La primera versión en español de la correspondencia entre dos eminencias de la literatura inglesa empezará a circular en México en un par de meses, de la mano de Jus. El delicioso intercambio epistolar entre uno de los críticos más talentosos del grupo de Bloomsbury y la prominente escritora de vanguardia ofrece un acercamiento prodigioso a la vida cotidiana y al microcosmos en el que se movían los literatos ingleses de principios de siglo. Iniciada en 1906, la relación por escrito de Woolf con Strachey —al inicio, un amigo de su hermano al que invita cordialmente a tomar té para conocerse— es amena, variopinta y cariñosamente dedicada. En ocasiones las cartas se responden cada dos días, lo cual implica, para esas épocas, una premura y una confianza absoluta. En otros momentos, reina lo práctico: una invitación a comer, el anuncio de algún viaje, una cita para asistir juntos al ballet, etc. El agudo sentido del humor, el chisme y la mofa de sus conocidos y allegados —la mayoría, de las élites ilustradas inglesas— son algunos de los rasgos vitales de estas cartas, donde no falta el laconismo y el sarcasmo casi absurdo. Virginia y Leonard Woolf, por ejemplo, anunciaron su compromiso con la siguiente nota postal:

En esta correspondencia que duró 25 años —se interrumpió en 1913 tras un primer intento de suicidio de Woolf, y luego perdió constancia hacia mediados de los veinte, siempre por motivos de salud de uno u otro—, Virginia y Lytton comparten las inquietudes de su tiempo, y establecen un diario íntimo y pícaro, una bitácora de viajes, llena de paisajes —donde avanzan los mares y desolan los inviernos—, un cuaderno de sueños (de parte de Virginia); y, más que nada, se cuentan sus respectivas lecturas, las reseñas que preparan o se encargan entre ellos, los libros en marcha que escriben o quieren escribir. También comentan su propia literatura y se funden en francos elogios; al recibir en 1915 el clásico de Strachey, Victorianos eminentes, Virginia asevera:

Es espléndido; por mucho, lo mejor que has escrito, creo. Para empezar, es milagroso que haya existido gente así, y además, qué divertido y emocionante y vívido lo vuelves tú. Te ordeno que completes una serie entera: no puedes ni imaginar cuánto disfruto tu escritura.

Por su parte, Lytton lee gustoso las novelas de Woolf y en un momento de crisis le declara: “Lo único que me reconcilia con la existencia es leer tus artículos en el Atheneum” (también le dedica en 1920 La reina Victoria). La admiración mutua, la crítica benéfica de sus respectivas obras y la fidelidad de las cartas podrán dar la impresión de que nos internamos en los vericuetos del más platónico amor. Es posible, con sus aires y desaires. Porque las cartas acortan el extrañamiento de la ausencia y la distancia, la punzada de las separaciones que agudizan la edad y los años, y permiten el recuento de las ofensas, los errores y aciertos, y el perdón. En esa brecha, la experiencia de la lectura es un bálsamo siempre oportuno y conciliador: “Creo que he leído unos 600 libros desde que nos vimos”, le dice Woolf, después de haber estado meses postrada en cama. Como el número de libros, el tiempo pasa, inexorable, y trae enfermedad y desconsuelo, hasta que sólo la muerte detiene el curso afable y sinuoso de esta hermosa conversación.

La siguiente selección de cartas entre Virginia y Lytton intenta abarcar varios periodos y estilos de escritura, omitiendo a propósito el dramático final de la relación y el poder revelador de ciertos sueños.


67 Belsize Park Gardens
Hampstead, N.W.
27 de septiembre, 1908

Querida Virginia,

No tengo idea de si esta carta te llegará. [Sydney-]Turner murmuró algo acerca de Voltaire,1 así que estoy disparando al azar. No tengo otro motivo que las ganas de conversar y, como supongo que estarás por regresar muy pronto, no hay muchas probabilidades de que respondas.

Volví hace cosa de una semana a la vida londinense y ya estoy sumergido en ella. La encuentro muy sombría y brumosa. Por supuesto, ya fui a ver dos obras, y al Simpson’s, por no mencionar la London Library y la redacción del Spectator. Me he gastado varios chelines en taxis y ahora estoy escribiendo una crítica de los ensayos de Swinburne sobre los isabelinos.2 ¿Verdad que mi vida es aburridísima? A ti, en cambio, te imagino exultante en la Place de la Concorde. ¿Es bella u horrible? Hace unas semanas, en Escocia, por un momento pensé que me gustaría estar en París, pero no he vuelto a sentirlo, y hora pienso que me echaría a llorar si me despertara y me encontrara en el Pont Neuf. Sería un consuelo si vosotros aparecierais: vosotros tres, elegantes, yendo hacia el Louvre en un taxi. Pero seguramente por pura desgana os dejaría pasar de largo.

Hay momentos —en [Hampstead] Heath, por supuesto—, en los que me parece ver la vida directamente, como un todo, pero sólo son momentos; por lo general no logro entender nada. Tengo la impresión de que a ti no te resulta tan difícil. ¿Será porque tú eres una virgen, una Virginia? ¿O será porque desde las alturas donde tú te encuentras es posible sortear las dificultades? Ah, ¡hay tantas dificultades! ¡Tantas! Quiero escribir una novela sobre un lord canciller y su hijo malcriado,3 pero me es del todo imposible pensar ni remotamente en una trama, y además ¡el público británico! Oh, querida, ¡vámonos todos a las Islas Feroe y olvidémonos de la existencia de Robin Mayor y de la señora Humphry Ward,4 bebamos ponche de ron por las noches y vivamos felices para siempre! Es un auténtico escándalo dalo que no podamos hacerlo. Vanessa cocinaría para nosotros.
¿Por qué no? Pero antes debes volver a Londres.
Siempre tuyo,
Lytton Strachey

No puedo escribir a esta dirección sin enviar mis respetos al fantasma del querido viejo esqueleto.5 ¿Se los darás? ¿Ya lo has visto?

***

Fitzroy Square, 29, W.
Domingo [4 de octubre, 1908]

Querido Lytton,

Fue encantador recibir carta tuya en París. Regresamos hace dos o tres días —Adrian acaba de volver—,6 y hablamos de conciertos y reseñas y de Saxon hasta las 3 de la madrugada: ya hemos vuelto a la rutina. Pero el viaje fue muy satisfactorio y finalizamos en París con una semana de una moderada vida social bohemia. Bebimos inmensas cantidades de café y nos sentamos afuera, bajo la luz eléctrica, a conversar sobre arte. Me gustaría que fuésemos diez años más jóvenes, o veinte años más viejos, y pudiésemos contentarnos con nuestro brandy, y cultiváramos los sentidos. Pero, a decir verdad, a veces pensaba en otras cosas: novelas y aventuras. ¿Por qué no acabas tu novela? Deberías hacerlo. Las tramas no importan, y en cuanto a pasión, estilo e inmoralidad, ¿crees que podría tener más? ¿Has estado ocupado con la literatura inglesa todo este tiempo? Tengo que comprar el Spectator.7 Siento como si quisiera leer bibliotecas enteras, pero por supuesto no lo haré. Mi silla está rodeada de libros y ni siquiera los cojo. Adrian acaba de contarme un sueño que tuvo, en el que viajaba durante cuarenta años con el Eremita del Mar Muerto:8 era Saxon.
Tuya siempre,

A[deline]. V[irginia]. S[tephen].

