De la universalidad del mensaje, por así llamarlo, de don Benito Pérez Galdós, da fe el hecho de que de las 42 (o 44) adaptaciones de sus relatos, al cine y la TV, la primera película fue una estadunidense, Beauty in Chains, inspirada por la novela Doña Perfecta en 1918, y la última una cingalesa (o sea, de Ceilán, hoy Sri Lanka) en el 2018, exactamente un siglo más tarde, y que se titula Nela, inspirada en la inmortal Marianela. Pero vayamos por partes.

Promediado el año 1918, y tras la entrada de los Estados Unidos en la Gran Guerra, la primera de las mundiales, era evidente de los Imperios Centrales —Alemania y Austria-Hungría— ya iban a ser los derrotados, como se confirmó en el armisticio del 11.11. El año 1914, cuando estalló la guerra, no se concedió el premio Nobel de Literatura. En 1915 se le otorgó a Romain Rolland, quien aunque francés, era notorio pacifista y promotor de la reconciliación francoalemana. En 1916 fue premiado el sueco Carl Gustav von Heidenstam, y en 1917 lo fueron ex aequo los daneses Henrik Pontoppidan y Karl Adolph Gjellerup. Para 1918 la Academia Sueca pensó en Galdós, como lo había hecho en 1904 y porque España, como Suecia y Dinamarca, fue neutral en la Gran Guerra.

Pero en aquellos tiempos era costumbre que la Academia Sueca entregase la lista de los premiados al rey (Óscar II hasta 1907, Gustavo V al sucederle) y era el rey quien contactaba a los respectivos jefes de Estado para comunicarles la buena nueva del galardón a sus respectivos súbditos. En el caso de España, Óscar II en 1904 y Gustavo V en 1918 tropezaron con la negativa a rajatabla de la Corona y la Iglesia españolas, que rechazaron acérrimamente la concesión del premio a Galdós, por republicano y por anticatólico. Justamente ese año se inicia la filmografía de don Benito con la adaptación al cine, en Hollywood, de su novela Doña Perfecta.

Benito Pérez Galdós. Fotografía de Pau Audouard Deglaire

* * *

De Doña Perfecta existen tres versiones. La estadunidense de 1918, Beauty in Chains [Belleza en cadenas], donde Rosarita [sic] es Ella Hall (21 años), una seductora sirena del cine mudo, rubia y de ojos celestes, formada como actriz en la compañía de David Belasco, una especie de Actor’s Studio funambulesco a principios del siglo pasado, y doña Perfecta fue Ruby Lafayette. De 1951 es Doña Perfecta, la segunda adaptación mexicana basada en una obra de Galdós, dirigida por Alejandro Galindo (premio Ariel por su guion), con Dolores del Río como protagonista (Ariel a la mejor actriz) y Esther Fernández en el papel de Rosarito, así como también un Ariel a Carlos Navarro como mejor actor de reparto haciendo de Pepe Rey. Y la tercera versión, con el mismo título de la novela, es española, de 1977, dirigida por César Fernández Ardavín, con Victoria Abril como Rosario y Julia Gutiérrez Caba como doña Perfecta.

Misericordia ha merecido dos versiones, una al cine y otra a la TV. El film de 1953 fue la tercera adaptación mexicana de una obra de Galdós, la dirigió Zacarías Gómez Urquiza con Sara García en el papel de la abnegada Benigna. Y el telefilm español de 1977 fue codirigido por José Luis Alonso y Juan Mediavilla con María Fernanda D’Ocon como Benigna.

Idéntica fortuna la de Fortunata y Jacinta. De ella hay una peli dirigida por Angelino Fons, con Emma Penella y la italiana Liana Orfei en las protagonistas, y Máximo Valverde en el papel del irresponsable Juanito Santacruz, con tres premios españoles a la mejor actriz (Emma Penella como Fortunata) y uno al mejor director. La serie de TV (10 episodios) fue dirigida por Mario Camus con Ana Belén (Fortunata), Maribel Martín (Jacinta) y un francés, François–Eric Cendron, para incorporar al madrileñísimo Juanito Santacruz. [¿Tan escaso de actrices y actores españoles andaba España que a Jacinta la interpretó en el cine una italiana y a Juanito en la TV un francés de Fontainebleu?] En el papel de José Izquierdo actuó Paco Rabal, y Fernando Fernán–Gómez en el de don Jerónimo Feijoo, debiendo ser ellos, junto con Fernando Rey, los actores con mayor repertorio galdosiano en sus filmografías. Cuatro premios nacionales: dos a Ana Belén como mejor actriz, uno a la mejor serie nacional y un Ondas.

Asimismo dos versiones de la adaptación del tercero de la primera serie de los Episodios Nacionales, titulado El 19 de Marzo y el 2 de Mayo. El telefilm El dos de mayo se rodó en 1970, es parte de una serie a su vez titulada “Novela”, y fue dirigido por Gustavo Pérez Puig con Tota Alba y Manuel Alexandre en los papeles protagónicos. En el año 1969, dentro de la misma serie, se incluye un telefilm titulado Gerona, que podría ser otro episodio nacional (el séptimo de la primera serie) pero la ficha de Internet Movie Database no le da crédito ni al autor del texto ni al director del episodio. Y del 2009 es una película titulada Sangre de mayo, de 152’, dirigida por José Luis Garci, ganador del primer Oscar obtenido por un director español con su film Volver a empezar. En cuanto a Sangre de mayo, fue nominada a siete Goyas pero sólo ganó el premio Yoga a la peor película española.

E idéntico es el panorama con la quinta novela de Galdós llevada tanto al cine como a la TV, Tormento. La película es de 1974 y fue dirigida por Pedro Olea con Concha Velasco, Ana Belén y Francisco Rabal encabezando el cartel, ganó siete premios nacionales (entre ellos cuatro a Concha Velasco como mejor actriz, y a Pedro Olea el de mejor director de peli en lengua española en el festival de cine de San Sebastián). El telefilm de 1977 fue una producción de Radio Caracas TV, sin crédito al director, e interpretado por Mayra Alejandra y José Luis “El Puma” Rodríguez.

* * *

De los once títulos que siguen tan sólo existe una versión, y estos son sus datos más relevantes:

1955: La mujer ajena (adaptación de la novela Realidad), cuarta producción galdosiana en México, dirigida por Juan Bustillo Oro y con Rita Macedo y Manolo Fábregas encabezando el reparto.

1959: Nazarín. Nuevamente en México, primer acercamiento de Buñuel a la obra de Galdós, con Francisco Rabal, Marga López y Rita Macedo, premio internacional al director en el festival de Cannes.

1961: Viridiana, inspirada en la novela Halma, es el segundo acercamiento de Buñuel a Galdós, con un reparto de lujo; Silvia Pinal, Francisco Rabal y Fernando Rey, primer premio del festival de Cannes, compartido con Una larga ausencia, película francesa con guion de Margerite Duras y protagonizada por Alida Valli.

1966: El amigo manso, telefilm dentro de la serie “Novela”, con José Bódalo en el papel estelar, en Internet Movie Database no dan el crédito al director y en el título registran en minúscula (“manso”) el apellido del protagonista.

1969: El usurero es una serie producida por Telesistema Mexicano, con Miguel Manzano como protagonista, y a juzgar por el título debe estar basada en la prodigiosa tetralogía galdosiana de Torquemada, una summa nada theologica de la avaricia.

1970: Tristana completa la trilogía galdosiana de Buñuel, siendo protagonistas Catherine Deneuve, Fernando Rey y Franco Nero, y fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera.

1972: Miau es un episodio de la serie de TV española “Cuentos y leyendas”, codirigido por José Luis Borau y Julio Caro Baroja, con María Fernanda Ladrón de Guevara.

1974: La fontana de oro: un episodio de la teleserie asimismo española “Los libros”, dirigido por Jesús Fernández Santos con Teresa Rabal y Miguel Ángel como pareja estelar.

1979: Ángel Guerra: una teleserie mexicana de tres episodios, de la que Internet Movie Database no da crédito al director, y fue interpretada por Alicia Montoya y Eduardo Alcaraz.

1983: La de San Quintín: un episodio de la serie española “Estudio 1”, adaptado del drama homónimo de Galdós, dirigido por Juan Antonio Hormigón y protagonizado por Rosa Vicente (Rosario de Trastámara, la joven duquesa viuda) y Fidel Almansa (Víctor, quien emigra con ella a América, para emprender una nueva vida).

1988: Solicito marido para engañar es la adaptación al cine de Lo prohibido, titulada de la manera menos galdosiana que imaginarse pueda, y se trata de una producción mexicana dirigida por Ismael Rodríguez, y Sasha Montenegro y Andrés García encabezan el reparto. Por cierto, recordemos que Lo prohibido es la novela de la que se burla despiadadamente Cortázar en los capítulos 33 y 34 de Rayuela. Mi tocayo, el escritor argentino Ricardo Ostuni, opinaba acerca del caso: “Es de mal gusto, es verdad, pero no alcanza a ser una crítica ni un menosprecio. Galdós es demasiado grande para que le molesten esas líneas”.

* * *

Por mor de la exhaustividad citaré dos títulos más, inclasificables.

De 1967 es el breve documental Los episodios nacionales, dentro de la serie de la TV española “Libros que hay que tener”, codirigido por Gaspar Gómez de la Serna y José Antonio Páramo con don Federico Carlos Sáiz de Robles —a quien se deben la biografía, el censo de personajes y la edición de la obra completa de Galdós en la mítica colección Obras Eternas, de Aguilar— como cicerone por el mundo de Galdós. Nadie mejor que él para ese desempeño.

Y del 2007 es El primer siglo del Prado, un documental de 50’ con guion de Arantxa Aguirre y citas de la obra de don Benito, narrado por Fernando Fernán–Gómez, una voz inconfundible en la cinematografía española

* * *

Las obras de Galdós con mayor número de adaptaciones al cine y la TV son La loca de la casa (4), El abuelo (7) y Marianela (9 o tal vez 11).

La loca de la casa de 1926 cuenta con la presencia de Rafael Calvo, de una gran dinastía teatral española; la de 1950 es el primer film mexicano sobre una obra de Galdós, dirigido por Juan Bustillo Oro (reincidente en Galdós años después, como ya vimos) y con Susana Freyre y Pedro Armendáriz en la cabecera del reparto; la de 1967 es un episodio de la serie española de TV “Estudio 1”, sin crédito al director en Internet Movie Database, y con Carmen de la Maza como protagonista; y la de 1970 también es un episodio de una serie española, “Gran teatro universal”, dirigida por Juan Manuel Fontanals con Cristina Alberó en el papel principal.

En El abuelo de 1925, el protagonista, el Conde de Albrit, el empecinado don Rodrigo de Arista–Potestad, lo incorpora Modesto Rivas, pero en la versión de 1945, con el título Adulterio, ni siquiera la ficha de Internet Movie Database acierta a decirnos quien lo interpretó. Vienen luego dos versiones argentinas, la de l954, dirigida por Román Viñoly Barreto bajo el título Tormenta de odios, con Enrique Muiño como don Rodrigo de Achával (rebautizo del protagonista), y la de 1971, un episodio de la serie de TV “Narciso Ibáñez Menta presenta” con el polifacético titular de la serie en el papel descollante. De 1969 es un episodio de la serie española “Estudio 1”, dirigido por Alberto González Vergel con Rafael Rivelles en el papel protagonista, y de 1972 la película La duda (tercer cambio de título respecto del original), dirigida por Rafael Gil, con Analía Gadé y Fernando Rey como viejo León de Albrit, premio al mejor actor en el festival de cine de San Sebastián y tres premios nacionales al mejor film, la mejor música y el mejor equipo técnico. Por último, en 1998, la película dirigida por José Luis Garci con Fernando Fernán–Gómez como don Rodrigo de Arista–Potestad y Cayetana Guillén Cuervo como doña Lucrecia Richmond, que fue. nominada al Oscar a una película de lengua no inglesa, obtuvo un Goya a FFG como mejor actor y estuvo nominada además a otros doce Goyas.

* * *

He dejado conscientemente para el final Marianela y sus nueve (u once) versiones, para centrarme en el problema con la protagonista. El personaje Marianela es una de las creaciones más emotivas y entrañables del universo galdosiano. Don Benito la describe de este modo: “Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequeña cabeza remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien decía que era una mujer mirada con vidrio de disminución; alguno que era una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba si era un asombroso proceso o un lamentable atraso”.

Ahora bien, en la primera versión, de 1940, Marianela es Mary Carrillo, una de las mejores actrices españolas, quien a sus 21 años era una belleza, tuvieron que maquillarla mucho para hacerla fea y esmirriada como lo es la pobre Nela; la actriz fue a los 39 años la Petrita de El písito, a los 63 la doña Asunción de La colmena y a los 65 la señora marquesa en Los santos inocentes. Asimismo doña Bárbara Arnaiz en la serie de TV Fortunata y Jacinta, o sea, mucho pedigrí en adaptaciones de grandes novelas. En cuanto a Marianela, el director Benito Perojo obtuvo la copa de la Bienal de Venecia.

En 1955, en la primera producción argentina basada en una obra de Galdós, dirigida por Julio Porter, Marianela es Olga Zubarry, de nuevo una mujer nada fea, aunque muy bien caracterizada.

En 1965, dentro de la serie “Novela” (953 episodios entre 1963 y 1978), el de Marianela es uno dirigido por Juan Guerrero Zamora con Nuria Torray (otra belleza) en el papel de la Nela. Y en 1972, dirigida por Angelino Fons, Nela es Rocío Dúrcal, tan hermosa. Al año siguiente Marianela es un episodio de la serie argentina “Alta comedia”, codirigido por Miguel Bebán y Carlos Berterreix y con la guapísima María de los Ángeles Medrano haciendo de Nela. Tres años más tarde, 1976, en una miniserie de tres episodios hecha por Venevisión (Venezuela). Marianela será Alejandra Pînedo, y ya sabemos que todas las venezolanas son aspirantes natas a Miss Universo.

Aunque no la registra Internet Movie Database, hay una miniserie producida por Telesistema Mexicano, de 1961, con Magda Guzmán (suma y sigue belleza) en el papel de Marianela. Y de 1988 es Flor y canela, que Internet Movie Database registra como título, pero ese al parecer es nada más que el subtítulo de una producción mexicana (Televisa) de 100 episodios basada en Marianela (título y subtítulo que sugieren un guiño cómplice a la gran novela de Jorge Amado, Gabriela, cravo e canela). Se trata, según se desprende de la sinopsis, de un culebrón cuyo final feliz no tiene nada que ver con la obra de Galdós, y es interpretado por Mariana Garza en 13 de los episodios y por Daniela Leites en 87, siendo la adaptación de Marissa Garrido y dándose la curiosa circunstancia de que en su ficha aparecen cuatro nombres de directores dirigiendo los 100 episodios, la ficha no puede ser más extraña ni desorientadora. Según averigüé a través de la inapreciable ayuda, en México, de Lourdes Eguiluz, lejana pariente de Mariana Garza, esta se enojó con la productora y abandonó el rodaje, sustituyéndola Daniela Leites, pero a los efectos de mi pesquisa ambas eran mujeres bellas. Y de acuerdo con los datos de Internet Movie Database, Maríana Garza incorporó una vez más, en un telefilm de 1993, el papel de Marianela en una nueva producción, también de Televisa.

Me hablan asimismo de una telenovela colombiana basada en Marianela alrededor de 1990, pero ni siquiera mi comadre Miss Hortensia Google ha sido capaz de rastrear su existencia.

Last but not least, en el 2018, en Sri Lanka, se filma Nela, “una conmovedora historia de amor ubicada en la época de las plantaciones de té de principios del siglo XX en Ceilán”, según la publicidad de su productora cingalesa. La dirección y los diálogos son de Bennett Rathnayake, sus principales intérpretes lucen nombres polisílábicos: Anura Dharmasiriwardena, Thumindu Dodantenne y Semini Iddamalgoda, y si uno mira el cartel de la película, Nela para nada parece esa "ugly poor girl" de la sinopsis del film: “poor” puede que sí, pero de “ugly” ni rastro.

Versión filmada en Sri Lanka

Todo lo cual nos lleva al apasionante tema del trasvase de lo pintado a lo vivo. Sea como fuere, y para cerrar este recorrido por la filmografía de Galdós, recuerdo que en el artículo “El cine de la Aleluya”, de César M. Arconada (revista Papel de Aleluyas, Huelva, abril 1928), leí un día tamaño disparate: “El cine nace más en la calle. Más en la aventura. Galdós —por ejemplo— ¡qué distante del cine!”. Luis Buñuel debe haberse reído mucho al leer esta frase. Pero es que, además, en 1928 ya se habían filmado tres adaptaciones de obras de Galdós, y la primera de ellas nada menos que en Hollywood, donde se me ocurre que sí saben algo de cine, no como Arconada.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo

Osvaldo murió la Nochebuena del año pasado, y su muerte fue tan imprevista que algunos (yo entre ellos) nos vinimos a enterar al día siguiente y de manera indirecta. En mi caso se trató de un e-mail de la novelista Susana Sisman, quien desde mi Buenos Aires querido me escribió el 25 tan sólo esto: “Lamento mucho lo de tu amigo Osvaldo”. No necesitó decirme más, siete palabras bastaron para sentir en carne propia ese nuevo tiro que caía tan cerca. Le contesté con una sola línea: “¿Cómo carajo es posible que se mueran los inmortales?”.

