El filósofo y urbanista francés Paul Virilio (París, 1932-ídem, 2018) murió a los 86 años. Conmemoramos su legado con una colección de subrayados de diversos libros que evocan su interés en un pensamiento centrado en la velocidad, que se convierte en el horizonte prioritario de la actividad humana. El pensador galo —nombrado director y presidente de la Escuela Especial de Arquitectura de París entre 1968 y 1988 y director de programas en el Colegio Internacional de Filosofía bajo la dirección de Jacques Derrida en 1990— recibió el premio nacional francés Crítica de la Arquitectura en 1987.

Paul Virilio. Fotografía: cortesía de Anagrama.


• No olvidemos nunca, en efecto, que la verdad de los fenómenos siempre está limitada por su velocidad de surgimiento.

• Mi trabajo no es solamente un trabajo sobre el discurso, sino también sobre el trayecto.

• La velocidad [es una suerte de] rebasamiento de toda “resistencia al avance” que emparenta al hombre con el ángel y al ser con el pájaro, puesto que todos lo sabemos por experiencia: “Lo que no cae, vuela”.

• Derramarse, disolverse, aligerarse, estallar, abandonar el cuerpo pesado, todo nuestro destino podría leerse en lo sucesivo en términos de evasión, huida.

• La velocidad […] es la vida misma.

• La velocidad del nuevo medio electroóptico y acústico se transforma en el último VACÍO (el vacío de lo veloz), un vacío que no depende ya del intervalo entre los lugares, las cosas, y, por tanto, la extensión misma del mundo, sino de la interfaz de una transmisión instantánea de las apariencias lejanas, de una retención geográfica y geométrica en la que desaparece todo volumen, todo relieve.

• Es nuestra duración lo que piensa, la primera producción de la conciencia sería la velocidad que le es propia durante el recorrido de su tiempo. Entendida así, la velocidad sería idea causante, idea anterior a la idea.

• La idea de la ritmología forma parte de la economía política de la velocidad, y cuando se habla de velocidad, se habla de los cuerpos, no se habla de los vehículos.

• Por momentos va muy rápido, y por momentos muy lento. La gestualidad del tiempo y del espacio de los cuerpos es lo que llamo coreografía.

• Toda sociedad es una sociedad de carreras.

• El poder es inseparable de la riqueza y la riqueza es inseparable de la velocidad.

• No hay política sin ciudad. No hay realidad de la historia sin la historia de la ciudad. La ciudad es la mayor forma política de la historia.

• La invasión del instante reemplaza la invasión del territorio, la cuenta atrás se convierte en el sitio del enfrentamiento, la última frontera.

• La pérdida del espacio material desemboca en no gobernar más que el tiempo; el Ministerio del Tiempo bosquejado en cada vector se realizaría por fin en las dimensiones del mayor vehículo existente, el vector-Estado; toda la historia geográfica de la división de las tierras, las comarcas, todo eso cesaría en provecho solamente de la concentración parcelaria del tiempo, no siendo comparable ya el poder sino a alguna “meteorología”, ficción precaria donde la velocidad repentinamente se habría convertido en un destino, una forma de progreso, vale decir, una “civilización” donde cada velocidad sería un poco un “departamento” del tiempo.

• De hecho, el valor estratégico del no-lugar de la velocidad definitivamente suplantó el del lugar, y la cuestión de la posesión del Tiempo renovó la de la apropiación territorial.

• Cada período de la evolución técnica aporta, con su equipo de instrumentos, máquinas, la aparición de accidentes específicos, reveladores “en negativo” de los esfuerzos del pensamiento científico.

• Lo que está efectivamente globalizado es el tiempo.

• Las verdaderas distancias, la verdadera medida de la Tierra está en mi alma. La medida de la geografía existe solamente para los geógrafos, para los cartógrafos, dedicados a relevar la distancia de un punto a otro. Para el ser viviente, esa distancia métrica no será nunca la dimensión del Mundo.

• Así, el blanco alcanzado por la flecha de la Misión Apollo 11, no es tanto “la Luna”, el satélite de la Tierra, como el propio trayecto. El ser del trayecto del movimiento de conquista del espacio ha hallado por fin sus títulos de nobleza en la inercia tan particular del Mar de la Tranquilidad.

• En realidad, se trata de “un comienzo”, el comienzo ya no únicamente de la conquista del ultramundo de un espacio extraplanetario, sino de otro comienzo del tiempo. Esa repentina inmovilidad, ese reposo forzado y paradójico del no-movimiento en el espacio y el tiempo de otro planeta, literalmente carece de precedente.

• Si el tiempo es la historia, la velocidad es solamente su alucinación, una alucinación perspectiva que estropea el sentido del relato, de la acción, en beneficio de la sola sensación.

• Si el espacio es lo que impide que todas las cosas ocupen el mismo lugar, esta prisión repentina trae todas las cosas precisamente a ese “lugar”, ese lugar que no tiene localización.

Fuente: Leonardo Oittana, Velocidad y comunicación. La revolución de las transmisiones según Paul Virilio, Rosario, Universidad Nacional de Rosario, 2012, 96 pp. El autor cita los siguientes libros de Paul Virilio: El cibermundo, la política de lo peor, La ciudad sobreexpuesta, Un paisaje de acontecimientos, Velocidad y política, Estética de la desaparición, Amanecer crepuscular, El arte del motor. Aceleración y realidad virtual y La velocidad de liberación.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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La muerte de hombres y animales es la misma
y la condición es la misma de ambos lados;
tal como muere el hombre,
igual mueren los animales.
—Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim (1486-1535)

Diógenes el cínico murió por comer un pulpo crudo. El acontecimiento ayudó a la condena moral hacia la dieta carnívora. Pitágoras no comía carne producto de una reflexión filosófica. Hesíodo meditó sobre el vínculo entre la justicia y los animales. Las historias narradas en la antología colectiva de ensayos Los filósofos ante los animales. Historia filosófica sobre los animales: Antigüedad (UNAM/Almadía, 2018) condensan el pensamiento antiguo en torno al consumo de carne desde una perspectiva ontológica. Leticia Flores Farfán y Jorge E. Linares Salgado —coordinadores del volumen— invitaron a diversos investigadores a ponderar el vínculo entre pensamiento y animales en Occidente y parcialmente en Medio Oriente.

Los coordinadores afirman que la filosofía, desde finales del siglo XX y hasta la fecha, ha reflexionado sobre el proceso de cosificación animal y ha cuestionado las prácticas de producción y consumo de los animales. Repasan una serie de preocupaciones jurídicas, éticas, políticas y ontológicas que ponen a discusión la “cuestión animal”. El libro incluye especulaciones filosóficas sobre los animales —“la animalidad y/o lo animal”— en más de 25 siglos de pensamiento Occidental. Así da cuenta de la edificación del concepto y las prácticas con respecto a estos seres. Los coautores concluyen que la reflexión sobre los animales no es nueva, sino que los debates éticos y bioéticos en torno a la naturaleza de los animales y las relaciones que guardan con los humanos forma parte de una larga tradición que inició en la ideología grecorromana. La siguiente es una selección de pasajes de algunos pensadores de la filosofía antigua y medieval citados por los investigadores que participaron en el libro.

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Y él mismo [Pitágoras] vivía de esta forma, absteniéndose de alimentarse con animales y rindiendo culto en altares incruentos. Animaba a los demás para que no destruyeran a los animales, que son de la misma naturaleza que nosotros, y hacía entrar en razón a los animales salvajes educándolos con palabras y hechos, pero no dañándolos con castigos. También a los legisladores, de entre los hombres políticos, les ordenó que se abstuvieran de comer seres vivos pues si deseaban obrar de manera justa y de forma elevada era preciso que no cometieran injusticia hacia los animales, que son nuestros parientes. Pues, ¿cómo convencerían a los demás para que obraran con justicia si ellos mismos eran vistos practicando tal avidez? Existe una suerte de alianza familiar entre los seres vivos, mediante la comunidad que se produce por medio de la vida y de los mismos formantes y de la mezcla que estos producen, por lo que están unidos a nosotros como en una hermandad.

—Jámblico

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¿De verdad preguntas, tú, por qué razón se abstuvo Pitágoras de comer carne? En lo que a mí respecta, quisiera saber —perplejo como estoy— con qué actitud, con qué suerte de disposición anímica o mental, la primera persona probó sangre con su boca, rozó con sus labios carne de animal muerto y —preparando mesas de cuerpos e imágenes inertes— denominó “alimento” y “nutrición” a miembros que, poco antes podían rechinar, aullar, moverse y ver. ¿Cómo podía la vista de esta persona recrearse en la matanza de animales que eran degollados, desollados, despedazados? ¿Cómo soportaba su olfato el hedor? ¿Cómo no repugnaba la contaminación a su gusto, el cual se hallaba en contacto con las llagas de otros seres y recibía flujos y sangre de heridas mortales?

