Un día como hoy, pero de 1921, nació Joseph Beuys, que se convertiría en uno de los artistas contemporáneos más importantes de su tiempo. El siguiente ensayo se adentra de manera personal en la vida y obra de un hombre que se batió como pocos para ensanchar los límites del arte.

Una de las cosas que más simpáticas me resultan en nexos es que la redacción no se limita a los aniversarios redondos (cincuentenarios, centenarios, bicentenarios), sino que extiende su atención a los que no lo son, casi como haciéndole caso a Enrique Vila-Matas, que en 1997 se sacó de la manga un volumen titulado Para acabar con los números redondos, con algunas efemérides como los 82 años de la venida al mundo de Octavio Paz. Así pues, y al amparo de ese doble aval heterodoxo, me apresto a pasar a la pantallas unas notas que solo tenía en soporte papel, para celebrar ahora el 97 aniversario del nacimiento de nadie menos que Joseph Beuys, el hombre del sombrero.

* * *

Mi primer encuentro con la obra de Beuys fue tardío y por completo desconsolador, al menos por lo que atañe a mi comprensión del arte. Sucedió en Mannheim un día que entré a visitar su famoso museo, la Kunsthalle. Subí la escalera, y lo primero que vi, a la derecha, en una especie de vestíbulo, fue un perchero espléndido, primoroso, de los que ya no se estilan, una especie de árbol con armazón de diminuto miriñaque por debajo, y por encima una corona de indolentes signos de interrogación: y colgado de uno de ellos, un sombrero. Mirando al sesgo, como El Bosco en El jardín de las delicias, le comenté a mi acompañante que no entendía por qué el perchero no estaba abajo, junto a la boletería y el guardarropas; y ella, un tanto insegura (no de sus conocimientos, sino de si no era que yo le volvía a gastar una más de mis pesadas bromas), me replicó que, bueno, ni siquiera un Beuys podría ser desacralizado de esa forma. La sobria iluminación del lugar camufló casi por entero mi instantánea explosión de rubor.

Así es que empecé a preocuparme por la puesta al día de mis nociones en materia de arte contemporáneo. Y como este es un texto sobre Beuys, escribo arte y no Arte. Porque el arte es vida y la vida es arte, según lo formuló el maestro, el gurú, el chamán, el mesías nacido en Krefeld un día capicúa, el 12.5.21. En Krefeld, es decir, en un enclave celta y católico, en una isla pegada a la costa del calvinismo neerlandés. Ese catolicismo de Beuys, que le fue imbuido a través de una educación bastante estricta, lo vacunaría en contra del nazismo. Pero no hasta el extremo de no permitirle gozar con las excursiones de las Juventudes Hitlerianas, a las que perteneció: sus comentarios al respecto son sinceros y desarman cualquier sospecha de permeabilización ideológica, pero no deja de ser curioso que su riguroso contemporáneo, Heinrich Böll, quien luego sería uno de sus mejores amigos, lograra escabullirse de semejante experiencia.

Sea como fuere, mi puesta al día en materia de arte contemporáneo y, sobre todo, en la obra de Beuys, comenzó siendo una gran desilusión. Lograba entender, y llegar a aplaudir, algunas de las ideas del profesor de arte Beuys: el artista Beuys, en cambio, no conmovía ninguna fibra de mi alma ni estimulaba lo más mínimo mi decidida vocación de aggiornamento, más bien me hacía añorar a Rodin.

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Una añoranza literal. Un día de feroz invierno parisino, en el Centre Pompidou, me reencontré con la obra de Beuys, esta vez un Beuys macromegálico, acumulación de volúmenes de fieltro ocupando un espacio en el que, a ojo de buen cubero, cabría una docena de Rodin de regular tamaño. Salí casi a la carrera, tomé el Métro y no paré hasta llegar a la Maison Rodin, uno de los más bellos museos de la ciudad, un oasis de arte y de paz en pleno centro, cerca de Los Inválidos. Y allí comenzó (por paradoja) a revelárseme un secreto de la escultura posterior al creador de Los burgueses de Calais, El beso y el impresionante Balzac. Rodin significa una cumbre, y a partir de él hay que volver a bajar al llano, lo que se hizo por dos caminos: uno de ellos es el de la simplificación y la deformación, la codificación de las líneas esenciales (Käthe Kollwitz, Giacometti, Moore); el otro es el de la invención del espacio, una escultura no será ya algo que se agote en un objeto más o menos grande, una escultura puede ser también una habitación y lo que en ella se encuentre. Pensé en el Segal que tenemos en Colonia, en el Museo Ludwig, ese transeúnte vestido con una gabardina, las manos metidas en los bolsillos, pasando delante de la cristalera de un café tras la cual hay también una figura única, de mujer, sentada junto a un velador: una tridimensionalización de alguno de los mejores Hopper, un alucinante paralelepípedo de soledad urbana. ¿Y Beuys?, me pregunté. Beuys había intentado bajar al llano por los dos caminos, y en ello residía con bastante seguridad la entretanto evidente esencia de su grandeza: en la grandeza del intento.

Kunst kommt von künden (=arte viene de articular[se], de anunciar, de expresar[se], de hacer saber, de dar a conocer”. Así se lo explicitó Beuys a alguien que le preguntó en un auditorio, añadiendo como de costumbre la ecuación equiparatoria, la de que el arte es vida y la vida es arte… solo que entonces salía de dentro de uno la sirvienta respondona que nos habita: ¿Y la muerte entonces? ¿No será la muerte al mismo tiempo que negación de la vida, negación también del arte? O para preguntarlo de otro modo: si usted piensa así, Joseph Beuys, ¿qué pasará con su arte cuando usted se muera? Y esta era para mí la cuestión fundamental cuando el 19 de febrero de 1988 se abrió al público, en el Gropius Bau de Berlín occidental, la magna exposición Beuys con que la entonces ex capital de Alemania inauguró su condición de capital cultural europea de aquel año.

* * *

Fue ahí, en el Gropius Bau, en 1982, donde tuvo lugar mi tercer choque —seamos sinceros— con la obra de Joseph Beuys. Albergaba entonces el Gropius Bau una exposición magna, Zeitgeist. El espíritu de una época. Uno llegaba allá saliendo de la boca de Metro frente al Checkpoint Charlie —las barreras entre el sector estadounidense y la capital de la RDA—, caminando luego unos 300 m con el ominoso Muro a la derecha, un sector del Muro de los más recargados de grafitis y pintadas de una creatividad a veces lujosa y museable; y pasando también, don’t forget!, delante del baldío donde un día se alzó la sede de la Gestapo.

El Gropius Bau, con sus cicatrices de la guerra, aún seguía siendo un hermoso edificio, con un inmenso patio central al que dan las galerías de sus pisos. Y durante la exposición Zeitgeist ese patio estaba ocupado íntegramente con un Beuys que se titulaba Taller. La impresión que causaba es que los obreros dedicados a reparar la construcción no habían tenido tiempo de limpiar el patio antes de que la exposición abriera sus puertas. Esta vez me tocó a mí hacer de experto en arte frente a una novelista colombiana que miraba aquello angustiada y no sabía qué decir. “Es un Beuys”, le expliqué.

Hasta entonces yo había avanzado (y espero que el lector conmigo) en el acercamiento a Beuys, y es por ello que escribo este texto así, porque no creo que la impresión primera de quienes se enfrentan a su obra sea muy distinta de la mía, o la del resto de los mortales. Y además había vuelto a recordar una frase que me acompaña, aunque sea de un modo subliminal, desde hace ya más de medio siglo, y con la cual titulé la única plaquete de poemas que he publicado en mi vida, en 1994. Es una frase que encontré en unas críticas de arte de Charles Baudelaire: el arte, según Baudelaire, no sería mucho más que “un poco de basura cuidadosamente seleccionada”.

Por lo demás, hasta entonces me había ido enterando de la abigarrada biografía de Beuys, que incluye episodios de a deveras espectaculares. Por ejemplo, el derribo de su avión, un JU 87, en la Unión Soviética: alcanzado por la artillería del Ejército Rojo, el JU 87 logra regresar detrás de las líneas alemanas, pero se estrella, y Beuys es encontrado, casi convertido en un témpano, por unos tártaros que lo cuidan calentándolo con grasa animal y envolviéndolo en fieltro, hasta que lo rescató una patrulla de la Wehrmacht.

¿Cómo no explicarse, a la vista de esta salvación casi milagrosa, la predilección de Beuys por la grasa y el fieltro como materiales predominantes en muchas de sus creaciones artísticas de años después? El fieltro, asimismo, le serviría de cobertura salvaguardadora cuando en 1974 se encerró durante cuatro días en una habitación de la galería de René Block, en Nueva York, con un coyote salvaje: su acción se tituló I like America and America likes Me. La vanguardia artística ha superado aquí la barrera de las convenciones visuales consuetudinarias, lo que no sé si atino al llamarlo la retinización del arte. Al mismo tiempo, y tampoco sé si en ello no había un guiño de profunda ironía, Beuys se ha metido durante esa acción en Manhattan en la misma boca del lobo: la ironía consistiría en haber sustituido al lobo por un coyote. Y es que Beuys, a esa altura del partido, era ya el único artista europeo que podía oponerse sin ningún temor a las consecuencias al imperialismo estético desarrollado por los USA desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Beuys va y les planta cara en su propio feudo: Opart, Popart, Informel… Todo eso está ya más que passé, parece querer decirle Beuys a los “amis”.

