Un 22 de junio de 1818 nació Ignacio Ramírez, uno de los liberales ilustres que alumbraron nuestro siglo XIX. Al hombre que inmortalizó Diego Rivera, lo hizo trascender también su clara visión del Estado laico, su ideario adelantado a su tiempo y su empeño en la transición entre “el lenguaje de las armas” y “el lenguaje de las letras”, como nos recuerda el autor de este texto.


Nuestra Ciudad de México tiene en un espacio acotado dos representaciones de Ignacio Ramírez. La primera es la escultura colocada en el arranque del original Paseo de la Reforma, ese que Porfirio Díaz concibió como la ruta heroica de un México que el poeta Ramón López Velarde vio como “una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”. La escultura muestra un Ramírez pequeño de cuerpo, compacto, con gesto sosegado y no con la actitud incendiaria con la que por lo general se le identifica. Sostiene en la mano un documento. Puede tratarse de una alegoría de la Constitución de 1857, a cuyo cuerpo y espíritu contribuyó de manera tan definitiva, con su talento y energía. Pero también es una demostración de que el poder de las letras, la supremacía del pensamiento, supo imponerse en el siglo XIX al discurso de las armas.

El pedestal de la estatua luce en su flanco izquierdo una pinta que en estridente rosa mexicano exige: “NI UNA MENOS”. Es una manifestación espontánea de la multitud que, al exigir el regreso de los 43 normalistas desaparecidos, dio rienda suelta a sus manifestaciones callejeras y llenó de grafitis los pedestales de los próceres. Hacerlos parte de la protesta ciudadana. Que dejaran de ser silentes estatuas de bronce y se unieran al clamor colectivo. La escultura de Ramírez fue la primera de un hombre de letras en el Paseo, y fue inaugurada diez años después de su muerte, en la fecha conmemorativa de la Constitución, el 5 de febrero de 1889, al principio de la tercera administración de Porfirio Díaz. En su edición del día siguiente, el periódico El Monitor Republicano de Vicente García Torres, dio testimonio del hecho de la siguiente manera:

No fue una gran fiesta por supuesto, ni mucho menos; de una manera bien humilde, hemos celebrado el aniversario de nuestra Constitución.

Los pabellones de las naciones amigas izados en las legaciones, las banderas mexicanas en los edificios públicos, el comercio cerrado y nada más.

A las diez de la mañana el Presidente de la República, acompañado de los ministros á un salón que el Ayuntamiento mandó improvisar á la entrada del Paseo de la Reforma.

Allí tuvo lugar la ceremonia de descubrir las estatuas de Ramírez y Valle que se había anunciado oportunamente.

El acto fue breve y sencillo, los discursos de los señores Chavero y Puga alternaron con piezas tocadas por la música de artilleros; al último un joven habló en nombre de los obreros.

En seguida fueron descubiertas las estatuas que son de tamaño aproximado a la estatura humana, de bronce o de una liga parecida. Ignacio Ramírez, el Nigromante, viste al uso moderno, y está ligeramente encorvado, como él era; Leandro Valle de uniforme incompleto de general, como él usaba, ocupan las primeras pilastras de la Calzada y están colocadas las estatuas la una frente a la otra.
Terminada esta ceremonia desfiló la comitiva.

