Jo Nesbo

Jo Nesbø

En el mundo europeo en crisis, donde alguna vez se pensó que la socialdemocracia nos llevaría a la gloria, la novela negra nos da la oportunidad de mirarnos de frente y dar un respiro a nuestras dudas y a nuestra soledad. Como decía Peter May: La novela negra es una exploración del alma humana; la búsqueda de lo oscuro pero también de lo luminoso. La disección de los impulsos, el escrutinio de los acuerdos sociales, el cuestionamiento sobre la racionalidad, sobre los preceptos de la modernidad y sus estándares.

Así las cosas, al leer el texto de Roberto Pliego, El thriller nórdico, pienso que al autor se le han escapado algunas consideraciones. Afirmar que la novela negra es un ejercicio más cercano a la antropología social es negar la posibilidad de la literatura per sé. Decir que este tipo de obras responden a una vocación sociológica y que, por lo tanto, carecen de méritos literarios es dudar sobre las razones por las que Roth escribió Pastoral americana; o equivale a decir que la mayor parte de la obra de Coetzee es una audaz estrategia de mercadotecnia que utiliza el apartheid y el racismo que se vive en Sudáfrica como motivo central para vender hartos libros. Los eventos sociales, económicos y culturales que definen una época son los insumos mínimos que necesita un autor para crear y es de su elección el género en el que quiera transmitirnos su obra.

Parece increíble que aún en pleno siglo XXI, la novela negra siga siendo parte del estereotipo que la considera un género de segunda o un subgénero o, peor aún, literatura sin ningún valor narrativo o estético. Ricardo Garibay llegó a decir que la novela policiaca es una adivinanza para imbéciles que tiene más de 200 páginas. Y todos podemos recordar que, a veces, el maestro Garibay decía muchas cosas sin sentido.

Nadie duda del valor literario de Edgar Allan Poe, padre del género policiaco y precursor de la novela negra. Y me atrevo a hacer una gran suposición: si el esquema de comercialización de libros hubiera sido como el que tenemos hoy y no la difusión a través de los periódicos, Poe hubiera inundado las librerías con un número de copias más obsceno que cualquier hitazo de Dan Brown.

A diferencia del argumento de Pliego, que asevera que la literatura noir “desdeña la buena escritura en aras del efectismo”, y que “usa un catálogo de clichés aprendidos en los talleres de redacción”, Borges pensaba que la misión de la novela policial ¾como ya lo mencioné, origen de la novela negra¾ podía ser la de recordar las virtudes clásicas de la organización y premeditación de todas las obras literarias.

Tomar la posición de que la novela negra adolece de calidad es propia, creo yo, de rancios juicios intelectuales que viven anclados a un canon que no reconoce que el género negro ha cambiado dramáticamente y que se ha convertido en uno de los mejores recursos para retratar la modernidad, para evidenciar que, en este mundo, ningún paraíso es posible.

Así que Jens Lapidus, Camilla Läckberg, Henning Mankell, Arnaldur Indridason o Jo Nesbø se suman a una larga lista de escritores que hoy tienen tomado el mercado editorial. Sí. Algunos son mejores que otros, sí, pero ¿que no es esa la eterna forma en la que se presenta la literatura ante los juicios de la historia? Ya el futuro nos habrá de confirmar lo que muchos podemos ver hoy en varias de estas obras: que se ha gestado un grupo de escritores de los que habremos de hablar hasta que nuestra civilización mute a algo diferente de lo que es hoy.

Desde Peer Wahlöö y Maj Sjöwall, ahí en Escandinavia ¾en medio del mayor edén creado por Occidente¾ hubo la necesidad de denunciar “el crimen de la socialdemocracia contra la clase trabajadora”. O quizá, todo comenzó, como bien señala Sergio Huidobro en su artículo “Matar en invierno”, con aquella advertencia que le hace Marcelo a Hamlet cuando el espectro de su padre está a punto de confesarle que Claudio, su hermano, fue quien lo asesinó: “Algo está podrido en el corazón de Dinamarca”.

