El siguiente es un encuentro directo con uno de los oficios más nobles y, para muchos, más pertubadores, pero tan ineludibles como la muerte misma. Así es la vida de un grupo de embalsamadores de la ciudad de México.

Ciérrenme los ojos,
déjenme caer el párpado,
no quiero morir feyo raza

—El Piporro

Nos dicen que en el salón de al lado están embalsamando a un hombre que recién llegó; “está baleado, ¿quieren pasar?” Gustavo y yo nos miramos. Hay un “no” instantáneo, un segundo paralizante. De manera mecánica él saca la cámara y abre el tripié. Alcanzo a escuchar que el hombre tenía alrededor de 30 años; lo mataron en una gasolinera ese mismo día. Yo sigo diciendo que no para mis adentros. Ángela me anima a aprovechar la oportunidad “única” de perderle un poco de miedo a la muerte. Gustavo ya se había adelantado. Me encaminan a la sala de embalsamamiento. Abren la cortina plegable. Un hombre joven yace en la plancha de acero, en torno a él un grupo de tres o cuatro personas suturan el pecho, limpian y extraen líquidos del cuerpo por una cánula. La escena transcurre  con lentitud. La piel del cadáver es clara. Me animan a acercarme. No puedo moverme ni lo intento. Evito a toda costa ver el rostro. Alguien ordena tapar los genitales y así me doy cuenta de que está desnudo. De regreso a la oficina donde nos recibieron tomo el vaso de agua que había rechazado al llegar.

José Hirata Yen, el dueño de la agencia de embalsamamiento, me tiende una tarjeta cuando le pregunto por sus apellidos. “Mi familia es de origen chino, japonés, español y zapoteco; yo, 100 por ciento mexicano y adoptado”, dice. Ángela Talamantes es de Jalisco. Al igual que José, Guillermo Arredondo es de la Ciudad de México. Los tres son embalsamadores, tienen 37 años y trabajan juntos desde hace tres. En esta pequeña oficina con su sala adjunta de embalsamamiento son testigos de poco más de tres mil de las 63,200 muertes al año en la Ciudad de México causadas por enfermedades, accidentes y violencia, según datos del INEGI para el año 2018.

Mientras comienza la entrevista empiezo a sentir la presión baja. El aire se hace denso. No es la presión —pienso—, es el miedo.

José cree que “a la muerte hay que verla con respeto”,  y tratar cada cuerpo como si fuera un familiar querido. Ese es el lema con el que dirige al grupo de 11 embalsamadores —dos de ellos en capacitación—. “Los cadáveres no tienen derechos como alguien vivo —sostiene Ángela— pero sí tienen derecho a una reparación digna y respetuosa”. La labor en el salón de embalsamamiento es en general solitaria, a menos que haya aprendices. Como en todo trabajo, hay una rutina cotidiana y cada quién tiene su ritual antes de iniciar. José Hirata, por ejemplo, prende un cigarro, ojea el expediente en donde se específica el motivo del fallecimiento, se detiene en el nombre de pila. Le habla al cuerpo inmóvil con ese nombre que perdió el verbo presente y le explica el procedimiento que realizará. Guillermo se prepara un café bien cargado. También le habla al cuerpo. Talamantes prefiere no decir cuál es su ritual. Briceida Hernández, la más joven del equipo, de 20 años, le pide al que yace en la cama metálica que coopere para regresarlo con sus familiares y se despidan.

Ilustración: Patricio Betteo

Algunos cuerpos tienen un peso al depositarlos en la plancha y al terminar el trabajo y acomodarlos en el ataúd pueden ganar más kilos. No hay una explicación científica para este fenómeno. Probablemente se deba a que han dejado asuntos pendientes y no quieren irse. Este es el único caso, de hecho, en el que los embalsamadores se atreven a conjeturar un razonamiento paranormal. Nadie habla de presencias o sustos dentro de la sala; si el cuerpo se mueve es que está pasando de la rigidez a la flacidez, o viceversa. Aquí la muerte parece no tener segundos planos ni otra dimensión. “Te mueres y todo se acaba”, declara rotundo José. A Briceida le recuerda que somos efímeros. Ángela quisiera creer en la reencarnación mientras que Guillermo no vislumbra otra existencia: la muerte es el punto final. Guillermo agrega que en las ocasiones que le ha tocado preparar el cuerpo de un delincuente, el proceso de embalsamamiento no cambia. Con el desprendimiento de la vida —cree— se va también el juicio sobre sus actos.

Las  emociones tampoco tienen cabida cuando se trata de limpiar un cuerpo, extraerle líquidos, bombear químicos, tapar orificios y maquillar. Pero hay ocasiones en que las circunstancias traicionan ese escudo profesional. Por ejemplo, cuando se trata de niños —explica Guillermo— algo se contrae en su interior y no puede evitar pensar en sus dos hijos pequeños. “O cuando te toca limpiar dos cuerpos —cuenta José— de un lado un policía y del otro un delincuente, abatidos en el mismo incidente.” O cuando Briceida relata la muerte repentina de un vecino del barrio donde trabajan y la presencia desgarradora de la familia al ver el cadáver.
Cuando Guillermo habla se mira las manos. La primera vez que embalsamó no pudo olvidar el rostro del cadáver; durante casi seis meses lo veía en el metro, en la calle, donde fuera. De eso han pasado 12 años. “Aquí ningún día es normal, la violencia complica las cosas —dice— porque se vuelve más difícil la reconstrucción del cuerpo.” A él ya le ha tocado suturar cabezas o partes desmembradas. Con la misma seriedad cuenta también la anécdota de un muerto barbado cuyo familiar pidió que fuera rasurado. La contraorden de otro allegado más cercano arribó tarde y hubo que juntar el pelo recortado y pegarlo: “no quedó muy bien”, confiesa.