La segunda imagen de Ramírez se encuentra a unos pasos, en el museo que custodia la pintura mural de Diego Rivera, “Sueño de un domingo en la Alameda”. Ramírez se encuentra a la izquierda del mural, en compañía de otros connotados liberales: Benito Juárez, Leandro Valle, cuya escultura, como lo subraya la nota del periódico, se encuentra justamente frente a la de Ramírez; Ignacio Manuel Altamirano, discípulo del Nigromante en el Estado de México. Originalmente, en la pintura de Rivera el pliego sostenido por Ramírez decía: “Dios no existe”, anatema que despertó la ira de las buenas conciencias, lo cual condujo a que durante un tiempo el mural estuviera tras un biombo hasta que el pintor, luego de diversos ataques que incluyeron el daño a su autorretrato, accedió a modificar el texto. Actualmente, en el papel sostenido por Ramírez se hace constar que en la Academia de Letrán, Ramírez dio su lección de ingreso en 1836. El folleto explicativo que se da al visitante a la entrada del Museo defiende la idea de que Ramírez expresó las palabras “Dios no existe”. En realidad, de acuerdo con testigos, pues no existe versión escrita del discurso, la expresión fue No hay Dios, diferente al radical, definitivo y tajante Dios no existe, que sintetizaba el pensamiento laico de su tiempo, la necesidad de encontrar una respuesta científica a los fenómenos del mundo y, como dice el propio pintor Diego Rivera:  

La afirmación no era mía, como creyó mucha gente, sino que en realidad había sidohecha por Ramírez cuando era estudiante ante un público de estudiantes y profesores en la Academia de Letrán… Ramírez afirmaba la tesis de que la humanidad sólo puede avanzar a base de la ayuda mutua, lo que hacía un absurdo de la idea de la ayuda sobrenatural. [ …]

Sección izquierda de “Sueño de una tarde dominical en la Alameda”, Diego Rivera, 1947, fresco mural, Museo Mural Diego Rivera, México. Debajo de Benito Juárez, Ignacio Ramírez sostiene su “Conferencia en la Academia de Letrán”, documento que originalmente expresaba: “Dios no existe”.

Dejemos la palabra al biógrafo de Ramírez, Enrique M. de los Ríos en el libro Liberales ilustres mexicanos de la Reforma y la Intervención:

Presentóse un día a esa academia un joven cuyo traje revelaba pobreza y sus maneras encogimiento de verdadero colegial, con el carácter de candidato. Según el reglamento de la sociedad debía presentarse una tesis de introducción y el joven neófito conforme a esta exigencia ocupó la tribuna y empezó a leer el tema de su discurso. Los socios todos, los hombres llenos de lauros y de fama, se levantaron con asombro fijando sus miradas con avidez en el joven orador cunado éste leyó el tema de su discurso el cual era el audacísimo siguiente: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.

Empezó el candidato a desenvolver en su disertación una teoría enteramente nueva y osada y de tal manera cumplió su cometido que los viejos de la Academia a pesar del escándalo mayúsculo que había dado el atrevido orador, al concluir este de hablar se pusieron de pie y lo felicitaron, habiendo añadido uno de los Lacunza: “Voltaire no hubiera hablado mejor sobre este asunto”.

Ramírez hubiera subrayado de buena gana el grafiti que en este siglo XXI insiste en la integridad femenina. Vivió en una época en que el machismo a ultranza se imponía sobre las buenas intenciones del liberalismo avanzado. Por fortuna han llegado dos textos salidos de su pluma, “La coqueta” y “La estanquillera”, incluidas en el álbum Los mexicanos pintados por ellos mismos, impreso por Murguía en 1854 y acompañado de litografías del gran Hesiquio Iriarte. Guardan semejanza con textos de naturaleza semejante escritos en otras partes del mundo, cuyo propósito era explicarse el surgimiento de tipos populares, de conductas que estaban modificando la sociedad. Ramírez logra un elogio encendido de la naciente clase media:

La estanquillera vestiría como princesa si sus recursos correspondieran a sus recuerdos y a sus aspiraciones: amiga del lujo, ha conciliado su elegancia con sus escaceses; dos veces al día sujeta su sedoso pelo a los caprichos de la moda; mucho es que tenga una camisa, pero no le faltan tres mascadas, que alternativamente y con estudiado abandono, cubren sus hombros y ciñen con la base torneada de su blanco cuello; la parte superior de su túnica siempre es nueva y está limpia; el resto de su traje es el testimonio de su miseria; ¿pero qué importa? El complaciente mostrador se encuentra firme delante de ella para cubrir las faltas voluntarias y forzosas de la presumida hermosura.
         
