México es hoy una potencia cultural global: de los últimos seis Óscar para dirección de cine, cuatro han sido para mexicanos en un periodo en el que nuestro país ha obtenido galardones en otras ocho categorías. En el mismo lapso, creativos mexicanos han ganado dos premios en el Festival de Cannes, siete en Venecia, dos en Berlín y dos en Sundance. En el terreno literario, entre 2012 y 2018, México ha obtenido dos Premios Cervantes, un Sor Juana Inés de la Cruz, un Planeta y un Princesa de Asturias, y sigue albergando la segunda feria del libro más importante del mundo. Dos chefs mexicanos figuran en la lista de los 50 mejores. México ha formado parte en los últimos seis años de los tres eventos más importantes del mundo del arte, con representantes en Documenta 13 y 14, así como presencia continua en la Bienal de Venecia y las ferias del sistema Art Basel, además de albergar la colección privada y la feria de arte contemporáneo más importantes de América Latina.

Estos logros se han producido en un entorno cuando menos adverso a la actividad cultural independiente en nuestro país, al menos en lo que toca al presupuesto. Y es que, en idéntico lapso, los recursos federales asignados a cultura se han visto disminuidos, merced a un decremento anual sostenido, en un 32 por ciento. México es, pues, una potencia cultural pero a pesar de sí mismo. O, cuando menos, del Estado mexicano.

Ilustración: Izak Peón

En las últimas décadas, los presupuestos para el sector se han mantenido en niveles por debajo del 0.5 por ciento del PEF —para este 2018 del 0.3 del PEF y el 0.07 del PIB— incluso a pesar de que México ha firmado acuerdos internacionales que nos comprometen a elevarlos. En la Declaración de Valparaíso, de la que somos firmantes, se estipula que los países procurarán asignar a cultura un mínimo del 1 por ciento de su presupuesto general, lo que para nosotros habría equivalido en 2018 a 52 mil millones de pesos, cifra muy distante de los poco menos de 13 mil de que dispusimos. Esto por no compararnos con Brasil, Costa Rica, España, Portugal y Cuba, que destinan a cultura una media anual del 0.5 por ciento ya no del PEF sino del PIB, modelo que, de haber emulado México, habría redundado en una cifra cercana a los 110 mil millones de pesos.

El asunto no es menor. Y no solo porque el retorno de inversión para el país del gasto en cultura es alto sino porque, más allá de sus nada desdeñables réditos económicos, la inversión en cultura lo es también en ciudadanía.

Si un ciudadano es, por definición, miembro legal de un Estado soberano, será, también por definición, parte de una comunidad. En una concepción dinámica de la ciudadanía, el ciudadano cultivará un interés activo y responsable —o, mejor, proactivo y corresponsable— por su entorno. No podemos, sin embargo, ocuparnos de lo que afecta a todos si no gozamos de condiciones mínimas, que suponen no solo un modo de vida digno y cabal salud sino ser libres y tener discernimiento, para lo cual será indispensable ejercer el pensamiento crítico: ser capaces de disentir pero también de estar de acuerdo a partir del desarrollo de un sistema propio de valores, que confrontaremos con la realidad gracias a una inteligencia aguzada.

La educación constituye el soporte básico del andamiaje intelectual del ciudadano. Sin embargo, en un país cuyo sistema educativo acusa una crisis al parecer irresoluble, igual o más importante será la exposición a la cultura para desarrollar esas capacidades.

Los productos culturales problematizan y sensibilizan: llevan a quien los consume a confrontar ideas ajenas con las propias, a partir de lo cual producirá nuevas ideas que, a su vez, entrarán en diálogo con el entorno­; abren a la posibilidad de ser perturbado o descentrado, lo que conduce a analizar lo experimentado de manera sensible, sirviendo otra vez como acicate a la inteligencia.

Si bien esa visión dista de haber sido la de un Estado que, hasta ahora, no ha concebido la política cultural más que como fomento a las artes, y que la ha mantenido al margen de los procesos de creación de ciudadanía, existen ya iniciativas impulsadas por la sociedad civil que conciben la cultura como un ejercicio de ciudananía activa que detona procesos de aprendizaje a partir de la poblematización del espacio público, la memoria y las relaciones sociales. Son estos proyectos que el Estado debe no soolo fomentar, financiar y vincular sino cuyo ejemplo debe seguir, a fin de detonar procesos orgánicos de construcción de ciudadanía en todo el territorio nacional.

El presidente de la Comisión de Cultura, Sergio Mayer, pugna este 12 de diciembre por un piso al presupuesto de cultura de 22 mil millones de pesos, potencial primera piedra en la edificación de la cultura como sector estratégico. Apoyar esa iniciativa se antoja deber no solo de todo integrante de la comunidad cultural sino de todo mexicano que aspire a vivir en una sociedad de ciudadanos.

 

Nicolás Alvarado
Escritor y promotor cultural.

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Lejos de haberse erigido en modelo hegemónico en Occidente, la democracia liberal ha dejado de concitar el entusiasmo de las mayorías electorales en muchos países. ¿Qué falló? ¿Cómo corregir el rumbo, apuntalar la legalidad, repensar la ciudadanía? Este 24 y 25 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, intelectuales, políticos escritores y activistas venidos de ocho países tratan de encontrar, si no la respuesta, sí las preguntas que es urgente formularse.


