A unas cuadras del parque del reloj, la galería de Patricia Conde exhibe hasta el 21 de mayo una serie de fotografías de pinturas del Hermitage. Su peculiaridad es que todas las pinturas retratadas están custodiadas por una mujer mayor sentada en una silla. En la sobriedad de estas mujeres, tanto en su ajuar como en su expresión, las pinturas resuenan. Dentro de un museo, las cosas se transforman en objetos valiosos, y en estos espacios de atención, visitantes, empleados y despistados también. Las fotografías de Andy Freeberg muestran cómo se integran las mujeres a la obra de arte que protegen. A pesar de las expresiones severas de casi todas ellas, la serie Guardians tiene una ironía cálida.

Andy Freeberg nació en Nueva York. Al terminar sus estudios, comenzó su carrera tomando retratos para revistas como The Village VoiceRolling StoneTime y Fortune. Su primera serie se llamó Art Fare y plasma a los asistentes de este tipo de eventos. La serie de fotografías se lee con facilidad como un comentario sobre las prácticas del arte contemporáneo. Destaca en dónde reside, se pierde y se esconde la atención.

 

Guardians se asoma a los museos rusos. En 2008, Freeberg viajó a Rusia con otro proyecto en mente. Al darse una vuelta al Hermitage, se percató que las guardias no usaban uniforme como en Estados Unidos. La ropa distinta establece un diálogo bastante sugerente con las obras de arte. La elección de la ropa se vuelve casi simbólica y difumina los límites entre la obra y la persona.Se percibe la tensión entre lo cotidiano del vestido y lo sagrado del arte.Freeberg tomó las fotos lo más alejado posible para que las mujeres que estaban siendo retratadas no lo advirtieran. Las composiciones fueron hechas con cuidado y resultan muy ingeniosas, parece que inventan conversaciones entre las formas y colores de las mujeres y sus pinturas. La obra de arte asignada a cada una y la percepción del lente moldean el lenguaje corporal y el vestuario; la casualidad del momento y el humor que hubieran tenido ellas al despertar pierden su arbitrariedad en el momento de ser fotografiadas.

Las fotografías, como el museo mismo, intervienen el tiempo, retan los procesos del olvido. Los guardias en un museo siempre están presentes, pero en general quedan relegados y ausentes de los recuerdos de un paseo por el recinto. Freeberg convoca a la atención. Guardians está compuesta por fotografías metatextuales: la serie cuestiona la relación entre el arte y la institución del museo, en particular con la dimensión humana de estas habitantes invisibles. Las fotografías expuestas son autoreflexiones sobre el vínculo entre las personas, el museo y su colección.

En algunas entrevistas, Freeberg cuenta que cuando regresó al Hermitage con un traductor, pudo platicar con estas mujeres y se enteró que muchas eran profesionistas retiradas. Economistas, dentistas, profesoras, bailarinas son ahora guardianas del patrimonio artístico nacional. Se mostraban orgullosas de su trabajo, contentas de tener algo que hacer aparte de quejarse en casa de la edad y sus achaques. Las fotos de estas mujeres impávidas y silenciosas en el retrato son instancias para imaginar sus identidades, homenajes a ellas mismas y su función. Contemplar por un cúmulo de horas una pieza de arte esplendorosa debe terminar por ser bastante tedioso, pero pienso en otros viejitos, sus presencias más habituales y la alternativa de empacar todos los días la despensa de una casa ajena.

Con menos de un metro de ancho por un poco más de un metro, las fotografías en la galería tienen un gran formato, muy adecuado para las coreografías implícitas del museo y sus guardianas. Sentadas muy quietas en sus sillas, las mujeres están expuestas a un aislamiento que vuelve vulnerables a sus facciones y ropa frente a las pinturas que vigilan. El fondo de un Matisse teje el sweater de su guardia y una esquina del marco se deforma para ser el cabello rubio, rizado y tal vez recién cortado, de la mujer que se asoma a la sala detrás suyo. Una nariz recta, el pelo recogido muy abajo, el color de la falda y el saco camuflajean a la mujer dentro de la iconografía bizantina, una más para la plegaria. Una barba blanca de él, dentro del cuadro, es ahora el pelo blanco de ella afuera. El efecto de espejo entre los componentes de las fotografías dramatiza la experiencia continua y efímera de quienes están en el museo. La permeabilidad plástica y estática documenta los procesos de identificación y otredad que surgen todo el tiempo entre espectador y obra de arte. Las fotografías nos ayudan a recordar que aun sin la permanencia de las guardias y con tránsito apurado, el museo transforma.

El tono de los ecos y las asociaciones es especial en cada fotografía. De entre la docena que están en la galería hay una que casi provoca una carcajada: ella parada, muy erguida, está junto al autorretrato de Malevich. Sus facciones –la nariz sobre todo– parecen calcadas del cuadro, y al fondo, una estatua de bronce se burla de ella y le copia la postura. La escena genera una sensación de sorpresa avergonzada: esta fotografía hace cosquillas. Ese efecto cálido y humano pone en evidencia el carácter lúdico implícito en el arte. Permite recordar que estas mujeres, además de custodiar las obras, deben ser testigos privilegiados del asombro ocasional de un espectador embelesado o desconcertado por la pieza. En la galería, solamente un par de oraciones de bienvenida acompañan la muestra; la interpretación es muy abierta. Son fotografías que te obligan a intercambiar miradas de complicidad, retos a identificar más ecos entre la obra y las mujeres, rasgos curiosos de la relación que se articula entre el espacio, la obra y ellas. Guardians nos ayuda a olvidar que solemos olvidarlas y olvidarnos.

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