A propósito del centenario luctuoso del gran Auguste Rodin, Ricardo Bada recupera y ofrece por primera vez en español los recuerdos que sobre el coloso de la escultura anotó en su diario la gran artista alemana Käthe Kollwitz.

Un año escaso antes de concluir la llamada Gran Guerra, la primera mundial, falleció en su casa de Meudon, en las afueras de París, el gran Auguste Rodin.

Fue (lo es, lo sigue siendo) uno de los más grandes escultores de todos los tiempos, el heredero universal del talento de Fidias y Praxíteles, genios de la escultura helénica, y del coloso Miguel Ángel. Quien alguna vez haya paseado por su casa y el jardín de esculturas que la rodea, hoy Museo Rodin, en el 77 de la parisina Rue de Varenne, adquiere conciencia plena y asombrada de cómo la mano del hombre puede llegar a ser asimismo una heredera de la mano del Dios de la  Biblia; solo de ella pueden haber salido obras tan perfectas como El Pensador, El Beso, Los  burgueses de Calais, La Puerta del Infierno, sus Balzacs inmensos, el desnudo y el vestido…

Una de sus grandes admiradoras fue la artista gráfica alemana Käthe Kollwitz, poco menos que desconocida en nuestro ámbito latinoamericano. Crasa injusticia pues se trata, sin duda, de una de las artistas más notables y originales de su tiempo: nació en 1867, en Königsberg, Prusia Oriental, como Kant, y falleció pocos días antes de acabar la segunda guerra mundial, el 22 de abril de 1945, en Moritzburg, Sajonia.

Aunque pintó y esculpió también, la obra a la que debe fama imperecedera son sus grabados, la mayoría de los cuales se encuentran en el museo dedicado a ella en Colonia. Un museo que nació como filial del que ya existía en Berlín y cuya capacidad llegó a tope, sin posibilidad de ampliación, por lo cual la Caja de Ahorros de Colonia ofreció financiar la implementación de un museo del mismo nombre en la ciudad donde resido. Y ese segundo museo, con el tiempo y las nuevas adquisiciones llevadas a cabo, ha terminado por convertirse en “el” Museo Käthe Kollwitz por antonomasia. A ninguno de mis amigos que me visitan en Colonia se los dejo de mostrar, y atesoro testimonios conmovedores de esas visitas, entre ellos el de una novelista argentina que terminó llorando delante de los grabados, tanta es la fuerza, tanta es la garra que sigue latiendo en ellos, tanta la pesadumbre que se desprende de sus trazos indelebles.

Ha querido la pura casualidad que hace pocos días me diera por releer los diarios de Käthe Kollwitz, al cabo de bastantes años, y de repente me encontré con lo que esta mujer sin par escribió en ellos al enterarse en Berlín, y en plena guerra con Francia, de que Rodin acababa de morir en París. Es un documento que, hasta donde logré pesquisar, nunca ha sido publicado en nuestro idioma, y me parece el mejor homenaje que puedo hacerles a ambos, a Rodin y a la Kollwitz, mi artista predilecta, este de reunirlos gracias a mi traducción cuando se cumplen cien años de la muerte del coloso. Y así, aquí, le dejo la palabra a su colega y admiradora:

Rodin ha muerto.

Cuando sea posible volver a ir a París, no encontraremos más a Rodin.

Pude verlo hace años, dos veces. La primera en su conocido estudio en la Rue de l’Université, donde recibía. La segunda en Meudon, en su museo. Esta segunda vez fue aquella cuando en realidad le conocí. Me refiero a su arte. Él mismo tenía visita, con la que departía. Me animó amistosamente a mirar todo lo que quisiera en el museo. Encontré allí reunida toda su Œuvre. Todo, también los muchos pequeños esbozos en yeso, en las vitrinas.

De manera muy nítida tengo ante mis ojos al robusto viejo. La luenga barba blanca, los ojos pequeños de mirada bondadosa y sagaz, la frente cuya parte superior retrocedía y que tan poderosa y corcovada se descargaba sobre los ojos. Los grandes zapatos de fieltro con los que se deslizaba rápido sobre el piso de piedra.

En aquel entonces, para mí, en todas las artes plásticas modernas sólo existía Rodin. Rememoro aquella impresión y me pregunto: ¿en qué consistía lo irrefutable, lo convincente, lo arrebatadoramente apasionante de sus creaciones? A ello solo puedo responder diciendo: en su capacidad para hallar la única forma plástica convincente que le correspondía al contenido espiritual. La persona Rodin, el contenido espiritual de sus obras, la forma que él creaba, son todo uno. También es uno, con ellos, el efecto que se desbordaba sobre los espectadores en la contemplación de sus obras. Por lo menos a mí siempre me ha pasado, que ya se tratase de estar viendo su gran grupo amoroso con esas manos maravillosamente pobladas de alma, o sus burgueses de Calais, o su pensador, siempre me desbordaba de inmediato una fuerte excitación a partir de la obra. La fuerza que emanaba de ella, que vivificaba su obra de un modo por completo individual, me hacía cobrar impulso.

Pienso en La oración, en el muchacho orante. Ese apasionado movimiento hacia atrás, los brazos que lanzados hacia arriba imploran como todo el cuerpo implora. ¿Hay en la historia del arte una obra que revele de un modo más convincente la ardiente oración de un joven?

Y las muchas otras figuras que ahora reaparecen en la fantasía, semejantes a como los cuerpos se entrelazan con los cuerpos en el relieve de la Resurrección de su gran Puerta del Infierno. Todas sus obras llenas de una vida apasionada. Incitante en la emoción, incitante en la forma. Es eso justamente lo que hay en él y a lo que no puede sustraerse uno, la unidad de la forma y el contenido. Una solución distinta de la encontrada por él parece impensable cuando se está delante de una de sus obras.

Pudiera ser que la generación que empieza ahora le vuelva la espalda a Rodin en su búsqueda de nuevos caminos. Él seguirá siendo el único gran creador que sobrevivirá sonriendo a tales olas del juicio.

Coda: Resta saber qué habría escrito Käthe Kollwitz de haber sabido el papel que jugó en la vida y la obra de su admirado Rodin la desdichada Camille Claudel. Pero en 1917 hacía ya 24 años que sus destinos se habían separado para siempre, y Camille estaba internada desde 1913 en sucesivas instituciones siquiátricas, donde se consumiría su existencia treinta años después, cumpliendo un destino tan trágico como el de Hölderlin exactamente un siglo, cuatro meses y doce días antes.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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La primera vez en mi vida que supe de Claribel Alegría fue por una carta de Julio Cortázar fechada el 12.8.1979 y remitida desde Deyá, Mallorca, donde estaba de vacaciones, justamente en la casa de ella: “Quisiera saber si en la radio alemana habría posibilidad para colocar algún texto radiofónico de ficción (radioteatro). Hay aquí dos amigos, la poeta Claribel Alegría y su marido Bud Flakoll, que se interesaron por una posibilidad. Bud hizo textos en inglés en U.S.A., y Claribel escribe novelas y cuentos, además de su bien conocida poesía. Si puedes conectarlos con alguien o darles alguna información para guiarlos, te quedo desde ya muy agradecido. Son amigos de talento, a quienes quiero y respeto”.