—Plutarco

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Con seres a los que no les es dado ejercitar la justicia con nosotros, tampoco nosotros tenemos la posibilidad de ser injustos.

—Hesíodo

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Pitágoras “afirmaba que el alma es inmortal y que se trasladaba a otros géneros de animales, y, además de esto, decía que, según períodos establecidos, todas las cosas ocurridas pasaban otra vez y que simplemente no había nada nuevo, y también que había que considerar de la misma estirpe a todos los seres dotados de alma”

—Porfirio de Tiro

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Eso, en la curva admirable de los miembros del hombre. Unas veces, bajo la acción de Amor, se juntan, uno, todos los miembros, que tienen derecho a un cuerpo, cuando la Vida está en flor; otras veces, desunidos por Peleas, las malas, los miembros están destruidos por la Vida. Igualmente para los árboles y los peces, habitantes del agua, los animales salvajes.

—Empédocles

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Dentro del Odio, todo es diferente y se divide. Juntos, en Amor, y todos están llenos del deseo del otro. De ellos sale todo lo que fue, lo que existe, lo que será. Por ellos nacen los árboles, los hombres y las mujeres, los animales y los pájaros y los peces que el agua alimenta, y los dioses, primeros por el rango, porque son siempre iguales corriendo a través los unos de los otros, se vuelven cosas diversas: todo cambio que lleva la mezcla.

—Empédocles

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No tenían ningún dios Ares, ni Tumulto, ni Zeus, ni Cronos, ni Poseidón, tenían a Cipris reina. A partir de ella, estos hombres buscaban favores y por ofrendas piadosas, por animales pintados y finos olores de mirra pura y de esencias fragantes, tiraban al suelo libaciones de miel roja. El altar no estaba empapado de sangre pura de toros. Pero era la peor abominación entre los hombres arrebatar la vida y devorar los miembros esplendidos de un cuerpo.

—Empédocles

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Todo era suave y amable para los hombres, las bestias y los pájaros, y la bondad ardía.

—Empédocles

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Ciertamente, Allāh ha ordenado que se haga el bien en todas las cosas, y si matáis hacedlo bien; de manera que si sacrificáis un animal, hacedlo bien afilando el cuchillo y que la víctima sufra lo menos posible.

—al-Qurtubi aludiendo a un ḥadīt

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Todo animal se conoce y percibe su alma como un alma (yastash‘iru nafsa-hu nafsa-an wāḥida) que ordena y rige el cuerpo que se tiene. Si hubiese otra alma de la que el animal no es consciente, [un alma] que no es consciente del animal, y [un alma] que no estuviese ocupada con el cuerpo, esta no tendría ninguna relación con el cuerpo y la relación solamente puede sostenerse de este modo.

—Ibn Sīnā

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Tratemos ahora el conocimiento que el animal tiene de sí mismo —si es que hay un genuino autoconocimiento animal. Aunque la estimativa (wahm) se encuentra en la cima de las facultades racionales cognitivas que el animal puede poseer, esta se encuentra unida al cuerpo, así que no puede distinguirse o deshacerse de él. La estimativa es distinta del alma animal que es primariamente conciencia y no estimación, afirmación o conciencia de sí mismo.

—Ibn Sīnā

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Sócrates tuvo un sueño en el que un pollito se subía a su regazo, de pronto crecía para convertirse en un cisne que tras abrir las alas levantaba vuelo cantando. Al día siguiente conoció a Platón, reconociendo en él a quien tenía un destino de cisne.

—Diógenes Laercio

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Que el universo es un ser vivo, racional y animado, e inteligente, lo dicen Crisipo en el libro primero de su Sobre la providencia, Apolodoro en su Física y Posidonio.

—Diógenes Laercio

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En efecto, toda planta es administrada por una naturaleza y, en cambio, todo animal, tanto por una naturaleza como por un alma, si es que efectivamente todos los hombres llamamos “naturaleza” a la causa del nutrirse, del crecer y de las capacidades de ese tipo y, en cambio llamamos alma (a la causa) de la percepción y del movimiento que le sigue.

—Galeno

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Lo viviente es superior a lo no viviente.

—Diógenes Laercio

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Tienen también las fieras mudas parte directora del alma por la que distinguen los alimentos, se forman imágenes, esquivan las trampas, saltan por encima de escarpaduras y precipicios y reconocen a los allegados; ciertamente no es racional pero, con todo, sí natural. Solo el hombre de entre los seres mortales tiene uso de la parte principal del alma para el bien, es decir, de la razón, como dice Crisipo mismo.

—Calcidio

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La voz de un animal es el aire golpeado por un impulso natural; en cambio, la del hombre es articulada y emitida por su inteligencia.

—Diógenes Laercio

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Todo animal se ama a sí mismo, y tan pronto como nace procura conservarse, porque la primera inclinación que le da la naturaleza para proteger su existencia es una tendencia a conservarse y a ponerse en las mejores condiciones posibles conforme a la naturaleza. Esta disposición al principio es confusa e incierta pues se limita a conservar su existencia sea cual fuere; pero no entiende ni lo que es ni lo que puede ni en qué consiste su naturaleza. Pero cuando adelanta un poco y comienza a comprender en qué medida le afecta y le concierne cada cosa, empieza a progresar lentamente, a conocerse a sí mismo y a comprender por qué tiene aquella apetencia instintiva de la que hemos hablado.

—Cicerón

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Así como los toros por instinto natural luchan contra los leones con todo el ímpetu de que son capaces en defensa de sus terneros.

—Cicerón

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En el ser en el que no puede existir felicidad, tampoco puede existir aquello que causa la felicidad; la felicidad la causan los bienes. En el animal mudo no existe la felicidad, ni aquello que causa la felicidad: así en el animal mudo no existe el bien.

—Séneca

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El filósofo Crisipo escribió que el phryganion,atado como amuleto, sirve de remedio para las fiebres cuartanas. ¿Qué clase de animal era?, ni él lo describió ni yo he encontrado a nadie que lo conozca.

—Plinio

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Ahora bien, por “el animal” hay que entender o el cuerpo especifico, o el compuesto de alma y cuerpo o un tercero distinto resultante de ambos. Pero sea como fuere, es preciso o que el alma se mantenga impasible, siendo causa para otro de tal afección, o que ella sea afectada junto con el cuerpo, y que sea afectada, experimentando ya sea la misma afección, ya una similar; por ejemplo, que el animal apetezca de un modo y la facultad apetitiva actúe o sea afectada de otro.

—Plotino

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En los seres se encuentran diferencias mínimas que colocan a tal o cual animal por delante de otro, y cada vez aparecen más dotados de vida y movimiento.

—Aristóteles

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Algunas cualidades, en efecto, por naturaleza son susceptibles, a través de los hábitos, de inclinarse hacia lo peor y hacia lo mejor. Los demás animales viven principalmente guiados por la naturaleza; algunos, en pequeña medida, también por los hábitos; pero el hombre además es guiado por la razón; él solo posee razón, de modo que es necesario que estos tres factores se armonicen uno con el otro. Muchas veces, efectivamente, los hombres actúan mediante la razón en contra de los hábitos y la naturaleza, si están convencidos de que es mejor actuar de otra manera.

—Aristóteles

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Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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En una ficha biográfica se lee: “Perfecto E. Cuadrado. Profesor, ensayista, traductor y coordinador en Portugal del Centro de Estudios del Surrealismo. Presidente de la Asociación de Lusitanistas. Proyectos: I. ‘Eres bienvenido a Elsinore’ (inglés). II. ‘Poesía portuguesa del siglo XVIII. Ensayo y antología’. III. ‘Máscaras y paradojas’”. La pudo haber escrito Fernando Pessoa (1888-1935) en una de sus múltiples libretas para consignar un proyecto, como ocurrió con el resto de sus creaciones: seres con vida propia que habitan los folios albergados en la Biblioteca Nacional de Portugal en Lisboa. Pero Perfecto E. Cuadrado no es un heterónimo del poeta portugués que cumple 130 años de haber nacido. Tras el nombre compatible y atinadamente pessoano se encuentra el traductor de la espléndida edición de Libro del desasosiego publicada por Acantilado en 2002, renovada, corregida y ampliada en 2013 (este año se cumplió un lustro de ese prodigio editorial publicado en el centenario del inicio de factura del texto).

