El lunes 15 de octubre murió el escritor finlandés Arto Paasilinna en un asilo para ancianos de la ciudad sureña de Espoo. Nueve años atrás, había sufrido un infarto cerebral que anunciaría su reclusión definitiva. Su obra, repleta de personajes propensos a la rebeldía pacífica y a la desgracia, está gobernada por un humor que coloca al autor como una de las voces más agudas de la literatura nórdica y europea.

Conocemos algunos detalles de su biografía. Nació el 24 de abril de 1942, en Kitila. Era el tiempo de la invasión soviética a Finlandia y la familia emprendió una marcha que la llevó a Noruega y más tarde a Suecia. Viajaba en un camión junto a otros refugiados y ahí, en ese camión, nació Arto Paasilinna, hijo de un hombre que había emprendido anteriormente su propia huida. De vuelta a Noruega y finalmente a Laponia, donde estaban sus raíces, la familia adoptó una vida llevadera.

Sabemos también que, entre los trece y los veinte años de edad, Arto Paasilinna fue guardabosques, trabajó la tierra, practicó la caza y la pesca. Era un joven de campo que en 1962 emigró a la ciudad para estudiar periodismo. Así dio comienzo su labor en el diario El pueblo lapón y sus primeros artículos.

Ya como un modesto colaborador o como jefe de redacción y aun director ejecutivo, Paasilinna ejerció el periodismo hasta 1988. Mientras tanto, iniciaría su carrera como escritor. Publicó su primera novela, Operación Finlandia, en 1972. Habría de sumar otras 34 hasta que sobrevino el infarto cerebral en 2009.

Al menos siete de sus novelas han sido traducidas al español, todas bajo el sello de Anagrama: El año de la liebre, El molinero aullador, El bosque de los zorros, Delicioso suicidio en grupo, La dulce envenenadora, El mejor amigo del oso, Prisioneros en el paraíso. Un repaso a este pequeño muestrario permite sospechar la mitología boreal de Paasilinna. Por dondequiera, hallamos personajes insumisos, un paso adelante o dos atrás de las convenciones sociales o de lo que podríamos llamar un comportamiento al gusto de los demás. No parecen encajar en este mundo. ¿O qué, sino una anomalía, es la blanda y en apariencia inofensiva anciana de La dulce envenenadora, capaz de escarmentar a la corte de malandrines guiados por su sobrino que buscan despojarla de sus bienes? ¿A qué especie, sino a la de los outsiders, pertenece el periodista que atropella a una liebre y se siente tan acongojado que renuncia a su trabajo, a su matrimonio y a sus posesiones para internarse con ella en la Finlandia más remota?

“Loco”, llaman los pobladores de Suukoski a Gunnar Huttunen —protagonista de El molinero aullador—. Propenso a los ataques de euforia, que en los días de quietud hacen parecerlo un imitador de circo, Huttunen padece también episodios depresivos durante los cuales huye al bosque para aullar como lobo. Su destino traza la ruta de muchas de las creaturas de Paasilinna: el internamiento psiquiátrico, la evasión, la vida del proscrito, la vuelta a un estado salvaje que es a la vez un estado de gracia. “No está bien que un ser humano aúlle como un lobo”, dice una de las aldeanas. ¿De verdad? ¿Qué deberíamos pensar entonces de quienes, como una manada de lobos, condenan el sufrimiento de un hombre amable y generoso?, sugiere el narrador mientras va proyectando la inevitable metamorfosis de Huttunen.

Esta propensión a la rebeldía pacífica, a la autoexclusión sin fines prácticos ni trascendentes, guía la trama del universo novelístico de Paasilinna. Por transgredir las normas de convivencia —no las leyes—, los protagonistas atraen muchas desgracias. Y, a pesar de eso, de la soledad forzada y el martirio, Paasilinna no deja de atraer la risa.

Como otros grandes humoristas, Paasilinna desdeña el pastelazo, la comicidad farandulesca, y se empeña en la ironía, matizada con un estilo que suena espontáneo y natural y algunas situaciones que se antojan inconcebibles en medio de la desgracia. Gunnan Huttunen, por ejemplo, toma un curso de negocios por correspondencia cuando, en lo más profundo del bosque, se oculta de las incursiones del ejército y la policía. La ironía surge precisamente del choque entre la posibilidad de que todo se vaya al traste y la rutina sosegada con la que se enfrenta esa posibilidad. Una viejecita sacada de una historia rosa bien puede guardar en su interior a una dulce envenenadora que en su nueva tarea descubre motivos de admiración y satisfacción. La ironía surge del contraste, y, en el caso de Paasilinna, del contraste, o la pugna, entre las aspiraciones y los deseos individuales y la racionalidad colectiva. De la ironía proviene la risa que se ríe no con ánimo de humillar sino de comprender. Cómo no reír cuando, después de tantos sinsabores, después de padecer la incomprensión, el hombre Huttunen se vuelve al fin una bestia y recibe desde la lejanía esta muestra de nostalgia: “Cuando en las frías noches se oía desde el Reutuvaara el cortante aullido del lobo, la gente solía decir: La verdad es que Huttunen aullaba mejor”.

Biografía no es literatura pero dos experiencias moldean muchas de las novelas de Paasilinna: el trato con la naturaleza y la huida como lucha perpetua. No faltan los seguidores de Paasilinna que observan en sus novelas una activa conciencia ecologista. Es cierto que, al menos en su obra traducida al español, las acciones tienen el marco de un bosque, una espesura, un huerto, una aldea agrícola o las orillas de un lago. Y es cierto asimismo que los animales ejercen un papel tan decisivo como los seres humanos. Zorros, liebres, perros y osos comparten el escenario con pastores luteranos, alguaciles, molineros, carteros, generales, periodistas, fotógrafos… Cada reino añade sus atributos a los del otro, de modo que ninguno se encuentra en desventaja. Si un oso comparte la mesa de su amigo y protector no hay nada que reivindicar, ni salvar, ni proteger. Al leer a Paasilinna en clave ecologista optamos por la prédica bienintencionada y desatendemos su visión crítica y humorísticamente negra de la sociedad finlandesa.

