En la Montaña de Guerrero, el pueblo de Hubert Matiúwàa, la poesía se llama de muchas maneras. Él ha decidido hacer de ésta un acto de resistencia frente a las realidades impuestas que le quitan voz a los otros. En la siguiente entrevista, el autor de Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira nos abre las puertas de su memoria y la de su pueblo, una memoria viva, presente, de raíz profunda.

Hubert Martínez Calleja creció en la Montaña de Guerrero. Ahí aprendió a mirar y a nombrar al mundo desde la lengua mè’phàà. También aprendió a escuchar la tradición oral, donde encontró la columna vertebral de la memoria y existencia de su pueblo. Pronto comenzó a contar las historias de su propio tiempo y a hacer de la poesía una forma de nombrar el dolor y la violencia que habitan aquel territorio donde se encuentra su identidad.

Como autor de Tsína rí náyaxaa / Cicatriz que te mira y Las sombrereras de tsísídiin, Hubert recibió en 2016 el Primer Premio en Lenguas Originarias Cenzontle 2016 y el Premio de Literaturas Indígenas de América en 2017. Con versos en mè’phàà que traduce al español, comparte su vivir en la Montaña desde dos memorias que lo acompañan siempre junto con su sombrero y su gabán: la del pueblo de su padre en Zilacayota, municipio de Acatepec, y la de El Obispo, el pueblo de su madre en Malinaltepec.

La memoria como territorio

“Cuando uno es de dos lugares tiene la ventaja de construirse dos memorias que significan dos territorialidades. Es una ventaja porque construyes la memoria en el lugar donde lloraste, donde estuviste muy triste o donde estuviste contento; donde te peleaste con tu amigo, donde te caíste o donde te pasó algo. Cuando creces en un lugar aprendes a nombrar el mundo y a todas las cosas que existen ahí, construyes y nombras ese territorio que va a pasar a ser una memoria viva, una que no nada más es tuya sino que es de toda una generación que te antecede.”

El joven tlapaneco también lleva esa memoria en su nombre de poeta: Hubert Matiúwàa, del gentilicio Mbò matha yúwaá’ o “lugar de la guía de calabaza”. El nombre que comparte conlas personas nacidas en algunos pueblos mè’phàà de Acatepec revive la historia que narra cómo un abuelo sagrado construyó la primera casa de la comunidad, junto a un largo tallo del calabazas que pertenecía a Akúun, el señor sagrado de la lluvia.

Así, para el poeta siempre vamos a mirar el mundo desde el lugar donde lo nombramos por primera vez, ese lugar que se vuelve territorio cuando lo asumimos como parte de nuestra memoria, cuerpo e identidad. Solo entendiendo al territorio como parte de nosotros podremos defenderlo de la violencia y las políticas extractivistas que han llevado al desplazamiento, tanto de los pueblos originarios de la Montaña, como de muchas otras identidades.

La Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) define como desplazados internos a “quienes de manera individual o colectiva huyen o escapan de su hogar, del lugar donde viven o residen, hacia otra colonia de su mismo municipio, hacia otro municipio de su estado o hacia otro estado del país, para evitar ser víctima de una situación de violencia generalizada, de un conflicto armado, de violaciones a los derechos humanos, de catástrofes naturales o provocadas por el ser humano”. Identifica también diferentes razones de desplazamiento en categorías como episodios “por enfrentamientos armados”, “por temor fundado ante la violencia de las organizaciones criminales”, “por disputa territorial entre grupos criminales”, “desalojos con violencia”, “enfrentamientos entre grupos delincuenciales entre sí o entre grupos delincuenciales y agentes del Estado” y finalmente, otros episodios “sin especificar” ¿Cuántas otras violencias que parecen inclasificables tendrán cabida en esta última categoría? ¿Será que ahí entra también el desplazamiento lingüístico, por discriminación, o aquel consecuente de la pobreza extrema y los megaproyectos que arrasan con la tierra y los pueblos que la habitan?

Solo en 2017, la CMDPDH identificó 20 mil 390 personas desplazadas en México, de las cuales 12 mil 323 pertenecen a poblaciones indígenas. De las 5 mil 948 registradas en Guerrero, 3 mil 640 fueron indígenas, siendo la entidad con mayor número de casos después de Chiapas, donde se registró el desplazamiento de 6 mil 90 personas, todas indígenas.

“¿Cómo plantear una nueva identidad, cuando ya no tienes lugar para planteártela? La memoria no es nada más una cosa etérea, la memoria también es algo físico. Si regresas a un lugar y ya no encuentras nada, ¿dónde vuelves a replantearte esa memoria? ¿En qué espacio vuelves a recuperarla, si ya no existe? Tenemos que estar obligados a replantearnos nuevas formas de hacer memoria, ir pensando cómo vamos configurando nuestra identidad”, dice Hubert.

El mè’phàà para replantear nuestro presente

¿Cómo nombrar el tiempo que nos tocó vivir? ¿Cómo nombrar las violencias que antes no existían?, le pregunto al poeta mè’phàà.

“Hay nuevas realidades. Yo creo que todos hablamos desde un lugar en particular, que es ese donde tenemos nuestro ombligo, donde tenemos el territorio, donde nació nuestra voz y nos surgieron los ojos para mirar, comprender y caminar. Entonces si hay un tiempo violento como el que nos tocó vivir —siempre lo ha habido para los pueblos originarios— creo que es necesario hablarlo, porque al hacerlo marcamos un tiempo en la memoria.”

A través de voces como la suya, la memoria de su pueblo encuentra nuevas formas de ser contada. Recupera los aprendizajes de un pasado de colectividad y nombra nuevas realidades.

“Creo que todos tenemos que replantearnos qué somos, también dentro en las comunidades. En nuestra lengua hay una palabra que es el xó-, y es lo que yo he empezado a nombrar como el nosotros de los otros. El xó- tiene algo muy rico que es que para empezar a contar las historias de origen todos empiezan con un ‘cómo’: ‘Te voy a contar cómo le pasó al tlacuache cuando intentó comerse el chile’ o ‘te voy a contar cómo le pasó a un viajero que se perdió en el camino’, y empezar con un ‘cómo’ es importante porque a lo que hace referencia es a la experiencia, es decir que no existen verdades absolutas, sino que todos tenemos experiencias que contar en el mundo. Ese diálogo podría definir un camino de nosotros.”

Hubert encuentra en la lengua mè’phàà la posibilidad de reencontrarse con algunas prácticas comunitarias que se han olvidado entre tantos años de colonialismo y que representan soluciones para algunos conflictos de hoy. Propone observar el pasado para recuperarlas desde su propia interpretación del mundo y compartirlas con éste.

