Había un halo turbio en su mirada pero el resto emanaba energía y entusiasmo. La recibió descalzo, con la camisa entreabierta, en el umbral de la Casa de Huéspedes Manasa* de la Universidad de Mysore, cuando su taxi se detuvo minutos antes de las siete de la mañana.
 “I am Manu, the gatekeeper”, le dijo casi sin mirarla, apurado por ayudarla a salir del vehículo, sacar las maletas de la cajuela y acompañarla a subir las escaleras tupidas de macetas con variedad de plantas coloridas.

Terminaba el verano y se esperaban lluvias ligeras en Mysore, recién nombrada “la ciudad mas limpia de India”, legendaria por sus maestros de ashtanga yoga.

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Como estaba molida tras dos días de viaje transatlántico, le cayó de perlas que alguien tan diligente como Manu la recibiera en su nuevo hogar a miles de millas de distancia de México, su puerto de salida al otro lado del mundo.

Alto, imponente en su juventud, tomó las dos maletas en silencio y la guió a la recámara VIP3, muy cerca de la entrada del hermoso inmueble, mientras sus rasgados ojos negros giraban hacia ella de reojo, con disimulo o timidez.

Sacó del bolsillo de sus shorts una llave minúscula y con destreza, ¡clack! abrió el enorme candado de hierro viejo de la amplia recámara.
(A mi eso me costará mucho trabajo. Que bueno que estará Manu para ayudarme).
Desplazándose de un lado a otro de la habitación cual conocedor de todas sus esquinas, en un inglés relativamente fluido pero con imposible acento hindú, Manu le explicaba los detalles de su nuevo habitat.
Primero, con orgullo de propietario (sin serlo), señaló el AC, un enorme aparato rectangular alojado arriba de una enorme ventana con vista al campus universitario, cerca de la cama también enorme, y enormemente dura. Lo prendió con un control remoto que le entregó a la visitante, rozándole levemente la mano. Ella sintió su piel cálida y ligeramente húmeda.
(No es necesario, no hace calor, la temperatura me recuerda a la de San Diego, en California).

Luego de intentar que la visitante se sintiera halagada por estrenar un AC moderno en su recámara, la condujo al baño privado adjunto.
No todas las recámaras tienen baño privado, explicó.
Ma’am is important professor here”.

Entraron. Él primero. Siempre con orgullo casi caciquil, Manu le mostró el wc: una taza estilo occidental, no un hueco con dos huellas disecadas a la derecha y a la izquierda del piso para colocar los pies y agacharse para hacer sus necesidades como ella temía. Al lado derecho, una suerte de manguera empotrada en la pared que había que jalar para limpiar la taza de los restos que quedarían.

Y le señaló un detalle fundamental: no había ducha, solo dos llaves -una para el agua fría y otra para la caliente- a la altura de las rodillas para bañarse con la ayuda de un balde.
(Tendré que aprender a ducharme sin ducha).

Tras repasar el protocolo del baño, ambos salieron del lugar por la estrecha puerta de vidrio, uno al lado del otro, demasiado cerca sus cuerpos tratándose de dos extraños.

Con el mismo entusiasmo y la misma mirada esquiva, Manu continuó con su tarea de guía.

Le explicó a Ma’am la complicada manera de prender la pantalla planta de la televisión y acceder a canales internacionales en inglés. Ella quería ver los locales. Manu se sorprendió.
“But they are in kannada or hindi, Ma’am.
“Never mind. I want to watch them”.

Confundido por lo que parecía una solicitud ilógica de una extranjera que nunca había estado en el estado sureño de Karnataka, mucho menos que entendiera el kannada –una de más de 20 lenguas dravídicas del sur de India- procedió a demostrarle cual botón era para cual canal. Intentó programarlos para facilitarle las cosas, pero le resultó imposible. Se dio por vencido rápidamente, siempre mirándola de reojo.
El joven rodeó la recámara con sus ojos negrísimos como para asegurarse que había contestado todas las incógnitas que podría tener la visitante. ¡Ah! Le faltaba decirle dónde colgar su ropa y guardar sus maletas. Acto seguido, le informó cuál era el horario de las señoras de la limpieza, del desayuno, la comida y la cena.
“¿Who pays for food? ¿English Department?”
“No, I will”.

Manu se acarició ligeramente la barbilla y el lacio cabello todavía húmedo del baño que habría tomado antes de que llegara la visitante, e hizo un gesto que ella después entendería quería decir “entonces se le va a complicar el servicio”, pero que en ese momento pasó inadvertido.
Le dio la clave del internet, que nunca funcionó.