Ramírez no fue un hombre de letras. Fue algo menos pero siempre algo más. En palabras de su discípulo Altamirano, “fue periodista, legislador y tribuno, hombre de acción y combatiente”. Y todavía más: “Los que piden de un pensador, a toda costa, un libro compaginado, no reflexionan en que una propaganda diaria y sostenida es más eficaz que un libro: no reflexionan en que los fundadores de una época, los grandes apóstoles de una idea no escriben jamás libros, no tienen tiempo, se ven obligados a mezclar la acción a la palabra”. Por eso una de las obras fundamentales de Ramírez fue el discurso pronunciado el 16 de septiembre de 1861. Luego de la  victoria militar en los llanos de Calpulalpan, en que Jesús González Ortega derrotó a los ejércitos conservadores al mando de Miguel Miramón y con lo que formalmente terminaba la Guerra de Reforma, el presidente Benito Juárez consideró la conveniencia de fortalecer el lenguaje de las armas con el lenguaje de las letras. De tal manera, la conmemoración de la Independencia el 16 de septiembre era una oportunidad inmejorable para fortalecer el liberalismo. Los mejores oradores de la Reforma hicieron su actuación pública en plazas y teatros. A Ramírez correspondió hacerlo en la Alameda, en presencia del presidente de la República. En palabras de Altamirano, “es el panegírico más elocuente de la Independencia y de la Reforma, y una profecía de la victoria definitiva de las instituciones liberales contra sus enemigos”. Más allá de la natural admiración por el maestro, la pieza oratoria de Ramírez despertó el entusiasmo de sus oyentes, como queda demostrado en la apoteósica celebración pública que tuvo lugar después de pronunciado, su publicación al día siguiente en el periódico y su aparición en diversos medios impresos.

Ya Agustín Yáñez subrayaba la necesidad de estudiar detalladamente la oratoria de la Reforma. Si bien ahora es una práctica que por desgracia ha caído en el desuso y se ha llenado de lugares comunes y pereza mental, el discurso de Ramírez sigue vigente tanto por el poderío de sus metáforas como por sus construcciones verbales, su riqueza y originalidad conceptuales. Al examinar la mayor parte de las piezas oratorias del siglo XIX, más allá de su sentido pragmático, se pierde su espíritu original. No sucede así con la pieza del Nigromante, cargada de energía, de conceptos que nos sacuden y nos obligan a estar aquí, a doscientos años de su nacimiento. Los discursos cívicos pronunciados con motivo de la Independencia tenían un fin noble: infundir entre la población analfabeta la importancia de emanciparnos de España. Pero Ramírez iba más allá. Con un gran espíritu de síntesis, explicaba: “…tras de las horas consagradas a la devoción y tras de las falanges de días festivos, encontraba cerrados los puertos por el sistema prohibitivo, incendiada la viña, el tabaco y la morera por monopolios, ocupados los primeros puestos por extraños, y la inteligencia recogidas sus alas y palpitando azorada entre las manos la inquisición”.

Toda generación tiene una figura maldita o heretodoxa: José Joaquín Fernández de Lizardi, Marcos Arróniz, Manuel Acuña, Bernardo Couto Castillo, Jorge Cuesta, Max Rojas, fueron seres de creación excepcionales, marginales por sí mismos. Ramírez encarnó el pensamiento radical y avanzado del liberalismo. Llamarse a sí mismo el Nigromante es una declaración de principios y una actitud ante la vida: se sabía responsable de una generación que debía apostarlo todo o no ofrecer nada. Por eso pudo decir en una parte de su discurso, con pleno conocimiento de causa: “¿Qué cosa es un héroe? Es el hombre que sabe que el derecho de morir se compra con grandes servicios a la humanidad; es el hombre que sabe que las naciones nacen en una victoria; y si sucumbe, es el Satán que lucha todavía, porque el edén de las sociedades es el progreso, y si la espada de un ángel defiende el paraíso, sólo otra espada podrá abrirse paso burlando la tiranía del destino”.