Willy y Diny Hansen, Claribel, el escritor brasileño Ignácio de Loyola Brandão y su esposa Marcia, y Ricardo Bada, en Ámsterdam, 1987.

Recuerdo que les escribí a los Flakoll Alegría y que el material del que me hablaron no era uno que yo pudiese ayudarles a colocar en emisoras alemanas, mucho menos en la nuestra.

Sin embargo, y puesto que había otra petición de ayuda hacia otra poeta latinoamericana, aproveché la ocasión para preguntarle a Claribel si le importaría que Cristina Peri Rossi la entrevistara para una serie que yo estaba iniciando y que se titulaba “Latinoamericanos en Europa”.

Mi idea era crear una galería de autorretratos acústicos desde la cual nos contasen sus vidas —con su propia voz, de viva voz— escritores, pintores, poetas, biólogos, cantantes, bailarines, ecologistas, músicos, humoristas, dramaturgos, escenógrafos, directores de cine y teatro, incluso políticos…, todos ellos, todos, latinoamericanos, y todos ellos, todos, residentes en Europa. Para “edificar” la galería sería necesario disponer de unas largas entrevistas, de dos o tres horas, a partir de las cuales destilar los treinta minutos del autorretrato, en el cual tan solo se oiría la voz del personaje en cuestión, audiobiografiándose (si se me permite el neologismo), y si acaso, con una sola frase (como firma), la voz del entrevistador.

La idea fue aceptada, y pasados dieciséis años, cuando se canceló la serie, su catálogo era una especie de apéndice al Almanaque Gotha: la aristocracia espiritual de América Latina había plantado algunas de sus mejores carpas en el asendereado camping del Viejo Continente.

El cual, por obra y gracia de este trasvase de aguas freáticas, casi podía llamarse Nuevo Contenido. Y entre esos autorretratos estaba el que hice en 1980 a partir de la entrevista de CPR a Claribel, pero también, en 1986, el que obtuve a partir de la charla de Claribel con el malogrado Ernesto “San” Avilés, pintor salvadoreño de muchos quilates, prematuramente muerto en París, en 1991.

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1982, 29 de mayo al 20 de junio, en Berlín, Festival Horizontes, Claribel es uno de los escritores invitados a esa que ha sido, con absoluta seguridad, la mayor muestra de cultura y de arte latinoamericanos que se haya celebrado nunca jamás, dentro y fuera de América Latina: literatura, pintura, fotografía, ballet, coloquios intelectuales, teatro, cine, música clásica, salsa, tango, folkore… nada faltó en aquél irrepetible acontecimiento.

Me acerqué a Claribel —y conversé brevemente con ella, apenas si presentarme— al término de un recital donde el 3 de junio, en la Biblioteca Municipal, leyeron poemas la propia Claribel, Cristina Peri Rossi, Antonio Cisneros, Pedro Shimose y Ferreira Gullar. Dos días antes la había visto por primera vez en mi vida, en un coloquio sobre “Mujer y literatura” cuyo panel integraba, junto a Cristina Peri Rossi, Elena Poniatowska y las alemanas Anna Jonas y Ute Stempel. Y el día anterior la vi en otro coloquio, sobre “Literatura y compromiso”, al que además del suyo aportaron sus testimonios Arturo Arias, Augusto Monterroso, Manuel Pereira, Ernesto Mejía Sánchez y Luis Rafael Sánchez. (Si me detengo en estas enumeraciones es para resaltar que la organización del festival no escatimaba esfuerzos, llevó hasta la orilla del Spree a la crème de la crème, a la flor y nata de la intelectualidad del colectivo latinoamericano).

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Cuatro meses después del encuentro en Berlín, el jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción, en Colonia. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo armar –“sobre el pucho” (es decir: ¡ya!)– un programa especial de media hora, ad hoc

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé con prisa pero sin pausa: a Madrid y Barcelona, a Toulouse y Buenos Aires, a París de la Francia y Deyá de Mallorca… 

Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, el único paisano de Gabo al que logré alcanzar ese día; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y last but not least con Claribel, a quien fui yo quien le dió la noticia del premio y le pedí que me hablase del papel de la mujer en la obra de García Márquez. Lo que hizo sin la más mínima vacilación y demostrando que ya tenía la tarea hecha desde antes del Nobel.

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Nicaragua. Tras haber participado en 1983 con otros internacionalistas en la mota del algodón, Diny, mi esposa neerlandesa, viajó una vez más allá para volver a echar una mano, en 1984, construyendo una escuela, en León. Después fue a pasar unos días en Managua, en la casa de mi amiga Alenka Bermúdez, entonces alta funcionaria del ministerio de Comercio Exterior. De repente llega Claribel y le explica a Alenka que tiene un problema que no sabe cómo resolver, un problema con el vestido que iba a ponerse esa noche para acudir a una recepción oficial. Alenka le pide que lo deje ahí, que luego vendrá alguien que tal vez pueda solucionarle el problema, y en efecto, cuando Diny llega a la casa, Alenka le explica, Diny agarra tijeras, hilo y aguja, y en un santiamén arregla el traje de la buena Claribel.

Este, por cierto, es un episodio que no sabemos si Claribel conecta con nosotros, aunque Alenka se lo haya contado, diciéndole que el trabajo lo hizo esa amiga que estaba en su casa de visita, y aunque Claribel le entregó un hermoso bordado indígena para ella, como agradecimiento. Pero no tuvo por qué relacionarla necesariamente conmigo, a quien, por otra parte, conocía muy poco en aquel entonces, solo por un par de cartas, un encuentro fugaz en Berlín y, como simple voz, uno más de los periodistas que la entrevistarían cuando el Nobel a Gabo.

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El próximo encuentro no lo tengo localizado en ninguna fecha concreta, pero sé con seguridad que es posterior a los anteriores. Un día, en Madrid, leyendo El País (hubo tiempos remotos en que leía El País), me enteré de que Claribel estaba en la ciudad y logré averiguar en qué hotel, uno cerca del Retiro. Así es que acudimos allí, sin esperanza de encontrarla, pero sí que la encontramos y sí que pudimos saludarla, aunque al despedirnos lo hicimos con la impresión de que no tenía muy en claro quiénes éramos. Lógico.

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La siguiente vez fue en París, y para aquel entonces ya éramos amigos de sus mellizas, Karen y Patricia, y nos encontramos en casa de Karen, en el 5 de la rue Alexandre Cabanel, en el distrito XV, y ahí sí, ahí sí que ya sabía quiénes éramos. Además, ahí fue cuando conocimos a Bud, el vikingo en son de paz, qué gran tipo. Y desde entonces estuve peleando años porque se tradujese al alemán una obra maestra como es Cenizas de Izalco, escrita al alimón por ellos dos; y entretanto, aunque no a causa de mi empeño, ya se ha traducido. (Dicho sea de paso: al hablar de Cenizas de Izalco, no siempre se cita el nombre de Bud Flakoll como coautor, y es de rigor hacerlo. Claribel y Bud escribieron ese libro a cuatro manos, ella en castellano la parte de la protagonista, y él en inglés la del protagonista, y después los dos se tradujeron recíprocamente, por lo que ambas versiones pueden considerarse originales).

