Mirar al fin la calma de los dioses
–Paul Valéry

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Una mujer sin atributos especiales, de mediana edad, ni bella ni fea, camina cargada por las bolsas de la compra. No parecen pesarle o estorbarle. Su paso es decidido y su estampa firme. No se le nota enferma o cansada, sino sana, de huesos fuertes y rasgos faciales que denotan carácter. Sin motivo aparente, de pronto, se detiene. Sin un solo gesto deja su carga sobre la acera, junto al antepecho de una ventana que no es la de su casa, sino una cualquiera. Se sienta. No a descansar o ver qué pasa ante sus ojos, sólo se sienta, ahí, ya para siempre.

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En un trigal, el joven segador parece a punto de llenar la troje. Lleva en el talego un bocadillo hecho con el pan exquisito que se hornea en el horno del pequeño pueblo donde vive, uno de tantos que no existen en los mapas. Lleva hoz y guadaña, aunque no es la muerte sino la vida misma con el talego a reventar de gavillas doradas. No voltea a ver cuanto ha hecho ni echa un vistazo a lo poco que le falta. Sus piernas se han acostumbrado al encorvamiento de la labranza, la siembra y la cosecha. Ha cortado otras cuantas espigas. Se detiene, se yergue, sus ojos sanos de campesino podrían abarcar toda aquella campiña y las montañas que la amurallan, y del otro lado el mar, podría ver, más no, están abiertos y ven, mas no ven nada. El segador suelta la carga, guadaña, hoz y trigo. Se recuesta sin ganas de dormir o descansar. No muere, no vuelve a levantarse, aunque podría.

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Un beduino hace su travesía. Lleva años reaprendiendo en cada andanza las nuevas dunas y las extrañas maravillas, la luz que transfigura, el frío nocturno y el calor del mediodía. Conoce los oasis y las zonas de riesgo. Sabe a dónde va y a qué. El desierto no es un medio más hostil que cualquier otro, más bien, por el contrario, es el más amigable para él, un viejo conocido que suele ser gentil con su raza y su gente. Continúa su andar sobre un camello joven. Va recorriendo grandes o pequeñas ciudades, ya encaladas, ya excavadas en la roca ocre. Todo ha sido perfecto, como siempre. Se acerca a un pueblo donde tiene amigos, algún pariente y buenos anfitriones que desde que era un jovencito lo conocen. Pasa de largo, para siempre.

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El joven amante que siempre estuvo enamorado de la chica morena ha luchado muy duro para tener algo que ofrecerle. Su conducta ejemplar ha sido construida con el sacrificio de los poderosos deseos de la juventud. Ha hecho que su pasión lo lleve a cierto éxito y no hay duda de que llegará lejos, a lo más alto en su oficio. Ya tiene ahorros suficientes para una vida sin carencias y, a veces, algún lujo nada despreciable. La muchacha se ha enamorado de él, incluso parece que lo ama, ya lo ama. Los padres lo aceptan de buen grado y aunque sueñan con príncipes azules —siempre son los padres y no las niñas los que buscan al príncipe azul— conocen su lugar en este mundo y han dado su bendición al casamiento. Todas las noches los amantes se encuentran frente a la puerta de la casa de ella. La nodriza hace la vista gorda ante los besos y promesas que nacen del deseo y la estupidez, aunque ellos creen producto del amor y los sueños. El príncipe azul ha sembrado en el corazón de su amada una vida en rosa. Todas las mañanas despiertan con el pensamiento en el otro, remontan el día en espera del encuentro nocturno. Esta noche la muchacha espera tras el portal. El joven aún no llega, ni ha de llegar: se ha detenido a escasos cinco metros, joven y apasionado, con el futuro a su favor, con las promesas de la vida en plena labor de cumplimiento. Se ha detenido entre un paso y otro rumbo al encuentro de su amada, y ahí ha de quedarse.