***

Mermaid Club
Rye, Sussex
3 de enero, 1909

Querida Virginia,

Quizá te hayan llegado los rumores de que me escapé aquí. Llegué el jueves y desde entonces he estado sumido en un semi estupor, entre brumas y golfistas, así que ahora me siento tan à la hashisch [drogado] que apenas puedo imaginar volver a estar alguna vez en otra parte, o siquiera que exista otra parte. Sin embargo, si hago un esfuerzo de voluntad puedo alcanzar a evocar una tenue imagen de Bond Street, de [Hampstead] Heath y de una plaza o dos. ¿De veras has estado allí todo este tiempo y sigues allí? Iré a comprobarlo el jueves. No sé si estarán también los Fisher, pero si es así no podré hablar más que de palos de golf y de greens, aunque estoy seguro de que Herbert podrá soportarlo perfectamente. Además de golfistas, aquí hay algunos miembros de la alta cleresía —obispos y coadjutores— y dos abogados del Consejo de la Cancillería. Claro que todos ellos son también golfistas, así que prácticamente todo se reduce a lo mismo. Las cosas sobre las que conversan resultan de lo más sorprendentes, y cuando pienso que tiene que haber muchas personas todavía más estúpidas, comienzo a ver la raza humana en noir. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! Su lentitud, su pompa, ¡y su fatuidad! Ciertamente están en su mejor momento cuando discuten —lo cual hicieron anoche— acerca de la crueldad de la caza. «Me consuelo pensando que también los animales son muy crueles; los ciervos no, por supuesto, ¡pero fijaos en las comadrejas!» Yo lloraba de risa, y casi no hizo falta que disimulara porque no se dan cuenta de nada. Por Dios, ¡qué felices deben de ser!

Cuando no estoy soñando leo esas Lettres à une Inconnue que tanto nos han inquietado.9 Son una extraña mezcla de desencanto y monotonía —no sé precisarlo—, muy «inteligentes» y bien escritas y, aun así, de alguna manera bastante grises. Los franceses me parecen una raza melancólica, ¿será que no tienen imaginación, y por lo tanto ningún desahogo cuando se topan (como termina ocurriéndole a cualquier persona inteligente) cara a cara con los horrores del mundo? En algunos advierto una desesperación pura que no creo que sea comparable a la de ningún inglés, ni siquiera Swift. Hablando de Grandes Autores, he visto a Henry James dos veces desde que llegué, y quedé muy impresionado. Y me refiero literalmente a verlo, ¡ojalá lo conociera! El otro día se asomó a la ventana cuando yo pasaba por delante, ¡fue increíble! Parecía tan serio, tan preocupado e importante: un magnífico vendedor buscando complacer a toda costa, infinitamente solemne y cortés. ¿Será así? De pronto me di cuenta de que lo más notable de sus novelas es su absoluta falta de sentido del humor. Pero me parece raro que haya escrito precisamente esas cosas teniendo precisamente ese aspecto. Quizá si uno hablara con él podría comprenderlo.

Escríbeme, si puedes, una carta larguísima, llena de relatos emocionantes y de profundas reflexiones acerca de la vida humana. Está claro que podrías hacerlo, pero ¿lo harás? Incluso un cuarto de página sería un oasis en medio de mi desolación. He estado algo enfermo, pero ya me encuentro mejor. También he estado algo irritado. Ojalá fuera golfista. ¿Los de Gordon Square han vuelto ya? ¿Qué te ha parecido Rumpelmayer?10 ¿Hay noticias de Adrian? R. S. V. P.
Tuyo,

G[iles]. L[yton]. S[trachey].

***

Fitzroy Square, 29, W.
[4 de enero, 1909]
Querido Lytton,

Algo había oído sobre tu escapada a Rye. ¿No te parece que la posada Mermaid es casi tan lúgubre como un buque de guerra en épocas de Nelson? Recuerdo que un día me colé y una vieja me echó. Siento que hayas estado enfermo, ¿fue en Navidad? Nosotros nos sentamos junto al fuego y contemplamos la nieve, que tenía un raro fulgor blanco. Adrian está ahora en Wiltshire, llenándose de lodo, supongo; y no sé qué he estado haciendo yo. Viendo a Mary Sheepshanks, creo. Me atosigó hasta la una y media de la madrugada con las revelaciones más insípidas y melancólicas. Imagínate a diecisiete miembros de la familia Sheepshank en un tugurio de Birmingham y a Mary como la más brillante del grupo (al menos eso dice ella).

Me contó historias de mujeres traicionadas y amores frustrados; de frío, pobreza y vejez con parálisis progresiva, y la conclusión de todo ello fue que había que reformar las leyes de divorcio. Esto es lo que me parece tan deprimente en su caso: no puede evitar regodearse frente a cualquier asunto sórdido. Como los franceses, no tiene válvula de escape. «A los veinte años», me dijo, «debería haberme casado con un clérigo». ¿Podría haberlo dicho con más delicadeza?

El jueves vienen los Fisher. Tú y Herbert hablarán sobre Voltaire y yo contaré que justamente acabo de ver su figura de cera en lo de Madame Tussaud. No puedo evitar pensar que es un poco farsante (me refiero a Herbert Fisher). Es demasiado ilustrado y humanitario. Ella es una mujer brillante.

Leí las Cartas a una desconocida en Atenas, cuando se suponía que debía estar hirviendo leche de cabra, y recuerdo que las encontré bastante reconfortantes, dadas las circunstancias.11 Las cartas me parecieron increíblemente cínicas; y ellos, una pareja de ancianos resecos y listos como el hambre. Odio la precisión con la que escriben.

Estoy sentada junto al fuego, es cerca de medianoche, ya he acostado al perro y acabo de terminar el Ayax. Los antiguos me dejan perpleja: son, o bien muy profundos, o bien elementales, y cuando hay que descifrar cada palabra es imposible decidirse. Sin embargo, hay al menos un pasaje de gran belleza, aunque me parece que puede leerse de veinte maneras diferentes. Ayer vi a Henry Lamb, con sus malignos ojos de cabra.2 También estaban allí Saxon, Nessa y Clive. A Clive lo noté deprimido, pero creo que hay que dejar correr el asunto. Los Freshfield nos han pedido que nos quedemos.12 Sidney Lee va a venir a tomar el té conmigo.13 Y éstas son todas las noticias que tengo. También me han pedido que escriba unas «impresiones» de Walter Headlam para su biografía.3 Pero tendrían que ser mentiras.

