La Revolución de octubre nunca tuvo entre sus prioridades asesinar al zar Nicolás II. La muestra de su triunfo dependía de otros hechos y símbolos. ¿Por qué, entonces, se decidió eliminar al zar y a toda su familia de la manera más cruenta? Aquí el relato de un asesinato que no estaba planeado, pero que se volvió fundamental para la historia del nuevo orden soviético.

Toda revolución tiene sus puntos de llegada, desde los primeros cambios una vez derrotado el antiguo régimen hasta la institucionalización de un nuevo orden, que puede tardar copiosas décadas. Las revoluciones viven —y su legitimidad y su mera supervivencia dependen— de la confirmación de que lo que va ocurriendo una vez resquebrajado el antiguo orden es “revolucionario”.

La Revolución francesa de 1789 tuvo en la guillotina su confirmación máxima de que el cambio era real al pasar por los cuellos de Luis XVI y María Antonieta hasta los de Danton y Robespierre. Lo mismo que la inglesa de 1648 se verificó con el hacha del verdugo de Carlos I y las extravagancias de Cromwell. En la mexicana está la elección de Madero en 1911, la Constitución de 1917 (con varios artículos específicos) y el encauzamiento revolucionario por vía del partido hegemónico, pero también los “cuellos” del propio Madero, de Carranza y Obregón. Acaso los frescos de Rivera, Orozco y Siqueiros sirvieron como comprobación popular de que los valores revolucionarios cundían ya entre la nueva sociedad. No hay que ir más lejos.

En ese tenor, la Revolución rusa fue un tanto peculiar. Quizá no hubo mayor confirmación de que el antiguo régimen era historia que la apropiación popular, asombrosamente espontánea, de las calles de Petrogrado y la destrucción física de la simbología zarista al calor de las decisiones apasionadas y fortuitas de los consejos de obreros de la capital durante la primera mitad de 1917, que tan bien ha descrito Borís Kolonitski.1 O la creación, profundamente original, del Soviet (“Consejo”) de Obreros, Soldados y Campesinos que aglutinó a las facciones revolucionarias a la caída del zarismo.

Sin embargo, en la situación de aquel primer régimen revolucionario ruso —tanto del Gobierno Provisional (febrero-octubre de 1917) como de los bolcheviques después—, había tales altibajos y efervescencias que la discusión seria sobre el regicidio no fue prioridad en un inicio.

Resulta interesante que en esos últimos días de febrero de 1917, los diputados de la Duma (Parlamento) fuesen a pedir “civilizadamente” al zar Nicolás II que “por favor” renunciara dado que la situación lo rebasaba. Más sorprendente es que éste aceptara con una calma absoluta en medio de una guerra total. De hecho, se le sugirió abdicar en favor de su hermano Mijaíl, quien no aceptó mientras una Asamblea Constituyente no le ofreciera el trono. Prácticamente nadie proponía el regicidio de entrada, aunque había quienes buscaban enjuiciar al zar para así confirmar que la voluntad popular, revolucionaria, y la justicia del Pueblo, eran indudables e inequívocas.

Transcurrieron los meses y, entre el tumulto revolucionario, nadie sabía bien a bien qué hacer con Nicolás II y familia. Su primo y casi gemelo Jorge V del Reino Unido no quiso aceptarlo en Londres para no alborotar al Partido Laborista y porque la zarina, Alexandra de Hesse, se veía como proalemana en virtud de su origen. Alexánder Kérenski llegó al poder en julio de 1917 con la idea de negociar la salida de la familia imperial de Rusia e incluso protegerla, tanto del creciente avance alemán hacia Petrogrado, como del revuelo revolucionario. Más de una vez se entrevistó con el antiguo soberano. Alexandra llegaría a escribir que Kérenski era “nuestro amigo”.2 Tan amistoso resultaría Kérenski que les facilitó el traslado a la mansión del gobernador en Tobolsk, allende los Urales, con escasas restricciones.

Un año después de la abdicación de Nicolás II, en febrero de 1918, el nuevo gobierno bolchevique ordenó trasladar a la familia imperial de Tobolsk a un punto algo más cercano y mejor controlado, Ekaterimburgo. Entre las confirmaciones revolucionarias que los bolcheviques deseaban llevar a cabo —sobre todo para dejar en claro que la suya, aunque mero golpe de Estado, era una revolución mayor que la de febrero—, Lenin, sin duda mucho más decidido que su predecesor Kérenski, propuso enjuiciar públicamente a Nicolás II en Moscú, nueva capital. La orden fue que la familia llegase viva a Ekaterimburgo para luego decidir su destino.

