Emiliano Monge se ha ganado a pulso un lugar en el panorama literario mexicano. El siguiente ensayo traza un recorrido por los temas y pulsiones que habitan la prosa de un autor maduro, ambicioso y más que prometedor.

La primera vez que Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) apareció como uno de los escritores promesa de México fue durante la FIL de Guadalajara de 2011.1 Aunque sus primeras novelas habían tenido poca suerte mercantil (Arrastrar esa sombra y Morirse de memoria, ambas publicadas por Sexto Piso), al filo de 2013, El cielo árido (Literatura Random House, 2012) fue reconocida con el premio “Otras voces, otros ámbitos”, galardón otorgado a lo mejor del año cuyas ventas no superan los mil ejemplares; con ello, la novela reapareció en las mesas de novedades y su autor en periódicos y revistas. Poco a poco, la carrera de Monge fue ganando proyección. Con la expectante mirada de editores, críticos y lectores, el joven escritor bregó por encastar su narrativa y su capacidad de invención. La clave de cada nuevo proyecto sería romper con lo anterior, desterrar las formas previas y obligarse a reinventar; no obstante, algo queda intacto en su obra, una inquietud que la impregna toda: la violencia y las distintas formas de narrarla.

La violencia como personaje

El cielo árido es la historia de Germán Alcántara Carnero, un personaje movido, como el México del siglo XX, por el conflicto, e incapacitado para concebir otra manera de resolver sus problemas más que con violencia. Obertura de lo que podríamos llamar una trilogía (seguida de Las tierras arrasadas y La superficie más honda) donde la violencia es un fantasma errante. Figurativamente, en El cielo árido la violencia es el personaje principal, la protagonista, por lo que toda la narración toma la forma del arco de la vida. Germán Alcántara fue concebido por violación, parido en la marginalidad, abandonado a su suerte y ultimado sin redención.

Historia de vida contada por un narrador próximo al lector, que lo convida a ser parte de la trama, a intervenir, sin éxito posible, en favor de la calma. Con una narrativa disruptiva, la vida de Germán es relatada en desorden, a partir de los nudos más álgidos y memorables de su existencia —tal como el recuerdo humano—, cada uno, epítome de la soledad, la rabia y el rencor. La violencia retratada allí es antesala y germen de otra más atroz que ahora padecemos: la del crimen organizado; la historia, incluso, termina cuando inicia el fenómeno del narcotráfico, en la década de los 80, tiempo en que México hizo las veces de puente entre Colombia y Estados Unidos. Obra con la que se robustece la épica de Monge y que brinda un ejemplo de cómo la literatura debería intervenir en la política. A lo largo de todo el texto no se menciona el nombre de ningún alcalde, gobernador o presidente, ni se mencionan políticas públicas, organizaciones campesinas o partidistas, pero hay más discusión política sobre el México rural del siglo XX que en muchos de los volúmenes posrevolucionarios, repletos de hagiografías, algunas panfletarias.

La violencia como lugar

Las tierras arrasadas (Literatura Random House, 2015) versa sobre el topos de la violencia, sobre un oasis de brutalidad enquistado en el páramo de horror en que ha volcado México: sobre la frontera sur y los senderos inhóspitos que la zanjan. Inspirado en decenas de testimonios —que intervienen de tanto en tanto—, facilitados por diversas organizaciones de derechos humanos, Monge crea una novela sobre la migración en torno a dos personajes: Epitafio y Estela, un par de “coyotes” que supuestamente ayudan a cruzar indocumentados de Centroamérica a Estados Unidos, y que en realidad se dedican al tráfico de personas.

En determinado momento de la trama, Epitafio y Estela se ven obligados a separarse para poder manejar al mar de gente que trasladan. El móvil de la separación no convence y el mecanismo al que recurre el autor para mantener la tensión resulta predecible luego de usarlo en reiteradas ocasiones. Sin embargo, lo interesante es que, a pesar de saberlos viles y violentos, capaces de asesinar y traficar con cuerpos, anhelamos su reencuentro, deseamos que se consuma su historia de amor. Así, súbitamente, Monge nos orilla al mal. Ya decía Lévinas que la maldad consiste en excluirnos de las consecuencias de los razonamientos, hacer lo contrario de lo que se proclama: apoyar el combate al crimen organizado, pero implorar impunidad para los dos amantes Epitafio y Estela.

