Ante la extorsión arancelaria y las nuevas presiones migratorias contra México, vale la pena recordar las actitudes de odio y repudio que despertó en nuestro país el exilio español, en su 80 aniversario.

México es quizás el país donde el exilio español —que este año cumple 80— tiene mayor resonancia debido a la gran cantidad de exiliados que comenzó a recibir desde el 13 de junio de 1939. Ese día arribó a Veracruz el buque Sinaia trayendo consigo alrededor de 1600 refugiados españoles. En los meses siguientes, llegarían cerca de 20 mil exiliados más gracias al asilo brindado por el gobierno de Lázaro Cárdenas.

Ilustración: Adrián Pérez

La historia oficial ha cubierto el episodio del exilio de cierto romanticismo para resaltar que México abrió desinteresadamente sus puertas a los refugiados y les ofreció una segunda patria. Sin embargo algunos historiadores han señalado que, si bien el gobierno de Cárdenas ofreció todo tipo de facilidades, hubo sectores de derecha que vieron en los exiliados una amenaza a la estabilidad económica y política del país, toda vez que muchos de estos españoles comulgaban con ideas comunistas o anarquistas. En efecto, este rechazo no expresaba un patriotismo hispanófobo, sino diferencias políticas y religiosas que provocaron que el exilio español fracturara arraigadas posturas nacionalistas: las izquierdas, que históricamente profesaban un nacionalismo hispanófobo, acogieron a los refugiados debido a una confluencia ideológica con la Segunda República española; mientras que las derechas tendientes a la hispanofilia, repudiaron a los exiliados, no por ser españoles, sino por verlos como comunistas y ateos.1

Estas protestas se agudizaron en un contexto en que crecía la derecha opositora al cardenismo, a la vez que la educación socialista puesta en marcha por la sep en 1934, calaba en lo más hondo del tradicionalismo mexicano y originaba temores por una posible “sovietización” del país.

Recorte del periódico El Nacional, 12 de junio de 1939.

Los primeros refugiados

Los que llegaron en el Sinaia no fueron los primeros españoles beneficiados por la acogida cardenista, pero sí fue el desembarco masivo inicial del exilio. En 1937 nuestro país recibió alrededor de 400 niños españoles de familias republicanas, cuyo primer hogar fue el internado España-México de la capital michoacana, por lo que se les conocería como “los niños de Morelia”.

Las derechas opositoras al régimen y pro-franquistas criticaron la acogida de estos niños. Una nota de El Universal argumentó que era una estrategia cardenista para atacar a Franco: aquellos niños eran “víctimas del comunismo”. La prensa conservadora acusó que el internado España-México era “una especie de soviet escolar”. Incluso se dijo que “los varoncitos iban que volaban para maleantes y las mujeres para cabareteras.” El rechazo contra estos “niños rojos” aumentó cuando éstos, consecuentes con el antifanatismo religioso de la Segunda República, tuvieron la ocurrencia de apedrear templos y cometer otros actos que ofendieron la religiosidad de los morelianos.2

La situación tampoco fue fácil con la colonia española residente en México, pues simpatizaba con Franco y no se indentificaba con los refugiados. El Casino Español de Veracruz (representante de la mayoría de hispanos que vivían en esa ciudad) se desmarcó, por ejemplo, de cualquier acto de recibimiento del buque Mexique que trajo a los “niños de Morelia”.3

Cuando México decidió abrir sus puertas a los exiliados republicanos que perdían la guerra, algunos temieron que vendrían a competir las fuentes de empleo, de por sí consideradas insuficientes ante el arribo de repatriados que, desde la crisis de 1929, volvían de los Estados Unidos. Además, algunos de los rumores que despertó la educación socialista aseguraban que ésta enseñaría instrucción militar para enviar a los niños a combatir a España.4 Hacia agosto de 1939, ante la intensa llegada de exiliados, se rumoró también que los españoles estaban ingresando armados al país.5

Frente a este panorama, el gobierno cardenista recurrió a los medios de propaganda y del sistema vertical sindicalista para convencer a la población de que aceptar a los exiliados era un acto patriótico y revolucionario.6

Fotografías de la llegada del buque Sinaia en Excélsior, 15 de junio de 1939.

