Históricamente, la diplomacia cultural mexicana ha ayudado a desatascar situaciones en las que las relaciones políticas y económicas entre dos países llegan a un punto muerto. Además, este ejercicio cumple con el papel fundamental de proyectar una imagen determinada de nuestra cultura hacia el resto del mundo. Ante los nuevos retos que se vislumbran en esta materia, ofrecemos un repaso de sus logros y una serie de pistas a seguir.

El conocimiento del arte de una nación
por gente de una nación diferente,
tiene efecto en las opiniones y actitudes
más allá de la mera apreciación estética
.
—Bowery Sharp

Durante las actividades de la XXX Reunión de Embajadores y Cónsules de México, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, anunció que el nuevo sexenio impulsará especialmente la diplomacia cultural, y Alejandra Frausto, secretaria de Cultura, informó que se creará un Consejo de Diplomacia Cultural de México. El canciller dijo que se está por definir una política exterior que mantenga la presencia de México en “un mundo en transición”, en donde lo principal será defender los derechos, intereses y aspiraciones de México mediante una política exterior que tenga una vasta dimensión cultural, además de otras características como la defensa de los derechos humanos.1

Estos planes son relevantes en un contexto de cambios políticos a nivel global; en concreto, el ascenso de radicalismos políticos que se ven claramente en la región con la insistencia de Nicolás Maduro en permanecer en la presidencia venezolana o con la llegada de Jair Messias Bolsonaro a Brasil. Para México, la creciente tensión con Estados Unidos desde la llegada de Donald Trump a la presidencia en 2017, la migración, el narcotráfico y el tráfico de armas, o los conflictos económicos referentes a los cambios en el TLC, hacen inminente la necesidad de repensar su política exterior.

A diferencia de la diplomacia pública que se encarga de las relaciones de tipo político y administrativo entre los gobiernos,2 la de índole cultural trata la comunicación entre un gobierno y una población o audiencia extranjera, “es responsable de los campos artísticos, culturales y científicos, lo que sienta las bases para los intercambios educativos y los discursos oficiales sobre la identidad nacional”.3 Históricamente ha sido utilizada por los Estados para configurar sus relaciones con el exterior, incluso entre países con distintos posicionamientos políticos, pues es una estrategia viable para entablar el diálogo más allá de los roces por cuestiones financieras, de seguridad o ideología, entre las distintas naciones. El intercambio de conocimiento y la empatía entre naciones en buena medida se da gracias a la labor de embajadores y agregados culturales, quienes a partir de mecanismos como la participación en exposiciones, ferias, festivales, trabajos con fundaciones culturales y encuentros académicos, entre otros, logran generar lazos y vínculos entre sus habitantes y gobernantes.

El nuevo gobierno mexicano se enfrenta al reto de reparar la idea que el resto del mundo tiene sobre México como un territorio sumergido en la violencia y el crimen organizado. Gerardo Ochoa Sandy, periodista cultural, explica que ninguna de las tres administraciones de la SRE en el período que va de 2012 a 2018 logró avances reales en esta materia, dejando la diplomacia cultural como un simple ornamento del gobierno. El análisis de Ochoa señala a  José Antonio Meade (secretario de Relaciones Exteriores de 2012 a 2015) y a Juan Manuel Valle Pereña (director de la Agencia Mexicana Cooperación Internacional para el Desarrollo a partir de 2013) como los causantes de sepultar la diplomacia cultural mexicana y asignar con irresponsabilidad a los agregados en el extranjero.

Por su parte, la estrategia para combatir la mala imagen de México ante el mundo que se articuló desde el gobierno de Felipe Calderón se redujo a contratar especialistas y agencias dedicadas a las relaciones públicas para crear una marca-país (imagen que se construye a partir de los bienes y servicios que una nación puede comercializar con otras). Según Alex Marin y Kall, publicista y periodista, aparentemente se tenía resuelto el campo económico, pero “todas las demás conexiones que México requiere para la globalización” –como el intercambio humano, de recursos naturales y de producción cultural– no existían. Para Simon Anholt, uno de los asesores traídos de Reino Unido por el gobierno de Calderón, el problema fue que en México no se terminó de entender que la opinión nacional importa tanto como la extranjera: la administración de Calderón se concentró casi exclusivamente en la prensa, a pesar de sus esfuerzos por generar una idea particular de México en el exterior.