Ahora debo irme a la cama y leer un poco de mi adorado William Cowper.
Tuya,

V. S.

***

Tarragona
1º de septiembre, 1912

Querido Lytton,

Me pregunto si recibiste una postal escrita al comienzo de nuestro periplo desde la casa de Coleridge y Southey.14 Ahora recordamos el lugar sobre todo por su pata de cordero. Hemos viajado muy lejos y el filete se ha convertido en carne de cordero, pollo o perdiz. Si ahora me dieras a comer cerdo apenas podría distinguirlo. Es una situación lamentable, sólo compensada por las bellezas naturales y las cosas antiguas de la humanidad, sobre las que podría explayarme si me escucharas, pero, a decir verdad, es en la comida en lo que más se piensa cuando se está fuera. Si te digo que el cuarto de baño que está frente a nuestra habitación no ha sido vaciado en tres días, y que es posible distinguir allí las evacuaciones de cristianos, judíos, latinos y sajones, ya podrás imaginarte el resto. Estamos en Tarragona; desde aquí iremos a Madrid, y de Madrid a Venecia. Nuestros hábitos son sencillos: dos días en un sitio, un día en tren; por la mañana damos un paseo a pie, por la tarde, leemos, tomamos el té —cosa que acabamos de hacer— y luego caminamos por la costa; después de la cena nos sentamos en algún café y, puesto que esta noche es domingo, escuchamos a la banda militar. Varias veces, los asuntos propios de la cama han resultado interrumpidos por los mosquitos. Dejan las paredes manchadas de sangre por la mañana; siempre eligen mi ojo izquierdo y la oreja derecha de Leonard, sin importar en qué posición nos encuentren. No debe de parecerte una muy vida feliz, lo sé; pero, verás, en los intersticios nos atiborramos de conversaciones estimulantes y también de literatura. ¡Dios mío! ¡No puedes ni imaginarte con qué voracidad nos lanzamos sobre cualquier material impreso, algo vedado durante tanto tiempo por causa de nuestra propia escritura! Leí tres novelas en dos días, y Leonard fue tras el Cuento de viejas15 como un gatito que se persigue la cola. Luego de esta vertiginosa carrera, ahora me he sumergido de lleno en Crime et Châtiment [Crimen y castigo]: cincuenta páginas antes del té, y veo que sólo son ochocientas, así que acabaré prontísimo. Ya es evidente que se trata del mayor escritor que haya existido jamás, ¿y si resulta que decide que todo se convierta en algo espantoso, qué sería de nosotros? La luna de miel se arruinaría por completo. Si él decidiera que es mejor acabar con la esperanza humana, ¿qué nos quedaría, sino suicidarnos en el Gran Canal? ¿Has estado escribiendo sobre él? Como podrás imaginar, tenemos la intención de hacer muchas y muy diversas cosas durante el invierno. Justo ahora, tú estarás acomodándote junto al fuego después de regresar de una briosa caminata entre los abetos escoceses, en medio de la niebla escocesa, y dirás algo (que yo no puedo pronunciar, en francés) que significa que la vida no ofrece más que la cópula, después de lo cual se oirá un rugido desde las profundidades de tu estómago, lo que te recordará que hay ¿venado?, ¿perdiz?, ¿cordero?, para la cena, y entonces irás a buscar a Pope, tu ejemplar de bolsillo, y procederás a leerlo por centésima quincuagésima vez…, entonces sonará la campana y la muchacha de pelo trigueño, la que quisieras fuera un muchacho, te dirá: «la cena está servida»… mientras yo salgo a caminar por las costas del Mediterráneo bajo los rayos de un sol agonizante, pero todavía lo bastante cálido como para tener que llevar un vestido de algodón y un parasol, mientras la banda militar toca la barcarola de Los cuentos de Hoffman y los muchachos desnudos corren como agachadizas por la playa, balanceando sus traseros en el aire diáfano.

Por favor escribe a Brunswick Square: cuéntales las noticias. No hemos visto a un inglés ni sabido nada de Londres desde hace quince días.

Saludos de Leonard.
Tuya,

V. W

***

The Mill House
Tidmarsh, Pangbourne
6 de febrero, 1922

Es triste imaginarte enferma y todavía más triste pensar que tu recuperación depende de las cartas de tus amigos. ¡Dios mío, tu caso no tiene remedio! ¿Quién va a escribirte a ti? No lo sé. Desde luego, yo soy incapaz. Tal vez Clive… Imagino sus elegantes lucubraciones. Te advierto que si consiguen que te repongas no volveré a hablarte nunca más. Y, en ese caso, ¿habrá valido la pena recuperarse? Sería mejor languidecer y languidecer hasta ir a dar a la tumba, que así al menos sería honrosa. Pero supongo que en estos días todo el mundo (excepto Clive) languidece más o menos. Mi propio estado es, desde hace mucho, bastante deplorable. Lo atribuyo al invierno: el suplicio de la ropa interior gruesa, etc. etc., pero bien podría ser la mera decadencia del cerebro. En cualquier caso, por la causa que fuere, estoy sans [sin] ojos, sans dientes, sans picha, sans… después de eso último ya no puede haber más «sanses»… En general, me siento como un pez que boquea en la orilla. Es terrible. Espero ansiosamente que llegue un cambio junto con las golondrinas (cuando sea que esto ocurra) y entretanto simulo leer. Me llegan libros del club de lectura del Times (soy «suscriptor privilegiado»), pero apenas los miro. Paso horas hojeando el Dictionary of National Biography. Y cuando éste se vuelve demasiado extenuante, continúo con Who’s who [Quién es quién]. A veces me zambullo en los Viejos Maestros. Swift me parece muy bueno, pese a que es un sujeto sumamente desagradable, igual que Dante, igual que Milton. ¿Tú crees que sea necesario ser sumamente desagradable para estar en la primera división? Pero también está Rabelais, que es reconfortante. Descendiendo de golpe, me pregunto si serás capaz de llegar hasta el final del librito de madame, la princesa.16 Supongo que posee cierto ingenio, pero ¡cómo odio a esa mujer, con su alma pequeña y seca! En cambio, Las cuatro edades de la poesía es brillante.17 Ese hombre sí sabía escribir prosa —véase la última, larguísima, frase—, lo cual es más de lo que hicieron Shelley o Browning. Sin embargo, aparte de Clive, ¿quién ha oído hablar de él? El asunto de Maynard es de lo más extraño.18 Hasta ahora sólo he escuchado la versión de Vanessa, pero espero tener pronto una de primera mano. ¿Qué nos está pasando, dime? El universo se tambalea.

¿Sabes que me he hecho miembro del Club Oriental? Tienes que venir y almorzar conmigo cuando las golondrinas hayan llegado. Es un edificio enorme y horrible —¿has estado allí?—, lleno de enormes y horribles angloindios, muy viejos y muy ricos. Tan pronto como uno entra tiene 65 años y una renta de 5000 libras al año; se vuelve uno tan gordo que apenas puede caminar y el cerebro marcha con extraordinaria lentitud. Como ves, dada mi situación actual, es el sitio perfecto para mí. Con mis ojos vidriosos y mi pelo blanco, paso casi desapercibido cuando me hundo pesadamente en un sillón de cuero con un ejemplar del Field en la mano. Además, el borgoña es excelente: tienen una de las mejores bodegas de Londres.

¡Por Júpiter! ¡Tienes que venir! Te escribiré pronto de nuevo, si puedes soportarlo.
Tu

Lytton

 

Fuente: Lytton Strachey, Virginia Woolf, 600 libros desde que te conocí. Correspondencia (traducción de Socorro Jiménez), México, Jus Libreros y Editores, 2017, 144 páginas.


1 Virginia estaba alojada en un hotel de París llamado precisamente Voltaire.

2 The Age of Shakespeare (La época de Shakespeare).

3 Muy probablemente se trata de Lord Pettigrew, que Strachey abandonó después de escribir sólo cuatro capítulos.

4 Robert John Grote Robin Mayor (1869-1947), miembro de los Apóstoles de Cambridge, una sociedad secreta que congregaba a la élite de la universidad y a la que pertenecieron también John Maynard Keynes, el propio Lytton Strachey y su hermano James, G. E. Moore y Rupert Brooke; la señora Humphry Ward (Mary Augusta Arnold, 1851-1920) era una conocida novelista británica.

5 Voltaire.

6 El hermano de Virginia acababa de estar en Bayreuth con Saxon Sydney-Turner.

7 En esa época Lytton escribía reseñas de manera regular en ese semanario. Su reseña de los ensayos de Swinburne sobre los isabelinos (que menciona en la última carta) había aparecido el día anterior.

8 Debe referirse al Mar Rojo: el eremita sería san Antonio.

9 Las Cartas a una desconocida, de Prosper Mérimée.

10 «Los de Gordon Square»: Vanessa y Clive Bell. Virginia había estado en París y Lytton asume que visitó el famoso salón de té del pastelero austriaco Anton Rumpelmayer.

11 Virginia había viajado a Grecia en 1910 con su hermana Vanessa, que sufrió una crisis de apendicitis, por lo que no pudo abandonar en ningún momento la habitación del hotel.

