Con motivo del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2019, David Huerta aborda en esta entrevista temas como la identidad poética, los poetas cualquiercosistas, el demonio del alcohol y lo que ha significado su poemario Incurable. Sus respuestas aparecen luego de una precisa caracterización de su trayectoria y de la naturaleza de los rumbos que ha tomado su poesía.

Una antología, Medusario, aparecida en 1996, clasificó a David Huerta como un poeta neobarroco. Habían pasado nueve años desde la publicación de Incurable, ese hito de la poesía, ya sea por su desmesura, lo críptico de sus versos, o su recurrente fulgor, cuando fue incluido en esta muestra de veintidós poetas, junto a nombres como Gerardo Deniz, Haroldo de Campos, Raúl Zurita y Coral Bracho.

Los neobarrocos, precisa Jacobo Sefamí —compilador de Medusario junto con Roberto Echavarren y José Kozer—, incorporaban en su obra los ejercicios experimentales de la vanguardia. A pesar de sus grandes diferencias, escribió Sefamí en “Neobarrocos y neomodernistas en la poesía latinoamericana”, compartían rasgos afines como el énfasis en el aspecto fónico de las palabras y la rebelión en contra de los sistemas centrados y simétricos.

Sefamí, investigador y profesor de la Universidad de California en Irvine, entiende que Huerta no se asuma como un neobarroco por ser un autor de múltiples registros poéticos, pero sigue considerando acertada su lectura.

“Pasó por una etapa neobarroca, sí, con Cuaderno de noviembre, Huellas del civilizado, Versión, culminando con esa cúspide que es Incurable, pero luego publicó muchos otros libros que van por otras vías”, explica. “Mientras algunos poetas (Borges, Paz, Olga Orozco, José Emilio Pacheco, Alejandra Pizarnik, José Kozer y Raúl Zurita) parecen mantener un estilo a través de los años, la trayectoria de David delata un proceso de transmigración constante, como lo hizo en su momento Neruda. Ahora bien, el barroco histórico sigue permeando su obra. Basta señalar su admiración por Góngora o Sor Juana, y sus ensayos recogidos en el delicioso El vaso del tiempo. Aunque muy diferente del neobarroco lezamiano derivativo de Incurable, su trabajo con las formas de los poetas del Siglo de Oro es de encomiarse”.

Huerta nació el 8 de octubre de 1949 en la Clínica Lourdes de Álvaro Obregón, cerca de la Casa del Poeta, donde murió Ramón López Velarde, a quien considera uno de los mayores poetas de México, junto con José Gorostiza y Sor Juana Inés de la Cruz.

Fue el menor de los tres hijos, el único varón, que el poeta Efraín Huerta tuvo con su primera esposa, Mireya Bravo. De su madre, pionera del trabajo social, aprendió cómo ser “gente de bien”; con su padre compartió largas conversaciones y una vocación.

Salió de la casa familiar en la Segunda Colonia del Periodista para casarse y, antes de cumplir los 20 años, tuvo a su hija Tania. Ya había sido marcado por el 68. Fue miembro del Partido Comunista Mexicano, y fundador del Partido Socialista Unificado de México. Intentó dos veces estudiar la carrera de Filosofía, pero finalmente la abandonó. Lo mismo ocurrió al inscribirse a Letras Inglesas y después Letras Españolas. Dejó las aulas universitarias y se dedicó al periodismo literario.

Publicó su primer poemario, El jardín de la luz (1972), a los 23 años, pero fue en Cuaderno de noviembre (1976) cuando comenzó a descubrir su voz poética. En 1987 apareció Incurable, uno de los poemas más largos de la literatura en lengua española, como señala Sefamí, “con aproximadamente 8,235 versículos —solo superado en su extensión por La Araucana, de Alonso de Ercilla—”.

A la mitad de su vida, con 35 años, Huerta dejó de competir con la figura de su padre, asumió que no podría igualarlo como poeta y continuó escribiendo. Un caudal de libros que en 2013 el Fondo de Cultura Económica reunió en dos volúmenes, La mancha en el espejo. Cuatro décadas de obra poética en 1,100 páginas.