La edición del libro originado en 1913 —proeza que se debe al investigador Richard Zenith— y en el que el escritor portugués trabajó durante toda su vida fue trasladada magistralmente por el lusófilo zamorano al español. Obra maestra póstuma, retrato de Lisboa y a la vez autorretrato psíquico, Libro del desasosiego es suscrito por Bernardo Soares, ayudante de tenedor de libros de contabilidad en Lisboa, que según Pessoa es “un semiheterónimo, porque, no siendo mía la personalidad, es, no diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella”. La traducción del “libro en potencia, el libro en plena ruina, el libro-sueño, el libro-desesperación, el anti-libro, más allá de cualquier literatura” —según Zenith, también de apellido compatible con el universo pessoano— propicia el desdoblamiento heteronímico. “Quizás me transformé en un heterónimo lector de Fernando Pessoa, alguien que conversa con él y asume muchas de sus perplejidades y de sus dudas”, confesó Perfecto E. Cuadrado en una entrevista. Para conmemorar el 130 aniversario del nacimiento de Fernando Pessoa dejo en estas páginas algunos pasajes de estremecedora claridad incluidos en Libro del desasosiego, la obra cumbre de la literatura lusitana.

 

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El absurdo, la confusión, el apagamiento —todo aquello que no fuera la vida…

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Y duermo, a mi manera, sin sueño ni reposo, esta vida vegetativa de la suposición, y bajo mis párpados sin sosiego se cierne, como la espuma quieta de un mar sucio, el reflejo lejano de las farolas mudas de la calle.

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Duermo y desduermo.

 

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Fernando Pessoa fotografiado en 1914.

Me reabsorbo, me pierdo dentro de mí, me olvido en noches remotísimas, impolutas de deber y de mundo, vírgenes de misterio y de futuro.

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No me sorprende la interrupción de mis sueños: de tan suaves que son, continúo soñándolos por detrás del hablar, escribir, responder, e incluso conversar.

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Levanto el libro, que cierro lentamente, ojos cansados del llanto que no tuvieron, y, con una mezcla de sensaciones, sufro porque al cerrar la oficina se me cierre el sueño también; porque el gesto de la mano con que cierro el libro encubra el pasado irreparable; porque vaya a la cama de la vida sin sueño, sin compañía ni sosiego […].

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A veces pienso que nunca saldré de la Rua dos Douradores. Y eso así, escrito, me parece una eternidad.

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Contendieron vuestros argonautas con monstruos y con miedos. También yo, en el viaje de mi pensamiento, tuve monstruos y miedos con los que contender.

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Yo, lejos de los caminos de mí mismo, ciego por la visión de la vida que amo, llegué por fin también al extremo vacío de las cosas, a la borda imponderable del límite de los seres, a la puerta sin sitio del abismo abstracto del Mundo.

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¡El esfuerzo de sentir! ¡El esfuerzo de tener que sentir!

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Para mí, escribir equivale a despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como una droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo. Hay venenos necesarios, y los hay sutilísimos, compuestos por ingredientes del alma, hierbas recogidas en los rincones de las ruinas de los sueños, amapolas negras encontradas junto a las sepulturas de los propósitos, hojas largas de árboles obscenos que agitan sus ramas en las orillas oídas de los ríos infernales del alma.

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El poeta lusitano en la Baixa.

Hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle. Hay imágenes en los rincones de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Hay frases literarias que tienen una personalidad absolutamente humana.

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Amé, como Shelley, a Antígona antes de tiempo: todo amor temporal no tuvo para mí otro gusto sino el de recordarme aquello que perdí.

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Por dos veces, en aquella mi adolescencia que siento lejanísima, y que, por así sentirla, me parece cosa leída, un relato íntimo que me hubieran contado, saboreé el dolor de la humillación de amar. Desde la cima del hoy, mirando hacia atrás, a ese pasado que ya no sé designar como remoto ni como reciente, creo que fue bueno que esa experiencia de la desilusión me aconteciera tan pronto.

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Hoy es uno de esos días en que me acongoja, como una entrada en prisión, la monotonía de todo. La monotonía de todo no es, sin embargo, más que la monotonía de mí mismo.

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Otra vida, la de la ciudad anochecida.

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El olfato es una vista rara. Evoca paisajes sentimentales con un dibujar rápido del subconsciente. He tenido esa sensación muchas veces.

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Haber leído ya los Pickwick Papers es una de las grandes tragedias de mi vida. (No puedo volver a releerlos).

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El amor, el sueño, las drogas y sustancias intoxicantes, son formas elementales del arte […].

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El arte tiene valor porque nos saca de aquí.

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Mi destino es la decadencia.

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Y allí, en éxtasis de pena sin nombre, sé esperar la Muerte entre espadas y almenas.

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Todo cuanto escribí es sombrío. Se diría que mi vida, incluso la mental, es un día de lluvia lenta, en que todo es noacontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Me llena de desolación la seda rota. Me desconozco bajo la luz y el tedio.

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Credencial de Fernando Pessoa. Agosto de 1928.

Quisiera vivir diverso en países distantes. Quisiera morir otro entre banderas desconocidas. Quisiera ser aclamado emperador en otras eras, mejores hoy porque no son de hoy, vistas en vislumbre y colorido, inéditas y esfíngicas. Quisiera todo cuanto puede volver ridículo lo que soy, y justamente por tornar ridículo lo que soy. Quisiera, quisiera… Pero hay siempre sol cuando el sol brilla y noche cuando la noche cae. Hay siempre pena cuando la pena nos lastima y sueño cuando el sueño nos arrulla. Hay siempre lo que hay, y nunca lo que debería haber, no porque sea mejor o peor, sino porque es otro… Hay siempre…

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Vivimos allí un tiempo que no sabía transcurrir, un espacio para el que no podía imaginarse forma de medirlo. Un transcurrir fuera del Tiempo, una extensión que desconocía los hábitos de la realidad en el espacio… ¡Qué horas, compañera inútil de mi tedio, qué horas de desasosiego feliz se fingieron nuestras allí!… Horas de cenizas de espíritu, días de saudade espacial, siglos interiores de paisaje exterior… Y nosotros nos preguntábamos para qué todo aquello, porque gozábamos sabiendo que todo aquello no era para nada.

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Y porque este libro es absurdo, yo lo amo; porque es inútil, quiero darlo; y porque de nada sirve querértelo dar, te lo doy…

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor

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“¿Qué habría sido de Kafka sin Kurt Wolff?”, se pregunta el crítico español Ramón Amorós. El editor alemán tuvo el acierto de publicar los primeros manuscritos de Franz Kafka, y luego supo alentarlo en sus posteriores experimentos literarios. Durante la Gran Guerra, Kurt Wolff (Bonn, 1887-Marbach, 1963) inició su colección Der Jüngste Tag (El día del Juicio), en la que dio a conocer autores de la talla de Walter Hasenclever, Karl Kraus, Heinrich Mann, Georg Trakl, Robert Walser, Franz Werfel y el propio Kafka. En los siguientes fragmentos de Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor. Seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka (Acantilado, traducción de Isabel García Adánez, 2010), el editor aborda las claves del oficio y sus desafíos.


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Llevo cincuenta y cinco años oyendo la pregunta: “¿Dónde aprendió usted su oficio?”. La respuesta es siempre la misma: en ninguna parte.

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Desde los doce años he pasado horas y horas, casi a diario, en librerías, tanto en mi país como cuando estaba de viaje. Me es indiferente estar a un lado o al otro del mostrador, ser comprador o vendedor. Quien siente pasión por los libros y por la profesión de editor se siente como en casa en las librerías.

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Evolución de los logotipos de la editorial Kurt Wolff de 1912 a 1925.

Yo salí un buen día del Seminario de Germanística de la Universidad de Leipzig y entré, por expresa invitación, en la oficina de Ernst Rowohlt —de mi misma edad y misma fascinación por los libros—, un piso de dos habitaciones en la Königstrasse, 10, de Leipzig, el edificio de la imprenta Drugulin. Y no llevaba conmigo más que lo único fundamental que no se puede aprender pero que es obligado aportar y, además, en abundancia: entusiasmo. Claro está que el entusiasmo tiene que ir unido al buen gusto. Todo lo demás es secundario y se aprende enseguida con la práctica.