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Siempre he sido una contreras. Por ejemplo: el día que vi entrar a Lujambio por la puerta pensé que era el hombre más guapo y varonil que había visto en mi vida. Sin embargo, al darme cuenta de que el tipo tenía su club de grupies y que era un tanto “ojo alegre”, decidí no acercarme, ni sonreír, seguir con los labios pintados de negro y el pelo verde. Es probable que él, en cualquier caso, no me hubiera hecho el menor de los casos; eso no importa, en mi fuero interno yo quería diferenciarme de todas mis compañeritas porque me parecían seres inferiores, llenos de clichés y de lugares comunes. Ja, justo igual que yo y mi papel de la ruda de la clase o, como bien me bautizaron en el Tec, la Uñas de Satán. Bueno, pues en el tránsito de mis estudios universitarios pasó de todo pero, en honor a la verdad, pocas cosas memorables. Y de esas personas indelebles se encuentra Julián Meza.

Yo supe de la existencia de Julián por su clase de literatura en la que leían Bella del Señor, Madame Bovary y otra novela de la que no recuerdo el título. Aunque siempre me morí de ganas por meter esa materia, no lo hice porque mis amigos “wannabe escritores” se habían inscrito y yo, que siempre he tenido pretenciones de outlayer, no quería ser de las del montón, así que decidí inscribirme en una mamada de clase de la que, gracias a dios, no tengo recuerdos. Entonces Juan y Manlio me contaban sobre la asignatura, sobre las lecturas, sobre los autores pero, sobre todo, de Julián: sobre sus disertaciones, sobre su encabronada pasión por la literatura, sobre su sagacidad, sobre su ácido sentido del humor y sobre su gusto, casi obsceno, por el vino tinto y el whiskey. Así que, en silencio, compré los libros de los que ellos hablaban y los leí a solas, sin comentarlos con nadie, tragando acompasadamente el veneneno y el misterio de Bella del Señor y el absoluto reconocimiento de la energía femenina que destruye todo en Madame Bovary. Me retorcí y lloré sola mientras mis amigos sacaban un jugoso 10 que se reportó en su lista de materias del puño y letra de Julián. Después de ese tiempo, Juan me invitó un par de veces a comer con él y con Julián, los dos habían entablado una amistad entrañable. Fui pocas veces.  Julián me intimidaba: las pláticas abordaban un sinfín de temas y yo no podía más que alcoholizarme y observar de lejos a ese par de seres que se entendían en un plano al que yo era completamente ajena. Después supe que Sandra y Diego también eran cercanos a Julián; más invitaciones a comidas y cenas que nunca acepté pero que presencié en la distancia. Un sentimiento ambiguo que nunca he podido desmenuzar.

En esa presencia etérea fue como llegué a inscribirme con él en una clase terrible sobre historia “moderna” de México: una asignatura obligatoria. Espántosa. Misma que había que compartir, indiscrimidamente, con una serie de personajes deleznables que habitan los pasillos de la ITAM y que, por hoy, no habré de describir. Y yo, en mi papel de mexicana programada neurolingüisticamente por los 60 años de gobierno del PRI, pensé: Perfecto, este es un 10 seguro, Julián me conoce y, además, me sé el material de lectura de otras clases que ya había cursado. Ja. Error: a mi absoluta hueva de un semestre completo recibí uno de los tantos 7 que aparecieron en mi boleta y que fue firmado por el puño y letra de Don Julián. Yo lo odié con ese odio profundo que sólo podemos engendrar los nerds. ¿Quién iba a pensar que años después iba yo a tomar eso como un regalo en el que Julián señaló con esa fuerza que lo caracterizaba que le bajara dos rayitas a mi soberbia y a mi importancia personal? Los años siguieron y un día, sin decírselo a nadie, decidí someter a su ojo y al juicio que tanto temía, mi primera novela.

La leyó completa y, par de meses después, me citó a cenar en un restaurante al sur de la ciudad que era como su segunda casa. Bebimos y hablamos y hablamos y hablamos por horas. Nos cerraron el sitio y, en la necia, estuvimos a punto de ir a beber a quién sabe dónde. Nos vimos varias veces más. Sin compasión arremetió una y otra vez sobre mi texto; lo comentó de pies a cabeza; discutimos las figuras literarias, las referencias, qué hace grande a una novela. Fueron meses de interminables golpes a mi ego que afronté siempre, junto a él, con una buena copa de vino. Después yo me instalé en mi papel de burócrata de altos vuelos y lo vi un par de veces más.

