Presentamos un fragmento de Luz Estéril, novela de Iván Ríos Gascón, que Ediciones B ha puesto a circular en estos días.

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Salí de casa muy temprano. No sé cuánto dormí o si pude hacerlo, cuando aterricé en el mundo real tenía el teléfono en la mano. Serían las ocho y media o algo así, y al otro lado retumbaba un vip intermitente, no recordaba lo que Katya dijo al final, si es que lo hizo, porque en infinitas ocasiones ha cortado la comunicación sin despedirse, sin fijar alguna fecha para vernos, pues insiste con jugar al gato y al ratón, a la fan misteriosa y al contubernio a ciegas.

De cualquier modo, me tiene sin cuidado. Quien sea o como sea es algo que no me preocupa en absoluto, que no marca mi vida y mucho menos la transforma. Katya, en todo este tiempo, ha terminado por convertirse en un decorado, en un fantasma impredecible, sus apariciones no tienen hora, motivo o calendario.

Así que con dolor de cabeza y consciente de mi sitio en el cosmos, una especie de angustia, de paranoia, me hizo saltar de la cama y meterme bajo la ducha. Puse el disco de Ministry, Filth Pig, a un volumen tan cabrón, que el güey de abajo empezó a golpetear el suelo, para él es el techo, como desde hace dos meses ha venido haciendo, cada vez que el ruido del estéreo resquebraja su bienestar, como si los escobazos o sabrá dios con qué objeto le pega al techo, simbolizaran para mí algún tipo de amenaza. Nadie sabe cuál es el efecto real, para otros, de sus intenciones y sus actos, porque en realidad aquel cloc cloc, en vez de hacerme alucinar o de asustarme, me divierte al imaginar a ese cabrón trepado en una silla o en la cama —su anatomía es más bien chaparra—, echando a perder el tirol y llenándose el coco de mugre y yeso. Y es que nunca, desde que se aficionó al ejercicio de sus intolerantes chingadazos, he bajado un sólo número a la perilla del Kenwood. Al contrario, le subo más, hasta que él se cansa de echar a perder su techo y se conforma con soplarse el disco a través del muro que nos separa, pues tampoco se ha atrevido, por el momento, a subir un piso y reclamarme cara a cara que sus hijos o su esposa han tenido que madrugar por mi insolente melomanía. No, hasta ahora no he tenido que ver de frente a nadie. La gente como yo, que no tiene apego por amistades ni contactos más allá de lo estrictamente necesario, encontraría en este edificio la coraza ideal para fugarse a las planicies y montañas interiores.

Salí del baño. Sentía la cabeza como entumida, con una ligera migraña y algo así como un hormigueo que partía de la coronilla hasta la nuca, quizás era la resaca o el mal viaje de mota confeccionado por la incómoda postura en que pasé la noche. Fui a la cocina. En el refrigerador sólo había dos cervezas, un Casillero del Diablo a la mitad, una botella de Absolut vodka, algo de queso, unos duraznos, cuatro huevos y un trozo de pizza que dejó Penélope hace tres días. Ver aquella comida y aquella bebida me dio náuseas, cómo odio vomitar, así que preferí calmar la sed —el alcohol y la marihuana te erosionan la garganta—, con una Coca Cola al tiempo que estaba, perdida, en la alacena. Pero la angustia o el miedo o digamos la claustrofobia que me asaltó cuando abrí los ojos, seguía atacándome. Ministry estaba por terminar la sesión del Filth Pig, y yo estaba ahí, con el albornoz y el bote en la mano, jamás debíamos de contemplarnos en ese estado, no sólo es patético, es vorazmente monstruoso, y entonces fui a la habitación, abrí el closet y repentinamente, volví a acordarme de Penélope. ¿Cómo nos despedimos? ¿La dejé en su casa?… Mierda, mi vida es una cinta con zonas de silencio. Me puse unos Levi’s y unas botas Timberland, una playera blanca de cuello alto y encima, una camisa a cuadros de algodón. Subí las persianas. La mañana estaba nublada, así que abrí la ventana y saqué el brazo, como hacía Alejandra cuando éramos niños, para medir con la piel la temperatura real o la densidad del frío. No era tan malo. Soportable. Por tanto, sólo me puse el cinturón Dockers, rocié mi cara con un buen chorro de CK One, tomé la carátula del estéreo del coche y unos compactos: Core, de Stone Temple Pilots. Amnesiac, de Radiohead. Beautiful Freak, de Eels.