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El escritor pasa por su mejor época. Por fin parece sonreírle el éxito y empieza a recibir ingresos ligados con su trabajo. Ha cosechado el odio necesario y enemigos secretos; la crítica lo destroza, pero se ocupa de él. Lo invitan a programas de radio y televisión, da conferencias, imparte curos y talleres, sus artículos son publicados en todas las revistas, están en marcha varias traducciones de su obra, los periódicos escriben su nombre con ortografía —señal inequívoca del reconocimiento, según observó Wilde—, le llaman maestro y cumplen sus pruritos con los viáticos. Ahora mismo está por terminar la que sin duda será su obra maestra, una amalgama feliz de suerte, oficio y largas jornadas de trabajo. El final ya está claro, ha releído todo y sabe que nada sobra ni falta, que nada está fuera de sitio y no hay cosa que se pueda mejorar. Ya tiene al editor, un editor inteligente que sabe que nunca hay que presionar a un escritor. Hoy lleva escritas dos cuartillas y aún tiene el entusiasmo necesario para seguir, y tiene las ideas que dan vida a esas nimiedades donde se aloja la grandeza. Golpea el teclado velozmente, golpea una letra a mitad de una palabra, y de golpe no golpea más, ni una tecla más, ya nunca, ni una sola palabra.

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El cura da la misa hasta el Evangelio. “Es palabra de Dios”. “Amén”. Es tiempo del sermón. El cura mira a sus feligreses, no interpreta las escrituras, se arrodilla: “Orad, hermanos —dice—; orad por mí, hermanos”.

 

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Omitir y postergar: dos rostros de la misma negación del ser aquí y ahora, dos formas de dar la espalda al tiempo y ceder a la muerte el espacio de la vida. Nadie olvida realmente lo que ama de verdad. Nadie renuncia a sus deseos más íntimos,  profundos, primarios, acaso inconfesables. Pero no siempre es posible realizar el amor o satisfacer el deseo. Muchas veces la imposibilidad es impuesta por las circunstancias, pero la más de las veces proviene de nuestras más razonables sinrazones, nuestra percepción del absurdo y el sin sentido. Omitir y postergar pueden ser falta de impulso vital, creencia mágica en la duración infinita de la oportunidad, falta de imaginación acerca del tiempo y la caducidad de nuestra único e irrepetible turno para intentarnos como obras maestras de nuestro propio esmero. Pero también pueden ser una forma de imaginación suficiente para ver la inmensidad cósmica, histórica y -para bien o mal- humana y abandonar la tentativa de ser, como el náufrago asido a una tabla puede olvidar la esperanza demencial de encontrar tierra o -siquiera- un navío providencial en la inmensidad oceánica.

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En el pulso entre el absurdo y el sentido de la vida se apuestan las fichas del hacer o no hacer, del postergar o actuar, de la omisión o la inclusión. El juego tragicómico, regente de la existencia humana tal cual lo visualizó Dostoievski en la que considero su obra clave, El Jugador, no la mejor o mi favorita, pero si la que contiene la hoja de ruta de uno de los pocos escritores dignos de ser releídos insaciablemente.

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Nuestra época se vale de muchos conceptos para evaluar a los seres humanos. Conceptos como ganador o perdedor y cosas por el estilo que —invariablemente— se asocian con la cuenta bancaria y la aceptación social. Nuestra época nos califica según nuestra integración al sistema económico, social y cultural. Todas las épocas han sido lapidarias con quienes escapan al esquema de sociabilidad de los sensatos. Quien se mueve fuera del guión que nos entregan al "limpiarnos" de la "suciedad" de la placenta tiene opciones dentro de la marginalidad: el manicomio, la cárcel o esa fina condena del sistema en boga que consiste en ser exiliado de entre los vivos a punta de adjetivos. Los dolientes y débiles lamentan esto y uno no entiende qué hacen confinados en sus charcos de lágrimas onanistas. Otros asumimos sensatamente nuestra condición, nos obstinamos en vivir —lo que se llama vivir— conforme a nuestros actos y decisiones, y a veces nos apasionamos en un insano orgullo ante el "error". Somos soberbios y déspotas, pero no ante la gente común, sino ante los titiriteros que nos quieren de bufones: nos vemos en el bufón de Lear, uno de los más inquietantes personajes de Shakespeare.

