De muchos libros he lamentado perder la cubierta, sea porque, en una de tantas mudanzas en esta vida de trashumante, se extravió o porque, por esas cosas propias de la autonomía existencial de los libros, se maltrató hasta no valer la pena rescatarla. En el caso de Moral Realities1 lo que no tengo es el libro, mas no he podido ni debido lamentarlo, pues nunca tuve sino la cubierta.

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Esto no quiere decir que la cubierta haya sido privada, por alguna omisión editorial, del volumen al que debía cubrir. Lo tuvo, y con seguridad lo extraña, por tratarse de una obra magnífica y muy superior a la hermosa cubierta, pues mientras que ésta apenas si pudo ocupar algunos meses de trabajo y empeño profesional de diseñadores y editores, el libro entraña (pues no he de poner en pretérito algo que a buena fe existe en algún sitio) a lo menos diez años de investigación, análisis y reflexión del doctor Mark Platts.2 No es este el espacio para desplegar sus virtudes personales y profesionales, así que baste mencionar que fue alumno predilecto de sir Bertrand Russell, y ha contado entre sus más queridas amistades con los personajes y filósofos más notables, caso de Peter Strawson, Donald Davison (éste, a su vez, titular de la cátedra Locke de la Universidad de Oxford, sólo ocupada antes por Russell, para quien fue creada, y de la que es heredero el doctor Platts), Carlos Monsiváis, Alejandro Rossi, un viajero frecuente que le traía Marmite desde su natal Liverpool, la señorita F (cuya identidad debo guardar celosamente, no por algo que pudiera dañar su honor sino por su significativo papel en esta historia de abandono del conocimiento filosófico) y yo.

Conocí al doctor Platts, con certeza, en 1989, durante mi segundo semestre en la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante varios años opté por el nutritivo suplicio de ser su alumno y discípulo (he de confesar que indirectamente lo sigo siendo, pues el buen hábito de pensar en orden vale la pena de ejercitarse) y él me hizo aceptar como becario en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la misma casa de estudios. Doce horas diarias era una buena suma para quien quisiera titularse bajo la asesoría de Mr. Platts y obtener, así, el paso, casi seguro, a la Universidad de Londres, de Oxford o cualquiera otra donde se impartiera lo que suele llamarse “filosofía analítica”, a lo que él, socarronamente, es decir que muy en serio,, solía replicar: “Filosofía, quieres decir”. Británico al fin, posee un admirable sentido del humor que se intercala abruptamente con accesos de, aries al fin, una violenta e implacable irascibilidad. Quizá por eso eligió, para la portada del libro que no tengo, una reproducción en grises de “La ira”, fragmento del imponente retablo de Los siete pecados capitales de El Bosco. Esta elección es, por cierto, la causante de que yo sea el poseedor de una cubierta sin libro.

De ningún modo haré público pormenor alguno acerca de la vida privada de mi amigo y maestro (ni de la mía, por cierto). Suelen preguntarle qué hace un filósofo en un país donde ni existe ni se intenta la filosofía: diré solamente que tuvo excelentes razones extraacadémicas para venir a México y las tiene, aunque otras, para permanecer aquí.

Fue en 1991 que el libro que no tengo fue editado en Londres por Routledge. El título, Moral Realities, se complementa con una explicación que no hace sino volverlo extraño: An Essay in Philosophical Psychology. Baste aproximarse a la descripción de dos tonalidades de azul para tener completa la portada: El fondo es de un azul celeste que diríase puro; las letras en que se anuncian el título, con mayúsculas, el subtítulo y el autor son (por cierto que en tipografía recia, con patines y cursivas para el subtítulo) azul rey; el sello de los editores es una elegante sombra y la imagen mecionada arriba tiene un margen blanco de unos 4 milímetros. Esto se ordena descendentemente con toda lógica, simetría y orden: título, subtítulo cortado para dejar en la tercera escala las palabras “Philosophical Psychology”, reproducción de “La ira”, nombre del autor y, finalmente el logotipo de los editores que consiste en una silueta, gris en este caso, que en su entorno interior dibuja otra silueta incolora (aquí azul) y 2 milímetros a la izquierda, verticalmente, de arriba a abajo, en mayúsculas recias y sobrias, la palabra “Routledge”, también en gris, con lo que la silueta y las letras dibujan una ‘R’, por demás pertinente.

