En la Montaña de Guerrero, el pueblo de Hubert Matiúwàa, la poesía se llama de muchas maneras. Él ha decidido hacer de ésta un acto de resistencia frente a las realidades impuestas que le quitan voz a los otros. En la siguiente entrevista, el autor de Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira nos abre las puertas de su memoria y la de su pueblo, una memoria viva, presente, de raíz profunda.

Hubert Martínez Calleja creció en la Montaña de Guerrero. Ahí aprendió a mirar y a nombrar al mundo desde la lengua mè’phàà. También aprendió a escuchar la tradición oral, donde encontró la columna vertebral de la memoria y existencia de su pueblo. Pronto comenzó a contar las historias de su propio tiempo y a hacer de la poesía una forma de nombrar el dolor y la violencia que habitan aquel territorio donde se encuentra su identidad.

Como autor de Tsína rí náyaxaa / Cicatriz que te mira y Las sombrereras de tsísídiin, Hubert recibió en 2016 el Primer Premio en Lenguas Originarias Cenzontle 2016 y el Premio de Literaturas Indígenas de América en 2017. Con versos en mè’phàà que traduce al español, comparte su vivir en la Montaña desde dos memorias que lo acompañan siempre junto con su sombrero y su gabán: la del pueblo de su padre en Zilacayota, municipio de Acatepec, y la de El Obispo, el pueblo de su madre en Malinaltepec.

La memoria como territorio

“Cuando uno es de dos lugares tiene la ventaja de construirse dos memorias que significan dos territorialidades. Es una ventaja porque construyes la memoria en el lugar donde lloraste, donde estuviste muy triste o donde estuviste contento; donde te peleaste con tu amigo, donde te caíste o donde te pasó algo. Cuando creces en un lugar aprendes a nombrar el mundo y a todas las cosas que existen ahí, construyes y nombras ese territorio que va a pasar a ser una memoria viva, una que no nada más es tuya sino que es de toda una generación que te antecede.”

El joven tlapaneco también lleva esa memoria en su nombre de poeta: Hubert Matiúwàa, del gentilicio Mbò matha yúwaá’ o “lugar de la guía de calabaza”. El nombre que comparte conlas personas nacidas en algunos pueblos mè’phàà de Acatepec revive la historia que narra cómo un abuelo sagrado construyó la primera casa de la comunidad, junto a un largo tallo del calabazas que pertenecía a Akúun, el señor sagrado de la lluvia.

Así, para el poeta siempre vamos a mirar el mundo desde el lugar donde lo nombramos por primera vez, ese lugar que se vuelve territorio cuando lo asumimos como parte de nuestra memoria, cuerpo e identidad. Solo entendiendo al territorio como parte de nosotros podremos defenderlo de la violencia y las políticas extractivistas que han llevado al desplazamiento, tanto de los pueblos originarios de la Montaña, como de muchas otras identidades.

La Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) define como desplazados internos a “quienes de manera individual o colectiva huyen o escapan de su hogar, del lugar donde viven o residen, hacia otra colonia de su mismo municipio, hacia otro municipio de su estado o hacia otro estado del país, para evitar ser víctima de una situación de violencia generalizada, de un conflicto armado, de violaciones a los derechos humanos, de catástrofes naturales o provocadas por el ser humano”. Identifica también diferentes razones de desplazamiento en categorías como episodios “por enfrentamientos armados”, “por temor fundado ante la violencia de las organizaciones criminales”, “por disputa territorial entre grupos criminales”, “desalojos con violencia”, “enfrentamientos entre grupos delincuenciales entre sí o entre grupos delincuenciales y agentes del Estado” y finalmente, otros episodios “sin especificar” ¿Cuántas otras violencias que parecen inclasificables tendrán cabida en esta última categoría? ¿Será que ahí entra también el desplazamiento lingüístico, por discriminación, o aquel consecuente de la pobreza extrema y los megaproyectos que arrasan con la tierra y los pueblos que la habitan?

Solo en 2017, la CMDPDH identificó 20 mil 390 personas desplazadas en México, de las cuales 12 mil 323 pertenecen a poblaciones indígenas. De las 5 mil 948 registradas en Guerrero, 3 mil 640 fueron indígenas, siendo la entidad con mayor número de casos después de Chiapas, donde se registró el desplazamiento de 6 mil 90 personas, todas indígenas.

“¿Cómo plantear una nueva identidad, cuando ya no tienes lugar para planteártela? La memoria no es nada más una cosa etérea, la memoria también es algo físico. Si regresas a un lugar y ya no encuentras nada, ¿dónde vuelves a replantearte esa memoria? ¿En qué espacio vuelves a recuperarla, si ya no existe? Tenemos que estar obligados a replantearnos nuevas formas de hacer memoria, ir pensando cómo vamos configurando nuestra identidad”, dice Hubert.

El mè’phàà para replantear nuestro presente

¿Cómo nombrar el tiempo que nos tocó vivir? ¿Cómo nombrar las violencias que antes no existían?, le pregunto al poeta mè’phàà.

“Hay nuevas realidades. Yo creo que todos hablamos desde un lugar en particular, que es ese donde tenemos nuestro ombligo, donde tenemos el territorio, donde nació nuestra voz y nos surgieron los ojos para mirar, comprender y caminar. Entonces si hay un tiempo violento como el que nos tocó vivir —siempre lo ha habido para los pueblos originarios— creo que es necesario hablarlo, porque al hacerlo marcamos un tiempo en la memoria.”

A través de voces como la suya, la memoria de su pueblo encuentra nuevas formas de ser contada. Recupera los aprendizajes de un pasado de colectividad y nombra nuevas realidades.

“Creo que todos tenemos que replantearnos qué somos, también dentro en las comunidades. En nuestra lengua hay una palabra que es el xó-, y es lo que yo he empezado a nombrar como el nosotros de los otros. El xó- tiene algo muy rico que es que para empezar a contar las historias de origen todos empiezan con un ‘cómo’: ‘Te voy a contar cómo le pasó al tlacuache cuando intentó comerse el chile’ o ‘te voy a contar cómo le pasó a un viajero que se perdió en el camino’, y empezar con un ‘cómo’ es importante porque a lo que hace referencia es a la experiencia, es decir que no existen verdades absolutas, sino que todos tenemos experiencias que contar en el mundo. Ese diálogo podría definir un camino de nosotros.”

Hubert encuentra en la lengua mè’phàà la posibilidad de reencontrarse con algunas prácticas comunitarias que se han olvidado entre tantos años de colonialismo y que representan soluciones para algunos conflictos de hoy. Propone observar el pasado para recuperarlas desde su propia interpretación del mundo y compartirlas con éste.

“Una de las prácticas que ha sido desplazada por líderes de partidos políticos es cómo se entiende un gobierno, porque desde afuera siempre se ha entendido en función del poder y así se han impuesto en los pueblos. En el mío, para elegir a un comisario —que es la máxima autoridad política—, se hace mediante el consejo de ancianos, se consulta, se reconoce su trabajo comunitario, se toma nueve días de ayuno y pasa por varios rituales para llegar a ese cargo ¿Qué pasa cuando aparecen los partidos políticos? Simplemente llega cualquier persona que no tiene la enseñanza de ser otros ni de compartirse en colectividad, solo está ahí en función del dinero y otros intereses. Entonces si queremos realmente regresar a otra forma de gobierno, tendremos que replantearnos una nueva política como pueblos”.

Un camino así acaba de tomar el municipio de Ayutla de los Libres, en Guerrero, cuando el 16 de junio, mediante usos y costumbres, la población desplazó a los partidos políticos para reconocer como forma de gobierno al primer Consejo Municipal Comunitario integrado por personas ñu savi (mixtecas), mè’phàà (tlapanecas) y mestizas.

Desde sus textos, Hubert también reconoce y hace una crítica al machismo que prevalece dentro de las prácticas comunitarias de la cultura mè’phàà.  Considera necesario mirar hacia atrás y replantear desde la comunidad los mecanismos que significan una violencia hacia las mujeres.

“En las comunidades indígenas es donde existe mayor nivel de feminicidios y violencia hacia las mujeres. En la Montaña ni se diga. Muchos de ellos no aparecen en los índices porque es una zona de exclusión donde no llegan los medios, pero también porque la violencia se ha normalizado; entonces, si en el pensamiento mè’phàà se plantea que todos tienen palabra, ¿qué pasa cuando una mujer no puede tener cargos comunitarios? Le estamos negando la palabra y eso es una contradicción. ¿Cómo solucionamos este tipo de problemas? Es muy importante mirar hacia atrás y encontrar esas respuestas para ir descolonizándonos y replanteándonos. Porque la violencia hacia la mujer ya existía, pero ahora existe con todas las relaciones en un mundo colonial”.

La poesía como reconfiguración del pensamiento

En la defensa del territorio desde la identidad y la memoria, Hubert recuerda a su abuela como su guía espiritual, quien a través de historias lo introdujo al pensamiento mè’phàà cuando pasaba los días con ella mientras sus padres trabajaban. “Me empezó a contar historias de mi pueblo, esas historias que muchos conocen como mitos pero que para nosotros son parte de la enseñanza de una cultura, la columna vertebral del pensamiento de los pueblos que es la oralidad, y eso justo se transmite a través de las historias de origen, porque todas tienen una justificación tanto ética como epistémica y política para un niño. Es una metodología muy profunda de enseñar el pensamiento propio. Si estuviera viva mi abuela yo le preguntaría cómo comenzó el canto de los pájaros y seguramente ella habría dicho algo que probablemente no existía, pero como ella pertenece a un pueblo, también recrea sus pensamientos. Siempre es necesario que un pueblo recree su propio pensamiento, eso lo mantiene vivo y con el tiempo pasa a ser parte de la memoria oral.

¿Se puede encontrar en la poesía esta reconfiguración del pensamiento?

“Creo que sí, hay muchas maneras de encontrarlo, sobretodo porque para los pueblos el lenguaje oral es como el eje medular del pensamiento. Creo que la poesía como tal siempre ha existido en los pueblos de distintas maneras, las historias siempre se han contado y eso ha permitido que un pensamiento se vuelva generacional. A lo mejor en este mundo se llama poesía, pero en mi pueblo se llama de mucha maneras. Es muy necesario que siempre existan personas que cuenten las historias de nuestros pueblos. Si no, seríamos un pueblos sin historia”.

Para Hubert, escribir es la prueba de que la cultura originaria también puede manifestarse en papel, siempre que no implique el desplazamiento de la memoria oral o la pérdida del diálogo y el hecho de narrar un cuento. Es decir, que contar una historia de origen no solo significa contarla, sino que tiene una ritualidad y un tiempo. ¿Para qué, en este caso, traducir y compartir el pensamiento mè’phàà con otras lenguas?

 “A nosotros nos toca ser traductores y escritores porque un pueblo que se cierra es un pueblo que tiende a desaparecer. Los pueblos siempre han tenido una lengua franca para comunicarse, y esa lengua ha sido siempre la lengua que ha mantenido el poder. Antes era el náhuatl y ahora es el español. Una lengua también es un pensamiento, al tener una lengua hablas y vives como un mundo cultural distinto, por eso es muy necesario responder a la pregunta ¿quién soy yo? para poder vivir en dos mundos sin que uno te absorba. Traducir para hacer de la memoria una memoria colectiva, una que sea de todos. Sobretodo si esa memoria es una de dolor, que sea colectivo, que sea para todos. Por que a través de ese dolor podemos aprender, mirar, y tomar la palabra.”

Fragmento de “Tsína rí náyaxaa / Cicatriz que te mira”

V
Mi’txà nidxá’nú ná mañuwìín,
xì’ñá ló’ nibrìgwíín gájmàá rè’è rí kíxnuu
khamí gúni rí mà’nè gamaku mikwíí,
xó ma’ nánà tsí nènè mbájàán,
nìmbrá’à nàkwá gájmàá iná skémba khamí iná láxà,
rí maxná nè xè’ khamí rí mà’nè nè asndo xó rí tàjáñáà’ xóó,
rí mà’tá nè rí xùù xuwià’ ngrigòò ná namàá.

Ná gu’wá ló’,
ndiyoò nìtsíkáminà’ siàn’ ná inuu ifíí,
ndiyóo nìkaxii àkhà’ ná awún guma,
khamí ná nànùu à’diá tsí nàngwá ni’goò màtànè nuwììn
nìtsíkáminà ixè rí nìndiàwà ló’

Rí magòò mudiìn ná jùbùún xi’ñán ló’,
nimbrá’án gájmàá àgú,
idò nìkaji’daán ná jàmbaà wajèn,
nìtsówòò i’dià agòò èjnà,
ná mbámbá nìkarawajwíìn
ndiyàà xùún khamí nìtsakhuramaà,
i’dià ni’thá xò’ rí xkwanii nùradíín angià’ ló’ tsí tsinìñà’ mijná,
mi xkwanii nandúùn mùradíín xugíín ijíín xuajiàn ló’.

V
Llegaste al amanecer,
los principales te recibieron con flores contadas
y humo para ofrendar a los cielos,
las mujeres que te criaron, envolvieron tus pies
con hojas de borracho y toronjil
para decir que no habías muerto,
que el olor de tu cuerpo andaba en la Ciénega.

En la casa vi arder de rabia los comales,
hincharse de sol las tortillas
y en el remolino del hijo que no conociste
se incineró de presagios la madera.

Para sembrarte en el vientre de tus viejos,
te envolvieron en petate
y en la procesión, hermano, goteabas a cada paso,
tu rastro nos decía que los cobardes matan a traición
y a traición quieren acabar con nuestro pueblo.

Hubert Matiúwàa, Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira, Pluaria Ediciones / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, 2018. Con ilustraciones de Filogonio Velasco Naxín.

 

María Alvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM-Iztapalapa.

 

El libro Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira será presentado este martes 7 de agosto en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

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Entre el verde infinito que anuncia la entrada a la Selva Lacandona, se asoma Abasolo. Es una comunidad tseltal del municipio de Ocosingo, Chiapas, en donde no existe el acceso a la telefonía celular ni a la radio, pero sí al internet que provee la red inalámbrica construida hace un año por el colectivo de jóvenes Ik´ta K´op.

La comunidad se encuentra a ochenta kilómetros de San Cristóbal de las Casas, a un lado de la carretera internacional que hoy atraviesa la milpa en donde se cosecha frijol, maíz y café. Tiene aproximadamente tres mil habitantes y es una de tantas comunidades rurales que son ignoradas por las empresas de telecomunicaciones, en un país donde la marginación no es rentable para la instalación de infraestructura, y el gobierno se conforma con el wifi instalado en el proyecto “México conectado”, que permite el acceso solo a diez personas simultáneamente en un área limitada frente al edificio Municipal.


Fotografías: María Álvarez Malvido

En respuesta a la necesidad de ejercer el derecho a la comunicación, Mariano Gómez, Neyder Domínguez y Antonio Sántiz, jóvenes egresados de diferentes escuelas normales de Chiapas, integraron en agosto de 2016 el colectivo Ik´ta K´op (http://www.iktakop.org/) (“palabra del viento” o “el hablar que se lleva el viento”) y construyeron, cono con siete antenas o nodos repetidores, la red que hoy da acceso a internet al 40% de la comunidad.

