La novela que sustenta a este ensayo es una ilustración cabal del poder que tiene la literatura para mostrar el complejo entramado y las distorsiones de la realidad, por lo común imperceptibles. Hasta que surge el rostro ominoso de la banalidad del mal.

En el alba del 15 de febrero de 1887, en pleno verano austral, el joven Irineo Funes, sentado en el catre de su oscura habitación, se confesaba con voz cansada y nasal a un visitante con quien había conversado durante toda la noche: “Mi memoria, señor, es un vaciadero de basuras”. Era un reconocimiento del tormento infatigable que significa poseer una memoria condenada a ser —como observó medio siglo después su visitante, al escribir el célebre relato de este encuentro— “un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo”. Como el personaje de Borges, La Silueta —el personaje principal de Los sueños de la serpiente, la última novela de Alberto Ruy Sánchez— sufre una situación tormentosa, pero por una razón muy diferente: el extravío de su memoria.

Tres años antes de aquella conversación, en una tarde lluviosa, Irineo Funes fue revolcado por un caballo redomón. “Al caer —dice el narrador— perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente le era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales”. La Silueta, por su parte, como consecuencia de una serie de incidentes inducidos por voluntades ajenas, pierde como Irineo la conciencia; al recuperarla, su presente se vuelve igualmente intolerable, pero porque ha dejado de recordar su pasado. Así como Funes descubrió poco después que el accidente lo había dejado tullido, La Silueta advierte que el suyo lo recluyó en el “palacio de los olvidos”.

Ilustración: Manuel Monroy

La primera parte de Los Sueños de la Serpiente se ocupa del camino, en muchos sentidos prodigioso, que lleva a la recuperación de la memoria de este hombre cuya vida se entreveró con uno de los episodios más sórdidos y delirantes del siglo XX. El narrador involucra de inmediato a sus lectores en una historia sugestiva y fascinante en la que se mezclan la ficción y la realidad. Esta es una novela en la que las intrigas propias de un thriller, el rigor elegante de un ensayo erudito, la pasión y la subjetividad de un volumen de memorias, la admirativa sensibilidad de un crítico de arte, y la excelencia narrativa de los grandes escritores se combinan para producir un efecto genial.

El narrador de la novela es un escritor que empieza a recibir periódicamente tarjetas con escritos y collages enigmáticos enviados por un remitente desconocido. Los encadenamientos del azar y la amistad harán más tarde que un neurólogo excepcional de una clínica psiquiátrica de Vermont le haga saber que uno de sus pacientes lo menciona obsesivamente, asegurando incluso ser de su familia. El escritor no tardará mucho en descubrir que ese paciente es su enigmático remitente: La Silueta, un hombre longevo, recientemente fallecido, que había perdido la memoria y la razón. Aunque en un principio creyó estar ante un caso de daños neurológicos irreversibles, el especialista de Vermont, célebre por su heterodoxia, logró encaminar a su paciente por un sendero de reactivación de la memoria basado en la nemotecnia del misionero jesuita Mateo Ricci.

En su conocida investigación sobre Ricci, el historiador Jonathan Spence cuenta cómo el misionero describió su método en un pequeño libro sobre el arte de la memoria, que redactó en chino a finales del siglo XVI para obsequiarlo al gobernador de la provincia de Jiangxi. En él, Ricci recomienda asociar a imágenes lo que deseamos recordar, asignando a cada imagen un lugar en un sitio específico (un palacio, un pabellón, un diván) donde las estructuras mentales las conservarán plácidamente hasta que sean reclamadas por un determinado acto de memoria. Sobre la base de este método, iniciará el tratamiento de su paciente el neurólogo de Vermont, que es, ni más ni menos, Oliver Sacks, el gran científico humanista —insoportable oxímoron para los castos oídos de las academias— fallecido en 2015 poco después de la publicación de su apasionante libro de memorias On the Move. Un hombre sabio que empleó su conocimiento para iluminar las complejidades del cerebro y de la mente.

La Silueta emprenderá así la construcción de su propio palacio de la memoria, escribiendo textos, dibujando imágenes, componiendo collages de fotografías que colocará en los muros de su habitación de la clínica de Vermont. Tras su muerte, estos papeles serán despegados y puestos desordenadamente en cajas que luego enviarán al narrador, cuya vivienda es invadida de manera inopinada por una vasta maraña de escrituras e imágenes que reclama, para ser legible, una tarea de conjunción muy laboriosa.