Decía, pues, que el trato con la naturaleza y la huida son los rasgos distintivos del arte de Paasilinna, en el que los hechos se inclinan hacia la extravagancia. En El mejor amigo del oso, los significados tradicionales de humanidad y naturaleza sufren un duro revés. El pastor luterano Oskari Huuskonen, quien con sus sermones inflama el ánimo de su rebaño, adopta a un osezno después de que su madre muere electrocutada. Todo sugiere que la cosa no pasará de un acto caritativo pero, a medida que transcurre el tiempo, el pastor y el oso terminan convertidos en una pareja inseparable de amigos. Son tantas las horas que pasan juntos que terminan intercambiando cualidades. El oso —Lucifer es su nombre— aprende a bailar, planchar, cocinar, “mezclar cocteles adecuadamente y hacer bien una cama”, cepillarse los dientes y contestar el teléfono, y “no solo a cargar con el equipaje, sino también a hacerlo, convirtiéndose en un empacador rápido y eficiente”. Mientras tanto, Huuskonen empieza a comportarse siguiendo cada vez más sus instintos. El arte narrativo de Arto Paasilinna consiste en ocasiones en fundir los opuestos o en borrar las fronteras entre la ordinariez y la singularidad…

O en trocar un viaje hacia la muerte honrosa en un canto festivo a la vida. Delicioso suicidio en grupo es quizá la más delirante novela de Paasilinna. “Los humanos en general están un poco locos, de una manera conmovedora, y los finlandeses aún más, quizá, que otros”, declaró en una entrevista. Si el molinero Huttunen resulta un loco a los ojos de sus vecinos, la treintena de aventureros —un coronel, un empresario en bancarrota, una jefa de estudios, un criador de renos, un domador, un expulsado de una secta pietista…— que, a bordo de un lujoso autobús, se dirigen al extremo septentrional de Noruega, hasta Cabo del Norte, para tirarse de cabeza al mar desde uno de sus hermosos acantilados, resulta doblemente lunática. Como Paasilinna no puede dejar de mirar el mundo en términos humorísticos, la huida —que es también un encuentro— hacia la muerte va acumulando bacanales, encuentros amorosos, grandes comilonas, noches inolvidables en medio de la nada. Y como esos desgraciados se empeñan en alcanzar su puerto final, los peligros, tan comunes en su camino, alientan su necesidad de mantenerse vivos. La paradoja no tarda en revelarse: cuanto más cerca se hallan de su propósito más motivos encuentran para desistir. “La espera de la muerte no le da a la vida el contenido que yo desearía; el anhelo de la muerte no le da a la vida un contenido digno ni valioso”, aseguró Paasilinna en otra entrevista.

De las novelas de Arto Paasilina surge una idea de la naturaleza humana como algo mudable: la forma y el destino del hombre están siempre por hacerse. Nada más ajeno a su visión que las palabras de uno de los candidatos al despeñadero en Delicioso suicidio en grupo: “Pasara lo que pasase, los finlandeses siempre se las arreglaban para echarle la culpa a otro. Unos se dedicaban a hacer ejercicio, correteando por ahí a riesgo de su vida, hasta caer derrumbados en la pista de footing, reventados como caballos. Si uno no corría, se llenaba de grasa; se anquilosaba, venían los problemas de espalda. Al final, el resultado era siempre el infarto”.

Así que un adorable cincuentón puede alcanzar la felicidad al trasladar su espíritu en el cuerpo de un lobo; un exitoso periodista puede abandonar los honores y la fama para iniciar una aventura al lado de una liebre; un pastor luterano puede embarcarse en la búsqueda de inteligencia extraterrestre; una corte de suicidas puede convencerse al fin de que las vicisitudes de la fortuna no significan necesariamente la existencia sin ilusiones. Siempre está abierta la posibilidad de dar media vuelta o tomar otro sendero. Y todo esto aderezado con un fecundo humor boreal.   

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de El libro inútil y 101 preguntas para ser culto.

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16 septiembre, 2018

El bato Maradona

La llegada del Diez a Sinaloa para dirigir a los Dorados ha levantado una tolvanera de especulaciones, no tanto sobre la posible mejora de la escuadra, sino más bien por adivinar cuál será el primer despropósito del Pelusa. Aquí, las cuentas de un rosario que no parece tener fin.

Ni el más osado creador de ficciones habría imaginado a Diego Armando Maradona como entrenador de los Dorados de Sinaloa. Semejante extravagancia, o desatino, se antoja muy lejos de salvar un proyecto futbolístico que amenaza con hundirse en las aguas sin retorno de la segunda división. Así que solo es posible atribuirla al dinero, o al capricho mercadotécnico, que terminan significando lo mismo: poder, control, espectáculo.

Desatinado no fue, en cambio, el paso de Josep Guardiola por los Dorados —entonces en la primera división—, con los cuales fichó a finales de 2005. Iba siguiendo la invitación y la amistad de Juan Manuel Lillo, a quien había conocido en un Barcelona contra Real Oviedo en 1998. Vivió en el Hotel Lucerna, entrenaba en un parque acuático, jugó apenas diez partidos y se empecinó en limar, inútilmente, la técnica de recepción de aquel inolvidable Loco Abreu. Volvió a España después de cinco meses y se convirtió en entrenador, y vaya la clase de entrenador…, justo el que nunca ha sido Diego Armando Maradona.

Hay locos geniales —como Bobby Fischer— y locos que son los enemigos de sí mismos por el afán irreflexivo de separarse de los demás. Consultemos la fototeca. Ahí está Maradona, exhibiendo su tatuaje con la imagen del Che Guevara, jugando una cascarita con Nicolás Maduro, posando al lado de Fidel Castro en el Palacio de los Capitanes Generales, sirviendo de patiño al comandante Hugo Chávez. Pobre: tan lejos de la clarividencia política y tan cerca del ridículo.

Fotografía de Vinod Divakaran para Doha Stadium Plus Qatar, bajo licencia de Creative Commons.

***

¿Qué contiene la maleta con la cual Maradona llega a Culiacán? Para empezar, y para terminar, una larga cauda de escándalos. La diana de sus desfiguros ha tenido un radio de amplio espectro: compañeros de profesión, autoridades futbolísticas, fotógrafos, aficionados, seguidores de su iglesia laica, gente que estaba en el lugar equivocado. Ninguna bravata merece el desdén.

Tras el silbatazo final y la derrota del Barcelona a manos del Athletic de Bilbao en mayo de 1984, Maradona le asestó un cabezazo al Chato Núñez para poner punto final a un intercambio de linduras. Pero el Chato no estaba solo. Miguel Sola arrancó desde las escaleras que conducían a los vestidores y resbaló antes de encarar a Maradona. La pifia resultó costosa: recibió un rodillazo en la mandíbula que le valió un corte en el labio inferior y quince minutos de conmoción cerebral. Maradona se ganó tres meses de suspensión y su partida al Nápoles. “A mí, después”, escribe en su autobiografía, Yo soy el Diego, “me dio mucha vergüenza por el Rey. Claro, el rey Juan Carlos estaba ahí, en el palco de honor, era su Copa, y nosotros nos estábamos cagando a trompadas”.