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Un día de Navidad, la del 83, el cuarto encuentro con la obra del hombre del sombrero. En su lujosa ermita de Heidelberg, el escritor y traductor catalán Víctor Canicio me regala un Beuys. Es un cuarteto de tarjetas postales dispuestas en rectángulo (dos arriba y dos abajo), se trata de una prueba de imprenta del proceso de producción múltiple en planchas de a cuatro. Beuys está de espaldas y contempla los pliegues de una cortina de fieltro que ocupa el fondo. Beuys se dejaba fotografiar a gusto por Klaus Staeck, otro de los grandes del arte contemporáneo alemán, amén de galerista en Heidelberg. Las fotos de Staeck se multiplicaban como tarjetas postales, pero Beuys, que era un hombre de un cuidado meticuloso, un artesano concienzudo hasta cuando trabajase con el material más deleznable, vigilaba la impresión de esas postales. Y luego endosaba con su firma las pruebas de imprenta, todas distintas entre sí, con lo cual cada una constituía lo que en alemán se llama “ein Unikat” (=una pieza única]).

Tengo delante mi Beuys mientras transcribo estas líneas y recapacito en el largo trayecto hecho desde el susto hasta el gusto por la obra de este hombre. Rememoro momentos que considero claves de su actividad artística y política. Por ejemplo la fundación del Partido Alemán de los Estudiantes, en 1967. Antes, en 1966, el 15 de diciembre, su acción titulada Manresa, una de las pocas conexiones españolas de su obra: un recuerdo del lugar donde Íñigo de Loyola inicia la composición de sus Ejercicios Espirituales; el de Beuys consiste en un crucifijo dividido verticalmente en dos, la mitad de la derecha es un objeto de fieltro, la mitad izquierda está pintada con tiza en la pared y marcada con una n, que indica que aquella es una zona en espera de ser completada.

¿Cómo olvidar, en este punto, su postal italiana mostrando al Sagrado Corazón de Jesús en una de sus versiones como de chapa de puerta en la casa de una familia católica a marchamartillo, y encima, manuscrito por Beuys, el rótulo: “El inventor de la máquina de vapor”? Otro momento inolvidable es también, claro está, el del 1.º de mayo de 1972, cuando Beuys, en una acción programada por la galería neoyorquina donde se encerró en su día con un coyote, se puso a barrer con una escoba roja las aceras de la Plaza Karl Marx, en Berlín. O bien Beuys, con la cabeza embadurnada de miel y una liebre muerta en los brazos, en la acción Cómo explicarle los cuadros a una liebre muerta.

Y no olvidar, por supuesto, la estrecha y fructífera simbiosis Beuys y la dokumenta de Kassel, que culminó en 1982 con la acción 7.000 robles, una nítida propuesta de corte ecologista (Beuys fue candidato del Partido de los Verdes al parlamento federal), 7.000 robles de los que en la siguiente dokumenta ya se habían plantado nada menos que 3.500, teniendo como lema “Arborización en lugar de Administración”. Días antes, el 10 de junio, en Bonn, en la pradera ribereña del Rhin, durante una manifestación pacifista, Beuys lanza la consigna “Sol en vez de Reagan” (jugando con la fonética del apellido del presidente actor de la serie B, que se pronuncia como la palabra alemana “Regen”=lluvia).

O Beuys cruzando el Rhin en 1973 desde su orilla de Oberkassel a la derecha, donde se asienta Düsseldorf, capital del Land Renania–Westfalia, en una canoa hecha del tronco de un árbol por su discípulo Anatol Herzfeld; una acción llevada a cabo para reincorporar de manera simbólica al maestro a la Academia Regional de Bellas Artes, de la que fue exonerado por Johannes Rau, entonces ministro de Ciencias y posteriormente presidente de ese Land y candidato a la cancillería federal; el mismo Rau que años después, en 1988, por una de esas paradojas que se permiten los políticos sin ruborizarse, inauguró una exposición de la obra temprana de Beuys en Berlín oriental y escribió en el catálogo: “La irradiación de su obra no se puede apagar con su muerte en enero de 1986”.

* * *

Tantos Beuys distintos y un solo Beuys verdadero. Aquel que se batió por un concepto ampliado del arte, por una plástica que él llamaba social (implicando en ella el espacio, desobjetivizando el arte). Aquel Beuys que dijo, transmitiendo un mensaje cristiano: “Cuando se ven mis obras, allí me aparezco”. Pero el misticismo de Beuys es capítulo aparte y, como diría Borges, prescindible: ¿qué misticismo resiste la confrontación con una póliza de seguros de más de 30 millones de dólares por los 122 objetos expuestos en 1988 en la exposición que se le dedicó, también en el Gropius Bau, en Berlín occidental? Eso para no hablar de las cifras que alcanzan en estos momentos las producciones más nimias del maestro de Krefeld, a condición de que lleven su firma, de su puño y letra. (Miro mi Beuys y me siento rico).

* * *

No querría dejar de mencionar un libro muy bello que editó Klaus Staeck en homenaje a Beuys poco después de su muerte. Se titula Sin la rosa no lo haremos —es una frase del propio Beuys— y en él se recogen trabajos de artistas de todo el mundo (Cage, Christo, Nam June Paik, Kagel, Panamarenko, Rauschenberg, Warhol, por citar solo unos cuantos) que de este modo querían contribuir al mayor esplendor de los 65 años del hombre del sombrero: los hubiera cumplido el 12 de mayo de 1986, pero la muerte le dio alcance un par de meses antes. En ese libro están presentes tres artistas españoles: la participación de uno de ellos, Eduardo Arroyo, fue el fruto de una acción telefónica entre Heidelberg, Colonia y Madrid; los otros dos fueron Antoni Tàpies y Eduardo Chillida.

Antoni Tàpies, en un texto de presurosa caligrafía, dice lo que sigue: “La desaparición de Joseph Beuys me ha producido una sensación parecida a la pérdida de un pariente más joven, a pesar de que tenía un par de años más que yo. Puede ser que ello me parezca así porque empezó a ser conocido con posterioridad a mis primeras salidas a los escenarios artísticos de París, Nueva York… y hasta de Düsseldorf, la ciudad donde él vivía. El caso es que siempre lo consideré como un hermano menor querido, frágil y vulnerable, por quien había que velar”.

¡Y tanto que había que velar! Como dijo en su poema Heinrich Böll: “Ay Beuys, ten cuidado. / Contigo sobra y basta”. Aún quedan expertos en Arte (aquí sí con mayúscula) cuya opinión acerca de Beuys es que se trata de un gran impostor. Ahora bien, en mi experiencia, todos los grandes artistas son impostores, de una u otra forma, y conste que con ello no estoy queriendo decir que Beuys haya sido un gran artista, mi competencia en la materia es casi nula. Lo que quiero decir es que simplemente su impostura no bastaría, supuesto el caso, para descalificarlo como artista, casi todo lo contrario. Siquiera fuese solo por eso, habría que sacarse el sombrero delante de su obra. Un buen sombrero, naturalmente de fieltro.

* * *

Last but not least: desearía cerrar este texto con mi traducción del poema que Heinrich Böll le dedicó a Beuys cuando este cumplió los 60, y que epigrafió “In memoriam Rudi Dutschke”:

Ten cuidado Beuys
En la congeladora de la fama
incontrovertido en ese glaciar rodante
tu miel podría tornarse arena

Envuelto en fama
hasta la pobreza les resultaría
condimento para paladares hastiados
puede ser que aun sin tragarte
se atraganten

Si fueras lo que creen que eres
no puedes ser lo que son: encordados
en todos los glaciares
con feroz inocencia

No olvides Beuys
al tantas veces tedescrucificado
al Rudi al Dutschke
ahí sigue en un rincón
tirita ayuna sonríe olvidado

Encasquétale tu sombrero
vístelo con tu chaleco
dale la miel
cómprate bufanda chaqueta boina
en la esquina
ven con el coyote
Calentaos en la fogata pastoril de los sin gloria

En el convento de la adoración eterna
(allí tuve una tía, ¿acaso tú no?)
sentí siempre tanto frío
sólo la poesía de las tentaciones
me calentaba

Ay Beuys, ten cuidado
Contigo sobra y basta.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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Con motivo del centenario del nacimiento de Heinrich Böll he preferido dejar a los expertos la tarea de hablarnos del autor y de su importancia en la historia de la literatura alemana, muy en especial en un momento histórico como la liberación del nazismo. Decidí concentrarme en un aspecto harto desconocido de su obra y su personalidad: las relaciones de ambas con América Latina, y para ello me he valido del viejo y acreditado expediente del abecedario.