La red troncal sustituye desde hace un año al internet satelital que había instalado el padre de Mariano siete años atrás. Ahora cuentan con un mejor servicio, de 10 Megabytes, que viajan casi treinta kilómetros desde Oxchuc —en donde se encuentra el proveedor—, pasando por una antena en el cerro Lomelum, a otra en el cerro Ciprés, hasta llegar con 7 megas a la casa de Mariano, desde donde se distribuye la red.

“Abrimos la primera red con un pequeño nodo que compramos entre todos y comenzamos a poner repetidores; sin darnos cuenta, instalamos una red wifi que permite conectarse en el parque, en la calle, en la casa y en donde tú quieras de la comunidad. Esto surge como una necesidad de comunicación; para muchos el internet puede ser usar Facebook, Youtube y ponerse a ver cosas, pero nosotros teníamos un pésimo internet de un mega para una comunidad como Abasolo, en donde el único medio de comunicación es el WhatsApp. Era impactante poder mandar un mensaje desde Abasolo a Estados Unidos, o un ‘whats’ para los compas que están trabajando en Cancún o en el D.F.”, cuenta Mariano.

Su casa se encuentra a un lado de la carretera. Un letrero pintado en la entrada indica con el símbolo que es casi universal el servicio de wifi, y por la puerta abierta del cibercafé entran personas para solicitar los cupones de usuario y contraseña que les dan acceso a la red en cualquier parte de la comunidad. Son paquetes económicos administrados desde el Hotspot conectado al servidor, con opciones que van desde una hora por diez pesos hasta un mes por doscientos, con la posibilidad de llegar a acuerdos de intercambio basados en el apoyo con mano de obra para el mantenimiento de la red. Los “cuidadores de nodo”, por ejemplo, son quienes tienen alguno de los nodos repetidores en la azotea de su casa y a cambio de comprometerse con el cuidado del equipo, se acuerda reducir o anular el costo mensual del servicio según las posibilidades económicas de la familia.

Cargados con cables, dos antenas, metros de alambre y una computadora, Mariano, de 23 años, y su hermano Santiago, de 18, salieron en su Volkswagen al barrio de San Martín para la instalación del séptimo nodo, en una zona rodeada de milpa, plátanos y árboles de guayaba a la que aún no llegaba la señal. Al llegar a la casa para realizar la instalación, la familia ya tenía un bambú colocado en la azotea que pronto fue sustituido por un tronco de seis metros para mejorar la conexión entre nodos.

Amarrada a la punta del tronco, la antena se conectó a la corriente de luz con ayuda de Alfredo y su familia, mientras Mariano comenzaba a configurarla desde su computadora y monitoreaba la señal con su teléfono. Llegó el primer Whatsapp al celular de Alfredo y con eso se comprobó el éxito de la instalación. De ese primer mensaje siguió un intercambio de emoción con sus hermanos en Tuxtla y Cancún, mientras Inés, su hija de 16 años, ya descargaba canciones y videos con la aplicación SnapTube. Los niños se asomaban emocionados a las pantallas de los celulares para presenciar la llegada de internet a San Martín.

La red de Abasolo tuvo quinientos usuarios en el último mes y alrededor de sesenta conectados de manera simultánea, pero el alcance no termina ahí. La infraestructura de la red se comparte con la intranet Yaj´noptik, otro proyecto desarrollado por el colectivo al que es posible acceder de manera gratuita y sin requerir de conexión. La intranet es un portal creado con software libre en donde se almacena contenido como Wikipedia, Encarta, distintos tutoriales, material didáctico, videos, documentales y libros para descargar, disponibles para quien se conecte desde su smartphone o computadora. Así, al prender el wifi en Abasolo, el usuario tiene dos opciones: acceder a internet adquiriendo un cupón con usuario y contraseña a un precio económico, o acceder inmediatamente a la intranet local y explorar su contenido de manera gratuita.

El origen del proyecto de intranet comenzó hace siete años, cuando Luis Ramón Alvarado, docente en el Colegio de Bachilleres de Chiapas (COBACH) de la comunidad y hoy miembro del colectivo, al igual que el profesor Osmer Adolfo Alonzo, se enfrentó a las dificultades de impartir la materia de informática en una escuela sin internet.  Entonces desarrolló una plataforma con software libre que nombró intrabach, para que los alumnos pudieran navegar en el mar de información que ahora también se comparte con la intranet Yaj´noptik. La plataforma que comenzó como un tutorial de informática en tseltal, funciona en quince bachilleratos en una región en donde no hay acceso a internet, y sigue desarrollándose con mayor contenido de acceso libre que se intercambia entre diferentes comunidades digitales en el mundo.

Para el colectivo, la red es más que el acceso a la información y a la comunicación, es también un proceso de apropiación tecnológica desde la autonomía que han defendido los pueblos indígenas por cientos de años, como su cosmovisión y la vida en comunidad.1

“Desde las prácticas cotidianas está lo que en tseltal se conoce como mankumun: man es comprar y kumun es entre todos. Durante los días de muertos y otras festividades, se compra una vaca o wakax y entre todos se pela el ganado, se come un poco de carne y se divide la otra parte. Lo hacemos por dos cosas: la primera es lamentablemente económica, pues es más barato hacer esto porque te tocan más pedazos de carne que ir a la carnicería o a otro lado. La otra, porque es una cuestión de convivencia; mientras tú estás haciendo la vaca, estás platicando y hay una relación, una comunicación entre nosotros, una parte de convivir más espiritual, algo que va más allá de solo el acto de hacerlo.”

“En vez de vaca, es internet: crear nuestra propia infraestructura dividiéndola entre los propios usuarios, así como con la vaca, que uno se encarga de lavar la tripa y otro de pelar al animal, también con el internet pasa lo mismo, uno se encarga de montar la torre, otro de realizar los enlaces y el otro de cuidar que la electricidad esté bien. Entonces estamos haciéndolo entre todos y por eso que este tipo de proyectos han logrado sobrevivir varios tiempos”, explica Mariano.

El intranet está encaminado por el colectivo a volverse sustentable y a poder ser operada por los usuarios, quienes también podrán subir contenido al portal. “Así nació internet, como el intrabach: pequeñas redes que se conectan creando una gran red; nosotros estamos partiendo de eso, de empezar a hacer internet de nuevo, pero uno diferente”.

Para Neyder, de 25 años, profesor de primaria originario de Amatenango de la Frontera, Chiapas, la necesidad de comunicación fue la que unió a diferentes personas para trabajar juntos. “Tomando el ejemplo de la necesidad de la vaca, la necesidad en común es de alimentarnos de proteínas, pues en muchas comunidades rurales o indígenas, apartadas y marginadas, no existe un carnicero ni mucho menos un supermercado que ofrezca carne.  Cuando la gente tiene esa necesidad se pone de acuerdo, busca una vaca o busca un cerdo y se lo reparten todos iguales.  Nuestra vaca es el internet y nos dimos cuenta que lo que pagamos al carnicero es quizá el trabajo que le lleva matar la vaca y quitarle a piel ¿Qué pasaría si nosotros hiciéramos esos trabajos? Este proyecto parte de la solidaridad, tenemos una necesidad en común y hay que resolverla”.2

La red de Abasolo es el resultado de asumir a la tecnología como una herramienta que permite más posibilidades de las que las empresas nos presentan como usuarios finales de internet. Una “herramienta justa” que el filósofo y escritor Ivan Illich reconocería con tres características: es generadora de eficiencia sin degradar la autonomía personal; no suscita ni esclavos ni amos; y expande el radio de acción personal.

“El hombre necesita de una herramienta con la cual trabajar, y no de instrumentos que trabajen en su lugar. Necesita de una tecnología que saque el mejor partido de la energía y de la imaginación personales, no de una tecnología que le avasalle y le programe (…) la herramienta es, pues, el proveedor de los objetos y servicios que varían de una civilización a otra. Pero el hombre no se alimenta únicamente de bienes y servicios, necesita también de la libertad para moldear los objetos que le rodean, para darles forma a su gusto, para utilizarlos con y para los demás”.3

A partir de la experiencia de internet e intranet en Abasolo, Mariano Gómez fue reconocido por Internet Society (ISOC) como uno de los “25 menores de 25” que están haciendo de internet una herramienta de transformación en el mundo. El reconocimiento reunirá a los seleccionados en Los Ángeles este 19 de septiembre, pero Mariano no podrá acudir después de que la embajada de Estados Unidos en México le negara la visa por tres razones que explica en una carta dirigida a ISOC: no tener domicilio, carecer de cuenta bancaria y ser un joven indígena de Chiapas.

En la carta, Mariano solicita que el gasto que iba a generar su viaje sea donado al colectivo Ik´ta K’op para obtener un nuevo servidor para el intrabach, así como crear nuevos nodos repetidores que alcancen a más familias de la comunidad. Como menciona en el texto, “el internet ha sido una herramienta para poder expresar lo que sentimos, defender nuestro territorio, comunicarnos y relacionarnos con el mundo exterior. Creemos que con los proyectos que desarrollamos logramos que más comunidades se apropien de la tecnología, y no solo eso, sino también del conocimiento mismo”.

La voz de Mariano habla de la realidad de muchas personas divididas por muros construidos y categorías imaginadas. Habla de una sociedad en la que hace falta escuchar las voces que cuentan otras formas de habitar el mundo y conectarnos al ciberespacio, con alternativas como las que se comparten desde una comunidad en la selva chiapaneca.

 

María Álvarez Malvido. Cronista y antropóloga social por la UAM Iztapalapa.


1 Presentación de Mariano Gómez y Neyder Domínguez en el Foro Internacional de Medios Indígenas y Comunitarios, realizado del 9 al 11 de agosto en la ciudad de Oaxaca. Video de la conferencia completa en https://fimic.wordpress.com

2 Ibíd.

3 Ilich, Ivan (1978), La Convivencialidad, México.

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Este 9 de agosto es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. La ciudad de Oaxaca lo celebrará discutiendo el importante tema de la comunicación indígena y comunitaria que se empieza a cimentar en la discusión pública.

En marzo, las voces de comunicadores indígenas se reunieron durante seis días en Guelatao, Oaxaca  para dialogar sobre Internet y redes de wifi. Los nombres de las compañías de telecomunicaciones más grandes fueron innecesarios al hablar sobre un modelo de red local, comunitaria, libre y autogestiva.

Fue el tercer módulo del Diplomado Comunitario de Promotores en Telecomunicaciones y Radiodifusión, un programa de formación coordinado por Redes por la Diversidad, Equidad y Sostenibilidad A.C (Redes A.C) y el apoyo de organizaciones de la sociedad civil, algunas de larga trayectoria en comunicación indígena como Ojo da Agua Comunicación, de Oaxaca y Boca de Polen, de Chiapas. La convocatoria fue publicada en 2016 y estuvo dirigida a comunicadores de medios indígenas, comunitarios y populares de todo el país con el objetivo de proporcionar herramientas técnicas ––bajo una ética de trabajo colaborativa–– que permitiera fortalecer la sostenibilidad y autonomía de sus proyectos.

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Fotografías: María Álvarez Malvido

Los comunicadores viajaron desde Michoacán, Jalisco, Puebla, Chiapas, Guerrero, Morelos, Estado de México y diferentes regiones de Oaxaca para reunirse en la Sierra Juárez con el fin de aprender las bases técnicas necesarias para el diseño e instalación de una red inalámbrica gestionada por la comunidad. Nicolás Pacen y Gui Iribarren, de la organización AlterMundi, viajaron desde Argentina para compartir la experiencia tecnológica que han desarrollado con algunos poblados rurales de su país.

El proyecto argentino fue diseñado ––y continúa rediseñándose– en pequeñas poblaciones cercanas a la ciudad de Córdoba. Es una alternativa a la centralización del acceso a Internet, para alcanzar aquellos lugares donde la conectividad se ve limitada por la falta de infraestructura. Propuestas similares en el mundo como Guifi-net en Cataluña, Zenzeleni en Sudáfrica y Freinfunk en Alemania, han hecho del conocimiento tecnológico y la organización comunitaria un puente de acceso a Internet por el que también camina el derecho a la información y la comunicación.

Para Altermundi, la base de cada red es la organización comunitaria y la disposición de un grupo comprometido a asumir la gestión técnica, económica y social de un modelo de propiedad colectiva, para así lograr el máximo resultado de acceso e impacto social con un mínimo de recursos.  “Son redes libres en tanto promueven y respetan el tránsito libre de información, tanto a su interior como con relación a otras redes” explican los talleristas, “todas estas características de las redes comunitarias ayudan a maximizar el objetivo de la auto-prestación de servicios de telecomunicaciones en tanto aportan a su sostenibilidad, crecimiento y multiplicación”.1

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LibreMesh es el firmware (programa informático integrado con los circuitos electrónicos de un dispositivo para posibilitar su funcionamiento) desarrollado por AlterMundi. Éste permite liberar el potencial de cualquier router de wifi de tal manera que su fuente quede disponible para observarlo, modificarlo y mejorarlo. Esto implica la posibilidad de ser utilizado para construir una red comunitaria diseñada a partir de las necesidades locales y las características geográficas de cada lugar.

Durante el taller, se analizó cada elemento del hardware: routers, antenas, y cables; se realizaron ejemplos de mapeo y análisis geográfico de Guelatao para determinar los nodos que conectan y extienden la red, así como el material necesario y la evaluación de costos para construir un modelo sostenible. La experiencia del Cono Sur viajó hasta la tierra de Benito Juárez para compartir un modelo de conectividad e Internet que puede ser adaptado a sus propios contextos culturales y proyectos de comunicación comunitaria, además de convertirse en un intercambio de saberes. Entre los veinte técnicos comunicadores de los pueblos mixe, zapoteco, huichol, purépecha, tzeltal, mazateco, mixteco y nahua que asistieron, el grupo conformó la primera generación de Techio Comunitario, resultado del diplomado que finalizó en mayo de este año

Frente a los estereotipos de un país en donde los conocimientos técnicos han estado históricamente asociados al género masculino, la convocatoria estuvo especialmente dirigida a mujeres comunicadoras. Sin embargo, Elena García, estudiante mixe de Comunicación para el Desarrollo Social en el Instituto Superior Intercultural Ayuujk, fue la única en participar. Ella es miembro de la radio de su Universidad en la Sierra mixe y este año viajará de Oaxaca a Nueva Delhi, a través de la vinculación de Redes A.C, para realizar una estancia en el Digital Empowerment Foundation y continuar con su formación en comunicación comunitaria.

Roberto Pulido es purépecha originario de San Juan Carapan, Michoacán, y hace cuatro años comenzó como comunicador de Radio P´iani, una de las 11 emisoras que forman la Red de Radios Indígenas de Michoacán. Fue uno de los técnicos que completaron el Diplomado, del cual comentó: “Todos están en el mismo barco, en radios comunitarias, de lucha, y radios que están rescatando su lengua, pero sobretodo la parte comunitaria y el amor a la comunicación. Cuando comprábamos las cosas para la radio más o menos le entendíamos a las mezcladoras e íbamos viendo para qué servía cada botón: así hasta tener una ecualización de la radio. Ahora ya se cómo se hace un cable o cómo es que la emisora avienta las ondas radiales”.

