Margo Glantz
Y por mirarlo todo, no veía nada
México, Sexto Piso/UNAM
2018, 168 p.


El artista plastifica la realidad a su alrededor para dar a luz un objeto de bordes definidos. Ésta, en sus líneas generales, es la tarea del arte. Margo Glantz (Ciudad de México, 1930), a partir de una línea de Sor Juana, titula su nueva entrega Y por mirarlo todo, no veía nada, en alusión a la condición actual de hallarnos inmersos en un entorno digital sobrepoblado de información —aunque principalmente noticias—, en el cual apenas es posible distinguir brillos estroboscópicos en mutación permanente.

La escritura actual tiende a cosificarse y cuando avanza lo hace a tumbos entre los géneros más vendidos. Luego, exhausta, llega más pronto que nunca a los cajones de saldos en espera de un alma caritativa con calderilla en el bolso. Glantz se aleja de la autocomplacencia y publica un cerebral ejercicio plástico de ordenamiento —un diario íntimo, a su modo—, que concluye en un panóptico de información convertida en motivos para la escritura. La autora mexicana prueba con este libro que el camino de la experimentación es parte integral de la vivencia literaria, y no una debilidad de los más jóvenes. Es, por el contrario, un refrendo de que se puede ser un académico en forma y, a un tiempo, un escritor propositivo que se muestra sin complejos.

Y por mirarlo todo, no veía nada es un ejercicio de acumulación de imágenes, a partir de noticias recientes, en donde se filtran subrayados, sensaciones al vuelo, citas de lecturas recientes o un apunte sobre la fugacidad del mundo. Es un libro que en realidad es una idea sobre un libro ideal. Un modelo para desmontar que se asoma al gabinete de curiosidades de Glantz, quien utiliza las redes sociales para la mera convivencia aunque a la par confirma que pueden ser utilizadas como herramienta para la creación. Llama la atención que no se utilizan cursivas a lo largo del texto y también que se trata de un texto continuado. No hay una segmentación en párrafos, sino un palimpsesto integral que debe leerse con tanto cuidado como sospecha.

Glantz se arriesga felizmente con una entrega que descolocará a los lectores menos receptivos a ejercicios escriturales libérrimos, si bien ganará la aceptación de quienes celebran, por encima de todo, que se pongan en entredicho los modelos literarios habituales con la intención de sintonizarlos con los tiempos del mundo. Kenneth Goldsmith, que ha defendido la condición del escritor como “archivista”, celebraría esta entrega de Glantz, hermanada con su Wasting Time on the Internet (2016) y, de manera genérica, con un modo de ejercer la literatura como si se tratase de un juego para endulzar el paso del tiempo. Sin gravedad, sin nostalgias, lejos de cualquier realismo cancerígeno. En esta búsqueda, los grandes temas del pasado quedan tal como los dejaron sus cultivadores y se abre cancha a un modo de celebrar la vida con toda su fugacidad, a partir de las posibilidades creativas que ofrece la catalogación, el culto por el “archivismo”, y cualquier otro método posible de lograr taxonomías por el gusto de inaugurarlo.

La sobrepoblación de datos disponibles para cualquier persona con acceso a internet, modifica cualquier posibilidad creativa y abre canales para la imaginación. Los modos convencionales de “hacer literatura” —relatar la historia del abuelo que huye de la Guerra civil española, o utilizar cualquier historia del periódico para condenar el maltrato a los migrantes, “nuestros hermanos”—, se vuelven cada vez menos admisibles en un entorno que se rehúsa a la inmovilidad. Glantz imparte una lección magistral sobre cómo los experimentalismos aún son el mecanismo más óptimo para extender los dominios de la literatura sobre la realidad. Y es que una vez que se logra el dominio sobre las formas tradicionales, se vuelve posible avanzar en la construcción de un proyecto retador y sincrético, ajustado a los tiempos del mundo y tocado por el genio siempre en busca del hallazgo.

En sus bordes expansivos, el libro apuntala el debate sobre el uso y abuso en el consumo de información, y cualquier otro imaginable. En sus páginas se enuncia el mundo y también es borrado en la página siguiente. Lo que debe agradecerse de Glantz es un modelo de reciclaje de palabras, arrojadas para el olvido, con el cual crear un objeto estilizado para registrar encuentros, incomodidades y asombros que genera la vida que, dicen, sucede luego de la posmodernidad. A fin de cuentas, Glantz señala que la tarea del escritor debe replantearse. El cine y la televisión ejercen el oficio narrativo con pericia y arrojo; la novela gráfica y el periodismo narrativo manufacturan historias con gran aceptación del público. El resquicio que subsiste para el escritor que cuestiona los límites es replantear la metodología de la propia escritura. Volver al origen del hecho como registro para llevarlo a una frontera desconocida. Lo demás es volver a las historias felices que nos relatan episodios de la infancia de los escritores, todos simpaticones aunque desechables.

Y por mirarlo todo, no veía nada es un renovado modo de observar lo que por su propia naturaleza parece que no debe atenderse, con la intención de ordenarlo para crear un producto híbrido. Es el goce de la creación por la creación misma. Es la literatura puesta en la cresta de la manufactura de objetos para replantear lo que existe.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Néstor García Canclini
Pistas falsas. Una ficción antropológica
México, Sexto Piso,
2018, 120 p.


