cercas-sm

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) visitó en estos días la Ciudad de México para presentar su más reciente libro, El monarca de las sombras (Literatura Random House). De la conversación que sostuvo con una veintena de jóvenes escritores en la Fundación para las Letras Mexicanas destacamos los siguientes pasajes.


La literatura es una invitación a rebelarse contra la realidad, a decir que es más compleja de lo que tú crees y a negar las verdades taxativas, inequívocas, las verdades que lo explican todo.

Yo tuve muy poca relación con los escritores cuando era joven y me hubiese venido muy bien, al menos para ahorrarme tiempo, para evitar determinados errores que cometí, que podría haber cometido igual, pero en menos tiempo. 

Mis libros efectivamente guardan relación con la historia, con la política. Eso es lo que a mí me da a conocer, me va a recibir la transición de grandes temas, etcétera. Pero yo tengo que deciros que no empecé así como escritor, tengo que deciros que a mí la historia me importa mucho, la política me importa mucho, pero a mí lo que me importa son las palabras, la forma. Un escritor es ante todo un tipo que piensa acertadamente, que a través de la forma de la batalla con las palabras, de la estructura, se puede llegar a lugares donde no se puede llegar de ninguna otra manera; que la narrativa, en particular las novelas, y la poesía, pueden decir cosas que ningún otro género literario puede decir, que nada distinto puede decir.

Nosotros somos formalistas. Un escritor que no es formalista no es un escritor, porque la literatura es forma; en la literatura la forma de algún modo es el fondo. 

Una buena historia bien contada es una buena historia; una buena historia mal contada es una mala historia. 

La historia de El Quijote es una tontería, es un señor que se vuelve loco leyendo libros de caballerías. Pero Cervantes convierte eso en una gran cosa. ¿Cómo? A través de la forma. La literatura es forma.

El instante es del presente, pero lo que lo dota verdaderamente de significado es el pasado y el futuro.

Voltaire decía que sólo los idiotas no se contradicen tres veces al día. Yo me contradigo todo lo posible, no siempre me lleva tres veces al día; a veces estoy de acuerdo conmigo mismo. 

Las ideas son claras, las novelas son otra cosa: te van construyendo a ti mismo, van construyendo lo que eres.

Hannah Arendt dijo: “Kafka no busca la belleza, busca la verdad”, suponiendo que belleza y verdad sean cosas distintas, que no lo son. En literatura belleza y verdad para mí son la misma cosa, como para Keats en unos versos famosos.

flm

En las novelas que yo aprecio, en las novelas de punto ciego como les llamo yo, no hay una respuesta; al final de la búsqueda no hay una respuesta, la respuesta es la propia búsqueda, la propia pregunta, el propio libro. No hay respuestas claras, nítidas, taxativas, no fue el mayordomo, no fue la suegra, sino que son respuestas ambiguas, contradictorias.

No hay que escribir para que te afecten, no hay que escribir para los críticos, quien escriba para los críticos está acabado, ni para que te reseñen. Hay que escribir lo que uno lleva en las tripas porque es la única manera de escribir algo bueno. Hay que escribir, sí, no hay de otra, hay que olvidarse de todo y sólo pensar en satisfacer al lector que uno lleva. Yo sólo conozco a un lector de verdad, que soy yo mismo. Tengo que intentar satisfacerme a mí mismo, el público no existe, cada lector es distinto, sólo tengo que pensar en mí mismo, los escritores tenemos que ser salvajemente egoístas. Eso es para hacer algo de provecho.

Escribir es reescribir y reescribir es más divertido que escribir incluso, por lo menos para mí; cuando ya tengo el manuscrito y empiezo a reescribir y a darle, a pegarle ahí, eso es fantástico.

La honestidad consiste en ser fiel a lo que te importa de verdad y donde hay algo trascendente para ti. Puede ser cualquier cosa. Sólo uno sabe lo que de verdad le importa.

Pongo como ejemplos ni más ni menos que a Kafka y a Borges. Los que creíamos que eran lo contrario del escritor comprometido, la antítesis del escritor comprometido, a su modo lo eran. Hay que reformular eso.

Uno entiende mejor qué es lo que significa escribir con las tripas cuando lee a Dostoievski.

Yo he enseñado literatura española durante muchos años y más bien yo me he querido escapar de la tradición española.

El vientre de la ballena es la tercera novela que publiqué y es la única novela que yo he querido reescribir, las otras digamos que me parece bien como están, pero ésta, cuando pensaba en ella, decía: “esta novela no funciona”.

Vivimos una especie de dictadura del presente y la literatura es una batalla contra esa dictadura creada evidentemente por los medios de comunicación, que tienen un poder abrumador.

Cuando hablo del presente no lo hago sólo desde un punto de vista político, sino también individual y moral.

Los medios de comunicación no reflejan la realidad, la crean; lo que no aparece en los medios no existe.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Leer completo
Juan Rulfo se caracterizó por ser esquivo con varios entrevistadores. Y las excepciones tal vez podrían contarse con los dedos de las dos manos. De mi relectura de ese breve corpus conversacional destaco cuatro entrevistas —con Fernando Benítez, Juan Cruz, Elena Poniatowska y Joseph Sommers— en las que Rulfo revela —o aparenta revelar con brutal sinceridad— claves de su obra y deja entrever su personalidad y temperamento.