Terminan estas palabras con la descripción de una fotografía en la que Ramírez, de pie, está acompañado de un Guillermo Prieto sentado. Ambos nacieron hace doscientos años, con cuatro meses de diferencia. Ambos se llamaron hermanos a lo largo de su vida. Inclusive proyectaron escribir unos Misterios de México, a semejanza de los que Eugenio Sue escribió sobre París. No lo hicieron los mexicanos, pero a lo largo de su fecunda existencia ambos revelaron los misterios de un México que no acabamos por fortuna de descifrar, pero al cual dotaron de rutas para transitar, de caminos para que las palabras libertad, reforma, independencia recuperen su significado original. En febrero de este año recordamos el bicentenario del natalicio de Prieto. Estuvimos en la Rotonda donde a unos pasos de Prieto arde el polvo enamorado de Ramírez, y descubrimos con satisfacción que la escultura de Guillermo Prieto se encuentra justamente bajo la ruta por donde atraviesan el cielo los aviones, de tal manera que su espíritu sigue navegando en la modernidad. Ramírez aspiraba a que la Reforma la expresara “no mi humilde voz ni un envejecido oráculo, sino la electricidad en el telégrafo, la luz en el daguerrotipo, el vapor escapándose de la locomotora, la imaginación entre las galas de la poesía, y los escritos de la ciencia que la imprenta desencadenó con mano generosa”. Ahora la energía eléctrica que atraviesa instantáneamente el ciberespacio, transmite su rebelde patriotismo. Por eso está más allá de la estatuaria que lo representa, y es tan vigente y tan moderno en un México que lo reclama y hace suyo.

 

Vicente Quirarte
Poeta y ensayista. Es autor de Elogio de la calle, entre otros títulos.

 

  

 

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Autor de obras clásicas, voraz coleccionista de libros y maestro ejemplar, José Luis Martínez fue también y ante todo un hombre generoso. Ofrecemos a continuación el recuerdo de cuatro escritores, para quienes “el hombre de todos los libros” constituye una de las figuras  imprescindibles de nuestra historia.

Creador de lectores

Héctor Aguilar Camín

José Luis Martínez, hombre de todos los libros, fue un lector.

Le dio su tiempo al mundo como diplomático, a la literatura como amante y a los libros como coleccionista. No hubo en su mirada de lector furias ni penas. Recogía con rigor lo bueno de los libros y dejaba pasar lo demás, con equilibrio clásico.

Coincidí con él unos días en Madrid, como jurados del premio Cervantes de 1987. Comimos y caminamos por el sinuoso y entonces maloliente barrio madrileño de Lope y de Cervantes, atrás del Hotel Palace.

Lo acompañé a comprar tomos que le faltaban de colecciones de literatura hispánica en librerías de viejo. Hablamos mientras caminábamos. Con suave dirección me llevó a buenos restaurantes y a buenas librerías. En cada lugar, fingiendo suerte de primerizo, escogía el plato bueno , el mejor vino, la edición superior.

No era elocuente, en el sentido de que no hablaba de corrido, pero era exacto en sus palabras, luego de titubear para encontrarlas. Ocupaba lo mejor de su turno en la charla para oír. Ya era el autor de una obra magna y el portador de una historia emblemática. Había sido legendariamente guapo y un amante diverso, discreto y decidido.

Cuando nos vimos en Madrid, investigaba lo que después fue su libro necesario, que el tiempo hará imprescindible, sobre nuestra historia profunda: el libro sobre Hernán Cortés y los documentos cortesianos que le siguieron, un asalto minucioso y razonable , minuciosamente razonable, a uno de los más difíciles personajes de la historia de México y uno de los más ignorados de la de España.

