El escritor Alberto Ruy Sánchez presenta nuevo libro de poemas en la FIL de Guadalajara. Un verdadero llamado ético y estético para no caer en el desasosiego.

A los lectores que tan a menudo caen en la desesperanza climática, urbana y humana:

Alguien debió haber calumniado a Alberto Ruy Sánchez, porque hace poco el escritor recibió un mensaje inexplicable en su cuenta de Facebook. Un delator anónimo había juzgado necesario alertar al ejército de robots de Mark Zuckerberg de las obscenidades que el poeta publicaba en su página. En respuesta a tan grave acusación, el algoritmo de la red social revisó la página del autor para descubrir treinta imágenes que, a sus ojos artificialmente inteligentes, se parecían a la que había ofendido la sensibilidad del soplón. Si Ruy Sánchez no borraba las fotografías, rezaba el mensaje automático, el demiurgo de silicona no tendría otra opción que borrarlo a él. Como evidencia de la gravedad de la situación, la advertencia incluía una copia de las pervertidas publicaciones del escritor. Lo incomprensible del asunto —más bien: lo asombroso— era que las fotografías, todas ellas, eran retratos de jacarandas en flor.

Confieso que no conozco el desenlace del aspecto digital de la historia, pues hace un tiempo que me di de baja de Facebook. En cuanto al aspecto literario puedo reportar con alivio que la reflexión jacarandológica de Ruy Sánchez sobrevivió a tan descarado intento de censura antiflorista. Prueba de ello es la aparición de Dicen las jacarandas, el más reciente libro de poemas del autor de Los nombres del aire. Publicado por Era y presentado este domingo en la FIL de Guadalajara, el volumen toma a las jacarandas de la Ciudad de México —su belleza, su historia, su biología, su larga lista de admiradores literarios— como punto de partida para meditar sobre nada menos que la condición humana.

Semejante proyecto podría resultar inverosímil ante lectores apocalípticos del asfalto y el esmog, desencantados y reticentes a la longeva tradición floresca —una jacaranda es una jacaranda es una jacaranda, y esto les duele en el oído. A ellos hay que decirles, una vez más, que la tarea del poeta consiste, precisamente, en arriesgar lo inverosímil, en renovar siempre las fuentes y los versos. Además, como la poeta y editora Julia Santibáñez le recordó al público durante la presentación: “Nietzsche, Tom y Jerry, los planetas, todo se mueve en círculos. Y también las jacarandas”. Así, Ruy Sánchez encuentra en la flor que cada año regresa del mundo de los muertos un símbolo fecundo de la persistencia de la belleza a lo largo del tiempo —un Argo del reino inanimado que cambia y sin embargo permanece (sí, Heráclito no se va de aquí para pronto). Por si esto fuera poco, como señaló la académica Vanessa Cortés durante la presentación, los versos de Ruy Sánchez demuestran un cuidado de la técnica poética —“¡Estos son octosílabos perfectos!,” exclamó la florilegióloga potosina— que sólo podría venir de la colaboración de Margarita de Orellana, la mente maestra detrás de Artes de México, esa celebración serializada de la forma que no encadena sino libera y enriquece.

A manera de ilustración, echemos una ojeada al poema inaugural —éste, en endecasílabos— de este tratado de jardinería espiritual:

Cada ramo en la rama amoratada
es el ritmo alterado de su savia.
Delirio de sus venas que florece,
hervor de tierra dócil, embriagada.
No parecen pétalos, son palabras,
racimos de sílabas que palpitan.
[…]
Son animales, sabores, anhelos,
humo, premoniciones, amenazas.
[…]
No sólo flores, también son palabras
de la lengua sutil que nos inventa.