Las derechas mexicanas y la llegada del Sinaia

Las posturas de rechazo al exilio se radicalizaron entonces. Por ejemplo, en 1938 el periódico Omega —fundado dos décadas antes, contrario al régimen revolucionario y que en la década de 1930 adoptó posturas fascistas— calificó de “rojo” al gobierno cardenista por admitir españoles “socialistas, comunistas, anarquistas y anarcosocialistas”, a los que acusaba de ser “hijos espirituales de Stalin que vendrán a acabar de envenenarnos el agua y emponzoñarnos el pan”.7

Tras el triunfo franquista, esta prensa pidió que Cárdenas reconsiderara su política hacia la España nacionalista, pues ésta representaba “la verdadera España”. El periódico católico El hombre libre, expresó su admiración por Franco al tiempo que repudió a los dirigentes republicanos “y su contingente de retrasados mentales” derrotados.8

Semanas antes del desembarco del Sinaia estos periódicos se mostraron preocupados pues llegarían “elementos disolventes” que podrían mezclarse con los comunistas mexicanos para desestabilizar el país. En tono más alarmista, el Omega acusó a Cárdenas de traer “asesinos de importación”, “aves de muerte” que llevarían a México a una tragedia semejante a la española.9

Una vez que el Sinaia atracó en Veracruz, las voces conservadoras prosiguieron en su intento por descalificar a los inmigrantes, mostrar el descontento social y acusar la irresponsabilidad de un gobierno ofuscado por un “sectarismo rojo”. Era lamentable, decían, que los exiliados hubieran desembarcado con la bandera de la hoz y el martillo, cantando La Internacional y saludando con el puño en alto.10

Cabe decir además que estos españoles representaron una ruptura en el pensamiento racial de la época, pues debido a las diferencias ideológicas se contrariaron las premisas que aseguraban que la inmigración española mejoraría la raza y el progreso mexicanos.11 Recurriendo a una retórica similar a las selectivas y raciales leyes migratorias de aquel entonces,12 El Hombre libre se pronunció a favor de la llegada de extranjeros que fueran “asimilables” y apoyaran el progreso y la nación, pero se opuso al arribo de estos “indeseables”, “comunistas” y “explotadores”, que serían combatidos hasta lograr su expulsión. Argumentos similares fueron esgrimidos por el Omega un año antes, donde se hablaba de no admitir españoles “rojos” sino atraer extranjeros “asimilables” que fueran “elementos de producción, de fortaleza de progreso y hasta consumo”.13

Cartón de Inclán, publicado en La Prensa, 15 de junio de 1939

El rechazo cotidiano

Como señala la historiadora Clara Lida, “nada fue sencillo al llegar a un México tan hispánico y tan poco español”. La distancia lingüística y cultural era problemática,14 y algunos de los refugiados tuvieron que soportar afrentas personales. Carmen Bahí, una de las tantas exiliadas, dejó el siguiente testimonio:

el ser españoles nos perjudicaba con la gente inculta porque no nos querían. Cuando estábamos en la colonia Cuauhtémoc nos pintaban en la banqueta una palabra muy fea, muy fea, una palabra que yo nunca pronuncio y es que los vecinos eran muy reaccionarios. […] muchas veces a mí me dijeron en la tienda “¡Refugiada, váyase a su tierra!”15

En estas hostilidades se manifestaba el fanatismo y el anticomunismo católico popular. En junio de 1939, por ejemplo, en Tecamachalco, Puebla, cayó una granizada que dañó cosechas y los indígenas de la zona aseguraron que era un castigo divino por el arribo de los milicianos. Los refugiados no tuvieron más remedio que huir del lugar para evitar ser linchados. Un caso similar ocurrió en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Pese al buen recibimiento de las autoridades, se levantó un movimiento de protesta encabezado por un cura que desde el púlpito gritó que habían llegado “asesinos” y “rojos”.16

