A lo largo de la semana, este portal estará publicando textos que revelan las distintas caras de esa experiencia indefinible que llamamos amor. Arrancamos con esta punzante crónica que recorre los callejones de Barcelona de la mano de Daisy, una sexoservidora ecuatoriana que aspira a escribir una novela mientras ofrece consuelo (y a veces también lo recibe) por un puñado de euros.

Por las calles de la vieja Barcelona el día enciende azul, pero al caer la noche, el cielo se torna rojo. El viento corre y levanta abrigos, arranca sombreros. Gitanos, árabes y africanos fisgonean entre muebles viejos, letrinas rotas y otras chácharas que han abandonado los vecinos.

Afuera de los bares, los hombres fuman. No importa la hora, sus puertas siempre están abiertas. Algunos son chulos, proxenetas, otros solo quieren beber. Mezclan licores con jugos embotellados de sabores. Como incienso, la mariguana quemada perfuma los alrededores. 

A pie, en patineta, con bastón, maleta o en moto, la gente transita. Tosen. La nueva epidemia se llama gripa. Las musulmanas cubren sus piernas y cabeza. En un callejón, las mujeres que venden su carne presumen los muslos, su cabellera larga y el busto. Su sombra las hace verse más largas y esbeltas.

También estornudan. Varias se han quedado en cama, en la suya, no en la que pagan por usar como oficina. Una rumana pálida y tierna besa a un hombre barbón, mayor. Se nota que le da grima. En una esquina, una nigeriana con plataformas altas y vestido de lentejuelas grita, pelea por teléfono, está acostumbrada a la riña.

Como cicatrices los tacones han marcado el piso. Moviéndolos se calientan. Unas, en pareja, platican. Hablan rápido en sus idiomas. El castellano apenas lo mastican, se ayudan con las manos. Las más aburridas observan a los transeúntes comiendo pepitas. Las cáscaras que escupen se acumulan entre meados de perros y gatos. 

“¡Es una puta!”, grita una mujer a su esposo al descubrir que ha respondido el mensaje de una exnovia. “Hola preciosa…”, otro hombre aborda a la nigeriana que cansada de pelear se ha sentado sobre dos tambos de plástico.

Una mujer con cabello alborotado y estatura baja entra al callejón con la barbilla en alto y la mirada fija. Se detiene frente a la entrada de un bar y espera. Ella no viste prendas negras, ni lentejuelas, ni tacones. Camina erguida. Usa chamarra blanca pues, asegura, no quiere perderse en la penumbra.

La luz que escapa del bar le ilumina el rostro. “Daisy”, responde cuando le preguntan “¿cómo te llamas?”. Es muy delgada, siempre ha sido así, aunque le gustaría estar “más gordita, más llenita”, pues su novio le pide “más carnita”.

Cuando intenta engordar no puede. Su ropa le sigue quedando guanga. “Hija de mami”, le decían de pequeña en Ecuador, su tierra natal. Ahí conoció al hombre con el que se casó a los diecinueve años.

Pusieron un negocio, algo pequeño, que al poco tiempo quebró. Entonces su suegra decidió que debían buscar un nuevo horizonte. Nadie creía que Daisy podría despegarse de su madre y su familia. Para demostrarles que sí, abordó un vuelo sin retorno que aterrizó en España.  

Se instalaron en Madrid. Daisy quería ser escritora, publicar una novela, escribirla, con su puño y letra, vivirla, alimentarla con historias reales, personales, que vinieran de su carne, de sus emociones, frustraciones y ambiciones.

“Jamás”, le decía su marido, “mejor ponte a trabajar”, y consiguió que le pagaran por cuidar a una mujer anciana, casi momia, que no podía caminar.

Fantaseaba la mayor parte del día. Luego concluía que quería vivir más, que le hacía falta. La anciana murió y empezó a cuidar a dos niñas. En sus ratos libres escribía. Plasmaba todo lo que veía y aprendía.