12 El abogado Douglas Freshfield (1845-1934) y su esposa Augusta Charlotte Ritchie, Gussie (1847-1911) eran amigos de los padres de Virginia.

13 Un célebre biógrafo (1859-1926). Colaboró en el Dictionary of National Biography que Lytton menciona en la siguiente carta.

14 Los poetas Samuel Taylor Coleridge y Robert Southey, que estaba casados con dos hermanas, vivieron una temporada juntos en Nether Stowey, Somerset, en 1794.

15 The Old Wives Tale, novela de Arnold Bennet.

16 Elizabeth Bibesco acababa de publicar I Have Only Myself to Blame (Sólo puedo culparme a mí misma).

17 De Thomas Love Peacock. Acababa de aparecer en una antología, junto con ensayos de Shelley y Browning.

18 [John Maynard] Keynes, hasta entonces claramente homosexual, se había enamorado de la bailarina rusa Lydia Loporova, con quien se casaría en 1925.

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En homenaje al gran poeta chiapaneco fallecido el 29 de marzo, miembro del grupo La espiga amotinada (1960) —título de la antología en la que aparecía junto a Óscar Oliva, Jaime Augusto Shelley Eraclio Zepeda y Jaime Labastida—, ofrecemos algunas instantáneas de sus versos. Condensan acaso esa voluntad que atisbó Agustí Bartra al presentar a estos poetas: “el quehacer poético se utiliza como elemento de comunión y amor”. Era esta una idea de la creación como fuerza liberadora, opuesta a la abstracción, y siempre al servicio de la profecía y el testimonio, que sale al paso de una sociedad encadenada. Así, el propio Bañuelos definía su estancia en la palabra en términos marxistas: “El arma del poeta debe ser la dialéctica, y las aguas en donde debe sumergirse la lucha de clases y las relaciones de producción […]. Las consecuencias estéticas y éticas nuestras, definitivas, nacerán de las necesidades de las luchas diarias. Víctima y cómplice del verdugo, lleno de humillación pero también de ira, avanzaré un día por el camino donde el Odio no deforma los rasgos.”

juan-banuelos

Fotografía cortesía de Milenio


Un trompo de silencio se rebela.
Es la creación haciéndose más grande que la muerte;
un gozar y un dolernos
de saber que no es más la pluma
que el esqueleto del vuelo.
[…]

 

***

Y con plomo en la voz voy arrastrando
libre un tiempo feroz de cataclismo.
Avanzo con súbito ritmo de pez
(ahogado a veces)
o con luz recogida del fondo de un espejo.
[…]

de “Imágenes para una sorpresa”, Puertas del mundo

 

***

El sur está en mis lágrimas
mientras la lluvia piensa en mis ausentes.
Las alas del más pequeño pájaro
se pierden en la boca del viento
y tú, mi hora augural, desciendes tímida
entre tantos recuerdos.
Aquí están todos. Vienen
reunidos por el tiempo, cojeando entre la niebla
y entre quejidos lentos.
[…]

de “Enero era la hierba”, Puertas del mundo

***

[…]
La fuente de ayer mana cerca de una tumba
y un árbol crece en la mano abierta de la tierra.
Soñamos,
soñamos y las aguas de la infancia
se cierran por encima de nuestras cabezas
como una cúpula astral.

de “Celebración de la infancia”, Puertas del mundo

***

¡Con qué dientes nos hiere la pobreza!

Mientras borrachos gritan
en la madrugada,
Rosario tiene fiebre.
Es mi primera hija,
tiembla de frío y bebe
la noche de su sangre
unida.
Hundo una mano en mi bolsillo
y ni una moneda hallo que me lleve
a menguar esta pena que me muerde.
[…]
¡Qué condición! ¡Qué perra suerte!
¡Rosario se me muere!
[…]

de “Ojo de caballo”, Puertas del mundo

***

[…]
La noche con todas sus estrellas gira como un viejo
    molino de palomas,
y nosotros, resueltos ya en ruinas, de esta carroña deliciosa
sabremos ser tierra, sabremos ser fuego —sabré ser pájaro
      y su vuelo—
y consentiremos en nuestro propio corazón al hombre.
Ahora cerca del espíritu vamos a crear la palabra (un arco
      iris movido por el aire).
Que el tiempo nos separe como separa los días y las aguas,
que la palabra sea como la mano de Ananías y veamos
      por una sola vez,
por una, lo que no podíamos ver.
                    Porque ¿qué es el crepúsculo
                   sin los ojos del hombre?
[…]
Sólo cuando construimos nos despojamos de la ebriedad
      de la tiniebla.
      —Duermen los siglos en las piedras y el silencio se hace
      tiempo;
   en el verano de los muertos, el adolescente es un peñasco
      estéril.
Sólo hila una tumba la arcilla que no conoce el agua.
[…]

de “Esta noche y sus viejos nómadas de blanco”, Puertas al mundo.

***

[…]
El hombre soy
   pero toda cosa nacida con la aurora, con ella muere,
y toda criatura que engendra la noche
      con ella se aleja porque oscuro es su linaje.

Todo pasa.
Y como el agua y el sol, también todo queda. Un silencio
  que se sienta a esperar el primer ruido. Nuestra imagen
  que se pierde y se encuentra como el humo que no es
    más que el eco del fuego.
No otra cosa que la espuma negra
que va haciendo el arado sobre la tierra.
Y lejos de la memoria del viento que dejaron las épocas,
  un olor de centeno y anís hace volver los pájaros.
[…]

¿De qué remoto sueño hemos caído? ¿Por qué somos una
      rueda que grita enloquecida? ¡Ah! triste es nuestro
      paso, en verdad,
¡No más que olas somos! Nos levantamos brevemente…
para seguir siendo mar.

de “Viento de diamantes”, Puertas del mundo

***

Estoy a boca y llanto sometido
a abismos silenciosos como peces,
y tú, mi hora y señal, solo enterneces
el polvo que ya tengo compartido.
¿Qué diente hambriento, agudo, se me ha hundido
que repite su hazaña tantas veces
como minutos, días, años, meses,
mi piel a dentelladas la han tejido?
Colgando de mis huesos van las horas.
Sólo amando a mi pueblo he de perderte,
oh soledad, que fiel, todo coloras.
[…]
de “Contra la soledad”, Espejo humeante

 

Fuentes: La espiga amotinada (colectivo), prólogo de Agustí Bartra, Fondo de Cultura Económica, México, 1960. Juan Bañuelos, El espejo humeante, Secretaría de Educación Pública (col. Lecturas Mexicanas), México, 1968.

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con agradecimientos a Luis Miguel Aguilar

 Hay imágenes que necesito para
completar mi propia realidad.
—Jim Morrison, The American Night

Hace cincuenta años, en enero de 1967, se lanzó el álbum The Doors que conduciría a la banda californiana a la fama mundial. Aunque “Light my fire”, la canción más escuchada, fue compuesta por el guitarrista Roby Krieger, los arrebatos líricos de otros grandes éxitos —como “The End” o “The Crystal Ship”— se deben al genio de Jim Morrison. A los pies de este inacabable ídolo del club de los 27 corren ríos de tinta. Ícono de la composición poética en el rock psicodélico, leyenda del movimiento de contracultura más fuerte del siglo XX, el “Rey Lagarto” acabó enterrado en París, en la única tumba que tiene vida propia en Père Lachaise: una fiesta sin fin custodia su memoria, mil veces profanada por hippies y fans nostálgicos que le ofrendan drogas, condones, alcoholes, y cubren de graffitis los alrededores. “Jim no ha muerto”, “Jim el poeta más grande”, “Jim: Dionisio”. Con el ímpetu de liberación de su época, Morrison buscó en las drogas de diseño psicodélicas su propia utopía, un estado de la conciencia donde comulgaran misticismo, visión y éxtasis. La ebriedad dionisíaca y la dualidad Apolo/Dionisio que estableció Nietzsche fueron los cimientos de su conducta y su búsqueda artística.

