La película más reciente de Fernando Meirelles ha desatado indignación y prejuicios. Aquí van cinco motivos para deshacerse de ellos y destacar más bien sus puntos fuertes.

Lector que sientes indignación por los escándalos que rodean al Vaticano, que desconfías de la Iglesia y que seguramente no tienes interés alguno por el quehacer de sus jerarcas:

Como has de saber, la película Los dos Papas, dirigida por Fernando Meirelles y escrita por Anthony McCarten, ha sido entendida burdamente de dos maneras: o bien como un ejercicio propagandístico o como una caricaturización injusta del pontificado ratzingeriano. Una apología o una diatriba, sin ningún matiz en medio.

Sin embargo, ambas posturas implican olvidar que toda película de corte realista como ésta no deja de ser, en esencia, un punto de vista parcial, un acto comunicativo que incita al diálogo y al debate. Por eso Los dos Papas es más el inicio de una conversación sobre la Iglesia contemporánea que una conclusión tajante. Así que comparto cinco razones que, creo, explican el interés del enfoque de McCarten y Meirelles.

1.

Lo primero que hay que señalar es la magnífica caracterización y actuación de Anthony Hopkins como Benedicto XVI y de Jonathan Pryce como Jorge Mario Bergoglio (nominados ambos al Óscar): pulcra, con oficio, con belleza artística y muy humana. Sin ánimo de exagerar, estas interpretaciones en sí mismas son un buen motivo para ver la película.

Ambos personajes sostienen cuatro diálogos que dan cuerpo a la estructura dramática del filme: el diálogo en Castel Gandolfo, el diálogo del piano, el diálogo en la Capilla Sixtina y el diálogo de la pizza; a los que se suma el relato del cónclave de 2005, cuando se eligió a Ratzinger como Papa. A través de esos diálogos iré tocando los siguientes puntos.

2.

Es la propia caracterización la que me lleva a tratar el segundo punto: la verosimilitud de los retratos. La cinta nos muestra dos tipos de clérigos: el teólogo doctrinario, rígido y de perfil político frente al cura popular, sencillo y de perfil pastoral. El Papa europeo obsesionado con la tradición frente al cardenal latinoamericano comprometido con la justicia social y con una “reforma” que no termina de quedar clara.

Ambos personajes comparten áreas de interés: Benedicto XVI estuvo tan preocupado como Bergoglio por la cuestión ecológica y la justicia social; y éste a su vez siente el mismo respeto por la tradición católica que el hoy Papa emérito.

La película introduce así un desbalance en los retratos: aparece la dimensión intelectual y teológica de Ratzinger, pero no se menciona su trayectoria pastoral como Arzobispo de Múnich y como Obispo de Roma. Da también la impresión de que los viajes al exterior son una innovación de Francisco, cuando Benedicto XVI llevó a cabo 23 giras internacionales por Europa, África, América y Medio Oriente.

En el lado opuesto, el encuadre de los realizadores se centra en la dimensión pastoral de Bergoglio sin mostrar su trabajo intelectual y teológico. Por mencionar un caso, se omite su presencia en la Asamblea General de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, Brasil, que reunió a todos los obispos de la región en 2007 o sus conversaciones con miembros de la comunidad judía. Los dos Papas no puede considerarse entonces como una referencia biográfica precisa, sino como una invitación a profundizar en ambas personalidades, pues no dejamos de hablar de líderes mundiales con incidencia política y diplomática.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

3.

Los dos Papas ofrece una visión histórica peculiar y obviamente discutible. Se relata, para seguir en ese ejemplo, el cónclave de 2005 como una auténtica competencia encabezada por Ratzinger y Carlo María Martini cuando, en realidad, la gran rapidez de aquella votación hace pensar que la jerarquía católica llegó con una muy buena idea de lo que quería: a un hombre preparado más para enfrentar el mundo secular que para entretejerse con él. Los cardenales eligieron a Ratzinger quien, lejos de “desear” el papado —como se sugiere en la película—, llegó a decir “Señor, no me hagas esto”.1

Otra aclaración tiene que ver, y esto se ha señalado sobre todo en reseñas de medios católicos,2 con la actuación de Benedicto XVI frente a pederastas como Marcial Maciel. En el diálogo de la pizza se sugiere que Ratzinger pecó de omisión, aunque nada se menciona de que fue precisamente hasta la llegada del cardenal alemán al papado que la Santa Sede tomó medidas en contra de Maciel y se aceptó que la estrategia del silencio frente a los abusos era sencillamente insostenible. McCarten y Meirelles ponen en boca de Benedicto la confesión y el arrepentimiento que, seamos claros, le correspondían más a Juan Pablo II.