De aquella velada, lo que más y mejor recuerdo, siempre, es la anécdota de la escolarización de los niños en Francia. Estaba Bud entonces desempeñándose como diplomático, lo destinaron a París y llegaron él y Claribel, con sus cuatro criaturas, y una primera tarea por hacer: buscarles escuela. Fue en la misma embajada americana donde les recomendaron una dizque buenísima en las cercanías del piso donde iban a vivir, y del Métro Passy, y Claribel los inscribió allá. Y vinieron las primeras notas, y los niños eran los primeros de sus respectivas clases. Y vinieron las segundas notas, e ídem de ídem. Y Claribel recapacitó que sí, que sus hijos no eran torpes, pero no tan inteligentes como para copar los primeros puestos en una escuela en un país extraño y empezando a aprender su idioma. De manera que fue a ver qué estaba pasando, y gracias a ello se enteró de que había matriculado a sus hijos en una escuela para niños retrasados mentales, como se decía entonces. Por supuesto, se llevó los suyos a casa, inmediatamente, y les echó una bronca: “¡¿Pero cómo es posible que ustedes no se hayan dado cuenta?!”, clamó desesperada, y entonces la respuesta grandiosa de Karen: “¡Pero mamá, es que nosotros pensábamos que los franceses son todos así!”. Todavía me río, y Diny conmigo, cuando evocamos ese momento estelar de la Humanidad.

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1985, febrero o marzo. Vamos Diny y yo a Mallorca, a pasar unos días con Claribel y Bud en esa casa de Deyá desde la que Julio Cortázar me había escrito seis años antes, presentándome a estos dos entretanto amigos entrañables. (Ya para aquel entonces, cuando les escribía, lo hacía nombrándolos “ClariBud”, porque nadie que los haya conocido y visto juntos podría negar que eran en verdad un águila de dos cabezas).

Son tres los principales recuerdos que atesoro de aquellos días mallorquines, con independencia absoluta de los periplos turísticos que nos brindaron (incluyendo la obligada visita a la cartuja de Valldemosa y toda la parafernalia chopiniana), y también con absoluta independencia del hecho de que Robert Graves, su vecino y amigo, traducido por Claribel al español, se hallaba ya tan postrado que hubiera sido un dolor innecesario conocerlo personalmente.

El primer recuerdo tiene que ver con la primera noche que dormimos en la casa, y fue que al ir a acostarme constaté que no tenía ningún sentido hacerlo en la cama donde ya reposaba Diny, por la sencilla razón de que tendría que plegarme casi como un 4 si quería quedar dentro de la cama, razón por la cual me aovillé en el sofá enfrente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, le pregunté a Claribel que cómo hacía Cortázar, harto más largo que yo, para dormir en esa cama donde yo mismo no cabía. “Se plegaba en dos”, o algo así, fue lo que me respondió.

El segundo recuerdo está relacionado con una correspondencia inédita entonces (y creo que aún hoy) entre Juan Ramón Jiménez, Zenobia y la madre de Claribel, y Claribel misma, que ella me confió, con el encargo de depositarla en los archivos de la Fundación JRJ, en Moguer. Como es lógico, puesto que se trataba de documentos tan valiosos, decidí que los llevaría personalmente a la Casa Museo, y lo cierto es que en varios años no se dio la ocasión. Tan no se dio la ocasión que, años más tarde, Claribel me escribió preguntándome si yo tenía todavía ese epistolario en mi poder, le contesté que sí, y me pidió que, por favor, se lo entregase a Karen o Patricia en nuestro próximo viaje a París, porque había decidido depositar todos sus archivos creo recordar que en el MIT de Boston, o en Princeton. Pero me dijo que, para premiar mi fiel custodia, me podía quedar en propiedad con el sobre de una de las cartas. Y así, uno de los mayores tesoros de mis archivos es ese sobre de una carta dirigida a Claribel por Juan Ramón, desde el n° 2430 de la calle 16 NW en Washington, escrito de su puño y letra con aquella inconfundible que puebla el manuscrito de Platero y yo. Y de tantas otras obras maestras.

Y el tercer recuerdo, ah, el tercer recuerdo es una epifanía del ridículo personal propio y el savoir faire de un amigo. Va de alcachofas, y sépase que yo no había comido una sola alcachofa en mi vida, hasta esa noche en Deyá donde ClariBud nos invitaron a cenar una comida cocinada por ellos. Y el primer plato, la entrada, era alcachofa. Aquí se requeriría la pluma del Cronopio Mayor en sus más inspiradas Instrucciones para subir escaleras o pirámides o cucañas o lo que fuese. Pero lo intentaré, lo intentaré.

Bajamos al comedor, y la mesa ya estaba servida. Cuatro puestos, una alcachofa en cada plato. Y cuando Bud empezó a escanciar el vino, sonó el teléfono. Era una de las mellizas, llamando desde París. Claribel nos pidió que empezásemos sin ella, y Bud, conocedor de lo que eran los diálogos de Claribel con sus hijas, nos animó a hacerlo. Todo un caballero, y además anfitrión, esperó a que comenzáramos nosotros. Lo que pasa es que, ya lo dije, yo no había comido una sola alcachofa en mi vida y no sabía cómo hacer. De manera que (todo un caballero) esperé a que fuese Diny quien comenzara. Con la esperanza de que Diny, campesina de lo más profundo de los Países Bajos, sí supiera cómo se come una alcachofa. Pero la mirada semi en pánico de Diny hablaba por sí sola. Y Bud esperando. Así es que hice de tripas corazón, arranqué una de las hojas (ahora sé que se llaman brácteas) y sin decir palabra empecé a masticar a lo Buster Keaton aquella masa coriácea, sintiendo al mismo tiempo algo semejante al terror mientras miraba la alcachofa y contaba en silencio las hojas que me quedaban por masticar, suponiendo que llegase a deglutir la primera, al mismo tiempo que maldecía al malparido que descubrió las posibilidades alimenticias del alcaucil. Una mirada a Diny, quien enseguida me había imitado pensando que yo sí sabía cómo se come una alcachofa, me dejó en claro que sus pensamientos eran paralelos a los míos. Y en ese momento, Bud, que fue diplomático de carrera y abandonó el servicio diplomático por amor a Claribel y solidaridad con su lucha por los derechos humanos en El Salvador, sin decir palabra y sin mirarnos, pero sabiendo que nosotros sí lo mirábamos como los discípulos de Jesús al Paráclito el día de Pentecostés, tomó una de las hojas de su alcachofa, la llevó hasta sus dientes entreabiertos, y con ellos rastrilló la parte comestible, que ahora sé que se llama cabezuela. Y Diny y yo pudimos por fin respirar aliviados, sabiendo que Dios es grande en el Sinaí, y que al día siguiente no amaneceríamos con un cólico inevitable o quién sabe si una perforación de estómago. ¡Ah Bud, cómo agradecerte esa lección impartida sin decir palabra!