Si el estrellato del Morrison rockero logró opacar al Morrison que escribía versos y quería publicar libros, es tiempo de volver a esta faceta poética con la sola música de sus palabras. Son horas de honra para los poetas-cantantes y los siguientes versos del gurú de The Doors tendrán la facultad de guiarnos por las calles de París que recorrió el poeta, por las ilusiones deshechas de su lejana America y los estridentes colores de sus sueños delirantes.

jim

”The end“, concierto en vivo de The Doors en el Hollywood Bowl en julio de 1968.



El Desierto
       —rosado azul metálico
       y verde insecto

       espejos en blanco y
       charcos de plata

       un universo
       en un sólo cuerpo

The Desert
       – roseate metallic blue
       & insect green

        blank mirrors &
       pools of silver

        a universe in
       one body

 

***

Dinero, belleza de

       (la moneda
          verde pálido
                  grasienta
           adornada
                        suave
                  estriada
                       textura)

                                    Piel o cuero

 

Money, the beauty of

       (currency
          pale green
                  greasy
           ornate
                        soft
                  furrowed
                       texture)

                                    Skin or leather

 

***

 

Bienvenido a la Noche Americana
donde los perros muerden
en busca de la voz la cara
               el destino la fama
para que los amanse
               la Noche
en un silencioso suave coche
                           exuberante
Una fila pide aventón en la Gran Carretera

 

Welcome to the American Night
where dogs bite
to find the voice
        the face the fate the fame
to be tamed
        by the Night
in a quiet soft luxuriant
                          car
Hitchhikers line the Great Highway

 

***

Traducciones de lo divino
en todas las lenguas. El Blues,
Los discos te ponen high,
en ejércitos / en radios dinámicas.
El nuevo soñador le cantará
A la mente ideas liberadas
de las garras del discurso.
Estaciones de la mente piratas. Las Vegas T.V.
Funciones de medianoche.

 

Translations of the divine
in all languages. The Blues,
The records get you high,
in armies / on swift channels.
The new dreamer will sing
to the mind w/thoughts
unclutched by speech.
Pirate mind stations. Las Vegas T. V.
Midnite showings.

 

***

   Los peatones apretaron el paso
Nos unimos a la corriente. De pronto
policías, viseras y escudos de plástico,
blandiendo largas y flacas macanas
como varas, bien formados,
despejando la calle a contraflujo.
Acercarse o mantenerse alejado.
Los cafés meten las mesas
apilan las sillas unas sobre otras,
bajan las cortinas de seguridad
de acero. Silbatos
mientras llegan camionetas. Soldados
con bigote. Abandonamos la escena.
Ojos de juventud, recelosos, deslumbrantes.
La iglesia. Una escena pastoral
con guitarras, tambores, flautas,
arpas y amantes. Luego
Shakespeare & Co., los restaurantes
y su clientela elegante, un cruce de calles
transversal, el pequeño barrio del Jazz
(Story Ville) Nueva Orleans
en miniatura.
Negros en camisas africanas.
Una brass band callejera.
“Fare well to my web footed friends”
La muchedumbre sonríe, salta y canta.
Pasamos. Bulevar Saint-Michel.
La Estatua. El Sena. Hogueras
de pancartas que zumban malvadas,
bulevar abajo. Carros de bomberos.
Olor de humo. Acércate más
cerca. De pronto gritos
largos gritos indios de guerra y
la muchedumbre corre
y se repliega. Y mientras huimos,
nos atacan por detrás,
aplastados contra las mesas de los cafés.
Metro y quiosco de periódicos —Una muchacha
apaleada, sus llantos. No oigo
más detonaciones. Lluvia. (Hombre con botella)
Te veo en la manifestación

Nos unimos a otros grupos bajo árboles
y lluvia. Altos edificios públicos.

Nos vemos en la manifestación

 

   The sidewalkers moved faster
We joined the current. Suddenly
the cops, plastic shields & visors,
wielding long thin truncheons
like wands, in formation,
clearing the street the other way.
To get near or stay away.
Cafes were taking in tables
putting chairs on upside
down, pulling the steel playpen
safety bars. Whistles as
the vans arrive. Moustached
soldiers. We leave the scene.
Eyes of youth, wary, gleaming.
The church. A pastoral scene
of guitars, drums, flutes,
harps, & lovers. Past
Shakespeare & Co., the restaurants
w/elegant patrons, cross
street, the small Jazz
district (Story Ville) a
miniature of New Orleans.
Negroes in African shirts.
A street brass band.
“Fare well to my web footed friends”
Crowd smiles, jogs, & sings.
Move past. San Michel Blvd.
The Statue. The Seine. Bonfires
of cardboard buzz evilly,
down the blvd. Fire-tenders.
Smell of smoke. Approach closer
nearer. Suddenly screams
long warhoops & the crowd runs
back. And as we flee,
they attack from behind,
Pressed against café tables.
Subway & news Kiosk ¾A
girl beaten, her cries. Can’t
hear blows. Rain. (Man w/bottle)
Join me at the demonstration

We join groups under trees
& rain. Tall public buildings.

Join us at the demonstration

***

Clases para convertirse
    en revolucionario
    actor
       (un profeta)
    o poeta

Aún quedan buenos amigos
    para ayudarte y consolarte
    Mercenario antojo
    para él o para ella

Primero conviértete en
    Visionario-Científico
    radiólico bioquímico
    avionador paracaidista 
Luego contacta a tu conta-
dor público (él te dirá
cómo esparcir las semillas de la duda)

 

Lessons on becoming
    a revolutionary
    an actor
       (a prophet)
    or a poet

Theres still good friends
    to assist & relieve you
    Mercenary whim
    for her or for him

First become a
    Visionary-Scientist
    radiocal biochemical
    aviationary sky-diver
Then contact your local pub-
lic accountant (hell tell you
how to spread the seeds of doubt)

***

   Estar solo
y ver el alba
   Eso podría crear
     una tonta canción
Sobre una chica
   Que conocí

Era la estrella
   de un show de cuarta

Ella no era yo
Ella no eras tú
Créeme tú
Ella sabía qué hacer

y dijo a un hombre
ya fuera de quicio
“Oye, rompecorazones,
el clima va a cambiar”

Entonces
qué se supone
que debo hacer
quedarme sentado solo
y mascarme el zapato
Necesito un amor
No mejor que ella
ni peor tampoco
y ningún lamento

Si pudieras saciarme
a través de mi Teléfono
Sería un infeliz,
más triste, más sabio

Sólo eso será
respecto a aquello
Yo era el ratón
que al gato atrapó

No pretendo
Darte ningún punto
de vista

Sólo trato de decírtelo
A ti —Estoy solo

 

   To be alone
&watch the dawn
   It could create
     a silly song
About a girl
   I used to know

She was the star
   of a lost side show

She wasn’t me
She wasn’t you
Believe you me
Knew what to do

& say to a man on
the end of this tether
“Hey, fine handsome
Man, there’ll be a change
in the weather”

So what am I
Supposed to do
Just sit alone
& chew my shoe
I need a love
No more than she
& yet no less
& no regrets

If you can fill me in
on my Telephone
I’d be a sadder,
wiser son of a gun

I’ll just this
about all that
I was the mouse
who caught the cat

I don’t intend
To give you no points
of view

I just mean to tell
You —I’m alone

 

***

Los sueños son a la vez fruto y clamor
contra la atrofia de los sentidos

    Soñar no es una solución

 

Dreams are at once fruit & outcry
against an atrophy of the senses.

