Contra lo que quieran mostrar las celebraciones oficiales, la ideología de la Revolución mexicana tiene aspectos oscuros. Entre ellos, como nos muestra este texto, destaca su culto a la masculinidad machista y la estereotipación de las mujeres. Y no, no todas las mujeres importantes de la Revolución fueron soldaderas.

Hubo una época en la que era posible pensar que el nacionalismo no tenía nada que ver con el género. A 109 años del estallido de la Revolución mexicana, sin embargo, es imposible negar que toda ideología que pretenda dotar a las personas de una identidad —ya sea nacional, étnica, etcétera— tiene que presentar necesariamente modelos de roles de género.  Académicas como Floya Anthias, Nira Yuval-Davis y Sinha Mrinalini han demostrado que los discursos nacionalistas asignan distintos deberes “patrióticos” a mujeres y hombres, siendo común que a éstas se les impongan tareas como ser las encargadas de la reproducción biológica y cultural de la nación. De igual manera, los repertorios simbólicos nacionalistas difunden estereotipos sobre lo que debe considerarse como “femenino” y “masculino”.1

Pese a que estas pensadoras no toman la realidad mexicana como punto de partida, no cabe duda de que sus planteamientos se acercan con cabalidad a nuestro país, donde la nación ha sido representada con imágenes sexuadas que le asignan una identidad femenina y maternal. Pensemos, por ejemplo, en aquellas alegorías de la Independencia que colocan al héroe masculino protegiendo a la patria feminizada,2 o en el uso de a metáfora de la amenaza de la violencia de género para incitar a los varones a defender su nación y evitar que el enemigo la mancille.

Esta suerte de símbolos aparecen en prácticamente todos los regímenes políticos de la historia de México. Durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, por ejemplo, el nacionalismo del Porfiriato rindió homenaje a mujeres como la Corregidora Josefa Ortíz de Domínguez y la Reina Isabel “la Católica”, de quienes se enfatizó su papel como madres y esposas —seres abnegados y llenos de ternura.3 Estas evocaciones reforzaron la idea porfiriana de que el ámbito doméstico era el único espacio apropiado para las mujeres, quienes debían comportándose como el “ángel del hogar”.

Tras el torbellino de la Revolución, el imaginario machista del nacionalismo porfiriano mutó en un avatar revolucionario. Si bien es cierto que el discurso gubernamental se vanagloria de las obras maestras del nacionalismo revolucionario  —cómo no pensar en el muralismo— y de su capacidad de inspirar actos políticos del tamaño de la expropiación petrolera, es importante recordar que la ideología de la Revolución mexicana contiene aspectos oscuros: su xenofobia, su ímpetu por la destrucción de las culturas y las lenguas indígenas, y su culto a la masculinidad machista y estereotipación de las mujeres.

A ellas este nacionalismo les encomendó contribuir a la patria desde frentes que perpetúan una noción conservadora del “género femenino”. En 1931, por ejemplo, la propaganda de la iniciativa económica conocida como la Campaña Nacionalista daba  por sentado que las compras y la moda eran actividades “femeninas”, recalcando que una forma en que las mujeres podían contribuir a la economía nacional era comprando ropa hecha en México.

Detalles como éste pueden parecer insignificantes, pero lo cierto es que son sintomáticos de una visión de la mujer como compañera del hombre, al que se le considera como el verdadero protagonista del cambio social. La mujer patriota, decía la propaganda gubernamental, debía persuadir a su esposo de apoyar la producción nacional y trabajar “con más ahínco que nunca para hacer más grande y próspera a la Patria Mexicana”.4 De esta manera, el discurso del Estado reproducía la idea de que el varón sirve a la nación en los campos “racionales”, tales como el militar, político o económico, mientras que la mujer debe hacerlo en el ámbito “emocional” de la educación y el hogar.5

Otro momento en el que las actitudes del nacionalismo revolucionario frente al género quedan expuestas, es el de la expropiación petrolera. Son de sobra conocidas las imágenes de mujeres que participaron en la recaudación para la deuda petrolera, donando gallinas, anillos de bodas o máquinas de coser. Ante tales fotografías, vale la pena preguntarse ¿hasta qué punto esas imágenes de mujeres aportando enseres domésticos implican que el deber patriótico de la mujer se realiza desde el hogar?    

Este tipo de preguntas emerge incluso si nos aproximamos a representaciones simbólicas en las que los hombres son el centro de atención. El culto nacionalista al aspecto militar de la Revolución exaltó la idea del héroe-padre protector, pero también hizo apología del héroe-macho-violento representado por personajes como Villa y Zapata.6 En esta versión mitológica de la Revolución, las mujeres han sido objeto de culto bajo la figura de “la soldadera”, un arquetipo de heroína que en realidad representa sólo una pequeña parte de la contribución de las mujeres al esfuerzo revolucionario —contribución que ha sufrido una casi completa omisión por parte de la historia oficial.