A DE AMÉRICA LATINA
“Quienquiera que se considere vinculado al continente, formando parte de él, no puede aceptar el papel desempeñado por la Iglesia hasta hace, digamos, unos diez años. Pero tengo la impresión de que lo religioso, quizás incluso lo católico, regresará purificado a nosotros algún día, desde América Latina, ese continente cruelmente evangelizado. Lo que veo, lo que oigo de los pocos sacerdotes y obispos verdaderamente comprometidos de América Latina, me da la impresión de que el Cristianismo tal vez comience algún día. También aquí”.
[Durante la entrevista que le hice el 16.11.1982, para mi emisora, la Radio Deutsche Welle]

B DE BOLIVIA
“El Testimonio de Domitila no es un texto escrito, sino hablado. Me parece positivo que se haya mantenido la fluidez conversacional y no se hayan eliminado las fórmulas coloquiales.
De este modo se ha podido conservar la voz —una voz clara, inteligente y sensible— hasta en los detalles más delicados. Asombra la complejidad vital de esta “sencilla” mujer de un minero boliviano. En primer lugar en el plano más duro, el económico, donde se trata de la mera supervivencia: la leche, el maíz, el pan y la vivienda. Comprende el contexto político de las intolerables condiciones y circunstancias; de allí se deriva su análisis político y se produce —gracias a Dios todavía se puede usar esta palabra— un proceso de concienciación. Esta, a su vez, genera actividad y, luego, acción: se fundan los comités de amas de casa”.
[Del prólogo de Böll a la traducción alemana del libro de la brasileña Moema Viezzer, Si se me permite hablar… Testimonio de Domitila, mujer de la zona minera boliviana. (Ver N)

C DE CERVANTES
“Es curioso que entre los autores preferidos por Freud en sus lectura privadas predominen los británicos, con la excepción del danés Jens P. Jacobsen, del neerlandés Multatuli (Edward Douwes Dekker) y del gran Cervantes. Todos, excepto Cervantes, de la Europa nórdica o noroccidental, todos de países por donde había pasado la Reforma, donde las estructuras de la nueva Iglesia ya se desmoronaban y donde la burguesía ya había avanzado mucho más de lo que se podía esperar en la Alemania contemporánea de Freud. Como único católico (¿no sería mejor decir ‘católico’?) queda Cervantes. Sin embargo, todos tienen algo en común: crítica y rebelión contra la sociedad, deseo de introducir reformas, rebelión contra la hipocresía”.
[Fragmento del texto “¿Qué leía Hindenburg?”, de 1975]

D DE DON ENRIQUE
Así fue como le llamé siempre, porque el formal “Herr Böll” me resultaba poco o nada para nombrar a alguien tan entrañable, y además el castellano era el segundo idioma en su familia. Don Enrique se titula asimismo la única antología integral de su obra en este idioma nuestro, realizada por mí siguiendo un encargo de la familia Böll y de la Fundación Heinrich Böll (del partido de Los Verdes), y que se editó en La Paz, Bolivia, el año 1995.

E DE ERNESTO CARDENAL
“En un cuarto de trabajo / Ernesto / tengo fotos / de la mujer de mi vida / de hijos nueras / nietos / amigos muertos / y una foto de la mesa de trabajo / de Otto Hahn / modesta la mesa / casi pobre / en la que sucedió algo tan formidable / se ve la mesa / como si un colegial / hubiese hecho un par de experimentos / y sin embargo / sobre esa pobre mesa / se liberaron energías inconcebibles / En el otro cuarto de trabajo / (sí, tengo dos, Ernesto) / tengo también a la familia / y los amigos / y una foto tuya / donde se te ve arrodillado / sonriente / ante el índice amenazador de Karol Woytila / ¡maldito socialista / que te sigues llamando / sacerdote y católico, / qué malo que sos! / Yo no sé / si podrán ustedes seguir sonriendo / bajo el puño amenazante de Reagan / Yo no sé / si podrán / sostenerse / los centavos de vuestra pobreza / la descomunal energía de la miseria / contra la estupidez de la riqueza / de los millones de dólares / Qué facil podría Woytila / convertir el dedo amenazador / en mano que bendice / duplicar los millones ambrosianos / energías del Vaticano / (derrochadas en el Banco Ambrosiano) / para Managua / Brindo porque sigan siendo / lo que yo les deseo / socialistas sonrientes / y no obstante –¡oh milagro!– / católicos / quizás hasta cristianos”.
[“A Ernesto Cardenal al cumplir los 60”, poema fechado en 1985]

F DE FRANCO   
“Dicen que la Unión Soviética intenta acercarse a España y que Grecia pronto reconocerá a la RDA. ¿Significará eso que Papadopoulos intercederá a favor del cantautor Wolf Biermann o que Honecker lo hará en favor de los escritores griegos detenidos y censurados? ¿Hará el generalísimo Franco algo por Aleksandr Solzhenitsyn y por Vladimir Bukovsky? ¿Hará el señor Brezhnev algo por los editores y escritores Castellet, Cirici, Curucull, Fauli, Manet y Triadu, condenados a pagar una multa de 100.000 marcos por haber cometido el increíble crimen de participar en el jurado de los tradicionales Jocs Florals?”.
[Fragmento de “Bienvenida, intromisión”, texto publicado originalmente en The New York Times el 18.2.1973]

G DE GARCÍA MÁRQUEZ
“[La obra de García Márquez] la considero un fenómeno excepcional. Excepcional por cuanto en ella coinciden plenamente lo que llamamos compromiso y lo que llamamos poesía. Esa distinción tan específicamente burguesa entre literatura comprometida y literatura dizque pura, distinción que a mí me parece esquizofrénica, es algo que no existe para nada en la obra de García Márquez. Esto es lo que la hace excepcional, y para mí también es excepcional en el seno de la literatura latinoamericana. En los casos de Sabato, de Vargas Llosa, a quienes tanto estimo como autores, se puede percibir aún esa separación, una separación típicamente europea, entre literatura pura y literatura comprometida. En García Márquez está eliminada por completo, ambos elementos conforman una unidad, y en ese sentido configuran un mentís total a la separación en literatura de uno y otro tipo. Eso me parece excepcional en él, porque él es total en ambas direcciones. Una figura sorprendente en la Literatura”.
[En la entrevista que le hice el 16.11.1982]

H DE HEIDELBERG
Para la buena comprensión del cuento “Viajas demasiado a Heidelberg” es preciso saber que en los tensos años de la banda Baader–Meinhof y la histeria social a que dio lugar, esa ciudad universitaria se consideraba la más peligrosa políticamente de toda la República Federal de Alemania. Y el protagonista del cuento viajaba demasiado a Heidelberg para encontrarse con sus amigos chilenos exiliados del régimen criminal de Pinochet, ergo izquierdistas.

I DE INSTITUTO LINGÜÍSTICO DE VERANO [=SIL]
Hablando del trabajo de este caballo de Troya [The Summer Institut of Linguistics] dice Böll:
“La Lingüística consigue la admisión en Estados antirreligiosos y anticlericales, como lo fue México. Además, los miembros del SIL fueron y son bienvenidos, científicamente porque registran los idiomas de las tribus, políticamente porque predican la obediencia a cualquier precio, pragmáticamente porque —munidos al parecer de inmensos recursos económicos—contribuyen a mejorar, e incluso crear, la infraestructura: líneas aéreas, pistas de aterrizaje, estaciones de radio, clínicas. Estos son los obsequios visibles. Los invisibles no son menos eficaces: la inconmovible idea de que su way of life es el único correcto, unos Estados Unidos clase media del Medio Oeste malignamente reducidos a ‘bigudíes y budín envasado’. Lo que pasa es que los EE.UU. consisten en algo más que papillotes y budín envasado, y muchos norteamericanos se estremecen pensando en esos EE.UU. clase media del Medio Oeste, a los que nadie quisiera negarles el derecho a seguir su way of life, el cual incluso puede tener una cierta amenidad. La cuestión es si ése podría ser el camino correcto para las tribus indígenas: reducir la Buena Nueva a la propagación de la propiedad privada y el individualismo, a la aptitud y el éxito en un sentido occidental, valores todos ellos que son extraños a la cultura indígena, según lo demuestran todos los estudios recopilados aquí, con distintas tribus en distintos países (Brasil, Colombia, Bolivia, Ecuador y México)”.
[Fragmento de la reseña del libro Is God an American?, de Søren Hvalkof y Peter Aaby, cuya traducción al alemán por Annemarie Böll publicó la editorial Lamuv en 1981] (Ver V y W)

J DE JUSTICIA
Böll era coloniense y vivió largos años a la vuelta de la esquina del imponente edificio que es la sede de los Juzgados Regionales, donde años ha se dedicó una exposición al tema “Böll y la Justicia”, en la cual, por fin, se le hizo justicia a Böll. Él mismo dejó descrito el edificio en un texto localmente famoso: “Domina este barrio el gran palacio con una extensa fachada: atrae a muchos visitantes porque en él reside la gran dama de los ojos vendados. Sería injusto decir que la dama sea improductiva en su palacio, es completamente seguro que hay algo que se produce en sus dominios: polvo, ese polvo especial que se acumula sobre los legajos”. Los responsables de la exposición que les cuento decidieron soplar ese polvo especial acumulado sobre varios legajos. Y gracias a ello conocimos la documentación sobre el juicio mantenido por Böll contra un comentarista de la TV alemana que lo acusó pérfidamente de ser un incitador al terrorismo de izquierda, la luego famosa banda Baader–Meinhof. Y es que pocas veces ha habido en la historia de la literatura un autor más calumniado y perseguido que Heinrich Böll. Siendo ya Premio Nobel, y una persona íntegra e insospechable desde siempre, su casa y las de dos de sus hijos fueron una y otra vez blanco de la violación policíaca (no policial). Una violación a veces noticiada incluso antes de que hubiese tenido lugar, ¡pero como trámite ya sucedido!, por un diario amarillista: siempre el mismo. Lo que no habla precisamente en favor de la imparcialidad de la policía frente al inculpado, en un Estado dizque de Derecho: la prensa, cierta prensa, estaba ya informada de antemano. Se me puede tachar de cínico por lo que voy a expresar ahora, pero en el fondo estoy contento de que así sucediera: ello nos deparó una obra maestra más de Böll, su narración titulada El honor perdido de Katharina Blum, en la que desenmascaró de manera magistral el modus operandi (criminal) de la tal prensa. Y dicho sea de paso, sería bueno que la estatua de la diosa Justicia, en el palacio de los Juzgados Regionales de Colonia, ostentase de una vez para siempre el rostro de Katharina Blum, y que detrás de su proverbial venda nos mirasen invisibles los ojos “claros, serenos” de esa heroína de Heinrich Böll. (Ver R y U)