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Por buen gusto no solo entiendo la capacidad de juzgar y de detectar la calidad de una obra literaria. El buen gusto debería comprender también un sentimiento de seguridad con respecto a la forma —formato, composición, tipo de letra, encuadernación, camisa— en la que debe presentarse un libro.

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El gusto literario, por otra parte, tiene que estar unido al instinto para saber si un libro tendrá acogida entre una minoría de lectores o si su tema y su forma resultan adecuados para un círculo amplio. Eso determina de manera decisiva las cifras de la tirada y la publicidad del libro, y hay que tener cuidado con no dejarse llevar por el entusiasmo personal y crearse expectativas demasiado optimistas.

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Uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan, ¿verdad que no? Pertenecen a otro ordo, por utilizar ese bonito término católico. Para esa actividad editorial no se requiere ni entusiasmo ni buen gusto. Se proporciona la mercancía que se demanda.

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Dado que yo había aceptado un manuscrito de Max Brod y que éste veía en Kurt Wolff la editorial para publicar toda su obra, me envió a un joven compatriota y amigo: Franz Werfel, al igual que un día me trajo en persona a otro compatriota y amigo: Franz Kafka. Quien tuviera oídos para escuchar no podía resistirse a la prodigiosa musicalidad de los versos tempranos de Werfel, ni no sentirse conmovido de inmediato ante la magia de la prosa de Kafka.

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IMAGEN 2. PIE DE FOTO: Tarjeta postal. Noviembre de 1918. De Franz Kafka (Praga) a Kurt Wolff (Leipzig). Archivo Kurt Wolff. Yale University Beinecke Rare Book & Manuscript Library.

Kafka, Brod, Werfel, Hasenclever…, ésos fueron los primeros autores de la editorial Kurt Wolff, y, como bien se ve, fue más la casualidad que el mérito lo que hizo que llegasen a ella. Naturalmente, hizo falta cierta capacidad para percibir que cada uno, a su manera y en su medida, merecía los esfuerzos del editor.

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En la revista Der Brenner de Innsbruck leí algunos poemas de un desconocido que se llamaba Georg Trakl. En ellos se sentía con tal inmediatez el aliento de una poesía con mayúsculas que, en el mismo momento —era el 1 de abril de 1913— escribí al autor proponiéndole la publicación de un volumen de poesía. En ese mismo año aparecía en la colección Der Jüngste Tag [“El último día” o, también, “El día del Juicio Final”] un volumen de Poemas y, once meses después, en marzo de 1914, Trakl enviaba el manuscrito de un nuevo libro que se titulaba Sebastian im Traum (Sebastián en sueños) y que tal vez podría calificarse como el libro de poemas más bello y más puro de toda aquella época. ¡Qué grandes expectativas se albergaban sobre el futuro de aquel joven poeta! El 9 de octubre llega un telegrama de Trakl desde el lazareto militar de Cracovia, donde había ingresado el joven, incapaz de superar los horrores de la guerra. El famoso telegrama rezaba:

Sería una gran alegría para mí si pudiera enviarme un ejemplar de mi nuevo libro Sebastián en sueños. Enfermo en el hospital militar de Cracovia. Georg  Trakl

No pudimos darle esa alegría. El libro aún no estaba terminado. Y, tres semanas después, el poeta se quitaba la vida. Se envenenó.

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De un suizo llamado Robert Walser llegaron, también en la primavera de 1913, las primeras cartas, escritas en una caligrafía muy coqueta propia del siglo XVIII; cartas cuyo contenido no podía haber sido más simple y cuyo tono resultaba tan inconfundible como único.

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El hecho de que entonces existiera una nueva editorial abierta a la joven generación y en la que se publicaba a Kafka, Werfel y Hasenclever instó a innumerables jóvenes escritores, con talento y sin él, a enviarnos sus manuscritos.

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[…] me acuerdo de Max Brod, de quien a menudo tenía la sensación de que me enviaba a todos los praguenses que escribían, fuera lo que fuera, aunque en el fondo sabía perfectamente que, al lado de Kafka y Werfel o de checos como Brežina y Bežruc, la mayoría eran escritores muy menores e insignificantes.

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¡Ay, cómo sufría Kafka! Callado, torpe, tierno, vulnerable, intimidado como un colegial examinándose del bachillerato, convencido de la imposibilidad de cumplir jamás con las expectativas que los elogios del empresario [Max Brod] despertaban.

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“Siempre le quedaré más agradecido porque me devuelva mis manuscritos que por su publicación.” [Franz Kafka a Kurt Wolff.]

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Primera edición de La metamorfosis con la famosa ilustración de Ottomar Starke en la portada. Kafka insistió en que la ilustración no representara un insecto. Escribió una carta a la editorial Kurt Wolff: “El insecto en sí no debe ser dibujado. No se puede mostrar en absoluto, ni siquiera desde la distancia”.

Usted y yo sabemos que, por lo general, son precisamente las cosas mejores y más valiosas las que no encuentran eco inmediato, sino que no lo hacen hasta más adelante, y nosotros seguimos creyendo en los lectores alemanes y en que alguna vez poseerán la capacidad de recepción que estos libros merecen. [Kurt Wolff a Franz Kafka.]

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Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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A Paul Bowles (1910-1999) le apasionaban el paisaje y sus efectos en el viajero. Escribió sobre París, los países del Magreb —con Tánger como centro, donde residió durante 52 años—, España, Francia, India, Sri Lanka, Tailandia, Estambul, Kenia, México, Costa Rica y muchos otros lugares a los que lo enviaron o por los que pasaba por casualidad. Su lugar preferido era Marruecos: sus ciudades, su interior y, sobre todo, Tánger.

Aunque su amplia experiencia del mundo le equipó para escribir sobre viajes, durante la mayor parte de su vida —asevera Paul Theroux— Bowles no tuvo realmente un hogar fuera de Tánger. Lo constata en Desafío a la identidad. Viajes, 1950-1993 (Galaxia Gutenberg, introducción de Paul Theroux, traducción del inglés de Nicole d’Amonville Alegría y Rodrigo Rey Rosa, 2013). En los siguientes pasajes pertenecientes al volumen, Bowles analiza la literatura de viajes y expone particularidades como trotamundos. Y el último fragmento está constituido por melancólicos versos de un poema autobiográfico, que cuentan algo sobre sus dos últimas décadas. Sobrevivió 26 años a su esposa Jane, que murió en 1973. La muerte de su mujer lo dejó en el limbo.

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Aun tan recientemente como hace un siglo, viajar era una especialidad. Como los lugares remotos estaban fuera del alcance de todos menos un grupo de afortunados y resistentes, era natural que el deseo de contacto con lo exótico se satisficiera a través de las experiencias de otros, por medio de la lectura.

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Hoy, cuando en teoría cualquiera puede viajar a cualquier sitio, el libro de viajes tiene otra función; el énfasis se ha desplazado de los lugares en sí al efecto que éstos tienen en la persona. El libro de viajes se ha vuelto, por necesidad, más subjetivo, más “literario”.

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¿Qué es un libro de viajes? Yo diría que es el relato de lo que ocurrió a una persona en determinado lugar, y nada más que eso; no contiene información acerca de hoteles y carreteras, ni listas de frases útiles, estadísticas o sugerencias acerca de la clase de ropa que el visitante podría necesitar. Es posible que tales libros estén condenados a la extinción. Espero que no, porque no hay nada que yo disfrute más que leer el relato de un escritor inteligente acerca de lo que ocurrió lejos de casa.

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El tema de los mejores libros de viajes es el conflicto entre el escritor y el lugar. No importa quién lleve la mejor parte, siempre que el combate sea narrado con fidelidad. Para lograr esto es necesario que el escritor esté bien dotado para describir situaciones, lo que tal vez explica por qué muchos de los libros de viajes que no han huido de mi memoria fueron producidos por escritores expertos en el arte de la novela.

 


Paul Bowles delante de sus maletas. Tánger, 1952. © Galaxia Gutenberg.

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Uno recuerda la indignación de Evelyn Waugh en Etiopía; la impasibilidad de Graham Greene en África occidental; cómo Aldous Huxley se dejó deprimir por México, o cómo Gide descubrió su conciencia social en el Congo, mucho tiempo después de que otros relatos de viaje igualmente precisos se han hecho borrosos o se han desvanecido. Dada la habilidad novelística de estos escritores, es quizá perverso de mi parte preferir sus libros de viajes a sus novelas, pero los prefiero.

