A sesenta años de su muerte, presentamos un recorrido biográfico del escritor inglés Malcolm Lowry.

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La vida de Malcolm Lowry estuvo inmersa en una serie de recovecos caóticos. Hablar de Lowry equivale a intentar elaborar un retrato que es a la vez un ejercicio de equilibrio sobre la cuerda floja entre lo público y lo privado. Es difícil separar la vida de la narrativa e, incluso, existen ciertas líneas acaso premonitorias de situaciones que le ocurren a sus personajes y que más tarde le sucederán a él.  

Lowry, como Dante, comienza su viaje imaginario perdido en una selva oscura (alegoría de la vida, dificultades y tentaciones). La escritura hace las veces de Virgilio, será su guía y ruta de salida en los intrincados laberintos por los que deambula. Logra trascender gracias a su prosa y a su infinita paciencia, pues tuvo que emprender varias veces la reescritura de su novela. Habría que recordar que Bajo el volcán fue rechazada por doce editores antes de que, en 1947, casi de manera simultánea, se publicara tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.

Su infancia, lejos de ser un Paraíso añorado, fue una etapa tormentosa y de aislamiento, de abandono y desasosiego. Quizá fue su Purgatorio, su isla montañosa, al ver que pertenecía a una familia en donde se sentía incomprendido, solo. Malcolm Lowry a los siete años, al igual que sus otros tres hermanos mayores, ingresó a un internado. De esta forma fue alejado de su entorno familiar, espacio en el que reinaba la educación estricta impartida por su padre, Arthur Osborne Lowry (un próspero empresario de la industria del algodón) y el desapego de su madre Evelyn Boden, quien padecía crisis de depresión. Cuando terminó sus estudios, a los 21 años, el padre de Lowry le pidió que hiciera un brindis; tras un largo silencio,  Lowry confesó que para él su infancia había significado un sufrimiento perpetuo porque la mayor parte del tiempo se sintió ciego, tullido o constipado.

“Una familia que vivía cerca de Liverpool a la que le gustaba cazar, pero que no se interesaba por cuestiones literarias”, como lo refiere el propio Lowry en una carta a su amigo, David Markson, narrador estadunidense que terminó por convertirse en un ferviente admirador de Lowry, incluso llegó a pensar que él había escrito Bajo el volcán, novela con la cual hizo una tesis de doctorado. Se tiene noticia de que en 1958, Markson, comparsa de interminables juegas con Dylan Thomas y Jack Kerouac, visitó México para experimentar lo que vive el personaje de Geoffrey Firmin, el Cónsul.

Como en la Divina comedia, en la vida de Lowry hay tres presencias cargadas de simbolismo: son tres los espacios visitados (Purgatorio, Paraíso e Infierno) y tres representaciones: Virgilio que encarna la razón (la escritura en Lowry); Beatriz, la fe (su segunda esposa, Margorie Booner) y Dante, quien personifica al ser humano en general (Malcolm Lowry en esa selva oscura, etílica y voraz que decidió extraviarse).

Las mujeres en la vida de Lowry deben cumplir un rol más allá del papel de una esposa, una amante o una musa que más tarde incorporará en la ficción, como es el caso de Jan Gabrial, su primera mujer, en quien se inspiró para crear el personaje de Yvonne. Lowry requiere de esa presencia y que además haga las veces de su editora (correctora, mecanógrafa y crítica literaria) y de una madre protectora que estuvo distante durante su niñez. La madre que lo nutre con sus consejos, la mujer que lo cuida de sus borracheras y está pendiente de que llegue el momento de lucidez que necesita para retomar la escritura donde se quedó. Y todas esas cualidades (y mucha paciencia) la encontró en Margerie Bonner.

El escritor y periodista D. T. Max tuvo acceso a los archivos de Lowry que su esposa vendió a la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, y pudo comprobar que varias versiones la novela tenían anotaciones tanto de Margerie como de Lowry. Esto quiere decir que ambos participaron en el proceso de edición de la versión final.

Es posible imaginar que la vida de Booner al lado de Lowry era sumamente intensa, vivía de una forma acelerada. Acompañaba a Lowry en su proceso de escritura, en sus desveladas, cuidaba de la salud de su compañero, quien tarde o temprano tendría que sobreponerse a la resaca y continuar con la reescritura de Bajo el volcán; mientras tanto ella buscaba tiempo para dedicarse a su novela en turno, pues desde que conoció a Lowry cuando ella era actriz de cine mudo, nunca abandonó su interés por frecuentar la narrativa. Ella le narra a Douglas Day (autor de Malcolm Lowry: una biografía, publicada en 1973. La segunda gran biografía lowriana es Perseguido por los demonios, de Gordon Bowker, 1993) que estaba ocupada en la escritura de Las formas que se mueven sigilosas y El último giro del cuchillo, ambos títulos  fueron publicados por la editorial Scribners.

Lowry creía en Dios. “A pesar de haber recibido una educación metodista y de haber coqueteado con el espiritismo, nunca fue religioso de manera ortodoxa. Sus dudas ante el misterio de la vida tenían como respuesta sólida y perdurable creencia en los poderes sobrenaturales que determinan nuestro destino, y consideraba que dichos poderes se manifestaban a través de coincidencias y de otros sucesos extraños”, relata Bowker. Era devoto de la Virgen de las Causas Difíciles y Desesperadas, de la Virgen de la Soledad (protectora de los marinos solitarios) y de San Judas Tadeo (cuyo fervor conoció cuando estuvo en México).