“Una de las prácticas que ha sido desplazada por líderes de partidos políticos es cómo se entiende un gobierno, porque desde afuera siempre se ha entendido en función del poder y así se han impuesto en los pueblos. En el mío, para elegir a un comisario —que es la máxima autoridad política—, se hace mediante el consejo de ancianos, se consulta, se reconoce su trabajo comunitario, se toma nueve días de ayuno y pasa por varios rituales para llegar a ese cargo ¿Qué pasa cuando aparecen los partidos políticos? Simplemente llega cualquier persona que no tiene la enseñanza de ser otros ni de compartirse en colectividad, solo está ahí en función del dinero y otros intereses. Entonces si queremos realmente regresar a otra forma de gobierno, tendremos que replantearnos una nueva política como pueblos”.

Un camino así acaba de tomar el municipio de Ayutla de los Libres, en Guerrero, cuando el 16 de junio, mediante usos y costumbres, la población desplazó a los partidos políticos para reconocer como forma de gobierno al primer Consejo Municipal Comunitario integrado por personas ñu savi (mixtecas), mè’phàà (tlapanecas) y mestizas.

Desde sus textos, Hubert también reconoce y hace una crítica al machismo que prevalece dentro de las prácticas comunitarias de la cultura mè’phàà.  Considera necesario mirar hacia atrás y replantear desde la comunidad los mecanismos que significan una violencia hacia las mujeres.

“En las comunidades indígenas es donde existe mayor nivel de feminicidios y violencia hacia las mujeres. En la Montaña ni se diga. Muchos de ellos no aparecen en los índices porque es una zona de exclusión donde no llegan los medios, pero también porque la violencia se ha normalizado; entonces, si en el pensamiento mè’phàà se plantea que todos tienen palabra, ¿qué pasa cuando una mujer no puede tener cargos comunitarios? Le estamos negando la palabra y eso es una contradicción. ¿Cómo solucionamos este tipo de problemas? Es muy importante mirar hacia atrás y encontrar esas respuestas para ir descolonizándonos y replanteándonos. Porque la violencia hacia la mujer ya existía, pero ahora existe con todas las relaciones en un mundo colonial”.

La poesía como reconfiguración del pensamiento

En la defensa del territorio desde la identidad y la memoria, Hubert recuerda a su abuela como su guía espiritual, quien a través de historias lo introdujo al pensamiento mè’phàà cuando pasaba los días con ella mientras sus padres trabajaban. “Me empezó a contar historias de mi pueblo, esas historias que muchos conocen como mitos pero que para nosotros son parte de la enseñanza de una cultura, la columna vertebral del pensamiento de los pueblos que es la oralidad, y eso justo se transmite a través de las historias de origen, porque todas tienen una justificación tanto ética como epistémica y política para un niño. Es una metodología muy profunda de enseñar el pensamiento propio. Si estuviera viva mi abuela yo le preguntaría cómo comenzó el canto de los pájaros y seguramente ella habría dicho algo que probablemente no existía, pero como ella pertenece a un pueblo, también recrea sus pensamientos. Siempre es necesario que un pueblo recree su propio pensamiento, eso lo mantiene vivo y con el tiempo pasa a ser parte de la memoria oral.

¿Se puede encontrar en la poesía esta reconfiguración del pensamiento?

“Creo que sí, hay muchas maneras de encontrarlo, sobretodo porque para los pueblos el lenguaje oral es como el eje medular del pensamiento. Creo que la poesía como tal siempre ha existido en los pueblos de distintas maneras, las historias siempre se han contado y eso ha permitido que un pensamiento se vuelva generacional. A lo mejor en este mundo se llama poesía, pero en mi pueblo se llama de mucha maneras. Es muy necesario que siempre existan personas que cuenten las historias de nuestros pueblos. Si no, seríamos un pueblos sin historia”.

Para Hubert, escribir es la prueba de que la cultura originaria también puede manifestarse en papel, siempre que no implique el desplazamiento de la memoria oral o la pérdida del diálogo y el hecho de narrar un cuento. Es decir, que contar una historia de origen no solo significa contarla, sino que tiene una ritualidad y un tiempo. ¿Para qué, en este caso, traducir y compartir el pensamiento mè’phàà con otras lenguas?

 “A nosotros nos toca ser traductores y escritores porque un pueblo que se cierra es un pueblo que tiende a desaparecer. Los pueblos siempre han tenido una lengua franca para comunicarse, y esa lengua ha sido siempre la lengua que ha mantenido el poder. Antes era el náhuatl y ahora es el español. Una lengua también es un pensamiento, al tener una lengua hablas y vives como un mundo cultural distinto, por eso es muy necesario responder a la pregunta ¿quién soy yo? para poder vivir en dos mundos sin que uno te absorba. Traducir para hacer de la memoria una memoria colectiva, una que sea de todos. Sobretodo si esa memoria es una de dolor, que sea colectivo, que sea para todos. Por que a través de ese dolor podemos aprender, mirar, y tomar la palabra.”

Fragmento de “Tsína rí náyaxaa / Cicatriz que te mira”

V
Mi’txà nidxá’nú ná mañuwìín,
xì’ñá ló’ nibrìgwíín gájmàá rè’è rí kíxnuu
khamí gúni rí mà’nè gamaku mikwíí,
xó ma’ nánà tsí nènè mbájàán,
nìmbrá’à nàkwá gájmàá iná skémba khamí iná láxà,
rí maxná nè xè’ khamí rí mà’nè nè asndo xó rí tàjáñáà’ xóó,
rí mà’tá nè rí xùù xuwià’ ngrigòò ná namàá.

Ná gu’wá ló’,
ndiyoò nìtsíkáminà’ siàn’ ná inuu ifíí,
ndiyóo nìkaxii àkhà’ ná awún guma,
khamí ná nànùu à’diá tsí nàngwá ni’goò màtànè nuwììn
nìtsíkáminà ixè rí nìndiàwà ló’

Rí magòò mudiìn ná jùbùún xi’ñán ló’,
nimbrá’án gájmàá àgú,
idò nìkaji’daán ná jàmbaà wajèn,
nìtsówòò i’dià agòò èjnà,
ná mbámbá nìkarawajwíìn
ndiyàà xùún khamí nìtsakhuramaà,
i’dià ni’thá xò’ rí xkwanii nùradíín angià’ ló’ tsí tsinìñà’ mijná,
mi xkwanii nandúùn mùradíín xugíín ijíín xuajiàn ló’.

V
Llegaste al amanecer,
los principales te recibieron con flores contadas
y humo para ofrendar a los cielos,
las mujeres que te criaron, envolvieron tus pies
con hojas de borracho y toronjil
para decir que no habías muerto,
que el olor de tu cuerpo andaba en la Ciénega.

En la casa vi arder de rabia los comales,
hincharse de sol las tortillas
y en el remolino del hijo que no conociste
se incineró de presagios la madera.

Para sembrarte en el vientre de tus viejos,
te envolvieron en petate
y en la procesión, hermano, goteabas a cada paso,
tu rastro nos decía que los cobardes matan a traición
y a traición quieren acabar con nuestro pueblo.

Hubert Matiúwàa, Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira, Pluaria Ediciones / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, 2018. Con ilustraciones de Filogonio Velasco Naxín.

 

María Alvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM-Iztapalapa.

