En una primera entrega, Luis Bugarini recorrió los libros fundamentales que capturaron, desde diversas narrativas y géneros, el 68 en el continente americano. En esta entrega toca voltear a ver a Francia, el epicentro de esa época, y a Italia, que junto al país galo representan dos de las naciones que más tinta han dedicado para interpretar esas páginas de la historia.

Francia

Francia fue el epicentro de la acción cultural del año 1968. Ríos de bibliografía inundan las bibliotecas y librerías sobre lo ocurrido en aquel país. Sus pensadores gozaron de fama universal y sus libros se tradujeron con velocidad y entusiasmo. Entre lo más reciente de esa bibliografía, destaca 1968 in Europe. A History of Protest and Activism, 1956–1977 (2008), de Martin Klimke y Joachim Scharloth, en el que elaboraron una panorámica de amplio espectro para anotar lo sucedido a raíz de aquel ejercicio de ciudadanización. Es un recorrido de amplia documentación, en el que destaca su conclusión por determinante:

Los hechos de 1968 pueden ser considerados como no solo una coyuntura crítica en la historia de la Guerra Fría y el siglo XX, sino que también ocupan un sitio preeminente en los anales de proyectos revolucionarios transnacionales. En ambos casos, sus mensajes y reverberaciones siguen hoy con nosotros.

Hay entusiasmo en estas palabras, al igual que verdad y síntesis. A su modo, los hechos de 1968 dan sentido al internacionalismo marxista al hermanar a todos los pobres del mundo, organizados para lograr un objetivo compartido. El brote de la globalización traía consigo al enemigo en los pliegues de la ropa.

Ilustración: Patricio Betteo

Es incontestable que los ecos de las consignas callejeras escuchadas en París y en otras ciudades francesas se mantienen intactas en el tiempo. Las pintas de aquellos muros, durante los días álgidos de las huelgas y agitaciones, explican con humor y entusiasmo lo que fue ese terremoto de las ideas. En las páginas de The Walls Have the Floor (2007), Julien Besançon recogió parte de los grafitis que se escribieron en 1968 en Francia. Muchos de ellos dieron la vuelta al mundo y se reprodujeron sin mención de autoría, origen o nacionalidad. No es difícil mostrarse agradecido con este ejercicio. La pinta callejera, con sus limitantes y facilidad para registrar el sentir popular, se erigió como la pauta ideológica a seguir. Era el primer contacto de los jóvenes despolitizados con lo que sucedía en las calles del país. Recupero unas cuantas:

1. Ser libre en 1968 es participar.
2. Tengo algo qué decir pero no sé qué.
3. Un hombre no es estúpido o inteligente: es libre o no lo es.
4. Todo poder explota. El poder absoluto explota absolutamente.
5. Vine, vi, creí.
6. ¡Ármense, camaradas!
7. La revolución es increíble porque es real.
8. Ni robot ni esclavo.
9. No te comprometas con una sociedad en decadencia.
10. Lo sagrado es el enemigo.

Lo que se escribía era la síntesis de una juventud que soñaba con un mundo mejor, así fuese a través de las ideas del filósofo alemán, llevadas a la práctica en Rusia en 1917. Una nación que en 1956 iniciaría un proceso de “desestalinización” a iniciativa del propio Nikita Jruschov. Los resultados de su mala implementación costarían la vida a millones de personas. Antes hice referencia a los grafitis porque igualmente la cultura sufrió una metamorfosis y de las aulas y el atelier del artista, saltó a las calles para que millones de jóvenes hicieran sus planteamientos políticos con una base sólida de cara a la sociedad. El pensamiento político del ámbito occidental se contrastó con la realidad, oscilante entre dos promesas salvíficas de crecimiento humano: socialismo y comunismo.

El situacionismo, por ejemplo, que, si bien ya traía camino, hasta 1968 se abrió paso en sus filas a través del détournement, con el que propuso la modificación de nuestro entendimiento de la realidad y el hecho político en un entorno capitalista. La ciudadanización de la sociedad, como parte del perfeccionamiento del modelo democrático, es una victoria del movimiento juvenil, como lo es asimismo sentar al modelo capitalista en el banquillo de los acusados para dotarlo de rostro humano. Si no todos podrían ser Ernesto Guevara y “crear uno, dos, tres Vietnam”, o lanzarse a la épica del tour revolucionario La Habana-El Congo-Bolivia, al menos podría intentarse la revolución como un acto individual en medio de la barbarie.

Raoul Veneigem se pronunció en ese sentido con La revolución de todos los días (1967) en el cual, como lo dijo Antonio Gramsci años atrás, la revolución cultural precede a un cambio político. La modificación radical de las estructuras presupone al “hombre nuevo” que habrá de operarlas. De otro modo, sucedería lo mismo del caso soviético: la intelligentsia tomaría el control de los medios de producción y preservaría para sí y para su descendencia los beneficios de los nuevos modos de explotación de los bienes colectivos.