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Al año siguiente del encuentro en Deyá, así pues en 1986, volvimos a vernos y fue en Alemania, cerca de Tubinga, en casa de los suegros de Maya, la hija mayor de ClariBud,  casi recién casada con Friedly (en realidad Friedemann —el hombre de la paz—, un nombre bien alemán, que los Flakoll Alegría anglosajonizaron por mor de la facilidad fonética). Y aquí debo dejar constancia de que, curiosamente, hemos tenido y tenemos una relación estrecha con toda la familia, menos con el hijo varón, Erik, a quien todavía no conocemos, jamás nos hemos encontrado con él, a pesar de los tres viajes de Diny, y uno mío, a Nicaragua. Se diría que son asimetrías cronopiales, se diría.

De aquel viaje al pueblito que ya no sé cómo se llama, también conservo un recuerdo imborrable debido a nuestro paso, camino de Tubinga, por un lugar llamado Bebenhausen.  Un recuerdo que no tiene nada que ver con Claribel, pero sí con la poesía en lengua española.

Bebenhausen fue construido alrededor de una abadía del Císter y se conserva en un estado perfecto, casi como si el Tiempo hubiera pasado de puntillas por allí, sin quererlo despertar. Una aldea perdida, ínfima, en la inmensa geografía habitacional de Alemania, uno de esos pueblos que parecen construidos para provocarles orgasmos a los fabricantes de tarjetas postales. Y era tan de cuento de hadas, visto de lejos, que quisimos entrar en él aunque se retrasase nuestra llegada a la ciudad de Hölderlin.

Y como siempre, la atracción que ejercen sobre mí los cementerios. El de Bebenhausen está al pie de la antigua muralla medieval. Penetré en él y caminé por entre las tumbas. Nombres alemanes, suabos, badenses; la historia del pueblo contada por la piedra de las canteras vecinas. Pero la luz se estaba poniendo y mis compañeros de viaje me instaban a salir del cementerio y seguir camino de Tubinga, habíamos perdido (¿perdido?) ya mucho tiempo.

¿Por qué me negué, por qué sentí que algo me hacía continuar vagabundeando hasta el final del camposanto, hasta la última tumba? Sobre ella arrojaba su sombra una estela rectangular, grande, con numerosas inscripciones. Di la vuelta por detrás, de regreso a mis impacientes compañeros, y en el lado de la piedra que da a la muralla, invisible por completo si no se llega expresamente allí, unas palabras talladas: “Fue tan bella la vida que viviste…”. Debajo, el nombre del autor: Pablo Neruda.

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Llegamos así a la última vez que vi a Claribel, y también fue un año después, en Róterdam, 1987, donde ella era uno de los invitados de honor del gran festival Poetry International, del 30 de mayo al 6 de junio, y Diny se desempeñó como su intérprete. Y Claribel y sus hijas (Maya y las mellizas, que se alojaban con Diny en el apartamento de una amiga nuestra, del que teníamos la llave) como “carabinas”. Sí, porque entre los poetas invitados se contaba uno chileno que se apasionó por Diny y se le insinuaba de la manera más lírica posible (“En mi habitación del hotel tengo algo que me gustaría enseñarle”), pero Diny no se despegaba ni un milímetro del paraguas protector Flakoll Alegría.

Era la X edición de Poetry International, por primera vez con una organización independiente, dirigida por Martin Mooij, y una programación despampanante. Dentro de la misma, el día que viajé allá, hicimos todos juntos un recorrido en autobús por los lugares más pintorescos de los alrededores, con visita incluida a un molino de viento en actividad, y a una antigua báscula del tiempo de las tasas y aranceles internos, y luego, de vuelta en Róterdam y antes de regresar a Colonia, acudí al recital donde Claribel se lució con sus poemas, flanqueada por colegas de docenas de nacionalidades e idiomas, una fiesta para los ojos y los oídos, y para el alma.

Uno o dos días más tarde, en petit comité, volvimos a encontrarnos en Ámsterdam. En una foto que tengo ante mis ojos, exactamente enfrente de ellos, en la pared, por encima del borde del monitor, aparecemos mi cuñado Willy (crítico, traductor y editor), Diny, Claribel, y entre ella y yo Ignacio de Loyola Brandão y su esposa Marcia, recién casados, que estaban pasando parte de su luna de miel en Colonia, se alojaban en nuestra casa e hicimos juntos esa escapada hasta Ámsterdam, con la intención, ellos, de conocer la casa de Ana Frank y encontrarse con la amiga Claribel. Fue una jornada que recuerdo como inolvidable, por más de una razón.

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Diny volvería a encontrarse una vez más con Claribel, ese mismo año 1987, cuando del 21 a 25 de julio se celebró en Managua el Primer Festival Internacional del Libro. Nuestra amiga Béa Mandeau convenció a Diny para que la acompañase allá y la ayudara en su tarea de intérprete, entre otras razones porque como parte del programa cultural en torno a la feria del libro iba a actuar el conjunto de Wolfgang Niedecken, de Colonia, que hace música rock en el dialecto de la ciudad. ¡Por Dios, como diría el maestro Mutis, cantarles en kölsch a los nicas!  Pero es que, kölsch o no kölsch, hacen muy buena música (Niedecken ha traducido al alemán el repertorio de Bob Dylan, dicho sea de paso). Y durante los días del festival Diny encontró el hueco para ir a visitar a Claribel en su casa del limes entre Altamira y Pancasán. Y treinta años ya de entonces acá, pero la amistad y el cariño mutuos no han sufrido merma, antes al contrario.

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¡Le debemos tanto, tantísimo, a ClariBud! Desde el sobre manuscrito de una carta de nada menos que todo un Juan Ramón Jiménez, pasando por milyuna anécdotas compartidas que llegan al nivel de las carambolas cronológicas (nuestro primer nieto, Paul Louis, nació como Claribel un 12 de mayo), ¡¡¡hasta el arte de comer alcachofas!!!

Cómo no quererlos, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. ENTER.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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Han pasado 500 años de la Reforma, el movimiento que cambió para siempre la historia de Occidente, y que hoy sigue dando de qué hablar. A través de una recolección de columnas de prensa y entrevistas, Ricardo Bada reconstruye un diálogo imperdible. Gracias a distintas personalidades —políticos e intelectuales alemanes— realiza el mejor ejercicio de actualización y perspectiva: discutir las ideas de Lutero bajo la luz del presente.


Colonia, a la que Heine apostrofó como “la santa”, es una ciudad más católica que mandada a hacer. Sus doce espléndidas iglesias románicas y su catedral (la que “tiene tanto a la vez de piedra y nube”, según dijo en un soneto pluscuamperfecto el poeta tolimense Juan Lozano) son testimonios indesarraigables de esa catolicidad. Pese a ello Colonia se permite el lujo de tener un diario liberal independiente y laico, respetuoso con el cardenal–arzobispo y su entorno casi pretridentino; sí, pero poniendo el mismo peso en el otro platillo de la balanza: ese 15.5% de protestantes colonienses cuyo corazón palpita hospitalario en la Antoniterkirche —la recoleta iglesia de los antonianos—, en el mero mero centro de la ciudad.