 

El libro Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira será presentado este martes 7 de agosto en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

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Entre el verde infinito que anuncia la entrada a la Selva Lacandona, se asoma Abasolo. Es una comunidad tseltal del municipio de Ocosingo, Chiapas, en donde no existe el acceso a la telefonía celular ni a la radio, pero sí al internet que provee la red inalámbrica construida hace un año por el colectivo de jóvenes Ik´ta K´op.

La comunidad se encuentra a ochenta kilómetros de San Cristóbal de las Casas, a un lado de la carretera internacional que hoy atraviesa la milpa en donde se cosecha frijol, maíz y café. Tiene aproximadamente tres mil habitantes y es una de tantas comunidades rurales que son ignoradas por las empresas de telecomunicaciones, en un país donde la marginación no es rentable para la instalación de infraestructura, y el gobierno se conforma con el wifi instalado en el proyecto “México conectado”, que permite el acceso solo a diez personas simultáneamente en un área limitada frente al edificio Municipal.


Fotografías: María Álvarez Malvido

En respuesta a la necesidad de ejercer el derecho a la comunicación, Mariano Gómez, Neyder Domínguez y Antonio Sántiz, jóvenes egresados de diferentes escuelas normales de Chiapas, integraron en agosto de 2016 el colectivo Ik´ta K´op (http://www.iktakop.org/) (“palabra del viento” o “el hablar que se lleva el viento”) y construyeron, cono con siete antenas o nodos repetidores, la red que hoy da acceso a internet al 40% de la comunidad.

La red troncal sustituye desde hace un año al internet satelital que había instalado el padre de Mariano siete años atrás. Ahora cuentan con un mejor servicio, de 10 Megabytes, que viajan casi treinta kilómetros desde Oxchuc —en donde se encuentra el proveedor—, pasando por una antena en el cerro Lomelum, a otra en el cerro Ciprés, hasta llegar con 7 megas a la casa de Mariano, desde donde se distribuye la red.

“Abrimos la primera red con un pequeño nodo que compramos entre todos y comenzamos a poner repetidores; sin darnos cuenta, instalamos una red wifi que permite conectarse en el parque, en la calle, en la casa y en donde tú quieras de la comunidad. Esto surge como una necesidad de comunicación; para muchos el internet puede ser usar Facebook, Youtube y ponerse a ver cosas, pero nosotros teníamos un pésimo internet de un mega para una comunidad como Abasolo, en donde el único medio de comunicación es el WhatsApp. Era impactante poder mandar un mensaje desde Abasolo a Estados Unidos, o un ‘whats’ para los compas que están trabajando en Cancún o en el D.F.”, cuenta Mariano.

Su casa se encuentra a un lado de la carretera. Un letrero pintado en la entrada indica con el símbolo que es casi universal el servicio de wifi, y por la puerta abierta del cibercafé entran personas para solicitar los cupones de usuario y contraseña que les dan acceso a la red en cualquier parte de la comunidad. Son paquetes económicos administrados desde el Hotspot conectado al servidor, con opciones que van desde una hora por diez pesos hasta un mes por doscientos, con la posibilidad de llegar a acuerdos de intercambio basados en el apoyo con mano de obra para el mantenimiento de la red. Los “cuidadores de nodo”, por ejemplo, son quienes tienen alguno de los nodos repetidores en la azotea de su casa y a cambio de comprometerse con el cuidado del equipo, se acuerda reducir o anular el costo mensual del servicio según las posibilidades económicas de la familia.

Cargados con cables, dos antenas, metros de alambre y una computadora, Mariano, de 23 años, y su hermano Santiago, de 18, salieron en su Volkswagen al barrio de San Martín para la instalación del séptimo nodo, en una zona rodeada de milpa, plátanos y árboles de guayaba a la que aún no llegaba la señal. Al llegar a la casa para realizar la instalación, la familia ya tenía un bambú colocado en la azotea que pronto fue sustituido por un tronco de seis metros para mejorar la conexión entre nodos.

Amarrada a la punta del tronco, la antena se conectó a la corriente de luz con ayuda de Alfredo y su familia, mientras Mariano comenzaba a configurarla desde su computadora y monitoreaba la señal con su teléfono. Llegó el primer Whatsapp al celular de Alfredo y con eso se comprobó el éxito de la instalación. De ese primer mensaje siguió un intercambio de emoción con sus hermanos en Tuxtla y Cancún, mientras Inés, su hija de 16 años, ya descargaba canciones y videos con la aplicación SnapTube. Los niños se asomaban emocionados a las pantallas de los celulares para presenciar la llegada de internet a San Martín.

La red de Abasolo tuvo quinientos usuarios en el último mes y alrededor de sesenta conectados de manera simultánea, pero el alcance no termina ahí. La infraestructura de la red se comparte con la intranet Yaj´noptik, otro proyecto desarrollado por el colectivo al que es posible acceder de manera gratuita y sin requerir de conexión. La intranet es un portal creado con software libre en donde se almacena contenido como Wikipedia, Encarta, distintos tutoriales, material didáctico, videos, documentales y libros para descargar, disponibles para quien se conecte desde su smartphone o computadora. Así, al prender el wifi en Abasolo, el usuario tiene dos opciones: acceder a internet adquiriendo un cupón con usuario y contraseña a un precio económico, o acceder inmediatamente a la intranet local y explorar su contenido de manera gratuita.

El origen del proyecto de intranet comenzó hace siete años, cuando Luis Ramón Alvarado, docente en el Colegio de Bachilleres de Chiapas (COBACH) de la comunidad y hoy miembro del colectivo, al igual que el profesor Osmer Adolfo Alonzo, se enfrentó a las dificultades de impartir la materia de informática en una escuela sin internet.  Entonces desarrolló una plataforma con software libre que nombró intrabach, para que los alumnos pudieran navegar en el mar de información que ahora también se comparte con la intranet Yaj´noptik. La plataforma que comenzó como un tutorial de informática en tseltal, funciona en quince bachilleratos en una región en donde no hay acceso a internet, y sigue desarrollándose con mayor contenido de acceso libre que se intercambia entre diferentes comunidades digitales en el mundo.

Para el colectivo, la red es más que el acceso a la información y a la comunicación, es también un proceso de apropiación tecnológica desde la autonomía que han defendido los pueblos indígenas por cientos de años, como su cosmovisión y la vida en comunidad.1

“Desde las prácticas cotidianas está lo que en tseltal se conoce como mankumun: man es comprar y kumun es entre todos. Durante los días de muertos y otras festividades, se compra una vaca o wakax y entre todos se pela el ganado, se come un poco de carne y se divide la otra parte. Lo hacemos por dos cosas: la primera es lamentablemente económica, pues es más barato hacer esto porque te tocan más pedazos de carne que ir a la carnicería o a otro lado. La otra, porque es una cuestión de convivencia; mientras tú estás haciendo la vaca, estás platicando y hay una relación, una comunicación entre nosotros, una parte de convivir más espiritual, algo que va más allá de solo el acto de hacerlo.”