De las páginas maestras del Hernán Cortés de José Luis Martínez, hechas con el cuidado de quien tiene la verdad, Cortés sale lavado de sus mitos, natural, admirable, terrible, comprensible, incomparablemente humano.

José Luis Martínez fue un lector creador de lectores. Dedicó la mejor parte de su vida a editar y antologar lo mejor que había leído. Pasó por el mundo literario sin envenenarse con los cenáculos. Tuvo puestos públicos sin contaminarse de la política. Y no postergó nunca lo que le parecía, humilde y decididamente, lo esencial: el mundo de los libros que llenaban su vida y los anaqueles de su casa.

Sus últimas palabras pedagógicas llegaron a mí hace mucho tiempo. El autor de un libro sobre el 2 de julio se acercó para entregárselo.

“¿De qué se trata tu libro?”, preguntó José Luis Martínez.

“Del 2 de julio”, contestó el autor.

“¿Qué es el 2 de julio?”, preguntó José Luis.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor, con Jorge G. Castañeda, de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.

José Luis Martínez, fotografía de la Academia Mexicana de la Lengua


Réquiem por José Luis Martínez

Margo Glantz

Mi queridísimo José Luis Martínez, a quien conocía desde mis épocas de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México: joven apuesto, guapísimo, todas suspirábamos al mirarlo. Amigo de mi padre, solía decirme con cariño que era una de las hijas del capitán Grant.

Un director como José Luis en Bellas Artes, fue y es un lujo casi irrepetible.

José Luis era a veces púdico, lo demostró cuando les puso brasier a las bailarinas africanas que bailaron en Bellas Artes y cuando un libro mío le pareció un poco inconveniente por haberlo escrito una mujer: Apariciones.

A veces iba a visitarlo a su muy ordenada y acogedora casa, donde albergaba su enorme biblioteca de más de 50 mil volúmenes, uno de los tesoros bibliográficos más importantes que México posee en relación con la historia y la literatura mexicanas.

La curiosidad de José Luis era enorme y gracias a ella tenemos libros fundamentales que nadie se había tomado el trabajo de elaborar: la biografía de Hernán Cortés, los viajeros de Indias, las correspondencias de mexicanos ilustres, Reyes y tantísimas cosas más.

Una vez en París, me dijo consternado: “¿Me compraré un impermeable que necesito o ese libro raro que acabo de encontrarme?”.

Con algunos sobresaltos, nuestra amistad fue constante —¿qué amistad no los tiene?— durante nuestra convivencia en la Academia Mexicana de la Lengua. José Luis murió como vivió, amando a los libros. Lo vi por última vez en el homenaje que nuestra Academia le dedicó; al verlo, comprendimos que estaba cerca de su muerte.

 

Margo Glantz
Escritora. Ha publicado El rastro e Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, entre otros libros. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez jr., José Luis Martínez y Antonio Malo”, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La obra como un medio de construcción

Vicente Quirarte

Quienes no tuvimos el privilegio de escuchar en el aula las legendarias lecciones de José Luis Martínez, nunca acabaremos de agradecer el magisterio proporcionado por sus letras: mapas para la conquista de rutas, monografías sólidas y claras, la recopilación bibliográfica como obra de arte y aventura apasionada. Bitácora para navegar a Afonso Reyes se titula uno de sus libros que mejor denotan la clase de crítico e historiador de nuestra cultura que José Luis Martínez decidió ser: cortés y agudo en sus descubrimientos, sensible y generoso en sus argumentaciones, honesto y exigente en la obra que ofrece siempre como un medio de construcción.

José Luis Martínez inició el estudio de la literatura mexicana cuando, paradójicamente, no era, entre los propios nacionales, un sujeto de moda. Actualmente, son numerosos los individuos, grupos e instituciones que la examinan desde diferentes perspectivas: el seminario de empresarios y editores del Instituto Mora, el Centro de Estudios Literatios en el Instituto de Investigaciones Filológicas, el de Bibliografía Mexicana del Siglo XIX en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, la especialidad en Literatura Mexicana de la Universidad Metropolitana Azcapotzalco. Por diversas vías, todos concuerdan en reconocer a José Luis Martínez como el decano de los estudiosos de la manera en que nuestro país construyó su imagen en el tiempo y en el espacio.