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No creo que un libro de viajes pueda escribirse de manera suficientemente precisa si se hace después de los hechos, si el autor ha estado viviendo a su antojo durante el tiempo sobre el cual se propone escribir, sin tomar notas y sin percatarse de su función como instrumento receptivo. El recuerdo mal definido de sus reacciones emotivas es siempre más intenso que la memoria puntual de lo que las causó. Confiar en la memoria es lo indicado para determinar la sustancia de una novela, pero no es aconsejable en este caso, pues es demasiado probable que altere la consistencia de la escritura.

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El escritor debe tomar la decisión de ser escrupulosamente honesto al hacer su relato. Cualquier distorsión voluntaria equivale a hacer trampa en un juego de solitario: el juego pierde sentido. El relato debe ceñirse lo más posible a la realidad, y me parece que la forma más sencilla de lograr esto es proponerse ser exacto al describir sus propias reacciones.

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El lector puede hacerse una idea de cómo es en realidad un lugar solo si conoce los efectos que éste ha tenido en alguien acerca de cuyo carácter tiene alguna noción y cuyas preferencias le son familiares. De modo que parece esencial que el escritor ponga cierto empeño en presentar objetivamente su propia personalidad; esto facilita al lector una clave interpretativa para valorar por sí mismo la importancia relativa de cada detalle, como la escala al pie de un mapa.

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El problema de dar al relato de viajes una estructura lineal no es esencialmente literario. El escritor tiene que asegurarse de que las experiencias que constituirán su material lleguen a producirse. Escribe una historia que antes debe vivir, y si el curso que la historia sigue exige ciertos elementos que hacen falta en su vida, tendrá que arreglárselas para reorganizar su existencia con el fin de obtener esos elementos. Debe usar su poder de invención para enfrentarse, no con la escritura en sí, sino con la relación entre sí mismo y el mundo real a su alrededor.

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Si se me presenta la opción de elegir entre visitar un circo y una catedral, un café y un monumento público, o una fiesta y un museo, me temo que por lo general me decantaré por el circo, el café y la fiesta.

 

Tánger es una ciudad donde todos viven con cierto grado de incomodidad.

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Después de aquello le pareció que no pasaba nada más.
Siguió viviendo en Tánger, traduciendo del árabe, el francés y el español.
Escribió muchos cuentos, pero ninguna novela.
Seguía habiendo cada vez más gente en el mundo.
Y nadie podía hacer nada acerca de nada.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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En estos meses se conmemoran 100 años de la escritura de los Aforismos de Zürau, una de las claves de la obra de Franz Kafka. “Esos textos debían ser leídos exactamente en la forma en la cual Kafka los había dispuesto, como esquirlas de meteoritos caídas en regiones desérticas”, escribió Roberto Calasso. Los documentos —albergados en la Bodleian Library de Oxford— suscitaron la publicación de Aforismi di Zürau en Adelphi Edizioni. En el libro, Calasso recuerda que Kafka estuvo ocho meses en Zürau, en la campiña bohemia, en casa de Ottla, su hermana, entre septiembre de 1917 y abril de 1918. La tuberculosis, que eventualmente le cobraría la vida, se le había declarado un mes antes con un vómito nocturno de sangre.

La enfermedad le permitió una retirada del mundo: “Nunca como en los meses de Zürau se tiene la impresión de que Kafka se haya encontrado a gusto. Solo allí consigue huir de todo: de la familia, de la oficina, de las mujeres. Son las principales potencias que desde siempre lo persiguen. Por otra parte, lo defiende la barrera de la enfermedad, que, como por encanto, no muestra por entonces ‘signos visibles’. […] En Zürau, el mundo está casi vaciado de seres humanos. Esto es lo que suscita en Kafka un sentimiento de leve euforia”, aseveró Calasso. Estar enfermo, dijo Enrique Vila-Matas sobre Kafka, iba a proyectarle hacia la acción y de ahí hacia el posible comienzo, hacia “la crucial etapa Zürau”. Para evocar esa proyección que ocurrió hace un siglo, ese ímpetu literario, presentamos diez “esquirlas de meteoritos” kafkianos.

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Muchas sombras de los difuntos no hacen otra cosa que lamer las mareas del Río de los Muertos, porque proviene de nosotros y todavía conserva el sabor salado de nuestro mar. Entonces el río, asqueado, se repliega, fluye a contracorriente y conduce a los muertos de regreso a la vida. Pero ellos son felices, cantan alabanzas, agradecidos, y acarician al indignado.

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A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Éste es el punto a alcanzar.

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Una primera señal de conciencia incipiente es el deseo de morir. Esta vida parece insoportable; otra, inalcanzable. Ya no nos avergonzamos de querer morir; pedimos ser trasladados de la vieja celda, que odiamos, a una nueva, que apenas aprenderemos a odiar. Un resto de fe continúa operando, por si acaso durante el transporte apareciera el Señor por el pasillo, mirara al prisionero y dijera: “A éste ya no lo vuelvan a encerrar. Éste viene conmigo”.


Portada de Aforismi di Zürau en Adelphi Edizioni, libro editado por Roberto Calasso.

 

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Existe una meta, pero no un camino; lo que llamamos camino son vacilaciones.

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La desproporción del mundo parece ser, para nuestro consuelo, solamente numérica.

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Nuestro arte es un estar-deslumbrados por la verdad: la luz sobre la mueca retrocediendo es verdadera, nada más.

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Un cambio repentino. Al acecho, angustiada, esperanzada, la respuesta ronda a la pregunta, estudia desesperadamente su rostro inaccesible, la sigue por los caminos más absurdos, es decir, los que más se alejan de la respuesta.

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La muerte está frente a nosotros, acaso como se hallaba en la pared del salón escolar un cuadro de la batalla de Alejandro Magno. Depende de nuestras acciones en esta vida oscurecer o aun desaparecer el cuadro.

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La idea de la infinita vastedad y plenitud del Cosmos es el resultado de la mezcla, llevada al extremo, de laboriosa creación y libre autorreflexión.

 


Portada de Aphorisms (libro que incluye los aforismos de Zürau) diseñada por Peter Mendelsund para The Schocken Kafka Library de Penguin Random House.

 

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No es necesario que salgas de la casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; arrobado, se retorcerá ante ti.

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Fuente:
Franz Kafka, Aforismos de Zürau, edición, prólogo (“Al margen”) y epílogo (“El esplendor velado”) de Roberto Calasso, traducción del alemán de los Aforismos de Zürau de Claudia Cabrera, traducción de “El esplendor velado” de Edgardo Dobry y traducción de “Al margen” de Valerio Negri, Sexto Piso, Ciudad de México, 2005, 166 pp.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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En Cinco meditaciones sobre la muerte es decir sobre la vida (Siruela, traducción del francés de María Cucurella Miquel, 2015) François Cheng —calígrafo, novelista, traductor y poeta nacido en China en 1929 y miembro de la Academia Francesa desde 2002— “nos invita a considerar la vida a la luz de nuestra propia muerte”. El escritor plantea que el acontecimiento de la vida es una aventura única que nada podría reemplazar. Los siguientes fragmentos del libro esclarecen rasgos de su reflexión sobre el tiempo, el lenguaje, el universo, la existencia y el acabamiento.


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A partir de este instante, el lenguaje que nos es común tejerá un hilo de oro entre nosotros para intentar dar a luz a una verdad que pueda ser compartida por todos.

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¿No es verdad que estamos perdidos en un universo enigmático en el que, según muchos, reina el puro azar? ¿Por qué el universo está ahí? No lo sabemos. ¿Por qué la vida está aquí? ¿Por qué estamos aquí? No sabemos nada, o casi. Según la teoría más extendida, el universo aconteció por azar. Al principio, algo extremadamente denso explotó en millones y millones de fragmentos. Mucho más tarde, sobre uno de estos fragmentos apareció un día la vida también por azar. Se produjo el encuentro improbable de algunos elementos químicos y “¡aquello” prendió! Una vez desencadenado el proceso, “aquello” no cesó de empujar, de crecer en volumen y en complejidad, de transmitirse y transformarse, hasta el advenimiento de los seres que llamamos “humanos”. ¿Qué importancia tienen estos últimos en comparación con la existencia gigantesca, por decirlo así, sin límites, del universo? El fragmento sobre el cual apareció la vida, ¿no es acaso un grano de arena en medio de otros incontables fragmentos? Según una concepción bastante conocida, un día el hombre se borrará, la vida misma se borrará, sin dejar otra huella que una corteza desecada perdida en la inmensidad del universo. Desde esta perspectiva, ¿no resulta un poco irrisorio, es decir, completamente ridículo, que nos tomemos en serio nuestra existencia, que nos reunamos esta noche y aquí, doctamente, nos propongamos meditar sobre la muerte, y a partir de ella sobre la vida?