“En vez de vaca, es internet: crear nuestra propia infraestructura dividiéndola entre los propios usuarios, así como con la vaca, que uno se encarga de lavar la tripa y otro de pelar al animal, también con el internet pasa lo mismo, uno se encarga de montar la torre, otro de realizar los enlaces y el otro de cuidar que la electricidad esté bien. Entonces estamos haciéndolo entre todos y por eso que este tipo de proyectos han logrado sobrevivir varios tiempos”, explica Mariano.

El intranet está encaminado por el colectivo a volverse sustentable y a poder ser operada por los usuarios, quienes también podrán subir contenido al portal. “Así nació internet, como el intrabach: pequeñas redes que se conectan creando una gran red; nosotros estamos partiendo de eso, de empezar a hacer internet de nuevo, pero uno diferente”.

Para Neyder, de 25 años, profesor de primaria originario de Amatenango de la Frontera, Chiapas, la necesidad de comunicación fue la que unió a diferentes personas para trabajar juntos. “Tomando el ejemplo de la necesidad de la vaca, la necesidad en común es de alimentarnos de proteínas, pues en muchas comunidades rurales o indígenas, apartadas y marginadas, no existe un carnicero ni mucho menos un supermercado que ofrezca carne.  Cuando la gente tiene esa necesidad se pone de acuerdo, busca una vaca o busca un cerdo y se lo reparten todos iguales.  Nuestra vaca es el internet y nos dimos cuenta que lo que pagamos al carnicero es quizá el trabajo que le lleva matar la vaca y quitarle a piel ¿Qué pasaría si nosotros hiciéramos esos trabajos? Este proyecto parte de la solidaridad, tenemos una necesidad en común y hay que resolverla”.2

La red de Abasolo es el resultado de asumir a la tecnología como una herramienta que permite más posibilidades de las que las empresas nos presentan como usuarios finales de internet. Una “herramienta justa” que el filósofo y escritor Ivan Illich reconocería con tres características: es generadora de eficiencia sin degradar la autonomía personal; no suscita ni esclavos ni amos; y expande el radio de acción personal.

“El hombre necesita de una herramienta con la cual trabajar, y no de instrumentos que trabajen en su lugar. Necesita de una tecnología que saque el mejor partido de la energía y de la imaginación personales, no de una tecnología que le avasalle y le programe (…) la herramienta es, pues, el proveedor de los objetos y servicios que varían de una civilización a otra. Pero el hombre no se alimenta únicamente de bienes y servicios, necesita también de la libertad para moldear los objetos que le rodean, para darles forma a su gusto, para utilizarlos con y para los demás”.3

A partir de la experiencia de internet e intranet en Abasolo, Mariano Gómez fue reconocido por Internet Society (ISOC) como uno de los “25 menores de 25” que están haciendo de internet una herramienta de transformación en el mundo. El reconocimiento reunirá a los seleccionados en Los Ángeles este 19 de septiembre, pero Mariano no podrá acudir después de que la embajada de Estados Unidos en México le negara la visa por tres razones que explica en una carta dirigida a ISOC: no tener domicilio, carecer de cuenta bancaria y ser un joven indígena de Chiapas.

En la carta, Mariano solicita que el gasto que iba a generar su viaje sea donado al colectivo Ik´ta K’op para obtener un nuevo servidor para el intrabach, así como crear nuevos nodos repetidores que alcancen a más familias de la comunidad. Como menciona en el texto, “el internet ha sido una herramienta para poder expresar lo que sentimos, defender nuestro territorio, comunicarnos y relacionarnos con el mundo exterior. Creemos que con los proyectos que desarrollamos logramos que más comunidades se apropien de la tecnología, y no solo eso, sino también del conocimiento mismo”.

La voz de Mariano habla de la realidad de muchas personas divididas por muros construidos y categorías imaginadas. Habla de una sociedad en la que hace falta escuchar las voces que cuentan otras formas de habitar el mundo y conectarnos al ciberespacio, con alternativas como las que se comparten desde una comunidad en la selva chiapaneca.

 

María Álvarez Malvido. Cronista y antropóloga social por la UAM Iztapalapa.


1 Presentación de Mariano Gómez y Neyder Domínguez en el Foro Internacional de Medios Indígenas y Comunitarios, realizado del 9 al 11 de agosto en la ciudad de Oaxaca. Video de la conferencia completa en https://fimic.wordpress.com

2 Ibíd.

3 Ilich, Ivan (1978), La Convivencialidad, México.

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Este 9 de agosto es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. La ciudad de Oaxaca lo celebrará discutiendo el importante tema de la comunicación indígena y comunitaria que se empieza a cimentar en la discusión pública.

En marzo, las voces de comunicadores indígenas se reunieron durante seis días en Guelatao, Oaxaca  para dialogar sobre Internet y redes de wifi. Los nombres de las compañías de telecomunicaciones más grandes fueron innecesarios al hablar sobre un modelo de red local, comunitaria, libre y autogestiva.

Fue el tercer módulo del Diplomado Comunitario de Promotores en Telecomunicaciones y Radiodifusión, un programa de formación coordinado por Redes por la Diversidad, Equidad y Sostenibilidad A.C (Redes A.C) y el apoyo de organizaciones de la sociedad civil, algunas de larga trayectoria en comunicación indígena como Ojo da Agua Comunicación, de Oaxaca y Boca de Polen, de Chiapas. La convocatoria fue publicada en 2016 y estuvo dirigida a comunicadores de medios indígenas, comunitarios y populares de todo el país con el objetivo de proporcionar herramientas técnicas ––bajo una ética de trabajo colaborativa–– que permitiera fortalecer la sostenibilidad y autonomía de sus proyectos.

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Fotografías: María Álvarez Malvido

Los comunicadores viajaron desde Michoacán, Jalisco, Puebla, Chiapas, Guerrero, Morelos, Estado de México y diferentes regiones de Oaxaca para reunirse en la Sierra Juárez con el fin de aprender las bases técnicas necesarias para el diseño e instalación de una red inalámbrica gestionada por la comunidad. Nicolás Pacen y Gui Iribarren, de la organización AlterMundi, viajaron desde Argentina para compartir la experiencia tecnológica que han desarrollado con algunos poblados rurales de su país.

El proyecto argentino fue diseñado ––y continúa rediseñándose– en pequeñas poblaciones cercanas a la ciudad de Córdoba. Es una alternativa a la centralización del acceso a Internet, para alcanzar aquellos lugares donde la conectividad se ve limitada por la falta de infraestructura. Propuestas similares en el mundo como Guifi-net en Cataluña, Zenzeleni en Sudáfrica y Freinfunk en Alemania, han hecho del conocimiento tecnológico y la organización comunitaria un puente de acceso a Internet por el que también camina el derecho a la información y la comunicación.