Un año después, en Durango, una manifestación de católicos contra la educación socialista terminó en un enfrentamiento a golpes en el que supuestamente participaron refugiados españoles. Por este motivo fueron tachados de “pobres chacales que corren ante el valor que se impone; pero son sanguinarios y feroces con los indefensos”. Los católicos bautizaron a Cárdenas como el “Stalin michoacano” que admite “desbandadas de rojos españoles” quienes contribuyen a la “sovietización de México.”17

El nacionalismo también se imbricó con los problemas económicos. En marzo de 1939, la Confederación de Cámaras de Comercio e Industria, advirtió que la economía mexicana no podría absorber a “los mercenarios de la sangrienta lucha española”. Asimismo, algunos académicos rechazaron que las universidades contrataran a los llamados “intelectuales” españoles, ya que desplazarían a los mexicanos y representarían un gasto para pagar a extranjeros sólo por ser españoles o “rojos”.18

Las múltiples protestas que generó la política de puertas abiertas al exilio español constituyen un ejemplo de polarización social ante las decisiones del Estado. Sin embargo, debe precisarse que estos rechazos no fueron generalizados, ni alcanzaron la magnitud de los ataques xenófobos que otros extranjeros —como los chinos— sufrieron en nuestro país. Su origen se debió a un contexto nacional e internacional de fobia al comunismo, donde algunos sectores letrados y populares, que profesaban un anticomunismo o ferviente catolicismo, se sintieron amenazados.

Finalmente, vale la pena preguntarnos por qué el reciente paso de caravanas migrantes centroamericanas por nuestro país volvió a despertar fobias y actitudes xenófobas. Y en qué medida siguen vigentes los sentimientos de repudio ante lo extranjero, ante el otro, aun en pleno siglo XXI y en un país esencialmente migrante que ahora sufre una tremenda presión fronteriza.

 

Omar Fabián González Salinas
Doctorando en Historia en El Colegio de México, dedicado al estudio de temas sobre nacionalismo.


1 Tomás Pérez Vejo, “España en el imaginario mexicano: el choque del exilio”, en Agustín Sánchez Andrés y Silvia Figueroa Zamudio (coords.), De Madrid a México. El exilio español y su impacto sobre el pensamiento, la ciencia y el sistema educativo mexicano, México, umsnh, 2001, pp. 23-93; Dolores Pla Brugat, “Ser español en México, para bien y para mal”, en Delia Salazar (coord.), Xenofobia y xenofilia en la historia de México. Siglos xix y xx. Homenaje a Moisés González Navarro, México, segob / Instituto Nacional de Migración, 2006, pp. 135-171. Véase también: Guillermo Sheridan, “Refugachos, escenas del exilio español en México”, Letras Libres, 30 de junio del 2002; David Marcial Pérez, “Los dos Méxicos del exilio español”, El País, 18 de noviembre del 2014.

2 Ricardo Pérez Montfort, Hispanismo y falange. Los sueños imperiales de la derecha española y México, México, fce, 1992, p. 133; Agustín Sánchez Andrés et al, Un capítulo de la memoria oral del exilio. Los niños de Morelia, México, umsnh, 2002, pp. 46, 50, 91. Sobre éstas y demás experiencias de los “niños de Morelia”, véase las memorias que Emeterio Payá Valera, sobreviviente de aquellos infantes hispanos, publicó Los niños españoles de Morelia. El exilio infantil en México, México, El Colegio de Jalisco, 2002.

3 Silvia Figueroa Zamudio y Agustín Sánchez Andrés, “Una utopía educativa: la escuela España-México”, en Sánchez Andrés y Figueroa Zamudio (coords.), De Madrid a México…, p. 254.

4 AGN, Fondo Presidencial Lázaro Cárdenas, caja 683, exp. 533.3/20, carpeta 2, f. 835.

5 AGN, Secretaría de Gobernación s. XX, Investigaciones Políticas y sociales, caja 4, exp. 14, f. 45.

6 Carlos Sola Ayape, “Nacionalismo y movilización obrera en el México cardenista ante la llegada del exilio español”, en Agustín Sánchez Andrés y Carlos Pereira Castañares (coords.), España y México. Doscientos años de relaciones, 1810-2010, México, iih-umsnh, 2010, pp. 318-416.