Habría sido una ingenuidad pensar que una novela firmada por Néstor García Canclini (La Plata, 1939) —y más: una primera novela editada al filo de los ochenta años— sería un libro al uso. La preceptiva señala que la madurez profesional de un intelectual hispanoamericano de primer orden de una especialidad como la suya, la antropología y los estudios culturales, debe llevarse con recato para hacer escuela y heredar las áreas de interés a las nuevas generaciones. Ante los ojos de la academia, la ficción es ceder a una debilidad del espíritu. Es un devaneo. Pero, vuelvo, eso dice una vieja preceptiva.

Antonio Alatorre, por ejemplo, no alcanzó a tener entre sus manos La migraña (FCE, 2012), novela publicada de manera póstuma y que lo confirmó como dueño de una mirada exquisita. Por su parte, George Steiner, casi al final de sus días, lamenta no haber dedicado más horas a la escritura de creación. La ficción, se entiende, siempre es placentera. Es un ámbito que expresa más del autor que cualquier otra forma de trabajo intelectual. Refiero esos casos porque debe celebrarse que Canclini se haya despojado de pudores para abrir la cajonera y abrirle paso a Pistas falsas (2018). El libro relata la historia de un arqueólogo chino y su esposa Elena, en un ámbito ficcional que oscila entre los años 2029 y 2030 en los que la pareja hace viajes a las ciudades de Buenos Aires y México para cartografiar las nuevas formas del mundo.

Es un volumen que rescata la tradición de la novela de ideas, en donde los protagonistas se asemejan a los muñecos de un ventrílocuo puestos en la mano de un narrador cuyo ámbito de actividad es el plano intelectual. El arqueólogo chino es una voz que Canclini utiliza para mostrar un futuro posible y nada lejano. Esto lleva a pensar que la mejor manera de recorrer el libro es olvidarse de quién es el autor y, sencillamente, lanzarse a vislumbrar el futuro distópico que anticipa. De otro modo, se corre el riesgo de contrastar su ideario y actividad profesional con un producto que, sin alejarse de esa modalidad de producción intelectual, es empleado como materia novelística. En Pistas falsas,el verdadero protagonista es un flujo de ideas que flota y circula, poliniza para sobrevivir o se resigna al olvido.

De no ser por cierta pátina de ficción, el libro habría ido bien en otro género, fuera ensayístico o de naturaleza híbrida. Quizá los editores pensaron que al encorsetarlo en el género novelístico —que lo admite todo, ya se sabe—, tendría una mejor recepción entre los lectores. La lectura admite ser una sorpresa mayúscula o incluso el descubrimiento de un modo atípico de novelar ideas. Utilizar el plano académico de los congresos y sus infinitos corrillos, revela que la gran novelística demanda un ejercicio de imaginación sostenido y Canclini se mostró poco habilidoso para pensarse fuera de ese plano ideal. En sus momentos más altos, en los que es admisible sospechar que J. G. Ballard podría ser la figura tutelar de esa mirada a un futuro muy próximo, el personaje se reduce al hecho cultural en su transcurrir, multimodal y simultáneo.

Pistas falsas se recorre como una masa de experiencias e intuiciones que habitan en los seres humanos, en este caso dedicados a las labores intelectuales, y que transitan entre ellos a la manera de espíritus que los poseen, salen de ellos y se reformulan para reiniciar el ejercicio. Canclini eligió mantenerse a resguardo bajo las ideas que conoce y en las que se siente cómodo, por los años dedicados a explorarlas y en su elección pasó por alto la posibilidad de entregar al lector un mundo cabal en el que las ideas sobre las que debaten los personajes-muñeco, a la manera de diálogos platónicos, se viesen implementadas para detectar posibles alteraciones a la naturaleza humana.

Habrá con seguridad, a lo largo de libro, dardos cruzados, socarronerías y juegos irónicos, que los lectores que no son parte de los congresos de académicos, sean incapaces de detectar. Es una elección que limita el alcance de Pistas falsas y, por lo mismo, confina su lectura. El desfile de ideas resulta llamativo como planteamiento teórico, pero como materialización narrativa deriva en una aritmética de ideas licuadas dentro de un armazón novelístico. Hizo falta a Canclini, decano de la hibridación, aventurarse a narrar. El lenguaje se recorre instrumental y helado. Es la jerga del académico que no se permite perder la compostura por el temor a que los colegas crucen miradas irónicas.

Pero las ideas no cometen errores ni actúan ni tratan de reiniciar su vida, sino quienes se empeñan en seguirles el rastro para aplicarlas a la realidad. Habría sido una fineza dejar a los personajes actuar en ese entorno de ebriedad tecnológica, antes que darles uso de coro griego para escuchar planteamientos a partir de las ideas que le inquietan a Canclini. Como producto narrativo, es un paseo de sombras; como muestra de vitalidad y amor por la literatura, es una muestra envidiable, y acaso una de sus crestas, de una trayectoria intelectual dedicada a pensar el Hombre como fenómeno que admite las explicaciones más diversas.

Al final, Pistas falsas es un necesario recordatorio de que la novelística no tiene que ser por fuerza de aliento televisivo o cinematográfico; que no debe ser tan sólo el retrato de tipos duros que beben y se divorcian a gritos; que admite ser puesta al servicio de cualquier preocupación humana, así sea un hidalgo que se imagina caballero y sale de su casa, o un arqueólogo chino, quijotesco a su modo, para quien las personas importan menos que las ideas, si algo.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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A cien años de su nacimiento, este lúcido ensayo explora las múltiples facetas de la labor humanista de José Luis Martínez (19 de enero de 1918-20 de marzo de 2007). Sin dejar de lado un balance crítico de su presencia en el monolítico bloque de la cultura nacional de su tiempo, ahonda también en la contundencia de su rigor documental, su mirada universalista y su elección por una pluma depurada como ideal de objetividad histórica.

