La increíble y feliz historia de mi encuentro con García Márquez y su broma desalmada

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¿Qué tan probable es que el único día en tu vida que te topaste por sorpresa con Gabriel García Márquez, llevaras contigo un ejemplar de su obra cumbre? No lo sé. Supongo que en parte dependerá de a qué se dedique uno. Un vendedor de libros, por ejemplo, habría tenido mejores momios que la mayoría de los mortales, pues seguro que en su maletín o en su vehículo suele cargar parte de su repertorio. Un estudiante de letras hispánicas también gozaba de más alto chance que el promedio. Pero en el caso de un simple abogado no fetichista (yo), cuya última costumbre es transportar libros literarios, me temo que la probabilidad era cercanísima a cero.

Era el sábado 4 de agosto de 2007. Asistía, invitado de última hora, a un concierto vespertino en la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Nacional Autónoma de México. Llegué al estacionamiento 3 del Centro Cultural Universitario que ya estaba repleto de vehículos (más prudente hubiera sido aparcar en el número 4, más lejano pero menos lleno). Después de varios minutos de dificultad para encontrar un lugar, por fin logré estacionarme. Cuando empezaba a caminar rumbo al foro musical, observé que a unos veinte metros descendía de una camioneta un individuo que guardaba asombroso parecido con Gabriel García Márquez. Tras un frotar de ojos, advertí que se trataba, en efecto, del consumado Nobel de Literatura.

Por pueril que esto parezca, sentí mucha emoción al mirar al escritor. Estaba maravillado de verlo en persona. En eso, me vino a la mente que tal vez en mi coche se encontraba mi antiguo ejemplar de Cien años de soledad. O tal vez no. Explico la razón de la duda: yo trabajaba entonces en el Tribunal Electoral mexicano, mejor conocido como “Trife”. Casualmente, unas semanas antes había pasado a mi oficina un señor que se dedicaba a empastar libros en piel. Me convenció de “arreglar” varios de mis volúmenes jurídicos que estaban en mal estado (a diferencia de muchos de mis colegas, que lo hacen por deporte, sólo recurro al reempaste cuando es indispensable). A ese conjunto agregué un solo libro no jurídico que le llevé desde mi hogar al día siguiente. Era una de las primeras ediciones de Cien años de Soledad que mi madre me había regalado años atrás (de la editorial colombiana Oveja Negra).

A inicios de esa misma semana me entregaron los libros en la oficina. Coloqué los tomos jurídicos en su lugar y el de García Márquez me lo llevé para devolverlo a casa y lo puse en el asiento trasero de mi coche. Ya para el sábado no recordaba si —distraído como soy— había bajado en mi departamento el libro o si éste seguía dentro del vehículo. Comencé a buscar y me brillaron los ojos al descubrir que, entre el desorden de papel que solía reinar en mi auto, debajo de un par de periódicos, ahí descansaba el libro. ¡Eureka! En esta ocasión me hubiera dado mucho coraje ser una persona más ordenada. Fue un buen avance pero, claro, aún faltaba "pescar" al autor para obtener su firma.

A diferencia mía, García Márquez no llegó solo. Lo acompañaban varias parejas más jóvenes (posiblemente alguno de sus hijos estaba entre ellos). No era una escolta de seguridad, pero vaya que operaba como tal. Uno de sus camaradas, muy bien presentado, cerró mi paso (tal cual) y me atajó diciendo algo así como "¿se le ofrece algo?". Le mostré el libro y le dije que deseaba mi dedicatoria. Cortante, me explicó que estaban auxiliando a don Gabriel en su camino hacia el edificio (advertí hasta entonces que el escritor caminaba con algo de dificultad y eran quizá unos 70 metros de trayecto). Me indicó que debería hacerle la petición ya en el "hall" del recinto (así dijo el cuate), no antes. Marché entonces hacia la “Sala Neza” donde me esperaban mi padre y mi boleto. Cuando le conté que ahí venía el Premio Nobel y que por pura casualidad traía el libro en mi automóvil, no pudo creer la suerte de su primogénito. Me dijo: “hubieras jugado el Melate, m’hijo”. Y lo que sería la cereza del pastel: mi papá es un ingeniero entre cuyas genialidades está la de portar cámara de fotos casi 24/7, de modo que inmortalizaría el momento en el que García Márquez estuviera firmando mi libro. ¡Qué bonito es lo bonito!