Había esperanza en Ekaterimburgo para los Románov. El ejército alemán había rescatado a algunos miembros de la familia varados en Crimea en marzo de 1918. La guerra civil recién estallada en Rusia, que expuso la fragilidad del control bolchevique en las zonas urbanas del país, estaba encabezada por el bando antibolchevique (“blanco”) conformado de viejos oficiales zaristas. Aunque variaban en su afinidad política, pues la mayoría estaba a favor de restaurar la Asamblea Constituyente clausurada por Lenin, éstos tenían crecientes simpatías, al menos, por el bienestar de los Románov —y de una posible monarquía constitucional encabezada por “Mijaíl II”, hermano de Nicolás II—.

A fines de mayo, las tropas blancas empezaron a ganar terreno en los Urales ayudadas por un destacamento de miles de ex prisioneros de guerra checoslovacos amotinados contra los bolcheviques en Cheliábinsk, 200 kilómetros al sur de Ekaterimburgo. Esto produjo una alerta máxima para Lenin y precipitó el mayor avance “blanco” contra la República Soviética revolucionaria.

La respuesta fue la esperable. En un comunicado a principios de julio, Yákov Sverdlov, mandamás del Comité Central del Partido bolchevique y número dos de Lenin, ordenó al Comité partidista de los Urales acabar con la familia “si era necesario”.3 O sea, que ni cuando parecía imperioso lo era tanto. Incluso ¡no fue sino hasta ese momento cuando los bolcheviques nacionalizaron las propiedades de los Románov! Un juicio público al antiguo soberano era, claramente, la última de las prioridades del nuevo régimen. Solo que, como sentenció Ibsen en Peer Gynt, cuando se acerca el peligro se acude al fetiche.

Y a propósito de fetiches, hay diversos mitos alrededor de la ejecución de Nicolás II y su familia el 17 de julio de 1918. Balas que rebotaban, el engaño de tomarles una fotografía para después asesinarlos, la sobrevivencia del zarévich Alexéi y aún más longeva, de décadas, la de su hermana Anastasía. Todo esto es abrumadoramente falso según los archivos y los testimonios. El que algunas balas no impactaran a profundidad en los cuerpos se debió a que los Románov escondían joyas preciosas, ocho kilos de diamantes específicamente, entre sus ropas —a Alexéi, joven hemofílico de 13 años, hubo que dispararle finalmente en la cabeza con una Colt porque las balas no llegaban al fondo de su pecho—. La supuesta fotografía no se planeó: se les dijo que iban a ser evacuados dada la proximidad de las líneas enemigas y que esperaran en un sótano. Anastasía no sobrevivió durante décadas, pero sí fue la última en morir, más de 10 minutos después del primer balazo.

El relato que ha hecho Simon Sebag Montefiore en Los Románov (2016) es estremecedor. Hasta el doctor de la familia, las criadas y los perros fueron asesinados. La confusión de los verdugos, que no conseguían atisbar a sus víctimas al disparar entre tanto humo, gritos y salpicaduras de sangre y sesos, le dio un aura mística al evento que duró casi 10 minutos, digno de cuento de hadas e intervención divina. Incluso cuando comenzaron a cargar los cuerpos en un Fiat, pensando que el “juicio” —código bolchevique para el asesinato— había concluido, los verdugos escucharon cómo Anastasía y su hermana María aún tosían. Fueron masacradas a bayonetazos.

La confirmación por regicidio de que la Revolución rusa había llegado para quedarse no fue el punto álgido ni del movimiento, ni de sus objetivos primordiales. La necesidad de asesinar a los Románov no confirmó nada, salvo evitar su liberación y que posteriormente fueran convertidos en estandarte de la resistencia antibolchevique. Al día siguiente, el Comité Ejecutivo Central del Partido reconoció “que la decisión del Soviet Regional de los Urales ha sido la correcta”.4 En 1924 se renombró a Ekaterimburgo como Sverdlovsk, en honor a Sverdlov, por haber sido el primero en sugerir seriamente el asesinato de la familia real.

El 17 de julio de 1998, ocho décadas después, el presidente de la nueva Rusia, Borís Nikoláyevich Yeltsin, condenó el suceso enérgicamente y los cuerpos fueron enterrados en la Catedral de San Pedro y San Pablo de la recién renombrada San Petersburgo. En 2003 se completó la Catedral sobre la Sangre —como llaman los rusos a las iglesias construidas en sitios donde hubo asesinatos— en el lugar exacto de la matanza: aquel sótano de la llamada “Casa Ipátiev”. Los integrantes de la familia Románov fueron canonizados como mártires en 2000 por la Iglesia Ortodoxa rusa. Finalmente, en 2015 se confirmó el hallazgo de los restos de sus siete integrantes, del doctor, de las criadas y de los bulldogs.