Esta bronca fue, quizás, el primer desacato público en la cuenta de Maradona. Unos años más tarde, en 1989, cuando la relación con Corrado Ferlaino, presidente del Napoli, presagiaba un final sin vencedor ni vencido, el diario Il Mattino publicó una serie de fotos que llegaron también a las páginas de la prensa sensacionalista. Como habría de ser costumbre en el futuro, Maradona procuraba las malas compañías. Una imagen lo muestra junto a Carmine Giuliano, señalado como el capo del barrio de Forcella, uno de los bastiones de la Camorra napolitana. “Reconozco que era algo atrapante, ese mundo, lo reconozco”, dice el Pelusa. Admite también que recibía Rolex de oro, “autos, ¡autos! A mí, por ejemplo, me dieron la primera Volvo 900 que hubo en Italia”.

Incluso al papa Juan Pablo II se “le escapó la tortuga”. En el 2000, tres años después de anunciar su retiro, Maradona tuvo una audiencia privada en el Vaticano. Según parece, Su Santidad obsequió un rosario a la mamá y otro a la esposa de Diego, quien no dejaba de observar los techos de oro, las columnas de oro, los relicarios de oro. Llegó su turno y recibió también un rosario junto a las palabras: “Este es especial, para usted”. ¿Qué tenía de especial? Nada. Era un ejemplar en serie, indistinguible de aquellos que habían recibido la Tota y Claudia. Maradona recuerda su nerviosismo y también cómo encaró a Su Santidad. Preguntó cuál era la diferencia entre el relicario de su madre y el suyo y por respuesta obtuvo unas palmaditas condescendientes en la espalda. “Diego, no rompas las pelotas y pícatelas que tengo más gente esperando”, dice que habría sugerido ese gesto de comedido filisteísmo.

Hay también secuencias que alimentarían el apetito sin llenadero de un productor de televisión: Diego disparando perdigones contra un grupo de periodistas que iban tras la nota a las afueras de su casa en Buenos Aires, Diego estrellando un vaso en la cabeza de una mujer en un bar de la Polinesia, Diego tirando chingadazos a las puertas de un bar de Croacia.

Culiacán no tiene un ambiente pastoral como para dejar de ser un producto envalentonado de Fiorito, donde Maradona creció y aprendió las normas callejeras del desafío. De hecho, Culiacán tiene mucho de Fiorito, a pesar de sus centros comerciales, sus zonas residenciales, sus andadores que imitan la asepsia de las zonas exclusivas de California. Es bronco y pretencioso y desprovisto de urbanidad.

No creo por tanto que Diego Armando Maradona quiera ponerse al día. No espero que vaya en busca de las novelas de Élmer Mendoza o de las tardes violetas en el Malecón o de las maravillas ocultas en el jardín botánico. No espero siquiera que pregunte por Chayito Valdez o Luis Pérez Meza. Los tipos duros no cambian, menos aún los tipos duros de Fiorito. Será el mismo tipo de siempre, aunque doblegado por el calor y la humedad y quizá encantado por la oferta de mariscos. Ya lo dijo, hace tantos años que suenan cercanos: “La gente tiene que entender que Maradona no es una máquina de dar felicidad”.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de El libro inútil 101 preguntas para ser culto.

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Muchos escritores han desarrollado agudas facetas de analistas futbolísticos, siempre con un sentido entrañable de esta épica del espectáculo. Juan José Arreola, cuyo centenario se celebra en septiembre de este año, fue más conocedor que villamelón, sin llegar nunca al grado de verdadero “analista” deportivo. Como lo muestra una mesa de debate televisivo allá en el lejano Mundial de Italia 90, las impresiones de Arreola, aunque vengan de un amateur, no dejan de tener la chispa y el alumbramiento del narrador inigualable.

Sabemos que Juan José Arreola era un cuentista elegante, un conversador incansable, un ajedrecista casi imbatible y un patriarca generoso con los jóvenes escritores. Quienes asistieron a su clase en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM sabrán también de su memoria de elefante, su pasión por el vino y su aire extravagante. Podríamos definir a Juan José Arreola siguiendo el rumbo de estas vocaciones pero ayudaríamos al olvido si echáramos en falta una de sus facetas más insospechadas: la de analista de futbol.

Estamos en 1990, en Italia. No hemos llegado aún a la locura de convocar a 32 equipos ni de programar 64 partidos en casi un mes. No había llegado tampoco el tiempo en que una panda de comediantes hiciera del periodismo deportivo un intercambio de pastelazos. México se había quedado en casa después de ser castigado por falsificar la edad de algunos jugadores durante el Mundial Juvenil celebrado en Arabia Saudita, en 1989. Así que solo quedaba agitar la bandera brasileña, como reemplazo siempre al alcance, o quizá la de Argentina. Por lo demás, todavía existía esa comunidad de naciones y talentos incomprendidos que fue Yugoslavia.

Y estamos a través de la señal de Televisa que, por un motivo desconocido, invita a Juan José Arreola a expresar sus opiniones sobre el futbol al lado de Jorge Berry quien, a decir verdad, no se arruga ante el gran escritor. Hay cabida para todo, o para casi todo, siempre y cuando tome al futbol como pretexto. De este modo, Arreola comparte lo mismo su desconcierto ante el hecho de que Jackie Charlton, un inglés, dirija a la selección irlandesa, que su admiración por la selección de Bélgica, un ejemplo de fair play, no sin antes confesar “que yo solo sé que de futbol no sé nada”. En efecto, se declara “una nulidad”, se siente fuera de lugar pero “contento” (a cuento de nada, recuerda un gol de portería a portería que atribuye a Isidro Lángara y no duda en llamarlo “gol olímpico”). “Quiero ensayar mi alma”, dice invocando a Montaigne, “probando todos los temas”. Así que por qué no ensayar con el futbol.

El formato de aquel programa indigesto para los verdaderos conocedores guardaba un parecido premonitorio con la inercia del presente. Detrás de una mesa en forma de frijol, los conductores reseñaban los partidos del día, lamentaban o celebraban tal o cual momento, leían el futuro y luego daban paso al comentario de un reportero que saciaba el hambre de escándalos y novedades.