 

Vicente Quirarte
Escritor, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez, Wolf Ruvinskis, Arthur Miller y Salvador Novo”, 1968, fotografía de Pérez Zahuita, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La presencia real de mi deuda con él

Antonio Saborit

El domingo 14 de junio de 2015 M. A. Campos publicó en La Jornada Semanal una nota a partir de cinco documentos relacionados con Ramón López Velarde, fechados entre diciembre de 1918 y enero de 1919, atados al deseo de dotar al novísimo Museo del Estado de Jalisco con obra del pintor Saturnino Herrán. Debió ser un domingo luminoso y húmedo de finales de primavera. Me pareció que estos documentos, cuya recuperación se debe a Luis Alberto Navarro, ampliaban el elenco vital de López Velarde al sumarle dos personajes. Uno de ellos inmenso: Ixca Farías, director del Museo del Estado de Jalisco; y el otro hasta ahora invisible: Joaquín Aguirre Berlanga, diputado por Jalisco. El despacho que gastaba López Velarde en Madero no solo lo compartía con Francisco Martín del Campo, sino también con el citado Joaquín, quien pudo haber sido albacea del malogrado Herrán, lo que lo convertía en el enlace natural para adquirir obra suya. Joaquín, por cierto, era hermano de Manuel Aguirre Berlanga, alto funcionario en el gobierno de Venustiano Carranza.

Al acabar de leer los documentos recuperados por Navarro y la nota de Campos lamenté la imposibilidad de comentar su publicación con José Luis Martínez, quien dedicó mucho de su tiempo y talento a estudiar la vida y obra de López Velarde. Y ahí mismo reviví, con ayuda de la pena que en ocasiones nos desprende el silencio de los nuestros, la presencia real de mi deuda con él y la incalculable dimensión de su ausencia.

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor y ensayista. Es autor de Diario de las cigarras, entre muchos otros libros.

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Hay autores cuyos libros nacen clásicos. Su influencia es notoria desde su aparición y a través de la lectura de varias generaciones. A esa categoría pertenece la serie de poemas que bajo el título El tigre en la casa, Eduardo Lizalde publicó el año 1970. Implacable anatomía del amor, síntesis de las pasiones que confluyen en el ser antagónico, el libro cautiva además a causa de su musicalidad, su precisión conceptual, la contundencia de sus metáforas. Pero existen otras lecturas, aquellas que nos marcan de manera perdurable, y cuya experiencia también debe probarse en la edad cuando todo nos vulnera. A esa ponzoña inevitable, a esa voluntaria temporada en el infierno, pertenece la poesía de Eduardo Lizalde, y, de manera sobresaliente, la figura que ha elegido y explorado y afinado a través de los años: el tigre que tensa, con su aterradora simetría, las cuerdas de una de las poesías de mejor y más alto timbre entre nosotros.

lizalde

La llegada a ese gran libro —que cumple con la exigencia de Cyrill Conolly de escribir en la vida una obra maestra— no fue en Lizalde motivo de la casualidad. Antes había integrado con otros autores el llamado movimiento poeticista, que como toda vanguardia juvenil, pretende cuestionar todo lo escrito antes de ella. Aunque el propio Lizalde, autocrítico como todo auténtico gran poeta, ha escrito los trabajos y los días juveniles de su generación en Autobiografía de un fracaso, el aprendizaje de esos años se encuentra vertido en el poemario Cada cosa es Babel. Dentro de la tradición de nuestros grandes poemas filosóficos, el texto interroga la esencia de las cosas e incita al lector a no quedarse en la superficie. Tras la publicación de El tigre en la casa, el poeta ha dado a la luz Obra maestra, Tabernarios y eróticos, Tercera Tenochtitlan, así como poemas sueltos y traducciones, material reunido en las sucesivas y aumentadas ediciones de Memoria del tigre.  