A diferencia de sus compañeros que visten de negro, Ángela Talamantes va de rojo de pies a cabeza: desde los tacones, la camisa a cuadros, el pintalabios, hasta el cabello crespo encendido. Después de hacer prácticas de necropsia en Tamaulipas por una temporada, llegó a la Ciudad de México hace casi tres años al contactarse por Facebook con José Hirata Yen. Con la voz suave y un dejo norteño habla del dolor convertido en empatía, cuando trabajaba en una funeraria y le tocó recibir el cuerpo de un jovencito al que sus familiares habían prohibido que su madre lo viera. La mujer esperaba afuera de la sala de embalsamamiento. Al terminar y aprovechando que estaba sola, Talamantes la dejó pasar a despedirse. El llanto se convirtió en un aullido que recorrió toda la funeraria. “Pensé que me iban a correr, pero no pude evitarlo”. No la despidieron, pero sí se llevó un regaño que carga con un poco de orgullo.

Para este grupo de embalsamadores, la vocación llegó desde temprano, viendo películas y documentales o mesereando en funerarias. Hace dos años, empezó un boom por el embalsamamiento. De pronto vieron surgir escuelas y carreras dedicadas a esta profesión. Este grupo embalsamadores estudió en el Politécnico Nacional y está certificado.

“Pocos duran en este oficio —afirma Briceida—. Muchos se acercan por morbo o para tener trabajo, pero no todos aguantan. Lo difícil no está en el procedimiento en sí, sino en el horario.” La gente muere y el servicio tiene que estar disponible 24/7. Las horas de sueño son un lujo y el tiempo de descanso o de otras actividades están sujetas a la demanda de trabajo. Lo que más lamentan Ángela y Guillermo es el poco tiempo que les dedican a sus hijos. “A veces no puedes ni echar pasión, porque el celular suena en cualquier momento —confiesa José.” Él coordina los servicios desde donde esté: la clave siempre es “llegó la flaca”. La planeación no tiene cabida; un día puede no haber ni un solo servicio, y al siguiente se juntan diez.

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La Providencia apenas sobresale del resto de pequeños negocios de Azcapotzalco, en el noroeste de la Ciudad de México, entre tortillerías, papelerías, salones de belleza, casas y edificios bajos. En esta zona de visibles contrastes, de amplias avenidas arboladas en medio de unidades habitacionales, consideradas de las más grandes de América Latina, se fincó el semillero de la Triple Alianza, la última confederación de estados indígenas antes de la llegada de los españoles. Ahora hay en esta alcaldía el mayor número de panteones de un total de 117 en la Ciudad de México.

Ilustración: Kathia Recio

El local de embalsamamiento se encuentra a tres cuadras del panteón San Isidro, el tercero más grande de la Ciudad de México, dedicado en exclusiva al entierro de bebés y niños. Quizás por eso, la apertura de La Providencia en 2017 no perturbó a sus vecinos, que se han acostumbrado al ir y venir de carrozas fúnebres a todas horas. “El negocio tiene convenios con alrededor de 50 funerarias” —explica Betty—, la administradora que ocupa el único escritorio de la oficina. Algunos servicios se realizan en este local o en las instalaciones de las funerarias. Al preguntarle si ha entrado a la sala de embalsamamiento responde con una sonrisa resignada: “sí, cuando el trabajo se acumula, les ayudo”.

Cuando se trata de sociabilizar en el tiempo libre, los embalsamadores se enfrentan al asombro. José es tajante, nunca cuenta a qué se dedica y cuando le preguntan responde que es  recolector de basura. Todos ríen. “A nadie le importa ese trabajo” —afirma. Guillermo Arredondo sí dice que embalsama, a lo que le suelen responder que mejor no cuente detalles.

Un embalsamador que ha terminado su turno, un muchacho alto y delgado se despide de Briceida con cariño. Pienso que es su novio pero no; su pareja trabaja en una funeraria. A diferencia de sus colegas, ella convive con otro grupo de amigos.

En un momento en el que quedamos a solas los tres en la oficina, José Hirata me confiesa que tiene una relación con Ángela, ante el asombro de ella. “Casi nadie lo sabe” —explica. Además del trabajo, comparten la afinidad por el mundo del sexo sadomasoquista en el que Talamantes organiza performances.

“Parece dormido”

Antes de iniciar el trabajo, la patología o causa del accidente determinará los líquidos a utilizar. Por ejemplo, si la muerte es por paro cardiaco la piel se tornará morada;  amarilla si es por padecimiento hepático. A veces la familia proporciona una foto para que el cadáver se parezca a como lucía en vida, pero a veces dan imágenes de cuando la persona estaba sana y no delataba el deterioro mórbido. “El remordimiento por haber estado alejados de un familiar enfermo y no reconocerlo, a veces provoca reclamaciones fuera de lugar” —explica Guillermo. Y tampoco se pueden hacer milagros, como peticiones poco comunes de reducir arrugas o mejorar la apariencia más allá del maquillaje.

Al preguntarles cuál es la mejor parte del trabajo, la respuesta es unánime: el resultado final, saber que el cuerpo regresará con la familia y los seres queridos en las mejores condiciones. Sin embargo, pocas veces reciben felicitaciones porque las funerarias son las encargadas de dar la cara al entregar el cuerpo a los familiares del fallecido. Las fallas, esas sí, son notificadas siempre y de inmediato. Por eso, cuando existe la oportunidad de entregar el cuerpo directamente a los familiares —y no mediante  la funeraria— y agradecen el resultado final, la recompensa se materializa. Ésa es, sin duda, la mejor parte de una jornada.