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La muerte, sin darnos tregua, nos empuja hasta la última trinchera.

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Digamos desde ahora sin rodeos que formo parte de aquellos que se sitúan decididamente en el orden de la vida. Creemos que la vida en modo alguno es un epifenómeno de la extraordinaria aventura del universo. No nos conformamos con la visión según la cual el universo, no siendo más que materia, se habría creado de principio a fin durante millones de años sin tener en cuenta su propia existencia. Incluso ignorándose a sí mismo, ha engendrado seres conscientes y actuantes, los cuales, aunque fuese durante un lapso de tiempo ínfimo, lo habrían visto y sabido, y amado, antes de desaparecer. Como si todo aquello no hubiera servido de nada… No, nos oponemos radicalmente al nihilismo que se ha convertido en la actualidad en un lugar común. Otorgamos, por supuesto, todo su valor a la materia sin la que nada existiría. Observamos también su lenta evolución y su despertar a la vida. Pero para nosotros, el principio de vida está contenido desde el comienzo en el advenimiento del universo. Y el espíritu, que lleva este principio, no es un simple derivado de la materia. Participa del Origen y, por ello, de todo el proceso de aparición de la vida, que nos sorprende por su increíble complejidad. Sensibles a las condiciones trágicas de nuestro destino, dejamos sin embargo que la vida nos invada con toda su insondable espesura, flujo de promesas desconocidas y de indecibles fuentes de emoción.

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La Vía, esa marcha gigantesca orientada del universo viviente, nos muestra que un Soplo de vida, a partir de la Nada, ha hecho acontecer el Todo. Como el materialista para quien “no hay nada”, también nosotros hablamos de la Nada, pero esa Nada significa el Todo. Así, podemos decir, por retomar la expresión de Lao Zi, padre el taoísmo, que “lo que es proviene de lo que no es y lo que no es contiene lo que es”.

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He aquí un misterio que parece sobrepasar nuestro entendimiento. Quizá no del todo, pues, a nuestra modesta escala, tenemos una experiencia bastante íntima de la Nada, del hecho mismo de ser mortales. La muerte nos hace palpar el increíble proceso que hace bascular el Todo en la Nada; nos hace concebir el estado del No-Ser. En el curso de la vida, cada uno de nosotros se ha visto confrontado, directa o indirectamente, con la muerte de seres queridos o de desconocidos, y en otro plano, hemos “muerto” en más de una ocasión nosotros mismos. Esto nos hace tomar conciencia de la omnipresencia y del poder de la muerte (muerte individual, muerte de la especie). Pero curiosamente, una vez más, una intuición nos dice también que es nuestra conciencia de la muerte la que nos hace ver la vida como un bien absoluto, y el acontecimiento de la vida como una aventura única que nada podría reemplazar.

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Sí, esto es la vida: algo que adviene y que deviene. Una vez acontecida, entra en el proceso del devenir. Sin devenir, no habría vida; la vida no es más que deviniendo. De este modo, comprendemos la importancia del tiempo. Es en el tiempo donde esto se desarrolla. Ahora bien, ¡el tiempo es precisamente el que nos ha conferido la existencia de la muerte! Vida-tiempo-muerte es un todo indisociable, salvo que sea muerte-tiempo-vida. Por muchos malabarismos que hagamos, no podemos escapar a estas tres entidades concomitantes y cómplices que determinan todo fenómeno viviente. Ya que si el tiempo nos parece un terrible devorador de vidas, es a la vez el gran proveedor de ellas. Soportamos su dominio y es el precio que hay que pagar para entrar en el proceso del devenir. Este dominio se manifiesta a través de incesantes ciclos de nacimientos y muertes; fija la condición trágica de nuestro destino, una condición que podría ser también el fundamento de una cierta grandeza.

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Siguiendo el ejemplo de Heidegger, nos fiamos, más allá de la especulación filosó­fica, de las palabras de los poetas, no por su lirismo sino a causa de la fulgurante intuición que las ha suscitado, de su formulación eminentemente encarnada. Pensamos en Ovidio, Dante, los poetas metafísi­cos ingleses, Milton y Eliot, y por el lado francés, en Lamartine, Baudelaire, Péguy, Valéry o Claudel. Pero el punto de vista más original es sin duda el de Rilke. Desde su célebre poema de juventud “Señor, da a cada uno su propia muerte” hasta las Elegías de Duino, su última obra, la muerte fue el tema central de su vida. Propongo que nos demos un poco de tiempo para escuchar su voz. Me resultaría imperdonable si no lo hiciera, ya que estoy esencialmente de acuerdo con él, acuerdo que se me apareció como una evidencia desde mi primera lectura de “Señor, da a cada uno su propia muerte”.

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Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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En La vida de los edificios. La mezquita de Córdoba, la lonja de Sevilla y un carmen en Granada (Acantilado, 2017) Rafael Moneo (Tudela, 1937), uno de los arquitectos españoles más prestigiosos y ganador del premio Pritzker, reflexiona sobre el edificio como una experiencia sensorial. A la vez, Marta Llorente (Girona, 1957), destacada arquitecta con estudios de pintura y de música, y creadora de la asignatura “Antropología de la ciudad”, indaga la noción de urbe como marco crucial de la arquitectura y la vida en La ciudad: huellas en el espacio habitado (Acantilado, 2015). Ambos libros dialogan y permiten al lector aproximarse a la idea de espacio desde distintas perspectivas.


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Los edificios son una extensión de nuestra persona, como corazas que nos protegen, como caparazones en los que vivimos y de los que pasamos indefectiblemente a formar parte, hasta el punto de llegar a pensar que pertenecemos a ellos.

—Rafael Moneo

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Pensar la ciudad es pensar el campo extenso de los proyectos humanos de convivencia, su entorno de formas construidas, su arquitectura, sus símbolos, el torrente de su actividad transformada a lo largo de milenios de experiencia, las distintas formas de sus representaciones.

—Marta Llorente

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Los edificios como una experiencia sensorial que nos permite sentirnos poseídos por la arquitectura, tanto más que una disquisición acerca de la misma.

—Rafael Moneo

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La ciudad es una construcción milenaria que arranca en los inicios de la historia y se pierde en el presagio de un futuro que desconocemos.

—Marta Llorente

 

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La arquitectura se hace tangible en los edificios. Hablar de edificios precisos y concretos como alternativa a un discurso intelectual genérico y difuso sobre la arquitectura.

—Rafael Moneo

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Pero seguimos aún dando el nombre simbólico y central de ciudad al escenario que acoge la experiencia de habitar en comunidad.

—Marta Llorente

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El valor de las ideas en la configuración de cualquier obra arquitectónica se advierte también aquí desde los momentos iniciales del proyecto y la importancia que tienen los aspectos estrictamente formales vuelve a ponerse de manifiesto.

—Rafael Moneo

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Es difícil responder al porqué de esta permanencia de la noción de ciudad como marco crucial de la arquitectura y de la vida.

—Marta Llorente

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Una vez más la arquitectura como medio que permite a un individuo materializar en ella su visión del mundo, que incluye naturalmente su comprensión del pasado.

—Rafael Moneo

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La arquitectura es considerada deseo de configuración que encierra expectativas frente a la experiencia vital, que la desborda porque ella misma es deseo.

—Marta Llorente

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Cabe decir que cada vez veo con más claridad que los edificios se desplazan en el tiempo, que no tienen la permanencia, la inmovilidad que para ellos a veces deseamos y que en cada instante son diversos.

—Rafael Moneo

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Esta tensión entre proyecto y experiencia, inscripción y huella, se contempla desde la distancia teórica como un hermoso duelo que no puede dejar de existir en nuestras obras de arquitectura y en la planificación urbana. Una tensión que pone en relación a quien emprende la planificación urbana con el sujeto habita el espacio. La ciudad se inscribe en el centro mismo de esta tensión; constituye el escenario variable de la relación que existe entre habitar y construir.

—Marta Llorente

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Sobre los edificios gravita el tiempo, se mueven con él de manera inevitable. No son estrictamente lo que fueron y estamos obligados a aceptar que sus vidas implican continuo cambio, impuesto por la interpretación y lectura que de su pasado hacen críticos e historiadores.

—Rafael Moneo

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El tiempo se detiene en escenas que permiten ser contempladas, en las que la vida resulta iluminada sobre el fondo de la arquitectura de la ciudad.