En El viaje que nunca termina que abarca su correspondencia de 1929 a 1957, la traductora y antologadora, Carmen Virgili, incluye una carta de Lowry al Señor Dios, en donde expresa su desesperación al emprender la reescritura de Bajo el volcán: “Querido Señor Dios: Te ruego encarecidamente que me ayudes a ordenar este trabajo, aunque parezca feo, caótico y pecaminoso, de modo que sea aceptable a Tus ojos, para que de este modo, según le parece a mi cerebro desordenado e imperfecto, pueda alcanzar los más altos cánones del arte, abriendo, no obstante, nuevos caminos y rompiendo viejas reglas cuando sea necesario. […] Te lo suplico, pon alguna Musa, algún Nordahl Gieg —ángel del arte— a mi disposición para ordenarlas de un modo bello, por favor, ayúdame, de lo contrario estoy perdido. Mis plegarias también para san Judas, ¡querido patrón de los imposibles!”.

Malcolm Lowry se sentía motivado por la fuerza narrativa del escritor noruego Nordhal Grieg, autor de la novela La nave sigue adelante. Bowker advierte que el sentido de temor religioso inspiró en Lowry su apasionada atracción por leer a Blake y de éste último a Swedenborg, “aunque oraba en cualquier iglesia estando ebrio o sobrio”.

Es interesante que mencione tanto a Blake como a Swedenborg y, ¿acaso puede existir en Lowry un momento en que resuelve ser un demonio o un ángel? En una de sus conferencias magistrales del volumen Borges oral, el autor de El Aleph señala que Dios no condena a nadie, sino que hay hombres que se sienten atraídos por los demonios. “Los infiernos, según Swedenborg, tienen varios aspectos. Son zonas pantanosas, zonas en las que hay ciudades que parecen destruidas por los incendios; pero ahí los réprobos se sienten felices. Se sienten felices a su modo, es decir, están llenos de odio y no hay un monarca en ese reino; continuamente están conspirando unos contra otros. Es un mundo de baja política, de conspiración. Eso es el infierno”.

Para Borges, la aportación de Blake es que el hombre debe ser un artista para salvarse. En ese sentido hay una tercera salvación: “tenemos que salvarnos por la bondad, por la justicia, por la inteligencia abstracta; y luego el ejercicio del arte”. Henry James era swedenborgiano, Lowry admiraba a James y también pudo haber sido swedenborgiano.

“El pensamiento de Swedenborg hubiera debido renovar la Iglesia en todas partes del mundo, pero pertenece a ese destino escandinavo que es como sueño”, comenta Borges.

Gran parte de la vida de Lowry transcurrió en el Infierno. Descendió hasta lo más profundo para darse cuenta de las envidias entre escritores (Conrad Aiken, su primer admirado maestro), tenía la creencia de que su mala suerte se debía a la presencia de dioses oscuros, bebía en exceso y el fantasma de la imposibilidad de concretar su novela rondaba cerca de él hasta que pudo exorcizarlo. Cuando visitó México por segunda vez, ahora con Margerie Bonner, le dieron un trato muy similar a los que Donald Trump quiere otorgar a los indocumentados. Lowry, en México, en mayo de 1946, fue declarado persona non grata, en medio de la opacidad de trámites y fabricación de delitos que lo hacían incurrir en faltas migratorias, pues a alguien juzgó que había hablado mal de México.

El Infierno (de indocumentado) que padeció está ampliamente detallado en una carta que Lowry le escribe a Ronald Paulton, su abogado en California. La misiva está incluida en El viaje que nunca termina y también se puede localizar en Malcolm Lowry. El volcán, el mezcal, los comisarios, en versión de Sergio Pitol, volumen editado por la Universidad Veracruzana, en 2008.

Así como La Divina comedia es una obra religiosa, en el sentido que Dante busca mostrarle al lector las consecuencias de vivir en pecado, la manera de evitarlo y de conseguir no sólo la paz interior y la felicidad terrenal, sino especialmente la posibilidad de alcanzar la vida eterna, en cierto modo, Bajo el volcán también conserva ese propósito, dado que de igual forma está llena de disertaciones sobre muchos aspectos relacionados con la fe, la virtud y el pecado.  

“Octavio Paz ha señalado que el verdadero tema de la novela es la expulsión del paraíso y en uno de los capítulos el Cónsul se refiere al mundo que lo rodea como ese paraíso, al que ya no podemos reconocer. Novela de la caída, lo es también por esto mismo de la nostalgia”, señala Juan García Ponce en el prólogo a Bajo el volcán publicado en 1967 por la Editorial Galerna en Argentina. Continúa: “Nostalgia de esa unidad perdida, de esa posibilidad de trascendencia a la que de una manera oscura el Cónsul quiere llegar por medio de la bebida; pero que permanece como aspiración inalcanzable y se resuelve en la muerte”.

Y a todo esto, ¿cuál es la idea del Paraíso en Lowry? Está en un lugar alejado del buillicio citadino, entre el bosque y el mar, en Dollarton, cerca de Vancouver. Se trata de una cabaña situada en uno de los más bellos parajes de la Columbia Británica. Es Eridanus, el Paraíso al norte, lugar mítico en la historia de amor y desamor del Cónsul e Yvonne. Paraíso que se ve destruido al incendiarse su cabaña, el 7 de junio de 1944. Cuando ardió la cabaña donde vivían los Lowry, Margerie Bonner hizo lo posible por reunir y rescatar las hojas dispersas de aquel manuscrito (Bajo el volcán) que el escritor llevaba tiempo trabajando. Mucho se debe a Bonner esa dedicación y empeño por reestablecer lo más que se pudiera de la novela.