K DE KÖLN [=COLONIA]
“Los europeos también somos hijos de una colonización. Nosotros, los alemanes, lo somos de todos modos, y los de esta zona de la Renania de una manera muy especial. Somos el producto final de la colonización romana, que fue dolorosa pero que hizo que fuésemos lo que somos. En realidad somos colonizados, y el nombre de la ciudad en la que nos encontramos ahora es algo que lo dice expresamente: Colonia, fuimos una colonia. En ello no veo nada denigrante”.
[En la entrevista que le hice el 16.11.1982]

L DE LAS CASAS
“Imputarle los problemas de América Latina al marxismo y al comunismo es un error histórico, reposa sobre un enjuiciamiento superficial de su historia. No fueron los marxistas los primeros en hablar de explotación, opresión, esclavitud y genocidio, lo hizo antes —300 años antes de nacer Marx— un cierto Bartolomé de las Casas, obispo, dominico, en sus extensas Relaciones al emperador Carlos V. El hecho de que sus informes tengan un cierto parecido con los que 300 años después escribió Friedrich Engels acerca de los obreros ingleses, no convierte a Las Casas en un precusor del marxismo, sino al marxismo en una consecuencia de las ocasiones perdidas que han expuesto los teólogos de la liberación”.
[Fragmento de un texto de 1985]

M DE MADRID
A los trece años lo proclamaron rey de Capota. A los catorce, con calificaciones escolares bastante bajas pero casado ya con Jadwiga, de once años e hija del primer ministro, huye con ella de una rebelión del Ejército por haberse negado a firmar una condena de muerte. En su huida se unen a un circo ambulante con el que un buen día llegan a España: “Teníamos una función en Madrid. Me paseaba de mañanita con Jadwiga por la ciudad, cuando llamó nuestra atención un gran edificio gris con el rótulo Museo Nacional. ‘Vamos a verlo’, dijo Jadwiga. Entramos en el museo y fuimos a dar a una de las grandes salas apartadas en la que colgaba el cartel ‘Paleografía’. Sin pensar en nada contemplamos los escritos de diversos presidentes y reyes hasta que llegamos a una vitrina en la que estaba pegada una delgada etiqueta blanca: ‘Reino de Capota, República desde hace dos años’. Vi la escritura de mi abuelo Wuck XL, un retazo del famoso manifiesto capótico que redactó con su propia mano, descubrí una hoja del diario de caza de mi padre, y finalmente un pedacito de mi cuaderno escolar, un trocito de papel sucio en el que leí: ‘El qien madruja dios le halluda’. Me volví avergonzado a Jadwiga, pero ella se limitó a sonreír y dijo: ‘Ya te has librado de eso para siempre’”.
[Fragmento del lindo (e irónico) cuento “Recuerdos de un joven rey”, de 1953]

N DE NUERAS
Dos de las nueras de Böll, las esposas de sus hijos René y Vincent, son ecuatorianas. Carmen Alicia, la madre de Samay (Ver S), fue asimismo cotraductora, con su esposo René, del libro Si se me permite hablar… Testimonio de Domitila, mujer de la zona minera boliviana. (Ver B)

O DE OLLANTAY
Un dato anecdótico interesantísimo acerca de la relación que el autor de Opiniones de un clown mantenía con Latinoamérica, es que el departamento de radioteatro de la WDR [=Radio Colonia], le encargó allá por 1979 la versión radiofónica del drama incaico Ollantay: Böll se limitó a elaborar un “borrador de trabajo” de 62 páginas (del que poseo una copia) sobre el cual no volvió nunca; era evidente que no le satisfacía el final feliz del viejo drama y no veía modo ni manera de reestructurarlo sin falsear el original.

P DE PUERTO PRÍNCIPE
“¿Cuántas bienaventuranzas le ha traído a Haití la economía libre? ¿Puede plantearse esta pregunta, y puede plantearse esta otra pregunta?: ¿Quién se manifiesta en Puerto Príncipe? Yo soy cobarde para hacerlo, pero ¿podrían quizás arriesgarse a hacerlo un par de diputados norteamericanos? También soy demasiado cobarde para ocultar una pancarta bajo mi camisa, viajar a Praga y desplegarla allí: ‘¡Libertad para Václav Havel!’ El valor tiene que ver mucho con los nervios, y yo no tengo ni el valor ni los nervios. Quizás el Sr. Hengsbach, obispo de Essen, tenga el valor y los nervios para ocultar una pancarta bajo su sotana, volar a La Paz y desplegar allí un oculto regalo: ‘¡Sindicatos libres en Bolivia!’ ¡Ob Baby Doc, tú, piadoso protector de la libre empresa! ¿rezas tú también con fervor tus oraciones por Polonia?”
[Fragmento de un texto de 1982]

Q DE QUITO
En 1979 viajó Heinrich Böll a Quito, donde enfermó y tuvo que ser operado.

R DE RENÉ BÖLL
Nacido en 1948, René es el mayor de los dos hijos vivos de Heinrich Böll. Pintor con una seria y exitosa trayectoria, se ocupa además como albacea del legado paterno. Por los años 70 fundó la editorial Lamuv, donde publicó varios libros de autores comprometidos de América Latina, así como con la problemática socio–política latinoamericana, pero también el de cuentos de su padre que incluye “Viajas demasiado a Heidelberg”, el cual dio título al volumen. (Ver H y J)

S DE SAMAY  
Samay, la hija de Carmen Alicia y René, fue el primer nieto de Heinrich Böll, y a ella, en su primer álbum, le dejó escrito su abuelo el bello poema que dice así, en mi aproximación: “De muy lejos venimos / pasñachallay / y hemos de ir muy lejos / no tengas miedo / todos están contigo / los que te precedieron / tu madre tu padre / y todos los que les precedieron / desde mucho, mucho antes / no tengas miedo / de muy lejos venimos / y hemos de ir muy lejos / pasñachallay”. (Ver Y)

T DE TERESA DE ÁVILA
En 1978 apareció en la editorial Fischer el volumen Mein Lesebuch [Mi libro de lecturas], de Heinrich Böll, siendo el segundo de una colección inaugurada meses antes con el similar de Hubert Fichte. Entre las lecturas seleccionadas por Böll se encuentran dos cartas de la santa Teresa de Jesús, una desde su Ávila natal al rey Felipe II, el 4.12.1557, y otra, asimismo desde Ávila, al padre Jerónimo Gracián, el 8.5.1578.

U DE UCASE CONTRA LOS “RADICALES”
El tristemente célebre Radikalenerlass del 18.2.1972, prohibía el ejercicio de su profesión en el servicio público a quienes la Oficina Federal de Defensa de la Constitución (el servicio secreto interno alemán) les atestiguase ideas o contactos que fuesen nocivos para el orden democrático fundamental del país. Como resultado del mismo, hasta 1991, en que se derogó el ucase, fueron controladas 3,5 millones de personas, entre las cuales se contaban profesionales de la educación y de correos y telégrafos, asi como ferroviarios, cuya única posibilidad de desempeño profesional era justamente el servicio público. Pese al control masivo, tan sólo unas 260 personas fueron exoneradas de sus puestos, y 1.250 no pudieron acceder a un trabajo acorde con sus cualificaciones. Entre ellas, el protagonista del cuento “Viajas demasiado a Heidelberg”, donde iba a encontrarse con sus amigos chilenos Teresa y Diego, acerca del cual existía un informe desfavorable de la Oficina Federal antes mentada. La histeria dominante en el establecimiento alemán hizo que también cayesen en la mira de dicha Oficina Federal unos alemanes intachables como los Böll, uno de los cuales, para más inri, regentaba una editorial que publicaba libros poco menos que “subversivos”; entre otros, por ejemplo, el testimonio de la minera boliviana. (Ver B y J)

V DE LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA
“La pregunta esencial de la Humanidad, una pregunta que podría formularse en todos los continentes: ¿De quién es esta Tierra? La Tierra pertenece a aquél que le echa la zarpa, al pionero, y eso significa, en estas décadas de nuestro siglo, bajo el signo de la dependencia y la codicia de materias primas, a las compañías petroleras y de cualquier índole. Se ha descrito ya hartas veces cuán rico es este continente Latinoamérica en petróleo, gas natural, maderas preciosas, carbón, pieles, hierbas medicinales, piedras semipreciosas, metales (véase Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina), y no obstante, en ese rico continente vive un 90% de la población lindando con el mínimo existencial, y muchos por debajo de él. ‘En la mayoría de los casos’ escribe Luis A. Pereira F., polemizando violentamente con el SIL, ‘los mismos misioneros son ingenuos, y en su consecuencia son instrumentos dóciles: incapaces de darse cuenta de los fundamentos ideológicos y de los intereses políticos del sistema que los manipula’”.
[Fragmento de la reseña del libro Is God an American?, de Søren Hvalkof y Peter Aaby, cuya traducción al alemán por Annemarie Böll publicó la editorial Lamuv en 1981] (Ver I y W)