Ilustración: Estelí Meza

La transformación física con éxito del embalsamamiento se traduce en impresiones: “se fue en paz”, “parece dormido” o “se ve que no sufrió”. Frente al dolor, “las caras de alivio de la familia, dan gusto” —dice Briceida. El trabajo de los embalsamadores es el que inspira estas impresiones: el estrago de la muerte queda maquillado por unas horas, suficientes para la despedida final.

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En la primera visita al negocio, se festejó el cumpleaños de Guillermo Arredondo. La celebración consistió en un baño con “agua sucia”, contenida en una cubeta proveniente de la limpieza de la sala de embalsamamiento con harina y huevos añadidos. Las carcajadas inundan por unos minutos la sala. El compañerismo tiene algo liberador y salvaje; las horas de convivencia entre tanto estrés o el tedio de las  horas libres en espera de un cuerpo, han creado una estrecha cercanía. Los colegas suelen dormir en sillones durante las guardias, comparten las salidas a antros para bailar, escuchar música en vivo —de preferencia salsa— y tomar unos tragos.

A Briceida Hernández la conocí la segunda vez que fui al negocio. Deseaba conocer a la joven que, según sus compañeros, sostiene el ritmo de trabajo. A la hora de aplicarse apacigua al equipo y los mete en cintura. “Nos trae en chinga” —admite José.

Este negocio, como otros, tiene sus temporadas. José explica que la temporada “baja” es en primavera o Semana Santa. Sube durante las fiestas patrias o cuando hay campeonatos de box. Las extrañas estadísticas no tienen lógica. La mayoría de los fallecimientos son por enfermedad. Aunque las muertes por violencia no se reportan en la mayoría de los servicios, la separación física de la oficina con la sala de embalsamamiento —esta última sin letrero que la identifique, sobre la misma calle—  permite cierta seguridad en caso de alguna revancha delictiva o intento de robo de cuerpo. En México, la violencia se cobra más vidas que los accidentes, pero las enfermedades cardiovasculares y la diabetes se ubican en el primero y segundo lugar, según información del INEGI.

A solas, en silencio

En la sala de embalsamamiento priva la concentración. Nadie escucha música, no se atiende al celular y se evita cualquier distractor. La preparación empieza con el uso del uniforme reglamentario: una bata, guantes y un peto que suele ser pesado y caluroso. El primer paso es la limpieza del cuerpo; después se liberan gases y se drenan líquidos —sangre y orina— y heces fecales que son depositados en envases de Residuos Peligrosos Biológicos Infecciosos (RPBI); se acomodan facciones, se sutura la quijada, a veces se colocan prótesis en la cuenca de los ojos y se rasura; se dan masajes para reducir la rigidez, liberar coágulos y permitir la penetración de químicos y formaldehído para retrasar la descomposición; se extrae mucosa y comida; se tapan las fosas nasales y la tráquea; se vuelve a lavar el cuerpo y finalmente se maquilla y se viste para depositarlo en el ataúd. Las personas con sobrepeso implican un reto por la dificultad para extraer e introducir líquidos. La sutura de la quijada requiere de cuidado para evitar crear sonrisas o muecas artificiales.

Este proceso para que un cuerpo quede en perfecto estado de embalsamamiento con maquillaje requiere de aproximadamente tres horas. Pero la presión puede acelerarlo a una hora. El tiempo es el instrumento de trabajo más valioso en un oficio donde la precisión y los imprevistos obligan a administrar cada minuto.
El embalsamamiento no es legalmente obligatorio, a menos de que hayan pasado 48 horas del fallecimiento, de que la muerte haya sido ocasionada por alguna enfermedad contagiosa o se tenga que trasladar el cuerpo más de 300 kilómetros. Fuera de estas excepciones, la decisión de ser transformado antes de abandonar el mundo terrenal es personal o familiar.

Una decisión que el grupo de embalsamadores ya tomó. Ni Ángela Talamantes, ni José Hirata, ni Guillermo Arredondo quieren ser sometidos a este proceso; prefieren la muerte sin maquillaje. “A mí que me envuelvan en un petate y consumirme con la tierra” —dice Hirata. Talamantes quiere donar sus órganos y ser enterrada sin trámite. Lo mismo opina Arredondo. Briceida Hernández quisiera ser embalsamada por José, pero ¿y si él ya no está?

 

María Luisa Alós
Periodista y editora independiente.

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Los Pinos es un lugar desconocido y sin embargo omnipresente. A siete meses de su apertura al público abundan las preguntas y la incertidumbre sobre su futuro como Complejo Cultural.

Construida en la misma zona donde la Triple Alianza de los Mexicas asentó sus reales, la antigua residencia oficial fue casa de un linaje de presidentes que la mantuvieron inaccesible al grueso de la población. Conocer la vieja casona a un año de la elección del presidente López Obrador, quien prefirió mudarse al viejo aposento de los Virreyes, puede provocar asombro, incredulidad, enojo, o incluso morbo.

Ilustración: David Peón

Empieza el recorrido.

La señora vende frituras entre desafiante y temerosa, expuesta a la mirada inescrutable de los militares que resguardan Los Pinos. Dice que está ahí desde los primeros días que abrieron el acceso al público, con su cajita de papitas en bolsas de plástico. Ha perdido la cuenta de las veces que se la han llevado a la Delegación, ahora llamada Alcaldía.

“Me sigo arriesgando,” responde con los ojos fijos en los uniformados, “porque así es como me gano la vida.”

Unos pasos atrás, en la entrada de Molino del Rey, el visitante se topa con una gran losa de cemento inscrita con dos frases en letras doradas. La primera: AL PRESIDENTE NADIE LO TOCA. La segunda: BIENVENIDO PUEBLO DE MÉXICO. Aniquilar la primera para asumir la segunda podría llevar tanto tiempo como el que un terreno radioactivo requiere para descontaminarse y volverse de nuevo habitable.