Pero la desesperación por largarme era tal, que olvidé, como casi nunca, activar la contestadora. También, claro, eso siempre pasa, dejé el celular en el buró o en la sala o la cocina o quién sabe dónde (hay algo en mí que despierta una repulsa por ese endiablado aparatejo) y me trepé como de rayo al Golf. En realidad no tenía destino, es más, ni una pinche idea a dónde dirigirme, por lo que sólo para ir ocupando el tiempo cuando tienes mucho, miré la flecha del tanque, tenía poco más de un tercio, pero aun así conduje hasta la primera gasolinera que abriera temprano los domingos —no, ya no lo era tanto, serían pasadas de las once— para después, al aparcar frente a las bombas, pensar, mejor dicho, inventarme un itinerario porque lo único que no quería era permanecer en casa.

Podía ir a San Ángel, Alejandra estaría allí de no haberse quedado a dormir en La Florida con el imbécil de Tomás, y sólo de considerar aquella probabilidad, las ganas de volver a mi antigua residencia se fueron borrando, palidecieron y al fin, se hicieron ceniza hasta desaparecer por completo en el ventarrón anímico que soplaba mi estado de ánimo.

El despachador me devolvió la llave. Pagué la cuenta del tanque lleno y al reanudar la marcha, cobré plena conciencia de la soledad y lo inútil que es tener todo y nada a la vez. Me puse a reflexionar, mientras la voz de Thom Yorke salía por las bocinas, en la auténtica condición de exilio, cuando no eres más que una especie de gato que todos sacan a patadas de la casa, como un perro a quien le ofrecen, de vez en cuando, un trozo de carne o un trasto de agua. Pocos han experimentado esto. La gente, por lo regular, cree que su presencia tiene un valor concreto, que puede medirse o calcularse fácilmente, aunque en realidad no es otra cosa que una mísera sombra, el rumor o el ruido de sus pasos, porque cuando se interrumpen, nadie lo echará de menos, su nombre y su historia quizá se harán recuerdo por un rato, pues al final lo único que nos queda es el olvido. Y éste no es otra cosa que una degradación y un simulacro de lo que somos o creemos ser, lo que deseamos significar para los otros: nuestra presencia es un sueño, una deformación. Somos el doctor Frankenstein y el monstruo al mismo tiempo. El doctor Jeckyll y su huidizo Mr. Hyde, el Batman inventándose a su Robin y así, como el cuento de nunca acabar.

Las calles, los semáforos y las avenidas penetraban el parabrisas del coche, como en una pantalla 3D. Llegué a Insurgentes cuando la migraña subió de tono y el hormigueo comenzó a extenderse de la coronilla a la nuca y a la espalda, y poco a poco fue bajando por los brazos hasta quedarse alojada entre mis dedos. ¿A dónde dirigir el coche? El Batman que conducía mi Batimovil le preguntó al Robin de mi divagación y claustrofobia y al fin di vuelta a la izquierda, hacia el sur, considerando la posibilidad de meterme en algún Sanborns o un McDonald’s y echar al retrete lo que fuera, por encima del inveterado repudio que le tengo al vómito, ya que quizá con ello podría aliviar no sólo el daño físico con que me hostigaba la resaca, sino el caos depresivo que me hizo salir a la calle como una bestia que huye de su jaula.