Cada vez que tengo que sacar algún nombre de mis directorios, sobre todo en casos como el de Osvaldo, una amistad entrañable de más de cuarenta años, siento que se me rompe algo dentro. Entretanto mi libreta de direcciones computadorizada, donde siempre antepongo el signo † al nombre del amigo fallecido, se parece cada vez más a un cementerio. Repasé atento las páginas de la libreta, aquí en la pantalla, y contando el signo † delante del nombre de Osvaldo eran 182 cruces [un año después ya son 213, ay].

Ilustración: Raquel Moreno

Osvaldo Bayer: uno de los más grandes luchadores por unas causas que otros —los más— dan por perdidas de antemano. Su nombre está unido de manera indisoluble con la historia del ideario anarquista y la lucha por la justicia social en ese país que al contrario que Saturno es devorado por sus propios hijos y se llama Argentina.

Basta mencionar su obra fundamental, los cuatro tomos de La Patagonia rebelde (que darían pie a uno de los mejores films argentinos de todos los tiempos, Oso de Plata en el festival de cine de Berlín 1974) para asegurarle un puesto en los anales de su país. Pero su obra de historiador de la lucha de los pueblos originarios a los que se despojó de su riqueza en base a criterios racistas que todavía subsisten, y por otra parte la de combatiente por los derechos humanos y en favor de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, no es menor en importancia que aquella obra capital. Y aún me quedarían por mencionar su preciosa novela en clave Rainer y Minou, su ensayo Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, y su inmensa labor docente como catedrático de Derechos Humanos en la facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, amén de sus centenares de columnas en la prensa argentina, en el diario Clarín antes de su exilio y en Página12 al volver a su Argentina.

Tuve la inmensa suerte de conocerlo y ser su amigo. Los conocí juntos el 3.7.1977, a él y a Marlies, su esposa, lo sé con toda certeza porque ese día di una conferencia sobre literatura latinoamericana en Das Haus der Begegnung [la Casa del Encuentro] de la Iglesia Evangélica Alemana, cerca de Duisburgo, y ellos acudieron al acto. Estaban recién llegados, huyendo de la dictadura criminal de Videla, Massera, Astiz & Co., y esa amistad nuestra, anudada desde aquel día, no se aflojó nunca.

Lo llevé a la Radio Deutsche Welle y estuvo colaborando con nuestra redacción hasta que regresó a Buenos Aires. Muchos de esos años alemanes los pasó en Berlín y cuando yo viajaba allá, varias veces me alojé en su apartamento cerca del viejo aeropuerto de Tempelhof, pero si no lo hacía allí, de todos modos siempre nos juntábamos una noche para cenar en un restaurante que elegía él; recuerdo sobre todo uno de Charlottenburg, archiberlinés, de cuyas paredes colgaba obra gráfica original de Heinrich Zille. Y cuando luego repartió su tiempo entre Buenos Aires y la casa de Linz, una bella ciudad chiquita a la orilla del Rhin, todas las veces íbamos a visitarlos un día para platicar y comer los sabrosos platos que guisaba Marlies, gran cocinera, no sin antes abrir el apetito con una botella del espumante alemán Príncipe de Metternich, su predilecto.

Su coherencia, su honestidad, su anarquismo de buena ley, son algo que desde el primer momento me impresionaron en Osvaldo, Y su formidable estilo como escritor historiador. No todos los historiadores escriben de esa manera tan sabia que sabía hacerlo él. Me recuerda lo que decía Chesterton de Bernard Shaw, que reunía en su persona el ser inteligente y el ser inteligible.

* * *

La última vez que había visto a Osvaldo fue el 11.9.2015, durante el sepelio de su Marlies, de nuestra inolvidable Marlies. Fue en el cementerio de Linz. Llegamos a la capilla con un par de minutos de retraso. En la capilla no quedaba sitio libre para sentarse, lo supimos ya desde lejos por la veintena de personas siguiendo la ceremonia desde fuera, bajo el techo del pórtico. Calculé un total de ± 100 amigos de Marlies que acudíamos a despedirla. Hablaron los hijos, dos de los nietos, y entre cada speech hubo música (folclore argentino y “Der Lindenbaum” del ciclo Viaje de invierno, de Schubert), también se proyectó en una pantalla una secuencia de fotos donde pudimos seguir la vida de Marlies a lo largo de sus 86 años. Por último, los hijos sacaron la urna de la capilla, y caminamos hacia la tumba. A Osvaldo le acercaron una silla y leyó al pie de la tumba, en español primero, luego en alemán, su emotivo adiós a la compañera con quien estuvo casado 63 años, tuvo cuatro hijos, diez nietos (de los que sólo faltó Bruno), cuatro biznietos y doce libros. Cuando se alejó de la tumba, después de haber arrojado en ella un puñado de tierra del delta del Tigre y unos pétalos de rosa, todos los presentes fuimos despidiéndonos de Marlies de la misma manera. Le di el pésame a Ana y a sus hermanos; finalmente a mi querido Osvaldo, quien no me reconoció, pero sí a mi esposa. Esteban, a quien se lo conté, me dijo que su padre estaba anonadado, eran muchas las personas a las que no reconocía, aquel había sido un golpe muy duro para él. Y regresamos a Colonia en ese día espléndido de sol y de temperatura, por la orilla —toda llena de viñedos en flor— del ancho y majestuoso río padre de los alemanes, donde fue a recalar nuestra querida Marlies, nacida tan cerca del río ancho como mar.

Eso me hizo recordar que aparte de los valores humanos de la pareja y de la talla —más que intelectual, humanista— de Osvaldo, lo que más me cautivaba de su personalidad era cuando recordaba sus tiempos de piloto de una chata (así le llaman allá a esos barcos planos para el transporte de mercancías) en el río Paraná; era como escuchar a un Mark Twain criollo.

Recordé asimismo aquel apartamento de Tempelhof en el que vivimos un día glorioso, durante la Berlinale de 1984, cuando almorzamos allí con Osvaldo Soriano, Héctor Olivera y Federico Luppi, y de repente sonó el bíper de Héctor y era un llamado anunciándole que había ganado el Oso de Plata por No habrá más penas ni olvido. ¡Qué festejo el que organizamos! [Aunque lo que más recuerdo de ese día es que cuando Luppi, Olivera, Soriano y yo regresamos al Festival, Luppi me dijo que si por una casualidad pasábamos delante de la casa donde nació Marlene Dietrich, o el cementerio donde está enterrada, que no dejara de avisárselo].

Y es también a Osvaldo que le adeudo la visión en su salsa del cementerio de la guarnición de Berlín, en el costado norte de Tempelhof. Es la Estación Término de los grandes hombres de la historia militar prusiana: los Trützschler von Falkenstein, los Stern von Gwiazdowski, los von Wentzky und Petersheyde, los von Zeidlitz, el almirante Eduard von Know (Caballero del Aguila Negra)… El buen Osvaldo me llevó una mañana a contemplar el espectáculo que él mismo iba a describir luego en una estampa imborrable:

"Al cementerio de los generales prusianos le han quitado un trozo de tierra y la municipalidad berlinesa lo entregó a la comunidad otomana. Ahora está allí el cementerio turco de Berlín. Los muertos turcos van avanzando sobre la tierra de los aristocráticos mariscales. Ya la tumba que mira hacia La Meca del turco Tufanin Ruhima, muerto el 5 de octubre de 1982, está a cinco metros del general Erich Werner August Wilhelm von Livonius. Y siguen avanzando. Son muertos que traen vida: por ese lado el cementerio se puebla los domingos de mujeres con pañuelos en la cabeza y chicos que ríen, lloran y gritan. Es una ofensiva que los generales no esperaban. La vida no se rinde".

Sí que es así, lo sé porque he vivido ese picnic dominical, paseando con Osvaldo, y los he visto, a los pequeños Mehmet y Alí jugando al escondite entre los mausoleos de los von Moltke y los von Kretschmann, y a la pequeña Leila saltando a la comba o bailando hula–hoop entre los mausoleos de los Von–loquefueren.

¡Tengo tantos recuerdos hermosos asociados a mi amistad con Osvaldo! Y el mejor de todos, el que me resulta más entrañable, es que siempre que lo llamaba por teléfono y reconocía mi voz, siempre me saludaba igual, desde la altura de los doce años que me llevaba (todavía me parece oírlo y se me hace un nudo en la garganta): “¿Qué decís, pibe?”. ¿Cómo agradecérselo?

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
Un emotivo adiós al poeta, pintor y narrador de Huelva, también conocido como “El Capitán de las Dunas”. Su poema “La Ola (Muerte)” es una lección de estilo y humildad.

Las balas me están cayendo cada vez más cerca. En lo que va de semana he perdido dos buenos amigos. Uno de ellos antier, en Huelva, un amigo de aquellos que suele decirse que son “de toda la vida”, al menos desde 1960 este Paco Pérez tan querido.

Siguiendo mi costumbre, busqué su nombre en mi directorio, para colocar delante una †, y luego programé el signo † en la ventanilla de búsqueda del directorio. Me encontré con que ya figura allí 209 veces. Tengo, pues, un pequeño cementerio en mi libreta de direcciones, y entre ellas una † políticamente incorrecta porque mi buen Mourad era musulmán. Pero pudo más la fuerza de la costumbre y también se la encajé a él.

Paco Pérez, maestro de escuela, en Huelva, nieto de una celebridad local, de un excelente pìntor que nunca quiso salir de nuestra ciudad y eso le costó no ser una celebridad de mayor alcance, él, pues, Paco, era un apasionado de Ibsen, hasta el punto de querer aprender noruego para poder leerlo en el original. Y al intentarlo descubrió que no había un solo manual de noruego–español, de modo que sin dudarlo un instante se puso a la tarea de pergeñarlo.

Fruto de sus desvelos fue un libro por el cual el gobierno noruego lo invitó a visitar el país en compañía de su esposa, Eugenia, y en el camino a Oslo pasaron por Colonia y fueron nuestros huéspedes un par de días. Eso era antes de la muerte del inferiocre, de manera que Eugenia y Paco se pasaban horas muertas en los porno-shops y se divertían sobre todo con las pelis de dibujos animados donde a Blancanieves la pasaban por la piedra sus siete enanitos. Y cosas así.

Luego, al cabo de los años, pidió que se le destinara a Alemania para la enseñanza de niños españoles, y pasó un par de años acá, y de nuevo nos visitaron en casa. Al cabo, regresaron a España y se instalaron a vivir en un chalet de una urbanización que se llama con toda justicia Bellavista. Los visitamos allá algunas de las veces que íbamos a Huelva, y nuestros hijos, que de pequeños pasaban las vacaciones de verano allí, con mis padres, se hicieron muy amigos de los hijos de Paco y crecieron juntos. De hecho, la noticia de su muerte nos la ha dado nuestro hijo a quien le escribió César, el único hijo varón de Eugenia y Paco.

Inmediatamente quise saber a qué se debía una muerte que nos parecía repentina, y ahora ya tenemos la historia. Eugenia murió en octubre 2017, y en los mails que nos cruzamos se le notaba derrotado, pero nos pareció normal. Llevaban viviendo juntos más de 50 años y eran un matrimonio muy unido. Y como desde abril 2016 no hemos vuelto a ir a Huelva, y él era muy perezoso para la comunicación epistolar, no nos pudimos enterar de que desde la muerte de Eugenia él se vino abajo, casi no salía de casa, se abandonó sin más, esperando sólo poderse reunir con su Eugenia. Y eso, unido a las complicaciones de salud con que siempre debe contarse a partir de los 60, mucho más si eres reacio a los médicos, eso ha terminado por matarlo antier.

Patricio Betteo

Casi me estaba olvidando de decir que Paco era poeta, narrador y dibujante, extraordinario en todos esos menesteres, pero como su abuelo, sin salir de su patria chica. En la necrológica que Manolo Moya —otro poeta, y traductor de Pessoa— le ha dedicado en el Diario de Huelva, puede leerse un párrafo que lo define dando en el centro de la diana: “Autor de una mínima obra —un Rulfo de la vida—, su presencia y su nombre no han dejado de habitar en la memoria y en la admiración de una decena escasa de lectores. Yo, modesta y afortunadamente, me encuentro en esa nómina de privilegio”.

Era un poeta muy especial, y a veces paradójico: se enorgullecía de la atlanticidad de su tierra natal y nos invitaba a navegar a Alejandría. Firmaba su obra como “El Capitán de las Dunas”, y el 3 de marzo de 2011, en su casa de Bellavista, movido por ese numen que sin decir agua va se apodera de los poetas, escribió estos versos, que me envió al día siguiente:

Estés donde estés
y hagas lo que hagas
la ola te atrapará, la gran ola
de tierra y tiempo, tu mismo tiempo,
la tierra toda que te desconoce,
a ti que eres muy poco más que nada.
Verás llegar, apenas, la gran ola
que se desmorona sobre ti como una montaña,
como el cielo de la noche,
como un árbol inmenso talado por su pie
que te atrapa antes que su sombra,
que te crucifica en el suelo con sus ramas.

Tus recuerdos como cintas volarán confusos,
se agitarán asustados, transparentes,
arrollados por el bucle vertical y atroz
de la gran ola empujando su agua,
ni remanso ni bastión donde pararse,
ni arena donde apoyar tus pies, ni resuello,
sólo el final desvanecimiento
en una infinita línea de playa.

Luego de escribir nerviosamente su poema, agregó un título y, entre paréntesis, un subtítulo: “La ola (Muerte)”.

Ocho días después, un sismo bautizado como “Pacific Ocean off Tohoku [=Noroeste]” de una magnitud de 9.0 en la escala Richter, dio lugar a una emergencia en las plantas nucleares Uno, Dos y Tres de Fukushima (“Isla Feliz”, en japonés). El sismo no causó daño alguno en ninguna de las plantas. Lo que al parecer no estaba previsto era que el sismo provocaría un tsunami. Fukushima está a más de 100 km del epicentro de modo que el tsunami tardó una hora en llegar allí, arrollando las tres plantas con “el bucle vertical y atroz / de la gran ola empujando su agua”.

Te nos has muerto, Paco Pérez. Y con esa mirada yerta con la que tenemos que terminar por aceptar lo irremediable, te digo lo que dijo el poeta portugués delante del cadáver de su amigo: “¡Hazte un nudo en el sudario,  / no nos olvides Allí!”. Y llévale nuestros saludos a Eugenia.

Colonia, 26 de junio de 2019

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
Hoy, hace exactamente trescientos años, se publicó la obra maestra de Daniel Defoe, cumbre de la literatura universal cuya progenie se extiende a lo largo de los siglos y a lo ancho de los géneros. Este ensayo hace un extenso repaso por las “robinsonadas” más famosas de la historia, y celebra a una de las estirpes más notables de la cultura occidental.

En un imaginable mapa de la literatura universal descubriríamos un gran archipiélago, cada una de cuyas islas estaría poblada por uno o varios émulos involuntarios de Robinson Crusoe. Y dicho sea de paso, entre los arquetipos indiscutibles de esa literatura (Ulises, Don Quijote, Hamlet, Fausto, Don Juan, Emma Bovary…), Robinson Crusoe es quizás el único que despierta nuestra solidaridad, y también, en un cierto sentido abisal, nuestra envidia. Marx usaba la expresión “robinsonadas” para criticar a David Ricardo y Adam Smith, pero tengo para mí que, en el fondo, aunque fuese muy en el fondo, admiraba y envidiaba a alguien como Crusoe, a quien la plusvalía de su trabajo le significaba de modo directísimo un mayor bienestar propio.

El libro de Daniel Defoe, The Life and Strange Surprising Adventures of Robinson Crusoe, of York, Mariner, parece haber sido escrito siguiendo el relato editado por Richard Steele en la revista The Englishman, acerca de la permanencia durante cuatro años y cuatro meses del marinero escocés Alexander Selkirk en la isla Más a Tierra, del archipiélago chileno de Juan Fernández, y se publicó el 25 de abril de 1719, siendo celebrado desde el primer momento como una cumbre de la literatura universal. Su repercusión es enorme, y según el Neuer Zürcher Zeitung es el libro más veces impreso del mundo, después de la Biblia y el Corán. Buena prueba de ello son las más de 4 mil obras en más de 50 idiomas que pueden consultarse en la Biblioteca de las Robinsonadas, una especie de “isla” en el Museo Kunst (Zeug) Haus de Rapperswil–Jona, a la orilla del lago de Zúrich.

Ilustración de Walter Paget para la edición checa de Robinson Crusoe (1894).

Confieso que de siempre he sido un apasionado por las robinsonadas, y hay constancia de ello en el Who’s what?, el Who’s who? de los coleccionistas, editado el año 1975 y en cuya página 522 figuro como “apasionado por los dibujos humorísticos acerca de náufragos, Robinsones e islas perdidas. Bien hubiera querido tener un original ad hoc de Picasso, desdichadamente ello ya no es posible”. De cualquier modo, una colección monotemática como la mía, de más menos 200 chistes gráficos dedicados a ese asunto, creo que será muy rara en el mundo. Pero volvamos a las robinsonadas escritas.

Los primeros náufragos

De acuerdo con mis registros, la primera robinsonada literaria es anterior a la de Daniel Defoe: se trata de la historia de Simbad el marino, quien padeció numerosos naufragios y sobrevivió a todos ellos, encontrando un puerto seguro, al cabo de los siglos, en Las mil y una noches. Y ello a la vez al cabo de casi cuatro milenios, porque el origen de sus singladuras y desastres se remonta a la Historia del marinero náufrago, datada alrededor del 2200 a.C., en el Egipto del Imperio Medio.