Es curioso. El funcionario del Partido Comunista que en 1977, por orden directa de la KGB, llevó a cabo la destrucción de la Casa Ipátiev en Sverdlovsk con un buldócer, como confirmación de que el socialismo había llegado para quedarse y evitar cualquier tipo de procesión incómoda al lugar, fue el mismísimo Primer Secretario del Comité Regional del Partido Comunista de la Unión Soviética en Sverdlovsk: Borís Nikoláyevich Yeltsin. A veces lo fortuito también amerita confirmarse, porque es de no creerse.

 

Rainer Matos Franco
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Estudios de Rusia y Eurasia por la Universidad Europea de San Petersburgo. Autor de Historia mínima de Rusia (Colegio de México, 2017).


1 Borís Kolonitskii & Orlando Figes, Interpretar la Revolución rusa: el lenguaje y los símbolos de 1917, Valencia, Universitat de València, 2001.

2 Cit. en Simon Sebag Montefiore, Los Románov, 1613-1918, México, Crítica, 2017, p. 808.

3 Cit. en ibid., p. 820.

4 Cit. en ibid., p. 828.

Leer completo
Hoy se cumple un siglo de la firma del acuerdo que definió el destino de lo que hoy son Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. Territorios con lenguas y culturas únicas, pero que durante los últimos cien años estuvieron en la mira de Rusia, Alemania y Polonia. Esta es la historia del Tratado de Brest-Litovsk, sus condiciones y consecuencias.

¡Cómo me gustan estas vastas extensiones
de tierra! Me gustan el bosque azul a lo lejos,
el deshielo y la niebla de los pantanos. Aquí,
en estos campos, sé y siento con todo mi corazón
que soy ruso, descendiente de labriegos y vagabundos,
hijo de esta tierra negra, empapada en sudor. Aquí
no existe Europa ni se la necesita, tampoco su
racionalismo mezquino, su pobre sangre y sus
caminos trillados, recorridos de punta a cabo.
Aquí están las “nieves blancas”, la imprudencia,
el escándalo, la rebelión.
Borís Sávinkov, El caballo negro (1923)

 

Existe una amplia franja de tierra —ya descrita en parte por Sávinkov en el epígrafe—1 que abarca desde los mares de Azov y Negro hasta el Báltico y que ha sido motivo de disputa a lo largo de los siglos entre distintas potencias vecinas —hasta la actualidad—. Hoy este amplio territorio, una de las tierras más fértiles de Europa y del mundo, está repartido entre las actuales Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. Todos estos países representaban las llamadas “Fronteras Occidentales” del Imperio ruso, junto con Finlandia y la actual Polonia oriental, desde fines del siglo XVIII e inicios del XIX. Aparte de ser las zonas más problemáticas para la corona zarista desde su anexión —en un grado solo comparable con el Cáucaso norte—, tienen en común que todas le fueron arrebatadas a Rusia el 3 de marzo de 1918 por Alemania y Austria. Esto se formalizó en el llamado Tratado de Brest-Litovsk, que puso fin a la Primera Guerra Mundial en el frente oriental con la victoria indiscutible de los poderes centrales.

La firma de este documento fue el resultado de la más ardua y agotadora derrota rusa desde la Guerra de Crimea en 1856 —solo que en aquella ocasión no hubo pérdidas territoriales—. Más aún: quienes firmaron la paz no fueron comandantes o ministros zaristas, sino bolcheviques prominentes, como Trotski, que heredaron el desastre que dejó la administración del último zar y del subsecuente Gobierno Provisional en el este de Europa. A su vez, Brest-Litovsk también provocó cambios fundamentales en la posición alemana y su influencia en Europa oriental y, desde luego, en las zonas afectadas directamente. Se trató, pues, de un hito en la historia de Europa que vale la pena desmembrar cien años después.

El camino que conduce a Brest-Litovsk comenzó a fraguarse en los cuarteles de guerra y en los pasillos de los ministerios alemanes. En algún momento de 1915, cuando se percibió que Rusia era más débil de lo que se pensaba debido al sencillo avance alemán sobre la Polonia rusa, la cancillería alemana buscó desestabilizar a aquélla desde dentro. El primer contactado entre los exiliados rusos fue Víktor Chernov, líder del Partido Socialista Revolucionario (el más popular de Rusia en ese entonces), pero la propuesta se cayó. La alternativa era apoyar a Lenin, líder del partido bolchevique —el más radical y, de hecho, el más crítico de la guerra en Rusia—, exiliado en Suiza. Es ya un hecho comprobado que los alemanes fraguaron el regreso de Lenin a Rusia en un tren blindado, entre marzo y abril de 1917, para ayudarlo a tomar el poder.2 Era imperioso para Berlín estabilizar el frente oriental ante la inminente entrada de Estados Unidos en la guerra.