Hace casi tres lustros entrevisté a Gilles Lipovetsky a propósito de un concepto que acababa entonces de acuñar: el de hipermodernidad, fase si no superior sí subsiguiente de la posmodernidad, que él veía marcada por la desconfianza del Otro y la hipervigilancia herederas del 11-S pero también por el triunfo de los valores democráticos liberales en Occidente. Cómo explicar los casos de Cuba y Venezuela, le pregunté en ese tiempo en que Castro seguía con vida (y en el poder) y Chávez vivía su segundo periodo presidencial. Me respondió que como una anomalía al modelo, que tendería a corregirse con la imparable democratización.

Por una vez, se equivocó.

Y no sólo porque en los años subsiguientes serían electos en países occidentales jefes de gobierno refractarios a esos valores (Putin, Morales, Erdogan, Trump, Bolsonaro) sino porque, en ese mismo lapso, habríamos de ser testigos de fenómenos políticos construidos desde narrativas de la segregación y la exclusión en todo Occidente: el advenimiento del Brexit en el Reino Unido, el avance de partidos de ideología extremista en varios países europeos y las crisis políticas generadas en diversas naciones por la migración primero siria y después hondureña. Será también importante leer en esa clave el caso mexicano tras el triunfo electoral de un López Obrador que habría de hacerse con el control total del Legislativo, además de con el Ejecutivo, actor que ha sido recibido cuando menos con reservas por buena parte de lo que sus adeptos denominan “la comentocracia” y “la socialité civil” (mal signo).

El ahora presidente francés Emmanuel Macron lo formuló bien: los verdaderos ejes del pensamiento y la actuación políticos en nuestros tiempos no pasarían ya por la vieja división entre izquierdas y derechas sino por un polo conservador y otro progresista, presentes en la mayoría de los países y a los que sería posible adscribir a actores y formaciones nominalmente identificados con una u otra de las coordenadas hoy obsoletas. Ese cambio de paradigma habría de dar origen a un coloquio anual de la UdeG y la FIL Guadalajara que es mi privilegio coordinar y que decidimos nombrar De muro a muro al tomar como referentes temporales de tales transformaciones la caída del Muro de Berlín y la amenaza, esgrimida por el presidente Trump, de terminar de construir un muro divisorio en la frontera México-Estados Unidos.

La primera edición de De muro a muro, de vocación más bien generalista y realizada en 2017 en colaboración con la UNAM, reunió a intelectuales como Gary Gerstle, el propio Lipovetsky y Rob Riemen, políticos como Daniel Jadue y Pedro Kumamoto y escritores como Irvine Welsh para analizar los retos que suponen las transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales del siglo XXI. Para la segunda, que llega este 2018 a la FIL Guadalajara, y a la luz del recrudecimiento de la crisis que enfrenta hoy el modelo democrático liberal, decidimos unir fuerzas con el CIDE para tratar de comprender qué de ese modelo concitó el rechazo de amplias franjas del electorado en diversos países y cómo corregir el rumbo para frenar el avance de populismos y autoritarismos.

Jesús Silva-Herzog Márquez, autor del brillante ensayo “Entre la tecnocracia y el populismo” publicado aquí mismo en Nexos, se nos impuso interlocutor obligado del australiano John Keane, autor de Vida y muerte de la democracia, y del académico austriaco avecindado en México Andreas Schedler —quien estudia hace tiempo problemas y vicios de las democracias— en una primera mesa, a la que decidimos sumar a Consuelo Sáizar, experta en políticas culturales con miras a la creación de ciudadanía. Al ser la crisis de la democracia una marcada por la problemática de las minorías culturales, organizamos también una mesa sobre interculturalidad y democracia, a la que han de acudir la activista por los derechos trans e indígenas Amaranta Gómez Regalado, la académica del CIDE experta en movimientos sociales María Inclán, el exalcalde de la diversa ciudad estadounidense de Los Ángeles Antonio Villaraigosa y la escritora checa Monika Zgustova, experta en el mundo soviético. Finalmente, nos pareció importante abordar las democracias no liberales con la presencia de dos escritores que las conocen de primera mano —el venezolano Alberto Barrera y la francovenezolana Laurence Debray— pero también del legendario periodista español Joaquín Estefanía —cuyo reciente libro Revoluciones se centra de manera importante en el espíritu del 68, sus consecuencias y su oposición— y del político mexicano Salomón Chertorivski.

Confiamos en que esas dos jornadas, con ponentes venidos de ocho países, nos permitan no encontrar certezas —noción asaz antidemocrática— sino plantear (y, sobre todo, plantearnos) las preguntas necesarias para contribuir en lo individual al apuntalamiento de una sociedad de ciudadanos, requisito mínimo para vivir en democracia.

Nicolás Alvarado
Escritor, coordinador general de De muro a muro y asesor de la Presidencia de FIL Guadalajara.
De muro a muro. La democracia en su encrucijada se celebra los días 24 y 25 de noviembre en la FIL Guadalajara; el programa completo está disponible en demuroamuro.mx.

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