También anterior a Robinson, si bien no tanto como el náufrago egipcio, el rey de Ítaca, Odiseo, quien volvió a su patria tras una seguidilla de naufragios… aunque a decir verdad, eso de irse a pique en el Mare Nostrum —¡una tina!— es muy poco o nada robinsoniano. Ni modo de poder llegar a ser un Robinson comme il faut en el Mediterráneo. Pero sea.

La más interesante de todas las robinsonadas predecesoras, a mi juicio, es aquella que nos cuenta el Inca Garcilaso en sus Comentarios reales, Libro I, cap. VIII, p. 35 y siguientes. Allí relata la conmovedora historia de Pedro Serrano, náufrago en el Caribe durante los tiempos de la conquista de América. Es un relato que en su sobriedad nos llega al alma, y todo el tiempo le rogamos al cielo que aparezca por fin el barco que lo libre de su soledad. Pero no, es otro náufrago castellano quien llega años después, y Pedro, para que el nuevo no lo confunda con una bestia del bosque, se hinca de rodillas, une las manos en señal de oración, y como rezar no puede porque de no practicarla ha perdido el habla, salmodia el Credo: ¡es un cristiano! Página inefable es esta, una de las más hermosas del castellano del Siglo de Oro, y escrita por El Inca, que vino a morir en Córdoba el 23 de abril de 1616, nomás un día después que Cervantes lo había hecho en Madrid.

Robinson entre los anglosajones

El eco de la publicación de Robinson Crusoe comenzó en la propia Inglaterra y en los Estados Unidos con novelas como Masterman Ready, or the Wreck of the Pacific, de Frederick Marryat; The Desert Home: The Adventures of a Lost Family in the Wilderness (Un Robinson del desierto, en la traducción alemana) de Thomas Mayne Reid; y The Crater; or Vulcan’s Peak: A Tale of the Pacific, de James Fenimore Cooper, de la que existen tres versiones distintas en alemán, una de las cuales traduce el título alterando los términos: El arrecife Marcus o El cráter, de Carl Spindler, mientras el título de la de Otto Bergen saluda de lejos al libro de Defoe: El arrecife Mark o El Robinson americano. La tercera versión se debe a Franz Hoffmann, uno de los peores autores que jamás haya escrito en alemán, según la opinión unánime de la crítica. Añadiré como dato curioso que Fenimore Cooper encontró un siglo más tarde un traductor congenial al idioma tedesco, nadie menos que Arno Schmidt, gracias al cual pueden leerse en el área germanoparlante cuatro novelas del autor de El último de los mohicanos como lo que son: obras maestras del arte de narrar.

Otro eco inglés (o más bien escocés) de Robinson Crusoe es La isla de coral, de Robert Michael Ballantyne, que cuenta la vida de tres jóvenes náufragos en una isla polinésica y sus aventuras y desventuras con los indígenas y con los piratas. Sin la singularidad poética de La isla del tesoro, también debida a un escocés, R.L. Stevenson, La isla de coral se sigue publicando y leyendo, al menos en el ámbito del idioma inglés, hasta el punto de que influye en una obra maestra entre las robinsonadas, El señor de las moscas, de la que hablaré más adelante.

Y para cerrar el capítulo inglés, no nos olvidemos tampoco del mayordomo Gabriel Betteredge en La piedra lunar, de Wilkie Collins, quien recurre a Robinson Crusoe como la mayoría de sus compatriotas a la Biblia, y lo tiene por un vademécum infalible. Pero mejor que lean cómo lo dice, con sus propias palabras:

No soy supersticioso; he leído, en mis tiempos, muchos libros y soy un erudito a mi manera. Pese a haber cumplido ya los setenta, poseo una memoria activa y unas piernas a juego con ella. No lo tomen, se los ruego, como un dicho de una persona ignorante cuando expreso mi opinión de que otro libro como Robinson Crusoe no fue escrito nunca y nunca podrá volver a ser escrito. He recurrido a él durante años —generalmente en compañía de mi pipa cargada de tabaco— y he encontrado en él al amigo que necesitaba en todos los momentos críticos de esta vida mortal. Cuando me hallo de mal humor, Robinson Crusoe, cuando quiero consejo, Robinson Crusoe. En el pasado, cuando mi mujer me importunaba, y en el presente, cuando he bebido alguna gota de más, Robinson Crusoe. He desgastado seis robustos Robinsones haciéndoles trabajar duramente a mi servicio. En ocasión de su último cumpleaños, recibí de manos del ama el séptimo. A causa de ello bebí una gota de más y Robinson Crusoe me devolvió el equilibrio. Su precio, cuatro chelines y seis peniques, encuadernado en azul, con un retrato por añadidura.

Robinsones alemanes, suizos y hasta de Bohemia

En el ámbito de la lengua alemana hay numerosos potajes cocidos a la sombra de Robinson, pero generalmente son versiones del original adaptadas para lectores infantiles y jóvenes, como lo demuestra la publicación en 1779, por Joachim Heinrich Campe, escritor y editor de los días de la Ilustración, de El joven Robinson. Lectura para niños. Una excepción es un clásico debido a la fecunda pluma de Johann Gottfried Schnabel: La isla Castillo Roqueño, una auténtica utopía de más de 2 mil 500 páginas que se hizo famosa en la versión reducida e idiomáticamente puesta al día, en 1828, por Ludwig Tieck, el célebre traductor de Don Quijote al alemán. Y otra excepción es la que se debe a Alois Theodor Sonnleitner, autor bohemio (de Bohemia, quiero decir) de la novela Dr. Robin–Sohn (contada para jóvenes y viejos) y una trilogía de los niños cavernícolas, especie de Robinsones de tierra firme, que es un longseller del idioma hasta nuestros días.

Con todo, las dos robinsonadas más destacables en este idioma son la novela idílica de Johann David Wyss, El Robinson suizo, que bien podría haber tenido lugar en un escondido valle alpino de la Helvecia, y de la cual hay una versión moderna, debida a Peter Stamm; y la mejor de todas, que es una del premio Nobel Gerhart Hauptmann: La isla de la Gran Madre, o El milagro de la Île des Dames. Una historia del archipiélago utópico; un grupo de mujeres que naufragan en una isla de los Mares del Sur, y comandadas por la resoluta pintora berlinesa Anni Prächtel, organizan un matriarcado y se convierten en auténticas amazonas, hasta que la biología hace su presencia en forma de un hijo varón que da a luz una de ellas. Seguir contando sería puro spoiler, así es que renuncio a hacerlo.

Verne y Salgari

En Francia tenemos otro buen ejemplo de unos Robinsones de tierra firme: la obra de Francis Jammes, Los Robinsones vascos, de 1925, y en su caso la tierra firme es Euskal Herria, el País Vasco. Se trata, según leo en una reseña, de “un argumento artificioso e irreal, casi un juego, que por virtud de la magia del autor para escribir y describir, se transforma en una obra atractiva”: la lectura de un resumen de su argumento recuerda mucho las páginas de Las mil y una noches. Y años después, un compatriota de Francis Jammes, Gilbert d’Alem, crearía otra obra de náufragos de tierra firme, algo más al norte del País Vasco: Les Robinsons de la Garonne (Los Robinsones del Garona, el despacioso río que separa la vieja Aquitania del resto de la Galia).

Ilustración de Jules Férat para La isla misteriosa.

Pero lo más notable de la aportación francesa al tema ocurrió en el siglo XIX de la mano de un Julio Verne en el esplendor de sus facultades, y a quien debemos cuatro robinsonadas: la más famosa de ellas es La isla misteriosa, pero también hay dos obras menores que merecen la pena de una relectura, Escuela de Robinsones y Dos años de vacaciones, amén de la que juzgo más interesante de las cuatro, Los náufragos del Jonathan, la única novela política de Verne. El ensayista español Luis Nueda resume al respecto:

El desembarco y residencia de los náufragos del Jonathan en la desierta isla de Hosta [en el estrecho de Magallanes] sirve al autor para exponer prácticamente un ejemplo del nacimiento, desarrollo, plenitud y decadencia de una colonia o sociedad humana. […] La renuncia lenta, pero obligada, a los más caros ideales sustentados por el Kaw–djer está descrita y obtenida de mano maestra. El convencido anarquista tiene que ir reconociendo, forzado por las circunstancias, la propiedad privada, la autoridad, las leyes, la coacción estatal apoyada en la fuerza, la moneda, la expropiación mediante indemnización, la guerra cruel contra los invasores patagones.

A fe mía que se trata de una novela por completo inesperada dentro de la obra de Julio Verne.

Otro de los maestros de la novela de aventuras en el siglo XIX, el italiano Emilio Salgari (quien se suicidaría haciéndose el harakiri con un yatagán, el alfanje malayo), también supo sacarse sus robinsonadas de la manga. Cuatro son asimismo las que logré detectar entre su casi una centena de obras: Los naufragios del Poplador, Los náufragos del Oregon, Los Robinsones italianos (otras veces traducida como Los náufragos del Liguria), y su segunda parte, Los solitarios del océano.

Robinsones en el gran teatro del mundo

En cuanto al teatro, las obras dramáticas más notables a reseñar son Robinson en Inglaterra, comedia del danés Adam Gottlob Oehlenschläger, donde el marinero Selkirk disputa con Defoe, a quien acusa de que ha plagiado el texto de su diario; y además Robinson no puede morir, revuelta de los jóvenes contra la muerte de su héroe, una obra del alemán Friedrich Forster–Burggraf, en 1932. Un autor que al año siguiente, con la llegada de los nazis al poder, y haciendo gala de un oportunismo vomitivo, estrenó en Berlín su drama Todos contra uno, uno para todos, una abierta apología del nacionalsocialismo: ante el telón de fondo del alzamiento popular sueco acaudillado por Gustav Wasa en 1523, se glorifica el putsch de Hitler en Múnich cuatro siglos después.

En El admirable Crichton, de James M. Barrie (el autor de Peter Pan), los actos II y III suceden en una isla de los Mares del Sur, donde a lo largo de dos años sobreviven los náufragos de la familia de Lord Loam, cuyo mayordomo, Crichton, se convierte en el jefe natural del grupo, e incluso va a casarse con Lady Mary, la hija mayor de Lord Loam, noticia que es acogida con júbilo por todos… hasta que suena el cañonazo de un barco que estaba buscándolos; regresan a Inglaterra, y Crichton a ser mayordomo, sin patetismos de por medio. Típico understatement británico.

En Cuatro corazones con freno y marcha atrás, la farsa de Enrique Jardiel Poncela, el acto II se desarrolla asimismo en una isla desierta del Pacífico, adonde se han autodesterrado los infelices protagonistas que habían ingerido con entusiasmo, en Madrid, la droga que los hacía inmortales. Dándose el caso de que, de repente, aparece en escena el marido de una de las mujeres del grupo, a quien se daba por desaparecido y muerto tras un naufragio, y que casualmente se salvó llegando a nado hasta esa costa. Como el Pedro Serrano del Inca Garcilaso, este hombre ya ha perdido la facultad de hablar y semeja más bien un chimpancé que un ser humano. Se explica el soponcio de su exviuda (¿cómo llamarla de otro modo?) cuando se da cuenta de quién es y de que, por lo tanto, al haberse casado en segundas nupcias, resulta que es bígama.

Y en Los cuatro Robinsones, pieza cómica de Muñoz Seca y García Álvarez, cuatro amigos se van de juerga a un cortijo andaluz pero anunciando que salen de excursión a las islas Columbretes, en la costa valenciana… solo que se va a pique el barco en que anunciaron que viajaban, y al enterarse de ello, nuestros cuatro juerguistas —quieran que no— tienen que mutarse en náufragos.

Robinsonadas radiofónicas, poéticas, musicales…

Un nuevo aporte al tema es Adiós, Robinson, el único radioteatro escrito por Julio Cortázar, que fue el traductor al español del libro de Defoe, y a quien se lo encargué para una de las series que produje en la Radio Deutsche Welle, en Colonia, ciudad donde sobrevivo.

Por lo que se refiere a la poesía, mucho poema debe de haber con referencias a Robinson, y con uno de ellos quiero cerrar esta aproximación al tema de las robinsonadas. Pero hay uno largo a destacar en el conjunto, el titulado Images à Crusoe, del premio Nobel Saint–John Perse, donde encontramos a Robinson de vuelta a la civilización y viviendo en una buhardilla, sintiéndose más solo de lo que estuvo en su isla: en ella, al menos, contaba con la compañía de Dios; aquí, ni eso.

También la música ha aportado al mito de Robinson, baste nombrar el melodrama de Alexandre Piccinni, la ópera de Jacques Offenbach y el poema sinfónico de Bert Oppermont. Solo que tanto este como el de las robinsonadas cinematográficas son capítulos per se, para los especialistas, aunque no sin recordar un filme de Luis Buñuel, Las aventuras de Robinson Crusoe (1954), cuyo guion sigue fielmente el texto original y fue filmado en Manzanillo, Colima, y en los estudios Tepeyac de Ciudad de México.

La robinsonada como castigo

Todos los robinsones suelen serlo de una manera involuntaria, víctimas de un destino adverso, pero hay quienes lo fueron no solo de manera involuntaria sino como castigo. Ciertamente debe mencionarse a los robinsones aún más involuntarios que unos náufragos, por ejemplo Napoleón en Santa Helena, o el mariscal Petain (indultado de la pena de muerte) en la minúscula isla de Yeu. Además, los prisioneros que cumplieron sus condenas en penitenciarías insulares.

Franz Josef Sandmann, Napoleón Bonaparte en la isla Santa Elena (circa 1820).

Un caso patético es el de aquellos miles de soldados franceses que tras la derrota de Bailén (1808) fueron confinados en las Baleares, en la isla de Cabrera, una catástrofe humanitaria que debería pesar como vergüenza en la memoria de los españoles, pero de la cual no saben nada porque ni se reseña en los libros escolares de historia. Y que yo sepa, solo Jesús Fernández Santos se ocupó literariamente del tema, en su novela de 1981 titulada con el nombre de la isla. Ni siquiera Galdós menciona estos hechos en alguno de sus Episodios nacionales, aunque bien pudiera ser que por desconocimiento de los mismos, ya que sobre ellos se extendió un vergonzante manto de silencio durante muchos años. Según los datos que he logrado rastrear, “el cautiverio terminó en 1814 al firmarse la paz. De cada cuatro presos que llegaron a Cabrera murieron tres y solo sobrevivieron unas 3 mil 600 personas de las 9 mil que llegaron, además de otros presos enviados de las guerras napoleónicas y que también perecieron”.

Mis seis robinsonadas predilectas

La primera de ellas es el Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre: el relato de la odisea del marinero Luis Alejandro Velasco, crónica de un escándalo anunciado, una obra maestra del periodismo, firmada por Gabriel García Márquez. Y eso a pesar de incluir un gazapo geográfico de envergadura. Si no me creen, represéntense mentalmente el mapa del Caribe y lean esta frase: “El sol estaba descendiendo. Se puso rojo y grande en el ocaso, y entonces empecé a orientarme. […] Puse el sol a mi izquierda y miré en línea recta, sin moverme, sin desviar la vista un solo instante, sin atreverme a pestañear, en la dirección en que debía estar Cartagena, según mi orientación”. Según su alucinadísima orientación, sí, porque con el sol poniente a la izquierda y mirando de frente, en el Caribe, uno está mirando hacia Nueva Orleans, Yucatán o La Habana, pero jamás hacia Cartagena de Indias. Así y todo, ¡qué espléndido texto, qué lección de buen periodismo! Recuerda las mejores páginas de Manuel Chaves Nogales, creador del género.

De Michel Tournier su primera novela, Viernes, o Los limbos del Pacífico. La acción tiene lugar exactamente 100 años después que la de Defoe, y sigue el esquema del paradigma, con la sola y relevante diferencia de que al llegar el barco que viene a rescatar al náufrago de su aislamiento, tan solo es Viernes quien se va de la isla, cuyo preñado nombre es Speranza. El Robinson de Tournier elige no regresar a la dizque civilización, pero no se queda solo. Un grumete del barco deserta del mismo para acompañarlo en la isla, y Robinson le pregunta al final de la novela: “¿Cómo te llamas?” “Me llamo Jaan Neljapäev. Nací en Estonia”, añadió, como para disculpar ese nombre tan complicado. “A partir de hoy te llamarás Domingo”, le dijo Robinson. “Hoy es el día de la resurrección, el día de la juventud de todas las cosas, en una palabra, es el día de nuestro Señor, el dios del sol. Y tú, tú serás para mí, siempre, un hijo del sol”.

Dibujo del gran humorista francés Chaval.

Del premio Nobel William Golding dos robinsonadas. La más conocida es El señor de las moscas, una sombría parábola de la condición humana cuando un grupo en principio homogéneo queda librado a sus propias fuerzas y se enfrentan la razón y el instinto. Ha sido llevada varias veces al cine y a la TV, pero ninguna de ellas tiene la potencia catártica de la novela, catártica en el sentido médico, es decir: purgante. Una gran novela que el propio Golding se encargó de superar con su segunda robinsonada, bastante menos conocida, Martin el náufrago. El teniente de la Marina Chris Martin sobrevive en una roca desnuda al torpedeo de su crucero, y vive una pesadilla que parece no tener fin aunque solo dura seis días (de lo cual venimos a enterarnos al final), una pesadilla que acaba al arrebatarlo una ola y estrellarlo contra la roca. Cuando arriba el destructor que anda a la busca de supervivientes del torpedeo, descubren el cadáver de Chris Martin. Y uno de quienes lo descubren le dice a un oficial presente: “Si está preocupado por si Martin sufrió o no… no se preocupe por él. Usted vio el cuerpo. No tuvo tiempo ni de quitarse las botas”. Un epitafio tan definitivo como demoledor, y que son las últimas palabras del libro.