En la propia Rusia la situación no podía ser más favorable al apoyo bolchevique. Hubo dos grandes decepciones entre la “opinión pública”, pero también en la calle, en el primer año de la revolución que estalló en febrero de 1917. Las dos contribuyeron a que los bolcheviques se hicieran del gobierno en octubre, con mayor apoyo popular —al menos en zonas urbanas— que el que se les ha adjudicado con frecuencia. Ambas decepciones estaban relacionadas en el imaginario popular, pero también en la realidad.

La primera fue una insatisfacción más amplia con las promesas improvisadas de la revolución espontánea en lo tocante a la inmediatez de los propios revolucionarios. Es cierto: cayeron estatuas de los zares, se martillaron águilas bicéfalas y en un santiamén se mandó al olvido al antiguo régimen de manera física, en su simbología.3 Se confirmaba, pues, que el zarismo era historia, de alguna manera, y eso contribuía a la borrachera revolucionaria y a la comprobación del cambio anhelado. No obstante, parecía que el Gobierno Provisional se empantanaba en la politiquería, en dirigir un juego de las sillas en el gabinete, y en el papeleo burocrático que no conseguía fijar una fecha para la Asamblea Constituyente, paso inexorable para resolver por la vía legal y legítima las cuestiones agraria y laboral, la regulación de la vida pública en la nueva Rusia.

La segunda gran decepción, a solo días de conformado el Gobierno Provisional, fue la continuación de la guerra. Si quería ser reconocido por otros Estados, en especial por los Aliados en aquel momento de guerra mundial, el nuevo gobierno ruso se veía impelido a continuar el esfuerzo bélico e incluso a asegurarle a sus aliados que Rusia seguiría presionando desde el este a los poderes centrales. Pável Miliukov, líder del Partido Constitucional Democrático, flamante ministro de Asuntos Exteriores, envió telegramas a Londres, París, Roma, Washington y Tokio para garantizar la continuidad de Rusia en la lucha. En abril, a solo un mes de conformarse aquel primer gabinete, las protestas antibélicas consiguieron remover a Miliukov de su efímero puesto, pero el gobierno no aprendió la lección.

Desde el regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, la campaña del partido bolchevique, el único que no entraría en las coaliciones gobernantes, sería “pan, paz y tierra”. En suma, era un llamado directo y pasional a resolver precisamente esas dos cuestiones de manera enérgica: que la revolución respondiera al clamor popular de paz en los hogares (trabajo estable, reparto agrario y salarios justos) y paz en el país (salir de la guerra).

Los bolcheviques fueron fieles a sus promesas —al menos en el papel—. Al tomar el poder en la Revolución de Octubre, Lenin emitió dos decretos de manera inmediata. Uno fue el Decreto sobre la Tierra, que abolió la propiedad privada en el campo sin compensación para sus antiguos dueños, y nacionalizó la tierra para repartirla entre el campesinado. El segundo fue el Decreto de Paz, es decir la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial, decisión sumamente popular en los centros urbanos que los bolcheviques controlaban. Fue este decreto el que llevó, directamente, a la firma del tratado que en estos días cumple cien años.

Así como estabilizar el frente oriental era una necesidad apremiante para los poderes centrales, Lenin también tenía la urgencia de deshacerse de problemas inmediatos para priorizar la construcción de su régimen revolucionario, sobre todo en cuanto la resistencia antibolchevique, “blanca”, comenzó a tomar fuerza en los primeros dos meses de 1918. Una vez decretada la paz, envió de inmediato a Trotski y a Lev Kámenev a negociar con los poderes centrales (Alemania, Austria, Bulgaria y el Imperio otomano) la retirada de Rusia de la guerra. Derivado de esto, otro gesto de Lenin que comprueba la necesidad de enfocarse en el ámbito interno fue otorgar la independencia a Finlandia, literalmente dándole un “vale” por su independencia al presidente del Senado finlandés, Pehr Svinhufvud, en una entrevista de cinco minutos, en el último día de 1917.4

El armisticio se firmó entre representantes de cada potencia el 15 de diciembre, tan solo veinte días después de la Revolución de Octubre, y dio pie a mesas de negociación bastante pintorescas, en las que un vehemente Trotski examinaba mapas y trazaba líneas junto con personajes de la realeza germana y enviados del sultán turco. En un principio ambos bandos evitaron hablar de concesiones territoriales. Sin embargo, en cuanto algún asesor le recordó a los alemanes que habían ganado la guerra en el este, Berlín se dio a la tarea de emancipar las fronteras occidentales (que ya ocupaba de facto) de Rusia. Por su parte, Estambul logró para su causa la devolución de antiguos territorios en el Cáucaso.