Pienso en la señora de las frituras como un antídoto contra esa consigna de intocabilidad presidencial que ha contribuido a hacer de la ciudadanía un acto de simulación. La frase célebre fue pronunciada en un acto de valentía por un colaborador de Madero cuando éste iba a ser detenido, pero hace ya mucho que ha venido a significar otra cosa. En todo caso, es inevitable que el recorrido por la residencia quede enmarcado por este enunciado. Nos hemos habituado a él a tal punto que no hace falta siquiera mencionarlo.

Visité Los Pinos en tres ocasiones, siempre en compañía de Gustavo y su cámara. La primera fue un sábado de enero, en un ambiente parecido al de Chapultepec salvo por la ausencia de puestos de comida o de cualquier índole. En esa ocasión, la vieja mansión me dejó con dos preguntas a medio camino entre el pasado y el futuro: ¿qué se sabe del inventario de la residencia oficial, su acervo artístico, sus enseres domésticos? y ¿a qué se destinará este enorme predio de 52 mil metros cuadrados?

A la primera pregunta, hasta la fecha, no hay más que respuestas parciales, salpicadas en diferentes medios. Aún no queda claro el destino de la colección de cuadros de renombrados artistas, o de los cubiertos de plata de la época de Porfirio Díaz, ya no se diga a quién pertenece el mobiliario en cada cambio de gobierno. En cuanto a la cuestión de cómo se va a usar el recinto rebautizado como Complejo Cultural Los Pinos, no hay, hasta el momento en que escribo este texto a finales de junio, un programa oficial de actividades ni una lista de organizaciones que ocuparán las instalaciones.

Los Pinos, un espacio abierto sin un programa claro. © Gustavo Gatto

Hoy por hoy, Los Pinos parece un enorme salón de usos múltiples que lo mismo ofrece proyecciones de películas como conciertos, obras de teatro al aire libre, visitas sin guía, o subastas de bienes de la nación. La página web oficial es escueta y en el espacio de preguntas frecuentes no aparecen aquellas que la gente suele formularle a los jóvenes becarios que cuidan el recinto, quienes no atinan a responder.

Quizá por la premura con la que se abrió el acceso al público, el complejo cultural no tiene un protocolo fijo de operación. En mi primera visita, por ejemplo, era todavía posible retratarse en esas escaleras imperiales que Angélica Rivera usó de escenografía para las portadas de incontables revistas del corazón. A partir del segundo recorrido, sin embargo, las selfies quedaron proscritas. Las razones: porque la gente rodaba por los escalones al tomarse la foto, porque los flashazos tropezaban con el enorme candelabro, provocando todavía más caídas, o porque la gente se quedaba parada y detenía el flujo de visitantes. Cuidadores civiles y uniformados repiten con amabilidad y cansancio la misma cantaleta: Por favor no se recargue, no se puede sentar, sin tocar, por ahí no hay paso, no se detenga… Pareciera que el mírame-y-no-me-toques se impone a la bienvenida.

Algunos lugares que habían estado abiertos al público, como la habitación principal y la cocina, han quedado cerrados. Decretar el acceso al público a Los Pinos a partir del primer día de su mandato ha sido uno de los actos más populares de López Obrador, un gesto con el que se ha querido distanciar del poder tradicional y acercarse a ese pueblo ignorado al que tanto se dirigió en su larga campaña. Basta detenerse a observar la reacción que produjo en las redes sociales la foto de una familia pobre de Guerrero —entre ellos, un niño descalzo— en medio del lujo presidencial. No hizo falta un pie de foto ni de crónica: la imagen hablaba por sí misma.

Cada fin de semana en temporada baja, Los Pinos recibe 5 mil visitantes en promedio. © Gustavo Gatto

Al intentar acceder a la residencia y a las oficinas, el visitante se topa con un retén militar que impide entrar con agua y alimentos. Después se abre un camino rodeado de jardines y cercado de derecha a izquierda por una larga barda con las estatuas de todos los presidentes que habitaron este bosque prohibido desde 1934 hasta 2012. Ahí están congelados gestos y posturas dignos de un manual de entrenamiento político.

La galería es elocuente y no sólo por la costumbre o necesidad de eternizar la investidura del poder en tercera dimensión: más allá del valor estético de las esculturas, la iconografía me remite al arte religioso, o quizás al monumentalismo de los estadistas autoritarios. Vicente Fox, por ejemplo, escogió ser inmortalizado con una niña de rasgos y vestimenta indígenas agarrada de su pantalón mientras saluda con una V. Gustavo Díaz Ordaz luce retocado con una dentadura y una nariz más discretas que las reales. Carlos Salinas es probablemente el más parecido a sí mismo: ahí está la mirada de quien no ve. Peña Nieto, por su parte, parece más humano en su versión metalizada.

La estatua de Fox en el camino de los presidentes. © Gustavo Gatto

La primera construcción que aparece después del desfile de estatuas es la fachada principal, con sus balcones rodeados de balaustradas talladas. Luego vienen los escalones de piedra lisa, el mármol brillante del recibidor, con un candil de cristales pendiendo del altísimo techo, y las escaleras bifurcadas frente a un enorme ventanal. El lujo contrasta con el escaso mobiliario: el minimalismo  de la decoración parece descuadrar con la grandilocuencia del poder que todos los mexicanos conocemos de sobra.