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Vivir, y lo demás al pairo. Cuando estudiaba arquitectura, después de teatro y psicoterapia y antes de filosofía, hice muchos viajes escolares. Mis compañeros tomaban fotos, dibujaban bocetos de imitación y anotaban; yo admiraba pasivamente. Había que entregar las bitácoras al regreso. Mientras los demás emperejilaban y engargolaban yo escribía y dibujaba. Muchas veces me traicionó la memoria, pero aún recuerdo cuanto vi: no necesito ojear u hojear esas bitácoras. Y es que la memoria tiene secciones privilegiadas, eso ya se sabe sobradamente: este tiene memoria visual, aquel otro auditiva, etcétera. Yo tengo una extraordinaria memoria para las reflexiones mías y de la abundante gente valiosa con que la vida me ha obsequiado. Es recordando lo que pensé o pensaron como invoco lo que sucedió. Las inexactitudes no son sino la copra, la herrumbre, la paja que el tiempo ha consumido. Poco puede Cronos contra la sustancia, esa certeza es mi última referencia indirecta a los graves asuntos de la omisión y la postergación.

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El desencanto es otra cosa. Este tema y el de la sobrevivencia son constantes en mi trabajo. Lo que uno escribe no tiene nada que ver con lo que otros leen. Los malentendidos y las interpretaciones malintencionadas son desconcertantes aunque previsibles. También son aburridas. Para estar en desacuerdo es necesario un acuerdo de base: el lenguaje y el asunto. Otro tanto vale para el improbable estar de acuerdo. Dediqué un libro al desencanto. Creo que nunca me sentí más lejos de mis contemporáneos al oír o leer ciertas conclusiones que apuntaban a que renuncio a la utopía y los esmeros que exige. Pero más me inquietó el silencio, como si casi nadie se hubiera enterado, como si a nadie le hubiera interesado, como si fuera un delirio mío y en realidad jamás hubiera escrito eso. Pero lo escribí y publiqué. también sé que lo leyeron y releyeron, que se sintieron confrontados, que prefirieron no estar de acuerdo y que no encontraron las palabras que podrían expresar tal desacuerdo o -más precisamente- el deseo intenso de marcar distancia con lo escrito por mí, acerca de un yo que es un inmenso nosotros. Y es que el desencanto busca conventos donde esconderse y purgar su culpa, tramas conceptuales y retóricas autocomplacientes o bien, como ha sido en mi caso y unos pocos de mis lectores, mirarse a sí mismo, encender un pitillo, mirar el horizonte y dar con las nuevas entelequias sin las que —a mi muy personal talante— la vida no sería más cosa que un pedo de cómico entre el estruendo del carnaval. El desencanto tiene que ver con muchas cosas, pero no —al menos no el mío— con la omisión y la postergación. Creo que nos hemos puesto al día.

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De muchos libros he lamentado perder la cubierta, sea porque, en una de tantas mudanzas en esta vida de trashumante, se extravió o porque, por esas cosas propias de la autonomía existencial de los libros, se maltrató hasta no valer la pena rescatarla. En el caso de Moral Realities1 lo que no tengo es el libro, mas no he podido ni debido lamentarlo, pues nunca tuve sino la cubierta.

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Esto no quiere decir que la cubierta haya sido privada, por alguna omisión editorial, del volumen al que debía cubrir. Lo tuvo, y con seguridad lo extraña, por tratarse de una obra magnífica y muy superior a la hermosa cubierta, pues mientras que ésta apenas si pudo ocupar algunos meses de trabajo y empeño profesional de diseñadores y editores, el libro entraña (pues no he de poner en pretérito algo que a buena fe existe en algún sitio) a lo menos diez años de investigación, análisis y reflexión del doctor Mark Platts.2 No es este el espacio para desplegar sus virtudes personales y profesionales, así que baste mencionar que fue alumno predilecto de sir Bertrand Russell, y ha contado entre sus más queridas amistades con los personajes y filósofos más notables, caso de Peter Strawson, Donald Davison (éste, a su vez, titular de la cátedra Locke de la Universidad de Oxford, sólo ocupada antes por Russell, para quien fue creada, y de la que es heredero el doctor Platts), Carlos Monsiváis, Alejandro Rossi, un viajero frecuente que le traía Marmite desde su natal Liverpool, la señorita F (cuya identidad debo guardar celosamente, no por algo que pudiera dañar su honor sino por su significativo papel en esta historia de abandono del conocimiento filosófico) y yo.