El Tratado de Brest-Litovsk, firmado el 3 de marzo de 1918, redefinió para siempre esas fronteras occidentales y el Cáucaso sur, en el giro más determinante de la política local que había mantenido San Petersburgo desde las particiones del Estado polaco a fines del siglo XVIII, y desde la incorporación paulatina del Cáucaso sur en la primera mitad del siglo XIX. Se trataba de regiones con una proliferación de grupos nacionales, lenguas, culturas y creencias sumamente dispares y, hacia principios del siglo XX, con una claridad más formulada —aunque ésta no iba más allá de la inteliguentsia y de algunas clases acomodadas— en cuanto a lo que constituía a las “naciones” polaca, lituana, armenia o ucraniana que, por ejemplo, a la “nación” rusa.

De hecho, cuando Alemania y Austria invadieron las fronteras occidentales entre 1915 y principios de 1918, impulsaron elementos nacionalistas en las zonas ocupadas con el fin de fomentar el sentimiento antirruso y, más tarde, crear Estados nuevos que fuesen una especie de protectorados alemanes. La administración militar alemana (Ober Ost) desvió recursos para fomentar el nacionalismo en Letonia, Lituania y Bielorrusia mediante la oficialización de sus lenguas vernáculas, la creación de escuelas definidas por lengua y las alianzas con grupos nacionalistas locales. La ocupación austriaca en Ucrania hizo lo propio al fomentar el nacionalismo ruteno no solo en la propia Ucrania, sino también entre los campos de prisioneros que tenían ese origen.5

La forma más acabada de esta idea ocurrió en Ucrania apenas concluido el Tratado de Brest-Litovsk, donde los alemanes instalaron una dictadura bajo la figura del ex oficial zarista Pável Skoropadski. Con ello, no solo se configuró un nuevo Estado de amplio territorio que fungía como dique frente a Rusia, sino que los poderes centrales pudieron explotarlo a placer, absorbiendo el grano necesario para terminar con el desabasto ya existente en algunas ciudades de Alemania y Austria, pero también el carbón del Donbás, que era crucial para revitalizar la industria armamentista y ferrocarrilera y hacer frente a la recién llegada industria de guerra estadounidense en el oeste de Europa. Desde luego, para fines de 1918, Skoropadski cayó en cuanto Alemania firmó su rendición incondicional.

Skoropadski podrá haber sido un caso aislado, pero el sentimiento proalemán de protección de los nuevos Estados llegó a ser tan fuerte entre las élites locales como para incluso ofrecer la corona de Letonia o Finlandia a príncipes germanos —no sin la presión de las élites alemanas, locales y foráneas—. El 4 de junio de 1918, el Consejo lituano ofreció la corona del país a Wilhelm Karl de Urach, conde de Württemberg, con el nombre de Mindaugas II. Más al norte, desde abril se había barajado la idea de un Ducado Báltico Unido —las actuales Estonia y Letonia—, bajo la tutela del duque de Mecklenburg, Adolf Friedrich. El 9 de octubre de 1918, luego de una cruenta guerra civil en Finlandia entre “blancos” (conservadores, anticomunistas) y “rojos” (socialistas, apoyados pobremente por Lenin), se votó la creación de un “Reino de Finlandia” y se ofreció su corona al príncipe Friedrich Karl de Hesse, cuñado del káiser Guillermo II. En los tres casos, ninguno de los monarcas propuestos llegó al país que lo esperaba, pues para octubre de 1918 la derrota alemana en la guerra era un hecho, como también la caída de la monarquía y la insurrección interna.

Tocó el turno a los Aliados decidir en Versalles la suerte de estos territorios bajo la contradicción de que no podían reconocer su independencia frente a la Rusia soviética debido a que habían sido “títeres” de Alemania. Y, sin embargo, se buscaba que quedaran fuera de la tutela de la Rusia soviética, que comenzó a avanzar al este —y a comprar armas a los soldados alemanes en retirada— en virtud de la derrota alemana y la evidente anulación del tratado. El problema para Moscú, además de su guerra civil interna contra los “blancos” antibolcheviques, fue que en Versalles se determinó la restauración del Estado polaco bajo la regencia de Józef Piłsudski, algo que las potencias europeas vencedoras anhelaban como un dique lo suficientemente voluminoso frente a la “amenaza” comunista. La nueva Polonia, bajo la ambición de Piłsudski de retomar las fronteras de la Polonia dieciochesca, se abrió camino a fines de 1918 y en 1919 en pequeñas guerras contra Lituania, la recién creada Checoslovaquia y lo que quedaba de la Ucrania independiente.