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Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso y de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) de 2016 (cuya transparencia fue cuestionada por Juan Ortíz Freuler de Red en Defensa de los Derechos Digitales 2) , el porcentaje de hogares con conexión a Internet en el Distrito Federal, Nuevo León y Baja California Sur  es ligeramente inferior al 60 por ciento, mientras que en Guerrero, Tabasco, Oaxaca y Chiapas sólo aproximadamente el 20% de los hogares cuentan con conexión.3

Si bien el acceso a las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TICs), a la banda ancha e Internet fue reconocido como un derecho en el Artículo 6 de la Constitución Política en 2013, dichos indicadores reflejan un contraste claro entre el acceso a la conectividad en los estados con mayor población urbana y aquellos con mayor población rural e indígena.

El reconocimiento legal de este derecho, así como el de las radios comunitarias e indígenas del país, se celebra como un avance legal que después se pierde en el abismo entre el discurso y la realidad. En este contexto, el Diplomado Comunitario de Promotores en Telecomunicaciones y Radiodifusión encuentra en los saberes técnicos una base necesaria para la autonomía de los proyectos de comunicación indígena. Es un proceso de aprendizaje sobre electricidad, electrónica, software libre, redes inalámbricas y telefonía celular, en un camino propio que avanza con independencia a las reformas que se escriben desde escritorios muy lejos de sus tierras.

 “La comunicación debe de ser entendida como una milpa, porque la milpa es significativa, es la vida, pero también un lugar en donde la gente trabaja y se desarrolla, donde conviven muchas especies juntas”, recuerda haber escuchado Carlos Baca, Director del Área de Investigación de Redes A.C, entre comunicadores indígenas en uno de los talleres impartidos en Oaxaca en 2014. Y es que las comunidades han demostrado que existen tantas lenguas para expresarse, como formas de apropiarse de las herramientas tecnológicas con que se ejercen los derechos a la comunicación.

“Se detectó que la necesidad más profunda en los procesos de formación en comunicación indígena era una cuestión técnica” comenta Carlos Baca, Director del Área de Investigación de Redes A.C “había experiencias de capacitación en producción de contenidos y sostenibilidad pero para que las radios y lo medios pudieran tener una autonomía real con un proceso independiente, se necesitaba tener las herramientas y conocimientos necesarios para poder solucionar los problemas técnicos y tecnológicos”.

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En el acceso a Internet y a las TICs, se entreteje el derecho a la información, a la comunicación, a la libertad de expresión y a la diversidad lingüística. Es la posibilidad de conectarnos con el mundo y de participar en el mar de información que desemboca continuamente en el ciberespacio, pero es también un puente que se rompe y nos distancia cuando la infraestructura tecnológica se ancla a las estructuras de desigualdad que ya desconectan a la sociedad.

Este 9 de agosto, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, se llevará a cabo en la ciudad de Oaxaca el Foro Internacional sobre Medios Indígenas y Comunitarios  organizado por el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia, la Cultura (UNESCO) en colaboración con el Grupo de Incidencia para el Desarrollo de la Comunicación Indígena y Comunitaria (GIDCIC).

Miembros de organizaciones, académicos y comunicadores de diferentes países, intercambiarán experiencias sobre el uso, apropiación y construcción de medios de comunicación en diversos contextos culturales durante tres días. Se dialogará también sobre los marcos regulatorios de telecomunicaciones en los países participantes, para comparar experiencias internacionales y analizar los avances y desafíos en regulación del espectro que hoy nos conecta a través de diferentes medios.

Que este encuentro de experiencias de comunicación indígena y comunitaria sea un paso para dejar atrás las categorías de “piratas” e “ilegal” que han criminalizado por tantos años a diferentes proyectos de comunicación en el país y permita dignificar el reconocimiento que merecen todos los días del año, en todas las lenguas posibles.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.


1 http://www.altermundi.net

2 Ortiz Freuler, Juan “El estirón de México conectado” Red en Defensa de los Derechos Digitales 2016

3 ENDUTITH, 2016.

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Esta es la historia de un proyecto editorial que busca darle a personas en situación de calle nuevas posibilidades para su vida: escribir, publicar y vender su propia revista.

Testigo de los movimientos sociales que recorren el corazón de la Ciudad de México desde hace más de cien años, el Reloj Chino de Bucareli ha visto pasar numerosas marchas y plantones que hacen de la calle un micrófono para la inconformidad social. Desde hace dos años, sus manecillas registran también el tiempo en el que la glorieta que lo rodea se transforma en el punto de encuentro  de personas en situación de calle que realizan la primera revista callejera del país: Mi Valedor.

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Cada número de Mi Valedor significa una posibilidad de ingreso económico para la población que vive en la calle o se encuentra en riesgo social. Tiene una convocatoria permanente para que quienes estén interesados participen como vendedores y colaboradores de la revista bimestral. Los martes y jueves, Bucareli 69 se convierte en un espacio de capacitación que brinda herramientas a “los valedores” (vendedores de la revista) para generar nuevas posibilidades de empleo, además de habilidades de interacción social para poder vender la revista en diferentes espacios de las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza.  Los valedores compran cada ejemplar a 5 pesos y lo venden a 20, cuando quieran y cuantos quieran, obteniendo así un ingreso legítimo y constante.

“La nombramos Mi Valedor porque queríamos usar una palabra coloquial, callejera, muy defeña y muy mexicana, porque finalmente era una revista para los valedores, que en un futuro sea hecha por ellos”, cuenta María Portilla, editora y directora de la revista. Ahora suman 11 números publicados (entre ellos Made in Chinga, Extinción, Nocturnos y el más reciente Quemando Grasa) y al igual que el nombre, el contenido es un registro gráfico y literario de la cotidianidad de la Ciudad de México, desde el Centro Histórico hasta los límites que se difuminan entre poblaciones periféricas. Cuentos, fototextos, crónicas y series fotográficas de diferentes colaboradores, reflejan los contrastes y escenarios surrealistas del ingenio con el que habitamos más de 20 millones de personas en un D.F. que parece resistirse a cambiar de nombre. Los valedores, observadores especializados de la cotidianidad en el espacio público, también participan de forma activa en la generación del contenido de cada número.

La idea de Mi Valedor surgió cuando María caminaba las calles de Londres como estudiante y comenzó a comprar semanalmente la revista callejera The Big Issue. Además de interesarle el contenido, encontró entre sus páginas la posibilidad de un diálogo cotidiano con una persona en situación de calle e imaginó un proyecto así entre las calles de la Ciudad de México. Después de visitar las oficinas de la revista, conoció al editor y la existencia de más de cien proyectos editoriales articulados en la red internacional de revistas callejeras (International Network of Street Papers, INSP).

INSP está integrada por 110 organizaciones en 35 países y 24 idiomas, son proyectos en todo el mundo que hacen del papel una herrmienta de reinserción social para la población que habita las calles, vulnerable y exlcuida del imaginario urbano. Con el apoyo de la red, María decidió comenzar el proyecto en México y se capacitó durante un mes como becaria en las oficinas de Big Issue en Glasgow, Escocia. Reunió a un equipo interdisciplinario de amigas que compartieron la valentía de comenzar una nueva revista impresa y entre todas obtuvieron las herramientas necesarias de gestión social y editorial para formar el proyecto.  “Trabajábamos desde cafés y mi estudio de pintura. Lo fuimos moldeando poco a poco, como ninguna era socióloga, periodista ni tenía experiencia en diseño editorial, tuvimos que capacitarnos en diferentes áreas y armamos el proyecto”. Así fue como un grupo de valedoras comenzó la primera revista callejera en México, que hoy cuenta con 11 números publicados, 15 vendedores y una vendedora.

Mientras la idea de Mi Valedor llegaba a la imprenta, María fue voluntaria en “La Carpa”, un centro comunitario de reducción de daños causados por sustancias. “Cuidaba los tiempos en que los jóvenes del centro se tardaban en bañar, pues ahí les cobran las regaderas y tienen un tiempo limitado para hacerlo. En esa época  estuve en contacto con las personas de organización y conocí el modelo ECO2 de reducción de daños, un modelo exitoso que se inventó en México y se replicó en otros países como Brasil; es completo, un paso a paso de cómo hacer que una persona empiece a dejar las sustancias. Está enfocado en personas en situación de calle que no cuentan con el apoyo de una red social”.

El centro comunitario comenzó como una carpa en la Plaza de la Soledad, en donde se vendía café por tres pesos a la población callejera con el único requisito de no inhalar sustancias mientras estaban ahí. El centro creció, se instalaron baños y un espacio para dar talleres. “Es más o menos lo que hacemos hoy en Mi Valedor: el café lo vendemos a tres pesos, damos capacitaciones y no se puede consumir ninguna sustancia estando ahí”.

Mi Valedor, como otros street papers, construye un puente de comunicación entre la ciudadanía reconocida socialmente y aquella que habita las calles, invisibilizada por la discriminación social y el asistencialismo de las políticas públicas. Un proyecto de la sociedad civil que reconoce y valora a las personas en situación de calle como sujetos de derecho, autónomos, parte de una ciudadanía que debe respetar sus derechos individuales de salud, educación, trabajo y vivienda. “No es cuestión de levantar al otro, es cuestión de levantarnos juntos”, se lee en el Manifiesto Mi Valedor en la primera página de cada ejemplar, resultado de la corresponsabilidad ciudadana con que se crea la revista.

“Nos consideramos un puente entre lo formal y lo informal. Lo ideal no es que estas personas se queden en Mi Valedor para siempre, sino que obtengan herramientas y puedan lograr cambios en su vida cotidiana, como rentar un cuarto. Por eso trabajamos con ellos habilidades sociales que han perdido por la vida en la calle, principalmente enfocadas al trabajo, como la paciencia, la memoria, la puntualidad y la responsabilidad”. En un principio, el equipo editorial impartía los talleres, de fotografía, escritura e ilustración que ofrecen. Después llegaron algunos voluntarios que ahora han aumentado hasta cubrir un calendario diverso, con nuevas propuestas, como es el caso del taller de radio comunitaria que tiene el programa “La Voz de la Calle”, transmitido por Internet. También, las integrantes de Mi Valedor imparten un taller enfocado al concepto de cada número de la revista para desarrollar la sección “Hecho por valedores” y próximamente, publicar un número completo editado por ellos.

Algunos de los valedores se han interesado en talleres específicos y ahora participan como colaboradores de la revista. “Francisco, por ejemplo, se interesó mucho en la fotografía y ya se compró una cámara. Le enseñamos a hacer una buena selección de sus fotos y ahora llega con nosotros,  nos enseña sus fotos, y vemos si elegimos alguna para el número. Lo tratamos como a cualquier colaborador: si no es tan fuerte, su foto no entra, y si entra, le pagamos. Ese ha sido uno de nuestros valores desde el principio: no ser condescendientes con ellos y tener una relación siempre horizontal. Somos compañeros de trabajo y respetamos nuestros tiempos, se ha formado una muy buena relación y a nosotras nos han enseñado mucho”.

El proyecto da seguimiento al proceso que vive cada valedor desde que se presenta para su primera capacitación: los acompaña mediante reuniones y talleres para llevar un registro de sus mejoras en ventas y en el desarrollo de sus habilidades sociales. “El impacto social que tenemos no lo vemos tanto en la cantidad de valedores, sino en el proceso de mejora que vemos en cada uno de ellos. La capacitación en los talleres es lo que más los ha empoderado, los apoya a tener confianza y a aprender a hacer otras cosas a la par de la revista. Lo importante, más que el sentido económico, es que puedan construir una red de apoyo entre ellos, ya que muchos de nuestros valedores están en la calle por problemas familiares y por lo tanto, han perdido ese soporte que es lo más importante: la familia. Durante los talleres se conocen y se apoyan entre ellos. Dos valedores ya rentan un cuarto juntos, por ejemplo”.

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Aristeo tiene 54 años, nació en Ciudad de México y desde niño aprendió de albañilería y electricidad. Sonríe en la junta mensual de los valedores mientras se toma un café y carga su morral con ejemplares nuevos. “Yo vine por aquí porque vi en el periódico una chamba de mantenimiento en un hotel, pensaba que por los conocimientos que tenía me iban a recibir de volada como antes, pero ahora me piden que deje mi teléfono y jamás me llaman. Uno de esos días me encontré en un comedor a la valedora Delphine (Coordinadora de fotografía de Mi Valedor) y ella me invitó al proyecto”.

El equipo fundador de Mi Valedor realiza recorridos cuatro veces a la semana: visitan albergues, comedores y puntos de calle, así como iglesias y otras ONG que trabajan con la población callejera. “Les damos un volante que dice ´¿Quieres ser tu propio jefe?´ y los invitamos. Entonces, como primer filtro, ellos tienen que venir a las oficinas y si quieren empezar les hacemos una hoja de primer contacto para llevar un registro, después les damos una breve capacitación de cómo se vende, el origen de la revista, cómo es su contenido y, ya sea una de nosotros, o un valedor, los acompaña a vender”.

Martes y jueves, Aristeo emprende el recorrido desde Chimalhuacán para acudir a los talleres en Bucareli 69 y después dirigirse a su punto de venta en el parque Pushkin, en la Colonia Roma. “He tomado el taller de foto, carpintería, periodismo e inglés, que es difícil aprender desde cero cuando solo te sabes el “okay, okay maguey”. Yo ya sabía de carpintería y ahora estoy haciendo unos cuadros para venderlos cuando no venda la revista. Con Mi Valedor puedes vender 10 o 15 ejemplares en un día o puedes no vender nada; no siempre es día de primavera en donde podemos cosechar. En la calle te encuentras de todo, gente que le interesa ayudar, gente que no, unos que no escuchan, otros ponen interés pero no la compran. A veces no importa que no la hayan comprado, lo importante es que me escucharon”.

Aristeo me extiende un ejemplar de Nocturnos que carga en su morral y abre la página en la sección de los valedores, en donde narra el relato de los tres balazos que recibió de un asalto, lo tituló: “Siempre guardar la calma en situaciones difíciles”, me enseña sus tres cicatrices mientras aclara que lo escribió en un ejercicio de crónica sobre una noche inolvidable en su vida. En esa misma página, las voces de los valedores narran sus recuerdos: una noche de pasión en la Ciudad de México, cantos de “peace and love” en un concierto de rock memorable y “Una noche con los homies” narrada por una valedora.

Después abre un ejemplar de Quemando Grasa, en el que aparece una plana entera con su foto y su historia narrada en primera persona. Al final de cada número aparece un valedor distinto. “Este mes me gusta porque habla de puro deporte y para mí jugar futbol fue lo mejor. Ahora me tocó salir en la última parte de la revista, te cae de raro que de un momento a otro empieces a participar en una publicación. Siempre me ha gustado el periodismo y he vendido otras revistas, pero ahora de pronto soy parte de esta”.

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“Me gusta que siempre tengo algo que hacer y siempre te tienes que conservar sin probar bebida porque luego da pena llegar a vender la revista con aliento alcohólico. No me desarrollaría igual. Como vas sobre la marcha, agarras otro ambiente por estar andando y platicando, regresas bien cansado. Pero es como dice el comercial ´hay que dejar al mundo mejor de como está´, si ya lo descompuse y ahora lo quiero componer de un trancazo es dificil, pero ahí voy”.