Ma’am empezaba a perder un poco la paciencia, quería descansar. Manu no parecía acabar nunca. No querría dejar nada al azar quizás.
(Tiene razón de ser tan detallista. Todo es información vital para una recién llegada porque ningún código occidental para la vida cotidiana funciona en India).
Abría y cerraba el closet, los cajones de las dos mesitas de noche, siempre con la idea de explicarle esto o lo otro.

Fue entonces cuando ella se percató que el joven tenía un cuello larguísimo, elegante, estilizado.

De pronto, amablemente, pero sin retórica ni tapujos, siempre mirándola de reojo, le empezó a hacer preguntas personales.
“Six months, a long time. You have husband?”

Y más preguntas. Que si tenía hijos. Que porqué se quedaría tantos meses. Que si había traído chocolates. Que si tenía hambre. Que si hoy mismo empezaban sus clases.

Y seguía desplazándose nervioso por la recámara.
Ella empezó a sentirse invadida, un poco sofocada. Solo atinó a contestar con varias sonrisas mecánicas y un par de lacónicos yes, no, thank you.

Hubo un silencio incómodo dos, quizás tres, minutos. Pero el joven no daba señales de dejarla sola.
“Excuse me Manu, I need to use the bathroom”.

Entró y notó que no había toallas. Cuando salió, ahí estaba Manu, demasiado cerca de la puerta de vidrio. Ahora sus enormes ojos parecían querer comérsela. Se apartó ligeramente para dejarla salir.
“No towels Manu”.

Entusiasmado porque podría seguir apoyándola, Manu salió disparado de la recámara para traerle el preciado objeto doméstico del que su baño carecía. Hasta entonces, el único error aparente.

Regresó en menos de cinco minutos, tiempo récord en India para cualquier gestión. Ella seguía un poco aturdida pero demasiado exhausta para analizar nada con detenimiento.
De pronto, Manu le largó un tosco abrazo.

Como si tuviese temor de tocarla, con agresividad reprimida, la apretó por segundos larguísimos contra su pecho moreno semi desnudo. Ella se desconcertó pero carecía de energía para reaccionar, responder el gesto o rechazarlo. Optó por ignorarlo con una mueca discreta que ella misma no reconoció.

Su instinto también le habló al oído. Necesitaría un aliado leal en ese lugar extraño al que llegaba desde muy lejos y, hasta el momento del abrazo abrupto, pensó que el solícito joven sería el candidato perfecto. Y además era guapísimo el condenado, un plus sin duda alguna.
(Es posible que se trate de una ‘caricia’ amable de bienvenida). No debía interpretar nada más que eso en el gesto del joven que la había recibido con tanto entusiasmo.

Al margen de su cansancio, lo importante era que Manu se estaba convirtiendo en su guía fiel, amigo y aliado. Lo demás era lo de menos.
Todo así hasta que, siempre con rostro impávido, Ma’am recibió un segundo abrazo tosco, ahora más apretado y ya no tan espontáneo.
(¿Un gesto de amabilidad, de bienvenida? Quién sabe).

Manu seguía con el rostro impávido. Ella sin reaccionar.
De pronto, con ojos desorbitados, el joven agarró cada uno de sus senos con cada puño, los acarició con torpeza y en segundos, los soltó. ¡Plop!
Ahora sí estaba asustada pero trató de disimularlo.

Manu dejó de mirarla de reojo. Dio media vuelta y salió de la recámara, dejando caer la pequeña llave que había permanecido colgada en el candado oxidado.

Ni buenos días ni Good Bye Ma’am ni nada parecido.
Ella respiró profundo. ¡Puff! Quería descansar. Ya luego pensaría cómo reaccionar. Recogió la llavecita del piso, cerró su recámara VIP3 por dentro y se echó a dormir lo mejor que pudo.

En ese momento, no se percató de que había sido “molested”, como se dice en India, donde ese tipo de acoso sexual, a veces con consecuencias impredecibles, sucede hoy como más frecuencia que nunca.

Acababa de aterrizar y desconocía que la tradición milenaria prohíbe que un hombre toque a una mujer en India -ni con el pétalo de una mano-, salvo que sea el padre, esposo o hermano.