Conocí al doctor Platts, con certeza, en 1989, durante mi segundo semestre en la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante varios años opté por el nutritivo suplicio de ser su alumno y discípulo (he de confesar que indirectamente lo sigo siendo, pues el buen hábito de pensar en orden vale la pena de ejercitarse) y él me hizo aceptar como becario en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la misma casa de estudios. Doce horas diarias era una buena suma para quien quisiera titularse bajo la asesoría de Mr. Platts y obtener, así, el paso, casi seguro, a la Universidad de Londres, de Oxford o cualquiera otra donde se impartiera lo que suele llamarse “filosofía analítica”, a lo que él, socarronamente, es decir que muy en serio,, solía replicar: “Filosofía, quieres decir”. Británico al fin, posee un admirable sentido del humor que se intercala abruptamente con accesos de, aries al fin, una violenta e implacable irascibilidad. Quizá por eso eligió, para la portada del libro que no tengo, una reproducción en grises de “La ira”, fragmento del imponente retablo de Los siete pecados capitales de El Bosco. Esta elección es, por cierto, la causante de que yo sea el poseedor de una cubierta sin libro.

De ningún modo haré público pormenor alguno acerca de la vida privada de mi amigo y maestro (ni de la mía, por cierto). Suelen preguntarle qué hace un filósofo en un país donde ni existe ni se intenta la filosofía: diré solamente que tuvo excelentes razones extraacadémicas para venir a México y las tiene, aunque otras, para permanecer aquí.

Fue en 1991 que el libro que no tengo fue editado en Londres por Routledge. El título, Moral Realities, se complementa con una explicación que no hace sino volverlo extraño: An Essay in Philosophical Psychology. Baste aproximarse a la descripción de dos tonalidades de azul para tener completa la portada: El fondo es de un azul celeste que diríase puro; las letras en que se anuncian el título, con mayúsculas, el subtítulo y el autor son (por cierto que en tipografía recia, con patines y cursivas para el subtítulo) azul rey; el sello de los editores es una elegante sombra y la imagen mecionada arriba tiene un margen blanco de unos 4 milímetros. Esto se ordena descendentemente con toda lógica, simetría y orden: título, subtítulo cortado para dejar en la tercera escala las palabras “Philosophical Psychology”, reproducción de “La ira”, nombre del autor y, finalmente el logotipo de los editores que consiste en una silueta, gris en este caso, que en su entorno interior dibuja otra silueta incolora (aquí azul) y 2 milímetros a la izquierda, verticalmente, de arriba a abajo, en mayúsculas recias y sobrias, la palabra “Routledge”, también en gris, con lo que la silueta y las letras dibujan una ‘R’, por demás pertinente.