Me detengo en el primer salón: una biblioteca de maderas finas con libros empastados, como los que salen en la televisión, sin huellas de ser consultados. El joven que vigila que la gente no se salga del camino marcado, a quién llamaremos Santiago, accede a hacerse a un lado para platicar unos minutos. Tiene 16 años y es parte del equipo de cuidadores becados: un grupo de apenas una decena de estudiantes menores de edad. Quiero saber qué es lo que más preguntan o comentan los visitantes.

“Que dónde están los muebles”, responde. “Los libros que faltan.  A veces hasta nos reclaman como si nosotros hubiéramos estado aquí desde siempre. ¿Por qué dejaron que se llevaran las cosas? nos dicen, algunos enojados”.

Santiago también nos cuenta la saga que él y sus compañeros han bautizado como “El Episodio de los Zombis”. El incidente ocurrió en los primeros días de diciembre, a la hora de cerrar la entrada a la residencia principal. Una página de internet informaba erróneamente que el cierre era una hora más tarde. La gente que quedó a punto de entrar enardeció e intentó forzar la puerta principal y las ventanas de la planta baja, todo ante la mirada atónita y aterrada del personal que quedó adentro y pidió mediante un megáfono al cuerpo de militares que se presentará en el lugar para disipar a la muchedumbre.

Antes de despedirnos Santiago pide que mencione que desde diciembre ni él ni sus compañeros perciben sueldo y que teme que probablemente los despidan.

El lujo interior y exterior en un rincón de la residencia oficial. © Gustavo Gatto

Cuando Gustavo y yo volvimos a Los Pinos en junio descubrimos que el número de visitantes a la residencia parece haberse nivelado en más o menos 2,500 personas cada fin de semana, pero una soldado nos dice que en la parte del bosque estiman un número similar. Lejos está la cifra de los primeros días en que se abrió todo el complejo, cuando llegaron a casi 30 mil visitantes.

A Los Pinos se entra por dos puertas, una tan ancha como la otra. En el pasado reciente y desde que se inauguró como la residencia de los presidentes, el ingreso siempre estuvo reducido a una minoría, una mínima parte de la población nacional. En 2014 la revista Expansión hizo un avalúo inmobiliario sobre el costo de Los Pinos, a valor de mercado, que arrojó la cifra de 1,800 millones de pesos. La extensión de 56 kilómetros cuadrados, más de los que tienen muchos parques nacionales, es 14 veces más grande que la Casa Blanca en Estados Unidos.

Durante 84 años el poder vistió, comió, durmió, descansó, dictó u omitió lo que sucedía con millones de personas desde esta casa, en la que alrededor de 50 personas estaban al servicio exclusivo de una familia que tenía, además, un bosque a su disposición. Mientras tanto, el resto de la gente se apretaba como podía en los pocos espacios públicos de la Ciudad de México, entre ellos el de Chapultepec, apenas seis veces más grande que Los Pinos.

Un grupo de música entretiene al público en el patio exterior de la casa principal. © Gustavo Gatto

A siete meses de haberse abierto al público, Los Pinos fascinan y desencantan. Los conductores que transitan por la avenida Constituyentes, los lectores de revistas del corazón y de los periódicos, así como los televidentes de los noticieros, nos habituamos a la idea de un espacio tan lejano y fantástico como los castillos de los cuentos de hadas. El asombro de poder caminar en ese espacio íntimo me recuerda la crónica de Emmanuel Carrère sobre su visita a la Casa de la República, mejor conocido como el palacio de Ceaus̜escu, después de la caída del régimen dictatorial en Rumania. Los visitantes, escribe Carrèrre, “recorren con una incredulidad maravillada un espacio cuyo propósito excluía su presencia.”

Sonia es otra joven que cuida el flujo de los visitantes. Tiene 23 años. De vez en cuando hace recorridos guiados, especialmente para estudiantes. La capacitación que recibió fue sobre la historia de los presidentes que aquí vivieron, así como del lugar y el origen del nombre de la residencia. Pero lo que la gente quiere saber, nos dice, “es más bien morboso, si por ejemplo Peña y su esposa dormían juntos, lo que se robaron.” Cuando le toca gente agresiva que reclama, la muchacha prefiere reírse.

Algunos espacios —como el búnker, la alberca techada, el gimnasio y el salón de juegos— siguen resguardados de la mirada popular. Sonia nos cuenta que circulan historias apócrifas: que un presidente mandó construir una de las casas secundarias porque dos de sus hijas no se llevaban bien; que Angélica Rivera tenía sus oficinas y habitaciones en otra de las construcciones; que los trabajadores habituales tenían prohibido aparecer cuando Peña Nieto caminaba en los espacios abiertos y tampoco tenían permitido saludar a sus hijos.

Nunca sabremos si dichos rumores son ciertos o no, pero de lo que no cabe duda es que aquí están los vestigios de nuestra historia reciente. Algunos nombran a Los Pinos como museo y no es tan incorrecta la acepción. Algo de este espacio nos alude de manera personal, colectiva y ancestral. Si la toma de Versalles por el pueblo significó la caída de la monarquía francesa, ¿cómo inaugurar una nueva época al tener permiso de entrar al sitio más inaccesible del país con la consigna de no tocar y no tomar fotos en ciertos espacios? ¿Podremos algún día apropiarnos verdaderamente de este lugar que ahora se llama Complejo Cultural Los Pinos?

Los Pinos se han convertido en una pasarela continua de selfies. © Gustavo Gatto

A diferencia de lo que sucedió en la Francia revolucionaria, “la toma de Los Pinos” es pacífica. Los visitantes parecen en su mayoría asombrados, sin espacio para otra sensación. Harán falta años o quizás un siglo para digerir el cambio o determinar si lo hubo. Por lo pronto, la pregunta sigue en el aire: ¿de qué, exactamente, será sede Los Pinos? La falta de coordinación oficial ha provocado que diferentes organismos se disputen algunas de las construcciones para sus oficinas y que a veces se programan actividades que no se llevan a cabo porque no se tienen los permisos requeridos o se empalman unas con otras.