Ma’am reportó el incidente ante sus responsables de la universidad, pero nadie le creyó mucho. Sencillamente no la tomaron en serio.
You probably misinterpreted him..
It is your version against his…
He is probably the Chancellor’s protégé…

Dos colegas mujeres, indignadas, también reportaron a las autoridades universitarias la versión de Ma’am pero igual, tampoco las tomaron muy en serio.
Don’t get involved in this…
Leave it alone…

Como estaba claro que Manu, que era muy popular, había ganado esa partida y logrado enrarecer el ambiente de la casa de huéspedes, Ma’am optó por tomar sus propias medidas. Seria y tajante, ordenó al administrador del lugar que el joven no se acercara nunca más a su recámara. En eso sí le hicieron caso.
Yes Ma’am, sorry Ma’am. Apologies Ma’am. He is not a permanent employee…

Lo que siguió entre ella y Manu –que no se llamaba así, le había mentido, su verdadero nombre era Viney- fue una suerte de batalla de miradas mutuas. Ella, de frente, lo retaba silenciosa cuando se lo topaba en los pasillos (no te me acerques cabrón, decía con los ojos). Él, paseándose descalzo por los espacios comunes del Manasa Guest House, a veces con el pecho descubierto, se mantuvo mirándola de reojo, cual seductor lejano, intocable.

México Junio 18, 2017

 

María Lourdes Pallais
Autora de Prisionera de mi tío. Ficción y memoria con sello Somoza.


* Manasa: Mente en kannada

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De ese tamaño nunca antes. Pululan el mundo, tanto el occidental como el oriental, pero, con algunas notables excepciones, lo logran más o menos escondidas. En general, aparecen cuando nadie es testigo de su presencia. Como dios, son enormes e invisibles pero igual de fulminantes cuando se dejan ver. Al menos así pensaba la Mexican teacher1 recién llegada a la India de tierras aztecas.

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Son veloces, esas aristócratas de la miseria, pero no vuelan. Se deslizan fugaces, cual Súper Niñas negras, grises y hasta blancas, obesas, embriagadas de desechos.

Ahí están entre paredes, pasillos, saltando entre alcantarillados, despojos de comida, niños escuálidos; rondando las habitaciones de familias sin agua potable ni tuberías (aunque también las hay en hoteles de cinco estrellas).

Pero los occidentales (algunos asiáticos también, cómo no) que dormimos en camas queen con sábanas de 500 hilos griegos en casas limpias con WC que apenas suenan después de que defecamos y se llevan las aguas negras muy lejos, apenas las vemos.

Y si llegan a rondar, silenciosas y sigilosas, entre esquina y esquina de nuestras cocinas, evitan ser descubiertas.

Pero ahí andan.

Como ésta de hoy —lunes feriado cuando la India cumple 70 años de Independencia de Gran Bretaña— ninguna antes. Menos desplazándose con donaire majestuoso, a sus anchas, sobre la cocina, los platos que no lavaron los jóvenes cocineros en esta Casa de Huéspedes Manasagangotri de la Universidad de Mysore, estado de Karnataka, en la India del sur.

“Ingreso exclusivo para personas autorizadas”, se lee en el anuncio sobre la puerta de la cocina, que está cerrada. El enorme cerrojo que convierte el lugar en un claustro aromático, sin llave, dando permiso de entrada a foráneos.

La Mexican teacher, que llega a dejar unas frutas en el refrigerador, no vacila en entrar muy quedito para no despertar al anciano que ayuda al joven mesero que ayuda a la señora lavaplatos y que seguramente descansa cerca, en una casita reservada para los empleados. Abre la puerta igual, sin hacer ruido (lo que no es fácil porque la madera está deteriorada, roída: sólo de verla cruje), despacito, casi en cámara lenta.

Encuentra la cocina sucia, el ambiente salpicado de olores a jengibre, cúrcuma, curry, chutney; el espacio repleto de platos sucios en el piso, a medio lavar. Comida y sobras de dosa sobre la repisa. Tazas de té con fondos tapizados de azúcar dentro del lavadero.

Como música de fondo, en algún lugar imposible de ubicar con el oído pero muy común en la India, unos cánticos callados. Eran pasadas las cinco de la tarde y los murmullos del atardecer, como los del amanecer, siempre llegan cargados de melodías lejanas. De pronto, ¡zas!, se desliza ella.

Corría como Antígona ante la autoridad, imposible salir a su paso, detenerla. Ella se arrastra sobre todo lo que encuentra, asustada de sentir a una intrusa. Porque eso fue la Mexican teacher para ella, la Reina. Una intrusa.

La Reina de Mysore es una enorme rata negra que se mueve, cual bailarina profesional, evidentemente dueña del lugar, un poco enojada —o quizás asustada— ante la injerencia de la visitante.

¿Qué hace un ser humano en su reino a esa hora? Y aún peor, ¡una extranjera!

La intrusa cierra la puerta con la esperanza de que ojos que no ven corazón que no siente. O imaginando que está ante una ilusión óptica, producto de ese exótico país indescifrable.

Respira profundo en un intento de imitar a su maestro yogui. Vuelve a abrir la puerta, aun con mayor cuidado que la primera vez. Y ¡zaz! Ahí sigue ella. Ahora corre hacia una esquina más privada, donde ya no la vería nadie, menos la intrusa. Faltaría más, ¡si era su reino!