Lecturas e influencias

• Me gustan mucho los cronistas de los siglos XVI, XVII y XVIII, y me gustan por su forma de escribir, por la frescura del lenguaje. Estos hombres escribieron en la lengua del siglo XVI. Es un lenguaje muy fresco, que actualmente en España mismo es arcaizante, pero para nosotros no lo es. En la región de donde yo soy aún se habla ese lenguaje. Entonces, el hecho de que yo lea crónicas tanto de la conquista como crónicas religiosas o de la historia de México se debe a que además de que me enseñan historia es un gran placer leer a estos hombres; ellos escribieron de una forma muy espontánea, sin saber que los iban a leer nunca.

• [Influyeron] las obras de Knut Hamsun, las cuales leí —absorbí realmente— en una edad temprana. Tenía unos catorce o quince años cuando descubrí este autor, quien me impresionó mucho, llevándome a planos antes desconocidos. A un mundo brumoso, como es el mundo nórdico, ¿no? Pero que al mismo tiempo me sustrajo de esta situación tan luminosa donde vivimos nosotros —este país tan brillante, con esa luz tan intensa—. Quizá por cierta tendencia a buscar precisamente algo nublado, algo matizado, no tan duro y tan cortante como era el ambiente en que uno vivía. Entonces, de los autores nórdicos, Knut Hamsun fue en realidad el principio, pero después continué buscándolos, leyéndolos, hasta que agoté los pocos autores conocidos en ese tiempo, como Boyersen, Jens Peter Jacobsen, Selma Lagerlöf. Para mí fue un verdadero descubrimiento Halldór Laxness —eso fue mucho antes de que recibiera el premio Nobel—. De modo que yo sentía una especie de simpatía hacia esos autores. Me daban una impresión más justa, o mejor, más optimista que el mundo un poco áspero como era el nuestro.

• No creo que García Márquez esté influido por mí. García Márquez es otra cosa: es García Márquez, un gran novelista, un gran escritor, que también fue trabajando su obra escalón por escalón.

• Arreola es un estilista nato influenciado mucho por Borges. Él tiene la ventaja de la memoria. Es un estilista en realidad, cosa que muchos de nosotros no. No nos fijamos bastante en el estilo.

• Yo tuve en la casa la biblioteca del cura de mi pueblo, porque estalló la cristiada, una rebelión cristera, y entonces el cura guardó su biblioteca en mi casa, y ahí leí desde Emilio Salgari a Alejandro Dumas, todo; era un cura muy raro, porque no tenía casi libros religiosos, ni novenas, ni cosas así, sino que tenía muchos libros de historia y de novela, tenía mucho de novela y tenía todas las obras de Victor Hugo, de Alejandro Dumas. También tenía el Índice, el famoso Index Papal, las obras prohibidas. […] recogía de las casas los libros con el pretexto de que era censor oficial, para decirles a las familias si podían leer los hijos esos libros, si estaban autorizados por la Iglesia para ser leídos. Entonces, con ese pretexto, se apoderaba de todos los libros que había en el pueblo y era el único que tenía biblioteca.

Pedro Páramo

rulfo

• […] vuelvo al punto del posible negativismo de Pedro Páramo. No creo que sea negativo, sino más bien algo como lo contrario, poner en tela de juicio estas tradiciones nefastas, estas tendencias inhumanas que tiene como únicas consecuencias la crueldad y el sufrimiento.

• La idea [de Pedro Páramo] me vino del supuesto de un hombre que antes de morir se le presenta la visión de su vida. Yo quise que fuera un hombre ya muerto el que la contara. Originalmente sólo Susana San Juan estaba muerta y desde la tumba repasaba su vida. Allí, entre las tumbas, estableció sus relaciones con los demás personajes que también habían muerto. El mismo pueblo estaba muerto. Debo decirte que mi primera novela estaba escrita en secuencias, pero advertí que la vida no es una secuencia.

• Bueno, para mí también, en realidad, [Pedro Páramo] es oscura. Creo que no es una novela de lectura fácil. Sobre todo intenté sugerir ciertos aspectos, no darlos. Quise cerrar los capítulos de una manera total. Se trata de una novela en que el personaje central es el pueblo. Hay que notar que algunos críticos toman como personaje central a Pedro Páramo. En realidad es el pueblo. Es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen, se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que los únicos que regresan a la tierra (es una creencia muy popular) son las ánimas, las ánimas de aquéllos muertos que murieron en pecado. Y como era un pueblo en que casi todos morían en pecado, pues regresaban en su mayor parte. Habitaban nuevamente el pueblo, pero eran ánimas, no eran seres vivos.

• […] en realidad nunca he usado, ni en los cuentos ni en Pedro Páramo, nada autobiográfico. No hay páginas allí que tengan que ver con mi persona ni con mi familia. No utilizo nunca la autobiografía directa. No es porque yo tenga algo en contra de ese modo novelístico. Es simplemente porque los personajes conocidos no me dan la realidad que necesito, y que me dan los personajes imaginados.

Muerte e infancia

• Tal vez en lo profundo haya algo que no esté planteado en forma clara en la superficie de la novela. Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y de crueldades.

• [Jalisco] Es un estado montañoso, en parte montañoso; está cruzado por la sierra occidental y también es plano en algunas partes, tiene variedad de climas, en las montañas es frío, pero en las llanuras, que están casi a trescientos o cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, y muy lejos del mar, le llaman la tierra caliente, precisamente. Es una zona, una faja de tierra que abarca varios estados del occidente del país, que se llama la tierra caliente. En esa región es donde se ubican más o menos mis historias, en la zona de la tierra caliente. […] Bueno, recuerdos simplemente no los hay, sino lo único que hice fue ubicarme en esa región, porque la conozco algo, porque la conozco, y porque la infancia es lo que más influye en el hombre. O sea, es una de las cosas que menos se olvida, que más persiste en la memoria de cualquier hombre y, efectivamente, hay el ambiente, la atmósfera, la luz, la misma situación social, todo eso lo recuerdo y por eso decidí ubicar todo lo que he hecho en esa región.