Así, nada tiene de extraño que ese diario, el Kölner Stadt Anzeiger, iniciase hace un año, el 30 de octubre, una serie de columnas dedicadas a los dichos de Lutero, de cara a la celebración del quinto centenario de la Reforma, el movimiento iniciado por el monje agustino que puso fin a la unidad de la Iglesia cristiana. Según el testimonio de su amigo Melanchton, Lutero clavó el documento con sus 95 tesis contra el tráfico de las indulgencias, en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517. Y esa fecha de hace ahora 500 años es la que cuenta tradicionalmente como el inicio de la Reforma, una que dividiría al pueblo cristiano de manera definitiva —hasta hoy— en dos bandos en el fondo irreconciliables, pese a la retórica ecumenizante: apenas se la raspa con la uña, implosiona como una pompa de jabón.

Pacientemente fui coleccionando a lo largo de un año esa serie de columnas, todas ellas encargadas a personalidades de la vida pública alemana, y lo hice con la idea de armar al final una especie de “conversaciones con Martín Lutero”, a través del túnel del tiempo, y a la manera como Hans Magnus Enzensberger compaginó su monumental Conversaciones con Marx y Engels, solo que Enzensberger se concentró en los contemporáneos de ambos pensadores.

Guardé asimismo una larga entrevista con la filósofa agnóstica Thea Dorn, donde ella se muestra bastante crítica con la poco menos que opereta armada por la EKD (siglas vernáculas de la Iglesia Evangélica de Alemania) en torno al así llamado Día de la Reforma, que este año, además, por mor del quinto centenario, será festivo en todo el país. Dice Thea Dorn:

No quiero ser aguafiestas, pero me molesta que la EKD, en su ardor fiestero, eche mano del suavizante para la colada. Si se leen las declaraciones oficiales se podría opinar sin dificultad que Lutero fue un humanista y un filántropo como, por ejemplo, Erasmo de Rotterdam. Quizás un poquito más tosco al expresarse, pero en los hechos un precursor en materia lectiva y en derechos cívicos individuales. Aquí solo puedo decir: “¡Alto! ¡Eso no es así! No conviertan su Lutero en alguien más simpático y más agradable de lo que fue”.

Curioso es que, a renglón seguido, Thea Dorn se refiera a “los bordes oscuros” de la obra de Lutero, empero afirme que entre ellos no se encuentra la misoginia, porque la imagen que él tenía de la mujer era, para su tiempo, más bien mesurada, si no es que progresista. Y aquí tuve que volver a una de las columnas de mi colección, donde se postulaba como tema el siguiente dicho de Lutero: “Una mujer tiene que ser sedentaria, su constitución misma lo muestra: las mujeres tienen un trasero ancho y unas caderas amplias para poder sentarse sosegadas”. A lo cual Gregor Gysi (jurista eminente en la ex RDA, ex jefe de la fracción del partido La Izquierda en el Parlamento federal) comentó: “Honestamente hablando, esa fundamentación me parece aventurada. El trabajo casero no es compatible con estar sentado tranquilamente, Lutero tiene una idea por completo falsa del asunto. En el trabajo casero las mujeres se la pasan corriendo de aquí para allá y se gastan los zancajos en ese ajetreo”.

Bien es verdad que Lutero dijo: “Una mujer es la mejor compañía para la vida”.

Pero el gran Dominique Horowitz, actor y cantante, soberbio recreador de las canciones de Jacques Brel, no se dejó engañar por semejante mini–himno feministoide: “Si yo fuese homosexual, ¿también suscribiría esta frase? Creo que no. En ese caso diría que un hombre es la mejor compañía para la vida. Eso además de que hay, por desgracia las hay, muchas, muchas malas mujeres. En cuyo caso lo que yo diría es que es el perro la mejor compañía para el hombre”.

Confieso a calzón quitado que la figura de Lutero no me resulta nada simpática, sin que por eso le niegue su mérito al poner el dedo en las llagas de la Iglesia de Roma. Al hacerlo no solo se arriesgaba a que le excomulgase el Papa, sino que además arriesgó su propia vida creándose el más encarnizado de los enemigos: el emperador Carlos V (Carlos I de España), cuyo poder omnímodo quedaba en entredicho. Ahí Lutero demostró un valor personal y una consecuencia con sus ideas que son en verdad admirables. Pero me basta no perder de vista su antisemitismo, su creencia en las brujas y el Diablo, su animosidad contra los campesinos en la guerra de los 30 años, y su actitud hacia los discapacitados (que cuatro siglos después fundamentaría el criminal programa de la eutanasia nazi), para que agarre con pinzas cuanto a él se refiere. Y eso incluso reconociendo que algunas de tales aberraciones son producto de la época en que vivió.

—Lutero: “Si bautizo a un judío, lo quiero llevar al puente sobre el Elba, atarle una piedra al cuello, empujarlo para que se caiga al agua y decirle: te bautizo en el nombre de Abraham”.

La respuesta la da Dieter Kosslick, director del festival de cine de Berlín: “Aquí no tiene razón Martín Lutero, punto uno, y punto dos, hay que poder decirlo con todos los respetos a las demás cosas que se le deben, entre ellas traducir la Biblia de tal manera que se puede leer”. Nada más cierto; lo que tampoco se le puede regatear al rebelde monje agustino es ese otro mérito de haber sido la piedra fundamental del idioma alemán, traduciendo la Biblia de tal manera que la puso al alcance del entendimiento de todos sus lectores.

* * * * *

Dijo Lutero: “Un cristiano tiene que ser una persona alegre. Si no lo es, es porque le tentó el Diablo”.

Y le replica Gesine Schwan, politóloga: “‘¡Alegraos en el Señor!’ es una cita muy conocida de la Biblia. Por lo que se refiere a la tentación del Diablo, ahí tengo mis dudas. Lutero parece haber tenido una relación especial con el Diablo. Para mí no está tan presente como para Lutero”.

Hay una anécdota famosa suya según la cual, al descubrir que estaba el mismísimo Lucifer contemplándole desde la pared enfrente de donde él escribía, le arrojó el tintero en que mojaba su pluma. A esto, con lenguaje del siglo XXI, se lo podría llamar “manía persecutoria”… para no calificarlo, lisa y llanamente, como “alucinaciones”. Habría sido cuestión de preguntarle a Lutero aquello que el ex primer ministro sueco Bildt dijo en su cuenta de Twitter cuando las “revelaciones” de the fake president acerca de Suecia y los actos terroristas allá: “¿Suecia? ¿Actos terroristas? ¿Qué fue lo que fumó?”.

* * * * *

Y siguen las conversaciones con Lutero: “Solo existe quien se decide”.

Winfried Kretschmann (del partido Los Verdes, presidente del Estado federado de Baden–Württemberg) responde: “La escasez de bienes, medios, posibilidades y en último término de tiempo de vida, nos reta a decidirnos entre las alternativas. Tenemos que elegir y decidir, esforzarnos y pensar; eso es la libertad. Es por eso que tiene razón Lutero en lo que dice”.