La última vez que hablé por teléfono con él fue el día de su jubilación. No pude ir a su comida pero me dio un gusto inmenso pensar que, al fin, podría dedicarse solo a escribir (como si el ITAM hubiera sido un pesar insoportable). De Julián se pueden decir muchas cosas: su irrefutable sentido crítico, su manera de evaluar la política (el mejor chiste que alguien ha hecho sobre Calderón lo hizo él); las mordidas voraces y sanguinolentas a las instituciones y su manera violenta de alejarse de todo aquello que le parecía reprochable (terminó una amistad con uno de sus alumnos más cercanos porque le pareció que se casó con la mujer más tonta del mundo y porque casarse era ya muestra absoluta de estupidez); su manera de relacionarse con sus pupilos y la huella que dejó en muchos. Esas bestiales ganas de vivir que lo sacaron avante de otras ocasiones en las que estuvo al filo de la muerte. Ese toro que habitaba dentro de él y que no sabía más que de fuerza y coraje; ese mismo que, a unas semanas de morir, sonreía y pedía a sus amigos que llevaran un poco de vino para brindar porque sí, porque estábamos todos vivos. Hace una semana hablé con Sandra, quien me contó sobre el estado de Julián; me preguntó si tenía su teléfono. Lo tengo. Me dijo que quizá era buena idea mandarle un mensaje de… lo que yo quisiera decirle. No pude llamar, ni escribir, ni nada.

Sólo se me ocurrió sacar los libros que tengo de él y reelerlos todos: el paso por ese París que sólo Julián pudo ver y plasmar en La feria de los lacayos; lo punzante de una pluma que no tiene conmiseración sobre la modernidad y sus conceptos, sobre la guerra y la literatura. El retrato de una debacle posmoderna en la que seguimos atrapados; uno de los pocos libros de ensayo que he disfrutado de pi a pa, Cándidos y tartufos. Pero guardé mi favorito para el final: La huella del conejo. Una novela de aventuras nutrida de las perversiones más oscuras de la mente de Julián y con eso, por supuesto, que no se entienda alguna referencia a escenas de sexo gratuitas o algo por el estilo. Me refiero a eso que habitaba en el ser escritor de Julián y que lo volvía complejo, indescifrable y profundamente auténtico. Nunca he leído La saga del conejo. Y no le he hecho porque no. Así como tampoco nunca he leído completo Rayuela (ni pienso hacerlo). Pero en este caso, en el caso del adorado Julián, me he de regalar a mí misma la lectura de ese que para mí, y solo para mí, será su último libro mientras pienso en él escribiendo junto a su nietecita y compartiéndose, tan generoso como hizo en vida con quienes fueron parte de su querer.

Maira Colín

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Después de mi cumpleaños, he recordado los 10 momentos en los que me he sentido peor que popó. La verdad es que la mayoría, hoy, me dan más risa que otra cosa, pero en su momento fueron acontecimientos non gratos.

10. Mi mamá no me dejó ir al concierto de Guns N´Roses:

¿Qué explicación le das a una persona de 14 años, con promedio de 9.8, sin adicciones aparentes, que no puede ir al concierto de su grupo favorito del mundo mundial? Por supuesto, ninguna. Así que mi madre tuvo a bien decir quién sabe qué cosas que a mí me hacían sumergirme en un mar de lágrimas y deseos asesinos propios de la adolescencia. Ahora escucho las reseñas del concierto y sé que no tuvo nada de espectacular pero ¡coño! ¡qué nivel de control maternal innecesario!
(Aquí el video que uso para consolarme)

