La reciente polémica entre los gobiernos de México y España a raíz de la solicitud de perdón de Andrés Manuel López obrador por los hechos de la Conquista, abre una rica y necesaria veta de discusión sobre desde qué punto y bajo qué premisas debemos discutir ese momento fundamental de la historia de Occidente.

Uno de los temas de debate público más sonados de los últimos días ha sido la filtración de la carta que Andrés Manuel López Obrador envió a la Corona española solicitando disculpas por los abusos y excesos cometidos durante la Conquista. Al margen de lo necesaria o fuera de lugar que pueda parecer la petición, lo que aquí me interesa es entender la serie de enconadas reacciones que ésta originó a ambas orillas del Atlántico. Y es que muchos mexicanos demostraron que el tema les representa una herida histórica sin sanar, mientras que no pocos españoles, en medio de la más alta indignación, dijeron que no había nada de que disculparse; por el contrario, México debía agradecer “la civilización” llevada por los conquistadores.

En concreto, el argumento que me interesa discutir es que, detrás de las exaltadas opiniones sobre el tema, se encuentran los nacionalismos más acérrimos y los muy distintos lugares que cada país le asignó a la Conquista en sus historias nacionales. Entender esto implica comenzar por comprender que las naciones y las identidades nacionales no son inherentes a la naturaleza humana, sino “invenciones” modernas en el más amplio de los sentidos. En efecto, desde la Modernidad política, cuando los Estados dejaron de legitimar el poder a través del derecho divino (“gobernar en nombre de Dios”), y en su lugar apelaron a la nación (gobernar en representación de una supuesta comunidad nacional homogénea y cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos), los representantes de estos Estados nacionales tuvieron que construir historias que dieran cuenta de la supuesta existencia de la nación a la que gobernaban, y que al mismo tiempo sirvieran como elemento de cohesión entre la sociedad que dejaba de concebirse como hija de un rey, para convencerse de que eran hermanos miembros de nación. Desde entonces, cada país inventó un relato histórico nacional en la que el pasado se convirtió en un elemento sumamente maleable, toda vez que estas historias no tenían el cometido de explicar, sino de legitimar los intereses y necesidades del presente.1

Ilustración: Ricardo Peláez

De esta forma, España y México —como el resto de países occidentales— forjaron sus propias historias nacionalistas, con muy particulares formas de
interpretar el pasado, incluso aquellas experiencias históricas compartidas. En México, durante el siglo XIX coexistieron dos distintas ideas de nación: una hispanófila, según la cual México era producto de la Conquista y la Colonia y se reconocía en la herencia hispánica. La otra fue de carácter hispanófobo, y argumentaba que México existía desde tiempos prehispánicos, y que fue esclavizado por una nación española durante trescientos años, hasta que finalmente sobrevino la Independencia como una guerra de liberación nacional.2 Este segundo relato de nación es el que nos resulta más familiar, puesto que fue el que finalmente se impuso en nuestro país como la única y “verdadera” historia nacional mexicana.

Por su parte, España construyó su propia versión de historia nacional. En ella la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, así como la Conquista, fueron interpretadas como las grandes aportaciones españolas a la humanidad, pues fueron vistas como la exportación de la hispanidad y el catolicismo al “Nuevo mundo”.3 No extrañe entonces que cada 12 de octubre España celebre el “Día de la hispanidad” como su más grande fiesta nacional, incluso de forma más fastuosa que el 2 de mayo, día de su Independencia.

Así, por décadas España y México han cultivado distintas y contrarias maneras de interpretar la presencia hispana en América. Los españoles han crecido aprendiendo una historia en la que es símbolo de orgullo nacional creer que ellos “civilizaron” y “pusieron en el mapa” a América, además de legarnos cultura, lengua y religión. Por nuestra parte, los mexicanos hemos sido aleccionados para ver una España que nos esclavizó y explotó por trescientos años, hasta que nuestros “héroes” de 1810 nos dieron libertad. Ambas interpretaciones no son ni falsas ni verdaderas, pues pertenecen más al campo de los mitos históricos que construyen naciones y sustentan identidades nacionales.

Y claro que existen episodios históricos que han acercado a ambos países. El exilio republicano español en México es una importante página en nuestra historia compartida que ha estrechado lazos fraternos entre españoles y mexicanos. Sin embargo, este hecho no cambia la forma oficialista en que los españoles han escrito la historia de su presencia colonial en América, ni el papel que México ha otorgado a lo español en la conformación de su ser nacional.

Ilustración: Patricio Betteo

A pesar de los estudios hechos por historiadores y demás científicos sociales, sigue siendo una realidad que el grueso de la población a ambos lados del Atlántico crece y se forma con la historia nacionalista que da sentido a su nación y a su identidad nacional. El nacionalismo llega a un punto en que se convierte en algo cotidiano y, por ende, en una fuerza aplastante que está presente en las clases de historia de la educación básica, en los nombres de las calles y plazas, en las fiestas del calendario cívico, en monumentos o en las imágenes de nuestros billetes —así como en un sinfín de otros medios. Día a día, de las maneras más sutiles, el nacionalismo nos está adoctrinando en una historia patria plagada de “héroes” y “villanos”, de “glorias” y “traumas” nacionales.