Un melódico desorden se impone en cada programa. Ya que se siente obligado a justificar su presencia, y sus palabras, Arreola pasa del ballet a los movimientos de un centrocampista de temple sobrenatural, de la belleza de un cuerpo atlético al ideal civilizatorio de obtener el triunfo sin marrullerías. Es cierto: para cumplir con lo que juzga un deber, es decir, llevar el futbol al plano de las bellas artes, o al menos al de las artes menores, establece analogías entre, por ejemplo, la escultura clásica y la técnica natural de un delantero para bajar el balón en el área. No logra su objetivo pero nos ofrece una imagen penosa del diletante convertido en oráculo.

No hay gestos artísticos en el futbol. Hay lances bellos, movimientos refinados, pero también hay mucho de histeria recurrente, instintos sanguinarios y carne erizada. Nadie, sin embargo, estaba ahí para iluminar al Maestro.

Al ver de nuevo aquellas perlas de la sinrazón televisiva, uno se queda con la impresión de que Arreola se desentendía del futbol porque se negaba a comprender que se trata ante todo de un juego de contacto, a veces violento y desleal, más a modo para los peleadores callejeros que para los estetas de salón. Vean, si no, a los suavecitos del Mundial de 1990: Óscar Ruggeri, Franco Baresi, Andreas Brehme, Terry Butcher, Manuel Sanchís, Hugo de León…

Las Copas del Mundo suelen atraer a ejércitos disciplinados de villamelones. Cada cuatro años, millones de aficionados a la cocina molecular, al boliche, al póker o al ciclismo de montaña se sienten llamados a sentarse frente al televisor para intentar saber en qué consiste verdaderamente ese juego que enfrenta a once contra once y en muchas ocasiones ofrece pocos goles. A ellos están destinadas las intervenciones de quienes provienen de mundos ajenos al futbol. ¿Ignoran el fuera de lugar, la disposición en rombo, la función de un mediocampista de enlace? No se preocupen. La voz desautorizada que se encuentra del otro lado de la pantalla sufre el mismo mal y no parece lamentarlo. No sorprende entonces que Juan José Arreola se vaya por las ramas al menor titubeo de su compañero de mesa. Confunde, por ejemplo, la conducta virtuosa con la caballerosidad. ¿Conducta virtuosa? La que siempre exhibió Franco Baresi en la defensa central: no te atrevas a pisar mis terrenos, no te atrevas siquiera a pensarlo porque al término del partido no querrás otra cosa que hundirte en una tina rebosante de hielo. Pero ¿un caballero? Dejemos tal título para los golfistas.

La ceguera de Arreola era todavía más evidente si tomamos en cuenta que en esos años el futbol daba un vuelco de la parsimonia a la velocidad, de la figura aeróbica al músculo cultivado en largas sesiones de gimnasio. Ya no se trataba solo de parecer un futbolista; el único mandamiento prescribía ser, por sobre todos los otros, un atleta. Y he aquí que Arreola se escandaliza frente al juego sucio, una argucia de la que el futbol no debe prescindir a menos que renuncie a los frutos del espectáculo.

En una cosa acierta: ya que el futbol se vive en las tribunas como un asunto de pasión, los nacionalismos amenazan con sembrar los estadios de consignas racistas, banderas infames e himnos que encumbran al “más fuerte”. Al respecto, queda esta iluminación: “Importan más los entusiasmos orgiásticos que las depresiones vacías, las calles desiertas”.

Quien pueda viajar en el tiempo y resucitar la televisión que intercambiaba espejos por collares de oro no tendrá otro remedio que inclinarse ante la vivacidad, la simpatía, la humildad con las cuales Arreola encaró aquellas sesiones de futbol. Debemos ponernos a su altura: ser igualmente magnánimos y dispuestos a ensayar lo que no somos. ¿Pero compartir mesa y “puntos de vista” con Daniela Romo? Eso no se vale. La falta artera es de tarjeta roja.

La selección del material televisivo estuvo a cargo de Gustavo Fuentes. El video es cortesía de Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.

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El más reciente ganador del Premio Xavier Villaurrutia es, quizá, el mejor novelista mexicano de la actualidad. Dueño de una prosa que se reinventa en cada novela, David Toscana se ha mantenido alejado de las convulsiones del presente para tomar riesgos estilísticos y temáticos que demuestran una voluntad literaria poco común. Compartimos la siguiente disección de un autor tan deslumbrante como inclasificable.

¿Cuántos David Toscana contiene el narrador David Toscana? Lanzo la pregunta porque se reinventa en cada novela. Nunca es el mismo, nunca permanece en el mismo lugar.

Empecemos por su novela más reciente, con la que ha obtenido el Premio Xavier Villaurrutia. Estamos ante una de esas ya inusuales “novelas de personaje” que encima de todo adquiere en muchos tramos la consistencia del ensayo. Y es que Olegaroy —53 años, insomne, apegado a su madre y solitario— es un observador incorregible. No para de lanzar dardos, sin importarle si van o no van a dar en el blanco. Interroga al universo y sus leyes, prende fuego a los más elementales principios matemáticos, desmonta las argucias de la jurisprudencia, juega al detective y hasta le declara la guerra al Todopoderoso. ¿Es un sabio o solo un despachador de disparates? Mientras el lector se siente cada vez más seducido por la mirada inocente de Olegaroy, el relato va tomando la forma de aquellas vidas de santos en las cuales la incomprensión acompaña al milagro, en una ciudad de Monterrey que está llegando a la mitad del siglo XX y se alista para encabezar la industrialización del país.