Vertiente importante de su trabajo es la narrativa, que igualmente cultivó desde su juventud. El cuento “La cámara”, que forma parte de la colección del mismo nombre, es el primer texto escrito sobre los dramas cotidianos de nuestra frontera. De igual manera, su novela Siglo de un día, cuyo eje temático es la batalla de Zacatecas, propone una nueva forma de leer la Revolución Mexicana. Hombre de letras integral, Lizalde es un notable difusor de la cultura musical a través de diferentes medios, y su trabajo como crítico aparece reunido en el volumen Tablero de divagaciones. Que el tigre es una mitología ya indisolublemente ligada a Eduardo Lizalde lo demuestra su presencia en las sucesivas ediciones de su obra: el carnicero mayor da título a la summa lizaldeana de Memoria del tigre; el Shere Kahn mortífero duplica su nombre, Tigre, Tigre —homenaje al fulgurante primer verso de William Blake. Y si el tigre se ha impuesto a pesar del propio autor a su persona, qué podemos esperar nosotros, de este lado de la página, si quien enfrenta a la poesía de Lizalde debe estar consciente de dos verdades: no le será posible cerrar el libro ni salir sin heridas del combate. El poeta ha tenido la elegancia de señalar desde el principio esa exclusividad de sus lectores: el tigre del que habla “desgarra por dentro al que lo mira./ Y sólo tiene zarpas para el que lo espía”. ¿Puede haber retrato más justo del artista, del adolescente que es, en potencia, siempre artista?

Eduardo Lizalde es uno de nuestros poetas más conscientes, uno de los que con mayor frecuencia y solidez han reflexionado en su trabajo sobre la factura del objeto verbal, en sus versos la pasión se halla tan sabiamente modelada que el verso parece romper —matraca o cohete el corazón de la noche, guitarrón del solitario, bolero del resentido— sin más recurso que la blasfemia y el coraje. Y si en primera instancia Cada cosa es Babel es el libro conceptual de Lizalde, heredero de nuestra gran poesía simbólica desde Primero Sueño hasta Piedra de Sol, la disección que posteriormente hace del felino monarca en El tigre en la casa y Caza mayor, o la exploración que del sentido de las palabras y de sus relaciones peligrosas efectúa en La zorra enferma, reafirman ese afán expansivo y exploratorio de la poética lizaldiana.

¿Qué es el tigre? Más allá de la filiación cultural de la fiera, que el propio Lizalde revela en varios poemas, su mayor mérito radica en que, no obstante la repetición obsesiva de la palabra, es la experiencia personal, pero también estaban los bombardeos sobre Vietnam, el hombre de negocios y sus enormes minucias, el borracho itinerante que descarga sus penas frente a la barra de cantina.

No lo toquemos más, que así es el tigre, puede decir Lizalde; así debe repetirlo su lector, el adolescente que más que solidarizarse al leerlo, se siente acompañado por el dolor del otro, por ése que se ha atrevido a despertar a la fiera, con todas sus devastadoras consecuencias. El tigre es la vida; aliado de la muerte, no deja de temer al tigre de los tigres, y en esa condición caduca, en esa amenaza de extinción, acaso se halle el único consuelo del asunto. Porque si bien sentimos la amenaza de la fiera, debemos tener simpatía por ella, pues sin nosotros no vive. El tigre es el gran mendigo cósmico, el solterón lopezvelardiano, el de la inaudita belleza que atrae y que repugna. Es el otro, el ajeno, el exiliado; es, como cualquier adolescente que se respete, un enorme animal por dentro y fuera, dando golpes de ciego, tirando dentelladas en un mundo donde la vida está pendiente.

 

Vicente Quirarte
Investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional. Ha publicado poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Su libro más reciente es la novela La isla tiene forma de ballena.

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