Sefamí, quien publica en estos días El camaleón y la esponja: David Huerta, destaca su virtuosismo con el lenguaje y un “oído fino que no necesariamente busca la eufonía, pero que sabe captar y revelar con elocuencia poética los vaivenes del mundo actual”. Subraya también su erudición, que se hace presente en versos con citas y diálogos con otros autores. “Y nunca deja de pensar en temas que lindan con la filosofía: la poesía como modo de percibir y conocer el mundo”.

Para Alejandro Higashi, filólogo y estudioso de la literatura mexicana, Huerta es un poeta atento a su realidad inmediata, que en cada nueva obra intenta reflejar su visión del mundo. “Resulta difícil leerlo y no estar en sincronía con él y no sorprendernos por la forma en que su perspectiva ilumina la nuestra”.
La obra poética de Huerta, considera el investigador de la UAM-Iztapalapa, es un territorio aún pendiente de ser explorado en toda su dimensión.

“Frente al poema extenso de largo aliento, como Incurable, proliferan poemas cortos cuyo principal mérito está precisamente en la capacidad del poeta para condensar su experiencia vital en diminutas epifanías poéticas”, precisa Higashi. “Si bien muestra un estilo que es del todo reconocible —diría que su principal rasgo de identidad es la perspectiva crítica que tiene sobre la realidad—, su obra ha evolucionado por rutas muy distintas en cada nuevo título”.

Ensayista, traductor y profesor en la UNAM y en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Premio Xavier Villaurrutia en 2005 con Versión, Huerta recibió una década después el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura. Este año, el jurado del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances decidió otorgarle el galardón por una trayectoria poética de la que destacó “el ímpetu, la ambición y la fraterna inteligencia”, al tiempo que reconoció su “indeclinable vocación cívica”.


Silvia Isabel Gámez: ¿En qué momento supo que era poeta —con certeza, más allá del deseo— y en qué momento se reconoció poeta —por una validación externa—?

David Huerta: Un aspirante a poeta no se convierte en poeta por medio de un acto de magia sino más bien por medio de un interesantísimo fenómeno sociológico, que trataré de explicar en los términos en que lo entiendo. Digamos, para empezar, que existe la comunidad de los poetas: un conjunto humano más o menos disperso que se identifica por ciertos hechos incontrovertibles: haber publicado poemas, por ejemplo, libros de versos. Uno diría que tal es la medida de la identidad poética: si publicas poemas eres poeta; pero no: eres poeta cuando en tu comunidad —mejor dicho, la comunidad a la que quieres pertenecer— te aceptan como parte del grupo. Eres poeta, entonces, cuando los demás poetas te reconocen como uno de ellos, ni más ni menos. Puedes no haber publicado un solo versito en una revista escuálida, pero si los poetas dicen que eres uno de ellos, inédito y toda la cosa, eres poeta. Así de sencillo; así de complicado.

En mi caso todo se enredó porque mi padre, Efraín Huerta, era un poeta muy conocido y reconocido; la ley de probabilidades no jugaba a mi favor, según cierto criterio estadístico, digamos: ¡dos poetas en una familia! No, no y no. Durante muchos años me vieron con desconfianza, con poca simpatía, al saber que yo andaba por ahí escribiendo poemas y hasta publicándolos; decían algo así como “tu padre sí es un poeta genuino, tú quieres forzar las cosas y así no es”. Bueno, me salí con la mía.

SIG: Víctor Sandoval decía que “el poeta está alerta a cualquier señal de lluvia”, ¿cómo es en su caso? ¿La lluvia son las palabras que lo asedian, es la lectura de sus poetas tutelares?

DH: Víctor Sandoval era meteorólogo, por lo visto. No sé qué sea la lluvia en esa idea tan extraña de las señales. Las palabras no me asedian: son más bien mi ecosistema, mi atmósfera, o mejor aún lo que llamo, siguiendo a Roland Barthes, la logósfera. Las palabras nos rodean a todos y todos podemos utilizarlas, menos los afásicos y los recién nacidos. Logósfera: bonita palabra, ¿no? Es la atmósfera o el ambiente que nos rodea pero saturado de ideas, de vocabularios, de frases, de formulaciones, de mensajes, de sentidos y sinsentidos; es el polvillo cósmico y terrenal de los discursos.