Dice la sabiduría popular española que “no hay quinto malo” y ella le viene como anillo al dedo a Foe, una novela del premio Nobel John Maxwell Coetzee, una obra maestra que descubrí cuando ya tenía compuesto este artículo y entretanto se aupó hasta aquí. La narradora es Susan Barton, una inglesa abandonada en alta mar, en una lancha, con el cadáver del capitán portugués del barco en que regresaba a Europa y en el que tuvo lugar un motín de los marineros. A fuerza de remar llega a la vista de una isla, se echa al agua y nada hasta ella, donde se encuentra con Robinson Crusoe y su esclavo mudo, Viernes. Al cabo de un año son rescatados por un barco que pasa cerca de la isla, y es ella quien le lleva la historia del amo y el sirviente al escritor inglés Daniel Defoe. En verdad, la robinsonada es tan solo el primer tercio de la novela, y stricto sensu podría haberse publicado de manera independiente como un cuento largo de 50 páginas, pero nos habríamos perdido el resto, en Inglaterra, donde se oyen ecos unamunianos (del último capítulo de Niebla) y pirandellianos (un personaje en busca de un autor), y hay un guiño al lector amante de las robinsonadas en la alusión a la historia de Simbad el marino.

Como postre, Susana y el Pacífico, de Jean Giraudoux. Hoy no lee ya nadie las novelas de Jean Giraudoux, mientras sus obras de teatro siguen teniendo éxito en todo el mundo. Pero no puedo olvidar el fulgor de mis ojos al leer Bella, allá por 1960, y alucinar con la frase de que Chile era “esa espada colgada al flanco de Sudamérica”. Cuando la vi mucho tiempo después atribuida a Borges supe que Borges también leyó Bella y citó esa frase memorable sin comillas, con lo que todos pensaron que era suya. Años después, en Alemania, leí en alemán Susana y el Pacífico y me reí jubiloso porque la protagonista ganaba su viaje de vuelta al mundo en un concurso patrocinado por el Sydney Daily para quien presentase el mejor aforismo sobre el aburrimiento. Lo ganó Susana (Suzanne, claro), la joven provinciana francesa, con el siguiente: “Cuando un hombre se aburre, excítalo. Cuando una mujer se aburre, ¡detenla!”. Y la verdad es que quienes no leen libros como este no saben lo que se pierden. Me encantan pasajes como aquel donde Susana descubre que naufragó en una isla cuando completa el recorrido de su perímetro, después de caminar por la playa “a la busca de un vado para atravesar el Pacífico”. ¡Un vado para atravesar el Pacífico! ¡Chapeau! Meses después, se dice a sí misma que “De una náufraga, de un pecio, se había forjado una Alicia en el país de las maravillas”; y ese delicioso detalle cuando Susana descubre que aprovechando una corriente marina puede nadar hasta la próxima isla, y al irse deja escrito a la entrada de su gruta, en inglés y en francés: “Estoy en la otra isla, vuelvo enseguida…”. Al final, y muy à la Giraudoux, será rescatada por un yate de unos millonarios que iban a la caza de un eclipse de luna. Susana regresa a Europa, vía Hawái y Nueva York, y aquí una noche, sola entre unos desconocidos en la terraza del Plaza, es donde yo hubiera terminado la novela, seis páginas antes que Giraudoux, con esta frase: “Como aquel que quiso quitarse la vida en las cataratas del Niágara, y volviéndose de pronto modesto fue y regresó al hotel para ahogarse en la tina, así yo, perturbada de repente por la regia soledad de mi isla, me entregué hasta la madrugada a esos pobres dos metros cuadrados de soledad entre siete millones de habitantes”. Una Robinsona en Manhattan, la isla superpoblada.

* * *

Last but not least, para cerrar mi homenaje a Robinson y las robinsonadas, no se me ocurre nada mejor que transcribir aquí algo que les anuncié más arriba, y es el séptimo soneto votivo de Tomás Segovia (un soneto a la inglesa, como debe de ser en este caso):

Todo hombre sin mujer es un Crusoe.
Náufrago de tu ausencia, me rodeo
del simulacro gris de un ajetreo
cuya nostalgia sin piedad me roe.
Y al correr de los días o los años,
voy odiando mi edén entre las olas,
y mi siembra de amor erguida a solas,
y mi semen tragado por los caños.
No la caza triunfal, ni el fruto en ciernes;
no el perro, ni el paraguas, ni la mona;
no el papagayo o el hogar, o un Viernes;
sólo un sueño imposible me obsesiona:
por entre escollos y corales y algas,
nadar hasta la costa de tus nalgas.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
El final de la guerra civil española supuso, entre muchas otras cosas, el comienzo de los “años del hambre”, una época de penuria y miedo, de racionamiento y enfermedad. Las siguientes líneas evocan de forma memorable aquellos días aciagos.

Es tanto lo que se ha escrito acerca de la guerra civil española que parece una empresa imposible la de poder decir algo nuevo acerca de ella. Ni siquiera lo voy a intentar. Hablaré en cambio de lo que conozco y lo que sé, de lo que padecí: hablaré de la ominosa posguerra, acerca de la cual ha corrido mucha menos tinta.

Nací el 10 de junio de 1939, es decir, dos meses y diez días después de aquel parte de guerra, quizás el más famoso de la historia de España, tan rica en guerras civiles desde la muerte del gran hideputa (con perdón de las putas) que fue Fernando VII: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1.º de abril de 1939, Año de la Victoria. El Generalísimo. Fdo.: Francisco Franco Bahamonde”.

Empecé a tomar conciencia de mi entorno histórico al terminar la Segunda Guerra Mundial, que había comenzado poco menos de tres meses después de yo nacer, y de la que solo tengo unos recuerdos vagos. La mayor parte es puramente visual: las fotos en el diario Odiel de mi ciudad natal, Huelva, al sur de España, en la frontera con Portugal, la única provincia andaluza 100 por ciento atlántica. Pero también hay unos recuerdos acústicos, sobre todo onomásticos y toponímicos: Churchill, Hitler, Mussolini, Stalin, Petain, Roosevelt, Montgomery, Rommel, Rotterdam, Pearl Harbor, El Alamein, Stalingrado, Dresde, Hiroshima…

Ahora bien, mi primer recuerdo con cierta entidad propia está ligado a un hecho del que me vine a dar cuenta siendo ya adulto: el himno español no tiene letra. Se trata de la única prestación intelectual española parangonable con el Panta rhei de Heráclito, el Cogito, ergo sum de Descartes, y el “Mejores no hay” de la Casa Philips: tener un himno sin letra, y además el único en el mundo, ahora que al del Irak le infligieron un texto. Y carece de letra a pesar de que el inferiocre general Franco quiso que la tuviese y le dio el encargo a su ministro de cultura, el poeta José María Pemán. Y vaya si se la puso, al concluir la guerra (in)civil, en 1939. Pero a mí me escolarizaron en el 44, y ya no se cantaba ni en las escuelas ni en ningún otro lugar, es decir: ¡ni siquiera Franco, en la cumbre de su poder por la gracia de Dios —¡ay!—, pudo conseguir que los españoles cantasen pendejadas con música marcial! Por favor, no minimicemos la mayor hazaña cultural de ese pueblo, después de La Celestina y el Quijote.

* * *

Y un recuerdo asimismo acústico, ahora que hago memoria, es el del parte. Se seguía llamando “el parte” (por el de guerra) al diario hablado de Radio Nacional de España en Madrid, fundada en Salamanca, 1937, nada menos que por el general legionario Millán-Astray, famoso por su encontronazo verbal con Unamuno y por su grito necrofílico “¡Viva la muerte!”. Sin excepción, todas las emisoras del país tenían que conectar obligatoriamente a las 14:30 y a las 22:00 de cada día con “el parte” de RNE. Ello resultaba del hecho, copiado a Goebbels, de que esa emisora monopolizaba la información nacional e internacional, las de provincias solo podían dar noticias de alcance y ámbito local. Y no era eso lo peor, sino que “el parte” siempre se iniciaba con una adaptación de “La Generala”, una llamada militar a reunión del siglo XV, amén de que el de la  noche terminaba con el toque de atención del cornetín de órdenes, al finalizar el cual la voz vibrante del locutor decía (me parece estar oyéndolo todavía): “¡Gloriosos caídos por Dios y por España! ¡Presentes! ¡Viva Franco! ¡Arriba España!”. Y seguía un no menos vibrante arreglo musical que incluía, por este orden, fragmentos del “Oriamendi” (himno de los carlistas: “Por Dios, por la Patria y el Rey / lucharemos hasta la muerte, / por Dios, por la Patria y el Rey / lucharemos hasta morir”), del “Cara al sol” (himno de la Falange: “Volverá a reír la primavera / que por cielo, tierra y mar se espera. / ¡Arriba, escuadras, a vencer, / que en España empieza a amanecer!”) y de la Marcha Real, sin letra, y que con Franco había vuelto a ser himno nacional tras el paréntesis de la Segunda República, cuyo himno fue el “de Riego”.

Ni un solo español de mi generación ni de la anterior podrá olvidar nunca “el parte” y toda la  parafernalia que lo rodeaba. Era una manera subliminal de decirnos, desde El Pardo, residencia del inferiocre, que continuaba —por otros medios— la guerra contra los rojos. La Cruzada (sic).

* * *

Otro recuerdo de aquellos tiempos es una historia familiar que solo conocí de oídas porque sucedió en 1937, en plena guerra civil. Mi abuela Remedios, que vivía en nuestra casa, tuvo tres hijos: mi padre era el mayor y, desde sus 15 años, el cabeza de familia, cuando murió mi abuelo Pantaleón y él tuvo que sacar adelante a su madre viuda y a sus hermanos, Antonio y Laureano, de quienes le separaban 10 y 12 años de diferencia. Lo cierto es que mi tío Antonio enfermó de tuberculosis, una enfermedad entonces mortal. Tuvo el mejor médico imaginable, don Plácido Bañuelos, un burgalés recién establecido en Huelva, neumólogo y director del Dispensario Antituberculoso, uno de los primeros que hubo en España, fundado por Rogelio Buendía, médico doblado de poeta, de la generación del 27, y el primer traductor de Pessoa al castellano.

Ricardo Bada y su abuela Remedios en 1955, un par de años después de las colas de racionamientos.

Don Plácido habló claro con mi padre. Lo de su hermano Antonio era por desgracia incurable. Única esperanza posible: la de internarlo en un sanatorio de la sierra de Gredos, unos 170 kilómetros al oeste de Madrid. Grave inconveniente: para llegar allá había que atravesar el frente de batalla. Mi padre logró convencer a un amigo suyo, taxista, para que los llevase a Gredos. Y allá que se fueron, pasaron el frente sin mayores problemas, dejaron a Antonio al cuidado de las monjas que regentaban el sanatorio en esas montañas mágicas de granito, y regresaron a Huelva atravesando otra vez el frente sin novedad digna de mención.

Ahora debemos tener en cuenta lo siguiente: por aquellos años, en la zona franquista, se vivía en el continuo terror a las visitas de las llamadas “brigadas del amanecer”, grupos de falangistas bien armados que aporreaban a altas horas de la noche las puertas de quienes tenían en sus listas de sospechosos: socialistas, comunistas, anarquistas, liberales, todos rojos, pues. El ánimo se les encogía incluso a los vecinos, inermes frente a semejantes atropellos, “las sacas”, como fueron bautizadas por sus autores. De manera que puedo imaginarme muy bien el temor en nuestra casa, el número 21 de la calle Alonso Sánchez, antes de los Tumbados, cuando una noche —tan solo un mes después del viaje a Gredos— atronaron el aire los golpes dados a la puerta de la calle con el aldabón de hierro labrado en forma de mano empuñando una esfera. Mi padre estaba en Sevilla,1 las mujeres de la casa —mi abuela, mi madre— y mi tío Laureano se asomaron subrepticiamente a las ventanas del piso y descubrieron que quien se anunciaba de ese modo era Antonio. Antonio que, al abrazar a su madre, le dijo que había decidido no morir entre las monjas, sino en su casa. De modo que pudo convencer a un taxista de Ávila para que lo llevase a Huelva, atravesando de nuevo el frente, y allí estaba, en su casa. Donde tardó cuatro años en morir y dos años antes de hacerlo fue mi padrino de bautizo.

* * *

También relacionado con la guerra y con algo que no viví, un recuerdo que atesoro y del que ya hablé en estas mismas páginas, el mes de junio del 2017. Tengo muy presente la emoción con que un anciano me miró en Madrid, allá por 1961, durante los meses de mi servicio militar, en un café donde un día fijo de la semana solían reunirse los huelvanos que vivían o que estaban de paso en la capital. “¿Ricardo Bada?”, me preguntó cuando nos presentaron, “¿eres hijo o sobrino o qué eres de Ricardo Bada, el de la fábrica de zapatos?”. Le dije que era su hijo y me abrazó muy fuerte: “Tu padre fue quien me sacó de la plancha del camión donde nos llevaban a fusilar a las tapias del cementerio, tu padre tenía más valor que el Guerra, hijo, hablarles así a los falangistas y decirles que él salía responsable por mí”.

Es solo uno de los casos que cuento porque conocí a la persona. Pero todos sabíamos que hubo más, donde salió a responsabilizarse por otros Ricardo Bada Zapata, mi padre inolvidable. A mí me lo confesó una vez, casi en un cuchicheo que aún delataba el miedo, un viejo periodista del diario Odiel, a quien creo que también salvó mi padre: firmaba con el seudónimo Flery y fue uno de mis valedores en la redacción de Odiel cuando empecé a despuntar como periodista.

* * *

Pero mis primeros recuerdos fidedignos y propios son los de unos años llamados “del hambre” por la mucha que se pasó y de la que murió tantísima gente. Todo, o casi todo, estaba racionado. Hasta el agua y la corriente eléctrica en los hogares. En nuestra familia se dio el caso paradójico de que en la fábrica de mi padre sí se contaba con suministro de energía eléctrica, pero no en nuestra casa, donde nos alumbrábamos con velas y, sobre todo, con los impagables quinqués. Unos quinqués a cuya luz he leído miles de páginas. Y en cuanto al agua, se recogía en grandes baldes y cubos, en los lebrillos del alpende en la azotea, durante las horas de suministro, a fin de poderla tener en la cocina y para usos higiénicos en las horas sin suministro, que eran las más.

Con todo, el recuerdo más indeleble para mí de esos años es el de las cartillas de racionamiento. Mi padre y mi tío Laureano estaban en la fábrica todo el día, y mi madre cuidaba a los dos hijos pequeños, mi hermana (dos años menor que yo) y mi hermano (cinco). De manera que mi abuela Remedios y yo éramos los encargados de acudir a las colas que se formaban a diario delante de las panaderías, las carnicerías, las lecherías, las carbonerías y los estancos, que eran las tiendas dedicadas a la venta de tabaco, producto asimismo racionado, y de timbres oficiales, letras de cambio y sellos de Correos… A mí, por supuesto, no me iban a despachar nada, a mis seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce años de edad, yo lo que hacía era guardarle el puesto a mi abuela, que apenas salía de una tienda venía corriendo a la cola en la que yo me encontraba. Relevado por ella, me iba a casa a entregar sus compras y volvía a salir para ponerme en fila en otra cola. Así días y días, año tras año.

Cartilla española de racionamiento, 1945.

Los datos que siguen los tomo de Wikipedia: una orden ministerial del 14 de mayo de 1939 estableció el régimen de racionamiento en España para los productos básicos alimenticios y de primera necesidad. La degradación del nivel de vida en la década de los cuarenta fue tal, que asegurarse la subsistencia se convirtió en una auténtica lucha diaria. Se establecieron dos cartillas de racionamiento, una para la carne y otra para el resto de los productos alimenticios. Se dividió a la población en varios grupos: hombres adultos, mujeres adultas (ración del 80% del hombre adulto), niños hasta catorce años (ración del 60% del hombre adulto) y personas de más de sesenta años (ración del 80% del hombre adulto). La asignación de cupos podía ser diferente también en función del tipo de trabajo del cabeza de familia.

Al principio las cartillas de racionamiento eran familiares, luego fueron sustituidas en 1943 por cartillas individuales, que permitían un control más exhaustivo de la población. La distribución de alimentos racionados se caracterizó por la mala calidad de los productos y puso de manifiesto una corrupción generalizada y el mercado negro, el tristemente célebre estraperlo. Un kilo de azúcar costaba 1.90 pesetas a precio de tasa; en el mercado negro, 20. El aceite racionado se pagaba a 3.75 el litro, y a 30 el de estraperlo. Una ley de 1941 amenazaba con la pena de muerte a los especuladores, sin que se sepa si alguna vez se detuvo a uno solo. Dadas estas carencias nutritivas aparecieron una serie de enfermedades relacionadas con ellas, como fueron las fiebres tifoideas, las hepáticas, la tuberculosis, el paludismo y la disentería por falta de higiene. Los más afectados resultaron ser los ancianos y los niños, entre los cuales se registró un alarmante índice de defunciones. En la provincia de Jaén, en 1942, la tasa de mortalidad infantil llegó a ser del 35% por la desnutrición y la ingesta de peladuras de papas y otros residuos. Hay que entenderlo de una manera literal: se comía cualquier cosa que pareciese comestible.