Pero surgió un problema que moderó mi optimismo. Todo parecía tan fácil como abordar a un escritor en el vestíbulo de un anfiteatro, ¿no es cierto? ¡Ja!, no si se apellida García Márquez. Resulta que una nutrida comitiva de recepción salió por don Gabriel a la escalinata de acceso al edificio. Y he aquí lo grave: el grupo estaba encabezado no sólo por el entonces rector, Juan Ramón de la Fuente, sino por el supermagnate Forbes, Carlos Slim Helú… ¡¿Qué rayos hacía ahí el empresario?! Buena pregunta que tiene mejor respuesta: es uno de los promotores de la Orquesta Sinfónica de Minería. A la fecha, la temporada de verano en la Sala Nezahualcóyotl es organizada por ingenieros egresados de la Universidad Nacional, entre ellos, el célebre millonario Slim.

¡Uh, que la porra! —hubiera dicho mi suegra. Esta vez la valla de seguridad era de a de veras. Con desesperación vi cómo García Márquez se encaminaba hacia el palco central de la sala, del cual, para mis propósitos, ya no saldría (el palco incluye un comedor en el que los invitados especiales se quedan a departir después del concierto; eso yo lo sabía, así que era ahora o nunca). Sin tiempo para maquinaciones, comencé a “echar lámina” a cuanto sujeto se me interponía. A base de obstinación —y de uno que otro codazo— conseguí taladrar el contingente hasta su núcleo, gracias a que Slim se había adelantado un poco. Ya a unos metros de su entrada a la sala, me aproximé sin vacilaciones a don Gabriel.

Al verme, el Nobel se detuvo y aceptó, generoso, autografiar mi libro. Ni siquiera se lo tuve que enunciar. Sólo le dije “Don Gabriel” con una leve sonrisa. Mi misión estaba casi completada, mas no había que cantar victoria todavía. En cuanto recibió el libro en sus manos el escritor frunció el ceño al ver que la portada no decía cosa alguna (es un forro liso color miel). –¿Qué es esto?, me preguntó. Y sí… ¡no fuera a ser uno de Fuentes o de Vargas Llosa! En ese momento rotó el libro y encontró que en el lomo se inscribía, con letras muy bonitas, “García Márquez / Cien años de soledad”.

—¿Qué pasta es esta? —inquirió serio.

—Lo mandé empastar en piel, don Gabriel. Se me deshacía en las manos, usted sabe.

—¿Y qué usted no sabe que ya los venden nuevos?

Menuda réplica. Por un momento creí que me quedaría sin autógrafo. Fanático que soy de Cien años de soledad, alguna vez leí que el propio García Márquez se refirió a la baja calidad de la pasta en las primeras ediciones con una metáfora: el libro se deshacía en las manos. Se me quedó muy grabado porque había sido víctima de ello desde que se me empezó a deshojar. Pero, al parecer, mi “cita” no le hizo demasiada gracia. Le respondí: —Lo sé, don Gabriel, el verde ya lo tengo (en referencia a la edición conmemorativa de los 40 años del libro) pero éste es el que he leído tres veces… y el otro cero. Inmune a mis chascarrillos, García Márquez continuaba serio.

Fue cuando de su chamarra negra desenfundó un tremebundo plumón del mismo color. Abrió el libro en la quinta página (donde se lee el nombre de la obra) y, para mi estupefacción, ¡comenzó a destruir parte del título! Con trazos circulares y pesados, el señor iba tachonando sin remedio la palabra “soledad”. Yo no entendía nada de nada y opté por esperar. Ni modo que le pidiera no dañar mi libro, o, mejor dicho, mi objeto, porque en realidad era ¡su libro! y podía hacer con él lo que quisiera.