“La violencia se volvió tan cotidiana que no le podemos responder desde el horror. Hay que responderle bellamente”, propone Monge, que concibe su novela como una fotografía de Enrique Metinides. En una tragedia retratada por el célebre fotógrafo de nota roja, se aprecian dos cuerpos en el asiento trasero de un carro siniestrado. Es imposible apartar la mirada del pequeño, de dos o tres años de edad, que yace, con los ojos entrecerrados, junto a su madre, pero también es difícil no encandilarse con la imagen completa, con los cuatro rostros que, atentos, asoman desde el vidrio estrellado de la puerta contraria al punto de captura. De ahí aprendió Monge: recanalizar la mirada sin censurar la violencia, porque, aunque las bases de datos oficiales la oculten, permanecerá.

Otro logro de Las tierras arrasadas es la incorporación de endecasílabos en ciertos pasajes. Aunque Monge rehuyó de la práctica reporteril y obtuvo los testimonios de documentos proporcionados por diversas organizaciones, rescató la oralidad de las declaraciones, entre las que encontró un concierto peculiar, algunas veces compuesto de lamentos con forma de versos involuntarios y otras solo de rezos desbaratados que optó por recomponer y versificar. “Quería que el libro tuviera el ritmo de una plegaria, que al leerlo, uno pudiera pensar que estaba pasando las cuentas de un rosario, que las frases tuvieran el ritmo de la respiración de un hombre secuestrado. Y claro, buscaba una música particular, que rompiera las diferencias del habla de los personajes, pues parte del asunto central del libro es que todos se fundan en una masa”, explica el autor.

“Yo voy allá para olvidarme…
para olvidar lo que tenía…
para olvidar pues lo que no tengo…
que ya no tengo…
voy allá para ya no tener más miedo…
porque allá no voy a tener miedo”.

“Ya ni las cuento… no sé ni cuántas…
la última fue hace mucho tiempo…
unos nueve años… ya había llegado…
allí ya estaba hasta con casa…
con un trabajo y una casa…
pero vinieron los migrones a los campos y agarraron ahí parejo…
y de regreso, que el sueñito se ha acabado…
pero ahí vengo… en otra vuelta”.

Monge quiere que comprendamos su dolor, que respiremos por un momento como ellos, los indocumentados, como cuando permanecían secuestrados. Eso es la novela: una indagación de sí en los otros, porque esos podríamos ser nosotros. Y lo somos: migrantes en desbandada, huyendo de la violencia de las patrias, en búsqueda del sueño americano, dejando atrás las tierras arrasadas. Es una novela sobre lo infrahumano de la migración y la trata, pero sobretodo, sobre nuestro fracaso como civilización, sobre el ramplón avance de la globalización, la agudización de las consecuencias del capitalismo y nuestra nula capacidad para detenerlo.

La violencia como ecosistema

La superficie más honda (Literatura Random House, 2017) no se lee, se habita. En esta ocasión, Monge ha hecho de la violencia un ecosistema, el medio ambiente donde conviven los personajes. En cada uno de sus once relatos hay una comunidad cuyos procesos vitales se relacionan entre sí y se desarrollan en función de los factores físicos de un mismo ambiente feroz. Además, el autor coloca al miedo y la violencia en su justa dimensión. Los cuentos están fundamentados en lo que expone en su tesis de licenciatura en Ciencias Políticas: “Miedo y dominación” (UNAM, 2003). En ella estudia las formas y representaciones del miedo así como los fundamentos, las razones y las amenazas sobre las que se construye.

El primer cuento trata sobre el miedo al pasado. Un muchacho visita cierta localidad, en algún punto indefinido del país, poblada por una comunidad cauta y desconfiada. A menudo irrumpen en el pueblo sujetos armados. Hay un miedo compartido por la colectividad que, como afirma Monge en su tesis, tiene su origen en el pasado y se efectúa en el presente gracias al recuerdo del castigo y la violencia de lo que sucedió y puede llegar a repetirse. A diferencia de éste, en el cuento que le sigue, el miedo proviene del futuro, de la coerción que vendrá y la inquietud que ello genera. El temor de un padre a que una amenaza se cumpla es el tema central: miedo al futuro.

Con la lectura llega la incertidumbre. Monge nos pone en un callejón sin salida: ¿qué hacer? ¿Cómo salir de la sombra que emana de la pila de cuerpos que ha dejado la barbarie en México? ¿Desde dónde partimos, de la derrota o de la esperanza? Desde luego que el escritor no ofrece respuestas, aunque sí cuela una sutil pero fatal sentencia. El miedo no cede en ninguno de los once relatos, deja impávidos a los afectados y, por tanto, no muta en resistencia, en acción libertadora. La violencia nos ha sobrepasado. No hay condiciones para sobreponerse. Nada queda más que el sometimiento. Eso es habitar México.