    Dreaming is not a solution

 

***

       El oscuro Crepúsculo Americano
La noche como una vasta
       conspiración para soñar,
venerada en las arenas oscilantes

Tijuana —el ano de la Noche
       una civilización en caricatura
Las putas son fastidios en la
       Noche Americana

Qué veremos en
       las entrañas de la noche, en
La cueva escarchada donde se crean
       los sueños, justo frente
a tus ojos. Profecía sin dinero.

Esta canción deber tener la triste
y común rareza de la moneda corriente
en el reino. Brasas
de amargura. Aroma de humo de pino
Noche de Fuego, ejercicios especiales
de crianza. Un pretexto
para el crimen. Escuela de la
Noche. Silencio de una escuela
en la noche.

 

       The dark American Sunset
The night like a vast
       conspiracy to dream, hold
court in the swaying sand

Tijuana —the anus of Night
       a cartoon of civilization
Whores are bores in the
       American Night

What will we see in the
       bowels of the night, in
The frosted cave where dreams
       are made, right before your
eyes. Prophecy w/out money.

This song must have the sad
common strangeness of currency
coin in the realm. Bitter
embers. Scent of spine smoke
Fire-Night, special breeding
exercises. An excuse for
crime. High School of the
Night. Silence of a school
at night.

***

cementerio de coches
Los coches abandonados
El color de su pintura, renovado en la noche
bajo el neón
Los muertos habitan los coches
—el viejo, asqueroso,
  guardián del cementerio
Los niños, curiosos, lanzan piedras

 

car cemetery
The abandoned cars
The color of car paint, new at night
under neon
The dead reside in cars
—the old man, filthy,
  keeper of the graveyard
Children, curious, throw stones

***

Huracán y eclipse

Quisiera un arribo
de tormenta que barriera
esta mierda. O una bomba
que incendie la ciudad y purgue
el mar. Que la límpida muerte
viniera a mí.

 

Hurricane & Eclipse

I wish a storm would
come & blow this shit
away. Or a bomb to
burn the Town & scour
the sea. I wish clean
death would come to me.

***

Si tan sólo
       Pudiera sentir
El cantar
       de los gorriones
y sentir que la infancia
       me remontara hacia ella
           una vez más

Si tan sólo pudiera sentir
       que me remonto
           otra vez
y sentirme acogido
       por la realidad
           otra vez
Podría morirme
       Con mucho gusto morirme

 

If only I
       could feel
The sound
       of the sparrows
and feel child hood
       pulling me
           back again

If only I could feel
       me pulling back
           again
and feel embraced
       by reality
           again
I would die
       Gladly die

***

El fin del sueño
será cuando sí
importe

todo miente
Buda me perdonará
Buda lo hará

 

The end of the dream
will be when it
matters

all things lie
Buddha will forgive me
Buddha will

 

Traducido de: Jim Morrison, La nuit américaine, Paris, Christian Bourgois, 2010. Edición bilingüe francés-inglés de Patricia Devaux. Título original: The American Night, New York, Villard Books, 1990.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
editor de nexos en línea.

 

Tras su muerte, aparecieron unos casettes entre las pertenencias de Morrison. Grabaciones de poemas y hasta de canciones (ver “Orange County Suite, con Morrison al piano, en 10’21”) inéditas hechas en Los Ángeles, en 1969 y 1970. La grabación, mezcla asombrosa de música y recital poético, se conoce como The Lost Paris Tapes. Parte del material de este conjunto fue reutilizado por los miembros de The Doors para el álbum An american prayer


Nota editorial: la mayoría de estos poemas no tienen título por lo que hemos resaltado el primer verso para indicarlo como en el original.

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Católico de origen irlandés, el escritor y músico Anthony Burgess (Manchester, 1917-Londres, 1993) es recordado por esa famosa novela que se llevó al cine, La naranja mecánica. Si el relato de las fechorías y castigos de Alex le dio en vida alguna celebridad (o cierta “nombradía”, en sus palabras) sería una injusticia encerrar ahí su prolífica obra. Autor de innumerables musicales, traducciones, guiones, adaptaciones y una treintena de novelas, Burgess domina el latín, el griego, el alemán, el ruso, el italiano, el español y hasta el malayo. A pesar de su clara erudición, encarna al escritor profesional que se debate por salir adelante. Las reseñas, conferencias, cursos, charlas, programas en televisión y documentales le permiten subsistir desordenadamente con ciertas riquezas y poco efectivo, y aun así, cultivar una doble pasión: escribir novelas y componer versiones musicales de obras y episodios clásicos (por ejemplo el UlyssesCyrano, pasajes bíblicos o la vida de Shakespeare). En 1959, médicos muy atinados le diagnostican un tumor cerebral fulminante. Le queda un año de vida, señor Burgess. Entonces decide sentarse a inventar tramas —entre ellas La naranja mecánica— para dejarle algún dinero en herencia a su esposa Lynne, quien para colmo ha intentado varias veces quitarse la vida. A esa etapa borrascosa corresponde el inicio de sus memorias —Ya viviste lo tuyo (You’ve had your time, 1990)—, en las que se devela a Burgess en todo su esplendor: apasionado incansable de la literatura, irónico y escandaloso en su vida pública, paradójico conservador y creyente tan blasfemo y heterodoxo como cualquier ateo. Defensor incondicional del libre albedrío (al modo de San Agustín), su talante crítico y socarrón lo sitúan muy por encima del bien y el mal. Ya viviste lo tuyo, que se mueve como un péndulo del comentario al diario, del borrador de novela o partitura a la crónica de viaje, es una oda a la picardía y al verdadero oficio más antiguo del mundo, el de contar historias.

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Culpabilidad de artista

“Una novela es sobre todo diversión y al primero que tiene que divertir es a su autor. Todas las mañanas me sentía culpable después del desayuno, cuando subía las escaleras de mi estudio, para divertirme. Iba a juguetear con palabras, mientras en la parte de abajo de la casa seguía adelante un padecimiento que no alcanzaba a comprender del todo. Los alemanes, especialmente Thomas Mann, utilizan el término Künstlershuld —culpabilidad de artista— para designar la desazón del escritor ante su propia frivolidad en un mundo que se aburre y que se siente desdichado en el desempeño de su cometido. […] Lynne y yo nos instalamos con cautela en una vida campestre animada, más que por ninguna otra cosa, por las borracheras y las amenazas de suicidio [de ella].”

Desesperación

“Llevado por la desesperación tecleé un nuevo título, La naranja mecánica [A Clockwork Orange], y me puse a darle vueltas a ver si encontraba un argumento que le encajase bien. Siempre me había gustado esa locución cockney, y pensaba que tenía que haber en ella un significado más profundo que el de servir de expresión metafórica, aunque no necesariamente sexual, del afeminamiento. Un relato empezaba a agitarse en mi interior. […] Al principio pensé en escribir una novela histórica, centrándola en un levantamiento juvenil concreto que se produjo en el último decenio del siglo XVI, cuando jóvenes facinerosos se dedicaron a apalear a las mujeres que vendían huevos y mantequilla a precios considerados excesivos, con lo cual tal vez dieran lugar a que William Shakespeare resbalase en la mezcla de sangre y yema de huevo y se partiese la cadera al caer. Pero al final decidí ser profético, postulando un futuro próximo —pongamos 1970— en que la violencia juvenil llegaría a un punto tan espantoso, que el gobierno trataría de reducirla mediante técnicas pavlovianas de refuerzo negativo.”