Si Olegaroy puede leerse como el camino hacia la iluminación, es decir, hacia la conciencia del yo, con un sentido de la ironía que contradice la seriedad de muchas construcciones filosóficas, Evangelia es una parodia bíblica que podría despertar la ira de más de un alma piadosa. Quienes siguen la columna semanal de David Toscana en Laberinto pueden constatar que su anticlericalismo no está reñido con su curiosidad. Toscana sabe de concilios, de bulas, de exégesis y, claro, del Antiguo y el Nuevo Testamento. No extraña por tanto que se dejara llevar por la tentación de narrar otro evangelio: uno en verdad peligroso, impensable. Si un hombre puede despertar convertido en un insecto y otro hacer su vida en los árboles, sin jamás pisar tierra, por qué renunciar a la posibilidad de imaginar que hubo una Hija, además de un Hijo de Dios. El narrador de Olegaroy, que adopta una voz jocosamente reflexiva, no se parece en nada al narrador de Evangelia, que toma su estilo de la tradición patrística. Allá leemos: “Sin duda como seguidor de Jeremy Bentham y el utilitarismo, Olegaroy expuso en su carta a Jules Rimet cuán insensato era que la federación permitiese a pequeños países como Uruguay ser campeones del mundo”. Acá, en cambio: “Emanuel no había venido al mundo con las instrucciones que Jehová le dio al Hijo. Ella llegó con el cerebro en blanco, apenas con la suspicacia para succionar un pezón. No se encarnó cabalmente adulta, sino tras nueve meses de gestación en un proceso de apariencia natural, pero siempre inexplicable, pues quedaba por saber cómo había hecho el Espíritu Santo para colocar la simiente del Padre en el vientre de María”.  

Viajar en el tiempo, mudar de existencia: la carrera literaria de David Toscana podría definirse a partir de estas ambiciones. Cuatro años antes que Evangelia, en 2012, apareció La ciudad que el diablo se llevó. A dónde hemos llegado: a Varsovia destruida por la ocupación nazi y la voracidad soviética. Nos movemos así por un paisaje en ruinas, siguiendo a seis personajes empeñados en el único propósito de la supervivencia.

La ciudad que el diablo se llevó guarda muchas semejanzas con De noche bajo el puente de piedra de Leo Perutz. Escribir puede ser una prolongación de la lectura y un acto de rebelión contra la tiranía del tiempo. Toscana ha cultivado esta sospecha y quizá por eso se desvía en ocasiones del curso principal del relato para intercalar una serie de historias, ocurridas siempre en los márgenes del presente, que terminan por alimentar esa corriente mayor. Como a Perutz, a Toscana no le conviene avanzar en línea recta. Debe mostrarnos el esplendor y la grisura del pasado para hacernos comprender mejor el destino hacia el cual se precipitan esos seis personajes y, sobre todo, para traer hasta nosotros el significado de la creación artística. De este modo leemos: “El novelista se tumbó sobre sus cobijas. Pensó en la sencillez del mundo del padre Eugeniusz. Para la gente como él existía una sola verdad y tenía dos mil años repitiéndose. ¿Qué complicación había en recorrer una vereda tan pisoteada? En cambio, los novelistas vivían en un cosmos de opciones ilimitadas en el que atrapar las palabras justas, ordenarlas de manera bella y con sentido, resultaba una aventura heroica”.

Si quisiéramos dictar una lección acerca de cómo las grandes novelas son aquellas que se permiten todo, a condición de que nada salte por los aires ni se descarrile a la mitad del camino, deberíamos invocar Los puentes de Königsberg, una pulcra, delirante y exquisita fantasía en la que concurren la historia, la poesía, el teatro, la épica, el mito, el periodismo.

Mediante un giro, un pequeño sesgo, un cambio imperceptible de tono, la escritura transforma una realidad que se está viviendo aquí mismo en otra que se vive a miles de kilómetros y cientos o pocos años de distancia. Los espacios y las convenciones temporales terminan por resultarle muy estrechos a David Toscana. Prefiere moverse entre lugares y épocas disímiles, yendo y viniendo, hasta conseguir que lo inverosímil se vuelva verosímil. En Los puentes de Königsberg lo que está ocurriendo del lado de allá también ocurre del lado de acá y lo que ya pasó vuelve a pasar ahora, con actores y escenarios distintos y a la vez iguales.

Estamos en Monterrey y también en Königsberg. Y estamos en 1944-1945. En Monterrey hay tres borrachos, una maestra, un joven y seis niñas perdidas. En Königsberg hay siete puentes cargados de leyendas. Pero no vaya a creerse que unos personajes habitan Monterrey y otros defienden Königsberg del avance ruso. No. En Monterrey esos tres borrachos, ese joven y esa maestra encabezan la defensa de Königsberg. Todo está permitido: la ubicuidad, por ejemplo, y la simultaneidad. Un tal Floro, borracho y actor, es también el general Otto Lasch, y el canal seco de Monterrey es el río Préguel, y el joven regiomontano es Ernst Tiburzy, y el quiosco de la plaza Zaragoza es la Walter-Simon-Platz, y veinte centavos son diez peniques y la cantina Lontananza es el Blutgericht. Lo que es arriba es abajo o, como propone Toscana: lo que ocurre en Königsberg ocurre a la vez en Monterrey, gracias a la impostura de tres borrachos, un joven, una maestra y seis niñas perdidas.

No existe hoy un novelista mexicano que tenga tan nulo interés por narrar las convulsiones del presente. ¿Toscana creando a un detective resuelto a exhibir las corruptelas de un gobernador, o condenando las sinrazones del sistema judicial después de leer cientos de expedientes, o sumándose a las huestes que intentan descifrar la mente de un narcotraficante, o en plan de periodista extraviado en los palacios de la política? Para Toscana, la realidad solo tiene consistencia literaria. Vean, si no, El ejército iluminado. Transcurre en 1968 e inicia su carrera hacia la locura transformada en cómplice de la razón el mismo 2 de octubre. Hay por ahí una mención a grupos revoltosos de estudiantes, a los comunistas y nada más. Octubre de 1968 no es nuestro año elegiaco, no es el año de Tlatelolco, sino el momento en que un anciano profesor de primaria y cinco de sus alumnos emprenden la inusitada aventura de recuperar Texas a punta de sangre y viejas escopetas. “¿Es cierto que para ir a Texas hace falta pasaporte?”, pregunta uno de ellos, y entonces nos sentimos por fin habitando la realidad según Toscana: una madre desea una muerte gloriosa para su hijo… y una estatua honrando su memoria en un parque céntrico de Monterrey; ya en el campo de prácticas militares, uno de esos niños aspirantes a héroe va “ataviado todo de blanco, en pantalones cortos, medias justo abajo de la rodilla, camisa de encaje con cuello de holán y un corbatín celeste”; el anciano profesor entrena para correr un maratón…  ¿Reímos? Por supuesto. Pero también descubrimos que la imaginación cobra vida tras un parto doloroso.

La nada predecible verdad a la que David Toscana nos hace llegar es que la novela debe dialogar siempre con sus antepasados, con los libros y autores que han sido capaces de enfrentarnos a quienes no somos. Podríamos, parece sugerir, alimentar grandes expectativas antes que confinarnos en nuestras pobres y aburridas experiencias. Mejor ser muchos, ligeros y aéreos, montados en una bala de cañón, viendo sin ojos a la Santísima Tétrada o alcanzando el conocimiento supremo en la sala de un manicomio como el sabio Olegaroy.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de El libro inútil101 preguntas para ser culto.

