En este departamento de quejas le dimos espacio al miserable caso de un pobre hombre que quiso empezar una cita romántica con la nueva película de Gael García Bernal. Triste historia.

 

Esto es un asalto chido
Saquen las carteras ya
Bájense los pantalones
Pues los vamos a basculear.
—Rockdrigo

La otra noche invité una amiga al cine para olvidar mis demonios diurnos y tener una velada romántica—como lo dicta el ars amatoria de Mauricio Garcés—, pero mi plan salió patas arriba. Los demonios brotaron de la pantalla y la lucha que sostuvimos con ellos nos causó una tortícolis tan aguda que la sobremesa terminó en una airada discusión. Mi amiga se fue iracunda y sin despedirse bajo uno de esos vendavales esporádicos que azotan el pavimento de la ciudad en el mes de julio. Yo me quedé con los crespos hechos (y empapados) y convencido de que mi cita no se habría arruinado de haber elegido otra película, o acaso un karaoke de la colonia obrera. Pero, ¿qué otras opciones nos deja la ciudad con este clima espantoso y sus multitudes apiñadas?

Por mi parte, quería darle gusto a mi amiga. Supuse que la segunda película de Gael, un actor tan sensible, renombrado y locuaz, me acercaría a su cariño como no lo había hecho mi plática nerviosa. La verdad es que tenía pánico de caer en el mansplaining y las agresiones de género, aunque de haber sabido todas las agresiones al género cinematográfico que iba a presenciar, me hubiera relajado sin ningún problema.

Mucho se había dicho sobre esta producción, rodada con dificultades en Xochimilco y presentada con honores en Cannes. Cuentan que en medio de la filmación ocurrió el terremoto de 2017, y al parecer su impacto fue tan profundo que cimbró la estructura misma del guión y la trama de la cinta.

Pero todo comenzó bien. Mi amiga sonreía —la esperanza brillaba aún en sus ojos— mientras nos adentrábamos en el universo florido y pintoresco de Cagalera y Moloteco, dos gavroches de San Gregorio de Atlapulco. El motivo de un payaso que primero causa risas en un camión y después lo asalta no es original, es cierto, pero tampoco merece repudio porque, según dice el Cagalera, “así comenzó Cantinflas”, con la ligera diferencia de que nuestro Chaplin nacional no asaltaba los camiones, que yo sepa. Además, el cine latinoamericano siempre será capaz de encontrar un peor estereotipo para glorificar la pobreza.

La situación se fue degradando. Descubrimos que Cagalera, el protagonista, es un joven homofóbico y sociópata que discrimina a su hermano homosexual, maltrata a su hermana menor y para colmo tiene un padre golpeador. Combo ganador y boletos de primera fila a la pornomiseria. Pero hasta ahí no era tan grave la cosa. Luego, el tono de la música se empieza a poner empalagoso y magnánimo; y, de pronto, ya nos quieren convencer de que Cagalera (¡oh, ingenioso nombre de la escatología de quinto de primaria!) es un chavo confundido que, en el fondo, ama a su familia y es solo una víctima más en esta sociedad desigual. Inconsistencias como ésta provocan grave indecisión en el público: la película está clasificada como drama, pero nadie sabe si reír o llorar.

Poco a poco descubrimos que lo que se anunciaba como un homenaje a Los olvidados de Buñuel, o a la cinematografía de Ripstein, empieza a transformarse en Mujer, casos de la vida real, y de solo pensar en el rostro de Silvia Pinal siento una angustia profunda por el futuro de mi cita. Entonces Chicuarotes suscita los primeros bostezos —sobra decir que mi amiga echa humo por las orejas desde hace diez minutos. Tras una escena de robo fallido a una tienda de lencería barata, nuestros protagonistas van por la carretera de Xochimilco como rebeldes sin causa oyendo los peores recalentados de los años noventa y caen directamente (¡oh, sorpresa!) en las fauces de dos policías obesas, con quienes uno de ellos tenía cuentas pendientes desde la secundaria (¡oh, casualidad!) y que se preparan para enfilar su despiadada venganza: obligar al más guapo de ellos, el Planchado (otro nombre de ingenio adolescente), a tener sexo desenfrenado con ambas mientras usan los horrendos calzones robados. El absurdo y la abyección de la escena, que se presume graciosa, provoca unas pocas risas lastimeras. Son probablemente algunos miembros de la fanaticada de Gael, cuya primera película, Déficit, consiguió traer precisamente algo similar a las cajas de las taquillas.

Pero ahora fuimos de guatemala a guatepeor. Ni siquiera la actuación de Benny Emmanuel, Dolores Heredia o Daniel Giménez Cacho pueden detener este largo y triste episodio de La Rosa de Guadalupe o Mujeres Asesinas que, en vez de lastimar, da lástima. Ya no hay nada qué hacer; mi amiga y yo nos miramos, sin valentía para escapar de la sala. Nos hallamos metidos de cabeza en un pueblo periférico que se acaba transformando, como los payasos de la secuencia inicial, en un tenebroso lugar tan desangelado que hasta los chinelos deben participar en los linchamientos populares. Por si fuera poco, luego entendemos, a juzgar por las muecas de los personajes al beberla, que toda la leche en este pueblo mágico está cortada —¿Tan jodidos están? —pregunta mi amiga, con un tic nervioso en el ojo izquierdo. Siguiendo su estrafalaria lógica de contrastes, este San Gregorio de Atlapulco parece ser, al mismo tiempo, un lugar de alta cultura donde la gente ve a diario 31 minutos, un programa sesudo de análisis político que para asuntos de congruencia es… ¡chileno! Sí, amigos, los chilenos han invadido nuestras cadenas nacionales. ¿Quizás el guionista escogió esa secuencia para mostrar que, a pesar de todo, los chicuarotes sí analizan la brecha socioeconómica desde una perspectiva autocrítica?

Antes del final, le hago la pregunta del millón a mi amiga, ¿qué es un chicuarote, aparte del gentilicio para los habitantes de San Gregorio? Ella me explica que es un tipo de chile, oriundo precisamente de las chinampas de Xochimilco, y que la palabra también define a una persona dura, necia. Entonces comprendo que el necio no fue Gael, ni el guionista Augusto Mendoza; los necios hemos sido nosotros al permanecer en la sala y tratar de descifrar este complejo espectáculo sin pies ni cabeza.

Después de semejante ración de chicuarote, mi amiga y yo nos enchilamos hasta el tuétano de los huesos. Y el resto de mi cita, como esta película, amigos, es historia patria y amargura.

Chicuarotes, dir. Gael García Bernal, guion de Augusto Mendoza, con Ricardo Abarca (Planchado), Daniel Giménez Cacho (Chilamil), Dolores Heredia (Tonchi), Benny Emmanuel (Cagalera), La Corriente del Golfo y Pulse Films, 2019.

 

Roberto Galván
Lector en deshoras y cinéfilo de clóset.

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