El equilibrio, la elegancia, la sobriedad y, en fin, el buen gusto de la portada, así como la selección de tan admirable imagen (sin duda un clásico de la escuela flamenca) me obligaron los merecidos elogios en tono exclamativo. Mark Platts, tras habernos ofrecido a la señorita F y a mí una cena preparada por él mismo con alcachofas horneadas en aceite de oliva, y otras delicias, todo acompañado con abundante vino tinto, wodka y whisky, sacó de una caja proveniente de Londres un ejemplar, de entre una veintena que le habían enviado, de su obra recién impresa. La señorita F, que es un dechado de educación y buenos modales se dejó guiar, más que por el libro, por los cánones emanados de su buena cuna y felicitó al doctor por la edición de su obra, cosa que yo había pasado por alto, en primer lugar porque ya sabía, igual que ella, que la obra al fin había sido tirada y enviada a México, en segundo lugar porque la edición de una gran obra no me parece sino la consecuencia obligada de su concepción y en tercer lugar porque no podía decir nada acerca de un libro que no había ni hojeado. Así, la señorita F se deshizo en halagos para un libro que ni conocía ni conoce (y que yo en cierta forma conocía por haber seguido tan de cerca como le era posible a mis limitaciones las investigaciones y reflexiones del doctor Platts) y yo elogié la cubierta. Ésta, amén de la portada suficientemente descrita, cuenta con un lomo en negro con letras blancas que repite los datos principales; una contraportada típica, en blanco con letras negras y donde el prontuario fue coronado con dos preguntas que, por lo que puedo conocer, son acertadas: “Can morality be freed from subjectivism and relativism? e Is a descriptive metaphysics of morals possible?”, y dos solapas típicas también que contienen un enlistado de otras obras de la editorial y un elogio al libro y su autor. Esta nota repara en que Mark Platts ya había inquietado al mundo filosófico con su Ways of Meaning,3 el cual existe en español bajo el título Sendas del significado, en cuya traducción y edición colaboré cuando trabajaba en el Departamento de Ediciones del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, y el cual se puede conseguir en las bodegas de dicho lugar y solamente ahí, como cuanto publican los institutos de nuestra Alma Mater.

Pasaron unos meses de arduo trabajo antes de que nos volviéramos a reunir en casa del doctor los mismos que aquella vez. La señorita F, que bebía poco pero mal, estaba más borracha que Mr. Platts y yo, que lo estábamos mucho, de modo que se atrevió a rogarle que le regalara un ejemplar de su libro. Sólo quedaba uno, que aquel gentleman cogió al instante y se lo entregó, no sin antes arrancar la cubierta y dármela diciendo: “A ti es esto lo que te interesa.” Su humor y su irascibilidad se mezclaban en una broma de la que aún no me sobrepongo y de la que él se sigue riendo cuando nos encontramos y le pido un ejemplar del libro “aunque sea sin cubierta”.

Pasaron un par de años y un buen día la señorita F nos invitó a comer al Raffaelo de San Ángel. Sólo recuerdo dos platillos: ella y un noviete español, ingeniero en sistemas, con el que se casaría una semana después en Madrid, donde fijaría su residencia. Hacía bastante que ella dedicaba el tiempo a prometerse contraer nupcias y terminar la tesis: ese día nos confesó que el segundo asunto quedaba abandonado. Las bromas sobre su prometido le causaron, muy a nuestro pesar, peor efecto que su incurable romanticismo y se fue a Madrid sin deseo alguno de volver a saber de nosotros en el resto de su vida.

Los pocos libros que había reunido en sus años de intelectual se quedaron en ese cuarto precautorio que todas las damas dejan listo en casa de sus padres cuando se aventuran al matrimonio. En un rincón de mi biblioteca tengo lo que llamo “el altar”, en el que se reúne un cráneo humano que mi madre embargó a unos santeros y al que desde el 19 de abril de 1998 llamo “Octavio”, un frasco vacío de ese manjar británico (pocos existen) llamado Marmite y la cubierta de Moral Realities, cuyo ausente cuerpo sufre de consistencia con su título entre, supongo, un libro de poemas de Bécquer y Las cuitas del joven Werther, cuyo pertinaz mal de amores apasionaba a la señorita F.


1 Mark de Bretton Platts, Moral Realities: An Essay in Philosophical Psychology, Routledge, 2014, UK, 1991, pp. 244

2 Mark de Bretton Platts (born 1947) is a philosopher at the Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (Institute for Philosophical Investigation, National Autonomous University of Mexico). He is well known for criticizing the Humean theory of motivation, especially in his book Ways of Meaning (1979/1997). (https://en.wikipedia.org/wiki/Mark_de_Bretton_Platts)

3 Mark de Bretton Platts, Ways of Meaning: An Introduction to a Philosophy of Language, Routledge y Kegan Paul, UK, 1979.