Como apunta García Ponce, Bajo el volcán se basta a sí misma, crea su propia forma como lo hacen todas las obras de arte. Y los días de Lowry, lejos de su Infierno etílico, del Paraíso entre el mar y el bosque, y del Purgatorio de su tierna infancia, trascendieron a través de la escritura, más allá de mirarse como un hombre que vivió en el pecado.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz 
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

 

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Octavio Paz lo llamó el niño de las mil caras y, tal vez, también fue el de los mil animales. Juan Soriano transitó por distintas etapas gráficas, reviros del lápiz que lo conducirían a contemplar detenidamente a la naturaleza. Su dedicación por la zoología comenzó en dibujos, acuarelas, óleos y más tarde derivó en esculturas hechas en plata y bronce. “La vida del hombre y del artista son una lucha constante por conseguir la libertad, no sólo para crear arte, sino también para crear vida dentro de la más profunda necesidad del ser humano”, solía decir el pintor.

Entabló largas conversaciones con la fauna que mediante el lenguaje plástico incorporó a su mundo. Desde su niñez se sentía atraído por los felinos. Cuando estudiaba en el Colegio Italiano, en Guadalajara, realizó un dibujo de un gato saliendo de una bota. El director de la institución estaba sorprendido de sus habilidades y no creía que él lo hubiera hecho, por lo que mandó llamar a su padre. Cuando el señor Soriano confirmó que su hijo era el autor del apunte, el director exclamó: “Es un niño prodigio”. Días después su padre le preguntó al pequeño qué quería ser cuando fuera grande y, sin el menor titubeo, respondió: “Pintor”. A Juan Soriano le decían el “Mozart de la pintura”, debido a que desde temprana edad demostró grandes aptitudes para su apuesta gráfica.

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Fotografía cortesía de Milenio.

Primero fue el león

Se cree que el primer animal que retrató formalmente fue un león. Teresa del Conde identifica la figura que aparece con frecuencia en la obra de Soriano: “El león, animal solar que ya se encontraba al principio de la década de los cuarenta, a veces acompañando a un San Jerónimo efebo, transportado por los ángeles. Los leones de Soriano no son feroces, reposan plácidamente junto a los hombres o se someten voluntariamente al impulso del domador, que no necesita utilizar el látigo para dominar el animal, sino que más bien forma pareja con él”.

 A mediados de los años cincuenta, podría decirse que tomó muy a conciencia su propuesta de seguir con el bestiario de manera continua. Tras un viaje a Grecia, su mirada quedó atrapada por los mitos. Los animales que subieron a su arca fueron otros mamíferos cuadrúpedos: cabras, caballos y centauros tienen el mismo origen, son animales que acompañaron a los dioses. Luego apareció la serpiente que se debate entre la sabiduría y el pecado, lengua bífida a punto de introducirse en una insondable caverna. “El Árbol de la Vida, la serpiente, Eva y el paraíso significan tanto como: Vida, conocimiento, tentación, inconsciente”, enfatiza E. M. Cioran en el Breviario de podredumbre.

Más tarde llegaron los peces de distintas tonalidades, dieron señales de vida en la profundidad del océano. Y del mar, casi trazando una línea en el horizonte, alzó la vista y se entretuvo con los pájaros, gaviotas y pelícanos. El pincel al vuelo se explayó con los seres alados: las aves llegaron a la gráfica del artista y nadie se hubiera imaginado que se ocuparía tantas ocasiones de la paloma hasta el punto que se convirtió en una muestra de sus habilidades para ejecutar virtuosas metamorfosis, abstracciones, caprichos, silencios. Juan Soriano pasó de lo figurativo a lo abstracto y de este último regresó al estilo con el que se inició.

Plumas al vuelo. Para serle fiel a la naturaleza, lejos estaba de encasillarse en una serie de rigores. “Los pájaros me han fascinado desde siempre. Encierran todas las formas imaginables, todos los colores posibles y sus combinaciones […] Y son capaces de volar, qué gran misterio”, reflexionaba el artista jalisciense. Vistos por Soriano, los animales se vuelven otros, son pájaros, gallinas, mirlos, hurracas, pingüinos, avestruces, canarios, guajolotes, pelícanos, águilas, hurracas, patos, pavorreales, garzas, flamingos, loros, búhos: aves provenientes del mundo real, pero que atisban sus alas en el de la imaginación. “Cuando pinta un pájaro se rige por un principio opuesto al del copista: transgrede el mundo que hacía imposible ese pájaro. Sus cuadros cuentan el inagotable relato de esa celebración de rebeldía”, reconoce Juan Villoro. Entre sus esculturas más conocidas se encuentran “Paloma”, “Gallo”, “Toro” y “Luna”, figuras esenciales de su bestiario monumental.

“Los animales de Soriano me obligan, en su inmovilidad, como si me empujaran irresistiblemente, a ver en su imperturbable paz un dinamismo que, al estar ahí, nos permite verlas en el despliegue de movimiento minucioso, perfectamente concebido y ejecutado por la mente y la mano del artista”, observa David Huerta.

