Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), inglés, fue narrador, poeta, ensayista, dramaturgo y cronista de viajes. Se sirvió de su personaje el padre Brown, detective cerebral, para crear complejos y brillantes relatos policiales. Aquí hay una muestra aforística del ingenio chestertoniano.

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— Las falacias no dejan de serlo por estar de moda.

— Las costumbres en general no son egoístas. Los hábitos casi siempre lo son.

— Tener derecho a hacer algo no es lo mismo que estar en lo correcto al hacerlo.

— Concuerdo con el irlandés que dijo que prefiere las profecías post facto.

— Los cuentos detectivescos describen por regla general a seis hombres que discuten sobre cómo es que un hombre ha muerto. Las historias filosóficas modernas describen a seis hombres muertos que discuten sobre cómo es posible que un hombre viva.

— El pasado no es lo que era.

— Por expertos en pobreza no me refiero a los sociólogos, sino a los pobres.

— Hay deseos que son indeseables.

— Ningún ciudadano puede distinguir fácilmente entre un impuesto y una multa, excepto que la última le parece más pequeña.

— Los hombres que realmente creen en sí mismos están, todos, en el manicomio.

— En el momento en que algo nos interesa mucho, el mundo, es decir todos los demás intereses, se torna nuestro enemigo.

— El mal llega pausado, como la enfermedad; el bien presto, como el doctor.

— La imaginación sirve no para hacer común lo extraño, sino para hacer extraño lo común.

— Hay una senda del ojo al corazón que no pasa por el intelecto.

— La literatura es un lujo, la ficción una necesidad.

 

Fuente: G. K. Chesterton. Aforismos (traducción de Alfredo Herrera Patiño), Verdehalago, México, 2002.

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Entre el 5 y el 20 de marzo de 1866, Charles Baudelaire, acompañado por su amigo inseparable Auguste Poulet-Malassis y por su esposa Félicien Rops, viajó a la ciudad belga Nemur, para visitar iglesias barrocas y compilar más información para el libro que el poeta estaba preparando sobre la historia de Bélgica. En la visita al confesionario de Saint-Loup, Baudelaire perdió el dominio de su cuerpo: se tambaleó y cayó. No fue posible que siguiera disimulando que su malestar no era grave; sus amigos percibieron signos de hemiplejia y afasia. El escritor francés no logró recuperarse y murió el 31 de agosto de 1867 en una clínica de París.

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Autorretrato de Baudelaire.

La derrota física del poeta maldito fue narrada por uno de los testigos. El 9 de abril de 1866, Poulet-Malassis, a quien Baudelaire en nombre de su amistad le pidió que editara Las flores del mal, envió una carta a Jules Troubat, secretario de Sainte-Beuve, con estos detalles:

Aquí está en pocas palabras la verdad sobre la enfermedad de Baudelaire.
Durante seis meses todo su sistema nervioso estuvo fuertemente comprometido. No tuvo en cuenta síntomas y graves advertencias y a pesar de la indicación de los médicos y la súplica de sus amigos siguió usando y abusando de los excitantes. Su voluntad era tan débil en cuanto a sus hábitos que en mi casa no se ponía aguardiente en la mesa para que él no bebiera. De otro modo su deseo era irresistible.
Desde hace quince días —dieciocho— que debe guardar reposo. Vértigos, parálisis del lado derecho, brazos y piernas. Hubiera querido llevarlo a París, o mejor con su madre. Se rehusó con una especie de cólera.
El viernes hará ocho días que la parálisis del lado derecho se ha manifestado al mismo tiempo que un reblandecimiento del cerebro.
He creído conveniente escribirle al hombre que lleva los asuntos de su madre, el Sr. Ancelle, alcalde de Neuilly, y vino. Se decidió, no sin pena, que Baudelaire cambiara el hotel por una casa de salud atendida por hermanas. De hecho es una especie de hospital, pero es el único lugar donde lo pudimos poner convenientemente.

Fuente: Baudelaire. Correspondencia general. Selección y prólogo de Américo Cristófalo; traducción y notas de Américo Cristófalo y Hugo Savino, Paradiso, Buenos Aires, 2005.

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La bancarrota emocional de Marilyn Monroe (1926-1962) quedó atrapada en hojas membretadas, cuadernos con pastas negras o rojas y sobres postales. En ellos garabateó notas, poemas y cartas: depósitos de inseguridad, locura, soledad y alegría. Sus escritos son el confesionario de la actriz titubeante, de la mujer que vive cuesta arriba su propio mito, de la lectora que imita a los poetas y confiesa su distanciamiento esporádico con los libros. Arthur Miller, su tercer esposo, alguna vez sugirió: “Para sobrevivir, habría tenido que ser más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad. En lugar de eso, era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que, mientras tanto, le hace jirones la ropa”. Es momento de que la multitud guarde silencio. 

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· Creo que soy una fantasía.

· No es tan divertido conocerse demasiado o creer que se conoce uno demasiado —todo el mundo necesita un poco de amor propio para superar las caídas y dejarlas atrás.

· Verdaderamente no soporto a los Seres
Humanos a veces —sé
que cada cual tiene sus problemas
como yo tengo los míos— pero verdaderamente
estoy demasiado cansada para eso. Tratar de comprender,
hacer concesiones, ver ciertas cosas
que sólo me fatigan.

· No hay nada que temer salvo el propio miedo.

· Mi sentimiento no se hincha en palabras.

· Fuerte y desnuda debes permanecer —viva— mientras miras de frente a la muerte y el viento te hace inclinarte.

· Soledad —permanece quieta.

· Siempre me asusto cuando alguien me alaba.

· Estoy descubriendo que la sinceridad y ser sencilla o directa como (posiblemente) me gustaría, se suele tomar por mera estupidez.

· Y cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que no hay respuestas. La vida hay que vivirla.

· Oh silencio, tu quietud me hiere la cabeza.

· Tener tu corazón es la única cosa completamente feliz que me enorgullece (que alguna vez me ha pertenecido), que alguna vez he poseído.

· A partir de mañana empezaré a ocuparme de mí misma porque eso es lo único que tengo realmente, y como ahora me doy cuenta lo único que he tenido nunca.

· Creo que odio este sitio porque aquí ya no queda amor.