• [La obsesión de la muerte] Tal vez fue cosa de la infancia. Mi abuelo murió cuando yo tenía cuatro años; tenía seis cuando asesinaron a mi padre porque, tú sabes, después de la revolución quedaron muchas gavillas. Mi padre tenía autorización para confirmar del obispo de Papantla, pues en tierras agitadas podían delegar ese sacramento en los seglares. Recaudaba el dinero de las confirmaciones y lo daba a los curas. Regresaba de una gira cuando fue asaltado y muerto por los gavilleros. Tenía treinta y tres años. Mi madre murió cuatro años después. Entretanto mataron a dos hermanos de mi padre. Luego, casi en seguida, murió mi abuelo paterno. Murió de tristeza porque al que más quería era a mi padre, su hijo mayor. Otro tío mío murió ahogado en un naufragio, y así, de 1922 a 1930 sólo conocí la muerte.

El proceso creativo

• No puedo saber hasta ahora qué es lo que me lleva a tratar los temas de mi obra narrativa. No tengo un sentido crítico-analítico preestablecido. Simplemente me imagino un personaje y trato de ver a dónde este personaje, al seguir su curso, me va a llevar. No trato yo de encauzarlo, sino de seguirlo aunque sea por caminos oscuros. Yo empiezo primero imaginándome un personaje. Tengo la idea exacta de cómo es ese personaje. Y entonces lo sigo. Sé que no me va a llevar de una manera en secuencia, sino que a veces va a dar saltos. Lo cual es natural, pues la vida de un hombre nunca es continua. Sobre todo si se trata de hechos. Los hechos humanos no siempre se dan en secuencia. De modo que yo trato de evitar momentos muertos, en que no sucede nada. Doy el salto hasta el momento cuando al personaje le sucede algo, cuando se inicia una acción, y a él le toca accionar, recorrer los sucesos de su vida.

México

• Yo no reflejo los problemas de mi país, aunque sí toco los temas sociales, el tema del campesino, del fanatismo, de la superstición, un poco de la magia y de la mitología y del sincretismo religioso.

• La Ciudad de México es una de las ciudades más sórdidas del mundo y donde toda la gente está histérica, es una ciudad de una explosión demográfica terrible.

Una pura nada

• Pues yo pienso que soy un pobre diablo, así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado. […] Eso sí, tengo mis ocurrencias. Pero lo que no me gusta es la gente, hablar en público, no me siento bien, nada bien. Me entra el pánico, me deprimo mucho, por eso te digo que soy deprimido, me entra la depresión baja y siempre tengo la presión baja, entonces me entra una depresión más baja que la depresión.

• No recuerdo por ahora quién dijo que el hombre era una pura nada. No algo, ni cualquier cosa, sino una pura nada. Y yo me siento así en este instante; quizá porque conociendo lo flaco de mis limitaciones jamás elaboré un espíritu de confianza; jamás creí en el respeto propio.

• La literatura es ficción y, por lo tanto, es mentira.

 

Fuentes:

Fernando Benítez, “Conversaciones con Juan Rulfo”, Juan Rulfo. Homenaje nacional, INBA/SEP, México, 1980, en Federico Campbell (selección y prólogo), La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica, Ediciones Era/Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, México, 2003, pp. 541-548.

Juan Cruz, “Juan Rulfo: ‘No puedo escribir sobre lo que veo’”, El País, Madrid, 19 de agosto de 1979.

Elena Poniatowska, “¡Ay vida, no me mereces! Juan Rulfo, tú pon cara de disimulo”, Juan Rulfo. Homenaje nacional, INBA/SEP, México, 1980, en Federico Campbell (selección y prólogo), La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica, Ediciones Era/Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, México, 2003, pp. 522-540.

Joseph Sommers, “Los muertos no tienen tiempo ni espacio (un diálogo con Juan Rulfo)”, Siempre! La Cultura en México, número 1051, México, 1973, en Federico Campbell (selección y prólogo), La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica, Ediciones Era/Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, México, 2003, pp. 517-521.

 

Alejandro García Abreu

Ensayista y editor.

Leer completo

La obra de Sergio Pitol está marcada por la indagación en los mecanismos de la memoria. Constantemente explora los significados de las reminiscencias y las alusiones, cuestiona la naturaleza de los recuerdos y la ficción, aborda la idea del olvido y considera que la remembranza es un arte. Los subrayados siguientes —ejercicios de relectura entreverados para celebrar su cumpleaños 84— constatan esas inquietudes.


memoria

• La infancia es una caja fuerte que, estimulada por la memoria, se transforma en caja de Pandora. Encapsulados, allí se encuentran todos los registros sensoriales del niño, los mayores miedos, los rencores, la incapacidad de entender la errática conducta de los mayores, su incongruencia. Estoy cada vez más rodeado de la infancia, inserto en ella; me asaltan las imágenes y las voces del pasado, los ecos de esas voces de repente me aturden, pero permito que me lleguen.

• El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria.

• En cierta forma se trataría de una investigación sobre los mecanismos de la memoria: sus pliegues, sus trampas, sus sorpresas.

• Ahora, cincuenta y pocos años después, al pasear por las calles de esta ciudad voy encontrando algunas huellas de esa estadía, algunos jirones de memoria comienzan a activarse, pero otros se resisten a salir a flote.

• Anotó, anotó todo lo que la memoria le arrojaba sin preocuparle la calidad de materiales que ese aluvión incontenible le ofrecía, sabedor de que sobre algunas de esas anécdotas en apariencia triviales se edificaría el relato […].