Al final del día, sin embargo, hay algo que falta. Cuando trato de recordar las habitaciones casi vacías, las paredes semidesnudas, como si su reciente morador se hubiera mudado repentinamente, tengo la sensación de haber visitado un inmueble en venta. Si hubiera al menos un espejo podríamos ver, anonadados, a los verdaderos propietarios de Los Pinos.

 

María Luis Alós
Periodista y editora independiente.

Fotografías de: Gustavo Gatto

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El nombre de Trotsky ha resurgido en los últimos tiempos: la reedición de la biografía de Stalin, su asesino intelectual; la exposición en un museo de Estados Unidos del supuesto piolet con el que fue aniquilado y la reciente serie rusa sobre la vida del revolucionario. Volkov reflexiona sobre el legado que dejó su abuelo y sobre su propia vida de exiliado en esta entrevista realizada en el Museo Casa de León Trotsky.

Esteban Volkov ha presenciado gran parte de la historia del siglo XX. Desde la infancia tuvo que refugiarse en varios países, huyó de las persecuciones y el asedio nazi, aprendió a hablar varias lenguas, olvidó su idioma materno, adoptó varias costumbres y vio desaparecer su largo linaje. Los primeros años de Esteban Volkov, el nieto de Trotsky, estuvieron amenazados por la incertidumbre, el miedo, el exilio, la muerte. A sus 93 años relata su vida y con ella van jirones que salieron de un Moscú convulsionado, de la mítica Turquía, de Berlín, la cuna de la Segunda Guerra Mundial, de un París en resistencia, Viena, Alsacia y Nueva York, hasta llegar a la Ciudad de México.

María Luisa Alós y Lourdes Zabalza: ¿cómo empezó el viaje del exilio de su abuelo, de su familia?
Esteban Volkow: A finales de 1929 salimos, a Prinkipo (Turquía); Leon Sedov, mi tío, llevaba dos años viviendo ahí, yo tendría tres o cuatro años; ahí hablaba ruso, un ruso muy melodioso según decía mi abuelo. Fui a una escuela y empezaba a hablar turco. Recuerdo el mar de Mármara, era una maravilla. Antiguamente Prinkipo fue un lugar de veraneo de la clase alta y después también fue un lugar de exilio en donde los enemigos políticos eran confinados después de que les sacaban los ojos. Pero el lugar era muy hermoso, la vida marina me fascinaba, había camarones, peces entre las algas. Yo me caía muchas veces en el mar por estar contemplándolo.

¿Cómo vivió esa etapa?
Ahí yo no estaba consciente de que estábamos en el exilio. Fue en París cuando supe lo que eran las persecuciones estalinistas: muchos amigos nuestros fueron asesinados, incluido mi tío León Sedov. Estuve con él una o dos semanas en Berlín en 1932, mi madre pudo salir a Berlín pero le dejaron llevarse solo a un hijo: fui yo el elegido. Ella estaba muy enferma, fue la última vez que la vi… se suicidó.  A mi padre no lo recuerdo, me contaron que fue fusilado en 1931 por órdenes de Stalin.

Ante el ascenso del nazismo me enviaron a un internado en Viena. No me acuerdo cómo llegué a Viena pero me contaron que fui solo en un tren con un letrero. Ahí estuve dos años. Aprendí rápidamente alemán, el internado fue un lugar muy agradable, había gente de ideas muy avanzadas del ramo de la psiquiatría. No vi a nadie de mi familia, pero el abuelo me escribía.

Cuando Viena es bombardeada, el abuelo me envía a París. Ahí me llevó uno de sus secretarios con León Sedov, uno de los dos hijos del segundo matrimonio del abuelo. Al otro hijo, Serguei, no le interesó la política, era ingeniero, se quedó en Rusia pero Stalin lo fusiló. León publicaba un boletín, jugó un papel muy importante en el trotskismo. En Francia hubo varios asesinatos como el de Ignace Reiss (en septiembre de 1937, cerca de Lausana, Suiza, unas pocas semanas después de haber declarado que desertaba en una carta dirigida a Stalin), y de personas muy cercanas a nosotros. Ignace estaba en el servicio de espionaje soviético, pero al darse cuenta de las atrocidades cometidas por Stalin desertó y criticó su política. Su hijo era dos años mayor que yo, fuimos muy buenos amigos. Otro asesinato muy sonado fue el de Andrés Nin en España, él era muy amigo del abuelo, tradujo La historia de la Revolución Rusa. Sus dos hijas vinieron a vivir a París, así formamos un grupo de sobrevivientes de Stalin.

¿Cómo fue el periodo en París?
Al poco tiempo de llegar a vivir a París, León Sedov presentó fuertes dolores. Mark Zborowski, mejor conocido como Étienne, era médico y dijo que se trataba de un problema de apendicitis y le recomendó reposo. Sin embargo, Étienne, quien era un agente infiltrado (y se hacía pasar por un militante trotskista) consiguió que León ingresara a la clínica de Mirabeau en París, la cual resultó ser un nido de la GPU (la KGB de ese entonces), estaba lleno de rusos, lo operaron, entró en coma y falleció al día siguiente. Lo sé porque en los archivos la GPU se lo atribuyó; la intención inicial era secuestrarlo y llevarlo a Rusia.