Malas costumbres

“Aún me llegan libros para firmar desde las islas Fidji o las Caimán. O me llegan solicitudes de autógrafo sin libro, muchas veces confundiéndome con algún otro autor. Incluso recibo perentorias demandas de fotos autografiadas. Pero, según he llegado a saber, los ejemplares firmados tienen un precio de venta; hay incluso oscuras agencias que se dedican a comprar autógrafos. Y se me ha endurecido el corazón. Si, como a veces ocurre, el envío viene con cupones internacionales de respuesta, me los quedo para mi propio uso. Los libros los tiro o, si se trata de primeras ediciones, los vendo. Sé que mi comportamiento es delictivo, pero ya desde el principio me indujeron a considerar que la práctica de la literatura forma parte de las malas costumbres.”

Vivir con lo necesario

“A finales de 1961 había publicado siete novelas y una historia de la literatura inglesa. No tenía la sensación de haber logrado nada: a tal respecto sólo quedaría convencido cuando las liquidaciones de mi banco me confirmasen que estaba viviendo del oficio de escritor. Casi todos nuestros ingresos eran pequeños dividendos de las inversiones de Lynne o pagos por mis críticas y traducciones. Pero nunca faltaba dinero para comprar bebida.”

Siempre nos quedará Brunei

“En otras presentaciones, más literarias, Lynne tendía a comportarse en gran medida como lo había hecho en Brunei, en el garden party del duque de Edimburgo. Ponía truculencia por ella y por mí. El mundo editorial tenía mucho en común con la administración de Brunei, porque también nos reducía a la frustración y a la mugre, añadiéndose ahora la indigencia. Lynne aceptaba los canapés y las copas gratis que no podíamos sufragarnos con los derechos de autor.”

Santo remedio

“Había entre los libros de mi propiedad uno titulado Sinopsis de la medicina […], y por él supe que probablemente padecía thromboangiitis obliterans, o enfermedad de Buerger, que se daba sobre todo entre grandes fumadores de raza judía y en edad madura. Puede que los católicos en edad madura también entraran, pero no desde luego los protestantes en edad madura. Dejé mis ochenta cigarrillos diarios, aproximadamente, y me pasé a un número excesivo de puritos, pero siguieron los dolores.”

Uno de mis reseñistas, Julian Jebb

“Aquellos jóvenes [que se reían de mí en el tren], al parecer, habían leído una reseña de Honey for the Bears firmada por Julian Jebb. Éste pertenecía a un género de plumíferos existente en lo que ahora llamamos los medios y que eran como tábanos para quienes los aventajaban en edad y en talento. […] Julian Jebb flagelaba mi novela, pero no sin alguna condescendencia. Venía a decir que, si no exigía que abandonase inmediatamente el cultivo de la narración, por manifiesta falta de talento, era —¡ay!— porque también los malos escritores tienen que ganarse la vida de algún modo. […] Desde Tánger le mandé a Julian Jebb una tarjeta postal donde había unos camellos cagando, con el mensaje: ‘Pensando en ti, desde estas tierras.’”

Los inolvidables sesenta

“Los sesenta hallaron buen principio en tres cosas: en la licencia para imprimir la palabra fuck, en una nueva traducción del Nuevo Testamento que hacía más claros los evangelios asesinándoles la magia, y en el culto a la juventud.”

La vida es sueño

“Pertenezco a una generación que quedó fascinada en los años treinta por el libro, de J. W Dunne, An Experiment with Time, experimento con el tiempo. […] Éste fue demasiado lejos al suponer que era posible, en estado de vigilia, sobrevolar el paisaje temporal y trasladarse libremente del pasado al futuro, ida y vuelta. No obstante, sí que tenía razón, al parecer, en su defensa del estado paracrónico de la mente que sueña, demostrando que los materiales de los sueños pueden proceder tanto del futuro como del pasado. Hay pocos sueños míos que se me antojen freudianos. De hecho, a veces sueño con un Freud que trata de desentrañar el significado de un sueño en que él mismo toma parte. Cuando un sueño me obsesiona, pero negándose a revelarme su significado, suele darse el caso de que esperando un poco, a veces unos meses, se revele la fuente de las imágenes a tiempo futuro.”

Padecimientos iguales

“Con los cofrades literarios que entonces empezaba a tratar me encontraba, solo o en compañía de Lynne, en los pubs. Me hacía falta conocer escritores para quienes el hecho de escribir constituyera, igual que para mí, un padecimiento mitigado por el alcohol. […] Estaba, sobre todo, Martin Bell, esclavo de la Inner London Education Authority durante el día y bebedor poeta por las noches. […] Había en él algo goliárdico: mísero, con unos dientes horribles, siempre con un volumen de Empson o de Wallace Stevens en el bolsillo, alcohólico auténtico que de vez en cuando tenía que someterse a un proceso de desecación, condenado a morir por la bebida y a no ser atendido por la posteridad. […] Era una alegría, estando con él, ir desparramando palabras al calor creciente del alcohol. Arrancarse de la memoria los versos de Volpone o The Vanity of Human Wishes, al duodécimo vaso, es la más verdadera experiencia literaria. Lo digo en serio. El verso es para aprendérselo de memoria, y en eso es en lo que principalmente debe consistir la educación literaria.”

En familia

“La madre de mi [segunda] mujer era una hermosa anciana con los pies y los tobillos muy finos. Hablaba el italiano con un deje eslavo; decía Evropa avtomobili. Se había mostrado más bien necia que valiente durante la ocupación nazi. Hubo un oficial de las SS que se consideró autorizado a entrar en su casa, y ella lo echó a escobazos como habría hecho con una cabra o con un ganso. Los de las SS arrebataron un cerdo a sus campesinos dueños, lo mataron a garrotazos y luego pretendieron que ella se lo destripara. Se negó. Salieron a relucir las pistolas. Liana [mi mujer] —una simple colegiala que leía a Heinrich Heine y Henry James sin molestarse en ocultarlo— dio un paso adelante con un cuchillo en la mano. Los de las SS enfundaron las pistolas.”

De Roma a Sicilia

“Como dijo Clough en uno de sus poemas, Roma es un ‘desatino’. Sus mayores virtudes son los crepúsculos milagrosos y el agua mineral que libremente fluye de sus fontanas. El Barroco fue una tomadura de pelo, una exageración de musculaturas. Los romanos eran gente grosera, con un inmenso vocabulario peyorativo. De ellos aprendió [mi hijo] Andrea lo de cazzo vafnculo. Pusimos proa a Nápoles. […] En la bahía, una grúa izó la Bedmobile a bordo del barco con destino a Palermo. La operación se llevó a cabo con una prosopopeya operística, y a carcajada limpia. Los napolitanos son gente alegre, a pesar de la opresión de los ladrones y de la Camorra, de la corrupción del gobierno local. Tras haber pasado la noche durmiendo en el puente, con el alba atracamos en la costa norte de Sicilia. Allí topamos con el temperamento opuesto al de los napolitanos: los rostros, las maneras lúgubres, por no decir trágicas, de los descargadores de Palermo […]. Estábamos en una tierra brutal, el país de la Mafia. Tomando un café en una calle lateral, oímos a un joven que parecía un árabe, por lo atezado de la piel, hablando con sus amigos de su inminente matrimonio. Dijo que pensaba pintarse el pene de púrpura y que, si su novia manifestaba alguna sorpresa, le rebanaría el gañote.”