Ya lo dijo Julio Cortázar, “es bueno que existan los bestiarios colmados de transgresiones, de patas donde debería haber alas y de ojos puestos en lugar de los dientes”. Es el cronopio Cortázar, amigo de Soriano, quien le dedica la prosa “Orientación de los gatos”, en donde cuenta la entrañable relación que existe entre Alana (su mujer) y Osiris (un gato negro).  Autores como Cortázar, Arreola, Borges, Neruda, Guillén, Tablada y Monterroso han seguido la tradición inaugurada por Aristóteles y Plinio. El bestiario es considerado como un género breve y descriptivo, muy popular durante de la época clásica y más tarde en la Edad Media. Juan Soriano, acaso sin proponérselo, en medio de muchos otros retratos, naturalezas muertas y dibujos, fue creando su propia zoología fantástica. En 1967 le pidieron que ilustrara El bestiario, de Guillaume Apollinaire, para la editorial Joaquín Mortiz. Meses más tarde, con esos dibujos llevó a cabo una exposición en la Galería Juan Martín.

Soriano se fue a vivir a París, en 1975. En ese mismo año conoció a Julio Cortázar, Milan Kundera y Valerio Adami; también coincidió con pintores como Pedro Coronel y Alberto Gironella. A partir de esa fecha, se decidió vivir entre París y la Ciudad de México. Durante esos años, el pintor retrató a la muerte con varios ejemplares de álbum de zoología. En este rubro destacan el perro y el gato: el primero la embiste como si fuera un toro de lidia, mientras que el maullido del felino acompaña a la muerte en actitud desafiante, como si quisiera gritarle a la cara “todavía tengo más vidas”.

Los felinos, no menos importantes que el león, han sido vistos entre sus obras caminando sigilosamente en sus cuatro patas. ¿Quién no recuerda uno de sus dibujos  en donde se exhibe a sí mismo melancólico, de mirada reflexiva, junto un felino que lo acompaña y no deja de mirarlo. (Autorretrato con gato, tinta sobre papel, s/f)? El carácter independiente de los gatos es un tema frecuente en el arte. Los romanos, por ejemplo, apreciaban mucho este espíritu de los felinos. La diosa Libertas era representada junto a un gato, símbolo de absoluta libertad. En la antigua Roma y en las Islas Británicas, durante el siglo X, se dictaron severas leyes para su protección; las normas fijaban el valor de los gatos y establecían que quien matara a uno debía indemnizar al propietario con una cantidad de trigo equivalente en altura y longitud del animal. De este modo, se pretendía compensar al dueño por las pérdidas de trigo que, a falta del felino, le ocasionaban los topos.

La paz de un gato dormido

Los gatos de Soriano no persiguen topos sino gozan, contemplativos, taciturnos, dóciles y haraganes. ¿Quién no envidia la paz de un gato dormido junto a los rayos del sol que se filtran por un ventanal? En el 2000, el artista plástico realizó una serie de dibujos que pertenecen a la Fundación del Museo Amparo. El libro que recopila la poesía completa de Gerardo Deniz, otro amante del lenguaje sarcástico y de los gatos, Erdera (editado por el Fondo de Cultura Económica en 2005), reproduce esa serie felina. Acaso inspirado en Osiris del texto de Cortázar, los gatos de Soriano ilustran la ironía y precisión de Deniz para referirse a ellos: “Convierte en felina hedionda la vileza del cuerpo y la reboza, arqueológico, en arena, o bien la derrama donde nos escandalice. Más o menos lo que aspiramos a hace, en secreto, con vagas literaturas”.

Asegura Juan José Arreola en su Bestiario que “si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, unidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco y que de vez en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo”.

Al trote de sus propuestas gráficas, en los últimos años de su vida aparecieron los anfibios. A partir del trazo fino vertido con tinta al papel conquistaron la redondez. Ranas, renacuajos y sapos colmaron de verde el ingenio, ojos y boca indiscreta quedaron plasmados en el bronce fundido a la cera. Por las noches, si alguien camina junto a las esculturas de Soriano, es altamente probable que los escuche croar.

El arca de Juan Soriano ya no es fiel a la historia convencional, en donde se dice que sólo se llevaron una pareja de macho y hembra de cada especie para que poblaran nuevas tierras. La de Soriano es distinta porque al parecer cada animal ha ido ocupando un lugar específico que representa una etapa en la vida del pintor. ¿Podría entenderse su trayectoria por la manera en que fueron llegando a su mundo tal o cual especie? Álbum de zoología o Animalario en el arte. La obra es extensa. Soriano retratista no sería el mismo sin la presencia de la fauna en su obra. “No hay un animal que no se parezca a una obra maestra de la naturaleza. Todo lo que pasa ante mis ojos me sorprende y trato de entenderlo; desde los organismos más diminutos hasta los más grandes, las enfermedades, las cosas del espíritu, el nacimiento de un niño, la vejez”, recordaba el artista gráfico. En cierta forma, hizo arte sobre arte, depositó pasión sobre la forma, dotó de volumen lo fantástico, volvió a mirar con ojos de niño la naturaleza.

Para José Emilio Pacheco, los leones son “reyes en el exilio,/ no parecen/ odiar el cautiverio”. Es muy conocida una fotografía de Juan Soriano en donde aparece disfrazado de león con el rostro descubierto y la cabeza de la botarga recargada en uno de sus costados.