· Me veo ahora en el espejo, con el ceño fruncido —si me aproximo veré— lo que no quiero ver —tensión, tristeza, decepción, los ojos sin brillo, las mejillas inundadas de capilares que parecen los ríos de los mapas —el pelo como serpientes.

· Mi voluntad es débil pero es que no aguanto nada. Tengo pinta de loca pero es que me estoy volviendo loca.

· A veces me pregunto para qué sirve el tiempo nocturno.

· Bueno, sí, los hombres trepan hasta la Luna pero no parecen interesarse por los latidos de un corazón humano.

· Sé que nunca seré feliz pero sé que ¡puedo ser muy alegre!

· En momentos de crisis no acudo a un libro —trato de pensar y de utilizar mi entendimiento.

 
 
Fuente: Marilyn Monroe. Fragmentos. Poemas, notas personales, cartas, Seix Barral, Barcelona, 2010. 

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Charles Bukowski (1920-1994) dio su primera entrevista en marzo de 1963 y la última en agosto de 1993, pocos meses antes de que la leucemia le impidiera cumplir su deseo de morir en el año 2000. El repertorio de conversaciones que Bukowski sostuvo con periodistas, escritores y académicos por treinta años, está concentrado en Ellos quieren algo crudo (Nitro / Press, 2013). De este libro proceden las preguntas y respuestas, encadenadas aquí con intención biográfica, a propósito del 95 aniversario de nacimiento del poeta y narrador que a los cincuenta años —al estilo de un boxeador veterano— decidió levantar de nuevo los puños para convertirse en un “vividor literario”.


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William J. Robson: Para empezar, ¿dónde y cuándo naciste?
Charles Bukowski: Andernach, Alemania, en 1920. El FBI me preguntó eso una vez. Me trajeron a Los Ángeles cuando tenía dos años. Fui a la escuela de gramática Virginia Road. Soy un hombre de L.A., en realidad. Secundaria de L.A. El Colegio de la Ciudad de L.A. No me gradué, sólo pasé un buen rato. Tomé los cursos que me gustaban, sabes. Mi padre nunca lo supo. Estuve ahí dos años, de 1939 a 1941.

Josette Bryson: [El escritor italiano Vittorini] Para mí es muy bueno.
Charles Bukowski: Sí, pues… Después de que publiqué en Story y en Portafolio, que era editado por Caresse Crosby, renuncié a escribir durante diez años y sólo me emborrachaba y vivía y me mudaba de un lado a otro. Viví con malas mujeres y terminé en el pabellón de moribundos del Hospital del Condado de Los Ángeles sangrando, a borbotones, hemorragias. Y cuando salí de ahí comencé a escribir de nuevo. No sé por qué. En esos diez años no escribí nada en lo absoluto, sólo digamos que viví. Acumulé material, pero no conscientemente. Había olvidado todo lo relacionado con escribir.

Robert Wennersten: ¿Cómo terminaste, en algún punto de tu vida, en la vagancia?
Charles Bukowski: Sencillamente ocurrió. Probablemente a causa de beber, del disgusto, y de tener un trabajo mundano. No podía tolerar el trabajar para alguien, esa cosa del 8 a 5. Así que agarré una botella, bebí e intenté hacerla sin trabajar. El trabajo era francamente desagradable para mí. Morirme de hambre y estar en la vagancia parecían tener más gloria. […]

Josette Bryson: Solías trabajar en una oficina de correos, ¿no?
Charles Bukowski: Sí. Trabajé ahí tres años como cartero y me tomé dos años en otros trabajos raros. En medio, me casé con una millonaria, sólo por accidente. [Ella era la dueña de la revista Harlequin, publicada en un pueblo de Texas, en cuyas páginas aparecieron cuarenta de los primeros poemas escritos por Bukowski.] […] Resultó tratarse de una hermosa joven que iba a heredar un millón de dólares o algo así. Yo no lo sabía, por su puesto. Y tuvimos correspondencia de ida y vuelta. Finalmente nos conocimos, nos casamos, y después me encontré, cuando fuimos a su pueblo natal que, eh, ella era dueña del lugar. Pero no funcionó. Dejé el millón…

F.A. Nettelbeck: ¿Por qué eres tan feo?
Charles Bukowski: Supongo que estás hablando de mi cara más que de mi escritura. Bueno, la cara es el producto de dos cosas: con lo que has nacido y lo que te ha pasado desde entonces. Mi vida difícilmente ha sido bonita: los hospitales, las cárceles, los trabajos, las mujeres, la bebida. Algunos de mis críticos afirman que me he infligido dolor deliberadamente. Desearía que algunos de ellos hubieran estado conmigo a lo largo del viaje. […] La cruda, la aguja eléctrica, el licor barato, las malas mujeres, la locura en pequeños cuartos, el hambre en la tierra de la plenitud, sólo Dios sabe cómo es que me volví tan feo, supongo que es resultado de haber sido aporreado y aporreado de nuevo y de nuevo, y no dejarme caer, todavía tratando de pensar, de sentir, todavía tratando de rearmar la mariposa… En mi cara está trazado un mapa que nadie quiere colgar en su pared. […]

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***
Arnold Kaye: Un buen número de críticos ha objetado que tu trabajo es abiertamente autobiográfico. ¿Te importaría comentar al respecto?
Charles Bukowski: Casi todo. Noventa y nueve por ciento, si es que he escrito un ciento. Lo demás fue soñado. Nunca estuve en el Congo Belga.

Grapevine: ¿Tienes un tema central en tu ficción?
Charles Bukowski: La vida, con una “v” minúscula.

Arnold Kaye:¿Qué tanto disfrutas escribir en Los Ángeles?
Charles Bukowski: No importa en dónde escribas mientras tengas paredes, una máquina de escribir, papel, cerveza. Puedes escribir en el cráter de un volcán. Dime, ¿crees que pueda lograr que veinte poetas contribuyan con un dólar a la semana para mantenerme fuera de la cárcel?

Arnold Kaye: Bukowski, ¿qué futuro ves ahora que todos quieren publicar a Bukowski?
Charles Bukowski: Solía tirarme embriagado en callejones y probablemente lo haré de nuevo. Bukowski, ¿quién es? He leído acerca de Bukowski y no parece que tenga nada que ver conmigo. ¿Me entiendes?