• Seguiré las entradas del diario y las complementaré con la memoria hasta donde pueda lograrlo.

• Y fue en el aeropuerto de Bujara (mientras esperábamos el avión que debía llevarnos a Samarcanda y se hablaba del fuego y yo me angustiaba por haberlo olvidado) cuando comenzaron a surgir los viejos recuerdos que habían estado tratando de afluir desde la noche anterior […].

• Si mi recuerdo de la novela se confundía con la imagen de una reclusión total del escritor, su aislamiento, se debe en buena parte a que una de sus frases “se debe morir para la vida si se pretende ser cabalmente un creador” ha sido citada mil veces para ejemplificar la decisión del escritor a no comprometerse más que consigo mismo.

• Las conversaciones, los hechos, todo se aglutina en una especie de tiempo único que suma esos meses de diciembre de los varios años en que fue y dejó de ser un niño. Sobre todo porque desde hace mucho había dejado de pensar en esa época, la tiene enterrada en la memoria, casi podría decir que ahora la detesta, no obstante haber sido en otro tiempo esas vacaciones al trópico lo más semejante al paraíso que podía concebir.

• A diferencia de los sueños, o de los recuerdos que evocamos o que inesperadamente nos atacan, en estos retratos que la hipnosis me regala los detalles son muy precisos.

• Del día siguiente no recuerdo nada. En mi diario no hay más que unos cuantos renglones poco entendibles: “hay algo tenso en el ambiente”, o “nos han hecho un círculo de hielo”. “Enrique dice que me estoy poniendo paranoico.” […] También yo lo recuerdo como espejismo.

• No concibo a un novelista que no utilice elementos de su experiencia personal, una visión, un recuerdo proveniente de la infancia o del pasado inmediato, un tono de voz capturado en alguna reunión, un gesto furtivo vislumbrado al azar, para luego incorporarlos a uno o varios personajes. El narrador hurga más y más en su vida a medida que su novela avanza. No se trata de un ejercicio meramente autobiográfico; novelar a secas la propia vida resulta, en la mayoría de los casos, una vulgaridad, una carencia de imaginación. Se trata de otro asunto: un observar sin tregua los propios reflejos para poder realizar una prótesis múltiple en el interior del relato.

• Pero no confío en mi memoria, por eso estoy encerrado en La Pradera.

• En mis narraciones soy más bien un personaje enmascarado, que se mueve en los corredores, un observador de las tramas para despejar las oscuridades de la obra, o encapotarlas más: dejémoslo así.

• En mis libros abundan los excéntricos, quizás en demasía, pero es natural. Recuerda, Carlos [Monsiváis], nuestra adolescencia y verás que nos movimos entre ellos. Nuestro amigo Luis Prieto, el rey de los excéntricos, nos condujo a ese mundo. Hablábamos un lenguaje que poca gente entendía. Y en mis largos años en Europa, sobre todo en Polonia y la Unión Soviética, mi mundo era ése.

• Todo esfuerzo consciente de la memoria por recuperar algunos espectros del pasado logran convocar sólo unos cuantos de sus rasgos; poco o nada parece palpitar en ellos. De pronto, la aparición inesperada de un detalle imprevisto hace que tenga uno que defenderse con todas las fuerzas del pasado; tan vehemente, agobiadora y embriagante puede ser su presencia.

• Cuando escribo algo referente a mi autobiografía —crónicas de viajes, ciertos acontecimientos en que por propia voluntad o puro azar fui testigo, presencias de amigos, maestros, escritores o artistas a quienes he conocido, y, sobre todo, las frecuentes incursiones en el imprevisible magma de la infancia—, sospecho que el ángulo de visión nunca ha sido adecuado, que el entorno es anormal, a veces por una merma de realidad, otras por un peso abrumador de detalles. Soy entonces consciente de que al tratarme como sujeto o como objeto mi escritura queda infectada por una plaga de imprecisiones, errores, desmesuras u omisiones. Persistentemente me convierto en otro. De esas páginas se desprende un corpúsculo de realidad logrado por efectos plásticos, pero rodeado de neblina. Supongo que se trata de un mecanismo de defensa. Me imagino que produzco esa evasión para apaciguar una fantasía que viene de la infancia: un deseo perdurable de ser invisible. Ese sueño de invisibilidad me acompaña desde que tengo memoria y subsiste hasta ahora; anhelo ser invisible y moverme entre la gente.

• No puedo casi imaginar si no veo algo, oír una conversación, ver una cara con determinada expresión que después, a veces muchos años después, brota de la memoria. Todo empieza a esbozarse muy vagamente; de pronto en medio de esa vaguedad comienzo a estructurar una historia que se anuda con algunas preocupaciones inmediatas.

• La escritura se enriquece con lecturas, ¡quién lo duda!, pero su acción sólo se volverá fecunda si llega a rozar la sombra de una experiencia personal, de un imaginario específico, quizás de una memoria genética. El escritor está condenado desde el inicio, aun aquel que ha cambiado de lengua, a responder a los signos que una cultura le ha marcado.

