Presentamos una selección de los poemas que Fernando del Paso publicó en la colección Cuadernos del Unicornio de Juan José Arreola en 1958, y que ahora vuelve a circular bajo el título Sonetos del Amor y de lo Diario (El Colegio Nacional). Tomamos también de esta reedición dos dibujos de la serie Destrucción del orden, realizados por el propio autor.


Sonetos para un cuerpo ajeno y propio

I

Cuando a tu sangre nombres, cuerpo, invoca
una sola palabra: sangre llama
a lo que sólo sangre se reclama
desde tus pies al filo de tu boca.

Cuando a tu carne nombres, cuerpo, evoca
la sola carne que a la carne llama,
la que se mira y besa y hiere y ama,
que se penetra y lame, huele y toca.

Llámate cuerpo a secas, no te esmeres
en ser de otras palabras reflejo,
la oscura huella, su inasible sombra.

Quédate cuerpo a solas y no esperes
ser otra cosa que el desnudo espejo
de la sola palabra que te nombra.

 

II

Cuerpo de lento, tardo entendimiento:
tarde te has descubierto, cuerpo amado;
largo tu sueño ha sido desdichado,
breve tu amor, tu aprendizaje lento.

Solo en tu desolado pensamiento
y al rencor de ti mismo abandonado
tarde aprendiste a amarte, tarde has dado
muerte a tu olvido y a tu vida aliento.

Lento cuerpo sin nombre y sin edades,
cuerpo de lentitud impronunciable:
deja que larga, dulce, lentamente,

y cuerpo a cuerpo, acariciadamente,
en una soledad inacabable
se junten nuestras lentas soledades.

 

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Dos adivinanzas

Para Carmen Balcells

I

Un silencio y pálido lamento
que cuando bebe el aire se agiganta.
Sin piernas danza y sin palabras canta,
Espejo de sí mismo y alimento.

Oro voraz y diáfano es su aliento.
su vida, sueño que la luz canta,
y su infinita languidez es tanta
que pesa menos que el color del viento.

Amante, a más, de insólita avaricia,
mago del artificio y de la espuma
y señor de los humos y del juego,

Lo que relame y mira y acaricia
Transforma en polvo y ceniza y bruma,
Aun siendo manco y deslenguado y ciego:
                                                      el fuego.

 

II

Lluvia de flores limpias y sedientas,
algo tiene de plata y rito alado,
algo del estertor alambicado
de blandas mariposas macientas.

Algo, también, de amar la vida a tientas.
algo de anochecer inmaculado,
de albeante alba y de fulgor callado,
de ángeles muertos y de niñas lentas.

Esquiva, deleznable y traicionera,
y novia predilecta del invierno,
por ser tan bella, atolondrada y leve

esta fugaz criatura mereciera
que fuera menos cruel su helado infierno,
su amor más dulce, su rencor más breve:
                                                    la nieve.

 

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Sonetos de la rosa enamorada de sí misma

Para Xavier Villaurrutia
In memoriam

 

I
De luz su tallo, de agua su corola,
su alma de vidrio, su rubor de nada,
es una sola rosa aprisionada
en una azul y tibia caracola.

Es una rosa transparente y sola,
de sal sus hojas y de frente alada;
una rosa de sol, abandonada
en las saladas alas de una ola.

Encandilada rosa de un reflejo,
danzante rosa que se vuelve encaje
de espumas claras y de brillos lentos,

la rosa está prendada de su espejo,
apasionada rosa del oleaje,
enamorada rosa de los vientos.

 

II

Dice la rosa que el celeste manto
azul de la mañana, la verbena,
la flor de la pasión, la hierbabuena,
la magnolia y la flor de palo santo,

 

que el clavel, la violeta y el canto,
el girasol, la flor de nochebuena,
el lirio, la amapola, la azucena,
el pensamiento, el loto, el amaranto,

y otras mil flores que la rosa nombra,
en majestad, belleza, proporciones,
en aroma, en color, dice la rosa

que no le llegan ni a la sola sombra,
e incluye al alhelí, los dandeliones,
las lilas, la gardenia y la mimosa.

 

III

Aplicada la rosa a su elegancia,
se dedicó a estudiar rosicultura,
aprendió la ecuación de su estatura,
y elaboró un teorema de su infancia.

Y aún hizo más, la rosa, en su arrogancia:
se doctoró en su propia arquitectura,
se aprendió de memoria su hermosura
e hizo una tesis sobre su fragancia.

Así quedó la rosa cultivada
tonta de tanta alambicada ciencia,
de tanto teorizar sobre sí misma.

Sola quedó la rosa, enajenada
en el prisma de turbia transparencia
de un perfumado y pálido sofisma.

 

IV

Nacida ayer, la rosa escurridiza
en su reino del aire, los rosales,
en ráfagas redondas, en raudales
de relámpagos rosas se desliza.

Muerta de risa que acaricia y riza
y enreda su corola de espirales,
ahogada en laberintos de corales
la rosa no se muere: se eterniza.

Rosa, rencor en flor de carne viva
que perpetúa el color, de estirpe roja,
del sortilegio alado de su historia;

rosa más alta que la vida, altiva
rosa que cuando, rota, se deshoja,
se hace de nuevo rosa en la memoria.

 

V

Es natural que el solo pensamiento
sea de la rosa, vana y ambiciosa,
unirse al esplendor: esplendorosa
queda la rosa de este casamiento.

Se entiende así por qué su atrevimiento,
por qué insiste la rosa jactanciosa
en amar al primor, pues primorosa
la rosa queda de su ayuntamiento.

Candorosa, amorosa, cuánta henchida
reunión de nombres, y qué bien le vienen;
bien hace sólo al preferir lo bello

y mejor todavía, cuando olvida
que el rencor y el dolor también la tienen
agarrada, a la rosa, por el cuello.

 

VI

¿A dónde fue la rosa, la más fina
entre todas, la rosa invertebrada?
se fue la rosa tras la rosa amada,
la rosa elemental, rosa de harina.

La rosa cenital, rosa marina,
¿a dónde fue la rosa inmaculada?
Tras su sombra fue, tras de la nada,
la prodigiosa rosa cristalina.

¿Se deslumbró la rosa con su estrella?
No más hondo dolor, pena más honda,
Que a la rosa, por rosa, la consuma.

¿Se fue la rosa tras su propia huella?
Se fue, sedienta de su amargura fronda,
Ciega, la rosa, con su propia espuma.