Si bien no existe un censo que confirme el número de personas en situación de calle, José Ramón Amieva, Director de la Secretaría de Desarrollo de la CDMX (SEDESO), estima que actualmente existen 4,500 personas en situación de calle, 700 más que en el 2015.1 Una sector de la población que aumenta año con año, mientras el gobierno insiste en dar continuidad al historial de políticas asistencialistas cuya mirada no ve más allá de una minoría tutelable y discriminada. De acuerdo con Sara Makowski Muchnik, Profesora-Investigadora de la UAM-Xochimilco, “la interpelación pública y le gestión gubernamental han permanecido intactas a lo largo del tiempo, ancladas en la estigmatización y la discriminación de la condición callejera (…) es necesaria una restitución de los umbrales mínimos de la potencialidad del sujeto para poder esbozar itinerarios de construcción de ciudadanía: un tránsito ineludible de sujetos invisibles a actores sociales que desde sus propios espacios de experiencia sean socialmente reconocidos como otros semejantes, con capacidades y recursos para aportar al flujo de la vida social”.2

Dentro de las cifras mencionadas, las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza cuentan con el mayor porcentaje de población callejera. Entre los espacios públicos de mayor afluencia peatonal en estas zonas de la Ciudad, ya se encuentran 15 valedores como Aristeo, identificados con un chaleco rojo y un gafete que los distingue como parte de un proyecto de trabajo colectivo. Son valedores de una revista que reconoce entre sus saberes y experiencias, la capacidad para escribir su propio camino y habitarlo con dignidad.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.


1 http://eluni.mx/2rGsVfL

2 Makowski Muchnik, Sara “Ciudadanos invisibles” en Dfensor. Revistra de Derechos Humanos. Num 6, Junio, 2015.

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Too, en zapoteco, significa “chiquito”, también significa “encantado” y “espacio sagrado”, dependiendo de las variantes de la lengua. Too es también el nombre del cine comunitario que abrió sus puertas hace tres meses en Guelatao, entre el bosque que cubre la Sierra Juárez y la mirada de las nuevas generaciones que viven en comunidad.

Benito Juárez nació entre las montañas que hoy reciben su apellido en homenaje. Una comunidad zapoteca en donde habitan cerca de 500 personas entre monumentos a Juárez e historias que lo recuerdan pastoreando a sus ovejas junto a la “laguna encantada”, o “Yelatoo”, en zapoteco. Ahí se instaló la primera radio indigenista de la región “XGLO La Voz de la Sierra” y 10 años después la radio comunitaria Estéreo Comunal. Ahí también, se encuentra el Polideportivo Benito Juárez García, donde cada 21 de marzo se reúnen equipos mixes, zapotecos y chinantecos para celebrar y competir por el triunfo más importante de basketball en la región: la Copa Benito Juárez.

Guelatao es una tierra de nuevos proyectos culturales. Los niños que pagaban dos pesos para ver las películas que se proyectaban de manera itinerante en el auditorio de la comunidad hoy gestionan Agenda Guelatao, proyecto cuyo objetivo es revitalizar la cultura de la comunidad. Entre otras actividades, este año se inauguró el hostal Ahí Tá ´a, después de que el Cine Too abriera sus puertas con la primera sala de cine comunitario en 2016.

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“¡Hoy hay cine!”, se lee en las puertas de la sala cinematográfica, sobre la calle que da entrada al pueblo. La cartelera del mes se encuentra impresa y distribuida en las paredes de Guelatao, así como en los rumbos digitales de las redes sociales. Junto a “El CafeciToo” del cine, se exponen algunas fotos realizadas por los jóvenes que tomaron el taller de fotografía impartido por la artista Mariana Rosenberg en 1998, cuando se instaló por primera vez un cuarto oscuro en la comunidad.

Luna Marán, fotógrafa, productora, directora y gestora cultural originaria de Guelatao, es una de las niñas que crecieron en los noventa entre talleres de pintura, teatro, radio y fotografía. Estudió Artes Audiovisuales en la Universidad de Guadalajara y hoy es la encargada de la programación del Cine Too.

“Lo que queremos es construir un ambiente como el que tuvimos nosotros cuando éramos chicos, porque en ese entonces había un grupo de personas que impartía talleres de pintura, teatro, audiovosiual, radio y había mucho movimiento. Entonces de alguna manera somos una generación que creció con esa responsabilidad y compromiso con la comunidad.  Todos somos jóvenes y profesionistas, gente que salió de carreras como comunicación, diseño, ingeniería empresarial, ciencias políticas y yo que soy cineasta”.

Proyectos como el Cine Too, asegura Luna, son el resultado de un proceso de comunicación comunitaria que comenzó hace treinta años en Guelatao, un camino que continúa y entrelaza hoy a dos generaciones. En 2016 Juan José García, presidente municipal de Guelatao y cineasta de la primera generación, apoyó la iniciativa de los jóvenes y la gestión de los recursos necesarios para convertir la sala audiovsual que ya existía, en un cine con una programación y dinámica cotidiana. “Él estaba en un espacio adecuado y nosotros teníamos ganas de hacer cosas, en ese sentido hubo una buena sinergia. La asamblea, que es lo más importante, adoptó que la cultura fuera el eje del desarrollo y que desde ahí podemos potenciar las posibilidades económicas de la comunidad. Así conformó un consejo consultivo de seguimiento y evaluación del proyecto”.

Antes de comenzar con el proyecto del Cine Too, el grupo de jóvenes ya había desarrollado dos proyectos cinematográficos: el Campamento Audiovisual Itinerante, un espacio de formación, encuentro, producción, exhibición y desarrollo de proyectos audiovisuales, realizado durante el verano en una comunidad distinta del estado de Oaxaca y Aquí Cine, proyecto que comenzó como una muestra de cine itinerante en comunidades de la Sierra y que hoy se constituye como una plataforma formación y consolidación de proyectos de exhibición audiovisual con sentido comunitario, a través de redes de colaboración y el  manual Cómo hacer un cineclub: paso a paso, disponible en su página de internet.

La proyección semanal de las películas comenzó hace siete meses y el Cine Too hace tres.  El precio de entrada es donativo voluntario y los miércoles y viernes es gratis. En la semana se busca proyectar una cartelera variada, enfocada principalmente en los niños y jóvenes de la comunidad. “Vamos a tener que trabajar mucho con revisión de clásicos porque hay muy poco contenido de cine latinoamericano para niños. Vamos a trabajar en conseguirlo y seguir haciendo los talleres donde ellos mismos van a producir sus contenidos. Estamos en sinergia con otros proyectos nacionales que están entrando a la exhibición de cine mexicano. Este mes, por ejemplo, vamos a tener la película de Carmín Tropical,  Los Hamsters, Rosario y espacio para ese tipo de películas. Además, como el mes de marzo es especial en Guelatao, habrá películas que se han realizado en los últimos 20 años sobre la Sierra para que la gente pueda verlas. En la programación no están los títulos de las películas, sino los nombres de los pueblos que están retratados en las películas para que la gente pueda ir por querer ver la película donde aparece su pueblo u otro que conozcan”.

Este mes de marzo también se estrenó “El CafeciToo”, como la dulcería que busca darle la sostenibilidad al proyecto. “No sabemos cómo nos va a ir,  pero nos deseamos lo mejor. Va a depener de muchas cosas,  lo importante es que niños y jóvenes de la comunidad, los que están en el internado y en el Bachillerato Integral Comunitario, tengan acceso a otro tipo de cinematografía y a tener la experiencia de ir al cine. Sí queremos que el cine sea una herramienta de un proceso educativo y de desarrollo humano, pero a nivel de programaciones estamos tratando que sean películas que permitan esa sensación de irse, de perderse en una historia e involucrarse emocionalmente, ir al cine como una cuestión lúdica de estar y ver”.

Entre las calles adoquinadas de Guelatao camina Jaime Martínez Luna, padre de Luna Marán. “El tío Yim” es antropólogo, investigador, cantautor y promotor cultural zapoteco, autor de diversos libros sobre comunalidad y fundador de Comunalidad A. C.; considera el Cine Too como el resultado de un diálogo intergeneracional en proceso. “Se empieza a revolver lo que propone el joven formado fuera, pero con principios de su propia vida ahora revalorados. Las ideas no son de fuera porque ya son seleccionadas, elaboradas, propuestas y defendidas por comuneros jóvenes, pero comuneros. No podemos pensar que por ser jóvenes no son la experiencia o la profundidad comunitaria, sino que es la comunidad en los jóvenes”.

Sentado en su oficina del Palacio Municipal, donde este año cubre el cargo de Síndico como parte del tequio comunitario,  recuerda sonriente: “Así pasó cuando yo bailé por primera vez rock en la plaza en 1979 con “Come on baby light my fire” de The Doors: unos se rieron, otros quedaron mudos, pero al final les gustó. Y es que, eso que puede pensarse contradictorio a la comunidad, no lo es; es algo que viene de otra generación que se está entrelazando. Lo comunitario es vida que se va integrando, y si lo entendemos así no hay un camino, se hace el camino al andar. A mi parecer eso es lo mejor que hemos logrado, aprender a vivir esa diversidad de caminos y respetarlos es quizás lo más hermoso. ¿Quién nos puede regir, más que la vida misma?”.

Este 21 de marzo se celebró en Guelatao el natalicio de Benito Juárez, así como los 40 años de encuentro deportivo en que el balón de basquetbol captura la mirada del público serrano que se emociona en diferentes lenguas. Al festejo se sumaron una agenda cultural con propuestas como el Cine Too y nuevos espacios comunitarios que se construyen desde las miradas comprometidas de los jóvenes de Guelatao.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.

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En 2013, la comunidad de Villa Talea de Castro en el estado de Oaxaca demostró que el acceso a la telefonía celular puede prescindir de las grandes empresas de telecomunicaciones cuando se articulan la organización comunitaria y la tecnología. Junto con Telcel, Telefónica, AT&T, hoy existe Telecomunicaciones Indígenas Comunitarias TIC A.C.

Inmersa en las montañas de la Sierra Juárez, la comunidad zapoteca Villa Talea de Castro se encontró con la asesoría técnica y legal de dos organizaciones de la sociedad civil ––Rhizomática y Redes por la Diversidad, Equidad y Sustentabilidad A.C,–– para comenzar a operar un nuevo modelo de telefonía celular comunitaria indígena- En éste, el espectro es gestionado como un bien común y sus beneficiarios son a su vez los prestadores del servicio. Después de tres años de operación e investigación, Redes A.C y la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco ,sistematizaron la experiencia a través del Manual de Telefonía Celular Comunitaria para compartirla junto con la propuesta de un nuevo paradigma de comunicación que pueda “conectar al siguiente billón”.

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“El primer derecho al que había que acceder es el derecho a soñar, a pensar que las cosas se pueden hacer distinto”, comenta Erik Huerta Velázquez, miembro de ambas organizaciones y autor del manual. Él y Peter Bloom, el fundador de Rhizomática, imaginaron las posibilidades de crear una red de telefonía que conectara a las pequeñas sociedades ignoradas por las compañías de telecomunicaciones. Así comenzaron a dialogar con la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y diferentes comunidades de Oaxaca hasta encontrar en Talea de Castro la disposición para probar el esquema propuesto. “En la ley se menciona que si el espectro no está en uso puedes pedirlo, un principio que se llama use it or share it o use it or lose it (úsalo o compártelo, o úsalo y piérdelo). Entonces fuimos a la SCT y dijimos “si no lo están usando, lo queremos” y encontraron algo a lo que le dicen ‘pedacería de espectro’, espectro sobrante”.

La primera red de telefonía celular comunitaria comenzó a operar en 2013 utilizando un segmento de espectro atribuido a uso libre y en 2014, la Comisión Federal de Telecomunicaciones aprobó una concesión experimental en la banda de 850 MGHz que finalmente fue otorgada por el Instituto Federal de Telecomunicaciónes (IFT) . “El experimento, más allá de ser una prueba de equipos, pretendía demostrar que bajo un nuevo esquema técnico, organizativo y económico era posible prestar servicios de telefonía celular de manera sostenible, en localidades consideradas inviables comercialmente. Al finalizar la concesión experimental, el sistema ya contaba con 18 localidades de entre 200 y 3 mil habitantes”.1

El éxito del esquema demostró su viabilidad y la posibilidad de expansión en más comunidades. Posteriormente, esto dio lugar a un nuevo marco jurídico en el que, por primera vez en el mundo, se otorgó una porción del espectro atribuido al servicio de telefonía celular a uso social. Así, desde julio de 2016, en México existen cuatro concesionarios del espectro de telefonía: Telcel, Telefónica, AT&T y Telecomunicaciones Indígenas Comunitarias TIC A.C.

TIC  es la cooperativa formada por todas las comunidades indígenas y rurales que integran la red ––así como aquellas que quieran sumarse––, dentro de los estados de Puebla, Veracruz, Chiapas, Guerrero y Oaxaca. Esta concesión se obtuvo para los próximos 15 años y abre la posibilidad de acceso a los servicios de telefonía celular para aquellas pequeñas comunidades a quienes las empresas han ignorado hasta ahora. Explica Erick Huerta: “El Estado regula el espectro por segmentos, así el empresario paga millones por ese espectro y solo lo va a usar en donde le reporta mucho dinero. Entonces, bajo este esquema, solamente se ocupa el 30% de lo  concesionado y todo lo demás se desperdicia: nadie lo está usando y nadie lo puede ocupar porque es de alguno de los concesionarios. Es un sistema un poco perverso porque si no les conviene, no facilitan el acceso al espectro.Ese es el principio que habría que romperse y fue algo de lo que logramos hacer”.

Talea de Castro es una de tantas comunidades a las que se les ha negado el derecho a la comunicación, cuestión reflejada en el rechazo por parte de Telcel a las repetidas solicitudes de la comunidad para obtener una antena cercana que les permitiera acceder a la telefonía celular. Esta desigualdad estructural en el acceso a la comunicación, responde también a que la única obligación que tienen los concesionarios por ley es la de cubrir aquellas zonas en donde se encuentra el 20% de la población de cada región.

Si bien el Estado y las empresas no han demostrado interés por facilitar el acceso a los servicios de telefonía en poblaciones como Talea de Castro, existe une tercera vía que se construye desde la autonomía y la organización comunitaria; un camino recorrido por las radios y televisiones comunitarias que desde hace más de 20 años generan diferentes posibilidades de apropiación tecnológica y comunicación en el país: “Es la de la organización de las propias personas. Ésta tiene fines que no son políticos ni de máxima utilidad. Es otra manera de hacer las cosas, por un fin social, por el simple fin de organizarnos. Eso existe en el mundo, pero en el derecho no se reconocía”. La concesión obtenida por TIC representa un nuevo modelo de comunicación que va más allá de facilitar el acceso a la tecnología. “Opera bajo la  lógica del compartir, no bajo la lógica de la propiedad absoluta o la lógica del egoísmo. Para nosotros el espectro es un bien común, “es un bien de la nación” dice la Constitución, un bien de todos. Entonces este esquema así lo trata y en ese sentido lo administra de manera compartida. La gente se hace cargo de él bajo una tecnología que también se comparte y que se crea de manera colectiva. No creo que sea la receta o el camino para todo, pero aquí funciona”.