Fuentes: Cementerio de tordos, Océano, México, 1982; nexos, México, septiembre de 1989; Los mejores cuentos, presentación de Enrique Vila-Matas, Anagrama, Barcelona, 2005; Ícaro, Almadía, Oaxaca, 2007; Una autobiografía soterrada (Ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones), Almadía, Oaxaca, 2010.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Leer completo
Hace 100 años nació Elena Garro (1916-1998), escritora mexicana que arrojó luz a la literatura nacional del siglo XX. Su obra es clara, contundente y sin sosiego. Para celebrar el centenario de la narradora, presentamos algunos fósforos sobre el amor, la muerte y los sueños, extraídos de las novelas, obras de teatro y cuentos, incluidos en Elena Garro. Antología (selección y prólogo de Geney Beltrán Félix,Cal y arena).

elena-garro


Nunca había visto a un muerto, y la muerte era un hecho lejano que en realidad era poco probable que ocurriera, aunque era seguro que todos éramos mortales. Me sentí invadida por una melancolía repentina y me rehusé a pensar en Natalia. De pronto, la mirada de mi padre me sobresaltó.

(Un traje rojo para un duelo)

 

Había descubierto que para Frank el amor era la degradación del ser amado, ni siquiera era la destrucción. Se volvió a mirar a los cipreses que desfilaban como sombras frente a los hoteles apagados. Continuaba lloviendo.

(Reencuentro de personajes)

 

Porque la palabra amor que él repetía junto a su rostro, variaba las imágenes, transfiguraba la realidad y la proyectaba a un mundo diferente.

(“Luna de miel”)

 

Yo estaba absorta en el salón ante el misterio insondable de la muerte.

(Un traje rojo para un duelo)

 

Andrés: No hables de muerte ¿Qué tiene que ver la muerte con el amor? ¡Es atroz!
Clara: El amor es lo único que puede salvarnos de ella. Yo seguiré viviendo en ti y tú seguirás viviendo en mí. Y luego seremos uno, indivisible.

(La señora en su balcón)

 

De toda su persona se desprendía un aire melancólico, se diría que a su alrededor flotaba una niebla y que Eddy andaba perdido en un bosque adusto. Dejó caer las manos y contempló el vacío unos segundos, perdido en algún recuerdo doloroso.

(Reencuentro de personajes)

 

Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe […] que el tiempo y el amor son uno solo.

(“La culpa es de los tlaxcaltecas”)

 

La levantó para abrazarla y los dos se besaron. El cuarto quedó en silencio, habitado por la extraña presencia del amor, suspendido en un tiempo misterioso y eterno.

(“Luna de miel”)

 

Javier (en voz más baja): La voz del hombre en los silencios de la noche, es extranjera al hombre. Tiene ojos para ver su fin. ¿Crees que los perros ven venir la muerte con sus ojos? No, la ven con el aullido.

(Los perros)

 

Entre sueños, en su cama de dosel verde, recordó Lausanne, el Beau Rivage, la ventana del comedor y la carita pegada a los vidrios. “Creo que estoy en un círculo de locos” y el sueño pesado se apoderó de ella.

(Reencuentro de personajes)

 

Perdíamos cuerpo y el mundo había perdido cuerpo. Por eso nos amábamos con el amor desesperado de los fantasmas.

(“Perfecto Luna”)

 

Hombre I: No llames a la muerte, muchacho, la muerte se pasea sola y se aparece a cualquier hora.
Hombre II: No la llames, muchacho, ella vela tus pasos y los míos, no hace ruido y sola nos envuelve en su espesa mata de pelo para desapartarnos de este oscuro mundo.

(El rastro)

 

Verónica se recostó en la cama, sin desvestirse; estaba confundida por las evocaciones de Frank, que permanecían intactas en su memoria. Frank desapareció de su presencia sin hacer ruido. Recordó lo hablado en el bar, la carita, Scott Fitzgerald, Frank, sus padres, todo pertenecía a un pasado remoto y presente en su amigo. ¿Qué había en aquel pasado doloroso?

(Reencuentro de personajes)

 

El tiempo de soñar había terminado. La memoria había escapado a la memoria: quedaba sólo una hoja en blanco mojada por las lágrimas de los cuatro.

(“Las cuatro moscas”)

 

Nada se concluía, nada tenía fin, nada terminaba, ni siquiera hacer el amor. Un espacio vacío se formaba alrededor de ella y de Frank, y en ese espacio todo carecía de continuidad.

(Reencuentro de personajes)

 

Tuve la impresión de que la muerte era sólo el paso de lo imperfecto a lo perfecto y que mi abuelo, al cruzar el umbral hacia la perfección de la belleza, había dejado tras de sí el resplandor del misterio entrevisto, que ahora flotaba magnetizando la luz, las flores y los muebles.

(Un traje rojo para un duelo)

 

Su tristeza frente a la hermosura de las colinas no hacía sino que éstas se volvieran culpables de la suerte de aquel joven indefenso privado del amor.

(Primer amor)

 

Caminaron por la ciudad, se detuvieron frente a las Puertas del paraíso. “Un día las cruzaré y entonces todo esto habrá terminado”, se dijo ella con alivio.

(Reencuentro de personajes)

 

Clara de 50 años: ¿Qué voy a hacer? Iré al encuentro de Nínive y del infinito tiempo. Es cierto que ya he huido de todo. Ya sólo me falta el gran salto para entrar en la ciudad plateada. Quiero ir allí, al muladar en donde me aguarda con sus escalinatas, sus estatuas y sus templos, temblando en el tiempo como una gota de agua perfecta, translúcida, esperándome, intocada por los compases y las palabras inútiles. Ahora sé que sólo me falta huir de mí misma para alcanzarla. Eso debería haber hecho desde que supe que existía. Me hubiera evitado tantas lágrimas. Eran inútiles las otras fugas. Sólo una era necesaria.

(La señora en su balcón)

 

A mí me da miedo ir y me da más miedo negarme. Ese suicidio me quita el sueño…

(Reencuentro de personajes)

 

La tía Angustias me relató el suicidio de mi abuelo con voz de sibila, y durante mucho tiempo tuve sueños atroces.