* * *

De aquellas colas hay una que no puedo recordar sin un rastro ancestral de temor, y era la cola de la carbonería. La carbonería estaba al comienzo de la calle del Cardenal Cisneros viniendo desde la calle Berdigón, y por ella se accedía al barrio popular de San Francisco, partido en dos por su calle de Enmedio, barrio que desapareció en la década de los cincuenta para dar lugar a la gran avenida porticada, la Martín Alonso Pinzón. Mi pobre abuela siempre se extrañaba de que yo solía ser uno de los últimos de la cola, y nunca le confesé que cuando me tocaba llegar al umbral por el que se bajaba al semisótano donde estaba la carbonería, dejaba mi puesto y me devolvía al final de la cola, para no tener que bajar a ese lugar oscuro y mugriento donde el hollín se había comido la cal de las paredes. Uffff, qué suspiro de alivio al ver llegar a mi abuela y volar a casa con las compras que traía de otra cola.

Pero he guardado para el final un recuerdo positivo y hasta risueño de aquellos tiempos. Debido no sé a qué bula, uno de los poquísimos alimentos que no estaban racionados eran los churros. Así es que todas las mañanas, tempranito, mientras mi madre preparaba el sucedáneo de café que nos estaba permitido (eran generalmente algarrobas torrefactadas), íbamos mi abuela Remedios y yo a la churrería de la Plaza Niña, el entrañable corazón de mi barrio, nos poníamos a la cola y un cuarto de hora o media hora después volvíamos a casa con nuestros siete manojos de churros, cada uno de ellos envuelto en papel de estraza, que conservaba mejor su calor. Es por eso que siempre recordaré los churros por la palabra con que los llamaba mi abuela: “los calentitos”.

Así transcurrieron mi infancia y parte de mi adolescencia, marcadas por las secuelas de aquella guerra civil, la dizque última guerra romántica de la Historia. El racionamiento duró de manera oficial hasta mayo de 1952, fecha en que desapareció para los productos alimenticios. Un mes después, cumplí mis trece años.

 

Ricardo Bada 
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.


1 Mi padre tuvo suerte por partida doble, durante la guerra civil. Había hecho su servicio militar en Valencia y se licenció dos meses antes de la felonía militar. De haberse licenciado dos meses después habría pasado toda la guerra en la zona republicana, dejando sin cabeza de familia a su madre, su mujer y su hermano. Las que pasaron toda la guerra en zona republicana fueron la casi totalidad de las fábricas de calzado de España, que estaban –como ahora– apiñadas alrededor de Elche, en la provincia de Alicante: fuera de allí solo se fabricaban zapatos en Mallorca, pero eran de artesanía, en Valverde del Camino, pero eran botas camperas, y en Huelva, la fábrica de mi padre, quien pasó la guerra movilizado para fabricar calzado con destino a la zona franquista, en los pabellones uruguayos del sevillano Parque de María Luisa, habilitados para ese fin.

Leer completo
Raymond Chandler fue, sin duda, un maestro del género policiaco, y también uno de los grandes novelistas americanos. Su vida rocambolesca es digna de sus mejores narraciones, como lo demuestra el siguiente tributo al creador del inolvidable Philip Marlowe, que hoy cumple 60 años de haber fallecido.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Rastreando material para este artículo, descubrí en la biografía de Orson Welles por Barbara Leaming, que el gran Orson quería hacer —con Rita Hayworth de protagonista– una versión de la novela Carmen de Prosper Mérimée, y dando por sentado que el nombre de Mérimée no le diría nada al productor, Harry Cohn, lo presentó como “el James M. Cain y el Raymond Chandler de su época”. Tengo la sospecha de que semejante elogio no le hubiese gustado a Raymio, como lo llamaba Cissy, su esposa, 17 años mayor que él. Pero vayamos por partes, que la vida de Chandler casi puede leerse como una novela salida de sus manos.

Chandler nació en 1888, en Chicago, hijo de un padre cuáquero que abandonó a su esposa y a su hijo yéndose con otra mujer. A la edad de seis años viajó a Inglaterra con su madre y se educó en una escuela privada, adquiriendo una formación que lo distinguiría siempre de sus demás colegas  en el mundo de la novela policial. Con el fin de ingresar en el Civil Service inglés, estudió asimismo en París y en Alemania, y aprobó el examen siendo el tercero entre 600 candidatos. Se desempeñó un tiempo en el Ministerio de Marina (el Almirantazgo) y empezó a publicar en la prensa londinense poemas y reportajes. Pero nada de aquello le satisfizo, y en 1912 regresó a Estados Unidos con 500 libras que pidió prestadas a un tío suyo, irlandés y rico.

Estuvo trabajando en diversos oficios, y cuando pudo permitirse alquilar una vivienda llamó a su madre a California. En agosto 1917 se alistó voluntario en los Gordon Highlanders of Canada, combatió en el frente europeo y fue el único superviviente de su unidad, diezmada por el fuego graneado de los alemanes. Después de licenciarse en 1919, trabajó en un banco inglés en San Francisco con la vaga esperanza de volver a Inglaterra.

* * *

Chandler y Cissy Pascal, una pianista con poca experiencia profesional y casada en segundas nupcias, se habían conocido en 1913 en casa de los Lloyd, de quienes se hizo amigo en el barco de regresó a Estados Unidos y lo invitaron a ir a California. Las relaciones entre los Lloyd, los Pascal y los Chandler fueron inmejorables hasta el momento en que Chandler y Cissy se enamoraron; aquello significó un choque para todos, y no solo en razón de la gran diferencia de años en la pareja.

Como el padre de Raymond fue un alcohólico que la dejó plantada con un niño de seis años, la madre de Chandler no se quiso volver a casar para evitarle a Raymond un padrastro que podría ser peor que su padre. Y como Raymond, sabiendo eso, no quería casarse contra la voluntad de su madre, alquiló dos apartamentos, uno para ella y otro para Cissy, y vivía ora en uno, ora en otro. Se lo podía permitir porque Warren Lloyd le consiguió un buen puesto en la firma petrolera de su hermano, donde se le consideraba genial por su habilidad para resolver de manera sencilla los asuntos más complejos. Tenía un auto de la firma y un Chrysler propio, ganaba mil dólares al mes, y eso, en los años veinte, era ser rico.

Su madre murió en 1924 y ellos se casaron dos semanas después; esa fue la mayor catástrofe en la vida de Pearl Eugene alias Cissy (1871), a quien mintió, traicionó y empobreció. Pero ella no le falló jamás, estuvo siempre a su lado en las duras y en las maduras, y fue el motor decisivo en el hecho de que Chandler se convirtiera en escritor.

* * *

La vida en el mundo de los negocios no era para él, empezó a beber sin tasa y despertaba a veces en la celda de los borrachos (de la comisaría de policía) o en un hotel de mala muerte. Alquiló un apartamento para una de las secretarias de su firma, y allí celebraba francachelas todos los fines de semana, con el correlato de que llegaba al trabajo los miércoles, hasta que los ejecutivos de la firma lo pusieron de patitas en la calle.

Se dio a la lectura de pulp fiction y así descubrió El halcón maltés en un número del magazín Black Mask de 1929. Alguna vez dijo al respecto: “Hammett devolvió el crimen a la especie de gente que asesina por motivos reales, no sólo para suministrarle un cadáver al autor. […] Le devolvió al relato policial lo que Chesterton llamó alguna vez la poesía de la vida moderna, la poesía de la gran ciudad”.

En diciembre de 1933 colocó su primer relato policial, “Blackmailers Don’t Shoot” (Los chantajistas no disparan) en Black Mask, donde seguiría publicando hasta enero de 1937. Joseph T. Cap Shaw, su editor, leyó aquel primer manuscrito y escribió en un post-it: “Este Chandler o es genial o está loco”, y lo publicó pagándole un centavo por palabra: 180 dólares. El protagonista del relato se llama Mallory y su descripción le iría como un guante al futuro Philip Marlowe. Otros detectives de sus cuentos se llaman Dalmas, Delaguerra, Carmady

Chandler le envidiaba a Hammett su experiencia como detective de la Agencia Pinkerton. En el anaquel sobre su mesa escritorio tenía un manual sobre armas de fuego y un folleto titulado “1000 Police Questions Answered for the California Peace Officer”, así como también un par de mamotretos sobre medicina forense, toxicología, etc. Y en 1936 se encontró con Hammett, durante una reunión para preparar una visita de Shaw a California. Pero casi no conversaron. Hammett se pasó todo el tiempo bebiendo whisky (escocés).

El 6 de febrero de 1939 se publicó la primera novela de Chandler, The Big Sleep (El sueño eterno), que tuvo un gran éxito: “Trabajas diez años sin adelantar nada, y luego, en diez minutos, has llegado”. Su ilusión era ser un autor inglés “serio”; tenía en proyecto escribir tres novelas policiales y ganar con ellas tanto dinero que podría irse a Inglaterra a escribir una novela dramática titulada English Summer. Cissy pasaba a máquina todo lo que él escribía, y al pie de este proyecto suyo añadió una posdata: “Querido Raymio, te vas a reír cuando vuelvas a leer esto y veas qué sueños inútiles tuviste. O quizás no te rías”. Pero lo cierto es que en los cuatro años siguientes escribió y publicó, en 1940 Farewell, My Lovely (Adiós, muñeca), en 1942 The High Window (La ventana siniestra) y en 1943 The Lady in the Lake (La dama del lago), canibalizando –como solía decir él– un relato homónimo que publicó en enero 1939 en el Dime Detective Magazine.

En un diálogo con su editor neoyorquino Alfred A. Knopf, que vino a California con su esposa para conocerle personalmente, le dijo: “Crecí en Inglaterra, todos mis parientes estaban en Inglaterra o en sus colonias. Y sin embargo yo no era inglés. Tampoco me sentía estadounidense. Cuando estuve en París me crucé con muchos americanos, pero no me sentí americano. Ni siquiera hablaba su idioma. En último término, soy un hombre sin patria”. Blanche Knopf le contestó: “Pero lleva viviendo muchos años en California”. Alfred agregó: “Y Marlowe es un héroe muy americano”. A lo que Chandler concluyó: “Para mí Marlowe encarna el espíritu americano. Un realismo robusto, una fuerte vulgaridad, mucha sentimentalidad en estado puro, dialecto a mares y una sensibilidad completamente inesperada. Pero por lo que se refiere a este país, me considero un exiliado”. Lo testifican unos párrafos de Nathaniel West subrayados por Chandler con lápiz en su ejemplar de The Day of the Locust (El día de la langosta):

¿Y a qué otro sitio ir sino a California, la tierra del sol y las naranjas? Una vez llegados, descubrieron que la luz del sol no bastaba. Y estaban hasta las narices de naranjas. No pasaba nada. No sabían qué hacer con su tiempo. Contemplaban las olas en la playa de Venice. Allí de donde venía la mayor parte de ellos no había un océano, pero cuando se ha visto una ola se han visto todas.

Su aburrimiento fue cada vez más terrible. Entendieron que les habían jodido la marrana y ardían de odio. Toda su vida habían leído diarios y visto películas donde se abarrotaban linchamientos, asesinatos, sexo, delitos, explosiones, pecios, nidos de amor, incendios, milagros, revoluciones y guerra. En ello eran expertos.

El sol es una broma. Las naranjas no les cosquilleaban sus paladares cansados. Nada podría ser nunca lo bastante poderoso como para arrancarlos de su letargo.

* * *

Para Double Indemnity (Pacto de sangre en México, Perdición en España), Billy Wilder quería como guionista al autor de la novela, James M. Cain, pero estaba contratado en esos momentos por la 20th Century Fox. El jefe de la Paramount propuso como coguionista a Raymond Chandler. Firmó un contrato por trece semanas a 750 dólares cada una. La redacción del guion fue un tira y afloja entre dos personalidades muy fuertes, cada una de ellas con sus tics y sus manías, pero la película resultó un éxito sensacional, nominada para siete Premios Óscar, entre ellos uno para el tándem Chandler–Wilder.

No obtuvo Chandler el Óscar pero sí un nuevo contrato con la Paramount, mil dólares a la semana. Fue entonces cuando compró por 40 mil la casa en el n.º 6005 del Camino de la Costa, en La Jolla, con una vista panorámica a la ciudad y el puerto de San Diego. Viviendo allí, después de tomar el té solía jugar un partido en el club de tenis del que nunca quiso ser miembro porque sus estatutos no permitían la admisión de judíos.

A fines de ese mismo 1944, la Warner Brothers le dio a Howard Hawks 50 mil dólares para que comprase los derechos de El sueño eterno y, según parece, Hawks le entregó a Chandler 5 de los grandes y se quedó con el resto. Él y la WB quisieron tenerlo además como guionista, pero la Paramount no lo consintió y al final fue William Faulkner quien se encargó de la adaptación.

Durante la filmación, Bogart y Hawks tuvieron una discusión acerca de quién había matado al chofer de los Sternwood, apostaron una considerable cantidad de whisky caro y telegrafiaron a Chandler para que él decidiera. Chandler leyó su novela de nuevo y al final tuvo que capitular, les telegrafió de vuelta: “Que me lleve el diablo si lo sé”. Chandler estaba entusiasmado con Bogart, aun cuando antes había deseado que Cary Grant interpretase a Marlowe: “Bogart sabe hacer de duro sin empuñar una pistola. Tiene además un sentido del humor al que no le falta el ácido retintín del desprecio. Bogart es el tipo ideal”.

Su artículo sobre los escritores en Hollywood, publicado en 1945 por la revista Atlantic Monthly (año en que pagó 50 mil dólares de impuestos), le creó muchos enemigos. El gran guionista Charlie Brackett opinó: “Los libros de Chandler no son lo bastante buenos y sus filmes no son lo bastante malos para justificar este artículo”. No obstante lo cual, en 1946 fue nuevamente nominado al Óscar por el guion de The Blue Dahlia (La dalia azul), cuya escritura fue una de las más borrascosas y “húmedas” etapas de su vida. Tanto, que la Paramount no tuvo inconveniente en que Chandler aceptara adaptar al cine La dama del lago para la Metro Goldwyn Mayer. La cosa funcionó mal; después de 13 semanas Chandler entregó un guion sin terminar, y no quiso tener nada que ver con el que finalmente escribió Steve Fisher. Cuando se estrenó la película dijo que probablemente era la peor que se había filmado nunca y que la idea de filmar con cámara subjetiva, como si fuesen los ojos de Marlowe, era más vieja que andar a pie. Lo cual no era cierto, porque Robert Montgomery, protagonista y director del filme, fue el primero en realizar una película entera con ese procedimiento. La dama del lago también resultó un éxito, pese a Chandler, quien dijo que “a medida que voy envejeciendo, desaparece mi respeto por el cerebro humano”.

* * *

En 1949 The Little Sister (La hermana pequeña) se publicó primero en la revista Cosmopolitan (honorarios: 10 mil dólares) y fue luego su libro más exitoso. J.B. Priestley dijo acerca de él que Chandler “reduce la luminosa escena californiana a la pura desesperación, botellas vacías y una montaña de colillas bajo unas luces de neón sin sentido, y lo hace con mucha más destreza que Aldous Huxley y todos los demás. En mi opinión, transmite –casi mejor que cualquier otro– el fracaso de una vida carente en cierto modo de una dimensión, en la que todo el mundo o bien se pregunta con nostalgia dónde está el error, o emprende caminos salvajes que no llevan a ninguna parte”. No extraña que el PEN Club americano lo invitase a ser miembro del mismo: ya se le consideraba un escritor “serio”.

Por el contrario, su colaboración con Alfred Hitchcock (“ese bastardo seboso, no cabe por la puerta del auto”) para la adaptación al cine de Strangers on a Train (Extraños en un tren), de Patricia Highsmith, fue un fracaso en toda la línea. Cuando se conocieron, el director inglés y el escritor gringo anglófilo, fue una especie de repudio mutuo a primera vista. Pero una vez estrenado el filme, sin la colaboración de Chandler en el guion, el escritor dijo: “Carece de garra, de verosimilitud, de personajes y de diálogos. Aunque desde luego es de Hitchcock, y una película de Hitchcock siempre tiene algo. No sé por qué es un éxito, quizá porque Hitchcock supo eliminar todo rastro de mi intervención”.

* * *

Con Cissy viajaba muchas veces a las montañas, ella amaba la naturaleza. En su casa andaba siempre desnuda, para Chandler era una diosa de pelo rojizo y una espléndida figura. En su billetera siempre llevaba un desnudo de Cissy hecho a fines del siglo anterior en un estudio fotográfico de Nueva York. En la casa de La Jolla tocaba el piano, Mozart, Chopin, mientras que la música favorita de Chandler era el tema de la cítara de Anton Karas en El tercer hombre, y solía oírlo hasta un par de veces seguidas acariciando en su regazo a Taki, su gato de Angora negro, de casi veinte años, que le había acompañado durante todos los suyos como escritor.