Bajo ese estado de cosas, acaso la consecuencia más evidente de Brest-Litovsk y su fugaz vigencia fue la obviedad que resultó de que Rusia buscara expandirse al oeste y Polonia al este, cada una reclamando para sí la tutela sobre los territorios que señalaba el tratado: una guerra inminente. La Guerra Polaco-Soviética se extendió desde febrero de 1919 hasta las últimas escaramuzas en la primavera de 1921. Los soviéticos fueron derrotados a las afueras de la mismísima Varsovia y obligados a firmar la paz. Literalmente, se trató de una contienda entre dos proyectos por un territorio que no era de nadie, cuya única herencia positiva fueron las fascinantes historietas de Isaak Bábel en Caballería roja (Konarmia).

Finalmente, al quedar derrotadas la naciente Unión Soviética y Alemania, como dos potencias “parias” ajenas al concierto europeo, el entendimiento entre ambas sería positivo, como se confirmó en el Tratado de Rapallo (abril de 1922), en el que Moscú y Berlín renunciaban a cualquier reclamo territorial mutuo. Esto podría verse como la continuación, desenlace y solución amigable de Brest-Litovsk. Desde luego, la llegada de Hitler al poder en 1933 cambiaría el estado de cosas seis años después, cuando Alemania y la Unión Soviética se volverían a dividir Europa del este —esta vez con mayor ventaja para la segunda— en el Pacto Mólotov-Ribbentrop. La historia ya es conocida.

La unificación alemana en 1990 y la caída de la Unión Soviética al año siguiente cambiaron el panorama, al grado de que ni una ni otra potencia dieron muestras de intervención durante las siguientes dos décadas, convirtiendo la independencia y soberanía de los Estados que comprenden estas regiones en tema indiscutible. Sin embargo, el conflicto interno de Ucrania iniciado en 2014, al que Rusia se sumó con la anexión de Crimea en marzo de ese año, ha producido recuerdos, dudas y desbalances una vez más en el equilibrio de poder regional.
Al parecer, los vastísimos bosques y pantanos rodeados de tierra negra que describía Sávinkov siguen siendo asiento no solo de nieves blancas, sino también de imprudencia, escándalo y rebelión —donde no se necesita a Europa—.

 

Rainer Matos Franco
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Estudios de Rusia y Eurasia por la Universidad Europea de San Petersburgo. Autor de Historia mínima de Rusia (Colegio de México, 2017)


1 Sávinkov se refería, más específicamente, a las tierras bielorrusas en la cuenca del río Berézina.

2 Cf. Catherine Merridale, Lenin on the train, Nueva York, Metropolitan, 2017.

3 La mejor síntesis al respecto es Boris Kolonitskii y Orlando Figes, Interpretar la Revolución rusa. El lenguaje y los símbolos de 1917, trad. de Pilar Placer Perogordo, Valencia, Universitat de València, 2001.

4 Cf. Erkki Räikkönen, Svinhufvud, the builder of Finland. An adventure in statecraft, Londres, Alan Wilmer, 1938.

5 Mark Von Hagen, “The Great War and the mobilization of ethnicity in the Russian Empire”, en Barnett R. Rubin & Jack L. Snyder (eds.), Post-Soviet political order: conflict and state building, Nueva York, Routledge, 1998, pp. 34-97; Alexei I. Miller, ““The role of the First World War in the competition between Ukrainian and all-Russian nationalism”, en Eric Lohr et al. (eds.), The Empire and nationalism at war, Bloomington, Slavica, pp. 73-90.

Leer completo


Un día del año 2012, en Moscú, se me ofreció ir a un planetario. Hayan sido los soviéticos muy duchos en asuntos espaciales, mis sensibles globos oculares rehuían un poco la idea. Pero inmediatamente después se me informó en ruso algo así como “va a tocar Pink Floyd”. Cosa muy extraña aquella: Pink Floyd ya no existía y era altamente imposible que se juntaran los tres miembros restantes para tocar en un planetario en Moscú. Cuando me repitieron más lentamente, entendí mejor: “van a tocar música de Pink Floyd”. Bueno, me dije, así ya cambia la cosa. Luego pensé, erróneamente, que al son de Pink Floyd íbamos a ver planetas, estrellas y cometas, acaso el lado oscuro de la Luna.