Lo anterior pone de manifiesto que el debate estaba en su punto más alto. Además estaba aparejado de la posibilidad real de tomar el poder y acceder a cargos de dirección. El hecho cultural, más atento que nunca del hecho político, registraba aquellos intentos de cambiar a la sociedad que también tuvieron sus intentonas fallidas. Uno de ellos: el terrorismo. La Fracción del Ejército Rojo y las Brigadas Rojas, integradas por marxistas enfebrecidos, fundadas a principios de la década de los setenta, teñirían de sangre la esperanza juvenil y serían la parte menos agraciada de la lucha política. La década de 1970 recibiría a Francia con crisis económica y política. La escuela de Frankfurt y el psicoanálisis sentarían las bases del nuevo diálogo entre las ideas y la realidad, el cual no se modificó sino hasta que dos aviones se impactaron con las Torres Gemelas de Nueva York en 2001. Herbert Marcuse, uno de los ideólogos de más fuste para remodelar la forma clásica del marxismo, ganó una audiencia sensible y militante, pero los afanes revolucionarios amainaron antes del fin de la primera mitad de la década de los setenta. Más que nunca parece claro que el capitalismo se impondría por su énfasis en la libertad individual.

La muerte de Ernesto Guevara (1967) no ayudó al entusiasmo de Jean Paul Sartre, que terminó convencido de la injusticia de la sociedad occidental, aunque nada más allá de eso. A la manera de una ola gigantesca, los movimientos de 1968 llegaron a la playa de una sociedad que se mantenía cómoda bajo el sol, y si bien dejó revueltas y desequilibrios temporales, con el tiempo todo se balanceó de nueva cuenta. La caída del muro de Berlín, que pareció dar la victoria definitiva al capitalismo regulado, trajo consigo hambre, desempleo y falta de oportunidades, en países que no pueden hacerse cargo de sus poblaciones y las envían a exilios forzados a las naciones desarrolladas. Con esa caída, al parecer, se extinguieron las ideas de revolución y de progreso, ambas indispensables para el pensamiento de izquierda.

A escasos cincuenta años de aquellos movimientos, alimentados por el entusiasmo juvenil y un segmento minoritario de la clase trabajadora, brotan preguntas que nunca tienen respuestas fáciles. Subrayo una: ¿hacia dónde seguir? El camino al frente está más emborronado que nunca. La función social de la literatura, bajo las premuras que impone la realidad, se agazapa tras experimentalismos y exquisiteces que impiden trazar una salida al desastre de la actualidad. Occidente se quedó sin ideologías para darse un rumbo a seguir. Quien sostiene que el marxismo aún tiene savia para motivar un programa político creíble y viable, solo confirma que no se tiene nada en las manos, más allá de las promesas de un pensador del siglo XIX, y de sobrado entusiasmo. En dos siglos no se ha hecho nada más que desmenuzar aquel pensamiento y cruzarlo con otros brotes de ideas que han generado sarampiones temporales de ideas sin aplicativo en la realidad. Esa izquierda, por lo común triunfalista y embravecida, que este año conmemora los beneficios obtenidos en aquellas peleas, también tiene la misión de edificar un observatorio para los años que vienen y actuar en consecuencia. A nadie conviene quedarse cruzado de brazos.

Italia

El caso italiano se diferencia de los anteriores por varios aspectos centrales. Enuncio los más sobresalientes: Italia fue aliada del bando que perdió en la Segunda Guerra Mundial, con lo que fue afectada en directo por los hechos de la posguerra; es el asiento de los Estados Pontificios, lo cual determina en parte la agenda política internacional, sea de manera favorable o desfavorable; por aquellos años gobernaba una coalición de izquierda integrada por la Democrazia Cristiana y el Partito Comunista Italiano, un aspecto esencial para entender el alcance del movimiento estudiantil y la recepción que tuvo desde el poder público y, finalmente, el denominado “milagro económico” de la década de 1960, impactó de manera directa en la percepción de la falta de equidad en los jóvenes italianos y trabajadores, que migraron de sur a norte para emplearse en las fábricas de Fiat, Olivetti y otras empresas dedicadas al diseño y los automotores del lujo (Ferrari, Ducati, Lamborghini, Maserati, Alfa Romeo, etc.) El cine, por su parte, atraía capital para inversión del extranjero y los escritores que padecieron los efectos adversos de la posguerra, abandonaron las temáticas siniestras y lúgubres de miseria, hambre y desempleo, para darle lustre al legado de la vieja Roma. Es en este contexto en el que miles de jóvenes salen a las calles a encararse con el poder público para decir: aquí estamos.

Las novelas sociales de Vasco Pratolini e Ignazio Silone abrieron paso a la mejor producción de Cesare Pavese y a un joven Italo Calvino, que si bien tiene un segmento de producción literaria realista, próximo a la denuncia —ver La especulación inmobiliaria (1963)— terminó centrando su vocación en la imaginación de mundos paralelos.