Su esposo y su suegra decidieron dejar Madrid y mudarse a un pueblo cerca de Barcelona. Él había conseguido trabajo en una construcción, uno en el que no requería de formalidades ni papeles. Daisy dejó de trabajar y entre semana, junto con su suegra, caminaban las calles de Barcelona.

“Nunca he estado con otro hombre”, le confesó, y ella le propuso visitar el callejón. Le explicó dónde debía pararse y cómo atender a quien la abordara. Ella la observaría desde el interior de un bar.  

Daisy esperó hasta que llegó un hombre. Juntos caminaron hasta un edificio donde él pagó por un cuarto con cama. Ella se desnudó temerosa, como si fuera su primera vez. Todo sucedió lento. Le pagó casi cincuenta euros en las ya desaparecidas pesetas.

 Las siguientes cinco noches no durmió. Estaba arrepentida. Escribía y se culpaba por haberle cobrado a un hombre por su intimidad y compañía. Cuando su esposo se enteró, gritó enfurecido. Pero su suegra intervino y lo tranquilizó.

Aquel primer cliente la volvió a buscar. “Quiero verte siempre”, le confesó otra noche. Ella regresaba al callejón, él cada vez le pagaba más. Al compartir las ganancias, su esposo se dejó de quejar.

Una noche, unos policías le pidieron sus documentos y al no tener qué mostrar la encarcelaron por unos días. En el fondo, quería que le pasaran esas cosas, eran más historias que podía escribir.

“¡Maldito hijo de puta!”, grita una muchacha mientras persigue a un hombre que escapa por el callejón. Le ha robado la cartera. Daisy ignora a los ladroncillos. A veces hasta se mueve para dejarlos pasar. Sabe que viven de las turistas que embriagan y son descuidadas.  

Su esposo comenzó a insistir en que tuvieran hijos. “No puedo ser mujer, no mientras venda mi cuerpo”, se repetía en la intimidad. Ante su negación, en un arranque de furia y frustración, le destruyó todo lo que había escrito. Daisy lo dejó y regresó al callejón; encontró consuelo entre los brazos de sus clientes. 

Un muchacho la hacía sonreír más que los otros. Al poco tiempo descubrió que estaba embarazada. Intentó comenzar una vida con él. Era apuesto pero demasiado mujeriego. Duraron pocos meses, él se fue con otra y Daisy parió en una sala de emergencias con dolor y tristeza.

Cada noche son muchos los que abordan a Daisy. Ya no siente miedo ni pena. Ha aprendido a contestar, a distinguir cuáles les van a pagar y cuáles solo la quieren molestar.

“Treinta euros por veinte minutos más cama”, responde a los que no la conocen. La mayoría de sus clientes regresan, tienen su número privado y agendan una cita desde días antes. Jamás se sube a un auto. Pide a todos que se bajen y los guía hasta la puerta del edificio donde paga cinco o diez euros por cama.

“Siempre con goma”, les recuerda y especifica: “oral y normal”. Si no aceptan, entonces no. Nada por el ano ni otras fantasías, “ni que fuera travesti”; es tan pequeña que se puede lastimar. Muchos, ante su negación, le ofrecen más, hasta trescientos euros. Las que escuchan alrededor se lanzan como buitres. Que se lo lleven, piensa Daisy, otro llegará.

Cada día son más las chicas que esperan en el callejón. Vienen de todos lados. Unas aceptan desde diez, veinte euros, y Daisy regresa a casa con las manos frías y vacías. Siente pesar, pues como empleada doméstica podría haber sacado más.

Entonces viaja a Italia. Allá no puede rentar cama. Alquila una habitación que le cuesta trescientos euros a la semana. También invierte en poner un anuncio en los periódicos. La paga es mejor, consigue hasta quinientos euros por día. Cuando regresa, se da unos días para descansar.

Durante el verano, los turistas saturan las calles de Barcelona. En los días de sol le dan hasta doscientos euros. Asiáticos, europeos, latinoamericanos y africanos, aparte de visitar el callejón, esperan enfilados afuera de las casas de citas que están por todos los barrios. Aunque sus puertas siempre aparentan estar cerradas, el olor a incienso las delata.