Para Altermundi, la base de cada red es la organización comunitaria y la disposición de un grupo comprometido a asumir la gestión técnica, económica y social de un modelo de propiedad colectiva, para así lograr el máximo resultado de acceso e impacto social con un mínimo de recursos.  “Son redes libres en tanto promueven y respetan el tránsito libre de información, tanto a su interior como con relación a otras redes” explican los talleristas, “todas estas características de las redes comunitarias ayudan a maximizar el objetivo de la auto-prestación de servicios de telecomunicaciones en tanto aportan a su sostenibilidad, crecimiento y multiplicación”.1

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LibreMesh es el firmware (programa informático integrado con los circuitos electrónicos de un dispositivo para posibilitar su funcionamiento) desarrollado por AlterMundi. Éste permite liberar el potencial de cualquier router de wifi de tal manera que su fuente quede disponible para observarlo, modificarlo y mejorarlo. Esto implica la posibilidad de ser utilizado para construir una red comunitaria diseñada a partir de las necesidades locales y las características geográficas de cada lugar.

Durante el taller, se analizó cada elemento del hardware: routers, antenas, y cables; se realizaron ejemplos de mapeo y análisis geográfico de Guelatao para determinar los nodos que conectan y extienden la red, así como el material necesario y la evaluación de costos para construir un modelo sostenible. La experiencia del Cono Sur viajó hasta la tierra de Benito Juárez para compartir un modelo de conectividad e Internet que puede ser adaptado a sus propios contextos culturales y proyectos de comunicación comunitaria, además de convertirse en un intercambio de saberes. Entre los veinte técnicos comunicadores de los pueblos mixe, zapoteco, huichol, purépecha, tzeltal, mazateco, mixteco y nahua que asistieron, el grupo conformó la primera generación de Techio Comunitario, resultado del diplomado que finalizó en mayo de este año

Frente a los estereotipos de un país en donde los conocimientos técnicos han estado históricamente asociados al género masculino, la convocatoria estuvo especialmente dirigida a mujeres comunicadoras. Sin embargo, Elena García, estudiante mixe de Comunicación para el Desarrollo Social en el Instituto Superior Intercultural Ayuujk, fue la única en participar. Ella es miembro de la radio de su Universidad en la Sierra mixe y este año viajará de Oaxaca a Nueva Delhi, a través de la vinculación de Redes A.C, para realizar una estancia en el Digital Empowerment Foundation y continuar con su formación en comunicación comunitaria.

Roberto Pulido es purépecha originario de San Juan Carapan, Michoacán, y hace cuatro años comenzó como comunicador de Radio P´iani, una de las 11 emisoras que forman la Red de Radios Indígenas de Michoacán. Fue uno de los técnicos que completaron el Diplomado, del cual comentó: “Todos están en el mismo barco, en radios comunitarias, de lucha, y radios que están rescatando su lengua, pero sobretodo la parte comunitaria y el amor a la comunicación. Cuando comprábamos las cosas para la radio más o menos le entendíamos a las mezcladoras e íbamos viendo para qué servía cada botón: así hasta tener una ecualización de la radio. Ahora ya se cómo se hace un cable o cómo es que la emisora avienta las ondas radiales”.

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Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso y de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) de 2016 (cuya transparencia fue cuestionada por Juan Ortíz Freuler de Red en Defensa de los Derechos Digitales 2) , el porcentaje de hogares con conexión a Internet en el Distrito Federal, Nuevo León y Baja California Sur  es ligeramente inferior al 60 por ciento, mientras que en Guerrero, Tabasco, Oaxaca y Chiapas sólo aproximadamente el 20% de los hogares cuentan con conexión.3

Si bien el acceso a las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TICs), a la banda ancha e Internet fue reconocido como un derecho en el Artículo 6 de la Constitución Política en 2013, dichos indicadores reflejan un contraste claro entre el acceso a la conectividad en los estados con mayor población urbana y aquellos con mayor población rural e indígena.

El reconocimiento legal de este derecho, así como el de las radios comunitarias e indígenas del país, se celebra como un avance legal que después se pierde en el abismo entre el discurso y la realidad. En este contexto, el Diplomado Comunitario de Promotores en Telecomunicaciones y Radiodifusión encuentra en los saberes técnicos una base necesaria para la autonomía de los proyectos de comunicación indígena. Es un proceso de aprendizaje sobre electricidad, electrónica, software libre, redes inalámbricas y telefonía celular, en un camino propio que avanza con independencia a las reformas que se escriben desde escritorios muy lejos de sus tierras.

 “La comunicación debe de ser entendida como una milpa, porque la milpa es significativa, es la vida, pero también un lugar en donde la gente trabaja y se desarrolla, donde conviven muchas especies juntas”, recuerda haber escuchado Carlos Baca, Director del Área de Investigación de Redes A.C, entre comunicadores indígenas en uno de los talleres impartidos en Oaxaca en 2014. Y es que las comunidades han demostrado que existen tantas lenguas para expresarse, como formas de apropiarse de las herramientas tecnológicas con que se ejercen los derechos a la comunicación.

“Se detectó que la necesidad más profunda en los procesos de formación en comunicación indígena era una cuestión técnica” comenta Carlos Baca, Director del Área de Investigación de Redes A.C “había experiencias de capacitación en producción de contenidos y sostenibilidad pero para que las radios y lo medios pudieran tener una autonomía real con un proceso independiente, se necesitaba tener las herramientas y conocimientos necesarios para poder solucionar los problemas técnicos y tecnológicos”.

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En el acceso a Internet y a las TICs, se entreteje el derecho a la información, a la comunicación, a la libertad de expresión y a la diversidad lingüística. Es la posibilidad de conectarnos con el mundo y de participar en el mar de información que desemboca continuamente en el ciberespacio, pero es también un puente que se rompe y nos distancia cuando la infraestructura tecnológica se ancla a las estructuras de desigualdad que ya desconectan a la sociedad.

Este 9 de agosto, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, se llevará a cabo en la ciudad de Oaxaca el Foro Internacional sobre Medios Indígenas y Comunitarios  organizado por el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia, la Cultura (UNESCO) en colaboración con el Grupo de Incidencia para el Desarrollo de la Comunicación Indígena y Comunitaria (GIDCIC).

Miembros de organizaciones, académicos y comunicadores de diferentes países, intercambiarán experiencias sobre el uso, apropiación y construcción de medios de comunicación en diversos contextos culturales durante tres días. Se dialogará también sobre los marcos regulatorios de telecomunicaciones en los países participantes, para comparar experiencias internacionales y analizar los avances y desafíos en regulación del espectro que hoy nos conecta a través de diferentes medios.

Que este encuentro de experiencias de comunicación indígena y comunitaria sea un paso para dejar atrás las categorías de “piratas” e “ilegal” que han criminalizado por tantos años a diferentes proyectos de comunicación en el país y permita dignificar el reconocimiento que merecen todos los días del año, en todas las lenguas posibles.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.


1 http://www.altermundi.net

2 Ortiz Freuler, Juan “El estirón de México conectado” Red en Defensa de los Derechos Digitales 2016

3 ENDUTITH, 2016.

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Esta es la historia de un proyecto editorial que busca darle a personas en situación de calle nuevas posibilidades para su vida: escribir, publicar y vender su propia revista.