Lo más grave del asunto, sin embargo, es que esta herencia iconográfica sobrevivió a su tiempo. Tomemos el caso de Frida Kahlo. Pese a ser una de las protagonistas de aquella revolución nacionalista artística, su obra tuvo que esperar décadas después de su muerte para recibir el reconocimiento que se merece. Durante mucho tiempo, para decirlo en corto, Frida siguió siendo “la mujer de Diego Rivera” y nada más.

Este tipo de dinámicas aparece en casi todas las ramas del arte del nacionalismo revolucionario. En el cine tenemos, por ejemplo, la obra del Emilio “El Indio” Fernández. En filmes como Enamorada, de 1946, Fernández exalta la Revolución a través de la historia de una mujer que, pese a sufrir la dominación del “macho mexicano”, decide echar a andar detrás de su caballo para seguirlo a la lucha que, según el discurso oficial, redimirá a la nación.

Estas consideraciones recuerdan las palabras de Michelle Perrot, destacada historiadora del género, que apunta que las representaciones de mujeres suelen ser hechas por hombres. De allí que dichas representaciones no refieren realmente a “la mujer” en sí misma sino la imaginación y el poder masculino. El resultado, por supuesto, es que el sentir, pensar y actuar de las mujeres-real-existentes desaparece de la escena.7

Tenemos entonces que el nacionalismo revolucionario constituye una “ventana” desde la cual podemos contemplar cómo los mexicanos se han construido a sí mismos tanto como comunidad nacional y como sociedad atravesada por relaciones de género. Estas relaciones son tanto causa como consecuencia de la ideología de la Revolución mexicana, la cual contribuyó a perpetuar la idea de que existe una sola forma de ser mujer y ser hombre. Lo cierto, sin embargo, es que a diferencia de lo que Rivera, “El Indio” Fernández y los redactores de la propaganda oficial parecen creer, los roles de género no son sino  construcciones históricas tan perniciosas como subjetivas.

Así, la tarea para las ciencias sociales mexicanas aparece en toda su claridad: tenemos que plantearnos  preguntas que nos permitan volver al estudio del nacionalismo  no sólo para desmitificar la nación, sino también para deconstruir el género. El trabajo de investigadoras como Gabriela Cano, Esperanza Túñón Pablos, Lucía Melgar, Verónica Oikión o Patricia Galeana, entre otras, ya ha abierto brechas imponderables y perspectivas novedosas en este sentido.8

Sin embargo, el discurso sobre el nacionalismo de la Revolución, que ensalzó la masculinidad machista y relegó a las mujeres al ámbito doméstico y familiar, sigue vigente en muchos sentidos. ¿Por qué perdura? Temo que la respuesta es tan compleja como decepcionante para una sociedad que se dice defensora de la igualdad.

 

Omar Fabián González Salinas
Doctorando en Historia en El Colegio de México.


1 Floya Anthias y Nira Yuval-Davis (eds.), Woman-Nation-State, Nueva York, Palgrave Macmillan, 1989; Nira Yuval-Davis, Género y nación, Lima, Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, 2004 [1ra ed. 1997]; Mrinalini Sinha, “Gender and nation”, en Sue Morgan (ed.), The Feminist History Reader, Londres y Nueva York, Routledge Taylor & Francis Group, 2006, pp. 323-338.

2 Enrique Florescano, Imágenes de la patria a través de los siglos, México, Taurus, 2005; Leora Auslander, y Michelle Zancarini-Fournel, “Le genre de la nation et le genre de l’Etat”, Clío. Histoire, femmes et societés, 12, 2000.

3 Genaro García, Crónica oficial de los festejos del primer Centenario de la Independencia de México, México, 1910 [edición facsimilar de CONDUMEX, 1990], discursos 92, 93 y 127.

4 El Nacional, 14/junio/1931 y 2/agosto/1931; “Sección del hogar: La cooperación de las mujeres en la Campaña Nacionalista”, El Nacional, 28/septiembre/1931; “Sección del Hogar: la moda en los vestidos”, El Nacional, 30/septiembre/1931.

5 Auslander, y Zancarini-Fournel, “Le genre de la nation…”

6 Ilene V., O’Malley, The Myth of the Revolution. Hero Cults and the Institutionalization of the Mexican State, 1920-1940, Nueva York, Greenwood Press, 1986, pp. 133-145.

7 Michelle Perrot, Mi historia de las mujeres, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, pp. 26-30.

8 Ver, por ejemplo, Gabriela Cano, Rosa María Valles Ruiz et. al., La revolución de las mujeres en México, Patricia Galeana (ed), México, SEP, INEHRM, 2014, 182 p.

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