 Adentro, muchos se enamoran, pierden el suelo y el sueldo. Confunden amor con dolor. Ellas, por sus carteras, ofrecen todo. Algunos días no les cobran. Los seducen con caricias, drogas y complicidad. Pasan días encerrados, idealizando. “Deja a tus clientes”, les imploran, pues los celos los consumen sin razón.  

Daisy prefiere quedarse en el callejón, en el mismo lugar, pues durante el invierno solo las ratas intentan cruzar la puerta de las casas de citas. “Vuelve conmigo”, le ha rogado su exmarido. Aunque lo estima ya no lo ve con ojos de amor.

“Anda, vente a comer empanadas”, la invita su exsuegra. Ella acepta y los visita. Su exesposo, otra vez soltero, tuvo dos hijas. A Daisy esas cosas no le importan. Ha perdido el miedo a todo.

Hace unos meses, en la calle, conoció a un chico y se hicieron novios. Él cuida a su hijo de cuatro años mientras ella trabaja; lo lleva por golosinas, un vaso de leche o por un hot dog. Cuando le pide que ya no vuelva al callejón, se escapa.

“Los hombres son un ingreso, nunca me enamoro de ellos, menos de un cliente”. Solo quiere sus euros. “El verdadero amor lo descubrí el día que tuve a mi hijo”.

Mientras espera, Daisy observa un bar a lo lejos en el que cuentan se reunían a brindar con absenta Picasso y Hemingway. Ahora, cuando intenta escribir siente que se le dobla la pluma y no puede continuar.

Un hombre alto, con gabardina oscura y paraguas, se acerca. Daisy lo saluda con un beso en cada mejilla; la ha llamado antes. Ella lo guía hasta perderse por una puerta.

En la plaza más cercana, una italiana se queja de la película porno que acaba de ver. Frente a ella, un gitano acomoda un cartón en el que pide ayuda pues tiene dos hijos y está muy enfermo. Encorvado, sostiene un acordeón. La melodía que toca es desgraciada como él.

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

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Fuerza de Tarea o Agrupamiento Zorros se fundó 1983 para combatir la escalada de violencia que aquejaba al Distrito Federal. Desde entonces se ha consolidado como el grupo de élite de la Policía. La siguiente crónica acompaña a uno de sus elementos por los canales de Xochimilco.

“Mi indicativo es zorro 4”, explica un hombre alto, robusto, uniformado en negro, con botas recién boleadas y un arma de fuego corta a la cintura. Poco después, más sonriente, me dice su nombre: Antonio. Es el responsable de las operaciones rivereñas del agrupamiento Fuerza de Tarea, parte de la Secretaría de Seguridad Pública, también conocido como “zorros”.

El viento advierte que la tarde será fría. Nos rodean aves que cantan y vuelan en busca de alimento. Algunos jóvenes, a lo lejos, gritan. Vienen bajando de una trajinera, enfiestados. Estamos junto al embarcadero Cuemanco en Xochimilco.

Antonio se prepara para patrullar los canales. Debe alistar su equipo, revisar la embarcación. Lo hace todos los días, a distintas horas. Vigila 176 kilómetros de canales, cinco lagunas y diez embarcaderos. Debe recorrerlos, estar pendiente y dar apoyo en caso de que se presente alguna emergencia.

Sus tres embarcaciones han quedado atrancadas por el fango. En los últimos dos años esa zona ha perdido 40 centímetros de profundidad. Los lirios y las redes de pescar se enredan entre las aspas del motor. Debe liberarlas con herramienta.

“Sube”. Me extiende la mano y con un brinco me acomodo en la parte trasera. Con la ayuda de un remo, Antonio empuja la embarcación hasta arrastrarla lejos del muelle donde logra encender el motor. Antes, Xochimilco abastecía de agua a la ciudad; ahora, Iztapalapa abastece a esta zona.