Es ambiciosa la obra de José Luis Martínez Rodríguez, al igual que docta y colorida como para evaluarla a quemarropa desde una sola perspectiva. Su exploración demanda atención y arrojo, gusto por el refinamiento y afición por el dato erudito. Encarna una secuencia de intereses hilados por un acto a un tiempo cerebral y apasionado: catalogar. Su modo de actuar en la cultura fue sintético y arraigado en principios de orden. Nunca la disciplina generó tantos frutos. El producto cultural, pensaría él, no puede ofrecerse desmadejado y parcial. Debe ser parte de un todo y ese “todo” es la construcción de un historiador o de un crítico.


Portada de La expresión nacional.

Su labor se alarga en las décadas y lo mismo hunde los brazos en la historiografía y en la crónica, la edición de obras de humanidades y la biografía puntual, casi manierista, de personajes fundacionales, el comentario de obras y, como si no fuese ya suficiente, la gestión documental histórica. Es el homme de lettres más cercano al ideal de los países occidentales, en donde toda labor cultural se encamina a proveer a una sociedad con otra idea posible del hombre como sujeto de la Historia, y no solo a ser otro espectador pánfilo de la producción cultural. Al bordear los confines de su obra brota la impresión de que vivió muchas vidas, hiladas alrededor de mantener la confianza en las posibilidades de la cultura como mecanismo de transformación del hombre. Esto que se enuncia fácil es la totalidad de la acción por parte del Estado Cultural.

Por una vocación adolescente, lo leí con interés desde antes de hacer estudios de letras, en especial desde la óptica de la crítica literaria que figura en sus obras. Mi deuda, debo decirlo, es grande. Fue una lectura de cabecera y pese a que tanto el método como el gusto ya nos aleja en el tiempo, aún acudo a sus mapas críticos en busca de esbozos que me permitan avanzar en mis tareas. Es una voz que me acompaña pese a que no lo conocí, ni me interesó buscarlo. Sí recuerdo, no obstante, que durante años pasé frente a su casa de la colonia Anzures (Rousseau 53, si la memoria no me falla), siempre cubierta por un denso hierbal de piso a techo hasta su fallecimiento, solo para envidiar la posesión de las colecciones completas que anhela cualquier devoto de la crítica literaria, y que yo únicamente conocía por imágenes.


Fotografía: Luis Bugarini

Pienso, por ejemplo, en las revistas de la década de los treinta y cuarenta que editó en formato facsímil para el Fondo de Cultura Económica, y en esos libros vueltos inconseguibles sobre las culturas del mundo impresos por millares, ilustrados profusamente y que hoy nada más es posible adquirir con libreros especializados. Para mí, entonces, tal era el objetivo de la crítica: indagar el mundo a partir del hecho cultural sin importar en dónde hubiese sucedido. La cultura sin límites y sin fronteras como una experiencia del hombre y no apenas como patrimonio cultural de las naciones. Aquello me parecía más cercano al paseo que a construir otra imagen del mundo en su totalidad. Ya habría tiempo de ampliar sus alcances.

Cierta vocación universalista impregna la totalidad de la obra de José Luis Martínez. A su modo, continúa la obra alfonsina con igual tino, pero evade con soltura el amaneramiento erudito en el que Alfonso Reyes halló solaz para su propio disfrute y de los enterados y, al paso, mantiene el aliento social —si bien lejos del populismo— que se requiere para ser un dispersor a gran escala de la pasión por el hecho cultural. Es mucho lo que hay en su gestión, a lo largo de los años, como para espigar un mérito específico. Las biografías de Hernán Cortés y Nezahualcóyotl mantienen su condición como obras de referencia desde su publicación, no solo por el nuevo análisis documental sino por la certera reconstrucción de las épocas históricas de ambos. Son libros que admiten la lectura de cualquier interesado en la historia de México y de Hispanoamérica, y asimismo del especialista más recalcitrante. Se leen como una puesta al día con el pasado del país desde dos personajes fundacionales, fatalmente contrapuestos por el hallazgo más grande de la historia moderna del mundo.

A este momento, sería fácil mantenerse en la línea de reconocer los grandes méritos y otorgar la natural admiración por las obras de largo aliento. Pese a ello, encuentro piezas muy necesarias en la obra que parece menos significativa, como su monografía de José Rubén Romero o la canónica antología sobre el ensayo mexicano moderno. Obras que se han mantenido como un estamento de la producción literaria reciente y que no han sido reemplazadas por otras aparecidas con posterioridad, sea porque aún no es tiempo de publicar una versión con autores más recientes o porque la de José Luis Martínez mantiene la vigencia que tuvo al ser publicada.

A un lado de lo anterior, igualmente es necesario subrayar la escasa obra crítica personal o teórica sobre su propia labor. Quizá se encuentra dispersa en toda su obra y hace falta un ejercicio de subrayado que deje ver a los lectores, en una edición sintética, sus ideas sobre el ejercicio de la historia, la crítica o la profesionalización de las humanidades. José Luis Martínez actuó en la crónica o la historiografía, pero apenas le importó exponer cómo entendía su ejercicio. He buscado en sus páginas este “detrás de cámaras” sin suerte. Lo que a mi juicio pudo haber hecho y eligió no hacer, fuera por pereza o mera falta de interés, fue una obra de creación desde la crítica capaz de generar una marca personal. En su necesaria objetividad con aspiración científica, no pocos de sus libros se leen como si hubiesen sido redactados por un cónclave de especialistas, tal como se lee una obra colectiva en donde cada capítulo lo escribe un especialista en esa rama del conocimiento. La pluma de José Luis Martínez carece de visibilidad fuera de la contundencia de la argumentación o el hallazgo documental. Desapareció tras los hechos de lo que eligió historiar. Esto, imagino, es un mérito para el historiador en busca de la objetividad, pero no lo es para la crítica moderna.