Testigo de los movimientos sociales que recorren el corazón de la Ciudad de México desde hace más de cien años, el Reloj Chino de Bucareli ha visto pasar numerosas marchas y plantones que hacen de la calle un micrófono para la inconformidad social. Desde hace dos años, sus manecillas registran también el tiempo en el que la glorieta que lo rodea se transforma en el punto de encuentro  de personas en situación de calle que realizan la primera revista callejera del país: Mi Valedor.

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Cada número de Mi Valedor significa una posibilidad de ingreso económico para la población que vive en la calle o se encuentra en riesgo social. Tiene una convocatoria permanente para que quienes estén interesados participen como vendedores y colaboradores de la revista bimestral. Los martes y jueves, Bucareli 69 se convierte en un espacio de capacitación que brinda herramientas a “los valedores” (vendedores de la revista) para generar nuevas posibilidades de empleo, además de habilidades de interacción social para poder vender la revista en diferentes espacios de las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza.  Los valedores compran cada ejemplar a 5 pesos y lo venden a 20, cuando quieran y cuantos quieran, obteniendo así un ingreso legítimo y constante.

“La nombramos Mi Valedor porque queríamos usar una palabra coloquial, callejera, muy defeña y muy mexicana, porque finalmente era una revista para los valedores, que en un futuro sea hecha por ellos”, cuenta María Portilla, editora y directora de la revista. Ahora suman 11 números publicados (entre ellos Made in Chinga, Extinción, Nocturnos y el más reciente Quemando Grasa) y al igual que el nombre, el contenido es un registro gráfico y literario de la cotidianidad de la Ciudad de México, desde el Centro Histórico hasta los límites que se difuminan entre poblaciones periféricas. Cuentos, fototextos, crónicas y series fotográficas de diferentes colaboradores, reflejan los contrastes y escenarios surrealistas del ingenio con el que habitamos más de 20 millones de personas en un D.F. que parece resistirse a cambiar de nombre. Los valedores, observadores especializados de la cotidianidad en el espacio público, también participan de forma activa en la generación del contenido de cada número.

La idea de Mi Valedor surgió cuando María caminaba las calles de Londres como estudiante y comenzó a comprar semanalmente la revista callejera The Big Issue. Además de interesarle el contenido, encontró entre sus páginas la posibilidad de un diálogo cotidiano con una persona en situación de calle e imaginó un proyecto así entre las calles de la Ciudad de México. Después de visitar las oficinas de la revista, conoció al editor y la existencia de más de cien proyectos editoriales articulados en la red internacional de revistas callejeras (International Network of Street Papers, INSP).

INSP está integrada por 110 organizaciones en 35 países y 24 idiomas, son proyectos en todo el mundo que hacen del papel una herrmienta de reinserción social para la población que habita las calles, vulnerable y exlcuida del imaginario urbano. Con el apoyo de la red, María decidió comenzar el proyecto en México y se capacitó durante un mes como becaria en las oficinas de Big Issue en Glasgow, Escocia. Reunió a un equipo interdisciplinario de amigas que compartieron la valentía de comenzar una nueva revista impresa y entre todas obtuvieron las herramientas necesarias de gestión social y editorial para formar el proyecto.  “Trabajábamos desde cafés y mi estudio de pintura. Lo fuimos moldeando poco a poco, como ninguna era socióloga, periodista ni tenía experiencia en diseño editorial, tuvimos que capacitarnos en diferentes áreas y armamos el proyecto”. Así fue como un grupo de valedoras comenzó la primera revista callejera en México, que hoy cuenta con 11 números publicados, 15 vendedores y una vendedora.

Mientras la idea de Mi Valedor llegaba a la imprenta, María fue voluntaria en “La Carpa”, un centro comunitario de reducción de daños causados por sustancias. “Cuidaba los tiempos en que los jóvenes del centro se tardaban en bañar, pues ahí les cobran las regaderas y tienen un tiempo limitado para hacerlo. En esa época  estuve en contacto con las personas de organización y conocí el modelo ECO2 de reducción de daños, un modelo exitoso que se inventó en México y se replicó en otros países como Brasil; es completo, un paso a paso de cómo hacer que una persona empiece a dejar las sustancias. Está enfocado en personas en situación de calle que no cuentan con el apoyo de una red social”.

El centro comunitario comenzó como una carpa en la Plaza de la Soledad, en donde se vendía café por tres pesos a la población callejera con el único requisito de no inhalar sustancias mientras estaban ahí. El centro creció, se instalaron baños y un espacio para dar talleres. “Es más o menos lo que hacemos hoy en Mi Valedor: el café lo vendemos a tres pesos, damos capacitaciones y no se puede consumir ninguna sustancia estando ahí”.

Mi Valedor, como otros street papers, construye un puente de comunicación entre la ciudadanía reconocida socialmente y aquella que habita las calles, invisibilizada por la discriminación social y el asistencialismo de las políticas públicas. Un proyecto de la sociedad civil que reconoce y valora a las personas en situación de calle como sujetos de derecho, autónomos, parte de una ciudadanía que debe respetar sus derechos individuales de salud, educación, trabajo y vivienda. “No es cuestión de levantar al otro, es cuestión de levantarnos juntos”, se lee en el Manifiesto Mi Valedor en la primera página de cada ejemplar, resultado de la corresponsabilidad ciudadana con que se crea la revista.

“Nos consideramos un puente entre lo formal y lo informal. Lo ideal no es que estas personas se queden en Mi Valedor para siempre, sino que obtengan herramientas y puedan lograr cambios en su vida cotidiana, como rentar un cuarto. Por eso trabajamos con ellos habilidades sociales que han perdido por la vida en la calle, principalmente enfocadas al trabajo, como la paciencia, la memoria, la puntualidad y la responsabilidad”. En un principio, el equipo editorial impartía los talleres, de fotografía, escritura e ilustración que ofrecen. Después llegaron algunos voluntarios que ahora han aumentado hasta cubrir un calendario diverso, con nuevas propuestas, como es el caso del taller de radio comunitaria que tiene el programa “La Voz de la Calle”, transmitido por Internet. También, las integrantes de Mi Valedor imparten un taller enfocado al concepto de cada número de la revista para desarrollar la sección “Hecho por valedores” y próximamente, publicar un número completo editado por ellos.

Algunos de los valedores se han interesado en talleres específicos y ahora participan como colaboradores de la revista. “Francisco, por ejemplo, se interesó mucho en la fotografía y ya se compró una cámara. Le enseñamos a hacer una buena selección de sus fotos y ahora llega con nosotros,  nos enseña sus fotos, y vemos si elegimos alguna para el número. Lo tratamos como a cualquier colaborador: si no es tan fuerte, su foto no entra, y si entra, le pagamos. Ese ha sido uno de nuestros valores desde el principio: no ser condescendientes con ellos y tener una relación siempre horizontal. Somos compañeros de trabajo y respetamos nuestros tiempos, se ha formado una muy buena relación y a nosotras nos han enseñado mucho”.