Es el niño de las mil caras, como lo llamó Paz, pero también el gran felino que dio un rugido y fue el primero en entrar a su bestiario; luego siguieron los demás, una legión.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

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Cuando Julio Cortázar tenía nueve años lo impresionó una escena que escuchó en la radio. Durante el primer round, el estadunidense Jack Dempsey fue expulsado por entre las cuerdas y cayó sobre las máquinas de escribir de los reporteros, quienes lo impulsaron para que regresara al cuadrilátero. En el segundo asalto, Dempsey resolvió el complicado enfrentamiento y, para decepción de Cortázar y de muchos argentinos, Luis Ángel Firpo, llamado el Toro salvaje de las Pampas, perdió por decisión de los jueces.

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No podía creer lo que había ocurrido. Cortázar menciona que Firpo (se refiere a él como La pared de ladrillos) hubiera sido campeón del mundo, porque el marqués de Queensberry (padre de Bosie Douglas, quien fue pareja de Oscar Wilde) “estableció que un boxeador defenestrado ha de volver por cuenta propia al ring, y en cambio treinta manos levantaron a Dempsey, que estaba groggy y lo devolvieron cariñosamente a la lona, donde la campanilla lo salvó porque esa noche el buen Dios estaba con el star spangled banner por donde se lo mirara”. A partir de esa polémica pelea, las reglas del boxeo cambiaron y no se permite que los pugilistas salgan del ring, a menos que regresen en veinte segundos. Y, claro, deben volver sin ayuda de nadie.

En ese collage literario que es La vuelta al día en ochenta mundos (1967), en “El noble arte”, el narrador argentino recuerda cómo, en 1923, el pueblo de Banfield donde vivía siguió por la radio el combate de pesos pesados en el Polo Grounds de Nueva York, entre Dempsey y Firpo. Lo de la radio es literal, pues es era uno solo, único, el aparato que había en Banfield y el pueblo entero se congregó alrededor. “Fue una noche triste”, confiesa Cortázar. “Yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria”. A Firpo le decían el Toro Salvaje de las Pampas, porque en ese tiempo Jack La Motta (personificado magistralmente por Robert de Niro, en una cinta de Martin Scorsese) ya tenía el epíteto de Toro Salvaje. Aquel enfrentamiento entre Dempsey y Firpo definió la pasión de Cortázar por el boxeo.

“La vida de los boxeadores depende de sus recursos, de sus jabs y sus ganchos. Nunca olvidaré la pelea de Firpo contra Dempsey. En Argentina se consideró un robo nacional.  Me impactó aquella pelea pero, claro, como vivía en una casa repleta de mujeres, difícilmente habría alguien que me acompañara a una pelea”, señala Cortázar en una entrevista con Antonio Trilla, realizada en Madrid, en 1983.

Metáfora de un buen agarrón

La evocación de sus años escolares se le presentó a Cortázar en 1952 y lo motivó a escribir “Torito”, incluido en Final del juego (1956). En el colegio Mariano Acosta, a los 16 años, entró a su clase de pedagogía. Su maestro Jacinto Cúcaro en lugar de hablar del tema en turno, narraba hazañas de Justo Suárez, el Torito de Mataderos. Nadie en ese tiempo era capaz de perderse una pelea suya, era una especie de ídolo disfrazado con antifaz y guantes de boxeo. Parte del universo que construyó fue el andamiaje de Suárez en “Torito”, que no son otra cosa que las memorias de un hombre derruido por la tuberculosis que terminó siendo cuidado por su hermana, sin poder valerse por sí mismo, en un completo estado de delirio, en donde se acordaba con el brazo en alto de sus noches en el ring. “Era un boxeador extraordinario que conmocionó a Argentina, conectaba muy fácil con la gente y curiosamente también terminó perdiendo en Estados Unidos. Murió en un hospital de Córdoba. Para mí, su muerte (una verdadera tragedia del deporte) fue un acontecimiento importante”. En París, cuando Julio Cortázar vivía en el campus universitario, el recuerdo le llegó de golpe y, entre mate y mate, surgió el relato.

Muhammad Ali llevaba a la práctica su filosofía del boxeo: “Flota como una mariposa y pica como una abeja”. Cortázar no veía al boxeo como una disciplina de violencia, sino como dos destinos que se juegan el uno contra el otro. Estéticamente era algo que lo hipnotizaba, sobre todo los movimientos de Sugar Ray Robinson, del que aprendió a catar a los boxeadores con talento. Para el cronopio mayor, un buen agarrón de boxeo podía ser tan hermoso como la metáfora más noble. Seguramente el maestro Jacinto Cúcaro siempre estuvo en la memoria de Cortázar y de estampas relacionadas con su vida de estudiante.

Con los años, Cortázar se convirtió en un devoto aficionado del boxeo. “Una forma elevada de arte” que le hacía transparentar sus ideales. A diferencia de cualquier deporte colectivo, la responsabilidad individual arriba del cuadrilátero es dura y eso le provocaba más admiración. “Detesto el futbol así como me gusta el boxeo. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave… capaz de desatar muchas iras, capaz de provocar mi defenestración… Pero me es tan indiferente como el rugby o el beisbol.”, solía decir.