John Thomas: Hay una moda Charles Bukowski… Definitivamente está conformándose. ¿Cómo lo ves tú?
Charles Bukowski: No estoy enterado de una moda Charles Bukowski. Soy demasiado solitario, demasiado caprichos, demasiado antisocial, demasiado viejo, demasiado tardío, demasiado receloso, demasiado astuto para que se generen en mí aspiraciones que me lleven a lugares distantes. […] Espero nunca convertirme en una moda. Una moda es maldecida y devastada para siempre. Esto significaría que hay algo mal conmigo o con mi trabajo. Pienso que teniendo 46 años, y habiendo trabajado once de ellos en silencio, estoy merecidamente a salvo. Espero que los dioses estén conmigo. Creo que estarán conmigo. […]

William J. Robson: Me gustaron algunas de tus columnas en Open City, pero algunas eran como… ah, bueno, después me toparía con una como “The Frozen Man” y fue genial.
Charles Bukowski: Bueno, escribía una por semana así tuviera ganas o no. Era una buena disciplina. Ver Escritos… en libro fue toda una emoción para mí. Muy bien hecho. Y fue reseñado en Der Spiegel que tiene una circulación amplia, es como el Newsweek alemán. Tuvo buenas reseñas. Cartero saldrá en diciembre [1970], en navidad. Trata sobre cuarenta años de infierno. Pero no lo escribí con, cómo podríamos decir, un estilo mala leche. Principalmente es divertido, aunque hay un montón de dolor ahí. Intenté mantenerme alejado de la emoción, sólo traté de registrarlo tal y como pasó. En esos años sucedieron cosas muy chistosas y trágicas.

William J. Robson: ¿Qué piensas de los talleres y los grupos y todo eso?
Charles Bukowski: Pienso que son horribles.
William J. Robson: Pero te apareces en ellos, ¿no?
Charles Bukowski: Hago lecturas de poesía, por dinero. Estrictamente para sobrevivir. No me gusta pero renuncié a mi empleo en enero del año pasado y ahora me he convertido en lo que llamaría un vividor literario. Ahora hago cosas que no hubiera hecho antes, una de ellas es las lecturas de poesía. No me gusta hacerlo para nada. En lo que respecta a los talleres, yo los llamo “clubes de corazones rotos”. Más que nada son un puñado de malos escritores que se reúnen, y un líder se levanta, autoelegido, casi siempre. Leen sus cosas entre ellos y generalmente se sobrevaloran. Es más destructivo que provechoso, porque el material rebota cuando lo envían, y dicen: “Ay, por dios, cuando le leí esto al grupo la otra noche, todos dijeron que era obra de un genio”.     

Marc Chénetier: ¿Reescribes mucho de tu trabajo o se queda en la forma en la que cobra existencia?
Charles Bukowski: Antes lo dejaba como salía. Ahora tiendo a rescribir sólo un poco, especialmente cuando escribo borracho la noche anterior. Saco líneas completas o párrafos, y cuando estoy sobrio inserto una línea nueva. Lo ajusto todo. No creo ayudar mucho… solía avergonzarme de reescribir cualquier cosa, sabes, “así salió”, se supone que tenía que ser puro o algo. Pero ahora digo: “Bueno, puede salir un poco impuro, le caería bien algo de ayuda”, así que reescribo un poco. Pero no mucho porque soy flojo, muy flojo.

 

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***
Michael Perkins: Algunos todavía piensan que tus poemas son una pérdida de tiempo.
Charles Bukowski: ¿Qué cosa es una pérdida de tiempo? Algunos coleccionan estampillas, otros asesinan a sus abuelas. Sólo estamos esperando, haciendo cosas insignificantes esperando morir.

Arnold Kaye: […] Parece haber una tendencia para clasificarte como el mayor de los poetas solitarios.
Charles Bukowski: No puedo pensar en ningún poeta solitario aparte de [Robinson] Jeffers, ya muerto. Los demás sólo quieren abrazarse y babearse. Parece, en mi opinión, que soy el último ermitaño.

William J. Robson: ¿Qué otros poetas han influido generalmente en tu vida, te han prendido?
Charles Bukowski: Robinson Jeffers

Josette Bryson: ¿Baudelaire, Rimbaud?
Charles Bukowski: No me importan ninguno de los dos.

William Childress: ¿Te sientes de alguna forma en particular cuando estás listo para escribir un poema?
Charles Bukowski: siento una tensión. De hecho me siento mal, como si estuviera a punto de meterme en una pelea, más o menos. Después jugueteo con la maldita silla y la máquina de escribir y la mesa. Finalmente me siento, atraído hacia la máquina como por un imán, contra mi voluntad. No hay un plan en lo absoluto. Sólo soy yo, la máquina de escribir, y la silla. Y siempre tiro el primer borrador diciendo “¡eso no es bueno!”. Luego entro en el acto con una clase de furia, escribiendo como loco durante cuatro, cinco, incluso ocho horas. Al día siguiente escribo unas dos o tres horas. Después me siento gastado, exhausto, y no vuelvo a tocar la máquina al menos una semana, cuando el ciclo comienza de nuevo.

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Arnold Kaye: ¿Qué influencia ha tenido el alcohol en tu obra?
Charles Bukowski: Hmm, creo que no he escrito un poema estando totalmente sobrio. Pero he escrito algunos buenos, algunos malos, bajo el peso de la negra cruda, cuando no sabía si era mejor otro trago o una navaja.

Robert Wennersten: ¿Puedes escribir y beber al mismo tiempo?
Charles Bukowski: Es difícil escribir prosa cuando estás tomando, porque la prosa implica demasiado trabajo. No funciona para mí. Es muy poco romántico escribir prosa mientras bebo.
La poesía es otra cosa. Tienes en mente un sentimiento de querer entregar una línea que sobresalte. Te pones un poco dramático cuando estás borracho, un poco de mal gusto. La música sinfónica está sonando, y fumas un puro. Levantas una cerveza y vas a teclear estas cinco o seis o quince o treinta líneas grandiosas. Empiezas a tomar y escribes poemas toda la noche. Los encuentras en el piso a la mañana siguiente. Quitas todas las líneas malas y tienes poemas. Como sesenta por ciento de las líneas son malas, pero parece que las otras, cuando las juntas hacen un poema.
No siempre escribo borracho. Escribo sobrio, borracho, sintiéndome mal. No hay una forma especial para mí.