Pero no. El primer Sanborns que crucé fue el del Parque Hundido. El Golf continuó su marcha, como un trineo que baja por la nieve. Thom Yorke cantaba no sé qué rola, y un chispazo alumbró mi perspectiva: ¿por qué no ir a casa de Penélope?… No. Sería una locura, dijo Batman. Con el tiempo que pasa en el depto es suficiente, no es correcto que una relación se sature de ese modo, ya que de tanto verse, de tanto hablar y besarse y compartir cosas y hacer el amor, tarde o temprano nos llega el hartazgo, como les sucede a los erotómanos que se atiborran de revistas y películas porno: el sexo ocupa más espacio del necesario en sus cabezas, que cuando lo tienen ya no los seduce, se ha desvirtuado, se ha vuelto un lugar común y una costumbre. Eso tampoco forma parte de los esquemas colectivos. Nadie comprende o ha querido comprender, que entre dos criaturas es fundamental que los encuentros se vayan espaciando, que sean como una dosis de morfina, ya que de lo contrario, cuando nos hemos hecho más que adictos a esa droga, lo peor que puede sucedernos es el cuelgue. Depender de alguien, vivir en función de un objeto o una persona nos instala en la butaca más recóndita del cine donde pasan nuestra vida, hasta que dejamos de percibirnos como icono, como historia, ya que una vez más, lo que menos nos importa es la película sino el público que tenemos a los lados.

Entonces, el Golf dio un vuelco ejecutado por el Hombre Murciélago en el afán por preservar la ataraxia de Ciudad Gótica y cuando volví en sí, ya había recorrido Patriotismo, patrullado algún pellejo de eje vial y me lanzaba al norte a través del Periférico y hacia Las Palmas, a la guarida de una batiasesina y batitransgresora y batiperversa, Mallory Knox, reina del tanatismo y anacoreta, como yo, que de algún modo es como el punto de partida y la referencia de un fragmento importante, no sé cuál, no puedo precisarlo, de mi vida.

A Mallory la conocí cuando presenté el examen de admisión para la Ibero, que al fin y al cabo abandoné, inscrito y todo, porque la depresión y el conflicto en que caes si te enamoras de tu hermana, me hizo buscar una salida, fabricar mi exilio: un ostracismo que no debía ser social sino terrestre, porque sin Alejandra siento como que nada, absolutamente nada tiene esencia ni sentido. Todo yo era un desorden. Elegí la carrera de Letras por mi desmesurado placer por la lectura, es curioso cómo nadie se ha percatado de esto: aunque leo muchísimo, no conservo un sólo libro en mi departamento. Todos se quedan en San Ángel. Voy allá cada dos días, escojo algo y con asombrosa rapidez, lo devuelvo a su lugar de origen. No es que no me guste conservarlos —teóricamente, un buen porcentaje de esos volúmenes es mío, compro demasiado—, pero creo que la biblioteca de San Ángel es su sitio ideal, mi casa sería una impostación y una irreverencia.

A la gente se le pierden muchas cosas. Su percepción, cuando ha sido superada por el caos del interior o se ha reducido a la función elemental de la representación ordinaria, común, extravía los detalles que la rodean, como aquellos cinéfilos que no registran el todo de una imagen, que se han acostumbrado a la escansión de puros retazos. Penélope, por ejemplo, en casi un año de frecuentarnos, nunca ha reparado en los libros que leo. No obstante que siempre hay un ejemplar sobre el buró, en la sala, junto al estéreo o entre los discos —nunca en el baño, la literatura no es para aligerar la deyección—, y que esa obra se transforme en otra y otra y así, sin quedarse mucho tiempo en su lugar, jamás ha mencionado algo sobre el tema. No pregunta nada, tampoco se les queda viendo e, incluso, no los ha tocado. Como si los libros se hicieran invisibles para ella. Como si el papel y el tamaño y las portadas fueran invisibles, porque Penélope tiene una capacidad asombrosa para soslayarlos, para ignorarlos no sólo como obras de arte o sinónimos de futilidad y aburrimiento: Penélope los desconoce como objetos. Y entonces me divierte sobremanera cómo, sean la Divina Comedia o el Quijote, grandes y pesados libros, o Heliogábalo de Artaud, Los alimentos terrestres de André Gide o un volumen de poemas de Octavio Paz, más bien ligeros, en sus ojos nunca ocupan espacio, no tienen superficie ni volumen, son nada. Para Penélope, los libros que van apareciendo en mi casa no existen, son como el gnomo de Bécquer: únicamente los perciben los elegidos, en este caso yo, y su poder, hipnótico, quizá sea advertido por ella a través de esos defectos que nunca me perdona.