La necesidad de su obra está fuera de discusión debido al analfabetismo casi generalizado de la población, por aquel entonces. En el balance, es de lamentarse que optó por guarescerse bajo la sombra del monumentalismo de sus obras. En perspectiva, es admirable el resultado de su labor, pero debe decirse que tuvo a su alcance los medios para lograrlo. No es difícil subrayar al paso que su obra se lee parcialmente oficialista al ofrecer una sola versión de la historia del país y literaria, con la cual vertebrar un modo unitario de entender a México. Tener al alcance los medios para obrar sobre el aparato cultural ofrece ventajas de primer orden, las cuales admiten capitalizarse para lograr beneficios grupales y con ello cerrar las fronteras. Basta con asomarse a su correspondencia.

José Luis Martínez eligió la historia y también ejercer la crítica autocontenida y nos legó obras de referencia sin un sello personal. Son elecciones, son destinos.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Madrid es la invitada de honor de este año en la FIL. Una ciudad con una tradición y una riqueza literaria portentosas que muestra síntomas de buena salud y mejor futuro. Lo siguiente es una guía de lectura imprescindible para todo aquel que desee conocer a los clásicos y a las futuras promesas de las letras de esa capital de la literatura universal.

UNO

Cualquier iniciativa cultural que busque llevar los libros a los lectores, debe celebrarse.

Más aún en un país como México, abatido de manera permanente por la violencia, la inseguridad, cifras poco alentadoras de crecimiento económico y todo lo demás que pueda imaginarse. Las ferias del libro que se celebran a lo largo del país —unas más otras menos, todas con sus vicios y virtudes, tanto aquellas consolidadas como las que ya se muestran optimistas en términos de crecimiento—, realizan un papel significativo respecto no solo a la tarea de acercar los libros a sus potenciales lectores, sino igualmente por lo que hace a impulsar una industria que año con año se enfrenta contra la dureza de las ventas efectivas. Esto porque nunca como ahora la producción editorial mexicana, abundante y diversificada, se realiza casi como un discurso en medio del desierto, en donde apenas algunos libros, de los tantos que se publican al año, serán adquiridos y posteriormente leídos.

Dedicar la edición 2017 de la Feria del Libro de Guadalajara a la ciudad de Madrid, en calidad de Invitada de Honor, es un acierto por parte doble: pone a la vista de todos los países de la lengua española el actual fermento escritural de esa ciudad (más vivo que nunca y con un pasado de grandes nombres y títulos imperdibles) y, por otra, pone sobre la mesa la venta de derechos de autor de centenas de escritores no solo madrileños sino de toda la península ibérica. Lo anterior se traducirá en mayor circulación de las obras, difusión de nuevas propuestas y expansión de la oferta editorial para los lectores. El año mexicano, a bandazos entre el sobresalto y la inconformidad, se cierra con un evento de primer orden en el cual festejar la cultura, en su acepción más amplia, se pone a discusión ante propios y extraños.


Color dentro de la XXXI Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, sábado 25 de Noviembre 2017. (Cortesía © FIL/Nabil Quintero Milián)

Ahora bien, los mecanismos de selección de los invitados nunca son claros aunque sí resultan entendibles desde una perspectiva enteramente económica. Los grandes consorcios presentan a sus autores para acomodar sus libros en las mejores condiciones potenciales de venta. El discurso plural de la literatura y las demás disciplinas queda mermado por los dictados que impone hacer de la producción cultural, además de una propuesta de valor, una forma de espectáculo. Esto no implica por fuerza una trivialización de los discursos y las propuestas, aunque sí genera la impresión de que ciertos actores de la cultura resultan fundamentales pese a que solo resulten favorecidos por cierto modo de la hegemonía.

Al final, los libros serán leídos y analizados tanto por los lectores y la crítica, que darán alguna opinión —informada o espontánea— de los contenidos. Y es que al caminar por los pasillos de la Feria, se genera la impresión de que nadie podría leer siquiera la producción de un año en el espacio de una vida. No solo por lo que hace al material de aire “clásico”, sustento primario de la cultura humanística, sino igualmente al de los nuevos autores que saltan a ruedo con propuestas buenas o malas. El comentario de actualidad, aderezado con bromas ingeniosas, puede ser un llamado a la exploración cultural, pero no sustituye la lectura meditada de autores fundamentales. En su parte menos encomiable, las ferias del libro en general son apenas vitrinas de la producción editorial actual, en las que la socialización extrema se impone como un mecanismo de autodefensa para evitar la lectura, así se realicen voluminosas compras de libros que con suerte serán extraídos del hule que los resguarda del deterioro.

El encuentro entre autores y lectores, que se encomia más de la cuenta, nutre la escritura de fuegos artificiales pese a que no tiene otra función que generar un uso ritual del objeto-libro (¡el autógrafo!), así como la experiencia de la cercanía de quienes han logrado poner sus pensamientos por escrito con un mínimo de rigor. El gran arte se admira años después de su manufactura, en silencio, cuando ya se apagaron los flashes y la crítica ha ponderado aciertos, limitaciones y además ha puesto a dialogar en sincronía obras que fueron creadas sin el mínimo de relación entre ellas.