La diplomacia cultural en México tiene recorrido un largo camino. El principio de la vereda puede ubicarse en el siglo XIX con los pabellones en las ferias universales impulsadas durante el porfiriato para la difusión de avances científicos y la promoción de las materias primas del país.4 Tras la lucha armada de la Revolución, la legitimación de discursos políticos, sociales y económicos que usa a la cultura promueve, sobre todo, una nueva identidad mexicana. La diplomacia cultural comenzó a ser particularmente relevante para los gobiernos mexicanos de la posrevolución en el momento en que el arte se convirtió en estandarte de lo mexicano.5

La estética de lo mestizo que sobreviviría largo tiempo tiene sus orígenes en ese momento. La historiadora del arte Valeria Macías ubica una de las primeras exposiciones con estas características —tan pronto como 1921— en la dedicada al Centenario de la Independencia, diseñada por Roberto Montenegro y Jorge Enciso, que incluía artesanías mexicanas entre obras de arte canónicas. Un año más tarde se exportó a Los Ángeles una exposición exclusivamente sobre artes populares con el fin de dar una perspectiva positiva de México después de la lucha armada. Más tarde y para ayudar a contrarrestar las opiniones negativas que se tenían sobre la Guerra Cristera en el exterior, el gobierno de Calles mostró el trabajo de las Escuelas al Aire Libre y los Centros de Enseñanza Artística Popular en distintas capitales de Europa.6

La historiadora del arte Alicia Azuela ha descrito el caso específico de la relación cultural entre México y Estados Unidos a finales de los años veinte y treinta como una lucha entre el arte y el poder que, si bien tuvo efectos positivos para el gobierno mexicano, fue construida en su mayor parte por Dwight Morrow, el embajador estadounidense en México.7 Morrow organizó varias exposiciones y logró disminuir las tensiones políticas posrevolucionarias a partir de subsidiar el arte mexicano e impulsar su financiamiento con ayuda de la iniciativa privada estadounidense, como en el caso de la familia Rockefeller.8 Su intervención diplomática fue necesaria para la resolución de los conflictos de la Guerra Cristera (1926-1929).  Fue el intermediario entre el gobierno mexicano y el Departamento de Estado de Estados Unidos para lograr el apoyo con armamento a Plutarco Elías Calles. Por otro lado, con la intervención de Morrow “los reclamos económicos de ciudadanos y compañías estadounidenses por expropiaciones y daños sufridos durante los años de la guerra”9 y “la ley reglamentaria del artículo 27 [mexicano] en materia petrolera de diciembre de 1927”10 fueron apaciguados gracias al conocimiento que se dio de la sociedad mexicana entre la población vecina del norte. El ejemplo más claro de estas aportaciones diplomáticas fue la exposición “Mexican Arts”, montada primero en el Palacio de Bellas Artes y posteriormente en The Metropolitan Museum. Vinculó por primera vez en la misma proporción el trabajo de instituciones de ambos países “con el fin de hacer del arte mexicano el eje de una diplomacia más sutil y efectiva que permitiera la negociación en otros terrenos”.11 La imagen cultural producida en ese momento ayudó a subsanar la visión estadounidense de México en el proceso de la expropiación petrolera una década después. Por su parte, para la década de los treinta y a partir de la difusión de la cultura mexicana en grandes museos como el MoMA de o The Metropolitan Museum, se comenzó a impartir la materia de arte precolombino en las universidades en Estados Unidos.12

A pesar de los conflictos de la Segunda Guerra Mundial y el posterior inicio de la Guerra Fría, México logró mantener intercambios culturales y relaciones prósperas con países de distintas posiciones políticas y económicas, entre ellos, lo mismo Estados Unidos que la Unión Soviética. En el país norteamericano, el campo de acción mexicano se extendió de las potencias culturales de las costas al centro, sumando ciudades como Chicago: hacia 1944 se inauguró en el Art Institute of Chicago una magna exposición sobre José Guadalupe Posada. Otro factor determinante en este período fue la intervención cada vez más activa de los colectivos de artistas, los cuales ya no dependían exclusivamente de la Secretaría de Educación Pública y la Dirección General de Educación Estética para la exportación de exhibiciones, sino que tenían presencia en el extranjero gracias a sus propias relaciones públicas, hecho que se mantiene hoy en día sobre todo con la injerencia de las galerías de arte. En 1945, haciendo uso de sus relaciones con algunos miembros del instituto de arte norteamericano, Leopoldo Méndez también logró exhibir su obra en Chicago, y un año después, el Taller de Gráfica Popular gestionó, sin apoyo de las instituciones públicas mexicanas, su participación en el mismo recinto con gran aceptación por parte del público estadounidense.13

Con el neoliberalismo, la inversión privada participó cada vez más como aliada en las tareas de diplomacia cultural, sobre todo en Estados Unidos. Según Jorge Castañeda y Robert Pastor, hacia finales de la década de los años ochenta había dos maneras de observar a México, por lo menos desde la mirada de Estados Unidos. La primera trataba de la simpatía que el 75% de la población tenía hacia los mexicanos, y los problemas sociales y económicos se le adjudicaban al mal gobierno. Esto convivía con la sospecha de que la versión de los gobiernos mexicanos como corruptos y tiranos era impulsada por Estados Unidos para refrendar la idea de su poderío sobre México.14 Frente a ello, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari buscó callar bocas y proyectar decididamente una imagen de México primermundista capaz de competir con Estados Unidos y Canadá. En este período se llevaron a cabo exhibiciones del calibre de México: Esplendores de treinta siglos, patrocinadas por la inversión privada nacional, en ese caso específico por Televisa.