El laboratorio de Emiliano

No contar todo (Literatura Random House, 2018), la más reciente obra de Monge, es una novela de no ficción que presenta la historia de tres generaciones: la del abuelo, Carlos Monge McKey; del padre, Carlos Monge Sánchez, y la del propio Emiliano Monge García. Es una novela sobre el desamparo, la ausencia y la partida. Es, también, una obra que le sirve al autor de enmienda. “En mis primeros trabajos todo era forma, y en los más recientes, todo es fondo”, ha reconocido en diversas entrevistas.

Hay aquí una clara hibridación de géneros. La historia de Carlos Monge McKey —quien decidió simular su muerte para alejarse de su familia— es introducida por el propio autor en clave de autoficción, género que detesta y que solo usó para luego desecharlo y renunciar a él para siempre. Luego, el relato prosigue, pero con otro género: el diario. La supuesta libreta del abuelo comienza con apenas algunas anotaciones espontáneas sobre sus experiencias personales que, a medida que avanza la historia, toman forma de composición literaria, como en las novelas de Witold Gombrowicz o Ricardo Piglia. En algún punto, el género vuelve a mutar y los simples apuntes tornan en aforismos, relatos y hasta ensayos breves.

Javier Marías sostiene que la patología de la literatura contemporánea es el relato de las penalidades propias hechas ficción mal disimulada, autobiografía o testimonio, moda fomentada por el narcisismo y la nula inventiva del escritor: una desgracia hecha volumen, una nadería vuelta obra. Sin embargo, hay historias que lo ameritan, como la del padre de Emiliano, Carlos Monge Sánchez, un hombre de izquierda, compañero de armas de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez en la guerrilla, señalado por participar en un atentado contra un alto funcionario, por lo que fue encarcelado y torturado en Lecumberri. Aunque esto apenas se menciona en No contar todo, ahora sabemos los detalles gracias a la reciente desclasificación de “Los archivos de la represión”: miles de documentos sobre la contrainsurgencia orquestada por el Estado mexicano en el último tercio del siglo XX, y de los que Monge no tenía conocimiento cuando escribía la novela, pero que sin duda ahora enriquecen su lectura.

Para contar la estruendosa historia de su padre, Monge, irónicamente, se sirve del silencio. Una anécdota literaria conocida ayuda a ilustrarlo. Un año antes de su muerte, Italo Calvino y Esther Judith Singer, su esposa, visitaron en Sevilla a un ya ciego Jorge Luis Borges, una reunión en la que Calvino no pronunció palabra alguna.

—Borges, Italo también vino —salió al paso Esther luego del monástico sigilo del escritor italiano.
—Lo reconocí por su silencio —asintió el argentino.

Lo mismo en No contar todo. Hay un falso interrogatorio al que Emiliano somete a su padre, usado para extraer sus vivencias que durante años se ha negado a compartir con su familia; pasajes donde fueron suprimidas las preguntas de Emiliano y donde solo se conservaron los diálogos del padre. Pese al silencio, se reconocen las palabras calladas del hijo. “Lo hice así porque, para mí, mi papá fue más una voz que una presencia”, dijo el escritor en una conferencia.

Finalmente, el propio Monge busca contar su huida de la realidad y el refugio que halló, no en una nueva vida ni en la guerrilla, sino en la literatura. Opta por una voz en tercera persona para tomar distancia con la autoficción: “la autoficción enflaca a la literatura”, se queja el escritor mexicano, defensor de la figura del narrador decimonónico.

Monge es un escritor francamente preocupado por el estilo, y como afirma Ricardo Piglia, todo estilo es una convicción. Y la de Monge, según declara él mismo, es escribir con un lenguaje diferente al lenguaje del poder, así como alumbrar los rincones más oscuros de la historia que está contando. A cambio, el autor presenta la violencia en sus múltiples facetas, sin caer en aquellas más obvias, y tal vez por eso más desgastadas. Es el escritor de la violencia nacional, de la violencia bronca, cruda, fiera, bárbara; de las víctimas de esta nuestra hecatombe, de las personas dolidas, sin amparo ni consuelo; de los victimarios, arrastrados a delinquir, y del Estado de la impunidad, de este nuestro México.

 

Ricardo Hernández Ruiz
Internacionalista por la UNAM y periodista independiente. Coautor del libro Un siglo de Relaciones Internacionales: su enseñanza en México y el mundo.


1 Su nombre apareció en la lista de “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”, un proyecto editorial que tuvo como objetivo la publicación de un libro. En él se reseñó la vida y obra de los 25 narradores invitados por la FIL y fue, digamos, un método de promoción y publicidad; un espaldarazo a los jóvenes creadores.

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