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Una escritora importante, que no sé qué ha escrito, pone en Twitter una estrofa del bolero Bonita y agrega “Tin Tan dixit”. Mi impulso primario, instintivo, es aclarar el asunto en la red social, pero después de varias décadas cerrándome puertas y reventando mi entorno por la manía de soltar opiniones, decido abrir Word y escribir sobre este asunto. O no éste en especial, pues cinco minutos después me doy cuenta de que tiene nula importancia. Bonita es un bolero blues escrito —como los más viejos, menos esnobs y no demasiado incultos sabemos— por José Antonio Zorilla Martínez con música del legendario Luis Alcaraz, quien la interpretó y grabó, así como Javier Solís, antes de que la grabara Germán Valdés. No sé Zorrilla, pero Luis Alcaraz, guste o no, es un nombre necesario en una cultura general decorosa. En el repertorio mexicano e internacional es constante e imprescindible el abundante trabajo que hizo junto a Mario Molina Montes, quien, por cierto, escribió e internacionalizó la letra de Candilejas (Limeligth), calificada por Chaplin como la mejor versión posible de su propia obra.

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No sé si mi neurosis cada vez es más grave pero creo que hasta para poner un tuit hay que ser riguroso, precisamente porque el alcance de las redes sociales se presta para volver verdad los equívocos más graves, como los promovidos por ciertos grupos políticos a través de sus fanáticos o de los medios a su servicio. Me enferma ver imágenes con la foto de Cortázar, García Márquez o Einstein acompañadas de frases que jamás dijeron y que, en su mayoría, son cursiladas escalofriantes. A la banda no le importa hacer el ridículo con tal de pasar por culta. Eso sí debería legislarse (¡Fallad!).

Cada vez más neurótico y agrio, he ganado en prudencia, síntoma inequívoco de envejecimiento (algunos dirían que de madurez y me causarían otro disgusto enorme), así que ya no ando de respondón y retobado, sino con el hígado inflamado, el estómago inundado de sangre ulcerosa y los nervios como de bistec barato. Tengo un tuit fijado en la cabeza de mi cuenta: “La templanza es la virtud consistente en morirse de un coraje en vez de matar a un prójimo”. Es mío, aunque cuenta con muchos homenajes, o sea plagios. Y pues eso: Que a mí me van a matar de un disgusto los tuiteros y feisbuqueros.

Por poner otro ejemplo, me da urticaria cada vez que algún neofilósofo autodidacta dice que “Conócete a ti mismo” (gnóthi seautón) es una frase platónica o socrática. No se enteran. Eso estaba escrito en el templo de Apolo en Delfos y, aunque no está claro el autor, al parecer fue el sabio Solón de Atenas. Encima ponen el aforismo en latín, como ésos que citan en inglés a un autor francés, por ejemplo, y, digo yo: o lo citas en español o lo haces en el idioma, la forma y las palabras exactas en que fue escrito.

Los difusores culturales voluntarios son peores enemigos de la cultura que los consumidores sin paladar y los editores poco rigurosos.

Dan ganas de preguntar a quienes gusten responderlo dónde demonios fue que Voltaire escribió o dijo: "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Qué decepción tan grande se llevarían al descubrir que monsieur François-Marie Arouet, a quien seguramente no han leído, jamás dijo eso, sino que se trata de una frase escrita dos siglos más tarde por la británica Stephen G. Tallentyre (n. Evelyn Beatrice Hall) en su biografía del pensador francés.

Algo así pasa con “Es preferible morir de pie que vivir de rodillas”, frase que popularizó en sus discursos durante la Guerra Civil Española Dolores Ibárruri, La Pasionaria, a quien se le atribuye tanto como al Che Guevara o a Emiliano Zapata. Las fuentes más confiables apuntan a que es del Caudillo del Sur. Me gusta mucho aplicarles la mayéutica (esa sí es socrática, tuiteros) a “las fuentes más confiables” del mundo entero, sobre todo en esta época en que las fuentes más confiables son víctimas millonarias de líos contractuales o chaparritos cazacocteles que se apoderan de cualquier causa para subir su mínima estatura intelectual y moral en un banquito. Así que pregunto a las fuentes confiables qué tanto puedo confiar en la fuerza retórica del caporal de Anenecuilco (nacido en Villa de Ayala, una cosa más que es necesario aclarar) para soltar ese dictum y dónde consta que lo hizo. Me temo que el buen Emiliano que amaba a los pobres y quiso darles libertad, tendía más a decir cosas como “¡Échenle güevos, cabrones, y al que se raje lo fusilo!”. Me gusta la leyenda, pero es eso: leyenda.