W DE WYCLIFF BIBLE TRANSLATORS
“El Summer Institut of Linguistics (SIL) y los Wycliff Bible Translators (WBT), que apenas si aparecen juntos en público, sin embargo forman un conjunto. A nivel doméstico, en EE.UU. principalmente, pero también en Inglaterra, Canadá y Alemania Federal, los WTB recaudan dinero para la labor misionera; y en el extranjero, el SIL trabaja en apariencia de un modo científico, lingüístico. A través de un extenso trabajo de campo, y analizando los resultados de ese trabajo, los doce autores han analizado a su vez los métodos y los resultados del trabajo de ambos institutos, haciéndolo de un modo crítico, lo que siempre sigue significando verificación. Y la verificación no es positiva”.
[Fragmento de la reseña del libro Is God an American?, de Søren Hvalkof y Peter Aaby, cuya traducción al alemán por Annemarie Böll publicó la editorial Lamuv en 1981] (Ver I y V)

X DE XEREZ (FRANCISCO DE), CONQUISTADOR ESPAÑOL EN EL PERÚ
En la selección de textos que hizo Böll para Mein Lesebuch [Mi libro de lecturas] (Ver T), se cuentan ocho páginas de una recopilación de testimonios de conquistadores españoles, entre ellos Francisco de Xerez. De su Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco, editada por primera vez en Sevilla, 1534, cita Böll un pasaje acerca de la pérdida de valor adquisitivo del oro frente al de otros bienes más terrenales como caballos, botijas de vino de tres azumbres, borceguíes, calzas, capas, espadas, cabezas de ajo, manos de papel y onzas de azafrán: “Muchas cosas habia que decir de los crecidos precios á que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó á que si uno debia á otro algo, le daba un pedazo de oro á bulto sin lo pesar, y aunque le diese al doble de lo que le debia no se le daba nada, y de casa en casa andan los que debian con un indio cargado de oro buscando á los acreedores para pagar lo que debían”.
[Transcripción fiel de la edición original de 1534, con su acentuación distinta a la nuestra]

Y DE YAQUINCHA WELLER
Yaquincha [=Jacqueline] Weller es una quechuóloga francesa con quien me asesoré para la traducción al quechua de la expresión alemana “liebes Kind” en el poema que Böll dedicó a su nieta (Ver S). En castellano sería algo así como “querida niña, chiquita, pequeñita, gurisita, chamaquita”, según la respectiva latitud de nuestro idioma. En un rasgo de libérrrima audacia, del que me responsabilizo por entero, quise aproximar el nombre de Samay (palabra quechua que en sentido literal significa “aliento, respiración”, pero también “gracia, hálito” en sentido poético, “descanso” en un sentido traslaticio) a una palabra asimismo quechua y de fonética bellísima. Quienes no comulguen conmigo en este caso, lean “querida niña etc.” donde creo y espero que muchos ya sólo leeremos “pasñachallay”.

Z DE ZORTZICO
El zortzico es el baile típico de Euzkadi, del País Vasco, y ello me sirve de clavo ardiendo al que agarrarme para completar este abecedario Böll con un pasaje de su novela Acto de servicio, aquel donde se encuentra una lúcida alusión al bombardeo de Guernica, la ciudad sagrada de los vascos: “El fiscal preguntó si era usual que un artista —lo dijo con abierto sarcasmo— robase el material para su obra de arte. Büren replicó de nuevo con una fantástica, acusada indolencia: dijo que querer hacer una obra de arte era una pasión tan vehemente que, desde luego, un artista siempre estaría dispuesto a robar el material; Picasso, dijo, buscó a veces materiales para sus obras de arte entre los escombros, y hubo una ocasión en que la mismísima Luftwaffe, durante algunos minutos, hizo que los motores de sus reactores de caza cooperasen en una obra de arte de esta naturaleza”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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Un día como hoy, pero de 1817, nació Theodor Mommsen, jurista, filólogo e historiador alemán que en 1902 obtuvo el Nobel de Literatura. En el siguiente ensayo, Ricardo Bada pondera la figura de este pensador mayúsculo.

La razón para querer escribir sobre Theodor Mommsen es muy personal. Cuando llegué a la Facultad de Derecho, en el alma máter de Sevilla, a comienzos de octubre de 1955, ya había leído a más de un premio Nobel de Literatura: repasando mis recuerdos puedo nombrar, con la más absoluta seguridad de no equivocarme, a Bernard Shaw, Luigi Pirandello, Eugene O’Neill, Jacinto Benavente (yo era, y lo sigo siendo, un devoto lector de obras teatrales, aunque confieso que no he sido capaz de digerir nunca una sola de Echegaray), Kipling, Tagore (traducido por Zenobia Camprubí al alimón con JRJ), Hamsun, Thomas Mann, François Mauriac, Gabriela  Mistral… de todos ellos mucho, y también algo de Sinclair Lewis, Selma Lagerlöf, Iván Bunin, Pearl S. Buck, Hesse (que me produjo harto rechazo, tanto que no pasé de un solo libro suyo, hermanándome así —sin saberlo— con Julio Cortázar), Faulkner (poquísimo traducido todavía) y Hemingway, que había ganado el Nobel del año anterior, y de Estocolmo acudió a Madrid para decirle a don Pío Baroja que era él quien debería haberlo recibido: mayor sadismo disfrazado de modestia es imposible de imaginar.

(Ahora que lo pienso, también había leído ya a varios autores que serían Nobel andando el tiempo; así, Juan Ramón (¡¡por supuesto, mi paisano!!, Nobel al año siguiente, 1956), Asturias, Neruda, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Octavio Paz…)

No pueden pues ni imaginarse mi sorpresa cuando en la Facultad, en la asignatura Derecho romano, me di de manos a boca con el hecho de que lo que tenía que estudiar era la obra de Theodor Mommsen, cuyo nombre conocía por el listado del Nobel de Literatura. Llegados a este punto será convienente aclarar que para quienes muy jóvenes, y alentados por profesores ejemplares (en mi caso por la inolvidable Srta. María Eugenia Martos), leímos a Heródoto, Tucídide y Jenofonte como altas cumbres de la literatura, no constituyó un caso anómalo el que Theodor Mommsen fuese premio Nobel de ese rubro, a pesar de no ser un escritor en el sentido que se le daba entonces a esa palabra, es decir: poeta, narrador, dramaturgo.

No, Mommsen era un historiador, pero no un historiador cualquiera sino, tal vez, y hasta sin tal vez, el mayor habido desde que Heródoto dejó escrita esa suprema metáfora que ni siquiera se le había ocurrido a un poeta: que Egipto es un don del Nilo. Y es que, en efecto, lo mejor que se haya escrito a lo largo de los siglos, acerca de la Historia y el Derecho romanos, es la obra de Mommsen. Su Historia de Roma, que leí en la edición de la Biblioteca de Premios Nobel de Aguilar, y fue mi asidua compañía en el primer año de la carrera, se puede leer mejor que muchas novelas, el hombre era historiador pero tenía dotes literarias excepcionales.

Si se detienen a considerar el fenómeno, a mí me parece fascinante, porque es evidente que las obras de (casi) todos los Nobel deben formar parte de los planes lectivos de Lengua y Literatura en sus países respectivos y, algunos, en muchísimos más. Solo que un historiador alemán sea materia lectiva en las Facultades de Derecho es un fenómeno totalmente aparte.

Pero hay más. Y es que con la lectura de su obra llegó la curiosidad por saber quién era la persona que la había escrito. Dándose la circunstancia de que, en el caso de don Mommsen, la persona era casi tan interesante como su obra, y hasta me atrevería a aventurar, del modo más herético posible, aún más interesante que la misma.

Nació el 30 de noviembre de 1817 en el seno de una familia muy modesta, su padre era pastor protestante en una pequeña feligresía dentro del territorio ducal danés de Schleswig–Holstein, cuando Dinamarca llegaba a las afueras de Hamburgo. Estudió el bachillerato en Altona, hoy un populoso barrio hamburgués, y se doctoró en Derecho, con 26 años, en la Universidad de Kiel. Ocupó sucesivamente diversas cátedras —Derecho romano, Filosofía, Historia antigua— en Leipzig, Zúrich, Breslau y Berlín, y fue el impulsor decisivo de una obra sin parangón, el Corpus Inscriptionum Latinarum, donde se recogen todas las inscripciones latinas existentes en el mundo entonces conocido, lo cual permitió una reconstrucción histórica exacta de lo que fue y significó la Roma clásica. La tarea continúa, y alcanza hoy en día un total de 180,000 epigrafías transcritas. De la magnitud de la obra de Mommsen da una idea el hecho de que, a su muerte, en 1903, ya se habían transcrito 120,000, o sea, dos tercios del total actual.

Y nuestro hombre no solo fue un científico de gabinete, también descendió a la arena de la lucha política. En 1864, después de la llamada “guerra de los Ducados”, los de Schlewig–Holstein (su tierra natal) quedaron incorporados a Prusia, de seguro que con total aquiescencia de Mommsen, entusiasta del Imperio. Y al mismo tiempo, aunque parezca paradójico, un enemigo declarado de su hacedor, el canciller von Bismarck. La hostilidad entre ambos alcanzó su punto álgido en una sentencia que condenaba a Mommsen a unos meses de cárcel, nomás que a la sentencia siguió el indulto, sin solución de continuidad: a un Mommsen, cuya autoridad científica era universalmente reconocida, cuyo prestigio alcanzaba hasta el último rincón del mundo, a un Mommsen combatiente activo contra el antisemitismo y autor de más de 1,500 publicaciones de un alto valor científico (y literario), en fin, a un Mommsen que era nada menos que ciudadano honorario de Roma, pues no se le podía encarcelar: ni siquiera un Bismarck se atrevió a hacerlo.