Después de arrasar con cada letra de la palabra “soledad”, la misma mano autora de esa obra inmortal de la literatura, escribió abajo la palabra “felicidad” —con “f” minúscula— y preguntó mi nombre. Entonces comprendí el acto de magia. Al final, por supuesto, la dedicatoria quedó así: “Cien años de felicidad para Roberto Duque, del amigo, Gabriel García Márquez”. Interrumpió mi agradecimiento otro tipo que también se acercó para pedir su autógrafo en una tarjeta blanca (que para su esposa). Don Gabriel le dijo que, si fuera un libro, con todo gusto, y no le firmó ni papa. Enseguida el literato ingresó a su palco para presenciar el concierto, ya próximo a dar inicio.

Otro dato curioso fue que al instalarme en mi butaca (con una sonrisa de oreja a oreja) me percaté que justo atrás, en la fila contigua, estaba un ex secretario de Estado, a quien conocí años antes cuando lo invité a dar una conferencia en mis épocas de dirigente estudiantil. Además de saludarlo le presumí, orondo, mi nuevo tesoro. El político quedó impactado con la dedicatoria y sospecho que empezó a experimentar una envidia de la peor, pues dijo que mandaría en ese momento a su chofer a comprar un ejemplar en Gandhi (la famosa librería, cercana a Ciudad Universitaria) para pedirle lo mismo a García Márquez al finalizar el concierto. Ya no supe qué pasó con ello.

Pero aún faltaba el toque final. Desde entonces, la Orquesta Sinfónica de Minería tiene como director a Carlos Miguel Prieto, quien siempre me ha caído bien porque detesta las poses y los protocolos absurdos. Contra la ortodoxia que exigen muchos dizque expertos, es común que antes de iniciar el concierto dé una explicación a la audiencia sobre algunos aspectos relevantes de lo que se va a escuchar. La obra programada para esa noche era la quinta sinfonía de Beethoven. Sin necesidad de micrófonos (la acústica de la Nezahualcóyotl es mundialmente afamada) el director Prieto comentó que esa obra marcó un parte aguas en la historia de la música e ilustró por qué.

Dicho eso, expresó que esta era una ocasión extraordinaria para su orquesta, ya que él y sus músicos iban a tener el privilegio de interpretar la sinfonía en presencia de otro hombre que, al igual que Beethoven, escribió una obra que marcó un antes y un después, no en el campo de la música sino de las letras: Cien años de soledad, que —como bien recordó— estaba cumpliendo 40 años de haber sido creada, y después de la cual la literatura nunca volvería a ser la misma. El director pidió entonces un aplauso para el Nobel de Literatura. Todas nuestras miradas apuntaron al palco del rector, desde donde García Márquez saludaba con la mano. Le dimos —me atrevo a decir que todos, y la sala estaba llena— una larga y emotiva ovación de pie. Poco a poco se hizo el silencio y entonces comenzó el concierto… Una noche absolutamente inolvidable.

Bueno, pues esa es mi pequeña historia con Gabriel García Márquez. A raíz del deceso de este hombre universal, pensé que debía escribir el testimonio como un modesto homenaje de un lector apasionado y agradecido, al que don Gabriel seguirá fascinando a través de sus libros y al que llenó de dicha la noche de verano que me deseó 100 años de felicidad.

Da mucha tristeza que un genio de esta envergadura nos deje y que no pueda volver a crear. Tuve mucha suerte el día que lo encontré. Mientras más lo analizo, más ínfima pienso que era la probabilidad de que se juntaran tantos elementos de azar para que mi atesorada dedicatoria, y el texto que ahora escribo, existan. Similar, acaso, a que cayera una tormenta silenciosa de florecitas amarillas a la muerte del rey; o a que un caballo se cargara ipso facto al truhán que osó propasarse con Remedios, la bella. Pero no soy esotérico. En el realismo no mágico, las coincidencias existen. Tal vez, como sugirió mi padre, debería jugar más seguido al Melate.

 

Roberto Duque Roquero. Abogado constitucionalista. Es profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México.

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