DOS

Como cada año, la oferta cultural de esta Feria es nutrida. No solo se presentan actores de la vida literaria sino igualmente de otras disciplinas, para darle pluralidad e interés a todos los ámbitos de la actividad intelectual del país. Los autores de Madrid tienen la ventaja de circular de manera permanente en las librerías mexicanas y, por lo mismo, sus libros son leídos en ediciones de impecable manufactura.

Las trayectorias de varios de estos autores se siguen con atención, a lo largo de los años, intuyendo en cada una de sus entregas la posible forma de un nuevo canon para esa literatura nacional. Es necesario señalar que en esta edición la presencia femenina destaca por encima de la masculina. Ahora bien, una literatura de una lengua mayor, como lo es la española, genera escritores a borbotones y no siempre es fácil orientarse en la oferta editorial de España, que es adicta a los premios y cada municipalidad lanza sus convocatorias por género bajo el cobijo de alguna gloria local.

Esta selección personal y sumaria de la extensa lista de invitados, a partir de lo leído y también de lo que puede hallar el lector en la oferta editorial disponible en México, se enlista por estricto orden alfabético en atención al apellido y busca ser una hoja de ruta para leer a ciertos autores de Madrid:

1. Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968)

No es fácil hallar los libros de Marcos Giralt Torrente en México. Uno revisa su bibliografía y es corta en extensión, pero profusa en imágenes y referencias. Son entramados en donde la memoria y el tiempo juegan un rol fundamental para enlazar y romper vínculos afectivos entre los protagonistas. Cuando eres sobrino de Gonzalo Torrente Ballester tienes un compromiso con la literatura más compleja. Sus tres novelas: París (Anagrama, 1999), Los seres felices (Anagrama, 2005) y Tiempo de vida (Anagrama, 2010) deben leerse como ejemplos de un cilindro narrativo que no deja de girar ni aun cuando ya terminó la historia. Los cuentos que integran El final del amor (Páginas de Espuma, 2011) fueron el remate narrativo que dejó clara su vena de autor más europeo que español y más español que solamente madrileño. La experiencia de lectura de cualquiera de sus libros refiere la salud cabal, no solo de la literatura española, sino del acto de narrar como forma superlativa de comunión. Refundación a partir de la angustia de enfrentar la vida.

 

2. Belén Gopegui (Madrid, 1963)

Se ha vuelto célebre que un comentario favorable de Francisco Umbral, vertido en su reseña a la novela El lado frío de la almohada (Anagrama, 2004) sirvió a Gopegui como unción para consolidarse en las filas de la narrativa española. Pese a los méritos de La escala de los mapas (Anagrama, 1993), el lector mexicano la descubrió con asombro en las páginas de Deseo de ser punk (Anagrama, 2009). Ya como parte del catálogo de Random House Mondadori, Gopegui oscila libre entre el estilo intimista desde un “yo” que se atreve a ser un “nosotros” y las preocupaciones de orden social y hasta tecnológicas, como puede leerse en Acceso no autorizado (Mondadori, 2011). La carrera de Gopegui ha sido un constante examen de la situación de la mujer en el mundo contemporáneo, sin extraviarse en la defensa iracunda de ese feminismo que se amputa en contra de sí mismo. Es una narrativa que retrata el desorden del mundo actual aunque con espacio para la sensibilidad de quien es espectador y, por lo mismo, no puede elegir arrinconarse como mecanismo de autodefensa.

 

3. Almudena Grandes (Madrid, 1960)

Almudena, célebre en México y militante exaltada de una izquierda parlamentaria y democrática, a la que recurre como si se tratase de un mantra, saltó a la fama con la adaptación cinematográfica de Las edades de Lulú (Tusquets, 1989) hecha por Bigas Luna en 1990. A partir de entonces su narrativa no conoce los altibajos, pese a que sus novelas son oceánicas y cada vez se tiene menos tiempo de lectura. La guerra civil española, las dificultades de la dictadura y cómo se vivieron ambos fenómenos desde ecosistemas humanos microscópicos, dan cuerpo a la materia de su obra narrativa. El uso reiterado de la polifonía termina por cansar al lector, pese a que cuenta con seguidores a toda prueba. Malena es un nombre de tango (Tusquets, 1994) es una de sus entregas más a la mano. Novelas próximas al entretenimiento, ligeras y lejos de pirotecnias verbales, admiten no obstante una lectura social desde cierta forma de la sensibilidad femenina, modificada en su totalidad después de la muerte de Franco. Una narrativa del tiempo presente para olvidarse del futuro.

 

4. Andrés Ibáñez (Madrid, 1961)

No es inusual escuchar que las aficiones laterales a la literatura distraen del oficio de escribir. Nada más falso. Ibañez es un melómano y ha dedicado parte de sus esfuerzos al entendimiento, disfrute y promoción de la mejor música. Con El mundo en la Era de Varick (Siruela, 1999) se mostró a los lectores como un autor imaginativo y desbordado, casi inasible. La ciencia ficción y la fantasía en español le deben ese aporte al cultivo de un género que lucha por mantenerse en constante movimiento. De aliento monumental, ese autor español ha sido fiel a sus intereses diversos aunque en El perfume del cardamomo (Impedimenta, 2009), libro de relatos, se ajusta a las convenciones del género —al menos por lo que hace a la extensión— y luego de leerlo llego a la conclusión de que es la mejor forma de acceso a su literatura, que anda a paso lento entre el cultivo multiforme de la imaginación y la búsqueda de la forma adecuada para verterla en la escritura. Ibañez está llamado a ser un narrador atípico aunque capaz de suscitar pasiones lectoras entre la multitud, una vez que descubre la pasión por la alta cultura.