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Frente a un panorama editorial sobrepoblado, resulta virtualmente imposible valorar a cabalidad un año entero de narrativa mexicana. Sin embargo, el siguiente repaso por los aciertos y descalabros de lo publicado en materia de cuento y novela, viene de la mano de un lector voraz que ha ejercido la crítica literaria como pocos en este país. Lo que ofrecemos no es un atlas, pero sí una amplia cartografía.

No es posible registrar la totalidad de la narrativa mexicana publicada durante el año que se va, como no fue posible leer siquiera una porción significativa de esa totalidad. El lector debe por tanto mirar este paisaje con la indulgencia de quien no aspira a tener un atlas frente a sus ojos y muchos menos una visión que colme sus ambiciones. Los libros de cuentos, las novelas, se reproducen con alegría duradera y las editoriales responden a esa multiplicación con ánimo ecuménico. El signo es el de la sobrepoblación y no queda más que atisbar a través de una rendija.

No por ello renuncio a comunicar un gusto y, por añadidura, una distancia. Inicio con aquellos ejemplares que me hicieron sentir el paso inútil del tiempo y termino con esos otros gracias a los cuales sobrevive el apego a la lectura.

Insumisión del cuento

México noir (UANL/ Nitro/ Press), una compilación a cargo de Iván Farías, de inicio alienta la sospecha de que el género policiaco vive una bonanza sin precedentes pero de los 27 narradores a los cuales convoca solo es posible rescatar a unos cuantos. Sobresale el desprecio por la riqueza de las formas, por la multiplicidad de significados que puede sugerir una frase, por el ritmo enemigo de la prisa. No puedo evitar la generalización: hay tanta necesidad por registrar la descomposición social que padece sobre todo el norte del país que las tramas se ciñen a un mimetismo de corte periodístico. En aras de plantarse como testigos, los autores se vuelven heraldos de la denuncia y no representantes de la imaginación.

Que el cuento se mueve con más soltura argumental que la novela puede constatarse en Gallo que no canta (Ficticia), de Mauricio Miranda, y Encender el mundo (Universidad Autónoma Metropolitana), de Edmée Pardo. Son, sin embargo, dos libros de trazo fallido. El primero acumula trece relatos sin marcas de sangre en común. Solo el abuso de la jerga coloquial y el descuido estilístico fijan un parentesco (“Federico vivía en un ranchito que estaba después de la ciudad”; “Se regresa a su cama”). Sus personajes son descoloridos, sus finales se anuncian desde los párrafos iniciales, y nunca termina por justificarse el tránsito del plano realista al de la fantasía. El segundo falla en su intento por capturar la vasta singularidad femenina. Nos hace creer que esa vastedad debe reducirse a un puñado de mujeres insoportablemente cursis cuando experimentan el sexo, insatisfechas por igual de la vida profesional y familiar, bobaliconas cuando recuerdan la muerte de John Lennon o hacen de turistas en Indonesia, timoratas frente a la posibilidad de quedarse solas o sufridas en la hora en que deberían mandar todo al diablo. En otras palabras: las heroínas parecen princesitas de magazine dibujadas con colores pastel.

Disfruté, en cambio, La superficie más honda (Literatura Random House), de Emiliano Monge; El clan de los estetas (Universidad Veracruzana), de Alejandro Badillo; Cómo piensan las piedras (Alfaguara), de Brenda Lozano; Las enemigas (Sexto Piso), de Claudina Domingo; y La efeba salvaje (Sexto Piso), de Carlos Velázquez. No pasa con sus novelas pero con La superficie más honda Emiliano Monge ha logrado que el lector tenga la oprobiosa seguridad de estar viviendo en sus relatos. Pensemos, por ejemplo, en “Testigos de su fracaso”: cada Navidad, al despuntar la noche y cuando la cena está por servirse, una familia recibe una llamada telefónica como anuncio de la venganza que le espera. O en “Alguien que estaba ahí sobrando”: un joven viaja a un lugar prescindible del mapa y en vez de una aventura amorosa tiene un encuentro con la autoridad representada por el cuerno de chivo. Atina Monge al despojar de cuerpo y nombre a los mensajeros del horror, al perfilarlos como voces o presencias anónimas, y atina al elegir el camino de la ficción para hacernos intuir el mal que tanto espacio ha ganado en el horizonte mexicano.

Los diez cuentos incluidos en El clan de los estetas dan cuenta suficiente de una vocación por el detalle, una justeza de tono y un respeto sincero por las palabras. No son atributos menores en un tiempo en el que la impostura gana premios y favores. Alejandro Badillo entiende el relato como la posibilidad de adoptar otro punto de vista, no el de la extrañeza o el desorden sino el del entresueño: la vida, por ejemplo, puede confundirse con un libro profético o con la mitológica genialidad de un autómata.

Cada relato de Cómo piensan las piedras es la escenificación del triunfo de las pequeñas cosas sobre las grandes preguntas y vacilaciones: un zumbido que rompe la armonía del vecindario, una muñeca perdida, estados de cuenta que llegan a nombre de una desconocida, un frasco de champú que proviene de un hotel sin referencias, un piquete de mosco… Brenda Lozano parece sugerir que las cosas que tienen una reducida presencia en el mundo producen tantas reverberaciones y significados como la soledad, el amor, la orfandad, la muerte.

Ella misma, la muerte, sobrevuela por encima de los nueve relatos que componen Las enemigas, el libro con el que Claudina Domingo se desentiende por un momento de la poesía. Y la muerte tiene muchas caras, tantas como puede adoptar la Coatlicue que devora toda forma de vida: la del cáncer avanzando a gran velocidad, la de la parturienta, la de la madre que tritura a sus hijos, la de la invalidez mortificante, la de la deformidad, la de la indigencia física… No representa el final de la partida; es una fuerza vigorosa y omnipresente. Qué mundo lastimosamente huérfano se filtra a través de la auscultación psicológica.