La embarcación navega delicadamente, dejando una suave estela que rompe contra las estacas de las chinampas o islotes. Algunas existen desde la época prehispánica. Una niebla espesa se ha formado sobre las aguas pantanosas. Adentro, los canales parecen un enorme laberinto. Algunos trayectos son anchos, otros muy angostos.

Antonio debe maniobrar, abrirse paso. Ciertos embarcaderos, como Puente de Urrutia, son más peligrosos —por su profundidad, su anchura, y los 40 centímetros de fango que ocultan raíces—. Muchos de los que caen se ahogan. Por accidente o porque la fiesta ha sido larga y ya no recuerdan ni cómo se llaman. Entonces los zorros acuden velozmente.

Deben saber nadar con uniforme, botas y armas, tanto cortas como largas. A los lastimados los revisan, evitan que les de hipotermia. De otros solo se ve la cabecita. Cuando los cuerpos se clavan hasta el fondo, los zorros se sumergen con cuerdas y equipo de buceo.

Entre el fango encuentran objetos raros, como cuchillos viejos, herramientas o algún indicio que pueda contribuir a esclarecer un delito. El agua es viscosa y densa. Trabajan a ciegas y a tientas con la ayuda de un gancho y una línea de vida. “Ahora el agua está tibia”, me explica Antonio mientras cruzamos unas chinampas tupidas con flores, “pero en un par de horas, después de las nueve o diez de la noche, se pone como refrigerador”.

Parte del patrullaje consiste en proteger a las especies endémicas y combatir fuegos forestales. Antes estaba prohibido pescar, pero dos especies invasoras, la carpa y la mojarra, se hicieron plaga y arrasaron con el axolote, un anfibio nativo. A mordiscos, también destruyen la parte baja de las chinampas. Ahora se llevan a cabo brigadas de pesca para disminuir la población.

Los zorros trabajan turnos de 24 horas por 48 que se van “de franco”, de descanso. Cada jornada comienza antes de que despunte el sol. Todos se reúnen en Base Zorros en la colonia Del Mar. Ya uniformados y atentos, el comandante de cada sección pasa lista y revista; corrobora qué hay que hacer, en dónde, con cuántos elementos cuenta, qué unidades tiene disponibles y qué equipo requerirá. Minutos después, a cada zorro le entrega una consigna específica: su misión del día.

Entre los zorros hay distintos grupos; unos se especializan en explosivos, otros en actividades diversas, otros en armas y técnicas especiales y algunos más, como Antonio, en operaciones rivereñas. En Base Zorros entrenan y aprenden. Tienen torres de rapel, campos de tiro y áreas para manipular explosivos.

En caso de inundaciones viajan lejos. Con la ayuda de embarcaciones portátiles, los zorros mueven gente a terreno firme, acercan víveres y medicinas. También los mandan a ríos desbordados en distintos estados.

“Se nota que son de la Ciudad de México”, les dijo un joven en Chiapas mientras los zorros se movían por el río, “pues no le tienen miedo a las nauyacas”. “¿Nauyacas?”, respondió Antonio, confuso; “sí, unas víboras que si te muerden en cinco minutos estás muerto”. En ese momento todos saltaron y abandonaron el agua.

No todas las misiones implican agua. En otra ocasión, un cerezo en Nayarit solicitó su apoyo. Se lanzaron. Era 24 de diciembre. “Esta no es una práctica señores”, les dijo su comandante, “es fuego real, será cruzado, hay que actuar con profesionalismo pues algunos no regresarán o no regresaremos”.

Unos reos armados habían tomado el cerezo. Los zorros entraron por distintos puntos. Los disparos golpeaban por todos lados. Los reos ya habían llegado a la oficina, cerca de la salida. Su objetivo era fugarse. ¡Pum! cayó su comandante cuando un balazo le atravesó la nuca. Entonces usaron gas y con eso lograron controlarlos. Cuando llegaron al área de donde provenían los disparos descubrieron que eran solo dos reos y que ya se habían quitado la vida; uno con un tiro en el paladar, el otro en la cabeza.

