Salí del cuarto para pedirle a mi roomie, por tercera vez, que callara la música del pasillo. La encontré hincada en su cama junto a una chica y un chico, los tres desnudos y con tapones de papel higiénico en la nariz. Cuando me vieron aparecer envuelta en una pijama polar de renos, los ojos cansados y con mi antifaz para dormir en la frente supe que se arrepintieron de dejar la puerta abierta

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En nuestro andar cotidiano perdemos a veces la noción de las pérdidas. En este caso, un árbol en el paisaje urbano es una señal en mitad del laberinto de la ansiedad. Con esta crónica inauguramos nuestra sección de “Corresponsal”, para todo tipo de metronautas, flâneurs y catadores del entorno diario.

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