Por último, la interpretación de la renuncia papal como hecho histórico mayor para el catolicismo, es interesante: en la ficción, Bergoglio pide a su Santidad considerar las posibles consecuencias negativas de dicha renuncia para 1,200 millones de católicos, así como para la propia institución pontificia. A juzgar por las cartas personales de Joseph Ratzinger al cardenal Brandmüller, filtradas en 2017, pareciera que el hoy Papa emérito no calculó del todo las implicaciones de su valiente decisión, pues lamentó que su abdicación se convirtiera “en una ira que ya no solo se dirige a mí, sino a mi persona y mi pontificado como un todo”.3

Es más, en el libro Benedicto XVI. Últimas conversaciones con Peter Seewald, se menciona que, con esta dimisión, el papado se volvió “más moderno, en cierto sentido más humano, más cercano al origen petrino” (p.42), pero la cuestión permanece abierta: ¿más moderno o más vulnerable? El Bergoglio de McCarten habló con toda sensatez.

4.

Las decisiones del Papa Benedicto y de Bergoglio, como superior jesuita en Argentina, abren la puerta a una cuarta reflexión sobre la relación entre la Iglesia y el poder. Por un lado, Bergoglio representa la situación de la Iglesia frente al poder: la cruda secuencia sobre los años de la dictadura nos coloca ante una Iglesia que cobija y hasta convive con el poder.

Parecería entonces que hay una variedad de instituciones eclesiásticas: desde la Iglesia contestataria y disruptiva hasta la Iglesia cómplice que asegura la supervivencia de su propia organización, incluso a costa de sus principios; y, en medio de ellas, como en el caso de Bergoglio, está la Iglesia institucional que muchos considerarían tibia.

Por otro lado, la película trata el que quizá sea el asunto más delicado para el catolicismo contemporáneo: el abuso sexual contra menores de edad, y contra religiosas, por parte de clérigos; un tema que, en el fondo, problematiza a la Iglesia como espacio de poder. La cinta invita entonces a reflexionar sobre la jerarquía de la Iglesia frente a sus propios pecados, frente las heridas que ha causado, como acertadamente las llama el cardenal argentino. En todo el mundo se está dando una reivindicación de las víctimas por abusos e injusticias y la Iglesia no debe ser la excepción.

5.

Finalmente, el diálogo de Castel Gandolfo se torna en una auténtica esgrima intelectual sobre la relación del catolicismo con el mundo moderno, lo cual ha configurado toda la acción de la Iglesia en las últimas décadas: liturgia, doctrina, magisterio social y hasta política exterior. Aquí la cinta muestra, no dos papas ni dos personajes (más complejos como vimos antes), sino la representación de dos tipos ideales de asociación religiosa: la que busca reforzar su identidad como organización totalizadora y defensora de un sistema de valores en un mundo plural y relativista frente ala que busca compartir y apuntalar esa identidad para modificar ese mundo, la Iglesia de la disciplina y de la misericordia.

Hopkins encarna al ala católica que se defiende a sí misma de la modernidad mediante su moral, mientras Pryce da vida a un catolicismo combativo, que pretende exhibir las falencias sociales de la modernidad y proponer soluciones con base en sus preceptos religiosos. Son caras de la misma moneda: eso es la Iglesia contemporánea, no se puede entender a la una sin la otra y ambos Papas tienen facetas de las dos.

En suma, hay buenas razones para recomendar Los dos Papas contra todos los prejuicios. La principal de ellas, pienso, es que pone al mundo católico frente a sí mismo y frente al mundo secular con el que debe convivir. No importa su sesgo ni qué tan severa es o no con la Iglesia, porque su propósito no es el ataque ni la justificación de nada. Simplemente busca alimentar la discusión sobre los dirigentes, las dinámicas y los modelos de la Iglesia actual y su incidencia en la vida pública.

Los dos Papas, dir. Fernando Meirelles, guion de Anthony McCarten, con Anthony Hopkins, Jonathan Pryce y Juan Minujín, producción y distribución de Netflix, 2019, 2h50.

 

Mauricio Rodríguez Lara
Internacionalista por El Colegio de México.


1La elección de Benedicto XVI: ‘Señor, no me hagas esto’”, Rome Reports, 14 de abril de 2015.

2 Véase por ejemplo  Will Gore, “The Two Popes is well-acted, but has little subtlety or depth”, Catholic Herald, 5 de diciembre de 2019 o Miguel Pastorino, “Una imagen irreal de Benedicto XVI”, Aleteia, 26 de diciembre de 2019.

3 Raymond de Souza, “What did Benedict XVI’s leaked letters tell us?”, Catholic Herald, 28 de septiembre de 2018.

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