En la variedad de miras está una de las mayores virtudes de los seis relatos de La efeba salvaje. Pueden adoptar la forma del terror, la pesadilla mórbida, el esperpento sentimental, el trazo costumbrista. De modo que apuntan sus baterías hacia muchos blancos, siempre difíciles de enfocar. Que Carlos Velázquez haya renunciado a la unidad confirma que ha dejado de ser un escritor que solo se siente cómodo en la parodia de las relaciones amorosas inevitablemente destructivas o de los convencionalismos que impone el trato con los demás. Quiero decir que se presenta dueño de un registro que acaba con la maldición de ser etiquetado como nada más que un provocador.

Cimas y traspiés de la novela

La violencia asociada al narcotráfico y al crimen organizado ha cobrado tantas víctimas en los hogares mexicanos como en el mundo de la ficción. La idea me viene de la lectura de Matagatos (Caballo de Troya), de Raúl Aníbal Sánchez, y Un plan perfecto (Grijalbo), de Iván Farías.

La apropiación sumisa de la realidad —la misma que comenzó a padecer Chihuahua cuando los cárteles de la droga practicaban todavía una violencia soterrada y los cuerpos de mujeres asesinadas transformaban a Ciudad Juárez en una enorme fosa común— es la consigna que guía el curso de Matagatos. La novela toma el nombre de uno de sus personajes, un ex oficial del ejército, también ex policía, un psicópata que viola y despedaza niños como si fueran piezas intercambiables. Ya que no tiene sorpresas ni profundidades que ofrecer, se concentra en describir un ambiente ingrato donde el futuro se anuncia como una carrera en la policía judicial o un embarazo a los quinces años. Pisamos pues los terrenos de la sociología con aspiraciones narrativas.

No menos sociológica es Un plan perfecto, aunque procure servirse del cine. Muestra así un interés único en la acción por la acción misma. A gran velocidad, se suceden encuentros y desencuentros sexuales, reuniones de negocios, golpizas, balaceras, traiciones, y aun cenas o comidas en algún restaurante de Polanco. Iván Farías tiene tanta necesidad de alcanzar un ritmo frenético que no tiene tiempo de profundizar en sus personajes: son lo que son desde las primeras páginas hasta que abandonan la escena. Para qué aspirar a una obra literaria si las masas solo quieren un poco de entretenimiento.

Al otro lado de este espectro, es decir, al otro lado de la mera diversión, se halla el miserabilismo: el lamento políticamente correcto por la desigualdad social y la rapiña económica. La fiesta de los niños desnudos (Tusquets), de Imanol Caneyada, promueve la especie de que México es un cuerpo llagado por orines y mierda no solo porque convoca a un grupo de mendigos a las órdenes de un profeta milenarista sino porque se complace en anunciar la ruindad de las clases medias, “su irremediable vocación de plaga”, “su espíritu de supermercado”. Al arrojar al protagonista y narrador en brazos de un remedo de Mefistófeles que le concede la muerte del padre a cambio de unirse a las huestes que se malganan la vida como limpiaparabrisas, rateros y tragafuegos, Caneyada quiere simpatizar con la idea de una sociedad en la que el interés colectivo se impone al egoísmo, es decir, a la libertad individual.

Menciono únicamente mi desaliento por La pampa imposible (Literatura Random House), de David Miklos, y Fuego 20 (Ediciones ERA), de Ana García Bergua. En aquélla veo la imagen repetida de la infancia como una etapa de descubrimientos, de transición hacia responsabilidades ignotas, de encuentro con el deseo sexual y la amistad. Otra vez la búsqueda del niño que perdió la inocencia. En Fuego 20 encuentro una nostalgia que, a pesar de moverse en una dimensión fantástica, no puede contravenir los clichés de la novela rosa. Dejo para el final 42m2 (Literatura Random House), de Fabrizio Mejía Madrid. Con el anuncio de que se trata de “una novela cronicada —homenaje y parodia de la vida de los santos o los césares—”, Mejía Madrid confecciona un Frankenstein cuyos miembros pueden aludir a tres plomeros intentando controlar una fuga de agua, a un joven que disfruta contemplando la debacle de su familia o a seis personajes — André Breton y Malcolm Lowry, por ejemplo— que hicieron de México un pretexto para la escritura. El resultado es un homenaje al amontonadero en manos de un acucioso pepenador.

…Y aún después del final a Cuando todo era para siempre (Alfaguara). Presumiendo una vocación de cuentachistes, Federico Traeger ha imaginado a una familia de ingresos medianamente decorosos que recibe una herencia cuantiosa de la que dispone sin mesura (suena a telenovela en horario B, ¿no es cierto?). La anécdota funciona como detonante de una serie de episodios hilvanados por el mero propósito de sumar ocurrencias. Además de la injustificable capacidad para anular todo asombro, Traeger tiene una visión patriarcal de la especie humana. Qué queda: una cargante vulgaridad, un esnobismo de preparatoriano a la espera de obtener el aplauso de sus incondicionales. 

Tuve, por fortuna, buenos momentos. Menciono a los responsables: Alejandro Arteaga/ Alfonso Nava, Jorge Comensal, Adriana Abdó, Bibiana Camacho, Mauricio Molina, Bernardo Esquinca, Juan José Rodríguez, Juan Pablo Villalobos, Alejandro Páez Varela, Fernanda Melchor, David Toscana.

De Lobo (Almadía), de Bibiana Camacho, destaco la manera con la que encara el espanto y expresa la vulnerabilidad psicológica de los personajes a través de las amenazas casi imperceptibles que emite el mundo exterior. De Planetario (Almadía), de Mauricio Molina, valoro su forma de viaje iniciático que se nutre de los enigmas del thriller filosófico. Reivindica, con mucho, a la novela como una expresión elevada del conocimiento. La octava plaga (Almadía) reitera una certeza que ya anunciaban Toda la sangre y Carne de ataúd: Bernardo Esquina es el máximo representante en México de la ficción convertida en pesadilla diurna. Lady Metralla (Ediciones B) es una historia que ha sabido desmarcarse de la manida receta de policías contra narcos. En qué se distingue de su parentela: en su talante irónico, lejos del sermón disfrazado de indagación sociológica. Poco importa que No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama) haya obtenido el Premio Herralde de Novela. Importa su arquitectura, su ejercicio del humor. Aunque Villalobos no desdeña los giros policiacos, sabe resistirse a los cantos de la moda. Si es cierto que por su tono los conoceremos, el suyo conjuga el delirio y lo grotesco en dosis justas, uno de esos dones que la gracia concede muy de vez en cuando. El lector debe sentirse agradecido por la disposición de Alejandro Páez Varela para concebir una novela en la cual está ausente toda esa corte de narcotraficantes, policías y pistoleros tan apreciada por muchos de los escritores “del norte”. Oriundo Varela (Alfaguara) es la aventura sosegada. Si Falsa liebre sorprendió por la solvencia estilística para revitalizar nuestra más cruda tradición realista, Temporada de huracanes (Literatura Random House) seduce por la fuerza con la cual lleva los ritmos y las voces de cierta oralidad al terreno siempre exigente de la escritura. Fernanda Melchor tiene un oído muy bien entrenado y tiene asimismo un raro talento para recrear el lenguaje de la lucha por la supervivencia. David Toscana es incapaz de quedarse en un mismo lugar, de sentirse cómodo en una realidad que parece sentarle bien. Se reinventa en cada novela. Con Olegaroy (Alfaguara) ha reflexionado sobre la imposibilidad de conocer las leyes terrenales y las del universo mediante las palabras. Lo que resulta irónico, y por demás placentero, es que Toscana expresa este vacío con toda la potencia estética del lenguaje.