Este, pues, era el hombre cuya obra constituía nuestro material lectivo en el primer curso de la carrera de Leyes, asignatura Derecho romano, en la Universidad de Sevilla, bajo la égida de un catedrático tan duro como justo: don Francisco de Pelsmaeker e Iváñez. Nadie que haya sido alumno suyo podrá olvidar sus clases. ¡Y cómo olvidarlas! Nos daba un recital diario de la mejor literatura: nada menos que la obra de todo un Theodor Mommsen. Es por ello que le debo una eterna gratitud, por haberme enseñado a escribir con fundamento, y más para el oído que para el ojo. Fue con él que aprendí a entender a cabalidad aquella súplica tan ambiciosa de Juan Ramón: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas!”.

Posdata : Que no se me olvide. La cita final del texto sobre Mommsen es literal y respeta la ortografía peculiar de Juan Ramón Jiménez, o sea, “Intelijencia” es correcto. Vale.

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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A propósito del centenario luctuoso del gran Auguste Rodin, Ricardo Bada recupera y ofrece por primera vez en español los recuerdos que sobre el coloso de la escultura anotó en su diario la gran artista alemana Käthe Kollwitz.

Un año escaso antes de concluir la llamada Gran Guerra, la primera mundial, falleció en su casa de Meudon, en las afueras de París, el gran Auguste Rodin.

Fue (lo es, lo sigue siendo) uno de los más grandes escultores de todos los tiempos, el heredero universal del talento de Fidias y Praxíteles, genios de la escultura helénica, y del coloso Miguel Ángel. Quien alguna vez haya paseado por su casa y el jardín de esculturas que la rodea, hoy Museo Rodin, en el 77 de la parisina Rue de Varenne, adquiere conciencia plena y asombrada de cómo la mano del hombre puede llegar a ser asimismo una heredera de la mano del Dios de la  Biblia; solo de ella pueden haber salido obras tan perfectas como El Pensador, El Beso, Los  burgueses de Calais, La Puerta del Infierno, sus Balzacs inmensos, el desnudo y el vestido…

Una de sus grandes admiradoras fue la artista gráfica alemana Käthe Kollwitz, poco menos que desconocida en nuestro ámbito latinoamericano. Crasa injusticia pues se trata, sin duda, de una de las artistas más notables y originales de su tiempo: nació en 1867, en Königsberg, Prusia Oriental, como Kant, y falleció pocos días antes de acabar la segunda guerra mundial, el 22 de abril de 1945, en Moritzburg, Sajonia.

Aunque pintó y esculpió también, la obra a la que debe fama imperecedera son sus grabados, la mayoría de los cuales se encuentran en el museo dedicado a ella en Colonia. Un museo que nació como filial del que ya existía en Berlín y cuya capacidad llegó a tope, sin posibilidad de ampliación, por lo cual la Caja de Ahorros de Colonia ofreció financiar la implementación de un museo del mismo nombre en la ciudad donde resido. Y ese segundo museo, con el tiempo y las nuevas adquisiciones llevadas a cabo, ha terminado por convertirse en “el” Museo Käthe Kollwitz por antonomasia. A ninguno de mis amigos que me visitan en Colonia se los dejo de mostrar, y atesoro testimonios conmovedores de esas visitas, entre ellos el de una novelista argentina que terminó llorando delante de los grabados, tanta es la fuerza, tanta es la garra que sigue latiendo en ellos, tanta la pesadumbre que se desprende de sus trazos indelebles.

Ha querido la pura casualidad que hace pocos días me diera por releer los diarios de Käthe Kollwitz, al cabo de bastantes años, y de repente me encontré con lo que esta mujer sin par escribió en ellos al enterarse en Berlín, y en plena guerra con Francia, de que Rodin acababa de morir en París. Es un documento que, hasta donde logré pesquisar, nunca ha sido publicado en nuestro idioma, y me parece el mejor homenaje que puedo hacerles a ambos, a Rodin y a la Kollwitz, mi artista predilecta, este de reunirlos gracias a mi traducción cuando se cumplen cien años de la muerte del coloso. Y así, aquí, le dejo la palabra a su colega y admiradora:

Rodin ha muerto.

Cuando sea posible volver a ir a París, no encontraremos más a Rodin.

Pude verlo hace años, dos veces. La primera en su conocido estudio en la Rue de l’Université, donde recibía. La segunda en Meudon, en su museo. Esta segunda vez fue aquella cuando en realidad le conocí. Me refiero a su arte. Él mismo tenía visita, con la que departía. Me animó amistosamente a mirar todo lo que quisiera en el museo. Encontré allí reunida toda su Œuvre. Todo, también los muchos pequeños esbozos en yeso, en las vitrinas.

De manera muy nítida tengo ante mis ojos al robusto viejo. La luenga barba blanca, los ojos pequeños de mirada bondadosa y sagaz, la frente cuya parte superior retrocedía y que tan poderosa y corcovada se descargaba sobre los ojos. Los grandes zapatos de fieltro con los que se deslizaba rápido sobre el piso de piedra.

En aquel entonces, para mí, en todas las artes plásticas modernas sólo existía Rodin. Rememoro aquella impresión y me pregunto: ¿en qué consistía lo irrefutable, lo convincente, lo arrebatadoramente apasionante de sus creaciones? A ello solo puedo responder diciendo: en su capacidad para hallar la única forma plástica convincente que le correspondía al contenido espiritual. La persona Rodin, el contenido espiritual de sus obras, la forma que él creaba, son todo uno. También es uno, con ellos, el efecto que se desbordaba sobre los espectadores en la contemplación de sus obras. Por lo menos a mí siempre me ha pasado, que ya se tratase de estar viendo su gran grupo amoroso con esas manos maravillosamente pobladas de alma, o sus burgueses de Calais, o su pensador, siempre me desbordaba de inmediato una fuerte excitación a partir de la obra. La fuerza que emanaba de ella, que vivificaba su obra de un modo por completo individual, me hacía cobrar impulso.

Pienso en La oración, en el muchacho orante. Ese apasionado movimiento hacia atrás, los brazos que lanzados hacia arriba imploran como todo el cuerpo implora. ¿Hay en la historia del arte una obra que revele de un modo más convincente la ardiente oración de un joven?

Y las muchas otras figuras que ahora reaparecen en la fantasía, semejantes a como los cuerpos se entrelazan con los cuerpos en el relieve de la Resurrección de su gran Puerta del Infierno. Todas sus obras llenas de una vida apasionada. Incitante en la emoción, incitante en la forma. Es eso justamente lo que hay en él y a lo que no puede sustraerse uno, la unidad de la forma y el contenido. Una solución distinta de la encontrada por él parece impensable cuando se está delante de una de sus obras.

Pudiera ser que la generación que empieza ahora le vuelva la espalda a Rodin en su búsqueda de nuevos caminos. Él seguirá siendo el único gran creador que sobrevivirá sonriendo a tales olas del juicio.

Coda: Resta saber qué habría escrito Käthe Kollwitz de haber sabido el papel que jugó en la vida y la obra de su admirado Rodin la desdichada Camille Claudel. Pero en 1917 hacía ya 24 años que sus destinos se habían separado para siempre, y Camille estaba internada desde 1913 en sucesivas instituciones siquiátricas, donde se consumiría su existencia treinta años después, cumpliendo un destino tan trágico como el de Hölderlin exactamente un siglo, cuatro meses y doce días antes.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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La primera vez en mi vida que supe de Claribel Alegría fue por una carta de Julio Cortázar fechada el 12.8.1979 y remitida desde Deyá, Mallorca, donde estaba de vacaciones, justamente en la casa de ella: “Quisiera saber si en la radio alemana habría posibilidad para colocar algún texto radiofónico de ficción (radioteatro). Hay aquí dos amigos, la poeta Claribel Alegría y su marido Bud Flakoll, que se interesaron por una posibilidad. Bud hizo textos en inglés en U.S.A., y Claribel escribe novelas y cuentos, además de su bien conocida poesía. Si puedes conectarlos con alguien o darles alguna información para guiarlos, te quedo desde ya muy agradecido. Son amigos de talento, a quienes quiero y respeto”.

Willy y Diny Hansen, Claribel, el escritor brasileño Ignácio de Loyola Brandão y su esposa Marcia, y Ricardo Bada, en Ámsterdam, 1987.

Recuerdo que les escribí a los Flakoll Alegría y que el material del que me hablaron no era uno que yo pudiese ayudarles a colocar en emisoras alemanas, mucho menos en la nuestra.

Sin embargo, y puesto que había otra petición de ayuda hacia otra poeta latinoamericana, aproveché la ocasión para preguntarle a Claribel si le importaría que Cristina Peri Rossi la entrevistara para una serie que yo estaba iniciando y que se titulaba “Latinoamericanos en Europa”.

Mi idea era crear una galería de autorretratos acústicos desde la cual nos contasen sus vidas —con su propia voz, de viva voz— escritores, pintores, poetas, biólogos, cantantes, bailarines, ecologistas, músicos, humoristas, dramaturgos, escenógrafos, directores de cine y teatro, incluso políticos…, todos ellos, todos, latinoamericanos, y todos ellos, todos, residentes en Europa. Para “edificar” la galería sería necesario disponer de unas largas entrevistas, de dos o tres horas, a partir de las cuales destilar los treinta minutos del autorretrato, en el cual tan solo se oiría la voz del personaje en cuestión, audiobiografiándose (si se me permite el neologismo), y si acaso, con una sola frase (como firma), la voz del entrevistador.