Rey del gancho al hígado

Fueron varios los boxeadores admirados por Cortázar, entre ellos destaca Kid Azteca, originario de Tepito. En un viaje que hizo a Argentina, Cortázar vio pelear a Kid Azteca y quedó deslumbrado por su destreza sobre el ring. En La vuelta al día en ochenta mundos, el narrador describe a la casi ausencia de un tema específico en su libro, “evocándolo como quizá la antimateria evoca la materia, y yo pensé en Mallarmé y en Kid Azteca, un boxeador que conocí en Buenos Aires hacia los años cuarenta y que frente al caos santafesino del adversario de esa noche armaba una ausencia perfecta a base de imperceptibles esquives, dibujando una lección de huecos donde iban a deshilacharse las patéticas andanadas de ocho onzas”.

Luis Villanueva, mejor conocido como Kid Azteca, fue un notable pugilista durante las décadas de los 30, 40 y 50; de esos años que pasó en el cuadrilátero, 17 fueron como campeón nacional welter, hazaña que lo consagró como una auténtica leyenda del boxeo. Su fama lo llevó a la pantalla grande, filmó cuatro películas: Kid Tabaco (1955), El gran campeón (1949), Guantes de oro (1961), cinta en donde también participó El Chango Casanova, y Buscando un campeón  (1980).

El 19 de marzo de 1948 empezó a circular Pepín, una publicación en forma de historieta que contaba la vida del boxeador. Pepín se difundía con el siguiente cintillo: Diario de novelas gráficas propio para adultos. Se hizo cuando Kid Azteca cumplió sus primeros 15 años de carrera en México y Estados Unidos. A este peleador se le conocía como el Rey del gancho al hígado. Con él se repite la historia común entre boxeadores: empiezan con escasos recursos económicos, se entrenan, se fortalecen, viven la gloria (dinero, mujeres, poder, fama) y van en picada, como en la rueda de la fortuna, para quedarse como iniciaron su carrera, sin nada.

El gran Mantequilla Nápoles

La relación de Cortázar y el boxeo no termina ahí, es ineludible “La noche de Mantequilla” (de Alguien que anda por ahí, 1977). Con un libro bajo el brazo, entraba a las diferentes funciones de pugilismo. En París no perdió la oportunidad de ver la pelea de Carlos Monzón contra Mantequilla Nápoles, en una carpa improvisada por Alain Delon, y sus recuerdos giraban en una espiral por todo lo que había leído cuando era niño. En La noche de Mantequilla describe el ajetreo de los aficionados mexicanos por apoyar a Nápoles contra la solidaridad irreverente de los argentinos por Monzón. En ese texto Cortázar realizó un ajedrez de un cuento político y gansteril que trascendió a la sorpresa cuando muchos se enteraron que fue testigo de esa noche triste de Mantequilla Nápoles y la lluvia de sombreros de charro que lo acompañaron.

De Mantequilla Nápoles decían que sus movimientos sobre la lona se parecían a los de una pantera negra. José Ángel Nápoles Colombat, boxeador cubano naturalizado mexicano, asombraba por la elegancia y precisión que imponía a cada golpe, certero, contundente. Era un habilidoso en el llamado arte de la defensa y el ataque, se calcula que este grande del boxeo sostuvo más de 500 peleas a lo largo de su vida, situación que derivó en un desgaste físico: su memoria es caprichosa, a veces va y otras viene, o permanece en un estado de completa lasitud.

¿A qué otros grandes pugilistas siguió atento Cortázar? De Ali admiraba su descaro, sus bravuconadas. Quizá, reconoce el escritor, haya sido el más grande. Y de los argentinos, a pesar de que la imagen del Toro salvaje de las Pampas se quedó atrapada en una entrañable reminiscencia de su infancia, nombra a Nicolino Locche, El Intocable.

Mas no siempre situó sus narraciones en arenas y estadios. El boxeo marcó el ímpetu en sus relatos como en “Las manos que crecen”, donde un tipo llamado Plack tunde a golpes a otro, Cary, y al irse, inexplicablemente, le crecen las manos a un tamaño descomunal y en su desesperación urge a un médico para que se las corte. Despierta de la anestesia y se sitúa en el lugar que se enfrentó a golpes con Cary, pensando que todo había sido una confusión mental, que en realidad Cary lo había vencido de un puñetazo a la mandíbula por lo que respira hondo, aliviado, sólo para darse cuenta que en lugar de sus manos le quedaron un par de muñones.

De cronopio a cronista deportivo

En Francia, alrededor de 1951, Cortázar fue cronista deportivo (para la radio) de algunas peleas transmitidas en México y Argentina; dicen que no le fue bien por su mala pronunciación de la letra erre, así que pronto lo echaron del micrófono. No obstante, su breve estancia en la radio tuvo resonancia en diversos círculos de aficionados al boxeo. Explica Cortázar, en la charla con Trilla, un dato curioso: Ho Chi Minh fue cronista de boxeo en París, en los años veinte. Refiere esto porque tras una pelea entre un boxeador negro y uno blanco, Chi Minh escribió “un extraordinario alegato contra el racismo, desde luego sin utilizar una sola vez esa palabra… Recordé ese alegato, porque cuando vi la transmisión de la pelea Boutier-Monzón me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator”.

Entre todas esas maravillosas ocupaciones inclasificables que tenía Cortázar como arrancarle la pata a una araña para enviarla en un sobre a un ministro de relaciones exteriores, ver globos verdes en un teatro vacío, crear instrucciones para subir escaleras o jugar Rayuela buscando sin sorpresa a la Maga, estaba siempre metido en su mente algún golpe maestro de sus queridos boxeadores. En su memoria había un lugar especial para los mejores jabs, uppercuts y ganchos al hígado.