Claro, a nadie le importa que leas, digamos que el tiempo ha conseguido, finalmente, colgarle a ese placer un apestoso estigma. De cualquier modo, la costumbre por los libros, para quienes los consumen, se implanta en ellos como un tatuaje etéreo, un nimbo que hace más fáciles las relaciones, como si fuéramos una aguja que choca con otra y otra y luego se juntan, ya que esa colisión es el resultado de bregar por la misma frecuencia. Pienso esto primero porque el piloto automático del Golf —no lo dirijo yo, estoy tan crudo que ya me habría incrustado en otro coche o en la barrera de seguridad o, tal vez, sea la inercia o mi otro yo mecánico o el Ángel de la Guarda trabajando en horas extra, no sé—, dirige al bólido donde Thom Yorke y Radiohead ejecutan un concierto privativo, individual, por la salida de Reforma y luego da vuelta para emprender la subida hacia Las Palmas, y me distraigo un poco en la continuidad del Periférico, aquella serpiente o, mejor dicho, la vagina de la ciudad de México. Ahí se han perdido muchas vidas, rápida e instantáneamente, como en un coito y su consecuente orgasmo: el Periférico es un constante intercambio simbólico entre los automovilistas y el concreto: el éxtasis de la velocidad es tan desmesurado, que a veces el cuerpo, con estertores y sangre y vidrios rotos, saca el alma a patadas de su efímero aposento. Velocidad–movilidad–continuidad. Cada vez que vuelvo sobre aquella trinidad, la imagen de Alejandra y el recuerdo de una rola de los Smiths, “There is a light that never goes out”, me provocan un nudo en la garganta. Los ojos se aflojan en una impresión extraña, licuescente pero sin lágrimas. No sé cómo explicarlo. Hay ocasiones en que el mirar puede empañarse no por el agua de la tristeza, la angustia o el miedo, sino por el cristal ultravioleta del espíritu, aquel que exhibe cuando está partido y luce desgarrado, silente, como de luto.

Quizá la explicación a esa paranoia, prefiero llamarla así, con la firme idea de que el paranoide no es tan patético como el pusilánime o el melancólico, se remonte a una de las escenas más intensas de mi vida: hace tres años, durante el período del examen de la Ibero y cuando conocí a Mallory, Alejandra y yo estábamos en la casa de Acapulco, solos, nadando en la piscina. Bebíamos unos martinis espléndidos, como sólo ella sabe hacerlos, de acuerdo a la receta que Luis Buñuel transcribió en Mi último suspiro. Alejandra, como el maestro surrealista, es igual de minuciosa con respecto a la bebida. Ella también mete al congelador con veinte grados bajo cero, las copas, la ginebra y la coctelera. También usa hielo muy duro al que le echa unas gotas de Nolly-Prat, media cucharadita de café y media de angostura y lo agita bien, para después liberar al hielo del líquido pero no del perfume y cuyo amante final es la ginebra. Alejandra es experta en mezclar todo. Sus martinis, estoy seguro, deleitarían como pocos placeres mundanos a don Luis Buñuel.

Entonces, eran las tres de la tarde, la reminiscencia es muy precisa, nada se pierde en las tempestades de mi actual fragmentación, y saqué el Mitsubishi del estudio, lo puse en la tumbona junto a la piscina y las mesas de sol —los criados tenían vacaciones, se aproximaba la Navidad— e inserté el The Queen is Dead, de los Smiths. Alejandra llegó con los martinis en una bandeja y con su hermoso bikini negro con lunares de colores, me alcanzó una copa y se recostó para tomar el sol. Durante un rato, veinte minutos o un poco más, no dijimos nada. Yo había llegado de Europa, hice un viaje por extensión de un año para consolarme o tal vez encontrar la cura a la pasión maldita que sentía por ella, no estoy seguro, y durante ese lapso de ausencia en que dos seres son incapaces de transgredir con vocablos o por lo menos con susurros o carraspeos la barrera que los separa, nadie está consciente de que hasta un miserable centímetro es suficiente para aislarlo del mundo real, la voz de Morrisey y sus letras de angustia bailotearon primero en el concreto y después se lanzaron, desesperadas, gozosas, a chapotear en nuestra alberca. Los Smiths eran como un velo proscrito por la lira de Johnny Marr y los estribillos de Morrisey. Palabras de pérdida, desgajamientos, vacíos y muerte hasta que, por acto reflejo y comodidad, enredé mi cabellera húmeda en una coleta con una de las donas de Alejandra, que la hizo reír a carcajadas.

