Este domingo la Línea 3 del metro era color violeta. Los hombres en las estaciones y en los vagones eran menos que las mujeres. Algunas formaban parte de grupos grandes, otras iban solas o con un par de amigas. Casi todas traían un paliacate morado, pocas vistieron monocromático. La edad no era común denominador: señoras con hijas adultas y adolescentes, también familias con niños en carriolas. Había pocas con bastón o en silla de ruedas.

Las mujeres que saturaron los vagones del metro para llegar a la manifestación empezaron su recorrido desde antes. Tuvieron que comunicar en un chat entre amigas su interés por asistir Si la conversación fue en persona, hubo menos temor de plantear la toma del espacio público por un día. La organización logró que pequeños y grandes contingentes llegaran al Monumento a la Revolución.

El camino hacia el 8 de marzo no erradicó el miedo que sienten las mujeres en México. En estos primeros pasos hubo mujeres con ciertos temores: “¿Si nos avientan ácido? ¿Si nos gasean? ¿Si nos matan?”. Estas preguntas circulaban en grupos de WhatsApp. “Es mi primera marcha y tengo miedo”, se escuchó en asambleas. El peligro de la calle puede ser, para algunas, más paralizante que el que viven en sus propios hogares. El miedo, al parecer, es el fiel compañero de las mujeres.

“Nos han quitado tanto que acabaron quitándonos el miedo” fue una de las frases más leídas el 8 de marzo. Marchar como un ejercicio para recuperar todo lo que se les ha negado a las mujeres. Para empezar, el espacio público no les pertenece: “Al salir a la calle quiero ser una mujer libre, no valiente”. Marchar para exigir la libertad con la que sueñan entre cantos, gritos y llantos: “No nací mujer para morir por serlo”.

Cada mujer que marchó tomó las calles por distintas razones. Una joven, que salió a marchar porque se siente insegura cuando corre, llevaba una pancarta en la que dibujó a una mujer y escribió con letras verdes la frase “ya no quiero correr con miedo”. Algunas mujeres llevaron las fotos de sus violadores y acosadores para repartirlas como catarsis. Una mujer, que prefirió el anonimato, estaba entregando hojas tamaño carta con la fotografía de un hombre sonriente de aproximadamente cuarenta años con el texto: “Usar vestido no es una invitación. ¡El violador eres tú!”. Las jóvenes que recibían su denuncia le contestaban “yo sí te creo” y algunas la abrazaban. La mujer que entregaba las hojas lloraba, pero el alivio que le provocaba escuchar la frase “yo sí te creo” era imposible de esconder.

Una madre joven que andaba en bicicleta se detuvo frente a la fuente de Bucareli, que para sorpresa de muchos lanzaba chorros de agua pintada de un rojo tenue, a gritar que le habían matado a su hija. En ambas manos enseñaba la fotografía de una niña como de cinco años con una sonrisa tímida, cabello lacio color café que le llegaba a los hombros. Las mujeres que marchaban junto a ella se detuvieron para escuchar su enojo y cantar a coro con voces enojadas: “las niñas no se tocan, no se violan, no se matan”. La madre, vestida de negro con un paliacate morado en el cuello, no dejó de llorar mientras sacudía las fotografías en el aire, apuntándolas hacia el cielo mientras empapaba con sus lágrimas el tapabocas color negro con una rosa roja pintada a mano que escondía la parte inferior de su rostro. Las mujeres que la rodearon en círculo terminaron la escena abrazándola y en llanto.

Junto a la estatua del Caballito de Sebastián, un contingente de la Universidad Iberoamericana guardó un minuto de silencio por Nadia, una estudiante de la Ibero de León que fue asesinada el 8 de marzo en la madrugada, una mujer joven que perdió la vida por los problemas que se visibilizaron en la marcha. Un minuto de silencio poderoso, entre miles de mujeres caminando, entre algunos curiosos que miraban de lejos, entre reporteros y unos cuantos policías. Un minuto de silencio por Nadia, pero también por las otras nueve que perdieron la vida el 8 de marzo. Un minuto de silencio por la violencia anónima que viven las mujeres en México. Un minuto de silencio que se transformó en gritos estruendosos, todos distintos pero con el mismo sentimiento de rabia. La mayoría le dedicó sus lágrimas a Nadia. Era una multitud de mejillas húmedas y ojos llorosos.

 

Melissa Cassab

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