John Thomas: ¿Por qué derrochas tanto tiempo y dinero en el hipódromo?
Charles Bukowski: Porque estoy loco. Estoy esperando hacer suficiente dinero para no tener que trabajar más en mataderos, en oficinas postales, en muelles, en fábricas. ¿Qué pasa? Perdí el dinero que tengo y estoy clavado en la cruz.[…] También, estando allí la mayor parte del día me queda muy poco tiempo para escribir, para jugar a ser escritor. Esto es importante. Cuando escribo, es la línea que debo escribir. […] Mi sugerencia para todos y para ninguno es que se mantengan alejados de la pista de carreras. Es una de las trampas más perfectas para el hombre.

Ben Pleasants: ¿Qué hay acerca del Bukowski caricaturista? ¿No hay una conexión con Thurber? 
Charles Bukowski: Me han acusado de eso.
Ben Pleasants: Te gusta Thurber.
Charles Bukowski: Sí, me gustaba. Pienso que si comparas mis dibujos con los suyos, verás una influencia, pero hay un montón de diferencias. Sus personajes son de la clase media alta, con sus problemas, y los míos son austeros, están como pasmados y no saben muy bien lo que está sucediendo; incluso su aspecto: sin ojos y sólo de pie. Les han pasado cosas que los han pasmado hasta una imbecilidad amable, que quizá resulte adorable en su mejor luz.
Además creo que toda la tonalidad es muy distinta a la de Thurber, aunque tal vez la línea o el dibujo de un perro tengan algo similar. Hay una influencia, pero la tonalidad es lo opuesto.

Silvia Bizio: ¿Te consideras apolítico?
Charles Bukowski: Claro, no tengo ninguna política. ¿por qué debería? Es como tener cálculos biliares: cuesta dinero que te los quiten, así que para qué tenerlos?

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Ben Pleasants: ¿Cuáles son los planes futuros para Bukowski? Además de sobrevivir.
Charles Bukowski: Bueno, hay una prioridad: la Durabilidad es más importante que la verdad. para poder decir la verdad, tienes que comenzar con ser perdurable. Mi plan maestro, que probablemente no funcionará, es: decidí vivir hasta los ochenta y morir en el año 2000. Me encontré con Wantling en una lectura en Illinois. También había decidido morir en el 2000, y un mes después estaba muerto. Así que sabes, si mi plan es como el de Adolph, quizá no funciones. Pero mi plan maestro es joderlos otros 25 años. Los voy a hartar tanto que cuando muera habrá gritos de júbilo. Y después, exageraciones de mi grandeza. Eso es, el año 2000.

 

Fuente: Ellos quieren algo crudo. 30 años de entrevistas. David Stephen Calonne, compilador; Mauricio Bares, traductor. Nitro / Press, México, 2013.

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La relación epistolar más sincera que Francis Scott Fitzgerald sostuvo con alguien durante el eclipse de su existencia, fue con su hija Frances. Entre 1933 y 1940, el escritor ocupó varias horas al día para redactar cartas y telegramas en los que volcaba las esperanzas y desengaños que su querida Scottina, su tesoro, le prodigaba. La joven corresponsal tenía once años cuando su padre decidió estrechar los lazos filiales sirviéndose de sobres con sello postal. Nada quedó fuera en estas conversaciones de papel: la calamidad económica del padre; los avances y tropiezos médicos de Zelda, la madre; los consejos de escritura; las recomendaciones para el plan académico que la hija debería seguir; los planes para Navidad. La última carta de esa colección, enviada por el autor de El gran Gatsby pocos días antes de morir, no se aparta del tono protector y consejero que el padre atormentado frecuentó durante siete años.

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[diciembre de 1940]

[1403, North Laurel Avenue]
[Hollywood, California]

 

       Queridísima Scottie:
       Te habrá llegado con la carta, espero, un abriguito. Era un abrigo de Sheilah casi a estrenar que se le ha antojado enviarte. A mí me parece muy bonito. Quizá te sirva para llenar ese armario tuyo tan necesitado. El padre de Frances Kroll es peletero y lo arregló ¡sin cargo!
       Conque hazme el favor enseguida de escribir las siguientes cartas:

       1) A Sheilah, sin mencionar la contribución del señor Kroll.
       2) A Frances, alabando el estilo.
       3) A mí (cuando encuentres un momento), de tal modo que pueda mostrar la carta a Sheilah, quien sin duda me preguntará si te ha gustado el abrigo.

       Me quitarás un peso de encima si escribes estas cartas sin demora. Quien hace un regalo no obtiene ningún placer de una carta de agradecimiento que llega con tres semanas de retraso, aunque ésta venga de rodillas y suplicando perdón; habrás sustraído placer a alguien que ha procurado dártelo. (Eclesiastés Fitzgerald.)
       Por último, invéntate un cuento para  Alabama y diles que le compraste el abrigo a una chica. No digas que te llegó a través de mí.
       Por lo demás, sigo en cama. Esta vez, el resultado de veinticinco años de cigarrillos. Tienes dos hermosos malos ejemplos por padres. Limítate a hacer todo lo que no hicimos y estarás perfectamente a salvo. Pero sé cariñosa con tu madre en Navidad, pese a su adoración por las runas de los primeros caldeos a la que sin duda te condenará durante las fiestas. Sus cartas son trágicamente brillantes en cualquier tema que toque, salvo en aquellos de vital importancia. Qué insólito que fracasara como criatura social. Ni siquiera los criminales fracasan en este aspecto, pues son la “Leal Oposición” de la ley, por así decir. Pero los locos son simples invitados sobre la Tierra, eternos extranjeros que deambulan por el mundo con decálogos rotos que no saben leer.
       Aún no he terminado la novela de Tom Wolfe [You can’t go home again] y no puedo reseñártela de momento, pero la historia sobre el incendio es espléndida. Sólo me temo que, después de esa magnífica siembra de personajes, el libro no dará ningún fruto. La imagen de “Amy Carleton” (Emily Davies Venderbilt, que solía venir a nuestro apartamento de París, ¿te acuerdas?), con los ojos grises jaspeados y la forma de hablar fielmente reproducida, es simplemente perfecta, Emily se empeñó en conquistar a Tom —sans succès— y a la postre terminó quitándose la vida en un solitario rancho de Montana en 1934. El retrato de la señora Jack también es estupendo. Es totalmente creíble.
       Con todo mi amor,

Papi

P.D.: Por el amor de Somerset Maugham, ¡la carta!