Finalizo con tres libros cuyos autores no pertenecen aún al establishment narrativo y sin embargo anuncian nuevos derroteros en la literatura mexicana. A partir de seis relatos con vida independiente, pero entramados por una red de vasos comunicantes, Alejandro Arteaga y Alfonso Nava han producido un artefacto literario de extrañas cualidades. He dicho “artefacto literario” porque en Sick & McFarland (Universidad Veracruzana) concurren el ensayo, la polémica epistolar, el relato decimonónico, la cita y hasta el género menor de la solapa. Es un caldero a fuego lento adonde va a dar cualquier ingrediente, aun un juego de mesa cuyos tableros y cartas se manipulan como un tarot para establecer un orden de posibilidades y permutaciones infinitas.

Las mutaciones (Antílope), de Jorge Comensal, se lee como una radical reflexión sobre el cuerpo: el cuerpo doliente, mutilado o imaginariamente enfermo. Es, por añadidura, una novela sobre la urgencia de ser compasivos. Lo admirable es que Comensal renuncia a considerar el dolor y la compasión como figuras de una banalidad que carece de resonancias y es incapaz de contener a un tiempo la fe y la incredulidad.

Sabemos que la realidad no se ciñe a las infamias o miserias con las que desayunamos mientras ojeamos los periódicos. La realidad puede asumir también la forma del sueño, la fantasía, la especulación filosófica, el deseo; y puede, como ha probado brillantemente Adriana Abdó, imaginar una vida que creíamos sepultada en el pasado. ¿A quién imagina la novela Apreciable señor Wittgenstein? (Tusquets). Al poeta austriaco Georg Trakl, débil e inservible para la guerra, quien sostiene un diálogo epistolar y apócrifo con el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein mientras deja transcurrir las últimas semanas de su vida en el pabellón de alienados del Hospital de la Guarnición en Cracovia. La voz que Abdó ha concebido para Trakl es refinada y llena de odio contra su propia naturaleza malsana y retorcida. Semejante combinación alcanza un ritmo musical hecho en buena medida de golpes embriagadores y contundentes. Nada está de más, nada falta, y llevados por la cadencia de este justo equilibrio disfrutamos un estilo fiel a la armonía de los contrarios: la belleza de la expresión convive con la conciencia de la angustia.

Hasta aquí este recuento. No es otra cosa, es solo eso. La mirada ensayística está, por ahora, en otra parte.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.

 

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Cada vez que hablamos de la novela que proviene de los países nórdicos (Islandia, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega) casi por acto reflejo pensamos en el thriller y su corte de sabuesos que resuelven crímenes con tanta brillantez que uno se siente llamado a tomarlos como modelos de hondura moral e intelectual. Hablamos del thriller nórdico y se nos llena la boca con los millones de ejemplares que Henning Mankell y Stieg Larsson han vendido en la mitad del mundo. El thriller nórdico es el protagonista de ferias y festivales internacionales, el niño mimado de la industria editorial, el fetiche omnipresente y no menos incómodo en tertulias y sobremesas. Entramos a una librería y lo primero que nos sale al paso es una pila orgullosa de ejemplares de un novísimo autor sueco que promete otra historia de asesinos y detectives. No hay duda: el thriller nórdico tiene la capacidad autorreproductiva de un gremlin.

Hay voces que aducen razones de orden social y económico para explicar esta bonanza. Elthriller nórdico, dicen, refleja y decanta el malestar que experimentan los ciudadanos frente a proyectos políticos que hace 30 años anunciaban el fin de la injusticia y la desigualdad y hoy se alimentan del odio racial, la xenofobia, el nacionalismo, la intolerancia, la ley del más fuerte. Los clásicos dirían que el thriller nórdico es un espejo que se pasea por el camino. La pasión morbosa por el asesinato en muchas de sus formas parecería ser el antídoto en solitario frente a las ilusiones perdidas. Hubo un tiempo en que Suecia, por ejemplo, se presentó a sí misma como la versión con rostro humano del socialismo. Ahora observamos con sorpresa que ha convertido en más ricos a los ricos y en más pobres a los pobres. Y observamos también que ha abierto las puertas de su casa a la violencia: según estadísticas oficiales, 20% de las suecas ha sufrido maltrato físico. Finlandia, con sus enormes riquezas naturales y sus altos niveles de vida, ha hecho del suicidio una suerte de deporte nacional: tiene la tasa más alta de Europa. Eso para no hablar de las muertes que se atribuyen al consumo pantagruélico de alcohol.

Como género, el thriller se siente fascinado por los efectos que la descomposición social produce en el pensamiento y la conducta de los individuos… Y la descomposición social engendra monstruos: traficantes de niñas, violadores compulsivos, cabezas rapadas que prenden fuego a sus víctimas aún con vida, fundamentalistas religiosos que practican el tiro al blanco entre las familias de inmigrantes, empleados anónimos que disparan contra una comunidad inerme de estudiantes. Como género, el thriller ahonda en la naturaleza meramente humana del mal. Tiene, digamos, una vocación sociológica: he aquí, parece sugerir, las criaturas que hemos engendrado en nombre de las leyes del mercado y el capitalismo salvaje. Tiene, insisto, una vocación sociológica. Por eso creo que, en general, carece de méritos literarios. La denuncia, contra lo que digan los espíritus más nobles, se ha vuelto una forma de entretenimiento. Si hemos de creer en las encuestas de opinión, los inviernos largos en los países nórdicos transcurren al amparo de las series de televisión y los thrillers policiacos.

 

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