—Lutero: “El poder tienes que soportarlo, pero no debes renunciar al derecho. El poder es una cosa, pero el derecho es algo distinto”.

Klaus Staeck, artista gráfico, presidente honorario de la Academia de las Artes, en Berlín: “Es algo que he tratado de aclararle, sobre todo en los últimos tiempos, a quienes por ejemplo asaltaron a los colegas de Charlie Hebdo. La democracia tiene como fundamento el Estado de Derecho, qué otra cosa podría ser. Se puede, si uno se siente lesionado o insultado, apelar a los tribunales. Pero nadie tiene derecho a practicar la violencia”.

—Lutero: “Por muy grande que sea el poder no es él quien dominará, sino la sabiduría”.

Sahra Wagenknecht (jefa de la fracción del partido La Izquierda en el Parlamento federal): “Lutero se muestra aquí como un incorregible idealista. Yo desearía verdaderamente que la sabiduría gobernase siempre. Pero es justo por eso que tenemos democracia y necesitamos más democracia”.

—Lutero: “Si Dios fuese más parsimonioso con sus dones, le estaríamos más agradecidos”.

Ingo Schulze (escritor, autor de Historias simples): “A primera vista se está por completo en contra porque uno se dice que a los seres humanos nunca les va lo bastante bien, no se les pueden regatear las cosas que les hacen bien. Pero si retrocedemos un paso vemos que más bien se trata de saber cuán conscientemente tratamos nuestras cosas”.

—Lutero: “El ser humano está loco como una cabra hasta los cuarenta años. Cuando empieza a reconocer su locura, ya se le acaba la vida”.

Daniel Kehlmann (escritor, autor de La medición del mundo): “No tiene ya más toda la razón porque actualmente la esperanza de vida es un poquito mayor. Yo tengo ahora 41 años, así es que esta sentencia me afecta bastante. Creo que es cierta una mitad de ella, y ojalá que la otra mitad no. La vida no ha acabado todavía”. (Dicho sea de paso, Lutero tuvo una larga vida —62 años, tres meses y ocho días— si tomamos en cuenta el promedio de su época).

—Lutero: “No se sirve a Dios tan sólo con el trabajo, también festejando y descansando”.

Matthias Habich (actor, El hundimiento): “Cuando me confían un nuevo papel, en los días laborales que me preparo para él busco el meollo del papel y el personaje. Trato de descubrir lo que piensa, lo que se propone, con qué sueña, cómo se mueve. Y todo eso es mucho trabajo. Pero la musa es casta y caprichosa, y solo se muestra cuando descanso. Así es que el domingo, cuando no pienso en el trabajo, de repente aparece el personaje. Dicho de otro modo: el espíritu recompensa el trabajo en el día del descanso”.

—Lutero: “Tratar con la muerte es la escuela de la fe”.

Aiman Mazyek, presidente del consejo central de los musulmanes en Alemania: “Cuando leí este dicho, y al pensar en él, me dije que es la escuela de la vida. La muerte es el recuerdo de que la vida es finita, pero al mismo tiempo me recuerda que la vida tiene lugar aquí, no en algún lugar más allá, en otro sitio. Y eso me enseña a vivir aquí”.

—Lutero: “Dios nuestro Señor le ha dado con frecuencia sus mejores y más hermosos dones al animal más vulgar. Solo los seres humanos no lo buscan allí”.

Charlotte Link (escritora, En la guarida del zorro): “Yo creo incluso que las personas niegan conscientemente que los animales posean tales atributos: afecto, fidelidad, absoluta lealtad y abnegación. Porque en el momento en que les reconozcan cualidades positivas, cada vez serán más lo que realmente son, o sea, también criaturas de Dios. Y eso nos crea un gran problema”.

—Lutero: “Nuestra vida no debe ser otra cosa que el continuo deseo y la espera de una vida futura”.

Bettina Gaus, periodista, corresponsal política del diario berlinés Taz: “Bien, es especialmente irónico que sea Lutero quien lo diga, puesto que era dado a los placeres, metido en carnes, y gozaba con pasión de la comida y la bebida. Y no solo predicaba la ascesis, sino que también dijo una frase tan maravillosa como esta: ‘Si nuestro Señor puede crear la merluza y el buen vino del Rhin, también puedo yo comerla y beberlo’”.

—Lutero: “La mayor locura es no decir nada con muchas palabras”.

Margot Käßmann, teóloga, un tiempo atrás mascarón de proa del protestantismo alemán: “Creo que el arte mayor y también la más alta dificultad consiste en decir mucho con pocas palabras. En mi caso, las más de las veces es así que una glosa de 1’30” para la radio, o un sermón de 8’ para la TV, me significan mucho más trabajo que si dispongo de una hora para hablar”.

—Lutero, en su tesis 27: “Trápala y faramalla predican quienes aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en el cepillo de la iglesia, el alma sale volando del Purgatorio”.

Julia Franck, autora de La mujer del mediodía, que obtuvo el premio al mejor libro alemán del 2007: “Esa es una maravillosa artimaña, de la cual la Iglesia católica se puede haber valido hasta hoy en muchos lugares del mundo. Pienso en una iglesia en México. En esa iglesia había una representación panorámica de los doce Apóstoles, con una ranura en la pared debajo de cada uno de ellos. Y el pecador sabía dónde es que mejor debía pagar su bula de indulgencia —esto lo pienso yo por mi cuenta—, ya fuera que hubiese matado o robado a alguien, o copulado con la mujer de otro”.

(Nota bene: eso de las monedas tintineando como hilo musical a la redención del Purgatorio es casi digno de García Márquez, realismo mágico al cuadrado).

* * * * *

Ya al final de la entrevista, Thea Dorn dice que Lutero no quería dividir la Iglesia sino nada más reformarla, pero lo cierto es que la iglesia papal, testaruda, se opuso y en último término se mantuvo: “En ese sentido, Lutero fracasó. También por eso resulta algo absurdo todo el júbilo acerca de los 500 años de la Reforma”.

Y el periodista, Joachim Frank, le pregunta: “¿Qué diría el propio Lutero?”

Thea Dorn: En algunos de sus textos tardíos apunta la idea de que en vez de una cristiandad reformada y renovada, lo que iba a dejar era una pocilga llena de todas las posibles disidencias y sectas. (¡Cuantísma razón tendría si pensamos en Estados Unidos y el resto del continente!) Supongo que también el rabioso antisemitismo de Lutero tiene que ver con ese sentimiento del fracaso.

Joachim Frank: ¿Cómo y de qué manera?

TD: Lutero fracasó en dos frentes. Aún más dramática que la pérdida de la unidad eclesiástica fue para él la muerte de su hija Magdalena. Tres años y medio antes de morir él mismo, tuvo que sufrir en propia carne que su fe para nada le servía delante de aquel abismo. ¡Cuántas veces había predicado “Cuando el niño muere, déjalo ir, no disputes con Dios”! Pero ahí tuvo que vivir todo lo que se siente cuando muere un ser tan querido. Pienso que en los últimos metros de su vida, Lutero volvió a sufrir una profunda crisis de su fe.

JF: Pero ¿por qué eso hizo de él un antisemita?