El proyecto da seguimiento al proceso que vive cada valedor desde que se presenta para su primera capacitación: los acompaña mediante reuniones y talleres para llevar un registro de sus mejoras en ventas y en el desarrollo de sus habilidades sociales. “El impacto social que tenemos no lo vemos tanto en la cantidad de valedores, sino en el proceso de mejora que vemos en cada uno de ellos. La capacitación en los talleres es lo que más los ha empoderado, los apoya a tener confianza y a aprender a hacer otras cosas a la par de la revista. Lo importante, más que el sentido económico, es que puedan construir una red de apoyo entre ellos, ya que muchos de nuestros valedores están en la calle por problemas familiares y por lo tanto, han perdido ese soporte que es lo más importante: la familia. Durante los talleres se conocen y se apoyan entre ellos. Dos valedores ya rentan un cuarto juntos, por ejemplo”.

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Aristeo tiene 54 años, nació en Ciudad de México y desde niño aprendió de albañilería y electricidad. Sonríe en la junta mensual de los valedores mientras se toma un café y carga su morral con ejemplares nuevos. “Yo vine por aquí porque vi en el periódico una chamba de mantenimiento en un hotel, pensaba que por los conocimientos que tenía me iban a recibir de volada como antes, pero ahora me piden que deje mi teléfono y jamás me llaman. Uno de esos días me encontré en un comedor a la valedora Delphine (Coordinadora de fotografía de Mi Valedor) y ella me invitó al proyecto”.

El equipo fundador de Mi Valedor realiza recorridos cuatro veces a la semana: visitan albergues, comedores y puntos de calle, así como iglesias y otras ONG que trabajan con la población callejera. “Les damos un volante que dice ´¿Quieres ser tu propio jefe?´ y los invitamos. Entonces, como primer filtro, ellos tienen que venir a las oficinas y si quieren empezar les hacemos una hoja de primer contacto para llevar un registro, después les damos una breve capacitación de cómo se vende, el origen de la revista, cómo es su contenido y, ya sea una de nosotros, o un valedor, los acompaña a vender”.

Martes y jueves, Aristeo emprende el recorrido desde Chimalhuacán para acudir a los talleres en Bucareli 69 y después dirigirse a su punto de venta en el parque Pushkin, en la Colonia Roma. “He tomado el taller de foto, carpintería, periodismo e inglés, que es difícil aprender desde cero cuando solo te sabes el “okay, okay maguey”. Yo ya sabía de carpintería y ahora estoy haciendo unos cuadros para venderlos cuando no venda la revista. Con Mi Valedor puedes vender 10 o 15 ejemplares en un día o puedes no vender nada; no siempre es día de primavera en donde podemos cosechar. En la calle te encuentras de todo, gente que le interesa ayudar, gente que no, unos que no escuchan, otros ponen interés pero no la compran. A veces no importa que no la hayan comprado, lo importante es que me escucharon”.

Aristeo me extiende un ejemplar de Nocturnos que carga en su morral y abre la página en la sección de los valedores, en donde narra el relato de los tres balazos que recibió de un asalto, lo tituló: “Siempre guardar la calma en situaciones difíciles”, me enseña sus tres cicatrices mientras aclara que lo escribió en un ejercicio de crónica sobre una noche inolvidable en su vida. En esa misma página, las voces de los valedores narran sus recuerdos: una noche de pasión en la Ciudad de México, cantos de “peace and love” en un concierto de rock memorable y “Una noche con los homies” narrada por una valedora.

Después abre un ejemplar de Quemando Grasa, en el que aparece una plana entera con su foto y su historia narrada en primera persona. Al final de cada número aparece un valedor distinto. “Este mes me gusta porque habla de puro deporte y para mí jugar futbol fue lo mejor. Ahora me tocó salir en la última parte de la revista, te cae de raro que de un momento a otro empieces a participar en una publicación. Siempre me ha gustado el periodismo y he vendido otras revistas, pero ahora de pronto soy parte de esta”.

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“Me gusta que siempre tengo algo que hacer y siempre te tienes que conservar sin probar bebida porque luego da pena llegar a vender la revista con aliento alcohólico. No me desarrollaría igual. Como vas sobre la marcha, agarras otro ambiente por estar andando y platicando, regresas bien cansado. Pero es como dice el comercial ´hay que dejar al mundo mejor de como está´, si ya lo descompuse y ahora lo quiero componer de un trancazo es dificil, pero ahí voy”.

Si bien no existe un censo que confirme el número de personas en situación de calle, José Ramón Amieva, Director de la Secretaría de Desarrollo de la CDMX (SEDESO), estima que actualmente existen 4,500 personas en situación de calle, 700 más que en el 2015.1 Una sector de la población que aumenta año con año, mientras el gobierno insiste en dar continuidad al historial de políticas asistencialistas cuya mirada no ve más allá de una minoría tutelable y discriminada. De acuerdo con Sara Makowski Muchnik, Profesora-Investigadora de la UAM-Xochimilco, “la interpelación pública y le gestión gubernamental han permanecido intactas a lo largo del tiempo, ancladas en la estigmatización y la discriminación de la condición callejera (…) es necesaria una restitución de los umbrales mínimos de la potencialidad del sujeto para poder esbozar itinerarios de construcción de ciudadanía: un tránsito ineludible de sujetos invisibles a actores sociales que desde sus propios espacios de experiencia sean socialmente reconocidos como otros semejantes, con capacidades y recursos para aportar al flujo de la vida social”.2

Dentro de las cifras mencionadas, las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza cuentan con el mayor porcentaje de población callejera. Entre los espacios públicos de mayor afluencia peatonal en estas zonas de la Ciudad, ya se encuentran 15 valedores como Aristeo, identificados con un chaleco rojo y un gafete que los distingue como parte de un proyecto de trabajo colectivo. Son valedores de una revista que reconoce entre sus saberes y experiencias, la capacidad para escribir su propio camino y habitarlo con dignidad.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.


1 http://eluni.mx/2rGsVfL

2 Makowski Muchnik, Sara “Ciudadanos invisibles” en Dfensor. Revistra de Derechos Humanos. Num 6, Junio, 2015.

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Too, en zapoteco, significa “chiquito”, también significa “encantado” y “espacio sagrado”, dependiendo de las variantes de la lengua. Too es también el nombre del cine comunitario que abrió sus puertas hace tres meses en Guelatao, entre el bosque que cubre la Sierra Juárez y la mirada de las nuevas generaciones que viven en comunidad.

Benito Juárez nació entre las montañas que hoy reciben su apellido en homenaje. Una comunidad zapoteca en donde habitan cerca de 500 personas entre monumentos a Juárez e historias que lo recuerdan pastoreando a sus ovejas junto a la “laguna encantada”, o “Yelatoo”, en zapoteco. Ahí se instaló la primera radio indigenista de la región “XGLO La Voz de la Sierra” y 10 años después la radio comunitaria Estéreo Comunal. Ahí también, se encuentra el Polideportivo Benito Juárez García, donde cada 21 de marzo se reúnen equipos mixes, zapotecos y chinantecos para celebrar y competir por el triunfo más importante de basketball en la región: la Copa Benito Juárez.