 

5. Ray Loriga (Madrid, 1967)

Solo a los despistados les habrá generado estrés que se otorgase a Loriga el Premio Alfaguara de Novela en 2017. Y no porque Rendición (2017) está lejos de ser la historia que lo confirma como narrador en plena forma, sino porque su forma de narrar ya era parte del consumo habitual de quienes leen por la intuición de que a quienes lo hacen les es entregada una llave secreta. Al mezclar el oficio de guionista con el de escritor, se logra una argamasa de imágenes y líneas duras como las que dan vida a sus libros. Ya sólo habla de amor (2008) mostró a Loriga como un experto de la oración seca con efecto duradero. A base de pistoletazos de frases, Loriga gana ventaja en el tramo corto y cada línea avanza hasta lograr que nada la interrumpa en su trayectoria. La crueldad de la vida nocturna y la fauna humana que la puebla, se cruzan en sus páginas para dar vida a entornos desolados en los cuales el acceso a la esperanza es un privilegio equiparable solo al de la muerte. En ese universo de ligerezas y vida al descampado, liberarse carece de sentido porque ya no hay cercas que dividan los espacios.

 

6. Marwan (Madrid, 1979)

La poesía admite ser un reto para la inteligencia —el más alto, acaso— aunque también una forma celebratoria del amor, el deseo, la caricia, el sentimiento a borbotones que genera otra persona en nosotros. Llegó la hora de perderle miedo a las formas cursis de la literatura de altas ventas. Existe como registro y debe ser atendida. La obra de este joven cantautor ha ganado notoriedad a través de las redes sociales, hasta el punto de que no puede ser ignorada. Los jóvenes hallan en sus palabras un camino hacia el entendimiento de lo que viven cuando experimentan el amor. Este autor de sensibilidad acaramelada, risueña y solar, arriesga el pellejo de su carrera musical para abordar el amor de la pareja y el dolor del abandono como forma de llegar al otro. Todos mis futuros son contigo (Planeta, 2015) gana lectores en México y sigue su avance en estas tierras. Marwan ha leído sus poemas en formato de video, lo que ha dado penetración a sus libros. La batalla por los lectores ya no sucede solo a través de la literatura más exigente.

 

7. Rosa Montero (Madrid, 1951)

La loca de la casa (Alfaguara, 2003) fue el libro con el cual los lectores mexicanos descubrieron la obra de esta autora española que se ha vuelto referencia en el medio cultural del país. El ejercicio continuado del periodismo le ha provisto con las armas del oficio narrativo, y lo mismo ha dado a la imprenta narrativa que obras infantiles y juveniles y libros propios del ejercicio periodístico. Montero es una de las apuestas más sólidas en el actual escenario narrativo español y sus novelas son esperadas con gran entusiasmo por un circuito fiel de lectores. Participa con regularidad en la vida pública a través del periodismo y eso le ha dado volumen en la voz para asuntos como el feminismo, la nueva etnicidad europea y España en general. Pese a lo anterior, su última entrega, La carne (Alfaguara, 2016) abre su lugar a paso lento como parte reconocida de su bibliografía. Su narrativa obtiene su mejor insumo del periodismo y eso la hace sutil pero eficaz para abordar cualquier temática y escenario en la trama.

 

8. Antonio Orejudo (Madrid, 1963)

Es uno de los autores más leídos en México desde la aparición de Ventajas de viajar en tren (Tusquets, 2011). El modo coral de estructurar la historia —las historias— dota al libro de esa opción magnética de sembrar en cada página indicios de la siguiente. La posibilidad de una literatura aséptica y exigente, que a un tiempo logra contar una historia, sucede en las páginas de su obra, que avanza con firmeza hacia la consolidación. La publicación de Reconstrucción (Tusquets, 2005) y Un momento de descanso (Tusquets, 2011) se han integrado de manera natural al consumo de los lectores mexicanos, que reconocen en Orejudo al raconteur nato y a un tiempo al observador atento de la realidad no para entenderla ni para (¡dios guarde la hora!) intentar explicarla a los demás, sino con la tarea infeliz de padecerla con menos desagrado. Orejudo mantiene su posición de avance en línea recta y solo un desbalance incontrolado podría desatar una avería en la maquinaria que lo lleva al frente. Una de las trayectorias de las que conviene mantenerse atento.

 

9. Lorenzo Silva (Madrid, 1966)

No deja de ser lamentable que los libros de Silva lleguen a México con menos regularidad de la que deberían. Como cultivador de la novela policiaca, ha dado a la vida a los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, que investigan delitos y tramas criminales en los territorios más ocultos de la sociedad española. Fuera de la ficción de corte policial, Carta blanca (Espasa, 2013), obra a la que le fue otorgada el Premio Primavera de Novela en su edición 2004, llegó a México con tardanza y Silva ha visto mermada su presencia en este país. Pese a lo anterior, su profusa bibliografía, lo mismo en el ciclo de Bevilacqua y Chamorro, que en no ficción y narrativa sin género, se mantiene como una de las estaciones menos prescindibles de la actual producción literaria española. Da la impresión de que Silva no hace nada más que escribir y, cuando llega a descansar, proyecta la escritura de libros adicionales a su bibliografía. Su libro de relatos Todo por amor y otros relatos criminales (Destino, 2016) mantiene el pulso del lector en su punto más alto, por lo que debería leerse casi de manera inmediata.