Era un epistolómano casi compulsivo y al que no le importaba que no contestasen sus cartas, que improvisaba en su dictáfono hasta altas horas de la noche, para que Mrs. Messick, su secretaria, las pasara a máquina a la mañana siguiente. En una de sus últimas cartas a su amigo John Houseman le diría que había perdido a Los Ángeles: “Ya no es el mismo lugar que conocía tan bien y que fui casi el primero en llevar al papel. Tengo la impresión, que no es rara, de haber ayudado a crear la ciudad y de haber sido expulsado después por los especuladores”. Aunque aquí conviene recordar lo que le hizo decir a Marlowe en La hermana pequeña: “Una ciudad violenta sin más personalidad que un vaso de papel”.

La escritura de El largo adiós fue una larga tortura que duró cuatro años. Cissy le apoyaba sin descanso, siempre lo hizo. “Escribe, Raymio”, le decía, y él le contestaba lacónicamente: “Si el Buen Dios hubiese querido que yo fuese escritor importante, no me habría permitido dilapidar veinte años de mi vida en unas oficinas”.

* * *

La Navidad de 1953 no la celebraron. La salud de Cissy –con sus pulmones cada vez más y más afectados– no estaba en condiciones para ello, y a Chandler le faltaba Taki, al que hubo que sacrificar poco antes de que cumpliera los 20 años; Chandler estuvo presente cuando el veterinario le inyectó nembutal en una vena de una zarpa delantera, y diez segundos después Taki se durmió para siempre.

En diciembre del año siguiente la salud de Cissy hizo necesario internarla en una clínica. La mañana del 12, Chandler –que había velado toda la noche al lado de la cama de su esposa– regresó a casa para descansar un poco, pero al mediodía lo llamaron porque el estado de Cissy había empeorado sensiblemente. Cuando Chandler llegó a la clínica ya habían desmontado la carpa de oxígeno. Cissy estaba con los ojos semicerrados. El médico la auscultaba con el estetoscopio en su pecho y al cabo se incorporó e hizo un gesto. Chandler le cerró los ojos a Cissy, la besó y se fue, sabiendo que aquellos ojos no volverían a abrirse. “Treinta años, diez meses y cuatro días fue la luz de mi vida, toda mi ambición. Todo lo que yo hice fue el fuego para calentar sus manos”. Esta línea de réquiem parece la respuesta a la pregunta que incluyó en  su poema “Una improvisación”, dedicado a Cissy en 1935:

Tú que me has dado la noche y la mañana,
el silencio de tus ojos, la suavidad de tus labios,
el murmullo de tu corazón como un mar en calma,
y una voz como un coro en un bosque griego
(¿qué te he dado yo a ti?)

No asistió a la colocación de la urna con sus cenizas en el columbario del crematorio Cyprus View, de San Diego. Estaba demasiado borracho. Casi dos meses después, el 8 de febrero del 55, hubiesen celebrado el 31 aniversario de su matrimonio y Chandler inundó la casa de rosas rojas, oyó música y bebió champaña.

* * *

En el mes de abril viajó en el Mauretania a Inglaterra. Solo abandonaba su camarote de primera clase para las comidas, pero eso sí, invitó a champaña a sus compañeros de mesa cuando le llegó el cable donde le anunciaban que el círculo Mystery Writers of America había elegido El largo adiós como la mejor novela policial del año anterior. En la revista Time podía leerse que la frontera entre un buen relato policial y una buena novela se traspasaba a veces, “y El largo adiós, de Raymond Chandler, está mucho más allá de esa frontera”. La misma revista lo llamó en cierta ocasión “El poeta laureado de los lobos esteparios”. (Veinte años más tarde, Osvaldo Soriano antepuso este párrafo de El largo adiós a su primera novela, Triste, solitario y final: “Me compraste, Terry. Por una sonrisa y un par de tragos tranquilos en un bar tranquilo. Fue bueno mientras duró. Adiós, amigo. No te diré hasta la vista. Lo hice cuando significaba algo. Me despedí cuando era triste y solitario y final”.)

Chandler pasó un año en Inglaterra y voló de vuelta a Estados Unidos el 8 de mayo de 1956 para no convertirse en sujeto fiscal ante la Hacienda inglesa. A mediados de junio estaba de nuevo en La Jolla. Un año anduvo de clínica en clínica donde siempre se diagnosticaba lo mismo: total agotamiento a consecuencia de una mala alimentación y el abuso del alcohol. Billy Wilder declaró haberse inspirado en la persona de Chandler para componer la figura de Don Birnam, el protagonista dipsomaníaco de The Lost Weekend (Días sin huella).

La agente inglesa de Chandler, Helga Greene, voló en noviembre de 1957 a Los Ángeles para ver qué se podía salvar del desastre, y gracias a ella volvió a escribir, a duras penas, el que sería su último libro, el peor de todos: Playback (Coctel de barro en su traducción española). Cuando Helga volvió a La Jolla en febrero de 1959, Chandler estaba de nuevo internado, y consintió en casarse con él porque él alimentaba la esperanza de que eso le daría fuerzas para seguir viviendo. Aceptó la presidencia de la Asociación de Escritores de Misterio de América y acudió a Nueva York para hacerse cargo de ella, acompañado de Helga, con quien después iba a viajar a Inglaterra. Pero lo cierto es que regresó a California, y de tan agotado que estaba, un resfrío se convirtió en la pulmonía que pondría fin a su vida el 26 de marzo de 1959, hace exactamente sesenta años.

Pocos meses antes le había escrito a un amigo: “He vivido mi vida al borde de la nada”. A las exequias en la iglesia episcopal de St. James acudieron 17 personas: un par de conocidos de La Jolla, su asesor fiscal y una delegación de la asociación neoyorquina. Helga Greene, recién regresada a Londres, no pudo acudir, ni siquiera mandar flores por tratarse de un día festivo en Inglaterra. Y el deseo de Chandler de ser cremado y juntar sus cenizas con las de Cissy no se respetó. Fue enterrado en el pequeño cementerio de Mount Hope, de San Diego.

 

Filmografía de Raymond Chandler:

The Falcon Takes Over [El Halcón hace presa, en México] (1942).
Time to Kill [La hora de matar] (1942), basada en La ventana siniestra, pero sin Marlowe como protagonista, reescrita para encajarla en la serie del detective privado Michael Shayne.
Murder, my Sweet [Historia de un detective en España, El enigma del collar en Argentina y México, y en realidad se trata de una adaptación de Farewell, My Lovely] (1944), con Dick Powell como Marlowe y dirigida por Edward Dmytryk.
The Big Sleep [El sueño eterno] (1946) con Humphrey Bogart & Lauren Bacall dirigidos por   Howard Hawks.
Lady in the Lake [La dama del lago] (1946) con Robert Montgomery.
The Brasher Doubloon [La moneda trágica en México] (1947) con George Montgomery.
Climax (TV, 1954): El largo adiós fue filmado en 1954 como episodio de la serie Climax, con Dick Powell en el papel de Marlowe. Es el episodio donde el actor Tristram Coffin, cubierto con una manta y porque su escena terminaba después de ser asesinado su personaje, salió del plató a gatas, a la vista de la cámara de TV transmitiendo en directo.
Marlowe [Marlow, detective muy privado] (1969), basada en La hermana pequeña, con James Garner.
The Long Goodbye [El largo adiós] (1973) con Elliott Gould y dirigida por Robert Altman, posiblemente el mejor filme de esta lista.
Farewell, My Lovely [Adiós, muñeca] (1975) con Robert Mitchum.
The Big Sleep [El gran chantaje, en Colombia] (1978), asimismo con Robert Mitchum.
Poodle Springs (TV, 1998) con James Caan, donde Marlowe aparece casado con la millonaria  Linda Potter, algo de lo que Chandler estaba arrepentido, pero ya no lo pudo corregir. Uno de sus  sucesores más sobresalientes, el bostoniano Robert B. Parker, autorizado por los herederos de Chandler, terminó de escribir Poodle Springs en 1989 (en la que se basó el telefilm de 1998), y en 1991 pergeñó una secuela de The Big Sleep titulada Perchance to Dream.

 

Ricardo Bada 
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
El 14 de febrero de 1989 el escritor Salman Rushdie era condenado a muerte por el ayatola Jomeini. Las consecuencias de este gesto de fanatismo sin parangón en la historia contemporánea fueron una serie de amenazas y asesinatos no resueltos, pero también indignación mundial y la resistencia risueña del autor de Los versos satánicos.

Uno de los mayores atentados cometidos contra la libertad de expresión, si es que no el mayor, tanto a nivel individual como universal, lo perpetraría el ayatola Jomeini el 14 de febrero de 1989 cuando decretó la fatwa, es decir la sentencia de muerte, contra “el autor del libro Los versos satánicos —el cual es contrario al islam, al Profeta y al Corán—, y contra todos aquellos involucrados en su publicación y que son conscientes de su contenido” (sic).

La cosa iba en serio y lo pagó con la vida el traductor de ese libro al japonés, Hitoshi Igarashi (nacido un 10 de junio, como yo, ocho años antes que él). A Igarashi lo apuñaló una media docena de veces un agresor desconocido, falleciendo en el acto, y encontraron su cadáver el 12 de julio de 1991 en su despacho de la Universidad de Tsukuba, Ibaraki, Japón.

Ilustración: Oldemar González

(Dicho sea de paso, corre por Internet una de esas fake news que hacen las delicias de quienes no se toman la molestia de ponerse a averiguar si son verdad o mentira. Según ésta a la que me refiero, Japón no sufre peligro a causa del islam ya que el islam está prohibido en el país; hasta se aduce el testimonio de un profesor de la Universidad de Tokio, quien dizque dijo que “existe una percepción en los japoneses de que el islam es una religión para mentes muy estrechas, y se debe permanecer lejos de ella”. Puro invento, como podrán comprobar aquí).

Dos años más tarde del asesinato de Igarashi, al editor noruego de Los versos satánicos, William Nygaard, le dispararon tres tiros por la espalda en Oslo, y pudo sobrevivir al atentado. Pero del mismo modo que la policía japonesa jamás siguió la pista que hubiese conducido al país de los ayatolas y cerró el caso en el 2006, la policía noruega cerró su investigación en el 2007 sin seguir jamás la pista que conducía a Teherán. Recién ahora, solo dos años antes de que prescribiera el plazo legal para continuar con la persecución judicial, y ante la fuerte presión de la opinión pública, la policía noruega abrió de nuevo el expediente.

Pero adonde quiero llegar es al colmo de la demencia moral, más allá de asesinatos y atentados, que tan solo (¡tan solo!) son delitos de sangre. En febrero de 1995, con la indubitable intención de conmemorar el sexto aniversario de la fatwa, una organización iraní próxima al gobierno de Teherán, cuya finalidad es la divulgación del islam, organizó un concurso literario. En él se premiarían los tres mejores cuentos, y las tres premiaciones consistirían, respectivamente, en diez, cinco y dos monedas de oro.

Hasta aquí santo y bueno, porque los concursos literarios, por muy desacreditados que estén, siempre dependen de sus jurados, y éstos, como seres humanos que son, están expuestos al error y alguna vez se equivocan y premian algo de verdadera calidad. Pienso aquí por ejemplo en La guerra del general Escobar, de José Luis de Olaizola, Premio Planeta 1983, “un clásico”, en la opinión admirativa de Álvaro Mutis.

Solo que el concurso creado en 1995 en Teherán no era de tema libre, cosa que tampoco objetaría uno si el tema hubiese sido, sin ir más lejos, el elogio de las rosas de Isfahán, famosas por su aroma. Pero no era así: el obligado tema de los cuentos aspirantes a ganar ese concurso (¡agárrense, que vienen curvas!) era el miedo que debía estar padeciendo Salman Rushdie a consecuencia de su vida de proscrito, en la clandestinidad, protegido por Scotland Yard y temiendo a diario, a cada hora, a cada minuto, a cada segundo, la ejecución de la fatwa.

Convengamos en que, para empezar, no se entiende muy bien cómo un concurso literario, con un tema tan monstruoso e inhumano, puede fomentar la divulgación del islam. Se entiende, eso sí, perfectamente, que tienen que haber sido unas mentes mezquinas y deformes las que parieron semejante monstruosidad. O sea, mi querido don Paco (de Goya y Lucientes), que no es tan solo el sueño de la razón el que engendra monstruos: también el de la sinrazón.

No hay noticias (al menos que yo sepa rastrear) acerca de en qué quedó el malhadado concurso, pero a mí me gusta pensar que el tiro le salió por la culata a sus organizadores; me gusta pensar que hubo que declarar desierto el premio porque los iraníes demostraron suficiente coraje como para no presentar ningún cuento al concurso. Aunque una voz interna me susurra que no debo ser tan optimista, siempre hay algún hideputa capaz de escribir una infamia tal. Pero me gusta pensar que también pudo haber alguien escudado en el chador de un seudónimo, alguien con el suficiente valor como para presentar a concurso un cuento en el que se describiese el miedo de Salman Rushdie comparándolo con el que pasarán quienes lo condenaron a muerte cuando comparezcan ante el Dios misericordioso que es el Alá del Corán.

Seductora, al menos, se me figura una tercera posibilidad, y no la descarto a priori: me gusta pensar que el propio Salman Rushdie se presentara al concurso con un borrador del relato autobiográfico Joseph Anton (su nombre de proscrito, un homenaje a Conrad y a Chéjov). En ese caso, y si el fundamentalismo no fuese un fascismo, y el jurado de Teherán reconociera la indudable mejor prestación testimonial (amén de literaria) del concursante Salman Rushdie, el premio, en vez de esas fementidas monedas de oro, que tanto hieden a Judas, no podría ser otro que la conmutación de la fatwa.

En el 2015 Salman Rushdie visitó Colombia y Héctor Abad Faciolince presentó con él la traducción al español de Dos años, ocho meses y veintiocho noches, entonces el último libro de su gran colega, y publicó en El Espectador de Bogotá palabras muy ciertas:

La izquierda mojigata, la izquierda que desprecia las “libertades burguesas” (de expresión, de prensa, de sufragio, de movimiento), la izquierda biempensante que se llena la boca con palabras grandes (antiimperialismo, neocolonialismo, unión de los pueblos oprimidos del sur), considera un error criticar al islam y a los islamistas. La suya sería una lucha desesperada de un pueblo oprimido que por casualidad asume el ropaje de la religión.

Si alguien se ríe del Papa de Roma, está bien; si alguien ironiza sobre los predicadores evangélicos norteamericanos, no hay problema; si un caricaturista pinta a Obama como un orangután, perfecto. Pero como los islamistas son del tercer mundo y denuncian a Estados Unidos como el imperio del mal, y a Francia, Gran Bretaña y España como sus aliados, entonces criticar al terrorismo islámico (o pintar al profeta) es lo mismo que apoyar los bombardeos del hombre blanco occidental. Frente al islam dicen que hay que ir con maña, que no podemos ser ofensivos con esa cultura y esa religión que hace medio milenio era más tolerante y culta que la católica.

¡Medio milenio! ¡Tan largo me lo fían!                                            

Ese mismo año 2015, el Círculo de Bellas Artes madrileño, una de las más altas instituciones culturales del idioma español, le concedió su Medalla de Oro a Salman Rushdie, y en el acto de la entrega Antonio Muñoz Molina evocó el primer encuentro que tuvo con él, y lo retrató de este modo:

la primera cosa que me sorprendió cuando lo conocí, hace ya veinte años, en Granada, fue que era un hombre con un gran sentido del humor, a pesar de que en aquel momento llevaba ya seis años escondido. Y no solo tenía una gran sentido del humor sino que, a diferencia de una gran cantidad de escritores que he conocido, ¡no tenía manía persecutoria! Supongo que cuando te persiguen de verdad, ya no hay manía…

Sí, Rushdie tenía y tiene mucho sentido del humor; estoy seguro que de haberse presentado al ominoso concurso de Teherán habría titulado su cuento así: “¡No sufro manía persecutoria!”

Para terminar, una pincelada cinematográfica. Su diálogo con Natasha en Bridget Jones, que es del año 2001 y certifica la exactitud de la observación de Muñoz Molina:

—Natasha: ¿Cuán autobiográfica es su obra, Salman?

—Salman Rushdie: ¿Sabe una cosa? Es algo asombroso, nadie me ha hecho nunca esa pregunta.

 

Ricardo Bada 
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
“Libertad es siempre la libertad del que piensa distinto”, es una de las frases icónicas de Rosa Luxemburgo que hoy, en el centenario de su cobarde asesinato, recobran actualidad.

Fue una rosa con espinas, espinas como espolones de gallos de pelea. Y a nadie dejó indiferente esa mujer llamada Róża (según otras fuentes Rozalia) Luksemburg, que en el ámbito de nuestra lengua conocemos como Rosa Luxemburgo. Esa mujer cuya vida quiso filmar Rainer Werner Fassbinder con Jane Fonda como protagonista, y terminó filmando Margarethe von Trotta con Barbara Sukowa, la Hannah Arendt de otra de sus películas.

Nacida en 1871 en el seno de una familia judía y en una Polonia dependiente del zar de todas las Rusias, Rosa Luxemburgo fue de una precocidad política sin parangón: ya a los 15 años era miembro de un partido político polaco, Proletariat, de tendencia izquierdista, y a los 18 debió huir a Suiza para evitar así su detención. En Zúrich se doctoró con una disertación sobre el desarrollo industrial en Polonia, a la cual le cupo el raro privilegio de ser publicada por una editorial comercial, y que todavía hoy —según refiere Hannah Arendt en Men in Dark Times, de 1968— se sigue usando para estudiar la historia del país.