A medida que emprende el ordenamiento de estos papeles, el escritor es apresado por la obsesión de descubrir la identidad de La Silueta. Para armar el rompecabezas, habilita una galería en la sala de su casa en la que logra reconstruir el mural original de la habitación de la clínica de Vermont. Este palacio de la memoria de La Silueta quizá transgreda el principio de Matteo Ricci, según el cual se trata de construir una estructura mental y no una física, pero no por ello deja de ser efectivo, como seguramente lo supuso el neurólogo al decidir este tratamiento para hacer salir a su paciente de otro palacio: el sombrío palacio del olvido.

El resultado de esta labor es alucinante. Los muros y el techo de la galería constituyen un theatrum en medio del cual el narrador de esta historia advierte que en la memoria recobrada de La Silueta palpita una oscura turbulencia, mantenida oculta durante años, pero ardiente como una brasa. Es la memoria de su contacto con los atroces extravíos que se perpetraron en nombre del futuro luminoso que ofreció la Revolución de Octubre. Es la memoria de un testigo de cómo esta promesa entrañó desde el inicio una penumbra crepuscular desde la que el poder soviético destruyó millones de vidas.

Para contar esta historia lúgubre, Ruy Sánchez se centra menos en los hechos históricos que en las personas. Su libro es una inusual ilustración del poder de la literatura para captar en su complejidad las monstruosas distorsiones que pululan en el trasfondo de la realidad y que la mayoría de los seres humanos no percibe hasta que su espiral cumulativa hace insostenible su pesantez. Es entonces cuando la conciencia de cada cual, con la ayuda de la memoria, es visitada no sólo por los fantasmas de los otros, sino por los horrores que hemos cometido, visto y tolerado, o por las cosas que hemos hecho en beneficio o en detrimento de los otros y de uno mismo.

Una estrategia narrativa hilvanada por medio de digresiones le permite al autor de Los sueños de la serpiente trazar, a medida que reconstruye el palacio de la memoria de La Silueta, un fresco en el que comparecen los perpetradores de los horrores del siglo XX, pero también las víctimas y una serie de pensadores, escritores, artistas y científicos cuyas vidas y obras fueron afectadas por los avatares de la revolución, o cuyas contribuciones son necesarias para entender esta manifestación del mal radical, esa enfermedad del hombre y la sociedad que Kant decribió a finales de siglo XVIII.

Una vez reedificado el palacio de la memoria de La Silueta, llega para el narrador el momento de callar. La segunda parte del libro es ocupada en su totalidad por la voz del personaje principal de esta historia sobre “la decisión humana de dejar de ser humanos convertida en deseo fatal y banal al mismo tiempo”. Es el turno de Juan Sánchez, su nombre verdadero, que después será John, Iván, Ioane. Luego de emigrar a Estados Unidos como jornalero agrícola indocumentado; luego de convertirse en obrero con papeles y activista sindical; luego de enamorarse de Sylvia Ageloff y de asumir la fe marxista-leninista de ésta sin entender que ella no corresponde a sus sentimientos, su despecho y su orgullo ponen en marcha el juego de casualidades que lo llevan finalmente a la Unión Soviética y al desengaño ideológico. Es entonces que el personaje es rescatado por Vera, una guardia de fábrica georgiana que le ha enseñado su lengua y que en una acción audaz y solidaria consigue colocarlo como maestro de inglés del hijo del dirigente político que desde 1932 es secretario del partido Comunista en Georgia y que años después será el férreo jefe de la NKDV, el brazo ejecutor del estado soviético. Un nuevo golpe del destino le permitirá al protagonista abandonar la URSS de manera clandestina al momento del ascenso al poder de Nikita Krushchov. Luego serán la niebla del olvido, las alucinaciones y el largo, tortuoso despertar en la clínica de Vermont.

Un despertar terrible, en efecto, fue salir del sueño de la serpiente y no saber si realmente el sueño ha terminado. Porque ese sueño remite a una tenebrosa realidad con la que Juan, La Silueta, convivió de manera cotidiana en la Unión Soviética:

Todos los días o casi, durante doce años les escuché —dice refiriéndose a Lavrenti Beria y su jefe Stalin— una tras otra, historias […] ensangrentadas y ordenar su ejecución. Fui testigo de mil y una historias de la banalidad del mal y del deseo de este par de enamorados de sus manos rojas.

