El fenómeno de Twitter #BadBunnyNobeldeLiteratura despertó las reacciones de varios académicos de renombre. A continuación mostramos una de las presentaciones magistrales de un admirable estudioso de la obra del vate boricua.

La semana pasada tuvo lugar el Primer Simposio de Literatura, Reggaetón y Trap en la UHM (Universidad Humanística Mexicanérrima), en el pintoresco y mal reputado EdoMex. En esa ocasión, doctos lingüistas, literatos, filólogos y expertos en el ars perreandi (“arte del perreo”) compartieron sus impresiones en torno a las influencias líricas y filosóficas del Trap y el Reggaetón en nuestras tradiciones literarias.

Destacó la participación del célebre académico Archundio Brayan Tanhäuser Ruiz, miembro del novísimo Instituto de Investigaciones Líricoperreísticas y doctor cum laude en Letras Caribeñas, quien compartió un sugerente trabajo titulado “Bad Bunny, ¿próximo Premio Nobel de Literatura?” En más de veinte cuartillas, el doctor Brayan analizó los despuntes poéticos de las letras del vate boricua, así como la intertextualidad de sus canciones y la reapropiación concienzuda de la tradición literaria, en sentido contrario a lo que el hoy occiso Harold Bloom llamó caprichosa y freudianamente “ansiedad de influencias”.

Ante un auditorio retacado de estudiosos provenientes de distintos puntos del Área Metropolitana (desde el Ajusco hasta Ecatepunk, sin olvidar la Warrior y la gentrificada Juárez), el doctor Tanhäuser Ruiz estacionó su motoneta en primera fila, se subió los lentes negros, colocó su chamarra fosforescente en el respaldo de la silla, tomó asiento, afinó su garganta con un sorbito de “refresco de señor”, y se aventó una de las más memorables ponencias jamás escuchadas en la cosmopolita ciudad de Neza York. Compartimos, con su autorización, algunos fragmentos de su ponencia:

Ilustración: Raquel Moreno

Honorables concurrentes del Primer Simposio de Literatura y Trap de la UHM. En esta breve ponencia titulada “Bad Bunny, ¿próximo Nobel de Literatura?”, les voy a compartir algunas sencillas impresiones de lectura y apreciación de un corpus tan valioso como desconocido.

Fíjense muy bien, valedores, porque les voy a mostrar algunos de los grandes temas que viene manejando el señor Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como don Bad Bunny, en su esplendorosa obra lírica.

Para empezar bien potentes, vamos a entrarle al viejo tópico del Carpe diem, mejor conocido como “Relaja la raja y disfruta la fruta”, “Equis, güey, estamos chavos”, “Atáscate, que hay lodo” y “La vida es un riesgo, carnal”, al que personas ilustres, es decir banda menos ñera tiene a bien denominar “YOLO”. Resulta que este Carpe diem (del latín: siega el instante, disfruta tu día) aparece de forma patente en aquel rolón titulado “Estamos bien”; ahí el poeta puertorriqueño celebra la abundancia y los placeres de la vida material, pero además advierte nuestra finitud, nuestro carácter inexpugnable de simples mortales:

Hoy me levanté contento, hoy me levanté feliz,
aunque dicen por ahí que están hablando de mí, hey,
joda, que se joda, que se joda, hey, (hey),
joda, que se joda, que se joda. […]
Gracias a Dios porque tengo salud, eh, eh,
la vida no tiene repetición,
después que mami me eche la bendición, yeh.

Estos magistrales versos del Bad Bunny tienen a un claro precursor: son influencia del otro gran latino llamado Catulo, quien anduvo entre los vivos hace más de dos milenios. Como ustedes recordarán, Catulo festejaba su bienestar entregándose a los placeres carnales con su amante, a quien le decía dulcemente: “vivamos y amemos, y que nos valga madres lo que digan los viejos envidiosos”, tal como Bad Bunny afirma “joda, que se joda, que se joda”. Más adelante, en dicho poema, Catulo reflexiona:

El sol puede morir y renacer, pero nosotros,
cuando nuestra breve luz se apague,
tendremos que dormir la noche eterna.
Dame mil besos, luego dame cien;
después dame otros mil, de nuevo dame cien,
después hasta otros mil y luego cien.

Ambos autores, separados por más de dos mil años, manifiestan que hay que disfrutar con absoluto deleite de la vida, puesto que luego vendrá a cargarnos el payaso y penaremos bajo la tierra por el resto de la eternidad.