Mis poetas tutelares son una maravilla: me dan riquezas a puñados y no me piden casi nada a cambio; esperan de mí un poco o un máximo de atención, en especial los poetas difíciles. Siempre me ha extrañado que la gente diga que la poesía es difícil o que no entiende los poemas que lee. A mí lo que me cuesta mucho trabajo entender son las vulgaridades de los políticos y el torrente de estupideces de la publicidad comercial.

SIG: Al referirse al proceso creativo de Incurable, a ese rimero de galeras en blanco sobre el que tecleaba sin cesar, también ha mencionado el desgaste que significó su escritura. ¿Esa “larga meditación autobiográfica” —en palabras de Aurelio Asiain— repercutió en su salud? ¿Qué ocurría en ese momento en su vida?

DH: El esfuerzo físico de escribir ese libro fue extenuante, además de que en esa época en que lo compuse estaba yo metido en muy malos hábitos. Desde luego, Incurable es lo que dice Aurelio Asiain: una reflexión sobre la propia vida; pero yo quisiera creer que también es algo más. Me gusta entenderlo en términos poéticos, no nada más como testimonio, confesión, reflexión autobiográfica; es que todas esas maneras me parecen fáciles, mientras que la consideración poética siempre será más exigente.

Escribir el libro afectó mi salud, cómo no, de mil maneras; mecanografiaba hasta caer rendido y muchas noches no dormí en los meses y años en que lo componía. Casi preferiría no hablar de “contextos” ni de lo que “ocurría en ese momento en (mi) vida”, pero te diré algo a manera de confesión muy simple: Incurable es un libro empapado en alcohol. Un amigo querido que estuvo muy cerca del libro me decía que siempre ha pensado en Incurable más bien como una indagación de la condición humana; la verdad, no me propuse semejante empresa, más allá de mis fuerzas: no estoy para andar descifrando la condición humana, pero me gustó mucho la novela de André Malraux que se llama así, La condición humana, libro de guerra, libro revolucionario.

Incurable es un libro muy mío, ya medio viejillo: tiene 32 años y le empiezan a salir canas y pelos en las orejas. Lo veo con cierta nostalgia, apenas lo releo; pero me da mucho gusto algo que me explicó Marcelo Uribe, director de Ediciones Era, en donde se arriesgaron a publicarlo: Incurable no fue ni ha sido un best seller, desde luego; ha sido algo mejor: un long seller, es decir, un libro que se vende con cierta constancia y que no sale de circulación. Era sacó hace poco una nueva edición con una portada nueva, muy hermosa. Casi es demasiado. Digo, para un libro de poesía, y además con cierta fama de duro, de impenetrable, de arisco.

SIG: Incurable es un texto polifónico, pero entre todas esas voces, aun siendo todas suyas, ¿cuál es la más cercana a usted?

DH: Es posible que la penúltima sección o capítulo del libro, “Alguien puede llegar”, sea la más mía, de un modo un poco trémulo y angustioso; es la voz en la que me reconozco más íntimamente. ¿Y si no llega nadie, si me quedo solo y me descompongo, me ahogo, me derrumbo sin nadie al lado? Son preguntas que están allí. Alguien llegó, desde luego. Es lo mejor que me ha pasado en la vida. Alguien llegó cuando ya no estaba yo metido en esos malos hábitos de los que hablé hace rato; si me hubiera conocido en aquellas épocas, habría llegado pero no se habría quedado. Pero se quedó: estamos juntos desde hace casi 30 años. Una auténtica maravilla. Casi no necesito decirte que hablo de mi esposa, Verónica (Murguía). Es la verdadera escritora de la familia que formamos ella, yo y el gato Timoteo, también conocido como El Rayo Gris, Míster Pelos y Benavides.

SIG: Ha escrito poesía durante 50 años, antes y después de Incurable, pero ese es el libro al que vuelven los críticos y los lectores. ¿Es Incurable el faro que alumbra y articula su obra?