Craso error. El “show” se trataba, sí, de poner todo un disco del grupo —yo atendí a la puesta de Wish you were here (1975)—, pero en vez de astros nos pasaban imágenes cambiantes y terroríficas, bolas de color azul vincapervinca que se convertían en triángulos color carmín y luego en rombos argentados. Preferí cerrar mis ojos y escuchar la música de mi banda de rock favorita en vez de marearme con aquel espectáculo visual. En el último acorde de Shine on you crazy diamond, parte IX —en la que Rick Wright cita musicalmente See Emily play—, y en cuanto el planetario se quedó en silencio, un ruso que se quiso hacer el chistoso gritó “Na konets-to!”, o sea “¡Por fin!”/”¡Ya era hora!”/”¡Al carajo, yo me voy!”. No lo culpo (bueno, un poco; ¿para qué paga un boleto sin saber a lo que va?). Sintetizadores chirriantes, guitarras cósmicas y ritmos lentos no son para todos.

Algo parecido ocurre con el último disco de Pink Floyd, The endless river (2014). No es para todos. Ningún disco lo es, en realidad. Pero era algo que muchos anhelábamos no con esperanza, sino con abierta resignación. Un oasis en medio de un prolongado desierto musical. Algo que uno sabe que no va a pasar y, sin embargo, tiene la ilusión derrotada de que pase: un auténtico milagro. Si la reunión de Roger Waters, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright durante el Live 8 en 2005 fue algo que nadie esperaba, dejándonos boquiabiertos y derramando lágrimas, un nuevo disco de estudio era ya mucho pedir.

pink-floyd-01

El 15 de septiembre de 2008 murió Richard William Wright, tecladista (espantosa palabra) de Pink Floyd. Era callado, de bajo perfil. Su introversión se trasladaba a su música y a su canto. Jamás se le escuchó un “solo” como los de Keith Emerson, Rick Wakeman, Tony Banks, Jordan Rudess. A la altura de la banda, Richard rellenaba espacios, creaba texturas: su órgano Farfisa, el Hammond y más tarde el Kurzweil constituían la sola armonía de Pink Floyd. Gran improvisador, en su estilo. Y con una voz baja, dulce, rasposa e íntima. The endless river está dedicado a él: de hecho, Wright “toca” en casi todas las piezas mediante grabaciones viejas y recientes.

Pink Floyd ha lanzado un disco fiel a su estilo, y a la vez diferente al resto de su catálogo, porque es enteramente instrumental salvo por una canción, Louder than words, la cual supuestamente resume la historia de la banda. En realidad ha sido un álbum hecho para fanáticos, pues difícilmente quien congenie con la música moderna encontrará algo rescatable en su contenido.

Hay cosas que se agradecen en el nuevo lanzamiento. Que Pink Floyd siga existiendo en 2014, para empezar. O que Gilmour tenga a sus casi 70 años la voz que tenía en 1968, con una guitarra que va más allá de una simple progresión de acordes. Se escucha en Nick Mason, aunque sea por momentos, una batería audaz, una exploración de su instrumento como no lo había hecho en treinta años. El exquisito piano póstumo de Wright en The lost art of conversation y su exploración de vibráfonos, sintetizadores, órganos y pianos eléctricos en cada pieza es también algo que merece celebrarse. Incluso un órgano (de tubos, pues) que Wright tocó en el otoño de 1968 antes de un concierto suena por algunos segundos en Autumn ’68.

Que el disco sea instrumental casi por completo sintetiza al mismo tiempo originalidad y limitación. Desde su primer álbum, The piper at the gates of dawn (1967), Pink Floyd se había caracterizado por balancear sus discos entre piezas instrumentales y vocales. Pero en ese tiempo estaba la cabeza de Roger Waters, uno de los más grandes compositores y escritores de letras musicales en la historia.

Hoy Waters ya no está, y su ausencia es funesta. No porque no haya estado ausente antes, como en A momentary lapse of reason (1987) y The division bell (1994). El año 2014 presenta un contexto muy distinto para la aparición de un disco bajo el nombre Pink Floyd: Live 8 los reconcilió y se abrazaron ante los ojos de millones —además de haber tocado impresionantemente bien—; en su tour de The Wall en 2011, Waters trajo a Gilmour y Mason a tocar en un par de canciones. En los videos se mostraban todos muy sonrientes. La oportunidad era propicia para que un futuro disco de estudio vislumbrara la posibilidad de traer de vuelta a la principal fuerza creadora de la banda, pero no fue así. En una entrevista reciente para la BBC, Gilmour dijo que jamás se habló de que Waters estuviera involucrado. No, no, no, no… no, dijo.