TIC es también la primera telefonía celular indígena en el mundo y opera en comunidades pequeñas de 200 a 7000 habitantes. Si bien es un esquema que se desarrolla a partir de la experiencia en el contexto sociocultural de la comunidad zapoteca de Talea de Castro, está diseñado para operar en contextos comunitarios, sustentado por una base organizativa con valores que se comparten entre los pueblos indígenas de México y en otras partes del mundo. “Ahora ya hay unas en Nicaragua y otra en Brasil, impulsadas por alguien que vio lo que estábamos haciendo, se metió al programa, lo bajó y ahorita lo está implementando. En Somalia también lo están ocupando y en Colombia estamos por arrancar algunos. Todo es con este espíritu de la colaboración”, comenta el autor del manual, quien hace unos años imaginó la posibilidad de una telefonía diferente y que hoy es utilizada por 3000 usuarios.

“Es la opción si tienes una comunidad que está clavada en una montaña o que está en una región donde no hay otro sistema”. Comenta Keyla Maulemeth, encargada de la Red TaleaGSM:“Primero, porque si eres una comunidad pequeña las grandes empresas no te van a dar el servicio, son muy caras y una comunidad así no tiene recursos para pagarlo. Segundo, porque si tu propio gobierno no te apoya para tener un servicio aunque sea parte de tus derechos, tienes que buscar otra alternativa. Tercero, porque es económico en comparación con un equipo de Movistar, por ejemplo: la antena de Telefonía Celular Comunitaria es tres veces más barata. Cuarto, las llamadas son muy económicas. Quinto, porque puedes armar un colectivo y es un proyecto que se hace para la comunidad, ayuda a activar la economía, quizá puede dar uno o dos empleos y todo el dinero que trabajes se va a quedar en la comunidad y ahí va a circular.  Finalmente te da autonomía, la capacidad y el poder hacer lo que tu gobierno local, estatal o federal no te da. Juntos y organizados lo podemos hacer sin necesidad de estarle pidiendo nada a nadie más.”

El modelo requiere de una base comunitaria, pero también de una base económica, técnica y tecnológica. A partir del contexto comunitario indígena de Talea referido anteriormente, en el Manual se identifican tres principios básicos: la autonomía, entendida como la capacidad de gobernarse a sí mismos y tomar sus propias decisiones en materia de desarrollo, cuya máxima autoridad es la asamblea; el sistema de cargos basado en el servicio no remunerado por periodos cortos de un año o año y medio; y los bienes comunes, es decir, las tierras y el territorio son considerados bienes comunes no susceptibles de apropiación.

En el esquema de negocios planteado, los ingresos obtenidos por los cobros a los usuarios son empleados por la propia comunidad y reinvertidos para el mantenimiento de la red: un esquema sostenible y sin fines de lucro. La comunidad cobra una cuota de 40 pesos al mes a cada usuario para el mantenimiento y operación de la red, de los cuales conserva 25 pesos y destina 15 al concesionario para el servicio técnico, jurídico y de asesoría. Las llamadas dentro de la misma red son gratis y solamente se cobran las nacionales o internacionales que se hacen a través de Internet. El bajo costo de las llamadas que se realizan con el servicio de Voz por Internet (VoIP) es proporcionado por un pequeño operador que finalmente se conecta a la red global de la telefonía. La comunidad que hoy trasciende las fronteras nacionales,  encuentra un nuevo canal de comunicación más accesible para acercarse a quienes viven fuera del estado o del país.

La base técnica es la infraestructura y el personal que le permite a la comunidad adquirir las capacidades necesarias para la operación de la red. “Cada comunidad adapta el modelo financiero del manual. Si tú lo traduces al modelo económico no son necesariamente números, también pueden ser aportación de horas de trabajo comunitario y cada comunidad tiene su manera de administrar el sistema”. Finalmente, la base tecnológica necesaria es posible gracias a los valores compartidos entre comunidades indígenas y comunidades de hackers, ya que estos últimos “se rigen por determinados principios que son compatibles con los sistemas normativos aplicados a la gobernanza de los bienes comunes practicados por las comunidades”.2 La tecnología que utiliza el proyecto surge principalmente de dos proyectos de software libre que lograron decodificar una tecnología cerrada como el GSM para convertirla en una tecnología abierta: OpenBSC en Alemania y OpenBTS en Estados Unidos. “Cuando se estaba abandonando la tecnología 2G para pasar al 3G, que ya llevaba mucho tiempo y había perdido algunas patentes, unos hackers hicieron lo que se conoce como “ingeniería reversible”: estudiaron, desarmaron y vieron cómo funcionan las radiobases de celulares para generar una imitación pero en software”.

Posteriormente, Rhizomática desarrolló la Interfaz de Administración de Rhizomática (IAR) para facilitar la operación de la radiobase a través de un programa sencillo y básico que permite ver cómo cargar un nuevo usuario, registrar pagos de administración, mensajes de texto emitidos y acceso a las estadísticas del sistema en tiempo real.  “Esto hace que cualquier persona sin estudios de computación pueda manejar y administrar una red de telefonía celular. Cada herramienta trae la huella de su creador y ésta puede limitarte o permitirte adaptarla a tus necesidades, eso es lo que permite el software libre”.

Huerta destaca la importancia del modelo de telefonía celular comunitaria para el aprovechamiento óptimo de un recurso y de un bien común, una idea que implica cambios necesarios en las políticas públicas del país para que el espectro pueda compartirse y la regulación en materia de telecomunicaciones alcance el ritmo acelerado de la tecnología y las nuevas vías de comunicación.  “Es muy importante que exista en la conciencia de todos nosotros que el espectro es un bien común y que sigue siéndolo aún cuando el Estado lo asigna y, aunque haya mucho dinero de por medio, el fin siempre es la comunicación. Si no se está utilizando, se debe compartir o regresárselo al Estado. Ese es el centro de todo este proyecto: la recuperación de los bienes comunes y el derecho humano a la comunicación”.

A través del Manual de Telefonía Celular Comunitaria se comparte un modelo base que puede adaptarse a diferentes contextos comunitarios. El resultado de estos tres años de experiencia se encuentra en las miles de personas que hoy pueden ejercer el derecho a comunicarse a través del servicio de telefonía celular, del cual además son propietarios.  El nuevo paradigma de comunicación que ya se extiende desde las montañas de Oaxaca a otras latitudes, nos recuerda que el espectro es un bien común y que nos pertenece a todos.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.


1 Huerta, Erick (2016) Manual de Telefonía Celular Comunitaria. Conectando al siguiente billón, Redes por la Diversidad, Equidad y Sustentabilidad, A.C

2 Ibíd.

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Los volcanes que cuelgan sobre el escenario del Palacio de Bellas Artes fueron testigos de un encuentro entre diferentes voces indígenas que han hecho de la poesía un lenguaje del alma. En un mismo escenario se escucharon versos en sami, maorí, zapoteco, nahuatl, mazateco, wayú y quechua: voces de todo el mundo que han sido silenciadas en el pasado y que tienen un presente común de dominación cultural.

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“Son estas voces las que guardan en gran medida la memoria ancestral de nuestra existencia humana en el mundo”, leyó el poeta y escritor nahua Natalio Hernández esa noche de octubre, presidente de la Asociación Civil Fundación Macuilxochitl, cuando inauguró bajo los volcanes del teatro el  Primer Encuentro Mundial de Poesía de los Pueblos Indígenas: Voces de Colores para la Madre Tierra. Cada poeta compartió algunos poemas en su lengua originaria y  su traducción al español, los versos de los poetas sami de Finlandia y maorí de Nueva Zelanda fueron leídos en español por la poeta zapoteca Natalia Toledo y el poeta mazateco Juan Gregorio Regino. Poemas que se convirtieron en diálogo al encontrar a un público con la disposición a escuchar.

“Las lenguas se componen de palabras que se hablan y que se escuchan. Si no se habla no escuchamos nada. Y si, en cambio, se habla y no escuchamos, las palabras se dirigen al aire”, dice Carlos Lenkersdrof, lingüista de origen alemán, quien aprendió entre comunidades tojolabales de Chiapas que la lengua no sólo se habla, también se escucha: dos realidades complementarias olvidadas entre las lenguas occidentales.

El problema, dice Lenkersdorf, inicia con el término “lengua” que, tanto en el griego antiguo como en el latín, se refiere al órgano que produce el sonido: glossa en griego y lingua en latín; también en alemán la lengua es sparche y deriva de sperchen, que quiere decir “hablar”. ¿En dónde queda la dimensión complementaria de la lengua? ¿Se puede estudiar el escuchar? El tojolabal, una de las lenguas mayas del sureste mexicano, tiene dos conceptos para el término de “lengua” o “palabra” y por lo tanto, una concepción particular de la comunicación humana: ´ab´al que corresponde a la lengua o palabra escuchada y k´umal que se refiere a la lengua o palabra hablada. Tanto escuchar como hablar tienen la misma importancia. En lugar de decir “yo te dije”, entre tojolabales dicen “yo te dije, tu escuchaste”.

Lenkersdorf aprendió a escuchar a los tojolabales y encontró, además del énfasis en escuchar, que una de las palabras más utilizadas es ke´ntik o “nosotros”, palabra que se escucha repetidamente en la cotidianidad de las comunidades y que incluso rige su sistema político. ´ab´al  y ke´ntik son dos particularidades estrechamente relacionadas: el no querer escuchar es el rechazo del nosotros. Escuchar es la puerta del diálogo y la capacidad de recibir, “son los otros cuyas palabras no las hacemos, no son producto de nuestro actuar, sino que vienen de fuera y nos sacan del centro donde nuestro yo prefiere estar para mandar, dirigir y estar arriba. Al sacarnos del centro no nos marginan, sino que se integra nuestro yo en el nosotros”. Escuchar es la puerta al diálogo a nivel social, pero también natural, se escucha a la naturaleza y es parte del nosotros.

Los tojolabales reconocen la complementariedad de los que participan en el habla y la escucha, el diálogo como intercambio necesario en un mundo nosótrico donde se dice “uno de nosotros tenemos hambre” y no “yo tengo hambre”, como se diría en otras lenguas dominantes como el español. El tojolobal es una de tantas lenguas que componen la diversidad cultural del mundo y transmite una de todas las cosmovisiones —o cosmoaudiciones, como sugiere nombrar el autor— que hay que escuchar para cuestionarnos el “yo” que predomina en la sociedad occidental. Cuando permitimos que la escucha trascienda más allá del oído comenzamos a preguntarnos: “¿Por qué no nos hicimos las preguntas que nos hacen desde la otra cultura?”.

Es difícil entender una sociedad nosótrica desde un contexto diferente al tojolabal, así como es difícil imaginar una ciudad de 25 millones de habitantes en un diálogo permanente, un Estado mexicano que escucha a los pueblos indígenas, políticos en un diálogo horizontal con la ciudadanía, o empresas transnacionales que dejen de silenciar al calentamiento global y se dispongan a escuchar a los glaciares derritiéndose y a la tierra que se derrumba entre minas y oleoductos. También resulta difícil imaginar que el “yo” ceda el paso al “nosotros” en una sociedad en la que se nos ha enseñado lo contrario. Pero partir de otra realidad nos permite conocer diversas formas de ver el mundo, cuestionar nuestra propia mirada y ampliar el paradigma de posibilidades como alternativas a este sistema descompuesto en el que no nos escuchamos.

Escuchar al pueblo tojolabal, mixe, triqui, yaqui, tzotzil, maya, sioux, inuit, aymara, mapuche, sami, maorí y a la diversidad cultural que habita este mundo, no sólo nos permite reconocernos como una humanidad nosótrica, sino que también se convierte en un encuentro con aquel “otro” que vive, observa y escucha diferente. La buena disposición hacia otro ser humano, dice Ryszard Kapuscinski, es la única manera de hacer vibrar la cuerda de la humanidad común. Que se escuche la palabra, como se escuchó al poeta mazateco Gregorio Regino:

Que se abra la palabra // que se escuche la voz de la tierra // Aquí está su mensaje// Aquí está su plegaria // Aquí está el destino de sus manos y sus pies // Aquí está su corazón// Que hablen los que no tienen rostro// Que el sufrimiento tome la palabra // Que el silencio grite y se rebele la noche // Que hable nuestra madre, nuestra madre de un solo rostro, nuestra Madre Tierra // Ahora sí, que se abra la ley // que hable por sí misma // que busque su verdad// Que hable el corazón // Que hable el pensamiento// Que no pida permiso la palabra // que fluya aquí, ahora.

 

Bibliografía
Lenkersdorf, Carlos (2008) Aprender a escuchar: Enseñanzas maya-tojolabales. México: Plaza y Valdés.

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Son tiempos interesantes para voltear a ver a las radios comunitarias indígenas. A pesar de sus esfuerzos y de décadas de labor cotidiana, éstas siguen lidiando con estructuras que las mantienen relegadas e impotentes frente al resto de los medios de comunicación. La carta que publicaron un grupo de individuos y asociaciones civiles a propósito de una protesta en contra del artículo 89 de la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, es un buen ejemplo de ello. Cabinas que tratan de informar y darle lugar a múltiples voces, como el caso de La Tlaxiaqueña y los sucesos en Nochixtlán, no sólo están olvidadas, sino que son perseguidas. La autora de este texto recupera la historia de la radio ayuujk Jënpoj en Oaxaca, que lleva 15 años reportando para las comunidades mixes y zapotecas lo que nadie más ve.

Rubén y Ranulfo miran hacia la cancha de basquetbol. Se acomodan los audífonos y prueban sus micrófonos mientras las gradas del Polideportivo Benito Juárez se llenan poco a poco. Detrás de ellos, Sócrates y Gabriel ajustan los controles de la consola y desenredan los cables que conectan a una computadora portátil: maniobran con destreza para alcanzar el volumen adecuado y conectarse al dominio de Internet donde transmitirán por streaming  el evento deportivo más importante de la Sierra Mixe y la Sierra Zapoteca: la Copa Benito Juárez.

Los integrantes de la Radio Comunitaria Ayuujk Jënpoj salieron de Santa María Tlahuitoltepec en la madrugada con la mitad de la cabina en la cajuela de una pick-up para emprender el zigzagueante recorrido que los lleva hasta Guelatao, en la vecina Sierra Juárez al sureste del estado de Oaxaca. Como cada año, el colectivo de la radio se prepara para adecuar un espacio y narrar a sus radioescuchas la final del torneo de basquetbol que celebra el Natalicio de Benito Juárez desde 1997. El día del año en que equipos mixes, zapotecos y chinantecos compiten para regresar a su comunidad con el trofeo más emblemático de la región.  

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Fotografías: María Alvarez Malvido

Comienzan los partidos y las gradas se llenan de un público tan diverso como los jugadores: el balón pasa por manos originarias de Macuiltianguis, Tamazulapam, Ixtlán,  Compaltepec, Ayutla, La Trinidad, Tlahuitoltepec, y más equipos que han logrado su camino hasta a la gran final. Entre el público me comentan que el equipo de niños triquis acudieron el año anterior como invitados especiales, aquellos jugadores que triunfaron descalzos en Argentina hace tres años, y que en julio regresaron campeones de la Copa Barcelona de Basquetbol 2016.1 El pueblo natal de Benito Juárez se llena de matracas y gritos que con emoción apoyan a los equipos varoniles y femeniles en zapoteco, mixe, chinanteco y español, desde los niños de primaria hasta los veteranos que dejan el corazón en la cancha.