DH: Fíjate que no, la verdad. Incurable no es ese “faro” ni necesariamente “articula (mi) obra”: mal estaría si lo que ahora soy y lo que ahora hago estuviera determinado por un libro de hace más de tres décadas. He escrito mucho más, muchísimo más, desde entonces; he publicado varios libros que me gustan más, que me parecen más logrados, como suele decirse. Incurable determinó la fisonomía de la poesía que reuní en los dos tomos de La mancha en el espejo, de 2013, que junta todos mis libros de poesía publicados entre 1972 y 2011: un montón de páginas, más de mil. En el FCE se la jugaron: Tomás Granados Salinas me apoyó muchísimo, lo mismo que Joaquín Díez-Canedo. Luego de publicado, La mancha en el espejo fue un buen argumento para el premio que me dieron en 2015, el Nacional de Lingüística y Literatura; sospecho que fue la base de la candidatura que para optar por ese premio presentó el FCE. Un libro reciente como El ovillo y la brisa (Era, 2018) es mucho más determinante para mí; no Incurable.

SIG: T. S. Eliot —citado por Ezra Pound— decía: “Ningún verso es libre para el hombre que quiere hacer un buen trabajo”. ¿Coincide con esta idea?

DH: Coincido totalmente. Libertad es una palabra muy vitaminada y de trato difícil, casi siempre en boca o en pluma de irresponsables. En el ámbito de la poesía, nadie ha acabado de explicarnos qué demonios es el verso libre, aunque hay definiciones que van por el lado francés (vers libre), pero poco tienen que ver con lo que entienden y hacen los hirsutos versolibristas de la actualidad, a los que yo llamo, ingeniosillo que soy, más bien cualquiercosistas: escriben cualquier cosa de cualquier modo y luego muy orondos lo presentan a la concurrencia como verso libre. La libertad poética existe, claro que sí; pero no es lo que se imaginan los versolibristas o cualquiercosistas: es una libertad acotada, rigurosa, nada complaciente. En la época de mi poeta máximo, Luis de Góngora, lo más cercano al verso libre era la silva, una combinación libre, rimada, de versos de siete sílabas y versos de once sílabas (heptasílabos, endecasílabos, digamos, para utilizar las palabras de la poesía, de la versificación); es una maravilla y cuando uno se acerca con ánimo analítico se asombra del genio formal, constructivo y expresivo de don Luis: era un artista de una perfección apenas imaginable y estaba además animado por una pasión volcánica. Eso de que Góngora es un poeta frío es una patraña abominable.

SIG: ¿Cree que existe una responsabilidad ética en la poesía: en la búsqueda precisa de las palabras, por ejemplo?

DH: Claro que hay una responsabilidad ética y política. Poner una letra sobre el papel, una sílaba, es un acto de ciertos alcances que sin duda ocurre en el mundo, sucede de bulto, por así decirlo, en medio de la tribu, como un fenómeno más de la voluntad, de la inteligencia, del ímpetu humano. Sí, en la búsqueda precisa de las palabras hay esa responsabilidad, como dices. Nada más hay que ver cómo se opone esa precisión a las vaguedades perversas del discurso político, a los megáfonos megalomaníacos tupidos de mentiras, medias verdades, violencia, acusaciones cobardes y formulaciones ramplonas. Cada vez que oigo a un político hablar de “nuestro querido México” me dan náuseas.

SIG: Esta pregunta se la hicieron a Nabokov y me la apropié para usted: ¿Tiene algún defecto secreto o conspicuo como escritor?

DH: Mis defectos literarios —mejor no hablar de los personales— están tan a la vista y son tan serios, tan graves, que por lealtad a mis textos no los señalaré aquí. Sospecho que Nabokov no reconocía fallas en su escritura, ¿o sí? Era muy arrogante, casi como yo cuando tenía 14-16 años. Uno de mis libros favoritos de Nabokov es Speak, Memory, sus recuerdos de vida. Es uno de mis autores de cabecera.

SIG: ¿Queda algo del joven arrogante, tímido, en el hombre de hoy? ¿Cuál sería, como en las familias antiguas, su divisa?