7 “Inmigrantes que no debemos tolerar”, Omega, 23/abril/1938.

8 “¡Arriba la hispanidad inmortal!”, El hombre libre, 24/mayo/1939; “Álvarez del Vayo y Negrín seguirán soñando despiertos”, El hombre libre, 12 de junio de 1939.

9 “La ola roja en México”, El hombre libre, 4 de junio de 1939; “México rumbo al caos rojo”, Omega, 11 de mayo 1939.

10 “Al amparo del signo comunista. Así llegaron los milicianos españoles”, El hombre libre, 19 de junio de 1939; “Contra el deseo popular han llegado los comunistas españoles”, El hombre libre, 21 de junio de 1939; “Sedicioso discurso del Lic. García Téllez a la temible caravana de refugiados”, Omega, 17 de junio de 1939.

11 Sobre la estima mexicana a la inmigración española, véase Tomás Pérez Vejo, “Exclusión étnica en los dispositivos de conformación nacional de América Latina”, Interdisciplina, vol. 2, núm. 4, sept.-dic. 2014, pp. 201-202.

12 Sobre estas leyes véase los estudios de Pablo Yankelevich, ¿Deseables o inconvenientes? Las fronteras de la extranjería en el México posrevolucionario, México, ENAH / Bonilla Artigas / Iberoamericana Vervuert, 2011; “Nuestra raza y las otras. A propósito de la inmigración en el México revolucionario”, en Tomás Pérez Vejo y Pablo Yankelevich (coords.), Raza y política en Hispanoamérica, México, El Colegio de México, 2017, pp. 315-350.

13 “¡Abajo los mexicanos! ¡Arriba los extranjeros!”, El hombre libre, 14 de junio de 1939; “Contra el deseo popular han llegado los comunistas españoles”, El hombre libre, 21 de junio de 1939; “La invasión de milicianos derrotados acarrearía serio problema para México”, Omega, 14 de abril de 1938.

14 Clara Lida, Inmigración y exilio. Reflexiones sobre el caso español, México, El Colegio de México, 1997, pp. 118-119.

15 Testimonio publicado en: Enriqueta Tuñón Pablos, Varias voces, una historia… mujeres españolas exiliadas en México, México, inah, 2011, pp. 54-55.

16 Pla Brugat, “Ser español en México…”., p. 141.

17 Archivo Histórico del Centro de Estudios de Historia de México – Carso, fondo CLXXXVI, carpeta 27, doc. 2750.

18 Pérez Vejo, “España en el imaginario mexicano…”, pp. 27-28, 63-65.

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La reciente polémica entre los gobiernos de México y España a raíz de la solicitud de perdón de Andrés Manuel López obrador por los hechos de la Conquista, abre una rica y necesaria veta de discusión sobre desde qué punto y bajo qué premisas debemos discutir ese momento fundamental de la historia de Occidente.

Uno de los temas de debate público más sonados de los últimos días ha sido la filtración de la carta que Andrés Manuel López Obrador envió a la Corona española solicitando disculpas por los abusos y excesos cometidos durante la Conquista. Al margen de lo necesaria o fuera de lugar que pueda parecer la petición, lo que aquí me interesa es entender la serie de enconadas reacciones que ésta originó a ambas orillas del Atlántico. Y es que muchos mexicanos demostraron que el tema les representa una herida histórica sin sanar, mientras que no pocos españoles, en medio de la más alta indignación, dijeron que no había nada de que disculparse; por el contrario, México debía agradecer “la civilización” llevada por los conquistadores.