—Te ves cagadísimo, maestro.

Yo no dije nada. Salí de la piscina con dignidad, sin importarme lo absurdo, tal vez andrógino, que me veía con la cola de caballo y la pulserilla morada en la cabeza. Tomé un martini y me eché en la tumbona, junto a Alejandra.

—¿Y qué hay de Europa?… ¿Lo pasaste bien?

Tampoco dije nada. Encendí un Ducados y me puse las gafas de sol Police, compradas en la Vía del Corso en Roma, para protegerme de los filos del sol acapulqueño.

—¿Parisina o madrileña?… ¿Italiana, inglesa, danesa, portuguesa, qué fue? —como jugando, intentando con su ludismo oírse más bien latosa y no como la mujer enferma, envenenada por los celos cuya pulsión la hacía insistir en aquellas torpezas.

Todo lo nuestro es inverosímil. Increíble en su significado literal. Alejandra y yo nos conocemos de toda la vida. Crecimos juntos, lloramos, reímos, jugamos, perdimos, ganamos, soñamos, deseamos, exigimos, buscamos, plantamos, sufrimos juntos. Cada quien encontró los defectos de cada cual. Cada quien fue reuniendo el material de la rabia y el rencor, las aristas de nuestras desilusiones y el malestar de nuestros rasgos parecidos, muy parecidos, que nos marcan con los cromosomas de la misma sangre y piel y herencia. Los dos tenemos el mismo pasado y el mismo árbol genealógico. Conocemos a la misma gente, hemos hablado y padecido a la misma horda de tíos y tías y abuelos y abuelas, primos, amistades, padrinos y etcétera pero, aun así, cuando estamos solos, nos desprendemos del pasado, del entorno cotidiano y el trato que se establece es el de dos perfectos extraños, el de una pareja que se conoció en un cine o en un antro, en un viaje o en la escuela, en la fiesta de un amigo en común. Y entonces Alejandra, como yo, se arranca de su pequeño infierno biográfico y se vuelve otra, es capaz de distanciar lo que nos une y romper los eslabones que empiezan por el cuerpo y se formalizan con el apellido y luego el domicilio, y me habla como una novia cualquiera, como una chica enamorada de la mitad que Zeus le despojó, así, como si nada, y me hace sentir más que exultante, feliz, encabronada y putísimamente feliz, porque ella es la mujer ideal, la niña más hermosa del planeta: la desconocida que quiero en mi mundo para compartir el resto de lo que me queda aquí.

—¿No vas a contestar qué fue?…  ¿Mujer, hombre, quimera o demonio?

Y yo, sin responder, salté de la tumbona y me senté a horcajadas en su vientre. Acaricié su cara, Alejandra cerró los ojos por segundos, luego los abrió para mirarme con gravedad y dije:

—Sabes que sólo te amo a ti.

Soltó el martini. El ruido del cristal sobre el azulejo es prístino. Es como un rayo de plata, como el fornicio de la luz con la sombra y ese reflejo que agrava la solemnidad de dos cuerpos en silencio, dos sexos que no deben estar lejos, que debían juntarse. El quebranto del cristal sólo es creación.