De vuelta con la música popular, hay casos en que aclarar los asuntos es menos riesgoso: Cierta dama muy aficionada a las canciones sentía cierto desprecio por Agustín Lara, José Alfredo y otros. Le pedí que me dijera canciones que le gustaban. Casi todas resultaron ser de los mencionados cuando no de Álvaro Carrillo, Guty Cárdenas o Armando Manzanero. Reconoció que yo tenía razón pero no cambió de opinión.

Me callo las cosas poco importantes, sin embargo, porque con los enemigos que he hecho en la vida ya tengo suficiente atención del vulgo y sobrado calor humano a mi alrededor.

No siempre fui tan cauteloso como ahora que el fastidio me hace menear la cabeza y corroborar que la especie humana no tiene remedio. Hace un lustro, más o menos, me eché una enemiga nada deseable, hermana e hija de importantes poetas, cuyo nombre omitiré. También fue culpa de una canción. Ya hacía tiempo le había comunicado que no quería tratos con ella porque era altanera, terca y agresiva. Resulta que a cuento de no sé qué volvió a mí tan campante, como si nadie la hubiera mandado a la chingada, para decir no me acuerdo qué demonios sobre las Nanas de la cebolla “de Serrat”. Venero al Nano, pero las cosas como son: su trabajo con los poetas (Machado y Hernández en especial) es bastante discutible: Muy pocos pueden leer esas nanas o los primeros versos de Cantares sin dejarse llevar por la melodía. Con cierta condescendencia le dije a la dama que me parecía una barbaridad poner Serrat donde debía decir Miguel Hernández. Respondió colérica que ella estaba hablando de música. Entonces sobrevino la catástrofe que la mayoría de quienes lean esto sentirá como una puñalada en la boca del estómago: La música de la canción “de Serrat” es de mi entrañable y viejo amigo Alberto Cortez, y así lo consigna (gratitud mediante) el propio cantautor catalán o, más precisamente, dados los tiempos que corren, xarnego. La dama de marras me respondió con todo un repertorio de adjetivos de uso coloquial y me bloqueó así en Facebook como en la Tierra. La cosa no tenía importancia, lo grave era que yo tenía razón, el peor de los pecados (y que esté claro que Borges nunca escribió esa cursilada de que cometió el peor de los pecados por no haber sido feliz).

En los caminos de la vida, caballo viejo lo sabe, más vale vivir equivocado junto con la masa opinóloga e informada. En este cambalache, lo mismo un bruto que un gran profesor. ¿Sabe usted, por cierto, qué significa “yira” (pistas: ni lunfardo, ni criollo, ni porteño, ni gauchesca)? Y ya con ésta me despido, agur.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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No es obligatorio ni lo más frecuente, pero se agradece que un libro de cuentos evite llevarnos del tingo al tango sin ilación alguna. Los hay que unen sus piezas mediante la atmósfera en la que se desenvuelven; a otros los cohesiona un ámbito emocional; otros habitan un mismo humor o en similar espíritu nihilista; y entre muchos etcéteras más están los que comparten una temática, una metafísica o una preocupación determinada. A éstos pertenece Cuaderno de Hanói (2014), en donde el signo, el símbolo, el lenguaje, su expresión y la pobre humanidad de quien los usa, se engarzan en cinco piezas; cinco cuentos que sin ser introspectivos exploran diversas ambiciones escriturales a modo de alegorías del hombre común aventurado al difícil oficio de descifrarse a sí mismo y a su entono.