9. El día que mi ex de la secu me presentó a su nueva novia:

Este sí es de no mames porque Enrique, quien tenía la cara llena jiotes (según mis padres), no sólo estaba dientón, ojón, con ojeras inmensas y una actitud de “estoy muy cabròn”, sino que era uno de los más burros de toda la secu; tenía los dientes chuecos, ya en un pedo que dice uno “esto ya no es sexy como la Arquette o la Salgierio” y, según él, se dejaba el pelo largo para verse más acá, pero la verdad es que tenía unas greñas terribles (mis amigos de la secu no me dejarán mentir). El asunto es que Enrique y yo cortábamos y regresábamos cada cinco minutos. Yo torturaba a mis mejores amigos de ese entonces con mamadas irreales como espiarlo en su casa; seguirlo cuando salía con sus papás; llamar en las noches y que yo estuviera en el otro auricular, entre otras tantas cosas que, gracias a dios, uno ya puede hacer por Facebook. Bueno, pues cuando este grandísimo cabrón entró a la prepa, empezó a andar con Mitzy, la más nerd y cachetona de toda la secu (me ganaba en los dos rangos, o sea que ¡imagínense!). Pues bien, este par de retardados se arrejuntaron en primero de prepa y yo lloré y lloré y lloré y lloré y lloré inconsolablemente. Mi fantasía de hacer el amorts con él mientras escuchábamos You could be mine (sí, otro freak fan de Guns), jamás podría realizarse, tssssssssss, saleeeeeeeeee. ¿Qué pasó con esa gente? Mitzy cortó a Enrique tres meses después y se embarazó. No sé qué haga de su vida. Enrique tuvo su primer hijo como a los 19 años, tiene un café internet en la colonia donde vive mi mamá y cada que paso enfrente me tapo la cara onda “sin flash, por favor”, pa que no me salude y yo me muera del oso conmigo misma.

8. EL día que me hice una prueba de embarazo y pensé que era positiva:

Tenía 22 años y me faltaba un año para acabar la universidad. Vivía con un megapelmazo con el que siempre me la pasaba peleando; ya saben, el clásico tipo que fue un nerdazo pero que eso de lo laboral nomás no se le dió, así que vivíamos -más o menos bien- porque yo trabajaba y sus papás lo seguían manteniendo. Bueno, pues un día su mejor amiga le habló para decirle que estaba embarazada AÚN TOMANDO PASTILLAS. Shit! nosotros acabábamos de tener rollo y yo tomaba pastillas, pero si la amiga se había embarazado, uta, ¿qué nos podía salvar a nosotros? Total, el día que me tenía que bajar llegó y nada. Pasó un día, dos, tres, cuatro y para el quinto mis nervios estaban al máximo. Jamás me había hecho una prueba de embarazo antes, así que fuimos a la farmacia y seguí las instrucciones…según yo. La raya se pintó de un color magenta indefinido y yo me puse a gritar y a llorar como loca. El tipo empezó a llorar conmigo y todo fue terriblemente patético. Cuando tuvimos un poco más de cordurara, revisamos la prueba con detenimiento… nunca cerré bien el adminículo, así que ese resultado se podía interpretar como: No sea pendejo y lea bien las instrucciones. Nos disponíamos a ir por otra prueba a la farmacia cuando me empezó a bajar porque, claro, yo usaba pastillas…

7. El día que mi hermana me puso el ojo morado:

No sólo mi hermana es casi tres años más chica que yo sino que pesa como 20 kilos menos. Eso no fue razón suficiente para que la asesina en serie que lleva por dentro me pusiera un ojo morado en una de nuestras tantas peleas sin ring de gelatina y sin bikini. Al otro día fui a la prepa con los lentes oscuros de mi papá y una de mis amigas -a la que su mamá se la puteaba muy machín- me dijo: ¿que, tú también agarraste a alguien a ojazos? Nos reímos y pude salvar el día no sin antes recibir varios comentarios de fresas y mirreyes, quienes sospechaban que “Uñas de satán” (o sea, yo) se había madreado a alguien en la calle.

6. El día que mi mamá me cacheteó enfrente de mis amigos de la secu:

Mi mamá odiaba que me quedara a echar la chorcha después de la salida de clases en la secu, sin embargo, para mí era el mejor momento del día: echar el helado, la viboreada, el cigarrito, el beso, el fajecín chaquetón, etc, etc, etc. Mi madre ya me había amenazado con que si se me ocurría llegar otra vez tarde a comer, me iba a salir a buscar y me iba a llevar de las greñas a mi casa. Yo pensé: Ay, ajá, sí. Y ¡tómela! que un día me la cumplió. La vi caminar de lejos: yo estaba de la mano con el Enrique que les cuento; la miré desafiante, onda “¿pos tú que traes?” y, de pronto, cachetadón a la jeta. Tooooodoooooos mis amigos se quedaron así de “no mames”. Por supuesto que cuando llegué a mi casa pensé que nunca más regresaría a la escuela…