En concreto, el argumento que me interesa discutir es que, detrás de las exaltadas opiniones sobre el tema, se encuentran los nacionalismos más acérrimos y los muy distintos lugares que cada país le asignó a la Conquista en sus historias nacionales. Entender esto implica comenzar por comprender que las naciones y las identidades nacionales no son inherentes a la naturaleza humana, sino “invenciones” modernas en el más amplio de los sentidos. En efecto, desde la Modernidad política, cuando los Estados dejaron de legitimar el poder a través del derecho divino (“gobernar en nombre de Dios”), y en su lugar apelaron a la nación (gobernar en representación de una supuesta comunidad nacional homogénea y cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos), los representantes de estos Estados nacionales tuvieron que construir historias que dieran cuenta de la supuesta existencia de la nación a la que gobernaban, y que al mismo tiempo sirvieran como elemento de cohesión entre la sociedad que dejaba de concebirse como hija de un rey, para convencerse de que eran hermanos miembros de nación. Desde entonces, cada país inventó un relato histórico nacional en la que el pasado se convirtió en un elemento sumamente maleable, toda vez que estas historias no tenían el cometido de explicar, sino de legitimar los intereses y necesidades del presente.1

Ilustración: Ricardo Peláez

De esta forma, España y México —como el resto de países occidentales— forjaron sus propias historias nacionalistas, con muy particulares formas de
interpretar el pasado, incluso aquellas experiencias históricas compartidas. En México, durante el siglo XIX coexistieron dos distintas ideas de nación: una hispanófila, según la cual México era producto de la Conquista y la Colonia y se reconocía en la herencia hispánica. La otra fue de carácter hispanófobo, y argumentaba que México existía desde tiempos prehispánicos, y que fue esclavizado por una nación española durante trescientos años, hasta que finalmente sobrevino la Independencia como una guerra de liberación nacional.2 Este segundo relato de nación es el que nos resulta más familiar, puesto que fue el que finalmente se impuso en nuestro país como la única y “verdadera” historia nacional mexicana.

Por su parte, España construyó su propia versión de historia nacional. En ella la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, así como la Conquista, fueron interpretadas como las grandes aportaciones españolas a la humanidad, pues fueron vistas como la exportación de la hispanidad y el catolicismo al “Nuevo mundo”.3 No extrañe entonces que cada 12 de octubre España celebre el “Día de la hispanidad” como su más grande fiesta nacional, incluso de forma más fastuosa que el 2 de mayo, día de su Independencia.

Así, por décadas España y México han cultivado distintas y contrarias maneras de interpretar la presencia hispana en América. Los españoles han crecido aprendiendo una historia en la que es símbolo de orgullo nacional creer que ellos “civilizaron” y “pusieron en el mapa” a América, además de legarnos cultura, lengua y religión. Por nuestra parte, los mexicanos hemos sido aleccionados para ver una España que nos esclavizó y explotó por trescientos años, hasta que nuestros “héroes” de 1810 nos dieron libertad. Ambas interpretaciones no son ni falsas ni verdaderas, pues pertenecen más al campo de los mitos históricos que construyen naciones y sustentan identidades nacionales.

Y claro que existen episodios históricos que han acercado a ambos países. El exilio republicano español en México es una importante página en nuestra historia compartida que ha estrechado lazos fraternos entre españoles y mexicanos. Sin embargo, este hecho no cambia la forma oficialista en que los españoles han escrito la historia de su presencia colonial en América, ni el papel que México ha otorgado a lo español en la conformación de su ser nacional.

Ilustración: Patricio Betteo

A pesar de los estudios hechos por historiadores y demás científicos sociales, sigue siendo una realidad que el grueso de la población a ambos lados del Atlántico crece y se forma con la historia nacionalista que da sentido a su nación y a su identidad nacional. El nacionalismo llega a un punto en que se convierte en algo cotidiano y, por ende, en una fuerza aplastante que está presente en las clases de historia de la educación básica, en los nombres de las calles y plazas, en las fiestas del calendario cívico, en monumentos o en las imágenes de nuestros billetes —así como en un sinfín de otros medios. Día a día, de las maneras más sutiles, el nacionalismo nos está adoctrinando en una historia patria plagada de “héroes” y “villanos”, de “glorias” y “traumas” nacionales.