“Las hay hasta en los hoteles cinco estrellas”, afirma displicente un catedrático de la Universidad de Mysore tras escuchar el relato. El concepto de higiene en la India difiere en mucho del Occidental. No es que una rata sea considerada como una posible mascota de un cocinero, pero su presencia en una cocina no es un asunto que requiere mayor intervención. 

La Mexican Teacher vuelve a cerrar la puerta de la cocina y sale despavorida hacia la seguridad de su recámara, convencida de que nunca más regresaría ahí, que tendría que comprar una suerte de mini bar para guardar frutas y verduras en su recámara. Pero que ahí no se aparecería para nada, menos para dejar frutas.

Busca con quién quejarse. A quién contarle la barbaridad que acaba de ver. Corre por aquí, se enoja por allá, buscando interlocutores. Hay pocos empleados en la Casa de Huéspedes de la Universidad. Es feriado después de todo. Hay aún menos huéspedes. Los que encuentra, la escuchan con indiferencia. O a lo mejor la entienden poco y piensan: otra extranjera histérica.

Con desgano, alguien llama a Ganesh, el cocinero mayor, un atractivo e inteligente muchacho de unos 22 años, cuya energía diáfana le recuerda a los Cachorros de Sandino en la Nicaragua de los años 80.

El joven y su mascota, un adorablepug, aparecen en la puerta de la recámara VIP de la Mexican teacher.

Ganesh llega cargado de ese brío del tesoro juvenil y esa inocencia seductora que emite ondas de vida y ganas de dar amor sin barreras. La intrusa se percata de que no habrá forma de quejarse pero está a punto de intentarlo.

El muchacho se le adelanta.

“Ahora mismo mato a esa rata. No se preocupe por favor. I am so sorry. Ya pongo veneno en la cocina. Le preparo algo de comida en otro lugar donde no esté ella. ¿Qué quiere comer? In five minutes, please.”

Imposible negarse. Lo que quieras cariño mío. En cuanto mates a la rata te espero. No importa que haya miles como ella. No importa que se desplacen como reinas en tu cocina. Aquí te espero corazón.

En menos de una hora (five minutes en la India), Ganesh, con una enorme sonrisa y mirada enternecedora, le lleva un par deomelettes con una deliciosa especie (curry o su similar). “Rat gone. No problem. FinishedSorry Madam”.

No se va. Espera en el umbral de la puerta de la recámara, quiere ver la reacción de la Mexican teacher. Ella le agradece y lo invita a pasar para verla comerse los primeros bocados del manjar que le preparó quien sabe dónde, pero prefiere pensar que no al lado de la Reina de Mysore.

No ha empezado a saborearlo cuando Ganesh declara: “Pero con todo respeto, Madam, usted se equivocó. No es una rata. Es una ardilla”.

¿Una ardilla negra con una cola larga pero delgada que no saltaba sino que se deslizaba? Imposible. Sabía que en la India habían ardillas negras gigantes pero ésta era una rata, no gigante, sí enorme. Con una cola delgadita y larga. No peluda como las ardillas. Es una rata y punto. Pero no dice nada.

La Mexican teacher sonríe de nuevo. “Ok Ganesh, ok”, alcanza a contestar. La humanidad del muchacho contra la rata. Gana él. Y empieza a saborear el omelette sobre su escritorio, apartando sus papeles y computadora. Satisfecho, Ganesh se despide y cierra la puerta. El pug no lo deja ni un segundo.

Ahora sola, sonríe mientras come sin hambre pero divertida, ya no histérica. ¿Una enorme ardilla negra con una corta cola delgada que no saltaba sino que se deslizaba? Imposible, se repite.

Aquel lunes feriado, en el que la televisión local exaltaba las glorias de la India independiente del yugo británico, la intrusa ignora que en la India Occidental, en Rajasthan, hay un templo donde viven alrededor de 25 mil ratas consideradas sagradas.

¿Se habría perdido la Reina de Mysore del Karni Mata Temple y viajado miles de millas al sur hasta llegar a Mysore, la ciudad del yoga ashtanga? Eso nunca lo sabría. Sí: estaba clarísimo que la Mexican teacher había llegado a la India.

 

María Lourdes Pallais

Autora de Prisionera de mi tío. Ficción y memoria con sello Somoza.


1 La Mexican teacher obtuvo una beca (fellowship) de seis meses para dar clases de inglés como segunda lengua así como seminarios de periodismo y literatura a estudiantes de PHD en inglés en la Universidad de Mysore, Estado de Karnataka, sur de la India.

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