 

Fuente: F. Scott Fitzgerald, Cartas a mi hija (traducción y notas de Albert Fuentes), Alpha Decay, Barcelona, 2013.

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“¿Era la misma esta mañana?”; “¿Quién soy?”; “¿Qué voy a hacer yo?”; ¿Qué dirección debo tomar desde aquí?”; “¿Cómo sabes que yo estoy loca?”. Han pasado 150 años desde que Alicia se hizo estas preguntas en el país de las maravillas. El libro de Lewis Carroll, publicado por primera vez en Inglaterra el 4 de julio de 1865, sigue sentado en la mesa de los clásicos, sin temor alguno a la vejez. De la infinidad de ediciones que se han hecho de Alicia en el país de las maravillas hay una que sobresale: Alicia anotada (Akal; traducción de Francisco Torres Oliver), cuya impecable edición a cargo del matemático y ensayista Martin Gardner, recupera las ilustraciones encargadas por Carroll a John Tenniel, y desvela a pie de página algunos de los misterios a los que los lectores contemporáneos se han enfrentado.
En este breve homenaje se acompañan un extracto del poema que escribió Lewis Carroll sobre el origen de su célebre libro, fragmentos de Alicia en el país de las maravillas y algunas de las notas que Martin Gardner redactó para su Alicia anotada.  

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La “tarde dorada” del 4 de julio de 1862 el universo de la literatura tuvo una imperceptible modificación. El reverendo Robinson Duckworth, las tres hermanas Liddell —hijas del decano del Christ Church, Henry George Liddell—  y el profesor Charles Lutwidge Dodgson (Lewis Carroll, cuando firmaba libros) ocuparon las horas navegando por el Támesis. Durante la excursión, el profesor Dodgson, bajo el deseo vivo de las niñas, improvisó el cuento “Las aventuras de Alicia bajo tierra”. Los recuerdos de aquél día insólito han llegado hasta este siglo gracias a que el escritor los transformó en versos:

En plena tarde dorada
  navegamos lentamente;
pues unos brazos inhábiles,
  manejan nuestros remos,
y unas manitas pugnan en vano
  por guiar los vagabundeos.

¡Ah, crueles Tres! Pedir,
  en esas horas de sueño,
un cuento a un aliento demasiado débil
  para agitar la más leve pluma.
Pero ¿qué puede una pobre voz
  Contra tres lenguas juntas?

Prima, imperiosa, lanza
  su edicto: “A empezar”;
en tono más dulce, Secunda, espera
  que “contenga tonterías”,
mientras Tertia interrumpe
  sólo una vez por minuto. 

[…]

*En estos versos preliminares Carroll evoca aquella “tarde dorada” de 1862 en que él y su amigo el reverendo Robinson Duckworth (entonces miembro del consejo rector del Trinity College de Oxford, después canónigo de Westmisnter) llevaron a las tres encantadoras hermanas Liddel a una excusión en barca por el Támesis. “Prima” era la hermana mayor, Lorina Charlotte, de trece años. Alicia Pleasance de diez, era “Secunda”; y la hermana más pequeña, Edith, de ocho, era “Tertia”. Carroll tenía entonces treinta años. […]

El recorrido de la excursión fue de unas tres millas, empezó en Folly Bridge, cerca de Oxford, y terminó en el pueblo de Godstow. “Tomamos el té allí, en la orilla”, consigna Carroll en su diario, “y no estuvimos de regreso en el Christ Church hasta las ocho y cuarto; entonces las llevamos a mis habitaciones para que viesen mi colección de microfotografías, y las devolvimos a la residencia del decano poco antes de las nueve”. Siete meses más tarde añade a esta anotación el siguiente comentario: “en esa ocasión les conté el cuento de las aventuras de Alicia bajo tierra…”.

Veinticinco años después (en su artículo “Alicia on the Stage”, The Theatre; abril, 1887), escribe Carroll:

“Muchos días habíamos remado juntos por ese río tranquilo —las tres jovencitas y yo—, y muchos fueron los cuentos improvisados para beneficio de ellas —tanto si en ese momento el narrador estaba ‘en vena’ y le venían en tropel fantasías no buscadas o era un momento en que había que espolear a la agotada Musa para que trabajase, y seguía penosamente, más porque tenía que decir algo que porque tuviera algo que decir…—. Sin embargo, toda esa cantidad de cuentos ninguno llegó a ser escrito: nacieron y murieron como minúsculas moscas de verano, cada uno de ellos en su correspondiente tarde dorada; hasta que llegó un día en que, por casualidad, una de mis pequeñas oyentes me pidió que le escribiese el cuento. Eso fue hace muchos años, pero recuerdo claramente, mientras escribo esto, cómo, en un desesperado intento por iniciar una nueva vía del cuento fabuloso, empecé metiendo a mi heroína por una madriguera de conejo, sin la menor idea de lo que iba a suceder después”. […]

Finalmente, tenemos el testimonio del reverendo Duckworth, que se puede consultar en The Lewis Carroll Picture Book, de Collingwood:

“Yo iba de popel y él de proel en la famosa excursión a Godstow, durante las Vacaciones de Verano, con las tres señoritas Liddell como pasajeras nuestras; y el cuento se compuso y se contó literalmente sobre mi hombro, en atención a Alicia Liddell, que iba de ‘patrón’ de nuestra canoa. Recuerdo que me volví y le dije: ‘Dodgson, ¿es una de sus historias improvisadas?’ y me contestó: ‘Sí, la estoy inventando mientras navegamos’. También recuerdo perfectamente que, al volver a dejar a las tres niñas en la residencia del decano, Alicia dijo al despedirse de nosotros: ‘Señor Dodgson, quisiera que me escribiese las aventuras de Alicia’. Él contestó que lo intentaría; después me contó que había permanecido en vela casi toda la noche, pasando a un manuscrito lo que recordaba de las extravagancias con que había alegrado la tarde. Le añadió ilustraciones de su propia mano, y le regaló el libro, que solía verse a menudo sobre la mesa que hay en el salón de la residencia del decano”.