(Un traje rojo para un duelo)

 

“Al final tendré que suicidarme”, se dijo. Apagó la luz para no ver aquellos pelos que la aterraban y el cuarto quedó en tinieblas. “Si muero ¿adónde iré, a las tinieblas o a la luz?”, se preguntó. Dos lágrimas hirvientes saltaron de sus ojos secos produciéndole dolor.

(Reencuentro de personajes)

En lo alto, el cielo iba de un azul a otro, sin una nube, con los pinos reflejados en su superficie lisa.

Wie mein Glück ist mein Lied. —Willst du im Abendrot
Froh dich baden? Hinweg ists! und die Erd ist kalt,
Und der Vogel der Nacht schwirrt
Unbequem vor das Auge dir.

La estrofa de Hölderlin dicha por la voz profunda de Siegfried subió por las colinas rojizas que en ese instante empezaban a palidecer; la brisa fría del mar sopló sobre ellas y el grupo de jóvenes guardó silencio.

(Primer amor)

 

La miró con tristeza y se quejó de un fuerte dolor en la nuca. Hablaba interrumpiéndose, era como si sólo le quedaran frases sueltas o comentarios amargos sobre sucesos que había olvidado.

(Reencuentro de personajes)

 

En la casa reinaba un aire apacible, como si un viento suave hubiera barrido el dolor insoportable de unos minutos antes. Entré a la habitación en la que yacía mi abuelo muerto. ¿Muerto? No lo creí. Acostado y muy pálido, parecía sonreír lige­ramente. Cerca de la cama había una palangana llena de sangre.

(Un traje rojo para un duelo)

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Leer completo

Presentamos una colección de subrayados de las cartas que Imre Kertész (Budapest, 1929-2016) envió a Eva Haldimann (Acantilado, traducción de Adan Kovacsics). Entre 1977 y 2002 Kertész y la crítica y traductora de origen húngaro Haldimann mantuvieron una correspondencia en la que comentaron el trabajo y las vicisitudes del escritor, su salida de la Asociación de Escritores y todo lo que el autor atravesó hasta obtener el Premio Nobel en el año 2002.

cartas-kertesz


Chelsea Budapest, 20 de mayo de 1977
Distinguida Eva Haldimann:
El venturoso azar ha hecho posible que leyera su artículo publicado el 18 de marzo en el Neue Zürcher Zeitung.
La comprensiva recensión con que usted distinguió Sin destino me anima a enviarle mi último libro.

 

Budapest, 2 de junio de 1977
Estimada Eva Haldimann:
Le estoy sumamente agradecido por su carta. En efecto, las revistas no se han interesado por Sin destino. La causa de ello—aparte de eine gewisse Unsicherheit [cierta inseguridad]— es probablemente la cultura literaria interna que impera aquí. No se ha fabricado aún la caja en la que me embutirán con el tiempo.

 

Budapest, 14 de diciembre de 1977
Estimada Eva:
[…] Su artículo está cargado de una emocionante tensión del pensamiento. Lo “poco” que me dedica a mí me honra muchísimo en ese contexto: piense usted que aquí me miman poco. En su día se extrañó usted un tanto por El buscador de huellas, y ahora ha captado exactamente su esencia con unas cuantas frases. Tal vez no intuya qué especial regalo supone para mí el interés dignificante de un espíritu independiente en la lucha diaria que libro contra la mudez.

 

Budapest, 28 de febrero de 1983
Estimada Eva:
Agradezco su carta y me alegra mucho que le gustara Fiasco. Tiene toda la razón: esperemos para la crónica a que la novela esté acabada. (Eso sí, debido a las muchas “cosas secundarias” faltan como mínimo dos años).

 

Budapest, 27 de enero de 1990
Estimada Eva Haldimann:
Hace tanto tiempo que no nos escribimos. Artisjus me envió su artículo publicado en el Neue Zürcher Zeitung: agradezco el elogio; el que Fiasco haya sido recibido tan favorablemente por usted me sirve para reforzarme y animarme. Quizá haya pasado ya una época deprimente y silenciadora. ¡Cuarenta años! ¿Qué es eso para nosotros? En resumidas cuentas, mi vida… Para la Semana del Libro se publica mi última novela. Se titula Kaddish por el hijo no nacido. (¿Sabe usted lo que es un kaddish? Una plegaria en memoria de los difuntos, como el réquiem en la liturgia católica).

 

Budapest, 16 de febrero de 1990
Estimada Eva:
La he recibido, gracias por la carta. Me da la sensación de que tengo que contestarla, puesto que me afecta profundamente su pregunta: ¿por qué le llegan exclusivamente voces quejumbrosas de los ámbitos literarios y qué inspira tanto pesimismo a las personas? Es realmente asombroso que aquí, no ya la libertad, sino la liberación se viva como derrumbamiento.

[…]  Ahora se ha adueñado de ellos el horror vacui, ésa es mi impresión. A regañadientes, echan un vistazo al precipicio, no el que tienen delante, sino el que está detrás; y ese abismo es su vida.

[…] No olvide usted la frase de Sándor Márai: “La mentira nunca ha sido una fuerza tan creadora de historia como en el siglo veinte”. A mi juicio, ni siquiera la situación económica es tan catastrófica como la pintan; y con el antisemitismo, los manipuladores —más allá de la realidad— juegan un juego feo y peligroso con el propósito de conseguir el poder. Por eso mismo crean un ambiente de catástrofe sin perspectivas y, de forma deliberada o no, minan el espíritu constructivo que se ha conservado.