Ante todo, Cuaderno de Hanói es ligero y generoso, se lee sin contratiempos pretenciosos y de una sola sentada. Un libro apto para todo público, a menos que se lea de una manera ya en desuso: bien leído. En tal caso sí que es espinoso, complejo, hiriente, agresivo y desolador.

Hay claves autobiográficas. A fin de cuentas todo remite a la propia experiencia, pues todo es autobiográfico en alguna medida. Ya lo decía Antonio Machado en voz de su maestro Juan de Mairena: “lo más particular es lo más universal”. Podemos vislumbrar, sí, los datos de un mundo en el que el autor y, seguramente, el lector, hemos habitado: el de la ambición desaforada, la fantasía del hallazgo, las fobias y manías, la memoria, la catástrofe existencial.

Esta enumeración corresponde a la secuencia de los cuentos reunidos en Cuaderno de Hanói. El autor ha observado cómo el hombre gasta su vida en fantasías condenadas congénitamente al desastre; sin ánimos redentores ni sentimentalismos, es cruel con sus criaturas; afecto a la ironía como vuelta de tuerca y al humor ácido como expresión suprema de las emociones, las creencias, las tentativas, los humanos trabajos y días, sus personajes comparten la desolación de la búsqueda sin esperanza. Son seres que, condenados al fracaso, no eligen asumirlo como elemento vital: prefieren vivir desde el fracaso la rumia de sus obsesiones aniquiladas.

Nada que lamentar: el libro entretiene y en cierta forma deja un regusto a asunto ajeno. Un lector distraído no escuchará la advertencia, uno atento no reprochará la coincidencia. Esto porque la forma narrativa de Bugarini no es la de un buey arando, sino la de un caballo que galopa sobre enunciados impecables y un lenguaje pulcro, libre de efectismos, triquiñuelas o barroquismos de ninguna especie. Un simple buen narrar. No va a la caza de los retruécanos del lenguaje o de la narrativa: a ambos los conoce y los tutea. La obra de este autor, que a la fecha consta de tres novelas, un libro de ensayos, este libro de cuentos y uno de poesía, no muestra un solo desliz pretencioso.

Cuaderno de Hanói pasa ligero por los signos, lenguajes y seres que escriben. En el primero de los cuentos, “Formas de la novedad”, tenemos a un escritor al que no le basta el buen lugar que le ha dado la suerte y decide acometer la obra que le confiera la definitiva trascendencia. Todos queremos vencer a la muerte y desde esa ambición podemos caer en cualquier despropósito y extraviarnos definitivamente. En “Diatriba de Homero” damos con la ensoñación enmohecida de la originalidad, palabra que rima con ingenuidad. En “Reinaldo”, un hombre vive en comunicación con el cielo: no con Dios, sino con el manto azul que cobija y amenaza. En “Adolescencia en el metro” un hombre, desde un punto físico fijo, expande su lenguaje con las nubes, que son memoria y eco de una vida, mediante ondas concéntricas por las que deambula radialmente reconstruyendo su transcurso y su inmovilidad. “Cuaderno de Hanói”, cuento que cierra el libro y le da nombre al volumen, se aventura a lo extraordinario en cuanto a narrativa se refiere. Es, creo, un tributo a Joseph Conrad. No imitación, desde luego, pues Bugarini sabe que eso es imposible. El relato se divide en dos partes. En la primera tenemos la historia de un hombre de mar misterioso, indescifrable, revestido de la desolación propia de los personajes conradianos. En la segunda parte, mediante una estructura fragmentaria que va del aforismo al relato con aparente desorden, se completa ese hombre que, como sus notas, su cuaderno, sus preciosos misterios, sigue siendo un cajón cerrado ya comprensible.

Baste agregar que, para un lector avispado, este último cuento nos devuelve al primero, “Formas de la novedad”, y devela el curso entero del libro. Un libro ligero y fácil de leer, a la vez que críptico, cuyas claves acechan detrás de una prosa sencilla avocada a narrar fantasías entretenidas.

Luis Bugarini, Cuaderno de Hanói, Cuadrivio, 2014, 83 pp.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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