5. El día que me asaltaron en un taxi pirata:

Ahí andaba yo con el pelmazo ese de la prueba de embarazo cuando salimos de un desfile de modas en la Condesa; nos disponíamos a ir a mi casa a ver una peli y tuvimos la genial idea de parar un taxi en la calle. Bueno, el taxi nos cuasillevó a nuestro destino y afuera de mi casa, que se suben dos pendejos vestidos de traje y que nos secuestran. Nos quitaron todo, nos amenazaron con hacernos cosas terribles y nos botaron cerca del metro Oceanía. Cuando nos bajaron, nos pidieron que no voltéaramos y, por primera vez, agradecí que mi abue viviera en un barrio rudo porque identifiqué dónde estábamos y qué debíamos hacer. Lo que más me dolió de aquel día: que me robaran mi primer celular. Tenía 2 semanas de haberlo comprado. Era iusacell y siempre me he preguntado si ese asalto no fue planeado por Don Carlos…

4. El día que un pendejo que recogí de un antro nunca más contestó:

Imaginen la escena: el jacalito, 4 a.m., reggaeton a todo volumen y Maira sola neceando porque se quería quedar a seguir reventando mientras sus amigos ya se iban. Maira sale a fumar un cigarro y un fulano se acerca a prendérselo. Bailan reggaeton duro y pa las románticas reggaeton suavecito. Él le pide el teléfono y ella accede. Y de ahí siguieron casi 5 meses de intensidad absurda y total. Él se fue a Europa a seguir su vida sin avisar que le iba a dar el cortón y Maira, lloró y lloró y lloró y lloró… y ahora este retardado escribe en este blog, así, impunemente.

3. El día que me di cuenta de que no todo mundo piensa que escribo chido:

Sin mayor explicación…

2. El día que me dijeron que mi papá tenía cáncer:

Creo que no hay mucho que argumentar aquí, sólo que justo en el momento en el que me lo estaban comunicando al fondo sonaba I´ll fly with you de Gigi d´Agostino, lo cual crea un ambiente todavía más de la verga a mi recuerdo porque esa es una de las peores canciones de la historia de la música.

1. El día que se me cayeron los calzones en la primaria:

Yo traía unos Baby creysi bastante cansados. Salimos a jugar Ladrones y policías en el receso y Bayenny (una gorda llamada Jenny Marina), me agarró de la falda y me jaló el calzón, reventando el resorte de mi ya gastada prenda interior. A mí se me hizo fácil ir a amarrarla al baño. De regreso a clases, como jefa de grupo, la maestra me pidió que repartiera un material en todo el salón: yo, orgullosa, tomé el bonche de hojas y me dispuse a repartir los ejercicios plasmados en esténcil cuando a mitad del aula sentí que el nudo de desabrochaba; me apresuré para que no pasara lo que sospeché podía pasar. Y justo en el último lugar de la última fila, ¡verga! calzones abajo. Lo peor es que nadie se había dado cuenta hasta que un niño de esos horibles y burros y que se sientan hasta atrás gritó: ¡¡¡¡¡Se le cayeron los calzones!!! y esa fue la primera vez que vi terminada mi vida en sociedad…

@mairacolin

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Mis amigos y yo esperábamos ansiosos la aparición de Los Caifanes en el escenario; no sólo porque de chamacos habíamos sido fans from hell sino porque en las pedas más forevers de todas, donde las pláticas eran sobre qué cabrón es Roger Waters y que el mejor director de cine del mundo es Stanley Kubrick, sí, en ese cúmulo de conversaciones pretenciosas y sinsentido, siempre había unacuasipetición divina: Si se volvieran a reunir los Caifanes… así que, como podrán comprender, para los que compartimos todas esas pláticas, la noche de ayer no tenía ninguna explicación racional; el movimiento del cuerpo estaba imbuido en un vaivén acústico al que no le importó la desgastada voz de Saúl o el evidente olvido de los 17 años que llevaban sin tocar juntos.