Alejandra se incorporó —su vientre liso, el ombligo redondo, huidizo, y los pechos altos, con mucha carne—, y me tomó en sus brazos, hacía mucho tiempo que no estábamos tan cerca, nos besamos con fervor. Su lengua entró en mi boca. No, ya no éramos hermanos, fuimos un hombre y una mujer distantes que acaban de conocerse, y yo languidecía en sus labios, en esas líneas de piel como las mías y con urgencia bajé las manos y le arranqué el sostén, luego la tanga de su bikini negro avivado por lunares de colores, y el sexo de Alejandra, con poco vello, como de niña, se abrió al ritmo de sus piernas, bajo la erección que sólo atestiguaba el sol acapulqueño.

Me quité el traje de baño. Los martinis sudaban bajo una de las sombrillas que rodean la alberca, The Smiths tocaban “Vicar in a Tutu” y después de acariciarnos, de frotar cada centímetro de nuestra piel, nos metimos al agua y Alejandra, dándome la espalda, se dejó penetrar con las manos aferradas a la orilla, volteando un poco para que yo pudiera besar sus labios y pasar mi lengua por su mejilla, por sus párpados, por la nariz y la barbilla y esa mitad que, como dice Javier Marías, es todo el rostro. Los pechos de Alejandra flotaban, salían al exterior. Ella de espaldas, yo atrás, su sexo era una conjunción de agua y luz, me apretaba, succionaba, quería hacerme una extensión de su coño y de sus nalgas y sus piernas, completamente abiertas, hasta que por el estéreo sonó la siguiente rola: “There is a light that never goes out”.

“Dime que me amas, dime qué sientes, qué quieres de mí”, decía Alejandra, y Morrisey cantaba: Take me out, tonight/ where there’s music and there’s people who are young and alive, “dime que me amas, que sólo conmigo puedes hacer esto, que soy lo único que quieres, que te hace falta en este mundo” y Morrisey: Driving in your car/ I never never want to go home /because I haven’t got one, anymore, y Alejandra abre más las piernas y llego hasta el fondo y ella grita, se deshace en gemidos y vuelve a preguntar si ella será, siempre será la única en mi vida, los únicos pechos, las nalgas, el rostro, la espalda, las piernas, el vientre, la única abertura… “¡Dime, dime qué sientes, qué sientes!”. Y Morrisey: And if a double decker bus/ crashes into us/ to die by your side, it’s such a heavenly way to die, cuando el agua nos envuelve y Alejandra gime, jadea y al final se viene con un grito y yo la abrazo, quiero fundirme en ella y Morrisey sigue cantando: and if a ten ton truck/ kills the both of us/ to die by your side/ well the pleasure and the privilege is mine.

Ella explotó pero pude salir antes, y vi cómo mi esperma, diabólico, de hermano, iba cayendo por el agua de la alberca y, entonces, la desolación ineluctable, verdaderamente cruel y desgraciada, llegó a mi cabeza y luego a mi alma: Alejandra y yo no tenemos remedio. Nuestro amor es estéril, jamás será creación.

Pero ella, Alejandra, gritó con el orgasmo que me amaba, que sólo a mí, Gabriel, me amaba, y también decía que aquello era maravilloso, mortal, era perfecto. Y Morrisey siguió cantando: And if a double decker bus/ crashes into us/ to die by your side, it’s such a heavenly way to die, cuando Alejandra preguntó: “¿qué piensas?”. Y yo sólo pude responder, igual que los Smiths, que “si un camión de diez toneladas nos aplastara, morir a su lado sería un placer y el mayor privilegio para mí”.

“There is a light that never goes out” terminó, siguió “Some girls are bigger than others” y nosotros, desnudos en la alberca, quedamos abrazados hasta que dejó de sonar el disco. El sol de Acapulco fue la única luz entre nosotros.

Pero eso fue hace años. Tan lejano, tan sombrío que podría ser un recuerdo inventado, porque el presente es el Golf que sube y sube por Las Palmas. Cómo me caga este ascenso. Quizá es por ello que nunca, casi nunca visito a Mallory Knox. Bueno, realmente no visito a nadie. ¿A quién puedo buscar? La soledad es apariencia, respiración entrecortada. La soledad es concreta cuando la percibes, cuando cobras conciencia de ella. La soledad es voluntaria.

 

Iván Ríos Gascón.
Escritor, ensayista y editor. Ha publicado también Broadway Express.