La figura histórica de Emiliano Zapata ha mutado según los tiempos y los intereses de cada época. Al explorar la valoración que la prensa posrevolucionaria hizo del Caudillo del Sur, el siguiente ensayo arroja luz sobre las transformaciones del mito.

Este 10 de abril se conmemora el centenario del asesinato de Emiliano Zapata en la hacienda de Chinameca (Morelos) a causa de la traición del coronel carrancista Jesús Guajardo. No cabe duda de que este aniversario exalta tanto las virtudes del Caudillo del Sur —valor, hombría, rectitud, astucia— como el legado de los valores que defendía y que dejó plasmados en el Plan de Ayala redactado en 1911: un retorno a la democracia y una profunda reforma agraria para la posesión de las tierras por los que las trabajan. La figura de Emiliano Zapata en la historia mexicana contemporánea se ha convertido en mito y parece, por lo tanto, incuestionable. La “z” del EZLN muestra claramente el tributo que los campesinos, y en particular los campesinos indígenas, le rinden a este héroe revolucionario.

Pero este aniversario también debería ser un pretexto para ahondar en la vida del personaje y, en particular, en la trayectoria de su mitificación. Una parte de ese mito se pone en marcha a través de la prensa ilustrada en las décadas posrevolucionarias de 1920 y 1930, décadas que fijan, hasta la fecha, la manera en la que se tiene que considerar a Zapata.1 Para comprender el tratamiento mediático del revolucionario en la prensa capitalina de los gobiernos de Obregón, Calles y Cárdenas, es necesario recordar la cobertura mediática del zapatismo durante los años de lucha armada hasta su asesinato.

Sin lugar a dudas, Emiliano Zapata es el revolucionario que menos se benefició de la indulgencia de la prensa. Aunque Francisco I. Madero, Francisco Villa o Venustiano Carranza también fueron burlados, denigrados y menospreciados por un sector del periodismo, y en particular por los semanales porfiristas como El Mundo Ilustrado, ninguno de ellos tuvo que sufrir una campaña de acoso tan intensa como los zapatistas y su líder. Los adjetivos más asociados al revolucionario sureño fueron “bandolero”, “salvaje, “bandido”, “cabecilla”. El apodo “Atila del Sur” también se empieza a utilizar en la década de 1910, con una connotación negativa que subraya su crueldad y falta de compasión y discernimiento. A las “hordas” que lidera se les atribuye todo tipo de atrocidades: destrucciones, pillajes, violaciones.

No es de sorprendernos que, cuando por primera vez en la historia de la Revolución los zapatistas entran triunfalmente a la Ciudad de México, a principios de diciembre de 1914, la prensa describa una urbe atemorizada y desierta porque los habitantes se habían atrincherado en sus casas. En esa única ocasión varias revistas utilizan el grado de “general” para referirse a Emiliano Zapata, marca de respeto que también es señal de precaución, ya que la prensa capitalina siempre se cuidaba de no criticar al gobierno en turno con el fin de no verse censurada o, sencillamente, desaparecida por el poder. Fuera de sus tropas y de algunos revolucionarios partidarios de sus acciones  —como los villistas en los años 1914 y 1915— Zapata dista mucho de ser considerado por las autoridades, la prensa, e incluso gran parte del pueblo, como un héroe mexicano durante la Revolución.

Su asesinato en 1919 y la institucionalización de los valores ligados a la lucha revolucionaria paulatinamente van a generar una evolución en el tratamiento oficial y mediático del caudillo. En 1924, para conmemorar los cinco años de su muerte, El Universal Ilustrado le dedica una plana entera, con un título significativo: “¿Cuál es su concepción histórica de la personalidad de Zapata?”. El autor del artículo expresa sus dudas acerca de los actos oficiales en su memoria:

Emiliano Zapata, el incansable guerrillero de las montañas del sur, recibirá una glorificación de apoteosis con motivo del aniversario de su muerte. Y a pesar de que el Gobierno de la República exalta la memoria del rebelde, catalogándolo como el héroe máximo del agrarismo, la Historia reserva su fallo para mejor ocasión.2

Revista de Revistas, 8 de abril de 1928. “El caudillo del Sur dando órdenes, a la izquierda de Francisco Villa, durante una visita a la silla presidencial, en el Palacio de los Virreyes”

Contrariamente a otros textos que hacen eco de la leyenda popular según la cual Zapata estaría aún vivo en los años veinte,3 la plana de El Universal Ilustrado plantea un verdadero cuestionamiento acerca de la necesidad y, sobre todo, de la legitimidad de la glorificación del revolucionario. Este cuestionamiento tiene sentido después de una década de crítica. ¿Qué es entonces lo que está operando en esa década decisiva, que corre desde la ratificación de la Constitución hasta la creación del Partido Nacional Revolucionario? Está en juego la encarnación de la reforma agraria en una figura humana y aquí es cuando la fotografía cobra un papel relevante.