—Marta Llorente

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Conviene relativizar cualquier aproximación a un edificio, pues está sometida a un continuo doble movimiento: el de los edificios en el tiempo, por un lado, y el de los intereses del crítico a lo largo de la historia, por otro.

—Rafael Moneo

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La literatura representa una fuente privilegiada para la reconstrucción de la ciudad histórica, en la medida en que recoge experiencia y realidad; pero también como expresión del deseo, en forma de utopía y de ficción, como figuras límite que enmarcan y orientan la naturaleza de nuestros proyectos.

—Marta Llorente

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Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Hans Magnus Enzensberger
El panóptico de Enzensberger. Veinte ensayos fulminantes
Traducción de Richard Gross
Malpaso Ediciones
Barcelona, 2017
142 páginas.


El panóptico de Enzensberger. Veinte ensayos fulminantes (Malpaso Ediciones, traducción de Richard Gross, 2017) es un mapa de reflexiones disímiles de Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929). En el libro, múltiples destellos de inteligencia deslumbran al lector y ayudan a entender el mundo. Presentamos diez meditaciones del escritor alemán incluidas en el volumen.

La abolición del libro impreso

La abolición del libro impreso no es una idea completamente nueva. Fue anunciada hace tiempo. Ray Bradbury la describió en 1953 en su superventas (¡!) Fahrenheit 451, en cuyas páginas la plasmó hasta sus últimas consecuencias. En su relato utópico la tenencia de libros incluso se considera un crimen capital. Las visiones de futuro de los grandes pesimistas son propensas a la exageración. Que sean refutables no las invalida, todo lo contrario. Esto vale tanto para Bradbury como para Orwell o Weber. A toro pasado, cualquiera.

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El derecho de autor y el negocio de masas

Conviene, sólo por mor de exhaustividad, echar una mirada a un escenario mediático de segundo orden, a saber, el derecho de autor y los intentos de abolirlo. Se trata aquí de un logro tardío obtenido en el siglo XIX. Hasta entonces, leer libros era el privilegio de una reducida minoría. Cuando la novela se convirtió en un negocio de masas, los escritores se percataron de que la literatura servía incluso para ganar dinero de verdad, puesto que se los hizo participar de las tiradas y las traducciones. Por desgracia, la alegría les duró poco. Hoy en día, la imprenta, ahora llamada print, es considerada un modelo en extinción por parte de los consorcios punteros.

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La incompatibilidad entre religión y ciencia no puede tener mucho fundamento

El tráfico fronterizo intelectual entre la religión y las ciencias naturales no acabó con la Edad Media. Isaac Newton se dedicó varias décadas a la teología, la mística y la alquimia; Leonhard Euler defendía la Biblia contra los librepensadores; la genética debe sus primeros hallazgos al monje agustino Gregor Mendel; Georg Cantor, autor de la teoría de conjuntos, creía que fue Dios quien le reveló los números transfinitos; Max Planck era profundamente religioso y se tomaba muy en serio su cargo de mayordomo de fábrica, y Kurt Gödel, el lógico más grande de la modernidad, puso, en los últimos años de su vida, todos los medios para aportar la prueba definitiva de la existencia de Dios.

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Alexander von Humboldt: investigador cosmopolita

Por un lado, tenía sus convicciones y, muy a diferencia de los hábitos propios de su clase social, no hacía concesiones en lo que a ellas se refería. No era partidario de la religión consagrada constitucionalmente; como republicano convencido era un claro marginado; estaba en pie de guerra con el nacionalismo emergente, y, por último, defendía la autonomía del pensamiento y de la acción, autonomía que no se dejó regatear bajo ningún concepto. Rehusó los cargos de embajador o ministro que se le ofrecieron porque prefería la vida de investigador cosmopolita. […] Gozaba de fama universal, pero estaba solo. Y se produjo una última y existencial paradoja: el hombre del que había emanado un torrente de comunicaciones y publicaciones a lo largo de su vida, que había escrito unas cincuenta mil cartas y trabado una red de contactos de dimensión mundial, terminó por replegarse a una zona a la que nadie pudo seguirlo. En la última fotografía, tomada por Julius Siegmund Friedländer dos años antes de su muerte, aparta la vista de quien lo mira, cual viejo jefe indio que ya no se hace ilusiones sobre su propia tribu ni sobre los políticos. El retrato muestra a un hombre que sabía más de lo que decía y que pensaba lo suyo: lo que verdaderamente le importaba y lo que la posteridad nunca descifrará del todo.

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La droga cotidiana

La droga cotidiana de muchos es el crucigrama de puntual aparición. Quien aspira a cotas más elevadas puede, por ejemplo, cavilar sobre el teorema de Fermat. Así le sucedió al matemático británico Andrew Wiles. A los diez años topó con aquella vieja y nunca demostrada afirmación. Treinta y dos años después pudo, tras duros reveses, presentar la prueba definitiva que le dio fama mundial. Otros, numerosísimos, que en el decurso de los siglos buscaron la cuadratura del círculo fueron menos afortunados. Porque la solución de ese problema consistía en que no tenía solución. Se la debemos al señor Von Lindemann, de Friburgo, que en 1882 aportó la correspondiente prueba. Eso también supuso un triunfo. Ahorró a aficionados posteriores embestir hasta el agotamiento, cual avispa que se ha extraviado por la sala de estar, un obstáculo insalvable.

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La conducta desenfrenada de la Grecia antigua

Allí, la bella Helena nace de un huevo porque Zeus preñó a su madre, Leda, tras haberse metamorfoseado en cisne; Atenea, diosa de la sabiduría, brota completamente armada de la cabeza de su progenitor después de que Hefesto le partiera a éste el cráneo con un hacha; a Dánae, el padre de los dioses la asalta en forma de lluvia dorada; el hijo de Hermes y Afrodita se une en un abrazo con una ninfa, de modo que sus cuerpos se funden dando origen a un ser con genitales masculinos y femeninos. Existen más casos en que los protagonistas no saben si son hombre o mujer. Pasífae, la mujer del rey de Creta, encarga a un deferente ingeniero llamado Dédalo una vaca de madera porque se ha enamorado de un toro. Éste se deja engañar de buen grado y monta a la dama, acomodada en el interior de la añagaza. El fruto de esa cita es una quimera, el Minotauro. Esto no deja de ser ingenioso, pero no es ni de lejos todo lo que brinda la Antigüedad. Vamos a ahorrarnos, ya por razones de espacio, las diversiones, preferencias, castraciones y violaciones de egipcios, indios, islandeses y otros pueblos, pero nuestros sexólogos reconocerán, espero, que comparados con los poetas del Majabhárata y las Metamorfosis, ellos son unos meros pardillos.

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La impotencia del informado

Ahora bien, la atención, la empatía y la indignación son recursos que se vuelven tanto más escasos cuanto más se explotan. Prácticamente nadie es capaz de aprehender, “asimilar” o incluso “asumir” lo que se le comunica. La impotencia del informado aumenta con el volumen de información.

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La nulidad de los valores

Culturas anteriores a la nuestra preferían ponerse de acuerdo sobre vicios y virtudes, tabúes e imperativos. Aquellas viejas normas podrán parecer anacrónicas, pero obedecían a un código claro y transparente que permitía saber a cualquiera a qué atenerse. La consistencia gelatinosa de nuestros “valores”, en cambio, produce un efecto repulsivo. Nunca fueron tan nulos como ahora. De ninguna manera deberían depositarse en el contenedor de los residuos recuperables. Correríamos el peligro de verlos reutilizados una y otra vez y de que la palabrería no acabe nunca.

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Los servicios secretos

Bajo el raudal de revelaciones sufren también, y no en último lugar, los servicios secretos. La compasión del público es limitada, puesto que infinidad de veces han quedado en evidencia. Durante demasiado tiempo se han divertido montando sainetes de tres al cuarto. Fidel Castro alardea hasta hoy del papel de gala que le ha correspondido en ese reparto. ¡Cuántas veces agentes estadounidenses han tratado de colarle un puro explosivo o una suripanta armada de pastillas venenosas! En una ocasión quisieron privarlo de sus barbas con un depilatorio, en otras llevarlo a la locura con ácido lisérgico o, al estilo clásico, quitarlo de en medio con bombas, escopetas y revólveres. Todo sin éxito, como se sabe, todo ya debidamente documentado, todo muy banal y sin secuelas.