Y los políticos parecen no estar exentos de los fatales efectos del nacionalismo. Para muestra están las ridículas declaraciones de nuestra senadora Jesusa Rodríguez, quien al repudiar la Conquista señaló que cada vez que un mexicano come tacos de carnitas, está celebrando la caída de Tenochtitlan, pues se trata de una “dieta violenta” traída por los conquistadores.4 También se ha suscitado la iconoclasta propuesta del Partido Verde Ecologista que exige retirar monumentos y nombres de calles que aludan a Colón y a Hernán Cortés.5 En el otro extremo, los voceros de Vox, partido derechista español, no dudaron en reclamar con encono nacionalista que México y toda América deberían agradecer a España por la civilización llevada por los conquistadores.6

Así las cosas; cuando se debate sobre la Conquista, mexicanos y españoles recurren al bagaje de historia nacional con la que crecieron, sin percatarse que en aquellos tiempos ni México, ni España —como ninguna otra nación— existían. Por tanto, no existió guerra en la que una nación sometió a otra. No hubo españoles esclavizando mexicanos. Lo que existió fue una guerra de conquista en un territorio con distintos señoríos indígenas viviendo en un periodo caracterizado por bélicos enfrentamientos entre éstos.

A esta guerra siguieron una serie de sincretismos culturales, los cuales, dicho sea de paso, tampoco justifican el lugar común que significa decir que los mexicanos somos una nación mestiza producto de la herencia hispana e indígena, pues la mestizofilia también es un mito nacional de carácter simplificador y fuertes vínculos con el pensamiento racista.7 Lo cierto es que las mezclas, las continuidades y rupturas culturales fueron variadas y complejas y solo hacia inicios del siglo XIX España y México surgieron como Estados independientes que comenzaron a construir sus historias nacionales en las que uno se dijo orgulloso triunfador de una conquista, mientras que el otro se dijo víctima de ésta.

¿Es posible, entonces, llegar a un acuerdo más conciliador y exacto sobre lo que significó la Conquista? Esto se antoja como una buena tarea para los historiadores en el ya cercano quinto centenario de la Conquista. Sin embargo, lograrlo de manera generalizada y contundente implicaría que los Estados nacionales renuncien a ver —y enseñar— la historia con las anteojeras del nacionalismo. ¿Y los Estados-nación se han desarrollado lo suficiente como para abandonar los paradigmas históricos nacionalistas? Las disputas originadas por la carta de López Obrador señalan que al menos México y España están lejos de llegar a un futuro posnacionalista. Quizá esto sea así porque seguimos viviendo en una era en que las fronteras territoriales y culturales son respaldadas por sociedades que ignoran la historicidad de las identidades nacionales, creyendo que se trata de “realidades naturales”. Por tanto, para muchas poblaciones estas identidades siguen constituyendo la base con la que dotan de sentido el pasado, presente y futuro de la humanidad.

 

Omar F. González Salinas
Historiador con línea de investigación centrada en la invención de la nación y la identidad nacional en México. Actualmente es estudiante de Doctorado en Historia en El Colegio de México.


1 Gellner, Ernest, Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza Editorial, 1988; Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, México, Fondo de cultura Económica, 1993; Florescano, Enrique, “Notas sobre las relaciones entre memoria y nación en la historiografía mexicana”, Historia Mexicana, vol. liii: 2, octubre-diciembre 2003, pp. 319-416.

2 Pérez Vejo, Tomás, España en el debate público mexicano, 1836-1867. Aportaciones para una historia de la nación, México, El Colegio de México / Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2008.

3 Pérez Vejo, Tomás, España imaginada. Historia de la invención de una nación, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2015.

4 “Cada que comas tacos de carnitas festejas la caída de Tenochtitlan: Jesusa Rodríguez”, El Universal, 18 de marzo del 2019.

5 “Partido Verde propone retirar todo lo relacionado con Colón y Cortés en CDMX”, El Universal, 2 de abril del 2019.

6 “Amlo y toda América deberían agradecer a españoles por civilizarlos: partido vox”, El Universal, 26 de marzo del 2019.

7 Basave Benítez, Agustín, México mestizo. Análisis del nacionalismo mexicano en torno a la mestizofilia de Andrés Molina Enríquez, México, Fondo de Cultura Económica, 1992; Brading, David, “Darwinismo social e idealismo romántico. Andrés Molina Enríquez y José Vasconcelos en la Revolución mexicana, en David Brading, Mito y profecía en la historia de México, México, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 170-203.

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