Y los políticos parecen no estar exentos de los fatales efectos del nacionalismo. Para muestra están las ridículas declaraciones de nuestra senadora Jesusa Rodríguez, quien al repudiar la Conquista señaló que cada vez que un mexicano come tacos de carnitas, está celebrando la caída de Tenochtitlan, pues se trata de una “dieta violenta” traída por los conquistadores.4 También se ha suscitado la iconoclasta propuesta del Partido Verde Ecologista que exige retirar monumentos y nombres de calles que aludan a Colón y a Hernán Cortés.5 En el otro extremo, los voceros de Vox, partido derechista español, no dudaron en reclamar con encono nacionalista que México y toda América deberían agradecer a España por la civilización llevada por los conquistadores.6

Así las cosas; cuando se debate sobre la Conquista, mexicanos y españoles recurren al bagaje de historia nacional con la que crecieron, sin percatarse que en aquellos tiempos ni México, ni España —como ninguna otra nación— existían. Por tanto, no existió guerra en la que una nación sometió a otra. No hubo españoles esclavizando mexicanos. Lo que existió fue una guerra de conquista en un territorio con distintos señoríos indígenas viviendo en un periodo caracterizado por bélicos enfrentamientos entre éstos.

A esta guerra siguieron una serie de sincretismos culturales, los cuales, dicho sea de paso, tampoco justifican el lugar común que significa decir que los mexicanos somos una nación mestiza producto de la herencia hispana e indígena, pues la mestizofilia también es un mito nacional de carácter simplificador y fuertes vínculos con el pensamiento racista.7 Lo cierto es que las mezclas, las continuidades y rupturas culturales fueron variadas y complejas y solo hacia inicios del siglo XIX España y México surgieron como Estados independientes que comenzaron a construir sus historias nacionales en las que uno se dijo orgulloso triunfador de una conquista, mientras que el otro se dijo víctima de ésta.

¿Es posible, entonces, llegar a un acuerdo más conciliador y exacto sobre lo que significó la Conquista? Esto se antoja como una buena tarea para los historiadores en el ya cercano quinto centenario de la Conquista. Sin embargo, lograrlo de manera generalizada y contundente implicaría que los Estados nacionales renuncien a ver —y enseñar— la historia con las anteojeras del nacionalismo. ¿Y los Estados-nación se han desarrollado lo suficiente como para abandonar los paradigmas históricos nacionalistas? Las disputas originadas por la carta de López Obrador señalan que al menos México y España están lejos de llegar a un futuro posnacionalista. Quizá esto sea así porque seguimos viviendo en una era en que las fronteras territoriales y culturales son respaldadas por sociedades que ignoran la historicidad de las identidades nacionales, creyendo que se trata de “realidades naturales”. Por tanto, para muchas poblaciones estas identidades siguen constituyendo la base con la que dotan de sentido el pasado, presente y futuro de la humanidad.

 

Omar F. González Salinas
Historiador con línea de investigación centrada en la invención de la nación y la identidad nacional en México. Actualmente es estudiante de Doctorado en Historia en El Colegio de México.


1 Gellner, Ernest, Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza Editorial, 1988; Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, México, Fondo de cultura Económica, 1993; Florescano, Enrique, “Notas sobre las relaciones entre memoria y nación en la historiografía mexicana”, Historia Mexicana, vol. liii: 2, octubre-diciembre 2003, pp. 319-416.

2 Pérez Vejo, Tomás, España en el debate público mexicano, 1836-1867. Aportaciones para una historia de la nación, México, El Colegio de México / Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2008.

3 Pérez Vejo, Tomás, España imaginada. Historia de la invención de una nación, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2015.

4 “Cada que comas tacos de carnitas festejas la caída de Tenochtitlan: Jesusa Rodríguez”, El Universal, 18 de marzo del 2019.

5 “Partido Verde propone retirar todo lo relacionado con Colón y Cortés en CDMX”, El Universal, 2 de abril del 2019.

6 “Amlo y toda América deberían agradecer a españoles por civilizarlos: partido vox”, El Universal, 26 de marzo del 2019.

7 Basave Benítez, Agustín, México mestizo. Análisis del nacionalismo mexicano en torno a la mestizofilia de Andrés Molina Enríquez, México, Fondo de Cultura Económica, 1992; Brading, David, “Darwinismo social e idealismo romántico. Andrés Molina Enríquez y José Vasconcelos en la Revolución mexicana, en David Brading, Mito y profecía en la historia de México, México, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 170-203.

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