Cortázar, como otros escritores, apostó por un boxeo bien escrito, zigzagueante, entrañable y furioso que salpica sudor y sangre. Retó al boxeo de sombra, aquel que practican los escritores al enfrentarse a la página en blanco y (literalmente) libran una batalla; el famoso cross a la mandíbula del que habla Roberto Arlt, golpe literario con el que se busca derribar con efectividad al lector.

Se conoce ya casi como un estribillo; no obstante, es pertinente subirlo a este ring: Julio Cortázar decía que la novela debe vencer por decisión y el cuento por nocaut. Si para Hemingway el periodismo era una forma de calentar el brazo (en metáfora beisbolera para poder enfrentar después los juegos mayores), en la disputa por la palabra otros autores aceptan los rounds necesarios con los que vencerán a la página en blanco… o serán vencidos por ella.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

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Meses antes de su fallecimiento, Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968 – Querétaro, 2016) tenía planeado recopilar una serie de cuentos que no habían sido incluidos en otros títulos. Decidió que ese libro se llamaría Inéditos y extraviados (Océano. México, 2016). En dicho volumen queda registrada su gran capacidad como fabulador.

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Para referirse a los cuentos de Ignacio Padilla es necesario considerar varios puntos:

1) La mayoría de las veces que comenzaba a escribir creía que estaba ante un relato. Si después se trasformaba en novela, era otra cuestión. La esencia de lo narrado partía de un cuento. En varias ocasiones dio la referencia del cuento-génesis que se había convertido en novela.

2) A diferencia de otros escritores de su generación, él se sentía cómodo al incursionar en el relato. No lo consideraba un género menor. Escribió novelas, pero es probable en algún momento del proceso de escritura fueran concebidas como se titula un libro de Günter Grass, Es cuento largo.

3) La palabra trenes resulta esencial para adentrarse en sus historias. En 1996, la UNAM publicó Últimos trenes, continuación de Trenes de humo al bajoalfombra (1992). Y este libro póstumo también muestra trenes que, como él mismo explica, “corren por las ferrovías de la ficción”.

4) Desde los primeros trenes hasta los que ahora se incluyen en este volumen, está marcado su interés por erigir bestiarios. Hay cierta predilección por las tortugas, los seres alados y, en particular, por los dragones. Como puede comprobarse también en Las fauces del abismo, otro volumen de cuentos que dio a conocer en 2014 y que se inscribe en la mejor tradición de los bestiarios (Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, José Emilio Pacheco).

5) Exhibe su vocación por el relato breve. Asimila la manera en que algunos escritores mexicanos se han acercado al relato fantástico (Alfonso Reyes, Juan José Arreola, Julio Torri, Efrén Hernández, Francisco Tario, Augusto Monterroso, Carlos Fuentes) y decide mirar hacia la literatura italiana. Le interesa la narrativa de fines del siglo XIX y XX.

6) ¿Por qué Ignacio Padilla opta por explorar en los relatos de autores italianos? Por el sentido del humor, la ironía, el análisis incisivo y mordaz. Porque la literatura italiana se volvió antisolemne. Y, básicamente, porque se convirtió en un atento lector de Ítalo Calvino, Tommaso Landolfi y Dino Buzzati. De este último es posible reconocer cierto aire mordaz impregnado en sus cuentos breves y su particular manera de acercarse a las historias. Quizá a Padilla le llamaba la atención la forma en que Buzzati recreaba una especie de teoría del fracaso o de lo inesperado.

7) Sin embargo, en el prefacio a Inéditos y extraviados, el autor reconoce que el narrador italiano que más le ha llamado la atención es Giorgio Manganelli. Padilla compara las breves novelas-río de Manganelli con los lienzos de Grosz o los grabados de Escher. Son “laberintos, trampantojos, decapitadores y saltimbanquis de la ilusión narrativa, paseantes que abren puertas y ventanas hacia universos en tal medida alrevesados que al final tendrán que resultarnos aterradoramente familiares”.

8) Viste un traje de contador de historias y sabe que no es cualquier cosa. Quiere llamar la atención y tiene muy claro que debe atrapar al lector. Su estrategia es recurrir a los laberintos y a la imposibilidad de los hechos. Por ejemplo, que un dragón pierda sus documentos que acreditan su identidad; la aburrida vida de un rey que ve televisión en su sillón favorito; el minotauro que ha decidido abandonar su laberinto; la historia del hombre que diseña una finca campestre en su departamento; la vida de un anciano que colecciona asesinatos, se dedica a matar a las personas que así lo solicitan; un genio de una lámpara que ya no puede cumplir deseos de nadie; que una princesa tenga insomnio, entre otros relatos.

9) Era un autor que apreciaba los libros de viajes porque su narrativa, en cierta forma, era una invitación a iniciar un periplo, una aventura. Tenía muy claro cuál era su objetivo: contagiar el asombro.

10) Coleccionista de historias. Disfrutaba de esas leyendas que tarde o temprano llegaron a sus cuentos cortos o largos, muchos de ellos dotados de precisión, astucia y fuerza narrativa. En ocasiones, parecía que le gustaba confundir al lector y luego mostrar una ruta o salida de esa aparente complicación. Si cruzaba esa delgada línea en donde se borra la ficción de la no ficción, estaba complacido. La suerte de ser un diestro confabulador, aún estaba de su lado.