A lo largo de su vida pública fue condenada cuatro veces a prisión, sin que por ello cesara en su actividad: maestra consumada en el arte del Kassiber (es decir, el correo clandestino del prisionero), se las ingenió siempre para sacar de la cárcel sus escritos, que se publicaban con el seudónimo Junius, en honor al fundador de la República de Roma. Desde la cárcel, además, escribía cartas a sus amigos, algunas de las cuales se cuentan entre las más bellas enviadas por prisioneros. Nadie menos que Karl Kraus publicó en Die Fackel, número de julio 1920, “en memoria de la noble víctima”, una carta de Rosa a su amiga Sonia Liebknecht fechada en diciembre de 1917. Cito de la misma:

Es mi tercera Navidad entre rejas, pero no lo considere trágico. Estoy tan tranquila y serena como siempre. Ayer estuve despierta hasta muy tarde (no puedo conciliar el sueño antes de la una, pero debo acostarme a las diez), entonces soñé varias cosas en la oscuridad. […] Aquí me encuentro sola, envuelta en los negros paños de las tinieblas, del aburrimiento, de la falta de libertad del invierno, y siento latir mi corazón por una incomprensible, desconocida alegría interior, como si caminara bajo un sol resplandeciente por una pradera florida. Y le sonrío en la oscuridad a la vida, como si conociese un secreto mágico que desmiente todo lo malo y lo triste y lo transforma en pura claridad y felicidad. Y al hacerlo busco un motivo para esa alegría, no encuentro nada y tengo que volver a reírme de mí misma. Creo que el secreto no es otro que la vida misma: la profunda tiniebla nocturna es tan hermosa y suave como el terciopelo, con sólo que se la mire bien; y el rechinar de la arena húmeda bajo los despaciosos, pesados pasos de los centinelas, también canta una pequeña y hermosa canción a la vida, con sólo que se sepa oírla bien.

Y a uno se le humedecen los ojos al leer en el resto de la carta los cariñosos, dulces diminutivos (“Soniuscha”, “Sonitschka”) con que se dirige a su amiga, y no le extraña que sus carceleros siempre se despidieran llorando de “la Rosa roja” cuando regresaba a la libertad.

Fundó el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia, y gracias a su nacionalidad alemana, adquirida al casarse en 1898 con Gustav Lübeck y mudarse a Berlín, fue una de las figuras más importantes del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). No solo por sus escritos, también por la inmensa dignidad que se desprendía de sus actos, como documenta Hannah Arendt con este ejemplo: “En un congreso internacional terminó [Jean] Jaurès una elocuente intervención poniendo en ridículo la ‘extraviada pasión’ de Rosa Luxemburgo, y de repente se dio el caso de que no había nadie para traducirla, a lo cual reaccionó Rosa traduciendo ella misma el encendido discurso del francés en un alemán igualmente vibrante”. Era su manera de demostrar, con hechos, lo que postula su frase más famosa: “Libertad es siempre la libertad del que piensa distinto”.

Y es también Hannah Arendt quien nos dice de ella:

Era muy claro que detestaba el movimiento emancipatorio por el que se sentían extraordinariamente atraídas las mujeres de su generación y sus convicciones políticas. Al grito de las sufragistas en pro de la igualdad seguramente hubiese respondido “Vive la petite différence!”, no sólo como judía polaca en un país que no le gustaba, y en un partido que pronto despreciaría, sino justamente también como mujer.

Una mujer que amó con toda el alma y todo el cuerpo a su compañero de lucha, Leo Jogiches,
pero nunca pudo perdonarle que la hubiese engañado con otras. Una mujer no muy agraciada físicamente y de andares chuecos, como secuela de una enfermedad infantil, pero que tuvo amores apasionados, uno de los cuales —con el hijo de su gran amiga Clara Zetkin— estuvo a punto de costarle esa preciosa amistad. Una mujer que hizo bueno el epitafio que se deseó, común con esa misma Clara Zetkin, cuando se opuso al conformismo del santón pirulero de la socialdemocracia alemana, August Bebel, conformismo que se condensaría en la aprobación de los créditos para la guerra contra Francia en 1914; con profética antelación, Rosa le espetó en plena cara, refiriéndose a ella y a Clara Zetkin: “Que en nuestra tumba rece el epitafio: AQUÍ REPOSAN LOS DOS ÚLTIMOS HOMBRES DE LA SOCIALDEMOCRACIA ALEMANA”. Hay que tener un buen par de cojones para eso, comentaría Hemingway.

Lenin, por su parte, cuando se enfrentaron sus dos versiones tan distintas del marxismo, lo dejó dicho de un modo que no puede ser más reverente:

Le respondemos con una fábula rusa que viene a cuento: Ciertamente puede suceder alguna vez que el vuelo del águila sea más bajo que el de las gallinas, pero nunca volarán las gallinas a las alturas de las águilas. Rosa Luxemburgo se equivocó… Pero a pesar de todos sus errores, fue y sigue siendo un águila.

Lo demostró de manera contundente el 20 de febrero de1914 en el alegato en su defensa frente al tribunal de Fráncfort donde se le juzgaba por agitación y exhortación a la desobediencia y la objeción de conciencia en caso de guerra ¡cinco meses antes de la Gran Guerra!, alegato que concluyó así:

Para terminar, sólo una palabra acerca de un vituperable ataque que revierte en contra de su autor. El fiscal ha dicho literalmente (lo he anotado) que solicita mi detención inmediata porque “sería incomprensible que la acusada no emprendiera la huida”. Eso significa, dicho con otras palabras: Si yo, el fiscal, tuviese que expiar un año en la cárcel, en tal caso emprendería la huida. Señor fiscal, le creo: usted huiría. Un socialdemócrata no huye. Responde de sus actos y se ríe de vuestras sentencias. ¡Y ahora condénenme!

El 5 de agosto 1914, tan solo ocho días después del estallido de la Gran Guerra, y junto con sus amigos Clara Zetkin y Karl Liebknecht, funda Rosa la Liga Espartaquista (otra referencia más a la historia de Roma, la lucha conducida por Espartaco para acabar con la esclavitud), como consecuencia de lo cual ella y Liebknecht son condenados a dos años y medio de cárcel. Fueron puestos en libertad en noviembre de 1918 y reanudaron de inmediato la lucha política en una Alemania convulsa por la pérdida de la guerra, el fin del Imperio, el regreso de miles de soldados (muchos de ellos unas piltrafas humanas inválidas) y una caótica desorganización administrativa, social y policial que fomentaba la creación de organizaciones paramilitares como los Freikorps (cuerpos libres). Uno de ellos, el 15 de enero de 1919, se encargó de asesinar a ambos espartaquistas, y ello, según se ha sabido luego, ejecutando un atentado urdido por Wilhelm Canaris, posterior jefe del servicio secreto militar durante la dictadura nazi, la que se pretendía milenaria y duró doce años.

Fotocomposición del autor, con el monumento a RL en Berlín occidental enmarcando el Canal a cuya orilla se encuentra, y al fondo el puente desde el cual la arrojaron a las aguas.

La artista más grande de la época, Käthe Kollwitz, escribió en su diario el 16 de enero de 1919, una sola y sangrante línea: “Infame, indignante asesinato de Liebknecht y [Rosa] Luxemburgo”.

Lina Alonso, en su delicado ensayo “Un jardín por entregas. El herbario de Rosa Luxemburgo”, aparecido en la revista bogotana El Malpensante (octubre 2018), lo cuenta de este modo:

Enero. De un culatazo en la cabeza. La derribaron a la salida del Hotel Edén de un culatazo en la cabeza. La acompañaba Karl Liebknecht, con quien había fundado el Partido Comunista alemán dos meses atrás. Los montaron en un camión de los Freikorps, donde les dispararían minutos después, acusados de ser detractores de la república y traidores de una patria que nunca fue suya. A ella la arrojaron al canal Landwehr de Berlín. Era 1919. Tuvieron que pasar seis meses para que encontraran su cuerpo hinchado, irreconocible.

Quede constancia de sus nombres para la historia universal de la infamia: el soldado del culatazo se llamaba Otto Runge, el oficial del disparo a la cabeza Kurt Vogel (o Hermann Souchon, según otras fuentes).

Paul Celan, en su poema “Du liegst”, del libro póstumo Schneepart [Parte de nieve], 1971, nos lo cuenta también a su manera: “Es kommt der Tisch mit den Gaben, / er biegt um ein Eden – // Der Mann ward zum Sieb, die Frau / mußte schwimmen, die Sau, / für sich, für keinen, für jeden – / / Der Landwehrkanal wird nicht rauschen. / Nichts / stockt.”

Felipe Boso tradujo:

La mesa con los obsequios se aproxima ya,
dobla el coche la esquina del que fue un Edén.

El hombre, hecho una criba; la mujer,
¡a nadar!, la marrana, 
por ella, por nadie, por todos.

El Canal de Landwehr no bramará.
Todo
sigue su curso.

No consta que a Liebknecht (“El hombre, hecho una criba”) lo acribillaran a balazos, las fuentes históricas dicen que lo ejecutaron de un tiro en la nuca, pero sí parece ser que a Rosa la arrojaron al canal malherida aunque todavía viva (“la mujer, ¡a nadar!, la marrana”), por lo que a Celan debe habérsele impuesto la rima interna de “Frau [mujer]” y “Sau [marrana]”. Hoy, a la Orilla Lützow del Canal, al poniente del Puente Cornelius, su nombre recuerda en letras mayúsculas tridimensionales aquel lugar donde la arrojaron a las aguas.

Sus últimas palabras conocidas son las del artículo “El orden reina en Berlín”, escrito la noche del 14 de enero, víspera del alevoso y vil asesinato. Dicen así: “‘¡El orden reina en Berlín!’ ¡Esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana, ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
Hoy hace un siglo que murió el escritor Eduard von Keyserling. En esta espléndida semblanza, acompañada de la traducción de un cuento inédito en español, Ricardo Bada recuerda al —hoy olvidado— maestro del impresionismo alemán.


Cuando comencé mi trabajo de investigación y documentación a fin de escribir un artículo sobre Eduard von Keyserling, en ocasión del centenario de su muerte, me dije que se trataba de una tarea peluda, como la llamaría Cortázar; y ello porque en el ámbito de la lengua española solo se conoce al sobrevalorado Hermann Graf (=conde) Keyserling, a través de sus Diarios de viaje de un filósofo y de sus Meditaciones sudamericanas, libros muy comentados en sus días y entre los hispanoamericanos, si bien hoy ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los alemanes. Pero Eduard von Keyserling, si acaso lejanamente emparentado con el antaño famoso conde, es harina de otro costal, es una harina de la que se hacen la baguette francesa, la ciabatta italiana y el pan candeal de Castilla (¡ahí van tres pleonasmos seguidos!), de corteza crujiente y blanda miga… Lo curioso del caso es que aunque se trata de uno de los más grandes escritores de su idioma en el siglo pasado, tampoco a él lo conocen los alemanes.

Es a decir verdad acongojante y exasperante lo poco que hay en alemán acerca de él y de su obra, pese a que fue el más valioso de sus escritores impresionistas, no sin haber pasado antes por el sarampión de la novela socialmente comprometida. (Me recuerda el caso de Jorge Amado con su trilogía Los subterráneos de la libertad, ¡abominable!, escrita todavía bajo la férula del realismo de cuño socialista, y cómo por dicha rompió con ese fantoche al pergeñar la inmortal Gabriela, cravo e canela). Así pues, sacar adelante un artículo medianamente informativo acerca de EvK cuesta poco menos que sangre, sudor y lágrimas, pero creo que vale la pena dar a conocer al público lector en lengua española una obra tan tocada por la gracia como la de este ciego que desde 1906 tuvo que dictar la mayor parte de esa obra a tres de sus hermanas. ¡Qué precioso debe de haber sido para él su sentido de la vista! Me basta con recordar dos líneas de Olas, donde le dictó a su hermana Elise: “¡Qué maravilloso! ¡Color, color! ¡Y qué color! De él se podrían recortar cien mil mantos para Madonnas venecianas”. Cerrando los ojos consigo figurarme a Elise escribiendo esas palabras con lágrimas en los suyos. Su hermano ciego le hacía ver cosas que ella jamás hubiera sido capaz de ver aun teniéndolas a la vista.

* * * * *

Pienso que será bueno comenzar por una breve biografía que enmarque aunque sea de un modo muy somero los tiempos y las peripecias que le tocaron vivir. Eduard von Keyserling era un vástago de la nobleza báltica oriental. Nació el 14.5.1855 en un lugar llamado Liepãja, entonces en la provincia rusa de Curlandia, hoy en Letonia. Fue el séptimo de diez hermanos, y tres de sus hermanas serían personas clave en su vida, como ya dije más arriba y ampliaré más abajo. Estudió la primaria y la secundaria en ciudades que tienen todas un nombre distinto según se las mencione en letón, polaco, alemán o ruso. E ingresó el año 1875 en la Universidad Imperial de Dorpat (hoy Tartu, en Estonia) para cursar los estudios de Derecho.

(Inciso por mor de la curiosidad: El Gran Ducado de Curlandia formó parte de la República de las Dos Naciones, o Mancomunidad de Polonia–Lituania, entre 1569 y 1795, y experimentó un auge económico que le llevó a tener dos minúsculas posesiones ultramarinas: una en África, en una isla del estuario del Gambia, y otra en América, en la isla de Tobago, la colonia llamada Nueva Curlandia, que duró poco a causa de graves problemas surgidos en su “metrópolis”).

La vida universitaria de Eduard von Keyserling resultó algo accidentada, por decir lo menos. Exmatriculado en 1876 por no haber pagado a su debido tiempo las deudas contraídas con su corporación estudiantil, seis meses más tarde se le readmitió…, si bien tan solo 24 días después resultó encausado judicialmente por injuriar de palabra y obra, amén de amenazar a un bedel sin atender a los requerimientos que se le hicieron en nombre de la ley, y por si fuera poco puñetazos al cliente de un burdel y una “mujerzuela” [sic]. El 20.10. lo condenan a ocho días de arresto, y el 26.11. lo vuelven a exmatricular. El 13.12.1877 lo readmiten al estudio, pero a los dos meses se le suspende por nuevas deudas. Al año siguiente y a pesar de reembolsar en fecha el efectivo “desviado”, se le acusa de un desfalco deshonroso de los fondos de la corporación a la que pertenecía, la Curonia (el nombre latino de Curlandia). Ese mismo año, tal vez harto de semejante desbarajuste, se matricula en la universidad de Viena y luego en la de Graz para los estudios de Filosofía e Historia del Arte. Es el año en el cual comienza a escribir y en el cual, por su trato con las “dulces muchachas” de las mancebías vienesas, contrae una enfermedad venérea, la sífilis, que a la postre lo dejaría ciego.

Comienza a publicar en 1882, su cuento “Solo dos lágrimas”, que no se volvió a imprimir hasta que este año, con motivo de la efeméride, la editorial Manesse lanzó el volumen Landpartie [Exursión campestre] recogiendo íntegro el conjunto de su obra narrativa menor (en extensión, no en calidad) . Entre ella el cuento “Verwundet” [“Herido”], traducido por mí en estas mismas páginas, siendo motivo suficiente el de ilustrar el arte de este cuentista ciego y tan lúcido.

En 1890 regresa a Curlandia para hacerse cargo de la administración de las fincas familiares, y en 1895, tras la muerte de su madre, traspasa todos los bienes a sus hermanos Otto y Heinrich y se traslada a Múnich con sus hermanas Elise y Henrriette, siendo la capital bávara su domicilio fijo hasta el fin de sus días. En 1899 emprende un viaje de año y medio por Italia, y a su regreso a Múnich se convierte en miembro fijo de diversos círculos literarios, entablando conocimiento y amistad con colegas como Frank Wedekind, Erich Mühsam, Oskar Maria Graf (otro gran desconocido de la literatura alemana) y Thomas Mann. En 1901, y tras un nuevo viaje a Italia, una temporada a orillas del Lago Starnberger, durante la cual Lovis Corinth pinta su retrato justamente famoso, pero que el retratado comentó diciendo: “Me gustaría más no parecer así”. Y la verdad es que a nadie le gustaría parecerse a una persona con ojos tan saltones que se diría que fuesen los de un batracio, pese a la tristeza que traslucen, y un rostro afilado y vaciado por la enfermedad donde destacan unos labios abultados y pintados que recuerdan los de un pez.

El año 1905 pasa varias semanas en un balneario apartado del valle del Isar, el río que cruza Múnich, y al año siguiente se agrava rápidamente su estado de salud, con parálisis parciales y una progresiva ceguera. Se retira de la vida pública y comienza el periodo más fructífero de su actividad literaria, toda ella dictada a sus hermanas, primero a Henriette y a Elise, y tras la muerte de ambas a Hedwig y su sobrino Otto. Son los años de las novelas Dumala (el nombre del palacio en torno al cual se desarrolla la acción), Wellen (Olas), Abendliche Häuser (Casas crepusculares), Fürstinnen (Princesas)… todas ellas obras maestras del impresionismo alemán.