¿Lo habían intentado matar antes?
En una ocasión estaba vacacionando en Saint Yves al sur de Francia y una agente muy atractiva de la GPU intentó una relación con él y, gracias a que León Sedov tenía otra relación, se salvó [ríe de la anécdota]. Me quedé al cuidado de Jeanne, su pareja; ella no tuvo hijos así que le caí del cielo [ríe otra vez]. Ella tenía un carácter muy difícil, era muy dominante y autoritaria, con ideas absurdas: tenía que dormirme a las 8:30 y debía usar unos zapatos altos para no debilitar los tobillos. Vivíamos en pequeños cuartos amueblados, ella era secretaria y mantenía a mi tío. El abuelo me quiso traer a México y empezó una pugna porque ella no me quería dejar ir. A fines de 1938 me mandó a un pensionado en Alsacia, en la región de la cordillera de los Vosgos, para esconderme; ahí andaba en trineo. Tuve un problema de difteria y estuve un mes en cama en el internado. Ella escondía las cartas que me mandaba el abuelo.

¿Cómo lo encontró su abuelo?
Marguerite [Rossmer, cercana colaboradora de Trotsky] tenía ciertas amistades y tras recorrer varios pueblos y preguntar a muchas personas me encontraron. Hicieron una verdadera labor de detectives. Hasta al cura entrevistaron. Llegaron al pensionado con una orden judicial para sacarme. Nunca volví a ver a Jeanne. Estuve varios meses escondido en los suburbios de París para que no me encontrara. Le dijeron a Jeanne que viniera a México pero no quiso. Esto sale en las memorias de [Gérard] Rosenthal: fue en  febrero de 1938. Casi un año después llegué a México, en agosto de 1939.

Pero antes hizo escala en Nueva York…
El barco zarpó de Le Havre (Francia), iba con los Rosseberg. Llegamos a Southampton, era el tercer barco de cabotaje más grande de la marina francesa, el Champlain, hicimos siete días para llegar a Nueva York. Yo tenía trece años,  fuimos muy bien recibidos por camaradas trotskistas, eso fue en mayo de 1939. Nos tocó la Feria Mundial de Nueva York. Fui al Empire State, al zoológico, a un día de campo y ahí vi los embotellamientos que desde entonces ya existen [ríe]. Llegamos al departamento de Ruth Ageloff, era una familia con recursos económicos, tenían refrigerador, que eso en Europa no existía. Silvia [la hermana de Ruth] fue secretaria del abuelo en los contraprocesos que se llevaron a cabo en la casa de Frida Kahlo, pero no era como la pintan en la película El Elegido, es totalmente falsa.

Cuando me dijeron que iba a vivir en México se me iluminó el mundo. Mi imagen de México fue a partir de los sellos de las cartas que me enviaba mi abuelo antes de que Jeanne me las escondiera, aparecían unos paisajes muy bonitos.

Esteban Volkov, fotografía tomada en Coyoacán, 2019, de Gustavo Gatto ©

¿Cómo recuerda ese viaje para llegar finalmente a México?
Tomamos el tren en Nueva York, el South Pacific. Llegamos a Laredo y de ahí a la estación de Buenavista, fueron tres días, el aire acondicionado era a base de bloques de hielo. Vi un paisaje árido y pocos habitantes en el recorrido, de repente se aparecía una que otra choza. Nos vino a buscar uno de los leales secretarios del abuelo desde que estuvo en el exilio de Turquía. Al llegar a esta casa, en agosto de 1939, sentí júbilo, alegría, estaba llena de camaradas americanos, alemanes, había vida, actividad, el ambiente era cálido, afectuoso. Había visto a mi abuelo en París brevemente, tenía prohibido pisar suelo francés. Trotsky vivió en Rouen y Barbizon pero cuando cambió el gobierno a uno derechista salió. En esta casa vivían 15 personas y dos sirvientas: Carmen Palma y Belén. Llegué a México con trece años y ya había vivido en varios países.

¿Qué recuerdos tiene de sus primeros años en México?
Mi abuelo a los guardias les decía: “No hablen de política con mi nieto”. Temprano, el abuelo se hacía cargo de su granja, tenía conejos y gallinas, después se encerraba en su despacho y salía en la noche a darles de comer. Vivíamos con la ayuda de Estados Unidos y con las regalías de sus libros. Hoy en día en Rusia ya se ha publicado La Revolución traicionada.

Mi primera escuela se llamaba José María Iglesias, iba en un camión rojo que salía de Coyoacán y se iba por todo Insurgentes hasta llegar a la calla Palma en la colonia Juárez, era una escuela mixta y yo siempre había estado en colegios solamente para hombres, ellos pensaban que yo era francés.

Seguramente llamaba la atención…
Sí [ríe], tenía pegue con las chicas. Luego me cambiaron a un colegio de exiliados españoles que se llamaba Juan Ruiz de Alarcón. Tenía muy buen nivel, estaba en la calle Córdoba. Me casé a los 28 años con una madrileña refugiada, la conocí por unos amigos españoles, me sentía bien con ellos. Mis amigos eran el escritor Tomás Segovia, el investigador Rafael Segovia, los hermanos Morayta, que eran cineastas, Enrique de Gracia; jugábamos billar, futbol. También fui alpinista, subí doce veces el Popocatépetl y dos el Iztaccíhuatl. Fui muy amigo del fotógrafo Armando Salas Portugal. Él también era químico y alpinista. Otro de mis amigos fue Carlos Sheinbaum, los dos estudiamos Ingeniería Química en la UNAM.

No me interesó la política; viví de mi profesión mediante un pequeño negocio  que monté. También me dediqué un tiempo a la fotografía de paisaje y arquitectura, fui experto en cuarto oscuro. Me gusta mucho la naturaleza; de México lo que más me sorprendió fueron sus paisajes salvajes, el colorido, el sol y más viniendo de un país en donde el invierno es gris. Desde esta casa se veían los volcanes, el aire era transparente, el río Churubusco estaba rodeado de eucaliptos y en la calle de atrás realizaban carreras de caballos.