Caifanes, junto con Santa Sabina, son los grupos que más he visto en vivo y ayer me di cuenta de que no necesito ningún stament para hacerme la interesante, ni la cool, ni la seudointelectual, ni la “pinche música mexicana”, ni “yo sólo escucho música rarita” y soy de esos melamamones que bien describe Daniel Krauze en su blog: a mí me gustan los Caifanes, me gustan cabrón, y eso no me hace mejor ni peor persona.

Y sí, reconozco las desafortunadas metáforas (…péiname el alma, desénredame fuera de este mundo, fuats); las mamaderías prehispánicas (vienes caminando, ignorando sagrados ritos, pisoteando sabios templos de amor espiritual… chale, casi me vomito mientras escribo esta estrofa), o las francamente impasables foverereses de rolas como Quisiera ser alcohol (Del suelo que flota entre tus sueños; como una perla, te saco de lo oscuro, te llamo por tu nombre, y digo que no puede ser…); pero también están ahí la potencia de rolas como El negro cósmico (que simplemente me voló los sesos en el concierto de ayer), o la maestría musical de Hasta morir, o el melodioso pop de calidá de Estás dormida, o lo intenso y oscuro de Será por eso.

Caifanes logra hacer -cantando en mi idioma- lo que ninguna otra banda ha podido lograr y, perdón, pero cantar en español sí importa, y usar palabras en mi lengua, sí importa; hay algo que está en la palabra que sólo se logra con la fonética del español; hay algo que se devela más allá del código que hemos instaurado en la lengua en aras de entendernos unos a otros… y ese movimiento sí que está en la composición de la música de Caifanes.

Verlos en un mismo escenario a los 5 fue increíble; no sólo porque Marcovich y Saúl se abrazaron al final del concierto (claro, en el momento de hacer la caravana, nadie se emocione); sino porque no hay manera de que ese grupo funcione sin los 5. Por eso El Nervio del Volcán es un disco terrible (aunque ayer bien que yo coreaba todas las rolas que salieron de ese material), porque sin Diego y sin Sabo (que parecía que nada importaban al lado de los egos de Saúl y de Marcovich) no existe Caifanes; tuvieron que pasar 17 años para que lo entendieran, y supongo que también debieron pasar varios cheques con varios ceros para que todos pusieran la otra mejilla, pero ¡qué chingados!, ora sí que ojalá Morrissey tuviera esa necesidad económica para que aceptara reunirse con Johnny Marr y pudiéramos escuchar, una vez más, a Los Smiths.

Reconozco que hay un encanto preciosista en la imposibilidad; que ya no haya ninguna posibilidad de que se vuelvan a reunir los Beatles o Led Zepellin, también tiene los suyo; pero nunca he sido una persona que maneje muy bien la frustración, así que si todos están vivos y con ganas, ¡coño!, unos conciertitos, por favor, que a nadie le caen mal (excepto que sea la reunión de Kabah o algo así; y no temo por mí, sino por las nuevas generaciones. Temo porque mi hijo, un poco más grande, me pida dinero para asistir a un evento de ese calibre).

Caifanes es uno de los grupos elementales en mi soundtrack vital: la primera vez que fui a un antro, cuando yo tenía 13 años, maquillada como puta pa que me dejaran pasar (es que ya tenía yo chichis, vea), fue para ver a Caifanes; la primera vez que fume ganja fue escuchando El Diablito; el primer concierto masivo al que fui fue de Caifanes; la primera vez que le puse a mi mamá una canción a todo volumen para decirle que me tenían hasta la puta ostia fue Será por eso; la primera vez que me di cuenta de que mi papá también lloraba fue cuando murió mi abuelo y en el cd player empezó a sonar Miércoles de ceniza; la primera vez que me di cuenta que estaba enamorada de alguien fue porque mi cuerpo se estremeció al unísino de él cantando Sombras en tiempos perdidos; la primera vez que sentí que estaba a punto de colapsar mi mundo fue con un frasco de pastas y la última estrofa de Hasta Morir.

Así que el concierto de ayer también significó la primera vez -en un chorro de años- que me siento cerca de lo que soy, cerca de lo que quiero, cerca de rebasar los límites de mí misma, de acceder a lo desconocido, sortear lo oscuro, de comerme a mí misma. De, quizás, irme como el mar: lento y salvaje como tú (Gadiel).

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