TD: El Dios del Viejo Testamento, el juez severo, casi había vuelto loco al joven Lutero. En el presunto Dios indulgente del Nuevo Testamento creyó haber encontrado su salvación. Pero que a la vista de su hija predilecta muerta le hayan asaltado dudas acerca de la gracia de Dios, tiene que haberlo sacudido en lo más profundo. Por eso no podía soportar que hubiese un pueblo que parecía arreglárselas bien con un enemigo harto peor, el Dios del Viejo Testamento.

* * * * *

Debo añadir que al estudiar la vida de Lutero y sus escritos, cada vez me fui convenciendo más de que la persona de a deveras interesante no es él, sino su esposa. Catalina von Bora, ¡esa sí que fue una reformadora cabal, y no el machista antisemita con quien se casó! En este quinto centenario de la Reforma, y en lo que a mí respecta, yo, que no llevo vela en el entierro, trataría de restarle todo el protagonismo posible a don Lutero, y dárselo a su esposa.

Pero para terminar, y este sí que es un rasgo simpático de su carácter, Lutero no tenía pelos en la lengua. Hay dichos suyos dignos de ser cincelados en mármol o bronce, como por ejemplo uno del que lamento que el diario de Colonia no se lo diese a comentar a alguno de los buenos kabarettistas del país. Es el que dice: “De un culo pusilánime no puede salir un pedo alegre”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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Un día como hoy pero de 1817 fue fusilado Manuel Piar, prócer de la Independencia de Venezuela. A propósito de este hecho, Ricardo Bada recupera un pasaje del diario de Ernst Jünger, en donde el gran escritor alemán anota sus reflexiones en torno a El general en su laberinto y los procesos de independencia en América Latina.

Ernst Jünger (1895–1998) fue con toda certeza el escritor más discutido del siglo XX en su país, Alemania, y no solo en él. Sus libros generaron polémicas sin cuento y la izquierda siempre lo tuvo en su punto de mira, a causa de su pensamiento a contrapelo de la corrección política de su tiempo. Con todo, lo que nadie pudo negarle es haber escrito el alemán más diáfano y bello que se recuerda desde Heine, y sus diarios son una obra maestra de observación y elegancia, un verdadero festín para el lector.

En octubre de 1984 tuve ocasión de entrevistarlo, para documentar su encuentro con Borges, quien lo visitó en su residencia, la casa del guardabosques en las posesiones de la familia Von Stauffenberg, el autor del frustrado atentado a Hitler el 20.7.1944. Entre las cosas que me dijo, confesó no conocer de la literatura latinoamericana sino a Neruda y Borges (cuyo nombre pronunciaba “Boryés”, sin que al gran ciego se le alterase un músculo de su cara de moái, digno de figurar entre los de la isla de Pascua). Pero seis años después, el 16.9.1990, estando de vacaciones en la isla de Creta, anota en su diario la lectura de un libro de García Márquez, y es ese par de páginas lo que quiero traducir a continuación.


Manuel Piar

 

«Concluido: El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez, uno de los libros que Albert Weideli, lector previo, me recomendó. Una biografía presentada como “novela” del gran guerrero y político Bolívar (1783 a 1830). Una vida breve, pero en la que cupo mucho. Y mucho de ello, fallido.

Poco sabemos de lo que sucedió en Sudamérica a comienzos del pasado siglo [el XIX: nota del T.]. Estamos mejor informados, gracias a nuestros grandes viajeros, acerca de su majestuosa Naturaleza. Las discordias políticas son eclipsadas por la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, aun cuando ambas también irradiaron hasta allí. Por lo demás, las revoluciones han durado hasta nuestros días, sin engendrar decisiones claras. El sueño de Bolívar, de unos “Estados Unidos de Sudamérica” (esto es: desde México hasta el Cabo de Hornos) se quedó en una utopía. Posiblemente la fuerza histórica forjadora de Estados es muy escasa allá, como suele serlo en una franja que hay alrededor del Ecuador. Bolívar fracasó porque significaba una excepción. El cuero no dio ni siquiera para una Gran Colombia, mucho menos pues para un Napoleón.

Si bien con amplias ojeadas retrospectivas, Márquez limita su texto al año de la muerte de Bolívar, quien había dimitido de su puesto en diciembre de 1829 y falleció en diciembre de 1830. Márquez describe una agonía lenta, una extinción interrumpida por las últimas boqueadas.

La prosa, si puedo confiar en el traductor,1 es buena. Resulta sorprendente cuántos sustantivos puede introducir Márquez en una frase. Al lado de eso, breves imágenes sugestivas:

“Poco después se precipitó una tormenta de agua y truenos que dejó a la ciudad en situación de naufragio”.

Un arpa era tocada “con tanta ternura, que los dos militares no tuvieron corazón para hablar mientras la brisa del mar no barrió del aire hasta las últimas cenizas de la música”.

El conocimiento íntimo de la sociedad criolla en todos sus matices, así como de la naturaleza tropical, llega hasta los más pequeños y remotos detalles:

“Durante la colonia, los viajeros europeos se sorprendían de ver a los indígenas iluminándose el camino con un frasco lleno de cocuyos. Estos fueron más tarde una moda republicana de las mujeres, que los usaban como guirnaldas encendidas en el cabello, como diademas de luz en la frente, como broches fosforescentes en el pecho”.

Aquí, Márquez intercala una anécdota. Bolívar ya se hallaba enfermo de muerte cuando, al despertarse en su dormitorio, vio entrar a una criatura evangélica [sic2]. Era una muchacha de veinte años que había adornado sus cabellos con una vincha de luciérnagas. El oficial de turno la dejó pasar porque le pareció rara y creyó que quizá podría gustarle al general, y de hecho fue así: “él descubrió de inmediato los destellos de la virtud que más apreciaba en una mujer: la inteligencia sin desbravar. […] La invitó a que se acostara a su lado, pues no se sintió con fuerzas para llevarla en sus brazos a la hamaca. Ella se quitó la vincha, guardó los cocuyos en el interior de un trozo de caña de azúcar que llevaba consigo, y se acostó a su lado”.

Mantuvieron una conversación desperdigada, en primer lugar sobre la salud de él. El general le pidió a la muchacha que lo examinara y ella palpó palmo a palmo su cuerpo. Lo encontró más estragado de lo que se podía concebir. Sólo la cabeza parecía de otro, estaba intacta. Hablaron del tema “mientras ella sucumbía a ratos en su sueño fácil, y seguía contestándole dormida sin perder el hilo del diálogo. Él no la tocó siquiera en toda la noche, pero le bastaba con sentir la resolana de su adolescencia. […] El silencio era tan puro […] que los perros se alborotaron cuando ella se levantó de puntillas para no despertar al general. Él la oyó buscando a tientas el cerrojo.

–Te vas virgen –le dijo.

Ella le contestó con una risa festiva:

–Nadie es virgen después de una noche con Su Excelencia”.