Cuando cumplió sesenta años, en 1915, se le rindió un obligado homenaje en el curso del cual Lion Feuchtwanger alabó su “arte dulce, amargo, ajeno al mercado, aristocrático”. Tres años más tarde, el 28.8., su sobrino Paul cae en combate en la batalla del Somme, y el 28.9. fallece Eduard von Keyserling, mes y medio antes del armisticio que puso fin a la llamada Gran Guerra (“la guerra para acabar con las guerras”, como se la definió con un excesivo optimismo). Fue enterrado en el cementerio del norte de Múnich, en una tumba destinada por la municipalidad para personajes ilustres. Su necrológica la escribió Thomas Mann: “Faltan en Keyserling la amplitud, el regodeo, el largo aliento, la sana impavidez ante el aburrimiento, que eran propios del arte de narrar de 1860. Su obra es más esbelta, más grácil, más tardía, más selectiva, tiene un pulso más nervioso, la mirada a la vida se ha vuelto más fría, la ironía más espiritual, la palabra más precisa, el hábito general es más incómodo, más artístico y más abierto al mundo: se percibe la europeización de la prosa alemana desde 1900”.

En cuanto a su legado, atendiendo una disposición testamentaria suya, fue destruido por su hermana Hedwig y la baronesa Marie von Osten–Sacken.

* * * * *

Tres han sido las grandes editoriales que, de una u otra manera, han contribuido a que la obra de Eduard von Keyserling haya sobrevivido a la devastadora azada de la globalización y el estéril arado de la literatura chatarra. La Manesse, una de mis editoriales predilectas entre las alemanas, se ha venido ocupando regularmente con esa obra, desde el 2005, y ha dado cima en estos días al ambicioso proyecto de reunir en un solo volumen todas las novelas breves y todos los cuentos de Keyserling, algunos de los cuales no se habían vuelto a imprimir desde la fecha de su primera publicación: se trata del precioso volumen Landpartie, ya citado más arriba, en cuyas 650 páginas hay auténticas joyas y ni un gramo de aburrimiento. Por su parte la editorial Steidl (cuyo mascarón de proa es la obra de Günter Grass) también comenzó a interesarse por la de Keyserling, en este caso las novelas, a partir de 1999. Y Kiepenheuer & Witsch (la “casa” de Heinrich Böll y García Márquez) ha publicado hace unos meses una novela de Klaus Modick titulada Keyserlings Geheimnis (El secreto de Keyserling), en torno al retrato de Lovis Corinth durante la temporada que pasó el autor a orillas del Lago Starnberger. Ese secreto, que dizque Keyserling se llevó a la tumba, es el de su degradación a persona non grata en Dorpat, cuando desfalca los fondos de la corporación estudiantil a la que pertenece; un secreto que no es tal pues se trata simplemente del subproducto de un encandilamiento erótico que reaparecerá en su vida años después, justo a orillas de ese lago bávaro. Lo mejor de esta novela, sin ser mala, que no lo es, es que despierta el deseo de releer (o bien de leer por primera vez) muchas de las obras del maestro del impresionismo alemán.

En cuanto a nuestro idioma, hasta donde he podido rastrearlo, de Eduard von Keyserling solo existen en él las traducciones del cuento “Schwüle Tage” (“Días bochornosos”), del que —caso harto curioso— se publican dos versiones el mismo año 2010: como “Un ardiente verano”, por Carlos Fortea, y como “Aquel sofocante verano”, por Miriam Dauster, incluida esta última el año 2013 en el volumen Novelas bálticas. Además los cuentos “Harmonie” (“Armonía”) y “Nicky”, traducidos por Xandru Fernández en el 2011, e integrados igualmente, dos años después, en el ya citado Novelas bálticas. Y hay asimismo dos versiones del cuento “Im stillen Winkel”: la titulada “En un rincón tranquilo”, de Carlos Fortea, 2013, y la titulada “Un lugar apacible”, debida a Xandru Fernández e incluida directamente entre aquellas Novelas bálticas.
A todo ello se añade la traducción del cuento “Verwundet” (“Herido”), que traduje para que acompañase este artículo en fecha tan cercana al centenario del final de la dizque Gran Guerra. Y esos cinco cuentos es todo lo que se conoce de Eduard von Keyserling en castellano.

* * * * *

Quiero cerrar este acercamiento a la vida y la obra de nuestro autor con una selección de opiniones acerca de su obra.

“Como apenas otros escritores, los autores aristócratas —les gentilshommes écrivains— han dominado el relato del final”. Este hallazgo de Edoardo Costadura, acuñado en relación con la obra del caballero Chateaubriand y el príncipe de Lampedusa, se puede aplicar con el mismo derecho al conde de Keyserling. Con sus refinadas donquijoterías se ubica en una tradición de la literatura mundial que se extinguió de manera definitiva a mediados del siglo XX: la del autocuestionarse y autorironizar de la cultura y el genio aristocráticos. Al igual que el autor de
Il Gattopardo (y Llorenç Villalonga en Bearn o La sala de las muñecas, añado por mi cuenta), Keyserling también ha retratado con gran clarividencia a la clase dominante de la que procedía, sin someterla al escarnio de los lectores no aristócratas”, arguye Horst Lauinger, a cuyo cuidado estuvo la ejemplar edición de Landpartie.

Y en el posfacio de la misma, esta aguda observación de Florian Illies: “La modernidad de Eduard von Keyserling consiste justamente en que describe un presente como pasado, aunque sus contemporáneos todavía crean en un futuro. Es esa mirada con los ojos cerrados, que llega desde grandes profundidades, lo que vuelve tan emocionantes/impresionantes sus relatos”.

“Cuando escribió Princesas, en 1915, lo que evocó sinestésicamente de la libre Naturaleza y de la domesticada, en y con todos los sentidos —a la manera impresionista o a la simbólica—, es una Delicatesse de la más alta literatura. […] La última novela de Keyserling es el testimonio de una profunda resignación. Su clarividencia brilla en las descripciones ambientales de los aburridos esparcimientos, siempre los mismos, y relampaguea en los diálogos de sus personajes. […] ¿Cómo desarrollarse, si una princesa, de acuerdo con las leyes de su casta, no debe aprender nada? Keyserling no es sarcástico, describe la situación como el cronista magistral que es. Tan sólo hay perdedores,.., sobre todo perdedoras”. (Rose–Maria Gropp, en una reseña del 2017, de la edición especial con motivo del centenario de la publicación de Princesas).

“Keyserling sabe describir una tarde del estío de modo que durante sus ardores y su crepúsculo se tiene el sentimiento de la vida entera”, dijo Hermann Hesse, y Alfred Polgar señaló de manera muy gráfica la sensibilidad casi implosiva del idioma que usa Keyserling: “Es una especie de éxtasis que, exigiendo silencio, se lleva él mismo un dedo hasta sus labios cerrados”.

Hay quienes pusieron su obra a la par que la de Turgueniev, y otros la parangonaron con la de Arthur Schnitzler y la de Thomas Mann, mientras que el propio Thomas Mann lo compara con Fontane y ve en la narrativa de Keyserling “la transfiguración y el melancólico ironizar de su familiar ambiente feudal”.

Y Rilke, en una carta a su amiga Sidonie Nádherný, le recomienda la lectura de Abendliche Häuser y le explica el por qué: “Lea su última novela, la encuentro especialmente hermosa y característica de su definitiva manera de ver y de contemplar”. Esto último se podría traducir también, quizá, como “su definitoria manera de mirar y ser todo ojos”. Un gran elogio indirecto si se piensa que está hablando de un escritor ciego y cuya escritura es un dictado.

* * * * *

Queda para el final una confesión de parte, respondiendo a la pregunta de por qué he dedicado tantas horas de lectura e investigación a un autor que ni en su propio país se conoce bien, y del que muy poco se ha traducido a nuestro idioma. El ya citado Horst Lauinger tal vez pudiera motejarlo como una donquijotería, pareja a las muchas de Eduard von Keyserling. Pero estuve reflexionando acerca del impulso que me llevó a conocer más de cerca la obra y la persona de este autor, y a darlas a conocer a mis lectores, y llegué a una conclusión poco o nada quijotesca, más bien de catequesis.

No suele ser frecuente que uno descubra a un autor, y aún menos a un autor que escribió en un idioma distinto al propio. Cuando se tiene una experiencia de lector tan extensa y variada como la mía, las posibilidades de que ello suceda se acrecientan, claro está, pero de cualquier modo no tanto que sean una cosa habitual. Y eso fue lo que me sucedió con Wellen (Olas), el primer libro de Keyserling que leí. Ese alemán tenía una dicción distinta, ¡y cómo!, del alemán de los demás autores que ya conocía en su original. Algo parecido me pasó con los relatos de Emine Sevgi Özdamar, la autora turca que escribe en una lengua calificada por mí como “alemán con sabor a turrón”. El de Eduard von Keyserling es un alemán de ámbar, el lujo de las costas de su Mar Báltico.

Alcanzado este punto me siento muy tentado de llegar al extremo que llegó Miguel Sáenz en el prólogo a la antología de poemas de Günter Grass (Visor, Madrid 1994), y aplicarlo a la obra de Keyserling: “Ruego al lector con insistencia que aprenda alemán. Vale ampliamente la pena, aunque solo sea para leer a autores/poetas/creadores tan intraducibles como Günter Grass”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo
A un suspiro de que la Copa del Mundo llegue a su fin, ofrecemos la reseña de un libro memorable que indaga en la relación del futbol con el idioma; una obra de espíritu quijotesco cuya lectura nos permitirá continuar con el gozoso espíritu que nos arrebata cada cuatro años.

Jesús Castañón,
Hinchas del idioma
,
Pie de Página,
Madrid, 2018.


En los días previos al Mundial Corea Japón 2002, llegó a mis manos, inesperada y felizmente, un ejemplar del libro Tendencias actuales del idioma del deporte, de un español investigador ejemplar que se llama Jesús Castañón y que vive en Valladolid, donde edita una de las mejores revistas deportivas en la red. Ahora, en vísperas del Mundial de Rusia, me llegó asimismo puntual y felizmente su último libro, Hinchas del idioma.

Castañón es uno de esos seres de alma quijotesca a quien hace casi cincuenta años se le metió en la cabeza la idea de codificar la inmensa riqueza que el deporte ha aportado a la lengua de Castilla. Y lo consiguió, porque ya en el año 2000 nada menos que la sesuda Real Academia madrileña solicitó su colaboración para revisar los términos deportivos en la 22.ª edición de su mastodóntico Diccionario.

Son varios los libros que Castañón lleva publicados sobre el tema del idioma deportivo, y no es un mérito menor que haya sabido incorporar a su trabajo un amplio sector del vocabulario latinoamericano. O que también haya sabido investigar en áreas insólitas  donde el deporte hace su aparición, por ejemplo en las letras de tango. Recordemos, del inmortal “Mano a mano”, aquellos hexadecasílabos que dicen: “Se dio juego de remanye  cuando vos, pobre percanta, / gambeteabas la pobreza en las casas de pensión”, versos precisa y preciosamente futbolísticos para describir un contexto de huida de la miseria y el lumpenproletariat de los barrios más pobres de Buenos Aires.

En su libro del 2002 encontramos agavillados varios trabajos de Castañón en los que se ocupa, entre otros aspectos, del reflejo del deporte en la obra de humoristas gráficos geniales, como el español Mingote y los argentinos Fontanarrosa y Quino. Aparte de eso, una poco menos que exhaustiva relación de los grandes y no tan grandes escritores que han abordado temas deportivos en sus obras, y no se anda con chiquitas, comienza citando a cuatro Premios Nobel: Benavente, Aleixandre, Cela y García Márquez.

(En un texto del 2015 ha recogido luego Castañón, con motivo de los 25 años del Nobel a Octavio Paz, sus textos sobre fútbol, patinaje, tenis y olimpismo, entre 1931 y 1969).

Y volviendo a Tendencias actuales…, en su larga y asombrosa lista solo echo de menos a Juan Carlos Onetti, con una narración magistral, “Jacob y el otro”, y Ortega y Gasset, quien pergeñó un amplio ensayo titulado “El origen deportivo del Estado”, que de modo por completo congruente fue recogido en uno de los tomos de El Espectador. Pero quizá Castañón los ha mencionado en otras publicaciones, no creo que a su mirada cinegética se le hayan escapado tan fácilmente dos piezas de caza mayor como son estas.

Otras dos ausencias sí me parece que pudieran habérsele escapado. Una de ellas es la primera vez que la jugada de un gol se narró con música, lo cual sucede en la zarzuela Don Manolito, del maestro Sorozábal, en 1943 (¡No se pierdan este magnífico enlace sonoro!). Y la segunda cosa que me choca es que en el registro de germanismos futbolísticos que han hecho carrera en nuestro idioma figuren los términos “Borussia, Bundesliga, Eintracht y Panzer”, y en cambio no figure “Káiser”, palabra con la cual los mismos alemanes no se refieren más a sus emperadores sino al líbero Franz Beckenbauer, capitán del once que ganó el Mundial del 74 y seleccionador del que ganó en Roma el de 1990.

Empero estos no son sino apuntes de un lector apasionado y deseoso de aportar su granito de arena (o su brizna de césped, ya que hablamos de canchas de fútbol), a una obra que me parece digna del mayor elogio. Sería bueno que hubiese muchos más Castañones dedicados a tareas como esta, a registrar con paciencia benedictina e instinto de cazador nato la presencia de nuevas voces en nuestro idioma, procedentes de los más diversos campos de la actividad humana. A él, desde luego, le resultaron una victoria por goleada.

Una goleada que repite ahora con Hinchas del idioma, subtitulado El fútbol como fenómeno lingüístico. Cito de la contraportada, que es bien gráfica en su reseña: “Hinchas del idioma aborda el fenómeno del fútbol y lenguaje, dos universos paralelos que comparten un idioma común, aquel donde las palabras tiran paredes, viven en fuera de juego o son habilitadas como correctas, salen por la línea de fondo botando como conejos, anotan el gol de haber engrandecido el idioma español…”

Amén de ello, leyendo este libro se entera uno de cosas de las más curiosas, como por ejemplo que en la primera final de un Mundial, en 1930, en el Estadio Centenario de Montevideo, el primer tiempo se jugó con un balón argentino y el segundo con uno uruguayo; el cual, importado de Inglaterra, se conserva en el Museo de la Selección Española de Fútbol, y se le conoce con el enigmático apelativo de “La Gioconda”.

En la página 31 se hace alusión a cómo se popularizaron los nombres de jugadas individuales y cita “la cuauhteminha en 1998, el regate ejecutado por el jugador mexicano Cuauhtémoc Blanco”, consistente en sobrepasar a dos contrarios saltando por en medio de ellos con el balón atrapado entre los pies. Y en la 49 se menciona la huguina o huguiña, nombre con que se bautizó la cabriola que Hugo Sánchez ejecutaba para celebrar sus goles. Luego, en esa misma página, al referirse a otras palabras con las que se designa al fútbol, recoge  “la mexicana pan–bol o pambol, denominación que Guillermo Torales relaciona con los exiliados españoles, cuyos equipos de fútbol solían estar vinculados a panaderías, y con la posibilidad de asociar la imagen del panadero al fin de la jornada con la del futbolista tras un partido en una cancha polvorienta”.

Párrafo enjundioso es el que Castañón dedica a cuando los hinchas muestran su enfado con el árbitro del partido utilizando su apellido como insulto, y cita uno de los casos más paradigmáticos, el de Galende, consecuencia léxica de una noche triste del Recreativo de Huelva, el equipo decano de la península; un episodio que si quieren conocer en detalle encontrarán bajo este enlace.

Y no falta el capítulo dedicado a la mujer en el fútbol, donde nos enteramos de algunos de los nombres inequívocos adoptados por las peñas de hinchas femeninas: El harén, del Extremadura, La Regenta, del Real Oviedo, y Sostenes Rojiblancos, del Pupas, es decir, del Atlético de Madrid.

Es un libro tan exhaustivo en su consideración de la relación del fútbol con el idioma, y viceversa, que solo echo de menos tres datos. El primero es que no se nombra para nada el filme ¡Campeones!, de 1943 (como Don Manolito), donde intervinieron tres mitos del fútbol español: el defensa Jacinto Quincoces, el puntero izquierdo Guillermo Gorostiza y el que se considera mejor arquero de la historia, el legendario Ricardo Zamora. El segundo dato que echo de menos, al hablar del pegapega o marcaje individual, es el nombre de Mangriñán, centrocampista del Valencia que en un partido contra el Real Madrid, en el estadio de Chamartín, se convirtió en la sombra limpia e inseparable del gran Alfredo di Stéfano, hasta anularlo por completo; durante años, en España, a ese tipo de marcaje hombre a hombre se le llamaba “marcaje Mangriñán”.

Y el tercer dato que falta se encuentra (mejor dicho: no se encuentra) en el párrafo dedicado al uso de términos religiosos en el fútbol: Catedral para designar un estadio (en España el de San Mamés, del Athletic de Bilbao); David y Goliat para el enfrentamiento entre equipos de desigual potencial; Llegar y besar el santo para referirse a que anota un gol un jugador recién ingresado al terreno de juego; etcétera. Pero juiciosamente, a mi juicio, Castañón ignora la mano de Dios, como símbolo de un acto antideportivo. Bien hecho.

Solo me queda resumir mi apasionada lectura del libro remitiéndome a una frase de lo más preñado (Unamuno dixit!) y que encontré en el prólogo: “Hablar de fútbol se ha convertido en un metadeporte”. Hinchas del idioma lo demuestra, como digo, por goleada. “Sete um”, diría un brasileño, recordando la semifinal Alemania–Brasil del Mundial del 14.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Leer completo