Sabíamos desde hace un par de meses, pues, que Waters no estaría allí. En lo particular, fue por esa razón que muchos no nos hicimos ilusiones en torno a escuchar un Pink Floyd consolidado o siquiera completo, ni por supuesto algo que estuviese a la altura de los álbumes de los setentas. ¿Por qué no invitar a Waters a componer un par de piezas y tocar en algunas otras, como se invitó a Syd Barrett a hacer lo propio en A saucerful of secrets (1968)?

Como eco de que las ausencias pesan, el propio disco tiene algunos “bonus tracks”, o sea piezas que se quedan fuera del original —TBS9, TBS14 y Nervana, disponibles en el CD de lujo— donde se viven varios de los puntos acaso más álgidos de estas sesiones, y que por alguna razón fueron sustituidos al final por grabaciones de minuto y medio. ¿Por qué?

Y si la nostalgia abunda en el álbum es precisamente porque no se trata de algo nuevo, o no en parte, sino de cerrar un capítulo en la vida del grupo (y de Gilmour en particular). Hay referencias clarísimas a lo largo de The endless river a muchas composiciones pasadas como Welcome to the machine, Keep talking, Another brick in the wall (part 1), Run like hell, High hopes o Comfortably numb, e incluso en Anisina se escucha la misma base de piano que en Love scene (version 4) del soundtrack de Zabriskie point (1970), más tarde retomada para Us & them en The dark side of the moon (1973).

En una época en que 95% de la música producida en el planeta se hace por negocio y en donde la música mediocre apabulla a la que tiene calidad o algo útil para decir, uno esperaría, sí, que un disquito que en la portada dice “Pink Floyd” trajese no novedad, sino lo contrario: una lección de cómo se deben hacer las cosas. Una crítica, un mensaje; algo. En un momento histórico en que el director de EMI proviene de una empresa que hace galletas —o sea, sin una pizca de experiencia en producción musical— para jugar al mercadito y vender, vender y vender, uno tendería a pensar que Pink Floyd regresa para mostrar a esas personitas que la música es otra cosa.

pink-floyd-02

En ese sentido, The endless river aporta tanto como decepciona. Lo primero porque es un disco fuera de todo convencionalismo —así lo sostuvo Nick Mason hace unos días—, incluso si se le compara con el resto del catálogo de Pink Floyd, y lo segundo porque no alcanza a tener la supremacía necesaria, ni entre los fanáticos ni en el mercado de producción musical contemporáneo, para ser un referente de la(s) otra(s) músicas(s) posible(s), y es ahí donde pesan las ausencias.

Podemos comparar el caso del efímero regreso de Pink Floyd con el aún más efímero retorno de King Crimson, quizás la única banda de rock que se ha mantenido fiel desde 1969 a la creatividad por encima del negocio. Los primeros hacen un disco sin ninguna posibilidad de gira, mientras que los segundos realizan un tour sin ningún deseo de sacar un nuevo disco, hastiados de la industria musical. En octubre de 2014, Robert Fripp organizó una gira de un mes en contadas ciudades de Estados Unidos, donde se dio una verdadera campaña por suplicar a la audiencia, no que apagara sus teléfonos, sino que ni se les ocurriera sacarlos. El primer teléfono que Fripp viera en manos de una persona, hubiese significado que la banda dejaba de tocar. “Usen sus oídos para grabar y sus ojos para tomar video”, advertía antes de cada presentación. El tour duró un mes y se acabó. Fue conciso y en auditorios con menos espacio que el extinto Teatro Pedregal. Pero la lección de King Crimson fue sublime, penetrante para quienes nos interesamos más por la música que por el sonsonete. Es la prudencia de ser imprudente. Hacer más haciendo menos.

A Pink Floyd le falta ese pequeñísimo paso adelante en The endless river. Pero quizás soy injusto porque no es ése su objetivo. Es un disco hecho, amén del egoísmo, para ellos, para los dos individuos que aún componen la banda y para la memoria de Wright. Nada más. Por eso es que sólo el fanático empedernido, o el pretencioso empecinado —los que por “Pink Floyd” entienden esas bolas vincapervinca fosforescentes y otras tonterías—, hallarán en él momentos de grandeza, pero sobre todo de nostalgia. Nostalgia de los buenos años, de cuando eran cuatro individuos, de las giras conceptuales, de las canciones de 20 minutos y no de 60 segundos.

Con su nuevo álbum, Pink Floyd nos hiere tanto como nos complace. De ninguna manera cae bajo como la porquería de disco que sacó Yes también en este año, pero tampoco es la modesta y callada gira de King Crimson que —al menos para mí— revolucionó la forma de hacer música y de dialogar con la audiencia.

The endless river es, sin temor a equivocarme, otro ladrillo en la pared.

 

Leer completo