Márquez no le plantea exigencias morales al personaje. De hecho, los generales tienen una relación especial con la muerte: si no la tuviesen no serían aptos para su desempeño, dañarían su profesión. ¿Habría que suprimir a los generales por esta causa? Se dice fácil, pero hasta en una guerra civil son muchos los que aspiran a alcanzar ese grado, al igual que los maestros de escuela el de profesor. Revolucionarios exitosos como Trotski, que nunca pasaron por una escuela militar, incluso lo adoptan con predilección. Al culminar el fragor de la batalla Napoleón murmuraba: “Une consuption forte”. Y leña sin humo nunca la hubo: lo oí decir durante las dos guerras mundiales, en las reuniones de Estado Mayor.

Antes de una retirada, Bolívar hizo fusilar a 800 prisioneros que se hallaban en su poder, sin perdonar siquiera a los heridos que estaban en el hospital. Hacia el fin de su vida dijo que no se arrepentía de su orden, y que la repetiría; que no él, sino las circunstancias habían determinado la muerte. Semejante actitud no admite ninguna excepción en casos particulares que afectan a amigos o parientes, o a hombres que han hecho méritos al servicio del Estado. Los anales nos hablan de tales casos hasta el día de hoy.

Fue por eso que el mayordomo de Bolívar lo vio luchando por reprimir las lágrimas cuando oyó la descarga que mató a su amigo, el general Piar, en la plaza mayor de Angostura, una ciudad que el propio Piar había liberado de los españoles pocos meses antes. Piar había sido condenado a muerte en un juicio sumario, acusado de insurrección y traición. Bolívar confirmó la pena de fusilamiento pero revocó la de degradación. El fusilamiento fue en público:

“El jefe del pelotón había hecho recoger las sobras de un perro muerto que se estaban comiendo los gallinazos, y cerró las entradas para impedir que los animales sueltos pudieran perturbar la dignidad de la ejecución. Le negó a Piar el último honor de dar la orden de fuego al pelotón, y le vendó los ojos a la fuerza, pero no pudo impedir que se despidiera del mundo con un beso al crucifijo y un adiós a la bandera”.

Este proceso arroja alguna luz sobre el espíritu de aquellos ejércitos libertadores que estaban dirigidos por criollos de tez más o menos oscura. En parte se habían formado en academias militares españolas, aun no siendo de la misma alcurnia habían frecuentado la buena sociedad.

El hidalgo de gotera3 era aquel que solo valía como tal en su terruño. Hasta a Bolívar se le atribuye un bisabuelo negro. Piar, por el contrario, era un mulato que congregó a los desposeídos y a los mestizos contra la aristocracia blanca de Caracas. Bolívar por su parte vino al mundo como uno de los más ricos herederos, poseyendo esclavos y propiedades. Sus modelos fueron Rousseau y Napoleón. Probablemente habría que haber añadido a Tolstoi, si hubiese llegado a conocer su obra.

La significación de las últimas palabras crece en la medida en que se aproximan a lo humano universal por encima de lo episódico y lo personal. Quizá fueron sus penúltimas palabras cuando Bolívar dijo: “Carajos, ¡cómo voy a salir de este laberinto!”»

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.


1 Se trata en realidad de una traductora, Dagmar Ploetz, esposa del novelista Uwe Timm, y a quien se deben entre otras la traducción de El amor en los tiempos del cólera y de un capítulo de Larva, de Julián Ríos, amén de la nueva traducción de Cien años de soledad.

2 “Sic” quiere decir en este caso que cito literalmente el original de García Márquez y no a Jünger: este, siguiendo la traducción alemana, habla de una “criatura angélica”.

3 En español en el original de Jünger. El “hidalgo de gotera” era aquel que solo gozaba de los privilegios de la hidalguía en un único lugar, perdiéndolos si se mudaba del mismo.

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El Nobel a Kazuo Ishiguro, inglés nacido en el Japón, continúa y acentúa una curiosidad o anomalía que atañe a la literatura made in England, y nada menos que desde el primer Nobel que se le concediera, que fue el año 1907 en la persona de Rudyard Kipling, un inglés nacido en la India.

Lo cierto es que de los doce escritores ingleses que han obtenido el Nobel de Literatura, tan solo tres son cien por ciento ingleses: Winston Churchill (1953), William Golding (1983) y Harold Pinter (2005).

George Bernard Shaw (1925) había nacido en Irlanda y se murió siendo más irlandés que el Guinness Book of Records. John Galsworthy (1932) y Earl Bertrand Arthur William Russell (1950) eran galeses. Thomas Stearns Eliot (1948), nacido en Estados Unidos, no solo adquirió la nacionalidad británica sino que hasta se convirtió al anglicanismo. Elias Canetti (1981) vino al mundo en Bulgaria, como lejano retoño de una familia judía española expulsada de Cañete, en la provincia de Cuenca, por los Reyes Católicos, en 1492. Y Vidiadhar Surajprasad Naipaul (2001) nació en Trinidad, y Doris Lessing (2007) en Persia.

La reflexión que se impone no dejaría en muy buen lugar a la literatura inglesa escrita por unos ingleses “de pura cepa”, si no fuese que recordemos a tiempo los nombres de G.K. Chesterton, Evelyn Waugh, Virginia Woolf, Aldous Huxley, D.H. Lawrence y Graham Greene, amén de Thomas Hardy, E.M. Forster, Ted Hughes e tutti quanti, entre quienes no podría mencionar ni a Hector Hugh Munro (a) Saki ni a Eric Arthur Blair (a) George Orwell ni a William Somerset Maugham, pues que nacieron en Birmania, la India y París, respectivamente. Pero todos ellos, de cualquier modo, preteridos en la lotería del Nobel.

No me parece tampoco que haya en el seno de la Academia Sueca una especie de prurito contra la literatura inglesa salida de plumas cien por ciento insulares, pero el hecho no deja de ser interesante si se piensa, por otra parte, que Inglaterra sí o no, hasta ahora no han premiado en Estocolmo ni a un solo autor escocés. Y podrían haberlo hecho. No diré que a sir Arthur Conan Doyle, pues los académicos suecos son tan alérgicos a la literatura que ellos desdeñan como “popular”, que le negaron el Premio a uno de los mejores escritores del siglo XX: me refiero a Simenon.

Pero si no a Conan Doyle sí podrían habérselo dado a J.M. Barrie, creador de uno de los pocos mitos que ha producido el siglo XX: Peter Pan. O a Eric Linklater (escocés nacido en Gales), al que tanto admiraba Borges; lo anota Bioy Casares en su diario, el 29.12.1962: “Hablando sobre mejores candidatos para el Premio Nobel que Steinbeck (que lo ganó), Borges dice: ‘Cualquier otro’. Convenimos de inmediato en Eric Linklater”. Pero ya tres años antes, platicando de este autor a quien consideran que “tal vez sea el mejor novelista inglés de estos días”, Borges puso el dedo en la llaga al decir: “Lo que le perjudica es que escribe for entertainment. No trata de demostrar nada: ni la verdad católica ni la verdad comunista ni la verdad existencialista”.

Para rematar estas observaciones se me ocurre que dentro de un par de años pudieran volver a ser actuales cuando por fin le otorguen el Nobel a Salman Rushdie. Otro inglés anómalo.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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