A un lado de la radio Jënpoj se prepara la radio comunitaria Dizha Kieru . Uno de los locutores lleva su nombre bordado en el chaleco y el otro una camisa con el logo de “Talea GSM. Porque una comunicación alternativa es posible”. Se trata de la comunidad zapoteca de Villa Talea de Castro, misma que estableció su propio sistema de telefonía celular en 2013 luego de que las grandes compañías telefónicas del país se negaran a llevar sus servicios a este pueblo escondido entre las montañas de Oaxaca. El sistema se llama Red Celular de Talea, lograda con el apoyo de la organización civil Rhizomatica, que ofrece servicio a 2 mil 500 habitantes, mayoritariamente indígenas de origen zapoteco.

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Del otro lado de la cancha, la radio indigenista local “XEGLO La Voz de la Sierra Juárez” transmite en zapoteco, mixe y chinanteco. Se trata de un medio instalado en 1990 por el Instituto Nacional Indigenista (INI), ahora Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), que se extiende con 10,000 watts de potencia y alcanza a diversas poblaciones de las regiones más cercanas. Esta radio indigenista comparte el espacio radiofónico de Guelatao con la radio comunitaria Estéreo Comunal 94.1FM, instalada en el 2000 con 100 watts de potencia desde un cuarto de la Fundación Comunalidad, a unos pasos del monumento a Benito Juárez.  “Transmitimos ocho horas al día, lo malo es que no tenemos recursos ni para cubrir eventos de aquí de Guelatao” me cuenta “Buba”, conductor del programa de música grupera de 2pm a 4pm, sentado en la pequeña cabina de radio frente a una computadora y un par de micrófonos. Estéreo Comunal no cuenta con el equipo necesario para transmitir el evento que se escucha a unas cuadras de su cabina, pero sí cuenta con la libertad de elegir el contenido que transmite, sin guiones o formatos que provengan de instituciones gubernamentales.

En la Copa Juárez se encuentran diferentes equipos de basquetbol, pero también algunas de tantas radios comunitarias de la región que buscan transmitir la final del emblemático evento deportivo. Algunos medios comerciales llegan desde temprano a Guelatao para dar cobertura a la manifestación magisterial que se encamina con dirección a Oaxaca de Juárez: lentes y micrófonos que no alcanzan a ver el evento deportivo y cultural que se celebra en la tierra de Benito Juárez, a unos metros de las movilizaciones políticas y sociales a las que dan cobertura.

Las radios indígenas han llevado la defensa de la tierra a las ondas hertzianas que viajan por el aire, defienden desde la voz el espectro radiofónico como un espacio para la diversidad lingüística, la libertad de expresión, el ejercicio de la ciudadanía y la posibilidad crear y producir proyectos de comunicación comunitaria alternativos a los medios comerciales y Estatales que predominan en el país. Resisten ante una historia de decomisos violentos, de represión y amenazas que reciben los comunicadores indígenas en distintos lugares del país y a las campañas que las criminalizan y estigmatizan como aquella que emprendió el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) a comienzos de este año con el mensaje “Se busca por robo”.  Frente a esta historia de obstáculos que comienzan por el marco legal que regula a los medios de comunicación en el país, algunas radios deciden responder a las reformas establecidas por el Estado como órgano regulador del espectro radioeléctrico y emprenden el trámite para obtener una concesión, otras deciden hacer uso  libre del espectro con el riesgo de ser clausuradas —o decomisadas— en cualquier momento.

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El  problema no es que el Estado administre el espectro —como se hace en todo el mundo debido a que se trata de un bien finito— sino cómo lo administra: en lugar de promover la participación ciudadana y la diversidad cultural en los medios de comunicación, la Ley de Telecomunicaciones ha discriminado de manera estructural a las iniciativas de comunicación operadas por la sociedad civil, los proyectos comunitarios y las poblaciones indígenas. Privilegia desde 1960 a los medios comerciales y Estatales, en donde la información se ha convertido en sinónimo de mercancía o poder político, no de libertad de expresión, de derecho al acceso de información o de la voz ciudadana.

Hasta el año 2013, antes de la Reforma Constitucional de la Ley de Telecomunicaciones (#LeyTelecom), las radios comunitarias que quisieran obtener un espacio en el espectro radiofónico lo hacían tramitando la frecuencia como permisionarias las cuales incluían también a las radios públicas, culturales, educativas y experimentales (sin fines de lucro). En junio del año 2013 fue promulgada la reforma en la que se reconoció por primera vez el derecho de la ciudadanía a operar sus propios medios de comunicación a través del otorgamiento de concesiones “de tipo social”, categoría que contiene un apartado particular para los medios comunitarios e indígenas.

Sentado dentro de la cabina de la radio Jënpoj, uno de los coordinadores y primeros comunicadores  de la emisora, Sócrates Vázquez,  cuenta que “había quienes querían que se quedara el reconocimiento de uso social, pero nosotros como comunicadores indígenas anduvimos en la cámara del Senado y en la tribuna para exigir que se reconozcan los medios comunitarios y los medios indígenas. Ese es un avance: no existíamos antes. Pero realmente nos quedamos igual, el logro fue exigirle al Estado que reconociera. Con muchas trabas logramos ese avance”.

Hoy, el Artículo 28 de la Constitución reconoce cuatro tipos de concesiones para el servicio de radiodifusión: comercial, público, privado y social. La nueva categoría de las radios comunitarias e indígenas dentro del “tipo social” fue un avance legal en términos de reconocimiento y en otros puntos, como la asistencia técnica que tiene que dar el IFT a este tipo de radios. Sin embargo, no cambiaron los criterios discriminatorios para el acceso a las frecuencias y las posibilidades de sostenibilidad económica de las radios comunitarias e indígenas. Algunas de las razones que expone la Asociación Mundial de Radios Comunitarias AMARC en su Segundo informe sobre la situación de la radiodifusión comunitaria en México (2014) son:

– Se les niega la posibilidad de vender publicidad comercial ya que “son emisoras sin fines de lucro” (este apartado no considera que existen necesidades de sostenibilidad económica, diferentes al lucro,  en los medios comunitarios).

– Se les asigna el 1% de la publicidad oficial, un porcentaje discriminatorio en relación a los otros medios (la única vía de financiamiento que les permite el Estado, una violación indirecta a la libertad de expresión).

– Se reserva el 10% de la banda de radiodifusión sonora de FM a las radios comunitarias e indígenas, porcentaje que se concesiona en la parte más alta de la banda, es decir, al final (una restricción que no puede ser cumplida en lugares el país donde la frecuencia ya está saturada, como en la Ciudad de México).

El pasado mes de julio, la radio Jënpoj transitó de permisionaria a concesionaria y obtuvo, junto con Cholollan Radio de Puebla, la primera concesión de uso social indígena otorgado por el IFT en la historia de la radiodifusión en México. Es la primera emisora indígena en el país que obtiene la concesión a nombre de su comunidad —reconocida como sujeto de derecho— y que puede prescindir de una figura legal (A.C). La radio está de fiesta, pues este mes de agosto cumplió 15 años comunicando desde las montañas de la Sierra Mixe, continúa un camino que sigue recorriendo gracias al trabajo colectivo, al compromiso comunitario, al apoyo del cabildo y de diferentes organismos y redes nacionales e internacionales que han acompañado esta experiencia desde distintos frentes.  

Son quince años de creatividad y resistencia, de hacer del micrófono un medio para la tradición oral ayuujk (o mixe, en español), para los sones, para las noticias locales, el diálogo y las historias que transitan con las nubes bajo el Cempoaltépetl ; de coberturas de fiestas patronales, conciertos y eventos deportivos como la Copa Juárez. Una historia que demuestra las dificultades a las que se enfrentan las radios comunitarias indígenas y lo lejos que está de su realidad el marco legal que regula —y criminaliza— las iniciativas de radiodifusión en el país cuando difieren del modelo comercial predominante.

La cabina de la radio Jënpoj se encuentra en el centro de la cabecera municipal de Tlahuitoltepec: dos cuartos en el primer piso del edificio que está justo enfrente del Palacio Municipal, separados por un par de canchas de basquetbol que los sábados de mercado se visten de lonas de colores, otros días de asambleas comunitarias, de pistas de baile durante las fiestas patronales y en ocasiones de escenarios para las bandas filarmónicas que se presentan  en  los “Domingos de concierto”.

En el techo se asoma una antena de 1000 watts de potencia acompañadas por el plato satelital que la radio instaló en 2005 con apoyo de la comunidad para poder transmitir a través de una página de Internet2 y alcanzar a los radioescuchas que viven más allá de la sierra y pueden sintonizar desde cualquier lugar con acceso a Internet. Jënpoj recibe mensajes con saludos y complacencias a través de su página web, de Facebook, TuneIn,y mensajes SMS, palabras que llegan desde lugares como Los Angeles, Nueva York, Nueva Jersey, Washington, Wisconsin, Pensilvania, Mexicali, Guanajuato y Ciudad de México, entre otros. Jënpoj es un medio local que responde a la realidad transnacional de la comunidad:  ofrece  un medio de comunicación ayuujk para quienes viven dentro de la comunidad territorial, pero también para la comunidad que crece inmersa en un contexto de migración y globalización. Es un medio que reduce las distancias geográficas de la comunidad  a través de la voz y la música. En palabras de Rubén Martínez, uno de “Los Rubenes” que realizaron las primeras transmisiones: “la radio es un medio para expresar mi filosofía, mi sentir y mi vida, así lo ocupamos nosotros. Que nos escuchen a través de Internet los paisanos que están allá, es ese sentido de apropiación que fortalece la identidad y sobre todo la lengua, como motor principal de la vida y de la misma radio”,

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La cabina no es muy visible, pero todos en Tlahui saben que es ahí donde se transmite la radio comunitaria Jënpoj en la 107.9 FM. La entrada, con las puertas siempre abiertas, está decorada con un mural de colores del cual sobresale la imagen de un músico tocando la tuba —de tamaño natural—, realizado con esténcilyaerosol por un joven artista de Tlahuitoltepec. En la ventana se observa la Sierra Mixe y se cuelan las melodías de las diferentes bandas filarmónicas de la escuela municipal que ensayan todas las tardes en el piso de abajo. Al centro hay una mesa con seis micrófonos, dos computadoras y un sinfín de cables que parten de distintas consolas y atraviesan al segundo cuarto, donde se encuentran los controles y la computadora con la barra programática.

El Comité de Defensa de los Recursos Naturales, Humanos y Culturales Mixes (CODREMI), conformado en 1979, fue la base para la futura creación de la radio, pues consideraba a un medio de comunicación ayuujk como uno de los objetivos dentro del Plan de Desarrollo Comunal. El proceso de la radio inicia en 1983 con la idea de utilizar la tecnología de los medios de comunicación. “Entonces se replantea el uso de los medios de comunicación para el fortalecimiento de la vida comunitaria. En el contexto ayuujk, nuestra relación con el Estado siempre ha sido de respeto, así habían sido los procesos. Cuando hay alternativas y propuestas, la autoridad municipal y agraria —porque Oaxaca es uno de los estados en donde los municipios se rigen por usos y costumbres— comienza la gestión, como en este caso, en que habían comenzado con el proyecto de comunicación y la primer respuesta que obtuvimos de la SCT fue que harían todo lo posible para poner una repetidora de TV Azteca en la comunidad. Ese era el imaginario y el referente de lo que necesitábamos: ver las telenovelas”, cuenta Sócrates durante el 1er Seminario Nacional Medios de comunicación indígenas y comunitarios en la UNAM.

Ante las respuestas del Estado, alejadas del contexto cultural de la comunidad ayuujk y del proyecto de un medio de comunicación comunitaria, en Tlahui comenzaron las gestiones para desarrollar proyectos de comunicación realizados desde la comunidad. En la década de los noventa ya se contaba con un Centro de Producción Radiofónica (CPR) que se encontraba en el Centro de Capacitación musical y desarrollo de la Cultura Mixe (CECAM) donde Odilón Vargas —quien participa hasta la fecha— transmitía con 1 watt de potencia, invitando a otros jóvenes a unirse al proyecto. Posteriormente en el Bachillerato Integral Comunitario Ayuujk Polivalente (BICAP), dos jóvenes conocidos como “Los Rubenes”, comenzaron a grabar programas en mixe que enviaban a la radio indigenista de la CDI “La Voz de la Sierra”, para que fueran transmitidos en Guelatao. También se buscó el desarrollo de un canal de TV local pero resultó aún más complicado que la gestión de una radio comunitaria.

Estas iniciativas de medios comunitarios sentaron las bases y las inquietudes para que en el 2001 un grupo de jóvenes conocidos como los chapingueros (originarios de Tlahuitoltepec que estudiaban en la Universidad de Chapingo), en colaboración con un grupo de estudiantes que formaban parte de la K-Huelga —radio de la huelga de la UNAM de 1999—, realizaran durante las vacaciones de verano un primer transmisor casero que transmitiría con 200 watts de potencia durante un año.

La radio recibe entonces el nombre de Jënpoj, palabra compuesta por dos palabras: jëën que significa "fuego" y poj, que significa "viento”. “Fuego se conceptualiza en el sentido trascendental y no literalmente, fuego que es toda la tecnología que ha inventado la humanidad para transmitir su voz, que funciona con energía eléctrica y otras energías que dan movimiento a las máquinas. Y donde viento no es solamente aquel que se respira, sino también viento que se escucha, se oye, se sintoniza, viento que transporta palabras, voces, ideas, música, pensares, sentires, etc. El viento, además de fuente de vida, como puente de comunicación”, cuenta Floriberto Vázquez, quien participó desde los comienzos de la radio, en su tesis Radio JënPoj 107.9FM: Experiencia de radiodifusión comunitaria en Tlahuitoltepec Mixe, Oaxaca, México (2009).

Esta tercera generación de jóvenes transmitió durante un año desde el aparato que se construyó en colaboración con estudiantes de la UNAM. Todos los fines de semana de 6am a 6pm en una casa que les prestó una familia, una grabadora y una consola con un micrófono congregaban a distintas voces que se interesaron en participar. Se pasaba música, desde rock, punk y rancheras, hasta música de protesta como José de Molina, Víctor Jara y Carlos Puebla. La tarde se dedicaba a los sones mixes.

Desde su casa en Tlahui, Floriberto Vázquez recuerda sonriente los primeros días de la radio: “Anunciaron por el altavoz del municipio ‘Vamos a probar en este día la radio, está en tal estación y a ver si lo sintonizan’. Y fue al siguiente día que me incorporé, ya con la transmisión.  Yo tampoco tenía idea de la radio, creo que nadie la tenía. El referente más próximo que uno tiene son las radios que se escuchaban por acá, después uno descubre que son comerciales y que son de Veracruz”.

Pronto la Autoridad Municipal otorgó a la radio un pequeño cuarto frente al Palacio Municipal para transmitir desde ahí. La nueva cabina al centro de la comunidad permitió a la gente acercarse, conocerla y participar colectivamente; con sorpresa de escuchar la lengua ayuujk en aquel aparato que antes sólo transmitía las frecuencias en español que se colaban por el aire desde Veracruz. La participación y el apoyo de la autoridad desde los primeros pasos de la radio establecieron una relación legítima del proyecto radiofónico con la comunidad.