 

10. Marta Sanz (Madrid, 1967)

Nadie ha generado tanto entusiasmo en la crítica española reciente como Sanz. Su persecución de los premios (Nadal, Herralde, Ojo Crítico de Narrativa o el Premio Vargas Llosa de relatos), siempre ha ido amparado por una obra que cuando se lee genera entusiasmo a la par que conmoción. Farándula (2015), laureada con el Premio Herralde de Novela, supuso su llegada en firme a los lectores del país, que reconocieron en su obra el sano distanciamiento de los episodios de la guerra civil española, con el uso diestro de un estilo transparente y libre de afectaciones, sembradas en la página por el solo hecho de utilizarlas. La cosecha de premios, que no debe alarmar a nadie, está lejos de confirmar el talento de los autores aunque sería lógico pensar que ningún jurado saltará al vacío sin una red (así fuese de hilo de araña) de por medio. Clavícula (2017) es su entrega más reciente y todo parece indicar que los pronósticos no fueron equivocados. Sanz ofrece carne de narrativa, aderezada del mejor modo, para los nuevos tiempos.

 

TRES

Como es usual en cualquier encuentro, no visitan la Feria la totalidad de los autores de la región o ciudad invitada. En este caso, se detectó la ausencia de los siguientes autores:

1. León Arsenal (Madrid, 1960)

José Antonio Álvaro Garrido (aka “León Arsenal”) ha dedicado sus esfuerzos a lo que comúnmente se denominan subgéneros literarios, como el histórico, el fantástico o el thriller. Máscaras de matar (Minotauro, 2004) fue el título que lo popularizó en México, en especial entre los círculos lectores de fantasía y ciencia ficción. La Historia de España es una de sus pasiones secretas y a ella ha dedicado sendos ensayos, a la par que novelas de largo aliento. Su entrega a los “subgéneros” lo mantiene y mantendrá fuera del circuito más visible de autores españoles contemporáneos.

 

2. Javier Azpeitia (Madrid, 1962)

Tanto Ariadna en Naxos (Seix Barral, 2002) como Nadie me mata (Tusquets, 2007), han logrado elogiosos comentarios por parte de críticos a los que conviene seguir. A este momento, su obra no es copiosa aunque promete ampliarse sustancialmente en el futuro próximo. Ha incursionado en el cine en calidad de guionista y eso ha tenido un efecto notable en su labor narrativa. El trabajo en la edición, por otra parte, puede rastrearse en su labor literaria, ya que en El impresor de Venecia (Tusquets, 2016), por ejemplo, el desarrollo de un texto es pieza clave en la trama.

 

3. Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950)

Este polígrafo ha hecho demasiado por la literatura española, no solo como autor, sino también como filólogo, crítico y editor. Su obra es vasta y apenas requiere alguna presentación. Es un referente vivo del homme de lettres con el sustento de una obra continuada a lo largo de varias décadas. Su obra incluye casi todos los géneros aunque sugiero cualquiera de sus volúmenes de poesía para iniciarse en su trato. La erudición, parece decirnos de Cuenca, nunca está peleada con la celebración de la vida.

 

4. Pablo d’Ors (Madrid, 1963)

D’Ors, que a fecha reciente viajó a México para promocionar su libro Biografía del Silencio (Siruela, 2012), igualmente es un narrador diestro, siempre de ideas, dueño de una densidad pasmosa, en títulos como las indispensables Andanzas del impresor Zollinger (Impedimenta, 2013), publicado originalmente en Anagrama, o El amigo del desierto (Anagrama, 2009). Pablo d’Ors es sacerdote y en sus libros se plantean las preguntas del cristianismo, aunque sin dogmatismo ni tiesura. Nunca hay adoctrinamiento sino una invitación fraterna al autodescubrimiento.

 

5. Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957)

Con Gutiérrez, España tiene representación en la literatura más delicada, aquella que apenas necesita sugerencias para llegar al lector y no una trama estruendosa, con explosiones y gritos en los balcones. Sus novelas, lo mismo que los poemarios, han circulado en México y se leen con atención y esmero tanto por los entendidos como por lectores ocasionales. Latente (Siruela, 2003), no obstante, arroja una imagen completa de sus alcances como intérprete de un interior que grita por hallar su rostro en la arena.

 

6. Javier Marías (Madrid, 1951)

Quizá el autor español vivo más importante de nuestra época. Poseedor de un estilo inconfundible, alargado con volutas que parecen no tener fin, en donde la memoria es un artificio que se utiliza a placer para viajar hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. La mayoría de sus títulos resultan fundamentales, pero Los enamoramientos (Alfaguara, 2011) lo muestran como un autor generoso con el lector, ya que se limita a contar una historia y pasa de largo ante la posibilidad de ejecutar alharacas técnicas para asombro de los distraídos.

 

7. José María Ridao (Madrid, 1961)

Uno de los ensayistas más preclaros del actual panorama de las letras hispanoamericanas. Su capacidad de análisis es destacable, en parte desarrollada por su labor en el servicio exterior de España, que lo ha enviado en diferentes misiones a lo largo del mundo. La estrategia del malestar (Tusquets, 2014), por ejemplo, es un riguroso panorama de la situación actual del mundo, que si bien concluye descorazonador, nunca se propone dar aliento que no lleve oxígeno. Su andar en la escritura es un paseo de ideas, reflexiones y largos ensayos de interpretación.