Efectivamente, desde la presidencia de Francisco I. Madero en 1911 y hasta la de Venustiano Carranza en 1917 las reivindicaciones zapatistas plasmadas en el Plan de Ayala —en particular la restitución de las tierras— no se toman realmente en cuenta. Sin embargo, por la legitimidad de la demanda y con el objetivo de pacificar el campo y poner fin a las ocupaciones forzosas de tierra, la reforma agraria entra a formar parte de una obligación nacional a través de la redacción del artículo 27 constitucional en febrero de 1917. Los gobiernos revolucionarios construyen parte de su discurso de legitimación en torno a la reforma agraria y Zapata aparece entonces como una figura idónea para promover los ideales del agrarismo. Poco a poco, tanto en el discurso gubernamental como en el discurso mediático, el “Atila del Sur” se convierte en “Padre del Agrarismo”. Es interesante detenerse en un plana de 19374 que se titula “Morelos, Zapata y Cárdenas. Trilogía del agrarismo”. La página presenta los retratos de los tres hombres de pie y de tres cuartos, subrayando la simetría entre ellos; se inscribe visualmente a Zapata entre el héroe de la Independencia y el presidente Cárdenas, con el fin de darle legitimidad a su combate y de inscribirlo en la historia del agrarismo mexicano.

El Universal Ilustrado, 14 de octubre de 1937

En esta plana se publica uno de los pocos retratos de Emiliano Zapata que fueron utilizados por la prensa posrevolucionaria (pocos también fueron realizados por los fotógrafos ya que, durante gran parte de la lucha armada, Zapata vivió en clandestinidad en las sierras de Morelos y Puebla). A través de estos retratos se crea una figura híbrida entre héroe de guerra y encarnación de la mexicanidad. Zapata viste siempre su traje oscuro de charro; en algunas fotografías enarbola cananas cruzadas, empuña un fusil y viste el sombrero de fieltro de ala ancha que tanto lo caracteriza en el imaginario popular. Salvo en un retrato ecuestre tomado en 1914,5 Zapata suele tener un rostro adusto, cerrado, sin sonrisa alguna. En el célebre retrato de Francisco Villa y Emiliano Zapata rodeados de partidarios en Palacio Nacional, el contraste es muy contundente entre la sonrisa divertida del Caudillo del Norte y la severidad del gesto de Zapata. Pero por las características mismas de la imagen fotográfica, responde a varios de los criterios para convertirse en héroe: se presenta como un hombre valiente que sabe luchar por la fuerza para conquistar sus ideales; como un hombre serio y poco sentimental a la hora de defender sus demandas; como una encarnación de cierto ideal de masculinidad a la mexicana, tanto a nivel nacional como internacional, por llevar bigote y vestir un traje y un sombrero de charro que permiten identificarlo inmediatamente con su país de origen. Este cliché de la imagen del mexicano asociado al revolucionario de principios del siglo XX se va construyendo poco a poco a través de la difusión de la fotografía, pero sobre todo del cine. Las películas de la edad de oro del cine mexicano con temáticas revolucionarias contribuyen mucho a la construcción de ese ideal de masculinidad inspirado en las figuras heroicas de Pancho Villa y Emiliano Zapata.

La Ilustración Semanal, 3 de agosto de 1914. “El general Emiliano Zapata, jefe de la revolución en el Sur”

Revista de Revistas, 20 de abril de 1913. “El jefe de los rebeldes del sur, Emiliano Zapata”

Al reunir todas estas características, que trasparecen en los retratos que publica la prensa, Zapata se convierte en una figura “mitificable” para los gobiernos posrevolucionarios. Responde tanto a las necesidades de una adhesión popular a las políticas agrarias como a una adhesión política e ideológica al espectro más amplio de la ideología de la construcción nacional. Esta doble adhesión explica la celeridad con la que pasa de ser bandido, a mártir, héroe y, finalmente, mito. La reactualización constante de su rostro y de su figura en el siglo XXI en objetos mercantiles tanto en México como en el extranjero, es una prueba del discernimiento que se tuvo en la posrevolución al apostar por este controvertido personaje histórico. Pero la unanimidad que se ha creado en torno a Zapata y al zapatismo lamentablemente borra la génesis de semejante mito, cuyo análisis deja entrever la complejidad de las bases de legitimación de las ideas revolucionarias y enriquece la comprensión de la dinámica posrevolucionaria.

 

Marion Gautreau
Profesora-investigadora de la Universidad de Toulouse – Jean Jaurès. Es autora de: De la crónica al icono. La fotografía de la Revolución mexicana en la prensa ilustrada capitalina (1910-1940) (Secretaría de Cultura; INAH, 2016), entre otras referencias.


1 Me refiero específicamente a los retratos fotográficos del caudillo y en las reflexiones periodísticas asociadas a dichos retratos en tres revistas: El Universal Ilustrado, Jueves de Excélsior y Revista de Revistas.

2 El Universal Ilustrado, 10 de abril de 1924.

3 Ver por ejemplo Revista de Revistas, 8 de abril de 1928.

4 El Universal Ilustrado, 14 de octubre de 1937.

5 Ver portada de La Ilustración Semanal ,26 de octubre de 1914.

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