Y, ya que estamos hablando de la eternidad, veamos cómo Benito Bunny parafrasea a don Francisco de Quevedo y Villegas. Mientras el puertorriqueño escribe en una de sus canciones:

Te toco y hasta el mundo deja de girar (¡wouh-wouh!),
a nosotros ni la muerte nos va a separar (¡nah!).
Bebé, yo soy tuyo na’ más (na’ más),
diles que conmigo te vas (¡wouh!).

El poeta español sentencia:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Con ello se demuestra que el literato boricua ha leído afanosamente la obra de nuestro autor español del Siglo de Oro, sobre todo el célebre soneto “Amor constante más allá de la muerte”. Tanto Quevedo como Bunny le están diciendo a su amada: ‘estoy tan clavado contigo que ni la muerte va a poder separarnos’, cada cual en el estilo que la historia y las circunstancias de la cultura les concedieron en vida, es decir, cada uno con su flow: el poeta español en la estructura encorsetada del soneto, el puertorriqueño en la cadencia suntuosa del trap.

Juan van der Hamen (atribuido a), Retrato de Francisco de Quevedo, óleo sobre tela, circa 1650, Instituto Valencia de Don Juan. Existe una versión idéntica, una de las tres copias que se hicieron, atribuida a Diego Velázquez.

Pero no todo es vida loca, apapachos, ser felices y rechinar el catre, también los escritores conocen los fulgores de la desdicha, la vida amarga y les arde el alma cuando una relación amorosa se hace tristemente añicos. Entonces se ponen a despotricar contra la persona que antes amaron; o sea que primero andan bien enculados y luego terminan odiando a su enamorada. Ya lo decía Catulo: “Odio y amo. Quizá te preguntes cómo puedo hacer eso. No lo sé. Pero es lo que siento, y me torturo”. Y aquí es donde Bad Bunny dialoga con uno de los más grandes poetas del siglo XVI, Garcilaso de la Vega, quien sufrió muchísimo mal de amores, igualito que el señor Bunny. Escribe Garcilaso, todo amolado del corazón:

Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

El amor que vivió Garcilaso queda preso bajo tierra, más subtérraneo que el metro de Línea 7, y se tortura al pensar en todas las bondades que antes tenía y que ha perdido. Lo mismo le sucede a Bad Bunny cuando confiesa:

Te digo la verdá’,
te extraño el 14 y en la Navidad,
y lo’ polvo’ en la parte posterior
del carro, pa’ los tiempo’ en la Superior.

Aunque Garcilaso no es tan explícito del bien efímero que en un día se acaba, seguramente también tenía deliciosos recuerdos que ahora, en la añoranza y la rememoración, le causan terrible daño. Pero la cosa no se queda así, esta dura dolencia se vuelve reproche e incluso rabia en ambos autores cuando piensan en la persona amada como causante de sus desdichas. A Garcilaso y a Benito Bunny les tocó sufrir el tormento de una persona que primero se portaba bien chida, pero al final resultó mala onda.

En un soneto, Garcilaso de la Vega llora al encontrar unas ‘dulces prendas’ que antes le producían mucho placer, pero, después de la ruptura amorosa, ahora son la representación de un gran dolor:

¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!

¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas que en tanto bien por vos me vía, [me veía]
que me habiades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Y así lo lamenta Bad Bunny:

Preguntándole a Dios si en verdad el amor existe,
y ¿por qué, si yo era tan bueno, toda esta mierda tú me hiciste?
Lo más cabrón es que tú ves todo como un chiste,
siempre voy a maldecir el día en que naciste.
Los chocolates que te di y todas las flores
se convierten hoy en día en pesadilla’ y dolore’.

En ambos poemas sobresale la presencia de Dios como el inquebrantable juez de todo destino y la única forma de la sapiencia absoluta y de toda, toda la meritita verdad. Respecto a la condición mudable de la persona amada, Garcilaso agrega:

¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio,
y no viera este triste apartamiento.

A esta cuestión de que la vida va muy rápido y las situaciones bellas se convierten después en pesadillas se le conoce como Tempus fugit (del latín: el tiempo se va en friega), y es uno de los temas más recurrentes en el arte. Ya lo decía Pablo Neruda: ‘¡es tan corto el amor, y es tan largo el olvido!’