11) La novela gana o pierde por decisión y el cuento por nocaut técnico, decía Cortázar. Esta selección de cuentos, Inéditos y extraviados, logra librar su propia batalla. 

12) Cuando el lector tenga el libro en sus manos, sonará la campana y podrá comprobar cómo le fue a Ignacio Padilla en éste, su último round.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora.

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Crisis es la palabra que recorre esta serie de ensayos, encrucijadas del México contemporáneo, reflejos del neoliberalismo y la globalización, apariencias de un paisaje inacabado que se niega a extraviarse entre la corrupción y el crimen organizado. Claudio Lomnitz (Santiago de Chile, 1957) en La nación desdibujada (Malpaso. México, 2016) le toma el pulso a un país enfermo.

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¿Qué tiene el país?, ¿qué males padece?, ¿para cuántos de ellos existe una cura? Podrían ser algunas de las preguntas que surgen al leer estos acercamientos. Son una lluvia de ideas aterrizadas en la historia, en los procesos que han seguido otras naciones de América Latina y en la forma que México se ha sumado a la vorágine de la modernidad y los tiempos de la globalización.

El autor explica que en los últimos 30 años, la sociedad mexicana se ha transformado, ha tenido que cambiar porque la globalización ha alterado la “manera en que ha intervenido en las sociedades, por lo que es necesario repensar nuestro lugar como nación”. Desde el punto de vista de Lomnitz, la globalización transformó lo nacional en algo que debía ser apuntalado para evitar la desarticulación social. “El internacionalismo implícito en los ideales de los entusiastas de la globalización tenía que ser suspendido indefinidamente y había que volver a imaginar otra vez la nación, ya en una configuración económica distinta sin ‘desarrollo estabilizador’, sin sustitución de importaciones, sin el fetiche del ‘mercado interno’”.

La mirada crítica del ensayista se hace acompañar en varios tiempos: presente (Michoacán: fantasía de la familia, fantasía del Estado; Ayotzinapa y la crisis de representación), pasado (La depreciación de la vida en la Ciudad de México circa 1985; Tiempos de crisis: el espectáculo de la debacle en la Ciudad de México; Narrando el momento neoliberal: historia, periodismo, historicidad) y futuro (La etnografía y el futuro de la antropología en México), entre otros temas.

El país de la ligereza

A dos años de lo sucedido en Ayotzinapa, hoy estamos frente a una indignación generalizada sobre la falta de justicia en México, “sobre la ligereza con la que se sacrifican vidas, sobre la imprudencia con la se despilfarran valiosos recursos, sobre el cinismos con el que eluden las responsabilidades”.

Para Claudio Lomnitz, la crisis de justicia que permea en el ambiente recuerda el escándalo en torno a la casa de Peña Nieto y otros problemas de corrupción subsiguientes. “Pese a los llamados de importantes líderes de opinión en los medios, el Congreso Federal de México no ordenó una investigación del presidente Peña Nieto, de su esposa, ni del secretario de Hacienda Luis Videgaray por tráfico de influencias y corrupción”. Enfatiza en el hecho de que el Congreso fue incapaz de ordenar una investigación independiente sobre la corrupción del gobierno “en una encrucijada crucial”.

Aquí se identifica un síntoma general en América Latina es la corrupción en el centro de la política. Se refiere a la crisis de Petrobás en Brasil, la crisis en Chile y en Argentina. […] “y a que existan “22 mil mexicanos desaparecidos”. 

Pero no todo es crisis en estos ensayos, hay también un par de apartados menos cargados de denuncia, más encaminados a reconocer las aportaciones culturales como Mexicanismos, en donde se incluyen textos sobre Carlos Chávez, Oscar Lewis y Octavio Paz; y México más allá de México que recoge algunas de las travesuras de Memín Pinguín y, reflexiones acerca de la relación de nuestro país con los Estados Unidos.

¿Quiénes somos?

Lomnitz define el nacionalismo como un concepto que se ubica más allá del matrimonio entre modernismo y cultura indígena. Desde esa perspectiva se interesa mirar a tres personajes: Carlos Chávez, Oscar Lewis y Octavio Paz. De Chávez rescata su aportación hacia lo indígena y su visión como constructor de instituciones, entre otras virtudes; de Lewis reconoce su agudeza al exhibir la discriminación, violencia de género y falta de oportunidades, por citar algunas injusticias, que quedan retratadas en la novela Los hijos de Sánchez; y de Paz rememora a la figura del ensayista atento a la realidad mexicana en El laberinto de la soledad y como puntual lector y crítico de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Confiesa que conoce mal la poesía de Paz y que le han interesado más sus ensayos que otros recorridos. Registra que Paz, a pesar que nunca perdió del todo su capacidad crítica, “su figura se había vuelto ya un tanto anacrónica”. Sin embargo, no deja reconocer que para él Octavio Paz fue siempre fabuloso.

A manera de conclusión, podría decirse que  de unos años a la fecha, Lomnitz ha revisado la crisis de representación de vive México. “Es cierto que no existe nada exclusivamente  mexicano en ese tema”, refiere. […] “La velocidad con la que ha cambiado el mundo durante las tres décadas pasadas, ha vuelto difícil conceptualizar los contornos de cada una de nuestras sociedades”. Porque, acaso ahora más que otras veces, “cuesta decir quiénes somos y, sobre todo, encontrar canales de representación política genuina”.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora.

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