[…] al efectuarse en 1950 una comprobación del departamento meteorológico de Londres (como nos informa Helmut Gernsheim en Lewis Carroll: Photographer), los datos registrados indican que el tiempo meteorológico en las proximidades de Oxford el día 4 de julio de 1862 fue “frío y bastante lluvioso”. Hay poca probabilidad de que dicho informe sea erróneo. Tampoco es posible que Carroll fechase incorrectamente su anotación sobre el paseo en barca a Godstow, ya que su diario contiene una anotación para cada día de esa semana. La explicación más verosímil de esta lamentable contradicción es que Carroll, y más tarde Duckworth y Alicia confundieran el memorable día con alguna otra ocasión soleada en la que efectuaron una excursión parecida en barca, durante la que se contaron cuentos parecidos. […]

“Alicia empezaba a estar muy cansada de permanecer junto a su hermana en la orilla, y de no hacer nada; una vez o dos había echado una mirada al libro que su hermana estaba leyendo, pero no traía estampas ni diálogos; y ‘¿de qué sirve un libro, pensó Alicia, ‘si no trae estampas ni diálogos?’”.

*Los dibujos que [John] Tenniel hizo de Alicia no son retratos de Alicia Lidell, que tenía el pelo moreno y corto, con un flequillo recto sobre la frente. Carroll le envió a Tenniel una fotografía de Mary Hilton Badcock, otra amiguita suya, recomendándole que la utilizara para su modelo; pero se discute si Tenniel aceptó su consejo o no. Las siguientes líneas, de una carta que Carroll escribió algún tiempo después de la publicación de los dos libros de Alicia (carta que cita la señora Lennon en su libro sobre Carroll), sugieren firmemente que no fue así:

“El señor Tenniel es el único artista, que ha dibujado para mí, que se ha negado categóricamente a utilizar un modelo, y ha declarado que lo necesita tanto como yo una tabla de multiplicar para resolver un problema matemático. Me atrevo a creer que se equivocaba, ya que por falta de modelo, dibujó varios retratos de ‘Alicia’ completamente desproporcionados, con la cabeza demasiado grande y los pies demasiado pequeños”.

 “Siguió cayendo, cayendo, cayendo. No tenía otra cosa que hacer, así que en seguida se puso a hablar otra vez: ‘Creo que Dinah me va a echar mucho de menos esta noche’ (Dinah era la gata)”.

* Dinah era el nombre de una gata que pertenecía a las pequeñas Liddell. […]

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“Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedirle ayuda a quien fuese; así que cuando el Conejo estuvo cerca, empezó en voz baja y tímida: ‘Por favor, señor…’. El Conejo se sobresaltó terriblemente, se le cayeron los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y se escabulló en la oscuridad lo más de prisa que pudo”. 

* En su artículo ‘Alice on the Stage’ […], escribe Carroll:

“¿Y el Conejo Blanco qué? ¿Se encuadra en las líneas de ‘Alicia’, o está pensado como contraste? Como contraste evidentemente. Lo que en ella es ‘juventud’, ‘audacia’, ‘vigor’ y ‘rapidez de resolución’, léase: ‘madurez’, ‘timidez’, ‘debilidad’, ‘titubeo nervioso’, y nos habremos acercado a algo a lo que yo quería que fuese. Creo que el Conejo Blanco debía llevar lentes. Estoy seguro de que tenía una voz destemplada, que le temblaban las rodillas, y que su aspecto general denotaba una total incapacidad para plantarle cara a una gallina”.

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“(Alicia había ido a la playa una vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, a cualquiera de las costas inglesas que una fuese, encontraría en el agua un montón de máquinas de bañarse, niños cavando en la arena con palitas de madera, luego una fila de hoteles, y detrás una estación de ferrocarril)”.

* Las máquinas de bañarse eran unas pequeñas casetas con ruedas. Tiradas por caballos, eran arrastradas al mar hasta la profundidad deseada por el bañista, que entonces salía recatadamente por una puerta que se abría cara al mar. Un enorme quitasol detrás de la máquina de bañarse le ocultaba de la vista del público. En la playa, las máquinas de bañarse se empleaban naturalmente para vestirse y desvestirse en privado. Este pintoresco artefacto victoriano lo inventó Benjamín Beale hacia 1750, cuáquero que vivía en Margate, y fue utilizado por primera vez en la playa de Margate. […]     

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“Era hora de que lo hicieran [ir a la orilla], porque el charco se estaba llenando de aves y animales que se habían caído en él; había un Pato y un Dodo, un Lori y un Aguilucho, y varios otros bichos extraños”.

* El Pato es el reverendo Duckworth; el Lori (loro australiano) es Lorina Lidell; Edith Lidell es el Aguilucho; y el Dodo es el propio Lewis Carroll. Cuando Carroll tartamudeaba, pronunciaba su apellido “Do-Do-Dogson”; y es divertido señalar que cuando se incluyó su biografía en la Encyclopaedia Britannica, se insertó inmediatamente del término Dodo.  

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“’No podrás’, pensó Alicia, y tras esperar hasta que le apreció oír al Conejo justo debajo de la ventana, extendió súbitamente la mano, y dio un manotazo en el aire. No cogió nada, pero oyó un gritito, una caída, y un estrépito de cristales rotos, de lo que infirió que se caído en una cajonera de calabazas o algo parecido”.

* Una “cajonera de calabazas” es un bastidor acristalado que proporciona calor para hacer germinar las calabazas reteniendo la radiación solar.

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“La puerta daba directamente a una amplia cocina, llena de humo de un rincón a otro; la Duquesa estaba sentada en medio, en un taburete de tres patas, y acunaba a un niño, la cocinera estaba inclinada sobre el fogón, removiendo un gran caldero que parecía lleno de sopa”.