El 7 de agosto de 2002, la Dirección General de Sistemas de Radio y Televisión de la SCT, mandató a su delegación en Oaxaca a cerrar la emisora con la intervención la policía Preventiva y la Policía Ministerial. “Se introdujeron de manera violenta en la radiodifusora que operaba en la Casa comunal, espacio común de la comunidad. Los inspectores de la SCT incautaron el equipo de la radio, un pequeño transmisor, una grabadora para discos compactos, un walkman, un micrófono, diferentes casetes y discos compactos, no sin antes amenazar con encarcelar a la gente. El aseguramiento se basó en la denuncia presentada por un miembro del Ejército Mexicano (…) que denunciaba la existencia de emisoras “clandestinas” entre las que estaba la emisora de Santa María Tlahuitoltepec” (Calleja y Solís, 2005)

El decomiso de una radio comunitaria —tanto indígena como no indígena— no solo violenta el derecho a la libertad de expresión como un Derecho Humano fundamental, sino también el derecho a la información y a la comunicación como público receptor, “la relación dialógica entre quien emite el mensaje y quien lo recibe, una relación que permite que los receptores también sean generadores de mensajes y productores de comunicación” (AMARC, 2014). En el caso de los comunicadores indígenas, esto representa una violación a un derecho establecido en el Artículo 2 de la Constitución Mexicana en donde se reconoce y garantiza “preservar y enriquecer sus lenguas, conocimientos y todos los elementos que constituyen su cultura e identidad” especificado en el inciso B, fracción VI mandata de la Federación, los estados y municipios a “establecer condiciones para que los pueblos y las comunidades indígenas puedan adquirir, operar y administrar medios de comunicación en los términos que las leyes de la materia determinen ” (además de otros documentos internacionales firmados por el Estado mexicano, como el Artículo 16 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas).

El cierre de la emisora se convirtió en un capítulo central de la historia de esta radio comunitaria y dio voz a muchas radios más; incluso llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos como un caso en materia de libertad de expresión. Cuenta Rubén Martínez, locutor del noticiero vespertino desde hace 7 años: “Se mundializó esta parte de la libre expresión, sobre todo el derecho de los pueblos indígenas a operar los medios. De eso nos dimos cuenta en el proceso: pensábamos que estábamos libres, pero en realidad no. Entonces operar una radio era bastante difícil: técnicamente es fácil, legalmente es difícil, y esa ha sido siempre la cuestión”.

A partir de este momento, tanto el colectivo de la radio como su público, al igual que otras radios comunitarias durante el mismo año, se encontraron con la regulación de un marco legal de telecomunicaciones que entiende como delito transmitir en frecuencia radiofónica sin permiso, y que se permite la facultad de decomisar equipos, sin previa multa o advertencia. También se encontraron con la AMARC. “Desde que comenzamos era normal decir ‘radio comunitaria’ porque hay servicio comunitario, hay fiestas comunitarias, la tierra es comunal, hay muchas actividades que son comunitarias (el tequio, por ejemplo) y entonces era parte de esas actividades. Nosotros nos dimos cuenta después, cuando nos quitan el equipo y llega la policía y encontramos un movimiento de radios comunitarias a nivel mundial que es AMARC”, recuerda Sócrates al final del noticiero matutino que trasmite todos los días a las 7am.

El decomiso generó una reacción a nivel comunitario que reflejó el interés común por tener un medio de comunicación en ayuujk con contenido local. Se convocó una asamblea comunitaria donde se plantearon dos alternativas: solicitar el permiso a la SCT o continuar sin él. Recuerda Floriberto Vázquez: “Y fue ahí, cuando nos dijeron ‘es que ustedes están violando la ley general de no se qué y es pirata’. Nosotros estábamos haciendo medios en la comunidad, hablando nuestra lengua y poniendo música de cualquier género. Al menos yo ni siquiera sabía que había una ley y que el Estado era el propietario del espacio radiofónico, del espectro radioeléctrico y dices ‘¿Qué palabras son esas?’”.

Al interior de la comunidad la decisión fue proceder con el permiso. El trámite que duró 3 años con asesoría de AMARC. Desde entonces cada año se realiza una reunión entre el nuevo cabildo y los integrantes de Jënpoj para presentar el proyecto anual y confirmar el apoyo que la autoridad otorga desde entonces para pagar la luz y el sueldo de un técnico que esté de planta en la cabina, además de brindar el espacio de la emisora, también en la Casa Comunal. En palabras de Sócrates  “el permiso fue una decisión, no teníamos espacio ni registro y la asamblea dijo ´busquen las maneras´ fue a través de una A.C que se pudo lograr, porque no existíamos en la ley Estatal. Es un debate pendiente, porque tenemos que obedecer algunas condiciones, como pasar spots de partidos políticos, que no tenemos en la comunidad”.

El 6 de diciembre de 2004, el gobierno federal otorgó finalmente el permiso a la radio, y con apoyo de la CDI se reequipó la nueva cabina con un transmisor de 1000 watts. Desde entonces, la radio Jënpoj tiene el derecho a transmitir en la frecuencia 107.9FM, y debe ajustarse a una serie de condiciones de la Ley Federal de Telecomunicaciones. La obligación de transmitir 24 horas al día implicó una reestructuración en el funcionamiento de la radio, exigiendo una programación más amplia y mayor compromiso de los participantes. Se optó por contar con un técnico que trabajara con horario fijo y un sueldo cubierto por la autoridad comunal que atiende la radio ocho horas al día y facilita el funcionamiento de la programación. 

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Andrés y Esmeralda, conduciendo la hora infantil de Radio Jënpoj.

Desde que comenzó, la radio Jënpoj transmite a partir de un compromiso comunitario, buscando sus propios medios y herramientas para continuar transmitiendo de manera autogestiva. En 2005, se consiguió un plato satelital con apoyo de la comunidad. En 2006, se formó el colectivo de mujeres y desde entonces se encarga de la programación del fin de semana, generando un controvertido reconocimiento dentro de la comunidad y un espacio para su voz y participación en el medio de comunicación comunitario, donde abordan temas de género,  derechos de las mujeres, medio ambiente y una variada programación musical que se decide en colectivo. En 2013, Santa María Tlahuitoltepec fue la sede para la Cumbre Intercontinental de Comunicación Indígena, donde recibió con talleres y celebraciones el diálogo de diversos medios comunitarios de México y América Latina.

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Alumnos de UNICEM en diálogo con las Regidoras de Salud y Educación como invitadas, en el marco de su proyecto radiofónico universitario.

Dentro de la programación también se creó una hora infantil, donde los niños que quieren participar en la radio aprenden a manejar la programación y los controles para transmitir cuentos en español y en ayuujk, así como fábulas y canciones infantiles. Las escuelas, desde primaria hasta el BICAP (Bachillerato Integral Comunitario Ayuujk Polivalente) y la UNICEM (Universidad Comunal Intercultural del Cempoaltépetl), se ha articulan con la radio a través de tareas y proyectos de producción de programas o cápsulas, así como la posibilidad de realizar el servicio social en la cabina. Como cuenta Agriselda Martínez, coordinadora del área de mujeres en 2015, “es un proyecto enorme, que parece muy chiquito”, y es que la cabina de la radio Jënpoj contiene en pocos metros cuadrados, la historia de un medio de comunicación comunitario. No ha sido un camino fácil, tampoco armónico como tiende a idealizarse la comunidad y “lo comunitario”, ha sido un camino dinámico y de contienda, de pruebas, errores y de aprendizaje colectivo.

Mientras los locutores narran la final desde Guelatao, Estela permanece atenta dentro de la cabina de Tlahuitoltepec. Es una joven mixe de 25 años que es parte del colectivo de mujeres Jënpoj y se encarga de recibir la transmisión a través de un dominio de Internet y retransmitirlo por las ondas FM que alcanzan los radios de la comunidad. El público aumenta de un promedio de 4 a 40 ciber-radioescuchas que viven la emoción del partido y envían mensajes a través de diferentes lugares del mundo, desde los que se conectan a Internet para escuchar la transmisión de una comunidad que defiende su derecho a operar un medio de comunicación comunitario en la parte alta de la Sierra Mixe.

“Las estaciones sin concesión nos afectan a todos”, dicta la campaña del IFT que busca a las radios sin concesión como ladronas de una película de vaqueros. ¿Y no nos afectan los intereses políticos y económicos que hacen del espectro radiofónico un espacio de censura y campañas electorales? ¿O será que conocen muy bien el poder de los medios de comunicación y prefieren distanciarlos de adjetivos como “comunitario” “autogestivo” o “independiente”?  

Frente a esta campaña, surge la campaña afirmativa Otros medios, otros mundos. Nuestros medios, nuestros mundos que impulsaron durante el mes de mayo diferentes medios comunitarios e indígenas y organizaciones comunitarias de todo el país para difundir la labor de este tipo de medios. Se sumaron diferentes organizaciones y colectivos de la sociedad civil con el uso del hashtag #ComunicarEs, que produjeron  material audiovisual, con el fin de difundirlo y compartir los significados de la comunicación desde una perspectiva diferente a la que vemos y escuchamos comúnmente en los medios: una perspectiva comunitaria, indígena y ciudadana.

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Las organizaciones del Grupo de Incidencia en Políticas Públicas para los Medios de Comunicación Comunitarios e Indígenas (GIPPMCCI) solicitaron una reunión con el Pleno del IFT el pasado 26 de mayo y plantearon los temas urgentes para avanzar hacia una administración del espectro radioeléctrico basada en principios de diversidad, equidad y pertinencia cultural. “Para ello, entre otras exigencias, estuvo facilitar el trámite de concesiones comunitarias e indígenas respetando los derechos colectivos de los pueblos indígenas que deben poder ser igualmente ejercidos en el uso del espectro. También se recordó la obligación pendiente de emitir los lineamientos sobre pluralidad recordando que deben garantizar la incorporación de contenidos indígenas y en lenguas indígenas para concesionarios comerciales y públicos”.3

La campaña generó acciones de diálogo y visibilización que difunden en la inmensidad de Internet las exigencias para avanzar hacia un marco legal donde quepa la diversidad cultural en los medios de comunicación. Entre las imágenes de la campaña, aquella diseñada por Radio Erandí de Michoacán menciona que “en México solo existen 20 radiodifusores comunitarias e indígenas con permiso del Estado, el 80% de las estaciones comerciales están en manos de consorcios propiedad de 13 familias”. Estas cifras deberán cambiar en un país que se reconoce como pluricultural desde 1992 y que hoy reconoce a las radios comunitarias e indígenas en su espectro radiofónico.

Los micrófonos, las ondas radiofónicas y el Internet se articulan como  herramientas de comunicación para muchas comunidades y organizaciones de la sociedad civil. Hoy se defiende el aire como se ha defendido la Tierra por tanto tiempo, y el encuentro entre la comunidad y la radio continúa su viaje desde diferentes emisoras cargado de saberes, de tequio, de sones, historias, lenguas y transita por el aire que las comunidades han recuperado como un espacio para la voz y la identidad.

 

Bibliografía

Asociación Mundial de Radios Comunitarias México A.C y Red de Radios Comunitarias de México (2014) Segundo informe sobre la situación de la radiodifusión comunitaria en México. Freedom House: México.

Asociación Mundial de Radios Comunitarias México A.C y Red de Radios Comunitarias de México (2014) Manual para comunicadores/as comunitarios/as. Para entender las reformas legislativas en derechos humanos-protección y telecomunicaciones, Freedom House: México.

Calleja, Aleida y Solís, Beatríz (2007) Con Permiso. La radio comunitaria en México. AMARC/AMEDI: México.

TESIS. Vázquez Martínez, Floriberto (2009) “Radio JënPoj 107.9FM: Experiencia de radiodifusión comunitaria en Tlahuitoltepec Mixe, Oaxaca, México” Tesis de Licenciatura en Sociología de la Universidad Veracruzana.


1 http://bit.ly/2cOcmaI

2 http://bit.ly/2c3IWIm

3 http://bit.ly/2ci7pqF

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Según datos de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, alrededor de 500 mil indígenas viven en la capital del país, de los cuales más de 120 mil hablan su lengua materna: 33 mil hablan náhuatl; 13 mil mixteco; 12 mil otomí; 11 mil mazateco, y el resto totonaca, mazahua, maya, purépecha y tlapaneco, entre otras casi 50 lenguas.1 Es decir que el manto de concreto que cubre y supera el Valle de México hoy cuenta con una diversidad lingüística casi tan amplia como la de todo el país: 50 lenguas que transportan en la oralidad una riquísima diversidad de miradas que observan el mundo y se relacionan con él de maneras diferentes. ¿Dónde encontrar la voz de tantas personas indígenas que habitan la ciudad? ¿Dónde están esas lenguas en los medios de comunicación escritos, en la televisión y en la radio?

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Con estas preguntas me encuentro con Apolinar y Pedro González Gómez, miembros de la Asamblea de Indígenas Migrantes de la Ciudad de México (AMICDMX) ubicada en un pequeño departamento sobre Calzada de Tlalpan. Dos hermanos ayuujk (mixes, en español) originarios del rancho Flores, en Santa María Tlahuitoltepec, Oaxaca, que migraron a la capital del país hace más de 25 años cuando aún cursaban la educación básica. La AMI se formó en 2001 cuando diferentes organizaciones indígenas en la Ciudad de México (zapotecas, mixes, mixtecas, nahuas, triquis, entre otras) se juntaron para crear un espacio propio en donde pudieran dialogar, intercambiar saberes y llevar a cabo las reuniones que ya realizaban en espacios públicos como parques y plazas, así como construir un espacio comunitario que diera lugar a aquellos elementos que comparten algunos pueblos indígenas como la colectividad, las asambleas, la ritualidad y el tequio (el trabajo obligatorio y gratuito de todo comunero conocido también como manovuelta, tequil o faena). “La Asamblea está sobre Tlalpan, entras y te encuentras con un espacio así: diferente, con otra concepción. Sales y ves el Metro como una expresión de la modernidad, de la metrópoli. La AMI refleja la posibilidad de comunidad en el espacio metropolizado”, me comenta Pedro quince años después de haber comenzado a imaginar la posibilidad de un espacio comunitario de este tipo en la Ciudad de México.

Frente a la puerta de entrada se encuentran repisas de zapatos y prendas realizadas con telar de cintura por la organización “Zapaz Telar”, así como artesanías de distintas organizaciones indígenas que en la AMI encuentran un espacio para su venta. A un lado, hay una mesa cubierta por pilas de libros que se venden como parte de los ingresos que la Asamblea se esfuerza por sumar para pagar la renta del lugar.  La terraza continua está iluminada por un mural de un corazón rojo protegido por una enredadera. “Ha de ser de alguien que comió mucho frijol y se le quedó uno atorado en el corazón”, me dice sonriente Pïïëjy (“flor” en mixe), la hija pequeña de Apolinar.