La idea fue aceptada, y pasados dieciséis años, cuando se canceló la serie, su catálogo era una especie de apéndice al Almanaque Gotha: la aristocracia espiritual de América Latina había plantado algunas de sus mejores carpas en el asendereado camping del Viejo Continente.

El cual, por obra y gracia de este trasvase de aguas freáticas, casi podía llamarse Nuevo Contenido. Y entre esos autorretratos estaba el que hice en 1980 a partir de la entrevista de CPR a Claribel, pero también, en 1986, el que obtuve a partir de la charla de Claribel con el malogrado Ernesto “San” Avilés, pintor salvadoreño de muchos quilates, prematuramente muerto en París, en 1991.

* * * * * * *

1982, 29 de mayo al 20 de junio, en Berlín, Festival Horizontes, Claribel es uno de los escritores invitados a esa que ha sido, con absoluta seguridad, la mayor muestra de cultura y de arte latinoamericanos que se haya celebrado nunca jamás, dentro y fuera de América Latina: literatura, pintura, fotografía, ballet, coloquios intelectuales, teatro, cine, música clásica, salsa, tango, folkore… nada faltó en aquél irrepetible acontecimiento.

Me acerqué a Claribel —y conversé brevemente con ella, apenas si presentarme— al término de un recital donde el 3 de junio, en la Biblioteca Municipal, leyeron poemas la propia Claribel, Cristina Peri Rossi, Antonio Cisneros, Pedro Shimose y Ferreira Gullar. Dos días antes la había visto por primera vez en mi vida, en un coloquio sobre “Mujer y literatura” cuyo panel integraba, junto a Cristina Peri Rossi, Elena Poniatowska y las alemanas Anna Jonas y Ute Stempel. Y el día anterior la vi en otro coloquio, sobre “Literatura y compromiso”, al que además del suyo aportaron sus testimonios Arturo Arias, Augusto Monterroso, Manuel Pereira, Ernesto Mejía Sánchez y Luis Rafael Sánchez. (Si me detengo en estas enumeraciones es para resaltar que la organización del festival no escatimaba esfuerzos, llevó hasta la orilla del Spree a la crème de la crème, a la flor y nata de la intelectualidad del colectivo latinoamericano).

* * * * * * *

Cuatro meses después del encuentro en Berlín, el jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción, en Colonia. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo armar –“sobre el pucho” (es decir: ¡ya!)– un programa especial de media hora, ad hoc

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé con prisa pero sin pausa: a Madrid y Barcelona, a Toulouse y Buenos Aires, a París de la Francia y Deyá de Mallorca… 

Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, el único paisano de Gabo al que logré alcanzar ese día; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y last but not least con Claribel, a quien fui yo quien le dió la noticia del premio y le pedí que me hablase del papel de la mujer en la obra de García Márquez. Lo que hizo sin la más mínima vacilación y demostrando que ya tenía la tarea hecha desde antes del Nobel.

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Nicaragua. Tras haber participado en 1983 con otros internacionalistas en la mota del algodón, Diny, mi esposa neerlandesa, viajó una vez más allá para volver a echar una mano, en 1984, construyendo una escuela, en León. Después fue a pasar unos días en Managua, en la casa de mi amiga Alenka Bermúdez, entonces alta funcionaria del ministerio de Comercio Exterior. De repente llega Claribel y le explica a Alenka que tiene un problema que no sabe cómo resolver, un problema con el vestido que iba a ponerse esa noche para acudir a una recepción oficial. Alenka le pide que lo deje ahí, que luego vendrá alguien que tal vez pueda solucionarle el problema, y en efecto, cuando Diny llega a la casa, Alenka le explica, Diny agarra tijeras, hilo y aguja, y en un santiamén arregla el traje de la buena Claribel.

Este, por cierto, es un episodio que no sabemos si Claribel conecta con nosotros, aunque Alenka se lo haya contado, diciéndole que el trabajo lo hizo esa amiga que estaba en su casa de visita, y aunque Claribel le entregó un hermoso bordado indígena para ella, como agradecimiento. Pero no tuvo por qué relacionarla necesariamente conmigo, a quien, por otra parte, conocía muy poco en aquel entonces, solo por un par de cartas, un encuentro fugaz en Berlín y, como simple voz, uno más de los periodistas que la entrevistarían cuando el Nobel a Gabo.

* * * * * * *

El próximo encuentro no lo tengo localizado en ninguna fecha concreta, pero sé con seguridad que es posterior a los anteriores. Un día, en Madrid, leyendo El País (hubo tiempos remotos en que leía El País), me enteré de que Claribel estaba en la ciudad y logré averiguar en qué hotel, uno cerca del Retiro. Así es que acudimos allí, sin esperanza de encontrarla, pero sí que la encontramos y sí que pudimos saludarla, aunque al despedirnos lo hicimos con la impresión de que no tenía muy en claro quiénes éramos. Lógico.

* * * * * * *

La siguiente vez fue en París, y para aquel entonces ya éramos amigos de sus mellizas, Karen y Patricia, y nos encontramos en casa de Karen, en el 5 de la rue Alexandre Cabanel, en el distrito XV, y ahí sí, ahí sí que ya sabía quiénes éramos. Además, ahí fue cuando conocimos a Bud, el vikingo en son de paz, qué gran tipo. Y desde entonces estuve peleando años porque se tradujese al alemán una obra maestra como es Cenizas de Izalco, escrita al alimón por ellos dos; y entretanto, aunque no a causa de mi empeño, ya se ha traducido. (Dicho sea de paso: al hablar de Cenizas de Izalco, no siempre se cita el nombre de Bud Flakoll como coautor, y es de rigor hacerlo. Claribel y Bud escribieron ese libro a cuatro manos, ella en castellano la parte de la protagonista, y él en inglés la del protagonista, y después los dos se tradujeron recíprocamente, por lo que ambas versiones pueden considerarse originales).

De aquella velada, lo que más y mejor recuerdo, siempre, es la anécdota de la escolarización de los niños en Francia. Estaba Bud entonces desempeñándose como diplomático, lo destinaron a París y llegaron él y Claribel, con sus cuatro criaturas, y una primera tarea por hacer: buscarles escuela. Fue en la misma embajada americana donde les recomendaron una dizque buenísima en las cercanías del piso donde iban a vivir, y del Métro Passy, y Claribel los inscribió allá. Y vinieron las primeras notas, y los niños eran los primeros de sus respectivas clases. Y vinieron las segundas notas, e ídem de ídem. Y Claribel recapacitó que sí, que sus hijos no eran torpes, pero no tan inteligentes como para copar los primeros puestos en una escuela en un país extraño y empezando a aprender su idioma. De manera que fue a ver qué estaba pasando, y gracias a ello se enteró de que había matriculado a sus hijos en una escuela para niños retrasados mentales, como se decía entonces. Por supuesto, se llevó los suyos a casa, inmediatamente, y les echó una bronca: “¡¿Pero cómo es posible que ustedes no se hayan dado cuenta?!”, clamó desesperada, y entonces la respuesta grandiosa de Karen: “¡Pero mamá, es que nosotros pensábamos que los franceses son todos así!”. Todavía me río, y Diny conmigo, cuando evocamos ese momento estelar de la Humanidad.

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1985, febrero o marzo. Vamos Diny y yo a Mallorca, a pasar unos días con Claribel y Bud en esa casa de Deyá desde la que Julio Cortázar me había escrito seis años antes, presentándome a estos dos entretanto amigos entrañables. (Ya para aquel entonces, cuando les escribía, lo hacía nombrándolos “ClariBud”, porque nadie que los haya conocido y visto juntos podría negar que eran en verdad un águila de dos cabezas).

Son tres los principales recuerdos que atesoro de aquellos días mallorquines, con independencia absoluta de los periplos turísticos que nos brindaron (incluyendo la obligada visita a la cartuja de Valldemosa y toda la parafernalia chopiniana), y también con absoluta independencia del hecho de que Robert Graves, su vecino y amigo, traducido por Claribel al español, se hallaba ya tan postrado que hubiera sido un dolor innecesario conocerlo personalmente.

El primer recuerdo tiene que ver con la primera noche que dormimos en la casa, y fue que al ir a acostarme constaté que no tenía ningún sentido hacerlo en la cama donde ya reposaba Diny, por la sencilla razón de que tendría que plegarme casi como un 4 si quería quedar dentro de la cama, razón por la cual me aovillé en el sofá enfrente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, le pregunté a Claribel que cómo hacía Cortázar, harto más largo que yo, para dormir en esa cama donde yo mismo no cabía. “Se plegaba en dos”, o algo así, fue lo que me respondió.