En efecto, estos son versos de muy cuidada factura. Nótese, para empezar, la elegancia de las enumeraciones. Los saltos conceptuales entre “animales,” “sabores,” “humo” y “premoniciones” son enormes: como en los mejores poemas de Góngora y Lezama Lima, el objeto de la atención de la voz lírica sufre una serie de metamorfosis instantáneas. En el transcurso de algunos versos, las jacarandas —o “jacarandás,” como dicen los guaraníes — emigran de la silenciosa república de la flora a la vital anarquía de la fauna, para luego, insatisfechas todavía, convertirse en un estado mental que excede al instinto y que sólo puede existir dentro de una conciencia humana.
Lo genial del asunto es que la música aliterativa de “animales” y “anhelos” justifica en la forma un salto de contenido que de otra suerte arriesgaría la incoherencia. El segundo verso de la copla extiende esta operación poética: una afinidad musical —la rima interna de “sabores” con “premoniciones” y el eco evocativo entre el “humo” y el “anhelo”— justifica la metamorfosis metafórica. Mi efecto favorito, sin embargo, es el de la palabra “premonición.” La súbita aparición de una palabra de cuatro sílabas en esta versificación ritmada por términos cortos, y que además se anuncia con dos consonantes fuertes, escenifica una ruptura del orden mental —como surge el fuego del augurio— de una visión que quiebra la linealidad del pensamiento lógico para entrar en el ámbito de otro tipo de observación. La orfebrería de Ruy Sánchez es tan fina que, en su libro, la palabra “premonición” se convierte, ella misma, en lo que denota. Así con las jacarandas que, como todas las cosas tocadas por el espíritu humano, tienen una doble vida: objeto y concepto, árbol y flor, flor y palabra, palabra y canto, canto e idea, idea y anhelo, deseo insatisfecho y deseosa satisfacción. Acaso esta serie encarna la búsqueda medular de la poesía: no por nada la flor y el canto se condensan desde un principio en el término náhuatl “in xóchitl, in cuicátl”, referido a la poesía y al arte.

Fotografía de: Facebook de Alberto Ruy Sánchez.

Ahora bien, vivimos en tiempos aciagos. ¿No hay algo un tanto escapista en ponerse a escribir un libro sobre flores en la era del antiflorismo, esa deformación del espíritu que late en el corazón de la crisis planetaria que nos acosa? La pregunta es válida, pero plantearla en esos términos implica malentender el proyecto de Ruy Sánchez. Y es que la poética de la jacaranda, esta nueva expresión de la estética del asombro que nuestro poeta ha venido postulando a lo largo de todos sus libros, es también una política pro-florista. A manera de ilustración, Ruy Sánchez nos pide que consideremos la importancia de los cerezos en la vida cívica de Japón. Aprender a amar a las jacarandas como los japoneses aman a sus cerezos, sugiere Ruy Sánchez, podría hacernos mejores seres humanos —y mejores ciudadanos. ¿Qué podría ser más democrático que cultivar un amor sincero por los jardines colectivos y públicos? ¿Qué clase de comunidad imaginaria podríamos construir en torno a nuestro embeleso colectivo frente a estos “caleidoscopios del viento”?

Lo cierto, en todo caso, es que el Ruy Sánchez que yo conozco nunca ha sido un proponente del “arte por el arte”. Para él toda actividad estética es también ética: una de sus frases favoritas es “las cosas bellas nos ayudan a vivir”. Cierro, entonces, con la anécdota con la que Ruy Sánchez respondió a una pregunta del público sobre el contenido político de su libro. Había una vez un periodista norteamericano al que sus editores habían asignado la cobertura de los juicios de una u otra pandilla de criminales de guerra. Durante las semanas siguientes, el reportero pasó cientos de horas en los austeros salones de La Haya escuchando letanías de atrocidades e inventarios de horror. Tal profusión de evidencia de la perfidia humana terminó por tener un efecto profundo en el ánimo del reportero. Olvidémonos de escribir poesía después de Auschwitz, dijera Adorno —¿cómo demonios se supone que nos lavemos los dientes después de Rwanda y Sarajevo? ¿Cómo vivir a sabiendas de los horrores de los campos de Xianjiang y las hieleras de Brownsville?

Tales reflexiones cruzaban por la mente del reportero una mañana afuera del juzgado. En eso, el juez encargado del caso salió de la Corte y saludó al reportero.

—¿Cómo le hace usted? —preguntó el reportero.

—¿Qué cosa? —respondió el juez.

 —Aguantar.

—Es muy sencillo —dijo el juez—. Allá enfrente, en el museo, hay una serie de cuadros de Vermeer que son verdaderas islas de luz.

Los cuadros en cuestión, explicó Ruy Sánchez, son todos producto de uno de los momentos más oscuros de la historia de Holanda. Mientras que otros pintores flamencos se dedicaban a registrar batallas y hechos heroicos, Vermeer prefirió pintar la luz.

—Ver esos cuadros —dijo el juez— me recuerda que la humanidad también es eso.

Como con Vermeer, así con Ruy Sánchez. Su poesía se ocupa de las cosas bellas, es cierto, pero eso no quiere decir que niegue o ignore las cosas terribles. Se trata, más bien, de hacer un esfuerzo de comprender a la humanidad cabalmente, en todas sus facetas. Entender lo bello, entonces, nos ayuda a soportar, entender, y quizás incluso cambiar lo terrible.

“El antídoto a la banalidad del mal —dijo Ruy-Sánchez— son las islas de luz”.

• Alberto Ruy Sánchez, Dicen las jacarandas, México, Ediciones Era, noviembre 2019, 96 p.

 

Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor.

 

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