 

[Tarjeta postal: Tivadar Kosztka Csontváry, Autorretrato]
Budapest, agosto de 1990
Estimada Eva:
Muchas gracias por su hermoso artículo, y me alegra mucho que haya acogido con agrado mi Kaddish. Aquí, el libro se agotó tres días después de su publicación. Ha hecho bien en no venir a Budapest en verano y prefiera hacerlo en otoño: el calor, la anarquía y tal vez incluso la mugre disminuyan para entonces. Espero alborozado su llegada.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Leer completo

Presentamos una selección de pasajes incluidos en Aforismos y afines (Axial) de Fernando Pessoa. La traducción es de Leopoldo Cervantes-Ortiz —a partir de la edición de Richard Zenith— y la revisión de Antelma Cisneros.

pessoa


Del individuo tenemos que partir, aunque sea para abandonarlo.

¡Sé plural como el Universo!

En el teatro de la vida quien tiene el papel de sinceridad es quien, generalmente, más bien ocupa su papel.

La locura, lejos de ser una anomalía, es la condición humana normal. No tener conciencia de ella, y que ella no sea grande, es ser un hombre normal. No tener conciencia de ella, y que ella sea grande, es estar loco. Tener conciencia de ella, mientras es pequeña, es quedar desilusionado. Tener conciencia de ella, y que ella sea grande, es ser un genio.

El hombre no sabe más que los otros animales; sabe menos. Ellos saben lo que necesitan saber. Nosotros no.

Una de las formas de la salud es la enfermedad. Un hombre perfecto, si existiera, sería el ser más anormal que se podría encontrar.

El ascetismo es el control de sí mismo llevado al extremo del misticismo.

Esperar lo mejor y prepararse para  lo peor: he ahí la regla.

…y la noche con su negro misterio roto de astros.

Los misterios son de la esperanza.

El mar es la religión de la Naturaleza.

Dudo, por tanto, pienso.

Todas las frases del libro de la vida, si se leen hasta el final, terminan en una interrogación.

El Universo es sueño de sí mismo.

El cero es la más grande metáfora. El infinito es el mayor símil. La existencia es el máximo símbolo.

La ciencia describe las cosas como son; el arte como son sentidas, como se siente que deben ser.

La belleza es griega. / Pero la conciencia de que ella es griega es moderna.

En este desierto de arena literaria no existe el oasis de una explicación.

La filosofía es la lucidez intelectual llegando a la locura.

El poeta vale lo que vale el mejor de sus poemas.

El hombre está por encima del ciudadano. No hay Estado que valga lo que Shakespeare.

El mundo no es verdadero, sino real.

Si nuestro espíritu pudiese aprehender la eternidad o el infinito, lo sabríamos todo. Hasta que podamos entender ese hecho, no podemos saber nada.

La memoria es la conciencia en el tiempo.

La inspiración poética es un delirio desequilibrado (pero siempre un delirio).

Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado de alma un alma.

El mundo exterior existe como un actor en un escenario: está ahí, pero es otra cosa.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Leer completo

Leonardo da Vinci y la idea de la belleza, exposición que indaga la relación entre hermosura y naturaleza a través de 11 piezas originales del artista y cuatro de su círculo, fue traída a México por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes, a través del Museo del Palacio de Bellas Artes, en colaboración con la Associazione Culturale MetaMorfosi y la Biblioteca Real de Turín. Previamente fue exhibida en Boston y Virginia, bajo la curaduría de John T. Spike. El conjunto de la obra pertenece a la Biblioteca Real de Turín, antiguo recinto que custodia los trabajos de Leonardo da Vinci. Para celebrar la exposición presentamos tres imágenes incluidas en la muestra y una colección de subrayados alusivos a Da Vinci, provenientes de El robo de la Mona Lisa. Lo que el arte nos impide ver de Darian Leader, El territorio interior de Yves Bonnefoy y Dibujos de Franz Kafka.


Cuando Franz Kafka y su amigo Max Brod llegaron a París tres semanas después del robo, les faltó tiempo para unirse a las colas y ver el espacio vacío. Como anotó Brod en su diario, la imagen de la Mona Lisa estaba en todas partes, y ni siquiera daban tregua las salas de cine, donde se proyectaba una parodia sobre el robo después de una alegre comedia muda. La imagen había logrado saturar la cultura en todas sus formas de comunicación. Pero ¿qué podía explicar esta abundancia de imágenes? Y ¿por qué ir a mirar un espacio vacío? ¿Qué era exactamente lo que Kafka y Brod esperaban ver?1

da-vinci-1

[La Mona Lisa] Se trata de la obra de arte más reproducida en la historia de la pintura. Ha engendrado una industria de copias en forma de pósters, broches, tazas, camisetas, pitilleras, encendedores, pañuelos de seda y todo tipo de objetos, así como una industria de subproductos, desde el uso de la imagen de la dama florentina en caricaturas hasta su apropiación por artistas como Marcel Duchamp o Andy Warhol, y muchos más. Cuando Warhol yuxtapuso treinta imágenes de la Mona Lisa en su obra Treinta son mejor que una, su elección reflejaba la extraña propensión de la pintura a multiplicarse. Incluso el hombre que robó la Mona Lisa y la mantuvo secuestrada en su habitación durante dos años se sintió obligado a colocar postales con reproducciones de la obra sobre la repisa de su chimenea.2

da-vinci-2

Conocía apenas la pintura italiana antes de mi primer viaje a la Toscana. Por supuesto, tenía cierta idea de los pintores más célebres, y ciertos cuadros de Leonardo da Vinci como en sueños venían a mí. Pero lo que más me habría de conmover, me era aún desconocido.3

da-vinci-3

La primera hipótesis, o visión, es la mayor: el viajero agotado tropezó con una piedra, cayó, rodó hasta la base de la pendiente y se hirió, de gravedad. ¿Hacia dónde arrastrarse, para el auxilio?, pero en el muro hay una puerta baja, que cede, y del otro lado de la yerba el invernadero aparece. Y es entonces cuando escucha un paso, detrás de él, y las manos lo tocan, la guardiana del lugar inclina hacia él su rostro. Ana, en la pintura de Leonardo da Vinci, Ana (María) inclinada, vertiginosamente, tiene esa sonrisa. Pero en el delirio, en la fiebre, se desprenden las últimas escamas de la apariencia; el viajero enceguece.4