Aunque la diplomacia cultural ha dejado de depender del Estado en su totalidad, la narrativa posrevolucionaria sobre la identidad mexicana se mantiene, incluso en los sexenios que han seguido a la transición. Por ejemplo, en 2013 se exhibió “Frida Kahlo/Diego Rivera. El arte en fusión” en Museo de l’Orangerie de París, donde no solo se abordaba el mismo y recurrido discurso sobre lo mexicano, sino que también se explotaba la relación personal entre ambos pintores; en 2014 se realizó en el Museo de Nueva Zelanda “Aztecs, Conquest and Glory”, donde el período precolombino fue exhibido una vez más bajo cánones establecidos en el siglo pasado. Si bien se trata de grandes obras y piezas, no aportan mucho al conocimiento y elaboración de la imagen de México en el mundo, y ésta tendría que ser una de las pautas de lo que debe cambiarse en la actual administración, desde la SRE. El país ha dejado de exportar muestras que marquen historia y, en cambio, se reciben grandes exposiciones o se organizan exhibiciones taquilleras que generan largas filas pero tienen poca vocación por el acercamiento de la población a otras culturas. En palabras de Gerardo Ochoa:  “Dentro de la SRE, salvo eminentes excepciones, no hay instituto, casa o centro cultural de México que se haya vuelto un referente relevante en la vida cultural de las ciudades o países donde se localizan”.

Portada del catálogo de la exposición en l’Orangerie

El intercambio cultural en el ámbito internacional que sí es eficaz se está dando gracias a la iniciativa privada, en la participación en ferias de arte que atraen a un público extranjero diverso y a los museos del sector privado que cada día son más atractivos para los visitantes de otros países, pero que dentro de México favorecen solo a ciertos sectores y élites de la sociedad dado a que no todos los grupos sociales pueden acceder a los eventos realizados en la Semana de Arte, donde se llevan a cabo las ferias, o porque el contenido de las exposiciones está dirigido a un grupo social delimitado, con un nivel adquisitivo muy definido. La imagen cultural que se exporta en este ámbito escapa al escudriño y regulación de las instituciones públicas. Sin una intervención contundente y planeada por parte de las instituciones, el amplio espectro de la producción cultural, científica y artística que existe escapa a la correcta difusión y aprovechamiento de conexiones potenciales con el extranjero. Ante las disputas internacionales, México no solo necesita acuerdos de corte económico: cuando los diálogos políticos son incipientes, los culturales han probado funcionar como una buena tarjeta de presentación para abrir brechas y caminos. 

Imagen publicitaria de exhibición sobre los aztecas en el Museo Guggenheim.

Es muy pronto para saber de qué tratarán específicamente los esfuerzos de política exterior del nuevo gobierno, pero la iniciativa de la dirección de la SRE de reforzar la diplomacia cultural y utilizarla como herramienta de diálogo internacional abre un panorama favorable. Habrá que seguir las medidas que se tomen en esta materia y esperar que el gobierno mexicano aproveche la rica diversidad de producciones culturales –incluyendo la científica y tecnológica–, así como de la población que habita el país, a fin de romper con dos versiones de “lo mexicano”: el desgastado discurso que exotiza el indigenismo y que venimos arrastrando desde hace décadas, y el del México violento y corrupto. Finalmente, queda la duda de si con recortes a los presupuestos de educación y cultura será posible mantener estándares altos en términos de diplomacia cultural. Se muestra y exporta solo lo que se es capaz de producir.

 

Viridiana Zavala
Maestra en Historia del Arte. Actualmente realiza su investigación de Doctorado en el Posgrado de Historia del Arte de la UNAM.


1 Las declaraciones pueden encontrarse en la cuenta oficial de la SRE en Twitter @SRE_mx.

2 Edson Argenis Becerril Míguez, Hacia una nueva diplomacia cultural latinoamericana. Estudio de caso: México, Uruguay y Ecuador en la Exposición Universal Milán 2015, Tesis para sustentar el grado de Maestro en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018, p. 23.

3 Ibidem, 23.

4 Valeria Macías Rodríguez, La participación en las exposiciones internacionales de arte: el caso de Televisa, Tesis para sustentar el grado de Maestría en Estudios de Arte, Universidad Iberoamericana, 2015, p. 19.

5 Ibidem, p. 23.

6 Ibidem, pp. 25-27.

7 Alicia Azuela, Arte y poder: renacimiento artístico y revolución social. México 1910-1945, El Colegio de Michoacán, 2005, pp. 295-296.

8 Ibidem, pp. 295-296.

9 Mireida Velázquez, “La construcción de un modelo de exhibición: Mexican Arts en el Metropolitan Museum of Arts, 1930”, en Recuperación de la memoria histórica de exposiciones de arte mexicano: (1930-1950), UNAM- Posgrado Historia del Arte, 2016, p. 20.

10 Ibidem, p. 20.

11 Idem.

12 Ibidem, p. 29.

13 Viridiana Zavala, Tesis para obtener el grado de Doctora en Historia del Arte (Manuscrito en proceso).

14 Jorge Castañeda y Roberto Pastor, Limites en la amistad. México y Estados Unidos, Joaquín Mortiz, 1989, p. 66.

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