* Una mirada al retrato de La duquesa fea, obra del pintor flamenco del siglo XVI Quintin Matsys […] deja poca duda de que sirvió de modelo a Tenniel para la Duquesa. Se cree que la dama retratada por Matsys es Margaretha Maultasch, duquesa de Carinthia y el Tirol, que vivió en el siglo XIV. “Maultasch”, que significa “boca de escarcela”, es el nombre que le pusieron por la forma de su boca. […]

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“— Por favor, ¿me podría decir —dijo Alicia con cierta timidez, ya que no estaba segura de si era correcto que hablase ella en primer lugar— por qué sonríe su gato?
— Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—. Ahí está el porqué. ¡Cerdo!”.

* “Sonríe como gato de Cheshire” era una expresión corriente en tiempos de Carroll. Se desconoce su origen. Las dos principales teorías son: (1) Un pintor de nombre, natural de Cheshire (condado donde nació Carroll, dicho sea de paso), pintaba leones sonrientes en las enseñas de las posadas de la región […]; (2) Los quesos de Cheshire se moldeaban en otro tiempo en forma de gato sonriendo.   

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“— ¿Qué clase de gente vive por aquí?
— En esa dirección —dijo el Gato, haciendo un gesto amplio con la zarpa derecha— vive un Sombrerero; y en esa otra —hizo un movimiento con la otra zarpa—, una Liebre de Marzo. Ve a ver a quien quieras, los dos están locos”.

* Las frases “loco como un sombrerero” y “loco como una liebre de marzo” era corrientes en tiempo de Carroll, y naturalmente esa fue la razón por la que creó estos dos personajes. Tal vez “loco como un sombrerero” (“sombrerero” = “hatter”) sea corrupción de la anterior “loco como una víbora” (“víbora” = “adder”); pero más probablemente debe su origen al hecho de que hasta hace poco los sombrereros se volvían efectivamente locos. El mercurio utilizado para tratar el fieltro (hoy día existen leyes que prohíben su empleo en la mayoría de los Estados y en casi todas las regiones de Europa) eran la causa más normal de envenenamiento por mercurio. Las víctimas adquirían un temblor, llamado “del sombrerero”, que les afectaba a los ojos y miembros y les embarullaba el habla. En los estados avanzados, tenían alucinaciones y otros síntomas psicóticos. “Loco como una liebre de marzo” hace alusión a las frenéticas cabriolas de la liebre macho durante el mes de marzo, su época de celo.

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 “Había una mesa puesta bajo un árbol, delante de la casa, en la que la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomado el té; sentado entre los dos había un Lirón profundamente dormido, al que ambos utilizaban como cojín, apoyando el codo en él y hablando por encima de su cabeza”.

* Hay motivos suficientes para creer que Tenniel aceptó la sugerencia de Carroll de dibujar al Sombrerero con el parecido de Theophilus Carter, negociante en muebles que tenía su establecimiento cerca de Oxford (y carece de todo fundamento la creencia extendida en aquel momento de que el Sombrerero era una parodia del primer ministro Gladstone). Carter era conocido en la región como el Sombrerero Loco, en parte porque siempre llevaba sombrero de copa, y en parte por sus ideas excéntricas. Su invención de la “cama despertadora”, que despertaba al durmiente arrojándolo al suelo (fue expuesta en el Crystal Palace en 1851) quizá contribuya a explicar por qué el Sombrerero de Carroll está tan preocupado por el tiempo, así como por despertar a un lirón soñoliento. […]

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“— Necesitas un corte de pelo —dijo el sombrerero; hacía rato que miraba a Alicia con mucha curiosidad, y eso fue lo primero que dijo.
— Debería aprender a no hacer comentarios personales —dijo Alicia con cierta severidad—; es de muy mala educación.
El sombrerero abrió los ojos desmesuradamente al oír esto; pero todo lo que dijo fue:
—¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?”.

* El famoso acertijo sin respuesta del Sombrerero Loco fue objeto de muchas especulaciones en tiempos de Carroll. La solución que dio (en un nuevo prefacio que escribió para la edición de 1896) es la siguiente:

“Me han hecho tantas preguntas sobre si cabe imaginar alguna solución a la Adivinanza del Sombrerero, que me parece oportuno consignar aquí lo que considero una respuesta bastante apropiada; a saber: ‘en que puede producir unas cuantas notas, aunque muy deprimentes ¡y nunca se pone con lo de atrás delante!’. Pero ésta es una mera solución a posteriori; la Adivinanza, tal como quedó originalmente, carecía de solución”.

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“La reina se puso congestionada de furia, y, tras lanzarle una mirada felina, empezó a gritar: ‘¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten…!”.

* “Imaginé a la Reina de Corazones”, dice Carroll en su artículo “Alice on the Stage”, […] “como una especie de encarnación de la pasión irrefrenable… como una Furia ciega y caprichosa”. […]

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— Un gato puede mirar a un rey —dijo Alicia—. Lo he leído en un libro, aunque no recuerdo en cuál.

* “Un gato puede mirar a un rey, es un conocido proverbio inglés, y se refiere a que hay cosas que un inferior puede hacer en presencia de un superior.

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Fuente: Lewis Carroll, Alicia Anotada, edición de Martin Gardner, Akal, Madrid, 2010.

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El ideal de la ciudadanía no es la libertad sino el agradecimiento.

 

En este país, sólo el poder tiene voz.

 

La democracia, he allí la meta inútil.

 

La despolitización empieza advirtiendo el trágico destino de los muy politizados.

 

Sin influencias políticas no se existe, no se es Alguien o la promesa de ser Alguien.

 

Todo es política aunque quién sabe de qué manera y a beneficio de quién y en dónde.

 

Los mejores deportistas serán los mejores diputados suplentes.

 

La clase gobernante desprecia lo que ve o cree ver.

 

La Democracia puede ser también la importancia súbita de cada persona.

 

Si el gobierno no rinde cuentas a nadie, sólo a medias es gobierno.

 

Gobernar es jamás compartir el mando.

 

Quien incurre en la autocrítica está dejando de gobernar.

 

La lógica autoritaria: te impido realizar elecciones o te ceso porque no celebras elecciones.

 

La política es el arte de vender simultáneamente el gozo de la estabilidad y la paranoia del caos.

 

Así como vamos, es más fácil que lleguemos por descuido a la democracia que al tránsito a la democracia.

 

Fuente: Autoayúdate que Dios te autoayudará. Aforismos de Carlos Monsiváis, prólogo, investigación y selección de Francisco León, Seix Barral, México, 2011).