Desde que la AMI obtuvo el espacio para el desarrollo de diversas actividades: asambleas, rituales, la formación de la banda filarmónica infantil indígena Frida Sabina, cursos de computación con software libre, talleres de radio comunitaria, presentaciones de libros, diplomados multidisciplinarios, talleres de son jarocho y telar de cintura, entre otros, uno de los pequeños cuartos dentro del departamento fue reservado para convertirse en una cabina de radio. Mide 2×4 metros aproximadamente, las paredes forradas con hule espuma para mejorar la acústica rodean la mesa de madera cubierta por un mantel tejido. Un largo micrófono se extiende desde una de las esquinas apuntando al centro de la mesa, para capturar las diversas voces de los participantes. Separada por una ventana está la cabina de controles, donde Apolinar comparte la producción radiofónica a la inmensa posibilidad de radioescuchas en Internet, a través de una computadora y una consola. Desde ahí se difunden los programas que se llevan a cabo de manera itinerante, invitando a personas que tengan alguna relación o experiencia con población indígena en la ciudad. El micrófono está abierto para todas las lenguas, así como para las voces de académicos, profesionistas, estudiantes y en general quien esté interesado de ser parte del espacio radiofónico de la Asamblea.

Antes de instalar la cabina, algunos de los integrantes de la Asamblea ya contaban con experiencia en radio (habían participado previamente en Radio Educación con el productor Sergio Canales y en el espacio de Perfiles Indígenas en Radio Ciudadana). Esta experiencia, cuenta Pedro, quien también coordinó el libro Gobernabilidad desde los pueblos indígenas en las ciudades (2015)  “nos empoderó no solamente al hablar en español, sino también en nuestra lengua, y así fuimos llegando a las estaciones y hablábamos en nuestro idioma. Ahí aprendí cómo reaccionaba la gente sorprendida, yo creo que hasta se preguntaban si era una lengua. Eran programas delineados, hablábamos sobre los pueblos indígenas, los indígenas en la ciudad, sobre los niños y la lengua, la discriminación y muchos otros temas”.

“Ahí conjuntamos un equipo con zapotecos y mixes para abrir nuestra cabina y contar con un equipo básico para hacer nuestros programas. Lo nuevo era que antes participábamos como invitados en distintas estaciones externas, mientras que aquí el reto fue tener que asumir todo: la conducción con preguntas y diálogos, –no esperar a que alguien te preguntara algo sino generar una dinámica–. Además, creo que es valioso comentar que técnicamente nunca dependimos de alguien de forma externa: Polo [Apolinar] se ponía a investigar cómo se transmitía, lo hicimos desde un principio por Internet porque era el canal que se podía sacar; no tenía sentido hacer programas que no tenían salida. La página que teníamos nos ayudó a producir radio, de lo contrario no podíamos hacerlo”.

Desde entonces existe un centro de producción radiofónica al oriente de la Ciudad de México: la AMI encontró en el Internet la posibilidad de generar contenido y transmitirlo a través de los canales de comunicación que ofrece la inmensidad del ciberespacio.  Una pequeña cabina que enciende sus micrófonos algunos viernes por la tarde y siempre que sea solicitada para hacer uso de este espacio comunitario. Un lugar que hace de la radio un medio de expresión y una posibilidad de comunicar desde la experiencia ciudadana, sin títulos en periodismo ni currículums de por medio. Los micrófonos de la AMI transmiten noticias sobre los pueblos indígenas y diálogos con distintas voces que habitan la ciudad. Se escucha la voz de un joven de padres mixes que nació en Ciudad Nezahualcóyotl y el proceso identitario de una joven triqui que creció en Iztapalapa, dialogan estudiantes del curso de náhuatl de la UNAM, una estudiante de antropología social de origen otomí comparte su compromiso con la enseñanza de lenguas indígenas, se escucha la voz de músicos purépechas, y conversaciones entre jóvenes del Observatorio de Inclusión Indígena, miembros de la CDI y docentes de la Universidad Pedagógica Nacional y la Universidad Autónoma Metropolitana, entre otros.

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Después de la transmisión del programa en vivo, Apolinar sube el contenido a la página web de la Asamblea en formato de podcast, donde puede ser escuchado en cualquier momento posterior a la transmisión. Esta herramienta es uno de los factores que transforma la radio a través de Internet, pues no solo cambia las prácticas de los radioescuchas, sino que también transforma su carácter efímero para permanecer en la nube de Internet y reproducirse cuando el radioescucha lo desee. Como menciona el antropólogo Néstor García Canclini (2012): “la jerarquización la pone el usuario, con la sola limitación de los repertorios disponibles”.

La radio, inmersa en la nueva “cultura visual” en que las pantallas cada vez más portátiles y accesibles privilegian a la imagen, ha permanecido en el escenario mediático como el medio electrónico con mayor alcance en el mundo: un aparato doméstico, accesible y sencillo que se ha ganado un lugar en los hogares y en la vida de las personas en todo el mundo. Sin embargo, el espectro radioeléctrico que nos permite elegir entre una estación y otra es considerado un espacio finito y su administración (en México y en el mundo) se encuentra en manos del Estado como el órgano regulador de este “bien nacional”. En la Ciudad de México el espectro radioeléctrico está saturado, acaparado por estaciones comerciales y Estatales.

Radio AMI, al igual que otros proyectos radiofónicos en Internet (como el Laboratorio Popular de Medios Libres, NoFM-Radio, Radio77, Neza Radio, entre otros) responde como una alternativa colectiva al espectro hegemónico y comercial que acapara el aire urbano. Si bien el acceso a Internet es más limitado que el de la radio análoga y requiere de una alfabetización digital, las voces encuentran en la web el espacio que resulta inaccesible en el espectro radioeléctrico.

“Si el ejército va a las comunidades y se llevan todos los equipos [decomisándolos] para que no haya frecuencias que no estén concesionadas , en esta ciudad es mucho más difícil, no hay frecuencia ni espacios para las organizaciones. Algunos grupos sociales que han tenido posibilidad como la Radio K-Huelga (en la UNAM) o la Radio Zapote (en la ENAH) han sido por las condiciones que tienen como instituciones, pero como organización inmediatamente nos cierran. En algún momento solicitamos tener una frecuencia pero nos dijeron que no es posible tener un espacio”, cuenta Apolinar quien, además de ser miembro activo de la AMI, es profesor de Informática en la Universidad Iberoamericana.  “Por la convergencia de tantas personas que vienen de muchas comunidades indígenas, debería de haber posibilidades de hacer o de utilizar espacios de los medios –como de radio y de televisión–, pero en realidad no hay nada de eso, tal vez solo el programa de Mardonio Carballo en el Canal 22, que habla en náhuatl”.

Mardonio Carballo se ha convertido en un referente de la participación indígena en los medios de comunicación a través de su programa de televisión “La Raíz Doble” y su participación en el programa de radio de Carmen Aristegu en MVS durante muchos años. Sin embargo, el poeta y periodista nahua originario de Veracruz tuvo que recurrir a un amparo en relación al Artículo 230 de la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión (LFTR), el cual establece desde la reforma de 2014 que las transmisiones de radio de las emisoras que no cuenten con concesiones de uso social indígena deben hacerse “en lengua nacional”, es decir, en español) Esta Ley, dice Aleida Calleja (ex representante de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias y ahora Coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Regulación, Medios y Convergencia) “es una regla totalmente discriminatoria que limita la posibilidad de aquellos que son y hablan un idioma indígena lo puedan hacer en los medios electrónicos. Les impide a medios comerciales, públicos y comunitarios no indígenas, transmitir expresiones en lengua indígena” (Sin Embargo, 2014).

Después de un largo proceso legal, en enero de 2016, la Suprema Corte le concedió el amparo a Mardonio Carballo en el cual el Estado reconoce el derecho de las personas indígenas de acceder a las concesiones comerciales sin que su lengua represente un obstáculo. Habrá que ver si la decisión de la Suprema Corte trasciende del papel a las ondas radiofónicas que viajan en las ciudades y en la diversidad de su contenido

Además de hallar en Internet un espacio ilimitado, la AMI ha encontrado en el Software Libre una herramienta de comunicación comunitaria. En palabras de Pedro: “es un sistema que aprovechamos como una herramienta más adecuada y favorable para el fortalecimiento de los contenidos con las propias características de los pueblos. Creemos que es una herramienta tecnológica que puede adaptarse, no es cerrado como el software privado, es un sistema que podemos adecuar al uso de los medios de comunicación de los pueblos indígenas”. Los principios del Software Libre se han adoptado como una alternativa para el desarrollo de la tecnología y han sido utilizadas por aplicaciones como Libre Office, Inkscape y Mozilla Firefox. Éste último, por ejemplo, cuenta también con una plataforma llamada “Mozilla México” con el slogan “Creemos que Internet debe permanecer público, abierto y accesible”,  cuya finalidad es traducir el buscador a las diversas lenguas del país.

El movimiento del Software Libre comenzó en 1984, con el Proyecto GNU2 al promover una campaña para que los usuarios de las computadoras pudieran controlar sus tareas sin someterse a un software previamente instalado, permitiendo al usuario ejecutarlo, modificarlo y mejorarlo. Desde el primer boletín del sistema operativo GNU, se definieron 4 tipos de libertad: la libertad de ejecutar el programa para cualquier propósito (sin restricciones de tiempo o espacio como “la licencia expira el 1º de enero de 2004»” o “No debe ser usado en el país X”), la libertad de estudiar cómo funciona el programa y de adaptarlo a sus necesidades (no tiene restricciones legales o prácticas sobre la comprensión o modificación de un programa, o la obligación de comprar licencias especiales o la firma de acuerdos de no divulgación), la libertad de redistribuir copias (el software puede ser copiado y distribuido virtualmente sin costo) y por último, la libertad de mejorar el programa y poner las mejoras a disposición del público, para que toda la comunidad se beneficie (permite a aquellos que no tienen el tiempo o las habilidades para resolver un problema, puedan acceder indirectamente a la libertad de modificación).

Para Apolinar, autor de Radio Comunitaria por Internet con Software Libre (2012), la radio a través de Software Libre es una forma de innovar, más allá de resistir. “Falta mucho por hacer, creo que es una tarea de todos ir trabajando y colaborando de esta forma, pero yo creo en ir construyendo juntos. También esperaríamos que haya una construcción por parte del gobierno de la Ciudad de México, que exista el permiso para que podamos tener nuestros propios medios, no que sigamos aceptando que nos den un espacio en Televisa o T.V Azteca, sino que la política corresponda a nuestro derecho de hacer nuestros propios medios, de radio, de televisión y en diferentes plataformas. Sobre todo llegar a un acuerdo de ir construyendo juntos. Si bien es cierto que es parte de una lucha de los pueblos, no lo es necesariamente: también como ciudadanos mexicanos y ciudadanos del mundo se tiene el derecho de hacer uso de las tecnologías. Esto es importante para que no se crea que estas exigencias están en contra del Estado y de los medios de comunicación. No, es una situación que crea el propio Estado y los dueños de los medios. Provocan la necesidad de crear formas alternativas porque no te sientes incluido dentro del modelo que se desarrolla en términos del uso y manejo de los medios”.

“En este país los medios de comunicación están definidos como empresas privadas. Aunque haya un avance en términos de comunicación y en el hecho de que cada vez llegan a los rincones de los pueblos más alejados, éstos están cubiertos desde la lógica de las empresas. Eso le da una dimensión completamente distinta a lo que demandamos los pueblos, a este tipo de experiencias en el sentido de tener acceso a los medios como un derecho humano que organismos como la ONU incluyen como derechos a las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TICs). Por lo tanto, los medios de comunicación deberían ser usados en donde la sociedad civil también pueda definir sus contenidos: ciudadanos y sectores con particularidades como los pueblos indígenas, que tienen sus lenguas, su cosmovisión y su forma de utilizar los medios para consolidar la vinculación y la comunicación de la gente de la comunidad. Intercomunitario o inclusive “interpueblisindígenas”.

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Después de quince años, este mes de julio la Asamblea de Migrantes Indígenas de la Ciudad de México cierra sus puertas en Tlalpan 498 y termina un ciclo que se renueva en la búsqueda de un nuevo espacio para seguir compartiendo el pensamiento de los pueblos indígenas en el espacio urbano. Una experiencia de 15 años compartida entre pueblos originarios y migrantes de diferentes generaciones;  entre comunidades ayuuk, zapotecas, mixtecas, nahuas y todas las personas que han compartido en ese espacio la posibilidad de hacer de un departamento de concreto en plena ciudad de México, un espacio de colectividad. Un espacio lleno de posibilidades, donde se baila son jarocho, se agradece a la Madre Tierra y se pide por un buena temporada de siembra. Un espacio donde niños indígenas de la Ciudad encontraron la posibilidad de formar una banda filarmónica y donde muchas voces se encontraron en el micrófono de la radio y en el diálogo colectivo. Un espacio dinámico y de contienda, como toda comunidad, inmerso en un mundo globalizado cuyo actor principal es el individuo. “Esta ciudad es un monstruo, y para enfrentarlo, hay que volver a la colectividad”, afirman en 10 años de experiencia comunitaria y SoftwareLibre.

La AMI sienta un precedente importante en el uso y apropiación de las tecnologías por parte de los pueblos indígenas en las ciudades; en el diálogo y consenso sobre las demandas políticas, sociales y culturales de la Ciudad de México y en el debate sobre las políticas públicas del Estado con pertinencia cultural. Un espacio en donde se ve, se escucha y se siente la diversidad cultural de esta urbe que ha invisibilizado a las lenguas que dialogan entre sus calles y edificios. La experiencia de la AMI trasciende también en las publicaciones que editaron con apoyo de la Fundación Rosa Luxemburg Stiftung y en la página de la Asamblea que seguirá haciendo del ciberespacio un medio donde la voz de los pueblos no necesita concesiones. 

El Internet y el Software Libre continúan abriendo espacios que fueron cerrados por el espectro radiofónico saturado de la Ciudad de México. Cada vez es más grande la oferta de proyectos radiofónicos que responden como alternativas a la hegemonía de los medios de comunicación en una ciudad en donde deberíamos tener la posibilidad de escuchar 50 lenguas diferentes, y tantas voces más, que buscan dónde ejercer el derecho a la libertad de expresión y el acceso a las tecnologías de información y comunicación.

 

Bibliografía

Asamblea de Migrantes Indígenas de la Ciudad de México (2011) 10 años de experiencia comunitaria y software libre, Fundación Rosa Luxemburg Stiftung: México.

García Canclini, Néstor (2012) “La radio aclara ciertas dudas” Conferencia Magistral en la 9na Bienal de Radio, Teatro de las Artes, CENART, México, D.F, 2 de octubre.

González Gómez, Apolinar (2012) Radio Comunitaria por Internet con Software Libre, Fundación Rosa Luxemburg Stiftung: México.

González Gómez, Pedro (coord.) (2015) Gobernabilidad desde los pueblos indígenas en las ciudades. Pertinencia Cultural. Asamblea de Migrantes Indígenas/Rosa Luxemburg Stiftung

Cordero, Laura, “Ley Telecom discrimina lenguas indígenas: radios comunitarias interponen amparos” 14 de octubre de 2014, en Sin Embargo en línea http://bit.ly/2am1uzJ, fecha de consulta 21/11/2015.


1 Cifras citadas durante la II Fiesta de Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México celebrada el 27 de agosto de 2015, en el discurso inaugural  del Secretario de Cultura Eduardo Vázquez Ver comunicado de prensa, http://bit.ly/2atUK1V

2 http://bit.ly/2aJtbpW, fecha de consulta 20-octubre-2015.

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