Como pueden ver, mis carnales, el poeta Bad Bunny no es un escritor nada improvisado, sabe muy bien incorporarse a la tradición de la literatura, además de darle un toque actual y un estilo propio. Los miembros de la Academia Sueca deben seguir con cuidado el desarrollo artístico de Benito. Mientras tanto la exégesis académica puede irle tendiendo un pasillo certero hacia el podio de tan distinguido galardón mundial. Ya lo dijo la Primera Poeta de la Nación, pero en referencia al imponderable pueblo de Mocorito, Sinaloa, y ahora podemos retomarla así: ¡de Puerto Rico para el mundo!

Muchísimas gracias por su valiosa atención.

 

Por la transcripción y nota: Luis Flores Romero.

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¿Cuál es el secreto del éxito pegajoso y bailador de una canción como “La Chona”? Sólo un experto puede revelarlo. La creación de los Tucanes de Tijuana es única en su especie.

Los académicos de alto pedorraje dirán que ni madres: “La Chona,” ese poema de Los Tucanes de Tijuana, no es más que una vulgar rolita con un panfletario mensaje de rebeldía y bailongo; nada que no hayan releído mil veces en sus libros llenos de latinajos. Pero el crítico tiene la obligación moral de decir la neta y toda la neta. Les aseguro, carnales, que las neuronas de esos  c-ñores dizque letrados se ponen a bailar con el ritmo tucanesco cada vez que oyen la susodicha sarabanda, aunque no lo quieran y les chille la ardilla de sus marcos teóricos.

Sucede que “La Chona” tiene una muy buena dosis de genialidad. ¿Dónde está el secreto de este sublime rolón? Vamos por partes, como dijo el carnicero. Primero, deben saber que “La Chona” combina dos tipos de versos de catorce sílabas: el que nos enseñaron en la secundaria y se llama alejandrino (la suma de dos versos de siete sílabas), y otro que ni siquiera al mismísimo Góngora se le hubiera ocurrido, el tetradecasílabo trocaico.

Achis, achis, ¿qué es esa jalada de tetradecasílabo trocaico?, preguntarán. Sí, ya sé que suena a algo que me acabo de sacar de la manga, y también sé que mis compadres los poetástrotos perturbados dirán que es pura necedad, pues los versos de catorce sílabas se llaman alejandrinos y san-se-acabó. A esos valedores hiperlactantes les voy a demostrar que están pero requetebien confundidos y que la magnesia no es la gimnasia.

Ilustración: Víctor Solís

Como dice Aristóteles en la Retórica: Todos los churritos son frituras, pero no todas las frituras son churritos. Y pasa lo mismo en la métrica. El alejandrino es bien famosillo, rimbombante y canónico, pero no es la única manera de acomodar catorce sílabas en una línea; hay más alternativas, muy exóticas, eso sí. Tal es el caso de “La Chona” y su tetradecasílabo trocaico.

“Ajá, muy bonito tu trabalenguas, pero, tío Lufloro, tú dijiste tetradecasílabo trocaico, y aún no mencionas qué carajos es trocaico”, replicarán ustedes. Calma, calma, la noche es joven, la lengua es larga y para todo hay explicación.

Un verso trocaico ocurre cuando se pronuncia fuerte una sílaba inicial y la segunda no, la que sigue sí, y la que sigue no, y así sucesivamente como si hicieran pasito pa´ delante, pasito para atrás. Por dar un ejemplo garnachoso: "Vamos a comernos eso" es un verso trocaico porque todas las sílabas nones están acentuadas de forma prosódica:

vá-mos
á-co
mér-nos
é-so.

Esto suena "tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka". Ambos versos son trocaicos, el primero es de ocho sílabas (octosílabo), y el segundo de diez (decasílabo). Sólo que, y aquí está la magia, los versos de “La Chona” no son de ocho ni de diez, sino de catorce majestuosas sílabas. Deliciosos y largos versos de catorce sílabas con ritmo trocaico:

ý-la
Chó-na
lué-go
lué-go
bús-ca
bái-la
dór.

“Tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka, tá-ka”. Sientan qué potente y sabroso se oye esa tracatraca de la matraca. Los versos de “La Chona” suenan a caballo norteño y sombrerudo que corre rítmicamente en el campo de la quebradita tucanesca y el que opine lo contrario es porque tiene seco el corazón o porque adolece por completo de músculos cardíacos.