DH: Espero que de ese personaje adolescente tímido y arrogante no quede nada. No lo sé. Soy egocéntrico y me temo que nunca he conseguido madurar del todo; cosa de preocuparse, porque ya tengo 70 años. Mi divisa es dificilísima de cumplir: “No te quejes, no expliques”.

SIG: De los demonios que lo han asediado, ¿cuál ha sido el más difícil de vencer?

DH: El alcohol. Dejé de beber en 1989 y todos los días me digo que “solo por hoy” no beberé; no sé mañana. Pero hoy, no. Es una forma extraordinaria de estar en el tiempo. Todo el mundo sabe que ignoramos lo que sucederá; pero el alcohólico sí lo sabe, y es algo muy modesto, muy pequeñito: sabe que se ha propuesto con todas sus fuerzas (la de la voluntad es la más débil de nuestras fuerzas) no beber desde este momento hasta las 12 de la noche. Después, no sabe qué ocurrirá: ignora el futuro, que es lo normal; pero en ese día en el que se ha propuesto no beber sí sabe lo que ocurrirá, o mejor dicho lo que no sucederá. Claro que no beber parece un hecho negativo pero no lo es. Ya no quiero explicar por qué no lo es.

SIG: “Cuando siento que he hecho un buen trabajo, rezo, doy gracias”, decía Derek Walcott. ¿Usted tiene algún ritual, antes o después de escribir?

DH: Sí: acordarme de otra cosa que dijo don Derek: “La tarea del poeta consiste en complicarse la vida”. Llamo a Walcott don Derek, como puedes ver. No sabes cuánto lo quise: un poeta descomunal y un hombre simpatiquísimo. José Luis Rivas, su gran traductor —puso en español veracruzano esa obra maestra que se llama Omeros—, y yo tenemos historias muy lindas con él. Ahora recuerdo cómo le decía a Verónica que se parecía muchísimo a María Callas y ella se ruborizaba y decía que no, que no; hace poco nuestra gran amiga, la escritora e historiadora Claudia Canales, le dijo de nuevo a Vero que sí, que se parece a la Callas. Yo digo que a Verónica le salen mejor las arias.

SIG: En su libro La violencia en México, en el capítulo sobre el asesinato de Juan Francisco Sicilia, se refiere a la “postura insensible o distanciada” de López Obrador, cuando era líder de la izquierda, con respecto a la violencia que desató la llamada “guerra de Calderón”. Ahora que AMLO es presidente, ¿qué piensa de su estrategia de seguridad y de su actitud hacia las víctimas? ¿Cree que sigue distanciado de la gran tragedia nacional?

DH: Lo que pienso de su mal llamada “estrategia de seguridad” está totalmente a la vista en el desdén con el que se refirió a Javier Sicilia: al presidente no le interesan las víctimas, igual que no le interesaban a Calderón y a Peña Nieto; se parece mucho a ellos, mucho más de lo que jamás reconocería: él es bueno y ellos son malos, así de esquemática es su visión. Yo añado: pero todos son políticos y se les nota por todos lados, en todo momento. Él no se ocupa de las víctimas; en Gobernación las atienden, (el subsecretario Alejandro) Encinas trata esos temas; eso dijo. La verdad, muy ofensivo y de unos alcances éticos y políticos preocupantes. Me llama la atención que no le hable nunca directamente a la ciudadanía; prefiere acogerse a una entidad medio abstracta: el pueblo, que es más bien lo que él imagina que lo rodea, lo protege, lo sigue, lo obedece. Un ejemplo: después del culiacanazo no les habló a los habitantes de esa ciudad sufriente; prefirió hacer grilla —como siempre—, justificarse, autoelogiarse por “haber evitado una masacre” (como si no hubiera sabido que hubo varios muertos), atacar a los que siempre ataca y darle vuelta a la hoja muy campante. Cuando habló de la familia LeBarón dijo lo mismo que dicen siempre los políticos, con prisa por pasar a otra cosa: unas condolencias insinceras y de cajón, sin el menor rastro de empatía, de compasión, de auténtica solidaridad.

 

Silvia Isabel Gámez
Editora y periodista cultural freelance. Forma parte del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (Grecu).

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