Guelatao es una tierra de nuevos proyectos culturales. Los niños que pagaban dos pesos para ver las películas que se proyectaban de manera itinerante en el auditorio de la comunidad hoy gestionan Agenda Guelatao, proyecto cuyo objetivo es revitalizar la cultura de la comunidad. Entre otras actividades, este año se inauguró el hostal Ahí Tá ´a, después de que el Cine Too abriera sus puertas con la primera sala de cine comunitario en 2016.

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“¡Hoy hay cine!”, se lee en las puertas de la sala cinematográfica, sobre la calle que da entrada al pueblo. La cartelera del mes se encuentra impresa y distribuida en las paredes de Guelatao, así como en los rumbos digitales de las redes sociales. Junto a “El CafeciToo” del cine, se exponen algunas fotos realizadas por los jóvenes que tomaron el taller de fotografía impartido por la artista Mariana Rosenberg en 1998, cuando se instaló por primera vez un cuarto oscuro en la comunidad.

Luna Marán, fotógrafa, productora, directora y gestora cultural originaria de Guelatao, es una de las niñas que crecieron en los noventa entre talleres de pintura, teatro, radio y fotografía. Estudió Artes Audiovisuales en la Universidad de Guadalajara y hoy es la encargada de la programación del Cine Too.

“Lo que queremos es construir un ambiente como el que tuvimos nosotros cuando éramos chicos, porque en ese entonces había un grupo de personas que impartía talleres de pintura, teatro, audiovosiual, radio y había mucho movimiento. Entonces de alguna manera somos una generación que creció con esa responsabilidad y compromiso con la comunidad.  Todos somos jóvenes y profesionistas, gente que salió de carreras como comunicación, diseño, ingeniería empresarial, ciencias políticas y yo que soy cineasta”.

Proyectos como el Cine Too, asegura Luna, son el resultado de un proceso de comunicación comunitaria que comenzó hace treinta años en Guelatao, un camino que continúa y entrelaza hoy a dos generaciones. En 2016 Juan José García, presidente municipal de Guelatao y cineasta de la primera generación, apoyó la iniciativa de los jóvenes y la gestión de los recursos necesarios para convertir la sala audiovsual que ya existía, en un cine con una programación y dinámica cotidiana. “Él estaba en un espacio adecuado y nosotros teníamos ganas de hacer cosas, en ese sentido hubo una buena sinergia. La asamblea, que es lo más importante, adoptó que la cultura fuera el eje del desarrollo y que desde ahí podemos potenciar las posibilidades económicas de la comunidad. Así conformó un consejo consultivo de seguimiento y evaluación del proyecto”.

Antes de comenzar con el proyecto del Cine Too, el grupo de jóvenes ya había desarrollado dos proyectos cinematográficos: el Campamento Audiovisual Itinerante, un espacio de formación, encuentro, producción, exhibición y desarrollo de proyectos audiovisuales, realizado durante el verano en una comunidad distinta del estado de Oaxaca y Aquí Cine, proyecto que comenzó como una muestra de cine itinerante en comunidades de la Sierra y que hoy se constituye como una plataforma formación y consolidación de proyectos de exhibición audiovisual con sentido comunitario, a través de redes de colaboración y el  manual Cómo hacer un cineclub: paso a paso, disponible en su página de internet.

La proyección semanal de las películas comenzó hace siete meses y el Cine Too hace tres.  El precio de entrada es donativo voluntario y los miércoles y viernes es gratis. En la semana se busca proyectar una cartelera variada, enfocada principalmente en los niños y jóvenes de la comunidad. “Vamos a tener que trabajar mucho con revisión de clásicos porque hay muy poco contenido de cine latinoamericano para niños. Vamos a trabajar en conseguirlo y seguir haciendo los talleres donde ellos mismos van a producir sus contenidos. Estamos en sinergia con otros proyectos nacionales que están entrando a la exhibición de cine mexicano. Este mes, por ejemplo, vamos a tener la película de Carmín Tropical,  Los Hamsters, Rosario y espacio para ese tipo de películas. Además, como el mes de marzo es especial en Guelatao, habrá películas que se han realizado en los últimos 20 años sobre la Sierra para que la gente pueda verlas. En la programación no están los títulos de las películas, sino los nombres de los pueblos que están retratados en las películas para que la gente pueda ir por querer ver la película donde aparece su pueblo u otro que conozcan”.

Este mes de marzo también se estrenó “El CafeciToo”, como la dulcería que busca darle la sostenibilidad al proyecto. “No sabemos cómo nos va a ir,  pero nos deseamos lo mejor. Va a depener de muchas cosas,  lo importante es que niños y jóvenes de la comunidad, los que están en el internado y en el Bachillerato Integral Comunitario, tengan acceso a otro tipo de cinematografía y a tener la experiencia de ir al cine. Sí queremos que el cine sea una herramienta de un proceso educativo y de desarrollo humano, pero a nivel de programaciones estamos tratando que sean películas que permitan esa sensación de irse, de perderse en una historia e involucrarse emocionalmente, ir al cine como una cuestión lúdica de estar y ver”.

Entre las calles adoquinadas de Guelatao camina Jaime Martínez Luna, padre de Luna Marán. “El tío Yim” es antropólogo, investigador, cantautor y promotor cultural zapoteco, autor de diversos libros sobre comunalidad y fundador de Comunalidad A. C.; considera el Cine Too como el resultado de un diálogo intergeneracional en proceso. “Se empieza a revolver lo que propone el joven formado fuera, pero con principios de su propia vida ahora revalorados. Las ideas no son de fuera porque ya son seleccionadas, elaboradas, propuestas y defendidas por comuneros jóvenes, pero comuneros. No podemos pensar que por ser jóvenes no son la experiencia o la profundidad comunitaria, sino que es la comunidad en los jóvenes”.

Sentado en su oficina del Palacio Municipal, donde este año cubre el cargo de Síndico como parte del tequio comunitario,  recuerda sonriente: “Así pasó cuando yo bailé por primera vez rock en la plaza en 1979 con “Come on baby light my fire” de The Doors: unos se rieron, otros quedaron mudos, pero al final les gustó. Y es que, eso que puede pensarse contradictorio a la comunidad, no lo es; es algo que viene de otra generación que se está entrelazando. Lo comunitario es vida que se va integrando, y si lo entendemos así no hay un camino, se hace el camino al andar. A mi parecer eso es lo mejor que hemos logrado, aprender a vivir esa diversidad de caminos y respetarlos es quizás lo más hermoso. ¿Quién nos puede regir, más que la vida misma?”.

Este 21 de marzo se celebró en Guelatao el natalicio de Benito Juárez, así como los 40 años de encuentro deportivo en que el balón de basquetbol captura la mirada del público serrano que se emociona en diferentes lenguas. Al festejo se sumaron una agenda cultural con propuestas como el Cine Too y nuevos espacios comunitarios que se construyen desde las miradas comprometidas de los jóvenes de Guelatao.

 

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.

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