondría así: Orange is the New Black es el punto medio entre personajes como los de Gilmore Girls y los de Mad Men. Con dilemas morales, complejos emocionales y problemas de clase, género y raciales serios, pero con una calidez y manías extrañas que los hacen entrañables. (Si quieren otro mash-up: Emily Nussbaum –la crítica de televisión del New Yorker– la ha descrito como la hija de Oz y The L Word.)

[3] Lo que me parece interesante es cómo no existe una identidad absoluta entre raza y clase. El contraste entre Chapman y Pennsatucky, por ejemplo, deja en claro cómo ser blanca no es sinónimo del privilegio. (Recordé un episodio de 30 Rock en donde Jack le dice a Kenneth que él no es un hombre blanco, sino que se parece más a una latina urbana.)

[4] Esa es una constante de Orange: la exploración de la relación compleja entre la responsabilidad individual y la del sistema. Entre lo que las personas tratan de hacer para vivir –o sobrevivir– y lo que pueden hacer. La dinámica que se suscita entre Janae y Yoga Jones –por ejemplo– me parece una de las exploraciones más conmovedoras de ello. (La escena en la que Yoga Jones confiesa porqué está en la cárcel y lo que hacen juntas después, me estrujen el corazón: somos nuestros errores. Somos nuestros errores y nuestras formas –estúpidas, honestas, peligrosas, divertidas– de lidiar con ellos.

 

 

4 comentarios en “Orange is the New Black is my new love

  1. Sobre tu nota [3] Hay la gran diferencia entre “White” y “White Trash”, entre “Black” y “Educated Black”. ¿La diferencia? se espera que los blancos se eduquen, para eso está el sistema, si no lo hacen es “por huevones”, en cambio los negros, si tienen educación, “wow lo lograste” a pesar del sistema y todo lo que tienes en contra. Pero también son criticados por “su propia gente” por querer llevar una vida de “blanco”. Creo aún tienen en alguna parte un subconsciente masivo de que los patrones son blancos y los negros arando el campo, no sé…

  2. Claro que hay una diferencia entre “white” y “white trash” y “black” y “educated black”. Por algo escribí que no hay “identidad” entre los problemas de clase y raza. Yo no digo que la “lucha” de Pennsatucky –o las críticas que recibe– sean las mismas que las que recibe una Taystee. Lo único que estoy diciendo es que dentro de “lo blanco”, existe también variabilidad. Y el contraste específico entre Chapman y Pennsatucky –específicamente en el intercambio que tienen en cuanto a la religión– me parece muy interesante. (Y si algo hace bien la nota sobre 30 Rock que incluí en el vínculo es exponer todo el “problema” de las divergencias entre los negros, al analizar el episodio en el que Tucker y Tracy pelean.)

  3. Sé que tienes conocimiento de lo que puse, solo quise dejar un comentario en alguno de tus escritos, muy bien escritos como siempre 🙂 Y sí, con OITNB se puede hablar de las muchas diferencias sociales que existen en ese “su pequeño mundo” (la cárcel), que son las mismas diferencias que existen en “el mundo real”.

  4. Creo que otra de las cosas super interesantes es la historia de Red, como pasa de ser la rechazada del círculo de esposas de la mafia a ser la “jefa” en la cárcel por el solo hecho de ser la encargada de la cocina, por una lado ¿por qué la cocina? ¿porque es una cárcel de mujeres?, te hace preguntarte si se daría la misma dinámica en una cárcel de hombres y en el capítulo final, la cara que hace cuando le quitan el puesto y sabe que ya no es la “jefa”