Roman_Election

 

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el-libro-de-la-imaginacion

Edmundo Valadés, narrador de pluma firme, se distinguió también como lector generoso. Durante años fue acumulando asombros literarios que, al final, decidió compartir en un libro que invita a llevarlo siempre con uno. El libro de la imaginación es una antología de más de cuatrocientos textos, editado por segunda ocasión bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, a propósito del centenario del nacimiento de Valadés. Por sus páginas navegan sueños, amores, fantasmas, la muerte, el cielo, el infierno… Imposible no caer en la tentación de presentar un puñado de esas inquietantes ficciones.


Página asesina
En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

Julio Cortázar, Historias de cronopios y famas

La prueba
Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?

S.T. Coleridge

El cuento soñado
¿Y… si, como yo soñé haber escrito este cuento, quien lo lee ahora simplemente sueña que no lo lee?

Álvaro Menén Desleal, Cuentos breves y maravillosos

Escalofriante
Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean la puerta.

Thomas Bailey Aldrich, Works

Despertar
—¿Dice usted que esta casa no existe, que usted es un fantasma? ¿Pues dónde estoy?
—En el despertar de un sueño.

Nicio de Lumbini

Pregunta
¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable —por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.

James Joyce, Ulises

De “L’Osservatore”
A principios de nuestra era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al papa reinante, ya que desde hace más de quince siglos las puertas del Reino de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.

Juan José Arreola, Prosodia

Lágrimas
En sus Memorias, Alejandro Dumas dice que era un niño aburrido, aburrido hasta llorar. Cuando su madre lo encontraba así, llorando de aburrimiento, le decía:
—¿Por qué llora Dumas?
—Dumas llora porque Dumas tiene lágrimas —contestaba el niño de seis años.

Gaston Bachelard

Teoría
San Agustín se confesaba ignorante respecto a la razón de Dios para crear moscas. Lutero resolvió más atrevidamente que habían sido creadas por el diablo, para distraerlo a él cuando escribía buenos libros. Esta íntima opinión es ciertamente plausible.

Bertrand Rusell

El sol
Los ojebways imaginaron que el eclipse significaba que el sol estaba extinguiéndose y, en consecuencia, disparaban al aire flechas incendiarias, esperando que pudieran reavivar su luz agonizante.

James George Frazer, La rama dorada

La nave
Pero ¿cómo no se les ocurrió antes que la Tierra podía ser dirigida hacia una órbita propuesta de antemano y que así el hombre viajaría hacia cualquier lugar del espacio a bordo de su propio planeta?

Nicio de Lumbini

Sansón y los filisteos
Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada de los filisteos.
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.
Únete siempre a los filisteos.

Augusto Monterroso

Compensación
Tres clases de personas no verán nunca el Infierno: los que han padecido las aflicciones de la pobreza, dolencias intestinales y la tiranía del gobierno romano. Algunos añaden: y el que tiene una mala esposa…

Eruvín, El Talmud

Teléfono
¡Qué bonita estabas ayer noche por teléfono!

Sacha Guitry

La Venus de Milo
¿Qué cómo, en fin, tenía yo los brazos? Verá usted; yo vivía en una casa de dos piezas. En una me vestía y en la otra me desnudaba. Y siempre ha habido curiosos que se interesan en ver y suponer. Ahora usted me querría ver los brazos. Entonces ellos querrían verme lo que usted ve. Y yo, en ese momento, trataba de cerrar la ventana.

Salvador Novo, Ensayos y poemas

A una mujer
En un tiempo te conocí, pero si nos encontramos en el Paraíso, seguiré mi camino y no daré vuelta la cara.

Robert Browning

Del aviso oportuno
Hombre joven, pobre, mediocre, 21 años, manos limpias, se casaría con mujer, 24 cilindros, salud, erotómana o que hable anamita. Escribir a Jacques Rigault, 73, boulevard Montparnasse, París 6.

En un diario parisiense de 1921

Otro tornillo
¿La pulquería es una reminiscencia oscura de la casa de rosas, el tablado de la farsa indígena, donde Xochiquetzalli daba de beber y de fumar a los dioses cazadores de pájaros, maestros de la cerbatana, cuando caían dulcemente fatigados?
—Asina se me hace, sí siñor, pero empújese asté otro tornillo.

José Gorostiza

Fórmula mágica
Dícese que uno puede volverse invisible invocando los siete planetas, la región de la tristeza, la cabellera bifurcada de las furias, el fuego azul de Platón y el árbol de Hécate.

Pompeyo Gener, La muerte y el diablo

Ingenuo
—Y fuera de esto, señora Lincoln, ¿disfrutó usted la pieza?

Carlos Monsiváis

Último Deseo
Esto no tiene remedio. Yo sé que me voy. Sólo quiero un último favor: que me sepulten en el cementerio de Montparnasse… Y si no es mucho pedir consiga usted una fosa contigua a la barda que da al bulevard, para que desde allí pueda yo descansar oyendo el taconeo de las muchachas de barrio…

Julio Ruelas, a Jesús Luján, en su lecho de muerte

Don
Un hada le había concedido el don de abrir cualquier diccionario justamente en la página donde se hallaba la palabra buscada.

Julio Torri

El pañuelo
La mitología malaya habla de un pañuelo, sansistab kalah, que se teje solo y cada año agrega una hilera de perlas finas, y cuando esté concluido ese pañuelo, será el fin del mundo.

W.W. Skeat

Creación
No era sino la primera noche, pero una serie de siglos la había precedido.

Rafael Cansinos-Assens

La muerte
Poned en mi tumba un bote salvavidas, porque uno nunca sabe…

Robert Desnos

Astucia
La más bella astucia del diablo es convencernos de que no existe.

Baudelaire

Ilusión
El hombre de un momento pretérito ha vivido, pero no vive ni vivirá; el hombre de un momento futuro vivirá, pero no ha vivido ni vive; el hombre del presente vive, pero no ha vivido ni vivirá.

El Visuddhimagga

Los perjudicados
El cielo es la obra de los mejores y más bondadosos hombres y mujeres. El infierno es la obra de los presumidos, de los pedantes y de los que se dedican a decir verdades. El mundo es un intento de sobrellevar a unos y a otros.

Samuel Butler, Note-Books

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