Novela gaudiana

“En Barcelona padecí una conmoción artística del tipo de las que ya había experimentado en Italia, pero sin la intensidad suficiente como tomarme en serio ni la pintura, ni la escultura, ni la arquitectura. […] Fue la arquitectura de Gaudí, vista en una Barcelona fría y lluviosa, recién vomitada la fritura de pezuñas de vaca de Los Caracoles, la que aportó la conmoción reveladora. Gaudí había empezado su catedral dedicada a la Sagrada Familia en 1884, y aún la tenía en construcción cuando murió atropellado por un tranvía en 1926. En 1968, la obra estaba muy lejos de su conclusión. Nunca hubo proyecto. Gaudí trabajaba en la estructura como lo hace un novelista, dejando que le brotaran las ideas al hilo de la construcción. Las torres de la Sagrada Familia eran algo más que una novela inacabada: eran algo comestible, barquillos perforados, crujientes, pináculos de azúcar crespa. Se me indicó que pensara en art nouveau a escala fantástica mientras miraba la casa Batlló, con sus balcones como máscaras de carnaval, sus tejas de lagartos, sus paredes rugosas con incrustación de monedas para hadas, sus columnas como brazos o piernas, su piedra goteando como en estalactitas. Más bien pensé en una extravagante negación de lo rectangular, auténtica música petrificada, de tipo rapsódico, y, de modo oscuro, vi en todo ello un reflejo de mi propia mente. Gaudí —catalán antinómico— había seguido su propio camino, mofándose de los críticos de cuatro esquinas: era un estímulo para cualquier artista. Me moría por terminar el guión y ponerme a trabajar en una novela gaudiana.”

Sin Kubrick

“Stanley Kubrick me tenía preparada una cita para comer juntos en Trader Vic’s, concesionario de una cadena polinesia […]. Liana y yo, avezados bebedores de mai-tai, eso bebimos. Kubrick brilló por su ausencia, a pesar los telegramas urgentes que me había hecho llegar por la International Date Line. Luego supe que su preocupación era por los derechos de dos versos que hago canturrear a un borracho en La naranja mecánica:

O dear dear land I fought for thee

And brought thee peace and victory
. 

¿Eran míos? Pues sí, eran míos.” 

Mientras Kubrick se arregla las uñas

“Antes de embarcarme junto con Malcolm [el actor principal] en un programa de publicidad que, dada la persistencia de Kubrick en seguir arreglándose las uñas en Borehamwood, vendría a ser como ensalzar a un dios invisible, fui a un cine donde ponían La naranja mecánicapara ver cómo respondía la gente. El público era todo joven, y al principio no me dejaban pasar, por demasiado viejo, papi. Lo violento de la acción los alteró profundamente, especialmente a los negros, que se ponían en pie gritando: ‘Muy bien, tío’; pero el aspecto teológico de la cuestión les pasaba por encima del peinado, sin rozarlos. […] No había pasado mucho tiempo cuando se dio la información de que cuatro chavales, vestidos al estilo de la película, habían violado a una monja de Poughkeespie. La couture se negó más adelante (resultó que los chicos aún no habían visto la película), pero la violación fue real, y nos echaron la culpa a Malcolm McDowell y a mí. Kubrick siguió arreglándose las uñas, incluso cuando se hizo público que la película iba a recibir dos premios de la crítica neoyorkina.”

Las mejores películas

“Las mejores películas, se dijo, proceden todas de materiales literarios mediocres. Hubo quien llegó a afirmar que yo no existía, que era una invención de Stanley Kubrick. En las reseñas de prensa se dijo que la mesa redonda había estado presidida por Joseph Keller y Stanley Kubrick. En Nueva Orleans me abordó un señor por la calle:

—Oiga, ¿no es usted Stanley Kubrick?”

Los estudiantes de Nueva York

“No tenía sentido tomarse en serio los ejercicios críticos de los alumnos. Para empezar, su número era excesivo; pero es que además había que darles aprobado general, de todas formas. Los textos eran muy directos cuando tendían a la jerga callejera, y totalmente evasivos cuando empleaban la académica. Había que elegir entre ‘Lady M. dijo que se iba a quitar al niño de la teta y estamparlo contra el suelo’ y ‘Lady M. patentiza su síndrome de sobrerreacción al urdir el infanticidio hipotético’. […] Los verdaderos alumnos, de los cuales se me excluía, eran los posgraduados de barriga y barba que iban a tomar copas al bar/grill de la Biblioteca, en el Broadway Alto […]. Una noche, ya tarde, volvía a casa después de una fiesta cuando noté que me seguía los pasos una feroz pandilla de atracadores; pero resultó ser un grupo de muy personudos posgraduados, ansiosos de discutir sobre lo que verdaderamente ocurre en las dos últimas páginas de The Wings of the Dove. Los merodeadores negros de la madrugada no suelen mostrar el menor interés en Henry James. Más bien me habrían apuñalado, si hubiesen sabido lo de mis improperios magistrales a la cola del subsidio.”

Elevación, seguridad, dignidad

“[A finales de 1972] acababan de ofrecerme la ocasión de fijar mi residencia en Nueva York mediante una de las ofertas académicas más apreciables que la ciudad puede hacer a nadie. Podía ocupar la cátedra que quedaba libre en Columbia por jubilación de Lionel Trilling, elevarme por encima del mundo del espectáculo y del mester novelístico, y convertirme en observador profesional de la literatura, en honrado árbitro de sus valores, libre de todo compromiso. Fue una tentación terrible, que aún no tengo superada. Seguridad para los restos, elevada posición social, dignidad académica. Creo no obstante, que acerté al declinar el honor. No cuadraba bien en una persona proclive, pro masoquismo, a los duros golpes de la pobreza literaria, en una persona nada inclinada a desdeñar la vulgaridad —en según qué momentos—, en una persona nada contraria al escándalo. Por propia inclinación, más tendía yo a mofarme de los eruditos que a practicar su oficio. Para bien o para mal (para lo último, habrían dicho casi todos los críticos británicos), era novelista […].”

Música verbal

“Todo novelista educado en la música lamenta que el lenguaje verbal no tolere el contrapunto, que tan bien vendría para reflejar el carácter múltiple de la existencia. Poesía y prosa son ambas monódicas, aunque no tanto la primera: William Empson, en su Seven Types of Ambiguity, nos enseña que las palabras, cuando las usa un poeta, pueden arrastrar más de un significado (incluidos, en el séptimo de los tipos de ambigüedad a que hace alusión el título, los significados opuestos, como ocurre con la palabra buckle en el “Windhover”). Bucklesignifica ‘doblarse’ como se dobla una rueda de bicicleta, pero también ‘abrocharse’ para entrar en acción, como el cinto de un militar. Con ello se trueca la palabra en acorde, pero no se consigue que un pasaje de palabras funcione en contrapunto. La técnica está llevada al límite en Finnegans Wake, donde los chistes verbales funcionan como acordes. Shaun es mielodorous, entendiendo por tal que es melodioso, maloliente y que huele a miel.”

Fluido eléctrico

“¿Estoy satisfecho? Seguro que no. Ya he rebasado el límite de edad prescrito por la Biblia, tengo que pensar en la muerte, y no me gusta nada pensar en la muerte. Hay en mí vestigios del miedo al infierno, incluso al purgatorio, y no se me quitan por más autores racionalistas que me empeño en leer. Si tras la muerte hay sólo oscuridad, ésta sería la realidad postrera, y el amor a la vida que de vez en cuando siento no es buena preparación a semejante fin. Ante la proximidad de la negrura, que Churchill jocosamente denominaba terciopelo negro, parece una frivolidad preocuparse por un mundo que va a desaparecer de pronto, como desaparece la imagen de la pantalla del televisor cuando se corta el fluido eléctrico.”

 

Pasajes de: Anthony Burgess, Ya viviste lo tuyo, traducción y notas de Ramón Buenaventura, Grijalbo Mondadori, 1993. Traducido de la edición inglesa de William Heinemann Ltd., Londres, 1990.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.

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