El equilibrio, la elegancia, la sobriedad y, en fin, el buen gusto de la portada, así como la selección de tan admirable imagen (sin duda un clásico de la escuela flamenca) me obligaron los merecidos elogios en tono exclamativo. Mark Platts, tras habernos ofrecido a la señorita F y a mí una cena preparada por él mismo con alcachofas horneadas en aceite de oliva, y otras delicias, todo acompañado con abundante vino tinto, wodka y whisky, sacó de una caja proveniente de Londres un ejemplar, de entre una veintena que le habían enviado, de su obra recién impresa. La señorita F, que es un dechado de educación y buenos modales se dejó guiar, más que por el libro, por los cánones emanados de su buena cuna y felicitó al doctor por la edición de su obra, cosa que yo había pasado por alto, en primer lugar porque ya sabía, igual que ella, que la obra al fin había sido tirada y enviada a México, en segundo lugar porque la edición de una gran obra no me parece sino la consecuencia obligada de su concepción y en tercer lugar porque no podía decir nada acerca de un libro que no había ni hojeado. Así, la señorita F se deshizo en halagos para un libro que ni conocía ni conoce (y que yo en cierta forma conocía por haber seguido tan de cerca como le era posible a mis limitaciones las investigaciones y reflexiones del doctor Platts) y yo elogié la cubierta. Ésta, amén de la portada suficientemente descrita, cuenta con un lomo en negro con letras blancas que repite los datos principales; una contraportada típica, en blanco con letras negras y donde el prontuario fue coronado con dos preguntas que, por lo que puedo conocer, son acertadas: “Can morality be freed from subjectivism and relativism? e Is a descriptive metaphysics of morals possible?”, y dos solapas típicas también que contienen un enlistado de otras obras de la editorial y un elogio al libro y su autor. Esta nota repara en que Mark Platts ya había inquietado al mundo filosófico con su Ways of Meaning,3 el cual existe en español bajo el título Sendas del significado, en cuya traducción y edición colaboré cuando trabajaba en el Departamento de Ediciones del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, y el cual se puede conseguir en las bodegas de dicho lugar y solamente ahí, como cuanto publican los institutos de nuestra Alma Mater.

Pasaron unos meses de arduo trabajo antes de que nos volviéramos a reunir en casa del doctor los mismos que aquella vez. La señorita F, que bebía poco pero mal, estaba más borracha que Mr. Platts y yo, que lo estábamos mucho, de modo que se atrevió a rogarle que le regalara un ejemplar de su libro. Sólo quedaba uno, que aquel gentleman cogió al instante y se lo entregó, no sin antes arrancar la cubierta y dármela diciendo: “A ti es esto lo que te interesa.” Su humor y su irascibilidad se mezclaban en una broma de la que aún no me sobrepongo y de la que él se sigue riendo cuando nos encontramos y le pido un ejemplar del libro “aunque sea sin cubierta”.

Pasaron un par de años y un buen día la señorita F nos invitó a comer al Raffaelo de San Ángel. Sólo recuerdo dos platillos: ella y un noviete español, ingeniero en sistemas, con el que se casaría una semana después en Madrid, donde fijaría su residencia. Hacía bastante que ella dedicaba el tiempo a prometerse contraer nupcias y terminar la tesis: ese día nos confesó que el segundo asunto quedaba abandonado. Las bromas sobre su prometido le causaron, muy a nuestro pesar, peor efecto que su incurable romanticismo y se fue a Madrid sin deseo alguno de volver a saber de nosotros en el resto de su vida.

Los pocos libros que había reunido en sus años de intelectual se quedaron en ese cuarto precautorio que todas las damas dejan listo en casa de sus padres cuando se aventuran al matrimonio. En un rincón de mi biblioteca tengo lo que llamo “el altar”, en el que se reúne un cráneo humano que mi madre embargó a unos santeros y al que desde el 19 de abril de 1998 llamo “Octavio”, un frasco vacío de ese manjar británico (pocos existen) llamado Marmite y la cubierta de Moral Realities, cuyo ausente cuerpo sufre de consistencia con su título entre, supongo, un libro de poemas de Bécquer y Las cuitas del joven Werther, cuyo pertinaz mal de amores apasionaba a la señorita F.


1 Mark de Bretton Platts, Moral Realities: An Essay in Philosophical Psychology, Routledge, 2014, UK, 1991, pp. 244

2 Mark de Bretton Platts (born 1947) is a philosopher at the Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (Institute for Philosophical Investigation, National Autonomous University of Mexico). He is well known for criticizing the Humean theory of motivation, especially in his book Ways of Meaning (1979/1997). (https://en.wikipedia.org/wiki/Mark_de_Bretton_Platts)

3 Mark de Bretton Platts, Ways of Meaning: An Introduction to a Philosophy of Language, Routledge y Kegan Paul, UK, 1979.