Antonio ingresó a la policía por convicción porque su ADN se lo exigía. “¿Y los zorros? ¿Esos güeyes quiénes son?”, le preguntó de joven a su padre, entonces policía. “¿Perdón?”, respondió sorprendido, “¿así te refieres a los zorros?”.

Antonio se quedó atónito por la seriedad con que contestó, “son el personal con mejores conocimientos de la Policía”. Al poco tiempo el padre de Antonio cayó durante una tarde de servicio. Su abuelo también había portado el uniforme. Entonces ingresó al Instituto Técnico de Formación Policial. Una capacitación se la dieron los zorros y entonces quedó convencido: “algún día perteneceré a ese grupo”.

Fuerza de Tarea o Agrupamiento Zorros comenzó en 1983 cuando varias pandillas asolaban al entonces Distrito Federal. Ya existía un pequeño grupo especial dentro de la policía que atendía emergencias: Escorpiones. Bajo el mandato del secretario de Seguridad Pública, Ramón Mota Sánchez, el grupo creció reuniendo todas las especialidades que había en la Policía y convocando a los más calificados, tanto física, intelectual como psicológicamente, para formar un cuerpo de élite.

Cambiaron el nombre Escorpiones por Fuerza de Tarea. Una nueva convocatoria entre la tropa buscaba ayuda para definir el distintivo del nuevo agrupamiento. “Pumas”, “lobos”, “leones”, se propuso de todo. “Zorros”, sugirió un compañero y le gustó al resto, “por ser un animal astuto, ágil, leal”.

Para el 85, otra convocatoria definió su escudo. El filo gris representaría el marco de derecho. Blanco, pureza. Azul, policía. Rojo, la sangre derramada por todos los compañeros. La espada, justicia. El fuego, poder y fuerza.

Poco después el sismo de septiembre azotó la Ciudad de México. Entonces descubrieron lo que era trabajar “bien fibra”. A paso veloz, entre humo, polvo y el sonido de las sirenas, los zorros corrían de Balbuena a Fray Servando, de ahí a Pino Suárez, luego a la Torre Latinoamericana y al Monumento a la Revolución. Su misión: ayudar y rescatar a la población.

Cuando Antonio “se va franco” pasa el día con su familia y en ocasiones les cocina. Su platillo favorito es la cochinita pibil; debe ser la receta de su madre. También sigue los deportes que transmiten por televisión, en especial futbol. Aunque se haya quitado el uniforme, nunca deja de ser policía. Debe estar atento al teléfono pues hay situaciones en las que lo requieren.

Con los años, los zorros han evolucionado. El equipo que tenían antes ya les da risa. El primer explosivo que desarmaron lo hicieron con pinzas: “¡jálale el rojo!”, “¡no, el verde!”. Ahora se preparan en cursos por todo el mundo. En época de elecciones, siempre atienden amenazas de bombas.

“La ciudad evoluciona y nosotros también”, continúa Antonio y apaga el motor para poder escuchar el paisaje con claridad. Cada vez hay menos luz, aunque las trajineras con jóvenes enfiestados no paran. Los puedo escuchar a lo lejos. Así como los asiste a ellos, también ayuda a los que gritan y lloran cuando se lesionan jugando fútbol en los islotes, o a las vacas que se atascan intentando cruzar los canales.

Por un malentendido durante una misión, Antonio fue detenido. Mientras se aclaró la situación, pasó unos meses encarcelado. Luego pudo regresar a su trabajo. Los reos, al saber que era policía, se aprovecharon. Golpes, abusos. “Aquí los errores se pagan caro”, expresa firme.

“Vamos de regreso”, concluye y vuelve a encender el motor. Seguimos navegando lento, abriéndonos paso entre la niebla que no nos permite ver el camino con claridad. “Muy pronto, el viento va a helar”.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

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