 

8. Berta Vías Mahou (Madrid, 1961)

Traductora del alemán, Vías Mahou ha destacado por su narrativa en Yo soy El Otro (Acantilado, 2015). La huella de autores como E. T. A. Hoffmann, a quien conoce como nadie y además de quien ha prologado una reunión de sus cuentos, hace presencia en su modo de narrar y los objetos que construye pelean por su singularidad, oscilando entre el ensayo, la memoria personal, la narrativa más transparente y el instante poético. Una de las obras en construcción más indispensables de la literatura, no solo española, sino hispanoamericana.

*

La lista de ausencias podría alargarse con tanta imprudencia como descaro. Faltó Juan Eduardo Zúñiga, por ejemplo. España es una literatura viva y no hace falta que todos acudan a un evento para probarlo. Quizá todos fueron invitados y por motivos de salud o agenda no pudieron desplazarse, además de otros que circulan en editoriales minoritarias sin distribución trasatlántica y que, por lo mismo, apenas figuran en las ternas de selección.

El lector debe saber que una feria del libro no es una asociación de beneficencia, una agencia de viajes y tampoco una plataforma de promoción cultural a fondo perdido. Las grandes editoriales pagan las mesas de presentación y colocan a sus autores en los lugares más cotizados. Con todo, el balance es acertado y cumple su función de ser un enlace entre el lector mexicano y la producción editorial reciente de la capital española.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Como cada año, la angustia. Se vuelve costumbre verificar que el hermetismo sueco es a toda prueba. Se barajan varios nombres de autores aunque pocas veces resultan concluyentes, ya que en realidad expresan el sentir de los lectores. Es una proyección del gusto. Felizmente, en esta edición del Premio Nobel de Literatura, triunfó el reconocimiento a la literatura de altos vuelos y la valoración efectiva a una tarea de años. Es una suerte que la Academia sueca haya decidido hacer oídos sordos al barullo por cierto autor japonés y se haya inclinado por un escritor que ha sembrado sus libros de manera tan discreta como rigurosa. Cada una de sus entregas, que si bien en su momento se publicaron en editoriales de alto impacto, apenas llegaban al comentario de sobremesa, sea por la forma de sus tramas (muy distendidas en el tiempo) o porque Ishiguro se ha manejado casi fuera de los reflectores.

Sería muy arriesgado considerar a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) como un autor japonés en sentido estricto, ya que abandonó Japón a los cinco años para instalarse de manera permanente en Inglaterra. Y además escribe en inglés. Lo anterior implica referir que llegó al mundo a menos de diez años de que la bomba atómica destruyera su lugar de origen. La sombra nuclear, como no podía ser de otro modo, aún es una presencia que gravita en la sociedad japonesa. La suya es una obra que se recorre como una larga interrogación por un futuro improbable, siempre angustiante, en el cual la violencia es el eje de las relaciones humanas, lo mismo que el cambio sin reglas claras. El espejo que nos refleja durante un segundo, se modifica al siguiente y ya refleja a otra persona. Todo con un marcado acento de pesimismo, lo cual es entendible, porque Ishiguro es un profesional de la nostalgia. Sus referentes, la mayor parte del tiempo, son occidentales y además ingleses.

Las adaptaciones al cine de dos de sus novelas —Lo que queda del día (1993) y Nunca me abandones (2010)—, que han ayudado en su consolidación como narrador a nivel mundial, han sido vistas en su mayoría por lectores antes que por espectadores genéricos, muy al estilo de lo que sucede con las películas de Paul Auster. Llega la ocasión de volver a la obra de este “artista del mundo flotante” para tener frente a los ojos una narrativa del tiempo extendido, que aún se da el lujo de hacer retratos a fondo de cada uno de los personajes, panorámicas detalladas de los sitios en los que transcurre la trama, y en donde lo que se cuenta siempre es aparente porque todo puede alterarse en la página siguiente. La experiencia de lectura de Ishiguro implica entender que la flexibilidad del tiempo, que es memoria y un elemento constitutivo del ser mismo, fractura las relaciones humanas y las reordena, casi por azar, con lo cual salir en busca del hecho literario es más complejo que nunca.

Los restos del día (1989) y Un artista del mundo flotante (1994), ambos publicados en español por la editorial Anagrama —a la que ya debe reconocérsele el mérito de apostar no solo por Ishiguro, sino por otros autores de su catálogo que igualmente han ganado ese premio con el andar de las décadas—, son las mejores puertas de acceso para adentrarse en el universo narrativo del autor. Y en el relato, las piezas contenidas en Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo (2010), ayudan en el entendimiento de su manejo en la distancia más corta, no por ello menos sensitiva. El asunto del siglo XX, la migración voluntaria o forzosa, aparece en el recorrido de su vida y lo hace de un modo atípico: una familia oriental llega a Occidente y procrea a un escritor venido de fuera que triunfa en la literatura. Esto debe señalarse ahora que inicia cierto auge de los ultranacionalismos en Europa. Los elementos del exterior siempre enriquecen un entorno.

El aporte de la literatura en lengua inglesa a la universal parece no tener fin. El siglo XX literario inglés que generó al Ulises (1922) de James Joyce y a la narrativa de Virginia Woolf, avanza con firmeza en este nuevo que inicia con las premiaciones de V.S. Naipaul (2001), Harold Pinter (2005) y Doris Lessing (2007), solo para subrayar que siempre cuenta con obras de calidad y que mantendrá su posición en firme en la búsqueda de propuestas narrativas. La premiación a Kazuo Ishiguro continúa la estela de galardones resueltos de manera afortunada por la Academia sueca. Su obra es una apuesta por un futuro posible desde el cual pueda leerse la historia casi secreta de un siglo atormentado, con múltiples episodios de intenso sufrimiento, en el cual toda forma de violencia coexiste con los más altos anhelos del ser humano.

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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