El segundo recuerdo está relacionado con una correspondencia inédita entonces (y creo que aún hoy) entre Juan Ramón Jiménez, Zenobia y la madre de Claribel, y Claribel misma, que ella me confió, con el encargo de depositarla en los archivos de la Fundación JRJ, en Moguer. Como es lógico, puesto que se trataba de documentos tan valiosos, decidí que los llevaría personalmente a la Casa Museo, y lo cierto es que en varios años no se dio la ocasión. Tan no se dio la ocasión que, años más tarde, Claribel me escribió preguntándome si yo tenía todavía ese epistolario en mi poder, le contesté que sí, y me pidió que, por favor, se lo entregase a Karen o Patricia en nuestro próximo viaje a París, porque había decidido depositar todos sus archivos creo recordar que en el MIT de Boston, o en Princeton. Pero me dijo que, para premiar mi fiel custodia, me podía quedar en propiedad con el sobre de una de las cartas. Y así, uno de los mayores tesoros de mis archivos es ese sobre de una carta dirigida a Claribel por Juan Ramón, desde el n° 2430 de la calle 16 NW en Washington, escrito de su puño y letra con aquella inconfundible que puebla el manuscrito de Platero y yo. Y de tantas otras obras maestras.

Y el tercer recuerdo, ah, el tercer recuerdo es una epifanía del ridículo personal propio y el savoir faire de un amigo. Va de alcachofas, y sépase que yo no había comido una sola alcachofa en mi vida, hasta esa noche en Deyá donde ClariBud nos invitaron a cenar una comida cocinada por ellos. Y el primer plato, la entrada, era alcachofa. Aquí se requeriría la pluma del Cronopio Mayor en sus más inspiradas Instrucciones para subir escaleras o pirámides o cucañas o lo que fuese. Pero lo intentaré, lo intentaré.

Bajamos al comedor, y la mesa ya estaba servida. Cuatro puestos, una alcachofa en cada plato. Y cuando Bud empezó a escanciar el vino, sonó el teléfono. Era una de las mellizas, llamando desde París. Claribel nos pidió que empezásemos sin ella, y Bud, conocedor de lo que eran los diálogos de Claribel con sus hijas, nos animó a hacerlo. Todo un caballero, y además anfitrión, esperó a que comenzáramos nosotros. Lo que pasa es que, ya lo dije, yo no había comido una sola alcachofa en mi vida y no sabía cómo hacer. De manera que (todo un caballero) esperé a que fuese Diny quien comenzara. Con la esperanza de que Diny, campesina de lo más profundo de los Países Bajos, sí supiera cómo se come una alcachofa. Pero la mirada semi en pánico de Diny hablaba por sí sola. Y Bud esperando. Así es que hice de tripas corazón, arranqué una de las hojas (ahora sé que se llaman brácteas) y sin decir palabra empecé a masticar a lo Buster Keaton aquella masa coriácea, sintiendo al mismo tiempo algo semejante al terror mientras miraba la alcachofa y contaba en silencio las hojas que me quedaban por masticar, suponiendo que llegase a deglutir la primera, al mismo tiempo que maldecía al malparido que descubrió las posibilidades alimenticias del alcaucil. Una mirada a Diny, quien enseguida me había imitado pensando que yo sí sabía cómo se come una alcachofa, me dejó en claro que sus pensamientos eran paralelos a los míos. Y en ese momento, Bud, que fue diplomático de carrera y abandonó el servicio diplomático por amor a Claribel y solidaridad con su lucha por los derechos humanos en El Salvador, sin decir palabra y sin mirarnos, pero sabiendo que nosotros sí lo mirábamos como los discípulos de Jesús al Paráclito el día de Pentecostés, tomó una de las hojas de su alcachofa, la llevó hasta sus dientes entreabiertos, y con ellos rastrilló la parte comestible, que ahora sé que se llama cabezuela. Y Diny y yo pudimos por fin respirar aliviados, sabiendo que Dios es grande en el Sinaí, y que al día siguiente no amaneceríamos con un cólico inevitable o quién sabe si una perforación de estómago. ¡Ah Bud, cómo agradecerte esa lección impartida sin decir palabra!

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Al año siguiente del encuentro en Deyá, así pues en 1986, volvimos a vernos y fue en Alemania, cerca de Tubinga, en casa de los suegros de Maya, la hija mayor de ClariBud,  casi recién casada con Friedly (en realidad Friedemann —el hombre de la paz—, un nombre bien alemán, que los Flakoll Alegría anglosajonizaron por mor de la facilidad fonética). Y aquí debo dejar constancia de que, curiosamente, hemos tenido y tenemos una relación estrecha con toda la familia, menos con el hijo varón, Erik, a quien todavía no conocemos, jamás nos hemos encontrado con él, a pesar de los tres viajes de Diny, y uno mío, a Nicaragua. Se diría que son asimetrías cronopiales, se diría.

De aquel viaje al pueblito que ya no sé cómo se llama, también conservo un recuerdo imborrable debido a nuestro paso, camino de Tubinga, por un lugar llamado Bebenhausen.  Un recuerdo que no tiene nada que ver con Claribel, pero sí con la poesía en lengua española.

Bebenhausen fue construido alrededor de una abadía del Císter y se conserva en un estado perfecto, casi como si el Tiempo hubiera pasado de puntillas por allí, sin quererlo despertar. Una aldea perdida, ínfima, en la inmensa geografía habitacional de Alemania, uno de esos pueblos que parecen construidos para provocarles orgasmos a los fabricantes de tarjetas postales. Y era tan de cuento de hadas, visto de lejos, que quisimos entrar en él aunque se retrasase nuestra llegada a la ciudad de Hölderlin.

Y como siempre, la atracción que ejercen sobre mí los cementerios. El de Bebenhausen está al pie de la antigua muralla medieval. Penetré en él y caminé por entre las tumbas. Nombres alemanes, suabos, badenses; la historia del pueblo contada por la piedra de las canteras vecinas. Pero la luz se estaba poniendo y mis compañeros de viaje me instaban a salir del cementerio y seguir camino de Tubinga, habíamos perdido (¿perdido?) ya mucho tiempo.

¿Por qué me negué, por qué sentí que algo me hacía continuar vagabundeando hasta el final del camposanto, hasta la última tumba? Sobre ella arrojaba su sombra una estela rectangular, grande, con numerosas inscripciones. Di la vuelta por detrás, de regreso a mis impacientes compañeros, y en el lado de la piedra que da a la muralla, invisible por completo si no se llega expresamente allí, unas palabras talladas: “Fue tan bella la vida que viviste…”. Debajo, el nombre del autor: Pablo Neruda.

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Llegamos así a la última vez que vi a Claribel, y también fue un año después, en Róterdam, 1987, donde ella era uno de los invitados de honor del gran festival Poetry International, del 30 de mayo al 6 de junio, y Diny se desempeñó como su intérprete. Y Claribel y sus hijas (Maya y las mellizas, que se alojaban con Diny en el apartamento de una amiga nuestra, del que teníamos la llave) como “carabinas”. Sí, porque entre los poetas invitados se contaba uno chileno que se apasionó por Diny y se le insinuaba de la manera más lírica posible (“En mi habitación del hotel tengo algo que me gustaría enseñarle”), pero Diny no se despegaba ni un milímetro del paraguas protector Flakoll Alegría.

Era la X edición de Poetry International, por primera vez con una organización independiente, dirigida por Martin Mooij, y una programación despampanante. Dentro de la misma, el día que viajé allá, hicimos todos juntos un recorrido en autobús por los lugares más pintorescos de los alrededores, con visita incluida a un molino de viento en actividad, y a una antigua báscula del tiempo de las tasas y aranceles internos, y luego, de vuelta en Róterdam y antes de regresar a Colonia, acudí al recital donde Claribel se lució con sus poemas, flanqueada por colegas de docenas de nacionalidades e idiomas, una fiesta para los ojos y los oídos, y para el alma.

Uno o dos días más tarde, en petit comité, volvimos a encontrarnos en Ámsterdam. En una foto que tengo ante mis ojos, exactamente enfrente de ellos, en la pared, por encima del borde del monitor, aparecemos mi cuñado Willy (crítico, traductor y editor), Diny, Claribel, y entre ella y yo Ignacio de Loyola Brandão y su esposa Marcia, recién casados, que estaban pasando parte de su luna de miel en Colonia, se alojaban en nuestra casa e hicimos juntos esa escapada hasta Ámsterdam, con la intención, ellos, de conocer la casa de Ana Frank y encontrarse con la amiga Claribel. Fue una jornada que recuerdo como inolvidable, por más de una razón.

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Diny volvería a encontrarse una vez más con Claribel, ese mismo año 1987, cuando del 21 a 25 de julio se celebró en Managua el Primer Festival Internacional del Libro. Nuestra amiga Béa Mandeau convenció a Diny para que la acompañase allá y la ayudara en su tarea de intérprete, entre otras razones porque como parte del programa cultural en torno a la feria del libro iba a actuar el conjunto de Wolfgang Niedecken, de Colonia, que hace música rock en el dialecto de la ciudad. ¡Por Dios, como diría el maestro Mutis, cantarles en kölsch a los nicas!  Pero es que, kölsch o no kölsch, hacen muy buena música (Niedecken ha traducido al alemán el repertorio de Bob Dylan, dicho sea de paso). Y durante los días del festival Diny encontró el hueco para ir a visitar a Claribel en su casa del limes entre Altamira y Pancasán. Y treinta años ya de entonces acá, pero la amistad y el cariño mutuos no han sufrido merma, antes al contrario.

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¡Le debemos tanto, tantísimo, a ClariBud! Desde el sobre manuscrito de una carta de nada menos que todo un Juan Ramón Jiménez, pasando por milyuna anécdotas compartidas que llegan al nivel de las carambolas cronológicas (nuestro primer nieto, Paul Louis, nació como Claribel un 12 de mayo), ¡¡¡hasta el arte de comer alcachofas!!!

Cómo no quererlos, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. ENTER.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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