Un testigo aterrado del lado oscuro del deseo, que el poder soviético, encabezado por Stalin,  satisfizo hasta el extremo. Recobrar la conciencia, reconstituir la memoria son pasos desgarradores debido a la incapacidad del pensamiento para encontrar la coherencia lógica de una experiencia asimilable a la del “escándalo del mal” que desarrolló Paul Ricoeur, en la que el mal moral y el mal físico forman un conjunto complejo difícil de asimilar racionalmente. En la desmemoria de La Silueta —como en la desgarradora y alucinante recuperación de sus recuerdos— impera la atmósfera nebulosa del mal.

Una de las caras más escandalosas del mal es su banalidad, su normalización como un hecho echo trivial, equiparable a cualquier otro acto de la vida cotidiana. Entre las fotos incluidas en el libro hay dos que muestran a la pequeña Svetlana, la hija menor de Stalin, sentada en las piernas del “tío Lala” —el verdugo Lavrenti Beria— o hurgando en los papeles que su padre está examinando, en la terraza de un jardín soleado. Ambas fotos sugieren una sosegada escena de familia carente de sorpresa o novedad hasta que se consideran las atrocidades que el padre y el tío deciden y hacen sistemáticamente. Sólo la banalización del mal puede explicar ésta y otras muchas aberraciones, como la de Andrei Andreev, el perpetrador en jefe de las grandes purgas en la vasta geografía de las provincias soviéticas, que solía escuchar la música de Beethoven en su gramófono portátil al mismo tiempo que ejecutaba sus mortíferas misiones.

Uno de los momentos culminantes de Los sueños de la serpiente es el atentado mortal de Mercader. En sus atormentados recuerdos, La Silueta, que ha presenciado el momento en el que Stalin exige a Beria la pronta ejecución de Trotsky, sabe que esta decisión arruinará la vida de Sylvia Ageloff, su añorada amante y personaje tutelar de este libro. La narración del asesinato del antes tan temido fundador del Ejército Rojo se desvía sabiamente de su dimensión política y policiaca y se enfoca en la frágil condición humana de  Liev Davidovich y su esposa Natalia. La recelosa y al mismo tiempo mansa resignación con la que Trotsky acepta recibir en la soledad de su estudio a Mercader es equiparable a la actitud descrita en la La pesquisa, del escritor argentino Juan José Saer, admirado por Ruy Sánchez, a propósito del “instinto casi infalible que induce a menudo a las víctimas a asumir con facilidad, por no decir con diligencia, su papel”.

Los sueños de la serpiente supone un cierto giro en la producción literaria de Ruy Sánchez, a quien una parte de sus numerosos lectores  lo perciben como un autor que explora principalmente el universo de los sentidos y el erotismo. Tal apreciación se fundamenta en su construcción literaria en torno a Mogador  —uno de los territorios que A. Manguel y G. Guadalupi incluyeron en su Dictionary of Imaginary Places—, proyecto casi sin paralelo en las letras hispanoamericanas en el que ha desarrollado toda una poética de lo que él mismo denomina como la dimensión luminosa del deseo. Con este nuevo libro el autor inicia un ciclo sobre la otra cara del deseo, su lado oscuro, y su compleja relación con el mal. Quien conozca a Alberto apenas se sorprenderá de este paso. Hay una exploración narrativa de esas sombras del deseo en Los demonios de la lengua publicado el mismo año que Los nombres del aire. En su obra de ensayista, que es tan vasta como su creación narrativa, los principales elementos constitutivos de esa relación perversa han sido a lo largo de los años objeto de crítica y reflexión. Baste mencionar el conjunto de ensayos incluidos en sus “Memorias de prisiones góticas” en Con la literatura en el cuerpo, o Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia, como testimonio de su indagación permanente sobre los efectos destructivos de los regímenes totalitarios, que acaso sea la forma más extrema y perversa del lado oscuro del deseo.

• Alberto Ruy Sánchez, Los sueños de la serpiente, México, Alfaguara, 2017, 304 p.

 

Víctor M. Godínez

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