En el Louvre de un banco a otro. Dolor cuando me dejo uno. Aglomeración en el Salon Carré, ambiente animado, grupos de gente de pie, parece que acabaran de robar la Mona Lisa. [Diarios de viaje, agosto/septiembre de 1911.]5

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 Darian Leader, El robo de la Mona Lisa. Lo que el arte nos impide ver, traducción de Elisa Corona Aguilar, Sexto Piso, Madrid, 2014, p. 16.

2 Ibíd., p. 18.

3 Yves Bonnefoy, El territorio interior, traducción de Ernesto Kavi, Sexto Piso, México, 2013, p. 43.

4 Ibíd., p. 64.

5 Franz Kafka, Dibujos, edición a cargo de Niels Bokhove y Marijke van Dorst, traducción de Fruela Fernández, Sexto Piso, México, 2011, p. 74.

Leer completo

Presentamos una selección de pasajes de los Cuadernos (1957-1972) de E. M. Cioran publicados por Tusquets y traducidos por Carlos Manzano.

cioran


El 18 de este mes, muerte de mi padre. No sé, pero siento que lo lloraré en otra ocasión. Estoy tan ausente de mí mismo, que ni siquiera tengo fuerzas para la pesadumbre, y tan bajo, que no puedo elevarme a la altura de un recuerdo ni de un remordimiento.

El fondo de la desesperación es la duda sobre uno mismo.

Los dos mayores sabios de las postrimerías de la Antigüedad: Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo y un emperador.

Desde hace meses, vivo todos mis momentos de angustia en compañía de Emily Dickinson.

No se me oculta que en todo lo que hago hay una mezcla de periodismo y metafísica.

Sólo hablé con Camus una vez, en 1950, creo; he hablado mal de él muchísimo y ahora me siento presa de un remordimiento terrible e injustificado. Ante un cadáver, sobre todo cuando es respetable, me siento impotente. Tristeza incalificable.

James Joyce: el hombre más orgulloso del siglo, porque quiso —y en parte alcanzó— lo imposible con el empecinamiento de un dios loco y porque nunca transigió con el lector y no estaba dispuesto a ser legible a toda costa. Culminar en la oscuridad.

Caroline von Günderode. Nadie ha pensado en ella tanto como yo. Me he saciado con su suicidio.

Leo en los Tagebücher 1914-1916 de Wittgenstein: “Die Furcht vor dem Tode ist das beste Zeichen eines falschen, d. h. Schlechten Lebens”.1
Se trata de una verdad que descubrí hace mucho (lamentablemente, pensando en mí).

Vivir es poder indignarse. El sabio es un hombre que ha dejado de indignarse. Por eso, no está por encima, sino al lado, de la vida.

He intentado releer el Fausto, treinta años después. Sigue resultándome igualmente imposible: no consigo entrar en el mundo de Goethe. Sólo me gustan los escritores enfermos, heridos de una forma o de otra. Goethe sigue siendo para mí frío y envarado, alguien a quien no se nos ocurriría recurrir en un momento de angustia. No de él, sino de Kleist, es de quien nos sentimos próximos. Una vida sin fracasos importantes, misteriosos o sospechosos no nos seduce.

No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien.

Llueve. Este ruido regular en el silencio de la noche tiene algo de sobrenatural.
Me pregunto qué haría yo, si de pronto desaparecieran todas las personas y yo fuese el único superviviente. Creo que continuaría.

Sólo hay un problema: el de la muerte. Debatir sobre otra cosa es perder el tiempo, es dar muestras de una futilidad increíble.
… Eso es lo que las religiones han comprendido perfectamente. A eso se debe su superioridad sobre la filosofía.

Dos mentalidades rebeldes habrán marcado este siglo con métodos diametralmente opuestos: Lenin y Gandhi. El primero es idolatrado por continentes enteros, el segundo por individuos aislados, por solitarios. Debería haber ocurrido lo contrario. Pero, por increíble que parezca, la no violencia no seduce a las multitudes.

Pienso con frecuencia en la palabra “Nada”, escrita por Luis XVI en su diario en la fecha que iba a señalar el comienzo de su agonía: 14 de julio. Todos estamos en su caso, no distinguimos el comienzo exacto de nuestra decadencia.

La voluntad de destrucción es la expresión dinámica de la tristeza.

Así como se dice que no pueden gustarnos al mismo tiempo Italia y España, así también podríamos decir que no se puede ser a la vez partidario de Baudelaire y de Rimbaud. Yo siempre he estado a favor de Baudelaire y no consigo renegar de él, pese a lo mucho que lo deseo.

Sin la idea de un universo fracasado, el espectáculo de la injusticia bajo todos los regímenes conduciría a la camisa de fuerza incluso a un indiferente.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 “El miedo a la muerte es el mejor indicio de una vida falsa, es decir, mala.”

Leer completo