Puede el crítico estar seguro de encontrarse ante una obra maestra cuando pisa cauteloso incluso las más sólidas convenciones acerca de sus postulados. Enemistarse con la capilla más ferviente de lectores de un texto es la congoja más común de los neófitos.

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El 20 de Agosto del 2013 llegué a Cairo en lo que puedo describir como el día mas terrorífico de mi vida. A casi tres semanas del golpe de estado por el General Sissi y el ejercito egipcio, llegué a Cairo con la ciega esperanza de que todo lo que veía en las noticias fuera una exageración desproporcionada y que iba a llegar sana y salva a la Universidad. Y gracias a que aterricé a medio día, así fue. En cuanto arribé a la Universidad lo primero que me explicaron era la dinámica de lo que era estar en un país en estado de sitio. Es decir, acostumbrarme a respetar el toque de queda, “or else”.

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A lo largo de la semana pasada se llevaron a cabo una serie de protestas en la Universidad de Cape Town para denunciar lo que muchos estudiantes llaman la arrogancia blanca: distintos tipos de acciones, gestos y actitudes discriminatorios que impiden la asimilación de los alumnos negros dentro de un contexto de por sí excluyente como el de la educación superior.

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Marchar en domingo en Cambridge no es como marchar en domingo en México. En Cambridge no se marcha. A la plaza se va a comprar vegetales orgánicos, pasteles homemade y partes para bicicleta, no se va a hacer rituales ancestrales, escuchar organilleros, saludar a la bandera y menos a protestar. “Do you want to know what is happening in Mexico?” Sí, no, no, no, sí. No todos aceptan la información en fotocopias. La gente camina de prisa, pero quienes se detienen quieren saberlo todo. Quiénes son estos estudiantes, quiénes son esos otros estudiantes.

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Fue así, yendo de un lugar a otro, como aprendí a disfrutar los boleros rancheros y, de manera especial, a Javier Solís… de noche cuando me acuesto a Dios le pido olvidarte y al amanecer despierto tan sólo para adorarte… ¡Cuánto le agradezco a Spotify la mina de oro que aloja en mi teléfono celular! De ahí alimento mi nostalgia y le doy cuerda a mi alma musical, tropical y camaronera, qué influencia tienen tus labios que cuando me besan tiemblo, hacen que me sienta esclavo y amo del universo. Música, velocidad y personas que también se sepan las canciones son, como el Maculí en flor, gratuita alegría para saborear instantes de la vida.

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Ya adentro, el propósito no era experimentar lo que la artista intentaba transmitir -la destrucción del yo (“self-obliteration”) en ese mundo de reflejos infinitos-, sino hacer la mejor toma en la que se vieran los puntitos de colores y el cuerpo de uno cargando el celular con el que se hacía la foto. Fuera de esa imagen capturada quedaba la locura creativa de Kusama y su constante cuestionamiento sobre la autodestrucción y la disolución de la identidad.

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No me refiero a las que vistieron el brillante yelmo del guerrero como Juana de Arco; ni a las que reinaron para cambiar el curso de la historia como es el caso de las reinas Isabel de España e Isabel I de Inglaterra, no, no me referiré a estas grandes mujeres, sino a otras que actuaron discreta pero eficazmente, guiadas por su instinto, por su avidez de saber y de comprender, por su cultura, por su fortaleza y por su valentía personal.

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¿Y qué mejor que un struggling artist para aprovechar la situación? En las décadas de los 60 y 70, jóvenes artistas con poco dinero para pagar las que, por lo visto, siempre han sido altas rentas de Nueva York encontraron en este lugar desamparado el espacio idóneo para vivir. A esto cabe añadir que los espacios amplios y la enorme cantidad de luz que recibían los interiores fungieron también como tentadores elementos que determinaron la mudanza artística al SoHo. Los edificios, al ser pensados originalmente como espacios industriales, no contaban con las condiciones mínimas indispensables, según el gobierno de la ciudad de Nueva York, para ser considerados habitables (calefacción, aislamiento térmico, interfones), por lo que se regularon los espacios del barrio de forma que sólo aquellos que garantizaban ante la ley ser artistas podían habitarlos. Para dejar saber a las autoridades que en determinado edificio vivían “artistas legales” se colocaba una placa con las iniciales A. I. R. (Artist in Residence).

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