Si no me creen, revísenle y hagan cuentas: los acentos caen, al pronunciarse, en las sílabas 1, 3, 5, 7, 9, 11 y 13. Esto significa que hay en cada verso siete golpes (o pies) acentuales perfectamente colocados. A esto también podría nombrarse heptámetro trocaico, otro término mafufo que todo buen ñoñazo lírico debería aprenderse antes de querer lanzar su veneno.

Ah, nomás para que no se me saquen de onda: si cuentan el verso anterior, resultarán trece sílabas. Pero, como saben los c-ñores doctos y educados, las reglas de la métrica castellana —ese sudoku pa’ señoritos con demasiado tiempo en sus manicuradas y hemofílicas manitas habsurgeñas— cuando la última palabra es aguda se le aumenta una sílaba al verso.

Lo bueno es que los señoritos no son los únicos que le mueven a los pasos perdidos: los juglares más experimentados, desde mi señor Ens Betrán de Ventadorn hasta los Tucanes de Tijuana —Undécimos Musos, Fénixes de Aridoamérica, Inundadores Castálicos de incontables pachangas— se saben todos estos truquillos de arriba para abajo.

En fin, carnales, ¿qué quieren que les diga? El tetradecasílabo trocaico —o heptámetro trocaico: ambos términos se relacionan como las quesadillas con chorizo y los tacos de choriqueso— es sumamente extraño tanto en la poesía como en las canciones en español. Su servilleta entiende una o dos cosillas de prosodia y tiene que admitir que nunca jamás habíase topado con un bicho tan raro excepto en ciertas rapsodias de rap.  Así que, alegraos y bailad, jijos de la quebradita, pues “La Chona” es única en su especie.

En cuanto al coro, allí sí aparece el famoso alejandrino del que tanto hablan los exquisitos eruditos inmamables:

Y la Chona se mueve, (7) y la gente le grita, (7)
no hay mejor que la Chona (7) para la quebradita (7).

Y la Chona se mueve, (7) al ritmo que le toquen, (7)
ella baila de todo, (7) nunca pierde su trote. (7)

Estos versos partidos —hemistiquios, les dicen los venerables— son bastante comunes en todo tipo de poemas, incluso en otras rolitas llegadoras, como en el coro de “Ojalá”:

Ojalá pase algo (7) que te borre de pronto: (7)
una luz cegadora, (7) un disparo de nieve. (7)

Si no me creen, pónganse a cantar “Ojalá” al ritmo de “La Chona” y viceversa. Hagan ese experimento y ya nunca en sus vidas podrán escuchar una sin querer cantarla al ritmo de la otra.

Tenemos entonces, carnales, que “La Chona” es toda una eminencia no sólo porque diario va a los bailes, sino también porque es la única rola donde se combinan dos tipos de versos de catorce sílabas. Pongo las manos al fuego y puedo asegurarles que no existe otra canción ni poema en todo el espectro del idioma español donde se combinen estas dos estructuras de versos de catorce sílabas. 

Y bueno, ¿pa’ que les digo que sí, si no? La mayoría de los versos del desarrollo de “La Chona” no son estrictamente trocaicos; o sea, los acentos no caen de forma precisa donde deberían. Lo bueno es que el impulso rítmico de la interpretación tucaniana obliga a que los acentos se acomoden como deberían. A esto se le llama “dislocación acentual” —o si prefieren: dislocácion acéntual— y es una de esas mañas que tienen los cantantes para que el ritmo sea más pegajoso:

“Tó-dos | lá-co | nó-cen | cón-el | á-po | dó-de | Chó-na”

En la interpretación, la palabra apodo se canta como palabra esdrújula: “ápodo”. Así, el tetradecasílabo norteño queda bien acomodado y ustedes puedan zapatear bien tupido sin hacerse bolas.

Y bueno, mis carnales, ahí quedan servidos. La próxima vez que un mamerto amigo ande sintiéndose la verdura del consomé académico, recuérdenle que “La Chona” es magia, poder, riesgo rítmico, oscilación perfecta de acentos. Esta combinación de ritmos acentuales en versos de catorce sílabas es lo que hace que “La Chona” sea una canción tan pegajosa.

En esta gloria tucanesca y tijuanera se percibe el cincel maravilloso de las sílabas tónicas combinadas armoniosamente con las sílabas átonas. Quizás por ello la Chona baila de todo y nunca pierde su trote, porque su trote es un ritmo trocaico y alejandrino.

 

Luis Flores Romero
Escritor, locutor de radio y decimero. Twitter: @lufloro

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