Abril, mes del niño (y la niña, pues). Buen pretexto para hablar de este tema tan edulcorado, tan plagado por su propio mainstream y sus arraigadísimos estereotipos. Desde luego (aunque en algunos casos sea difícil creerlo) todos los adultos fuimos niños alguna vez. Todos pasamos por las tribulaciones y los gozos que esa etapa de la vida necesariamente nos depara. Van breves textos sobre el gran pretexto.

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1. Mainstream y discursos. La niñez tiene su propio mainstream construido, ciertamente, desde el mundo de los adultos. Desde el mercado se dispone una oferta infantil: juguetes, vestimenta, montajes en miniatura del entorno doméstico o público (mesitas, sillitas, poltroncitas, cancioncitas, ¡hasta eleccioncitas!): “Este niño lindo/ que nació de día/ quiere que lo lleven/ a la dulcería”. Pero el asunto va más allá: hay un lugar asignado para la infancia en la familia, en las religiones, en la educación, la salud, la justicia, la psicología, el deporte o el arte. Un lugar que no es un locus:el lugar del testimonio silencioso de una niñez acotada, parcelada y absolutamente sesgada en su comprensión. Un lugar que todos ocupan, un lugar en que el niño está arrinconado y no pocas veces agobiado por tantas presencias.

2.  Realidades y corrección política. Como ha comentado Andrea Jeftano, hay en la niñez una zona de tensión entre lo público y lo privado, entre lo real y lo idealizado que enturbia la comprensión de esa experiencia lo mismo en la literatura que en la política pública o los discursos sociales. Incesto, abuso sexual, tráfico de niños y de sus órganos, crímenes de guerra, explotación infantil, violencia en la familia, entre otras aberraciones que forman una realidad ominosa y perturbadora.

3. El estereotipo de la blanca e inocente infancia. Pero también perturbador es el reconocimiento de la condición infantil como algo más que inocencia e ingenuidad. Más allá de Freud, hay una crueldad y una sexualidad infantil que se documentan con el bullying, el ¿ingenuo? maltrato de los animales, los juegos en los que se incorporan alfileres o agujas para punzar seres vivos o figuras inanimadas (mi juego favorito de niño era clavar dardos a los monos de soldaditos, indios o vaqueros junto con mi hermano); lo sabemos muy bien porque fuimos parte de eso: no pocos de nosotros instalamos el pequeño espejo en el zapato para conocer lo que ocultaba la falda de la vecina de escritorio en la primaria.

4. Zonas oscuras en la infancia. La infancia tiene también miedos y tabúes. Si no duermes vendrá “el coco” por ti, o peor aún: “Duérmase pequeño/ duérmaseme ya/ porque viene el coco y te comerá”. El temor a la oscuridad es acaso atávico pero se descubre y afianza en la niñez; las prohibiciones vienen también de esta etapa: los performances de la masculinidad y la feminidad, el primer e inexplicado terror a irte descubriendo gay o transgénero de cualquier tipo. Ciertamente, como dice Ana Garralón, el “paraíso” de la infancia se vive en la tensión constante entre lo prohibido y lo permitido, entre el mundo del deseo y el mundo de la realidad.

5. Literatura infantil: ¿libros al servicio de los niños o niños al servicio de los libros? La infancia es compleja, no es ni tan candorosa ni tan ingenua. De ahí el fracaso de las políticas editoriales y educativas (con todos sus mediadores, escritores y empresas editoriales) dirigidas a la “formación en valores” de la niñez. El niño conoce la soledad, la duda, la melancolía, el amor, el miedo, la ambición, lo cómico, lo trágico. ¿Clásicos infantiles, verdaderos clásicos infantiles? Las aventuras de Tom Sawyer, Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan, Mary Poppins, Los viajes de Gulliver, Oliver Twist, Robinson Crusoe… Historias todas de niños desobedientes, cuestionadores, en pos del mundo, de padres más bien inútiles sin el apoyo de una eficaz niñera a su lado, de viajeros que alcanzan el poder en tierras fantásticas, de infancia depauperada y abuso, de náufragos que enfrentan la adversidad y la superan. ¿“Diviértete leyendo”? ¡Chale!, pensarán las niñas y los niños auténticamente interesados en conocer y organizar la experiencia de la vida (para ellos todavía más caótica que para los adultos) a través de la literatura.

A mí me gustaba (y me gusta) mucho Cri-Cri. No creo haber distinguido una guía para el rol de género en La Patita, que no va a dictar una charla a una universidad ni a hacerse cargo de sus responsabilidades como gerente de algo, sino que “va-al-mercado-a-comprar-todas-las-cosas-del-mandado”. Pero sí recuerdo haber sentido tristeza y hasta cierta indignación, en aquellos años, por La muñeca fea que se la pasaba “escondida-por-los-rincones-temerosa-de-que-alguien-la-vea”. ¿Conciencia temprana de la exclusión? También de eso va la niñez.

 

 

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