¿Recuerda a Ramón Mercader? ¿Convivió con él?
Mercader se acercó a la casa como la pareja de Silvia Ageloff [se relacionó intencionalmente con ella para llegar a Trotsky y asesinarlo]. Nos paseaba, nos invitaba a comer con los guardias. Nos llevó de día de campo con los Rosseberg hasta la Marquesa, era muy correcto, educado y atento. Yo lo acompañé y subimos hasta las Peñas de Barrón, otro día me trajo algún regalo, era un recortable para armar. A esta casa no venían mis amigos.

¿Cómo eran Diego Rivera y Frida Khalo?
Diego se enojó por no ser el director de una revista trotskista, pero esa decisión no dependió de mi abuelo. La hermana de Frida, Cristina, tenía una buena relación con Natalia. Años después [del asesinato de Trotsky] me sentí aislado, solo, y fui en algunas ocasiones a la casa de Cristina; vivía en la calle Aguayo en Coyoacán. Los domingos Frida estaba allí, era inteligente, empática, daba gusto estar con ella.

Hace muchos años regresó a Rusia a conocer a su hermana. ¿Cómo fue ese encuentro?
Cuando Gorbachov gobernaba, hice un breve viaje para conocerla. Un amigo, el historiador francés Pierre Broué, me llamó: acababa de localizar a mi hermana Alejandra. Ella tenía un cáncer avanzado generalizado. Me dijo que si no iba no la alcanzaría a ver. Al mes falleció. Durante la dictadura de Stalin fue deportada, pero al menos le respetaron la vida: la mandaron a los confines de Asia, por el lago Baikal. Con Gorbachov pude regresar a Moscú. Me comuniqué con ella mediante un traductor, pues olvidé el ruso, solo sé las palabras que todos saben, como “vodka” [sonríe]. Fue una gran emoción, tuvo una hija a la que conocí.

Pero soy alérgico a Rusia. Fui esa única vez, fui a eventos, a conferencias de prensa y estuve paseando.

Foto del piolet que usó Mercader para asesinar a Trotsky, hoy exhibido en el Museo Internacional del Espionaje en Washington. Cortesía de: Museo Internacional del Espionaje.

¿Recuerda el primer atentando liderado por el muralista David Alfaro Siqueiros?
La madrugada del 24 de mayo de 1940 estalinistas comandados por Siqueiros y ayudados por uno de nuestros guardias, Sheldon, irrumpieron en la casa con ametralladoras. Cayó una ráfaga de balas, me tiré de la cama, me arrinconé  y recibí impactos de bala. Natalia, la esposa del abuelo, me salvó la vida porque me arrinconó. Los guardias no pudieron salir de la casa porque había una cortina de fuego. Los atacantes se fueron porque pensaron que estábamos muertos. Yo salí porque dijeron que iban a caer bombas y por poco me tropiezo con uno de los pistoleros. Cuando terminó el atentado estábamos eufóricos, pero mi abuelo sabía que sus horas estaban contadas… cada día le decía a Natalia: “Un día más”.

Mi abuelo estaba escribiendo su último libro: Biografía de Stalin. Jacques Monard, es decir Mercader, constantemente le preguntaba sobre los avances del libro. Primero se publicó con muchos errores; eran más de 600 hojas. La actual  versión, a cargo del historiador escocés Allan Woods, está muy bien documentada; trabajó en ella cerca de diez años.

A los tres meses del atentado organizado por Siqueiros, Ramón Mercader,  con el pretexto de que Trotsky revisara unos escritos entró y le pegó con un piolet en la cabeza. Ese día, el 20 de agosto de 1940, yo venía de la escuela por la tarde, desde lejos vi algo raro, vi policías enfrente, me entró angustia… cuando entré vi al abuelo ensangrentado y les dijo a los guardias que no mataran a Mercader; les pidió que me mantuvieran alejado. Mi abuelo siempre se preocupó por mí, hasta en los últimos momentos. A las 24 horas del golpe asestado por Mercador, murió Trotsky

Más adelante los grupos estalinistas tenían la orden de desaparecer esta casa, la querían convertir en guardería o tirarla: querían desalojarnos. Gracias al apoyo de Cárdenas no se logró; el gobierno se la compró a Natalia Sedova con la promesa de convertirla en museo, pero los términos no quedaron muy claros. Muchos años después, en 1983, el presidente López Portillo, declaró esta casa monumento histórico y a mí me nombraron su custodio. A esta casa han llegado Alain Delon, García Márquez, Romy Schneider, Vanessa Redgrave, etc.

Exterior de la nueva sede del Museo Internacional del Espionaje en Washington, inaugurada este 12 de mayo. Fotografía de Dominique Muñoz ©. Cortesía de: Museo Internacional del Espionaje.

En el Museo Internacional de Espionaje de Washington se exhibe este 12 de mayo el piolet con el que asesinaron a su abuelo. ¿Qué opina al respecto?
Yo fui alpinista durante mucho tiempo, el piolet es un instrumento que sirve para salvar vidas en las cumbres en caso de resbalarse, yo vi un caso en el volcán Iztaccíhuatl: un muchacho se estaba cayendo al precipicio y le gritamos que clavara el piolet. Stalin, el mayor asesino en la historia de la humanidad, usó un piolet para destruir a uno de los mejores cerebros del marxismo. Un piolet con el mango recortado es el mejor símbolo del estalinismo, la desaparición de la memoria histórica. En cambio, Trotsky buscaba los valores de la revolución: era un auténtico revolucionario entregado a los valores del marxismo.

 

María Luisa Alós
Periodista y editora independiente.

Lourdes Zabalza

Escritora y periodista. Es autora de: Años marinos.

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