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George Orwell y los regímenes totalitarios

Un hombre con mirada de futuro Eric Blair, más conocido bajo el seudónimo de George Orwell. Entendía de regímenes totalitarios mucho antes de que el concepto entrara en el lenguaje de los historiadores. Ya en 1943, cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en Teherán, vio avecinarse el antagonismo de las superpotencias y la Guerra Fría./ Pocos años después de la Segunda Guerra Mundial publicó su famosa novela 1984. El porvenir que vislumbraba no era de su agrado. Auguraba el panorama de un régimen del terror que, en plena Europa, perfeccionaría los métodos de Stalin y Hitler en un tiempo previsible: con un partido único liderado por un “Gran Hermano”; un idioma llamado “neolengua” que invertía la semántica de las palabras; la abolición de la esfera privada; la vigilancia total, la reeducación y el lavado de cerebro de todos los habitantes, además de una omnipotente policía secreta que tenía el cometido de aplastar, mediante la tortura, el asesinato y la reclusión en campos de concentración, el germen de cualquier impulso opositor.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Pese a las dificultades físicas que padeció durante sus últimos años, Ricardo Piglia (Adrogué, 1940-Buenos Aires, 2017) trabajó doce horas diarias, siete días a la semana, con la colaboración de un equipo de cinco asistentes encabezado por Luisa Fernández. Ante la perspectiva de lo inevitable, el gran escritor argentino quiso terminar varios proyectos literarios. Uno de ellos es el tercer y último tomo de Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama, 2017), con los que el autor cierra el ciclo de su personaje y álter ego. Ofrecemos aquí una selección de fragmentos que versan sobre la perturbadora idea del suicidio.

Ricardo Piglia
Los diarios de Emilio Renzi III. Un año en la vida
Anagrama
Barcelona, 2017
296 páginas.


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Una carta de mi hermano con la noticia de la muerte de Helena D., lo primero que pensé fue que se había suicidado. La belleza de los excesos que siempre busca la muerte como culminación, eso era ella. El gran tema romántico de las vidas “no escritas”, pero en cierto sentido “leídas” por ella misma. Tendría, sin embargo, que escribir sobre mis sentimientos, pero lo que vuelve es la experiencia en mi lejana juventud, cuando empezamos una pasión que duró casi un año. Solo la sensación de peligro, aquella noche que viajamos en el mismo auto en el que ahora se mató y por la misma calle, cuando de pronto se extravió y entramos por un tramo de tierra sin saber cuál era la dirección. Metáfora, o mejor, mujer metafórica a la que uno podría atribuirle todos los sentidos. De todos modos, persiste aquel gesto al bajarse del auto la primera vez que nos vimos, el modo en que me tocó la cara.

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Trabajo en la Biblioteca Nacional (cartas y documentos de Lafuente) sin pretensiones, buscando definir el material antes de escribir.

Aislado, sin amigos, sin futuro.

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Bellas ideas sobre el suicidio. Más abajo no puedo llegar. Nunca una crisis tan profunda, sin embargo, en medio de la oscuridad logro escribir un borrador del capítulo de Arocena.

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La historia del suicida colombiano que se encierra con un grabador: “Esta es mi última grabación. Después de esa canción, se va a terminar todo”. (Está escuchando música.) Se podría usar esa historia para escribir una pequeña obra de teatro en un acto. Una especie de versión más extrema del Krapp de Beckett.

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Un cuento. “Heroico Paysandú, yo te saludo.” Buena frase para escribir una carta final. El suicida. Alcohólico. La soledad en ese rincón de Buenos Aires. No sabe cómo vivir, efecto de las determinaciones políticas. Soledad y ascetismo para nada. Bancarrota total. Tiene treinta y siete años. Una vida inútil.

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Piensa en el suicidio una vez más, es un modo como cualquier otro de pasar el tiempo, dijo. No piensa en la muerte sino en la forma de morir, ahogado en un río; colgado del cinturón en el baño; arrojarse al vacío desde la terraza del edificio. Evitar las pastillas y el estruendoso revólver. El pensamiento siguiente es sobre los momentos preliminares al acto final. Rápidamente desiste del plan. “Antes de matarme, iría a la peluquería”, dice Iris.

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El día antes de escribir lo que se lee arriba sobre el suicidio, se mató Silvia Ahumada, una alumna de mi grupo de los sábados. No dijo nada, ninguno de sus amigos o conocidos pudo imaginarlo. En la reunión del sábado anterior a su muerte, hizo una presentación muy inteligente sobre Felisberto Hernández. Se tiró por la ventana, sin dejar notas ni cartas. Tenía veintisiete años.

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La vida de Lafuente. Trato de evitar la biografía. Por eso decido cambiar, armar pequeños bloques, un mosaico, una suerte de conjunto sin orden. Él también es un suicida.

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Clases. Monotonía. No escribo pero tampoco puedo pensar. Anoche soñé que me suicidaba inyectándome veneno en una vena de la mano izquierda, que es mi mano buena.

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“Otra vez la idea del suicidio”, escribió. “No hay salida por motivos diversos y simultáneos. Hablo y soy otro, estoy alejado de mí, alguien anota lo que escribo. Sensación de estar desdoblado.”

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Última clase de los grupos. No sé cómo hice para escribir una novela sin tener una trama, ni cómo hice para vivir sin tener el dinero necesario. Esas preguntas prácticas me han sacado, o mejor, me han rescatado de las ideas suicidas, que son un conglomerado confuso de situaciones reales e imaginarias. Entre dos mundos igualmente próximos y lejanos: mis encuentros con Elías y Rubén, víctimas de la dictadura, y una novela escrita en una isla desierta.

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Escribir un libro que consista en la aventura de leer mi propio diario. Narrador anónimo. Investiga las causas del fracaso (o del suicidio).

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La soledad en medio de las dolencias que se mantienen y crecen. Aislado, sin ver la salida.

El fracaso es la historia secreta de mi vida, eso es el diario que escribo desde hace veinticinco años. ¿Toda vida es un proceso de demolición? Externamente (si eso pudiera ser dicho) existen acontecimientos que no alcanzan a mitigar la lúcida percepción del derrumbe que se aproxima. El suicidio sería el cierre lógico de esa vida. Porque nunca he vivido nada con tanta intensidad como la certeza del fracaso. Todo ha sido precario (adentro), más allá de lo que se vea en la superficie.

Había decidido matarme (y escribir esa frase es idiota) en 1955 y en 1979. Quizá ahora podría intentar otro camino, cambiar de vida, de identidad, de trabajo, escapar.

A la vez, pienso que iré a Adrogué a buscar mis diarios, que comenzaré a pasar en limpio, y que quizá de ese modo pueda encontrar una salida. La relación entre el suicidio y la escritura de un diario es íntima (ver esto: Pavese, Kafka, etc.).

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Anoche una pesadilla tenaz. Como siempre, la idea del suicidio.

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El suicidio de Antonio Calvo, encargado de la enseñanza de la lengua española en Princeton University, ha producido una conmoción en la comunidad académica. Tres días antes de su trágica muerte, Calvo había sido cesanteado por la administración, que no solo decidió la suspensión inmediata de sus clases sin mediar explicación alguna, sino que envió a un guardia de seguridad a bloquearle el acceso a su oficina, como si se tratara de un merodeador peligroso.

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Hay una tradición de libros incompletos, sin fin, no terminados, proyectos que llevan la vida entera, las obras de Macedonio Fernández, las novelas de Kafka, Bouvard y Pécuchet, El hombre sin cualidades. Representan los intentos más radicales de alterar la lógica tradicional que ve en el equilibrio de la forma (es decir, en la elegancia del final) la clave de una buena narración. Escritas justamente para quebrar ese orden armónico, o escritas con una voluntad de totalización imposible, esas obras inconclusas son leídas por nosotros con fervor, como si pudieran hacer ver la imposibilidad de cerrar el sentido; el borrador entendido como texto siempre reescrito e inestable, mal fechado y que no tiene fin.

Algunas obras han sido escritas siguiendo ese criterio azaroso y fugaz: los Cahiers de Valéry, La tumba sin sosiego de Connolly, Los cuadernos de Malte de Rilke, incluso el espléndido libro de Borges El hacedor. Parecen no tener forma o no tener otra forma que el desorden y la fragilidad. El oficio de vivir de Pavese es un caso especial: el suicidio es el fin deliberado del diario (“basta de palabras, un gesto, no escribiré más”), le da un aire de conclusión inevitable.

 

Ricardo Piglia
Escritor. Fue profesor emérito de la Universidad de Princeton. Publicó Respiración artificial, La ciudad ausente, Plata quemada, Blanco nocturno, El camino de Ida, La invasión, Prisión perpetua y Formas breves, entre otros libros.

Nota y selección: Alejandro García Abreu.

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