El “caso italiano” respecto a los hechos de 1968 se ha vuelto paradigmático para evaluar su impacto en la sociedad moderna. Jan Kurz y Marica Tolomelli incluso hacen referencia a una rivolutione antropologica y a que en ningún otro país “puede distinguirse un antes y un después en el tiempo histórico”.1 A su modo de entender, aquel periodo de la historia italiana generó un “nuevo movimiento social”: la oposición extraparlamentaria. Italia, que andaba menos veloz en crecimiento europeo que los demás países de Europa continental, lo mismo por los estrados del Mezzogiorno que por la migración excesiva que recibe debido a su localización mediterránea, se sincronizó con el espíritu de la época.

Los hechos sucedieron casi idénticos a como sucedieron en otras partes del mundo: estudiantes en las calles, toma de las escuelas y cierre de instalaciones, enfrentamientos con la policía, violencia contra un sector indefenso. La facultad de arquitectura fue el escenario de aquella lucha, que resultó en la ocupación de las instalaciones universitarias por el ejército y muchos estudiantes lesionados. La diferencia principal con otros países es que no hubo muertos producto de esos enfrentamientos. Las fuerzas del orden mantuvieron la calma y no hubo instrucciones de lesionar a los asistentes, con lo que éstos pusieron en evidencia su capacidad para organizarse y su falta de miedo a los palos, una frontera que pocas veces se había cruzado. Hubo saldo blanco en esos ataques, pese a que hubo quienes intentaron generar historias de abuso de la fuerza pública para su beneficio. El enfrentamiento neurálgico, si bien hubo escarceos alrededor de las principales universidades del país, sucedió en Roma en marzo de 1968 —meses antes en el reloj mundial—, ya que los hechos iniciaron desde febrero de ese año.

En contraste con lo anterior, que ha sido calificado con actitud triunfalista por los historiadores italianos, los estudiantes italianos no lograron conectarse con las demandas de la sociedad ni con la base trabajadora que, o bien aún tenía esperanzas en el experimento soviético, pese a la intervención de la URSS en Hungría en 1956; o preferían darle una oportunidad al socialismo institucional que ofrecían la Democrazia Cristiana y el Partito Comunista Italiano, pese a su notable burocratismo, su rigidez en la interpretación del marxismo y la promesa de que no cambiaría nada salvo los administradores del camino a la salvación. En la parte literaria, Italia daría títulos al mercado europeo que se han vuelto imprescindibles tanto para la alta cultura como para la popular. Elsa Morante publicó La historia en 1974 y Primo Levi El sistema periódico en 1975. Eugenio Montale recibió el premio Nobel de literatura ese mismo año. La plástica y el diseño italiano, por su parte, siguieron su andadura para consolidarse como uno de los más poderosos de Occidente.

La conmoción multitudinaria que llevó a las calles a miles de jóvenes dejó lecciones para todos. El poder volvió a los palacios a replantearse cómo debería ser su relación con la sociedad civil a la que, en principio, sirve y debe regir administrativamente en su beneficio. Poco tiempo después, el glamour de La dolce vita (1960) de Fellini se extinguiría con los bombazos del terrorismo. Milán sería la primera plaza elegida para un baño de sangre. A esta fecha, Italia se mantiene con dificultades como la tercera economía de la zona euro, pero los efectos del terrorismo en la década de los setenta fueron devastadores para la industria. Ahí donde se colocan bombas en los aviones, la industria de la aviación se paraliza porque nadie querrá subirse a uno de ellos. Y ese mismo efecto en cascada en diferentes rubros de la producción. Acudir a una plaza o a un centro comercial se volvió un salto de riesgo. En la parte menos feliz del movimiento de 1968, destacan los brotes intermitentes de terrorismo. Una sociedad que lo padece tiene un flagelo que debe ser neutralizado. Los jóvenes que perdieron la paciencia y creyeron con fervor absoluto en la promesa marxista, dedicaron sus energías a secuestrar aviones, embajadores y atletas. El odio semita se juntó con un arabismo mal entendido, lo que detonó acciones violentas de rechazo en los países occidentales. El caso del Aldo Moro es un ejemplo de estos ajustes de cuentas, a esta fecha sin una sola respuesta, lo mismo que el de Enrico Mattei. Ambos decesos aún esperan un esclarecimiento convincente para dar un carpetazo lejos de toda duda.

Hay muchas maneras de contar lo sucedido en 1968. Sucedió demasiado y se requieren todas las manos posibles para una empresa semejante. La sociedad es un relato gigantesco al cual la literatura hace una aportación, desde las palabras y la imaginación de cientos de autores. En otra barandilla, más exigente y plural, se encuentra la Historia, que espera datos fieles para interpretar lo sucedido. Desclasificar archivos secretos y dar paso libre a los investigadores, es un modo de acceder a la modernidad, de concretar la ciudadanización a la que se ha hecho referencia en este texto. Las sociedades también se alimentan de verdad y siempre hay zonas con claroscuros.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.


1 1968 in Europe. A History of Protest and Activism, 1956–1977. Eds. Martin Klimke y Joachim Scharloth, 2008.

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El año clave de 1968 produjo, entre muchas otras cosas, un alud de libros, de narrativas que intentaron contar, y lo siguen haciendo, los hechos que, en diferentes latitudes, cambiaron para siempre la relación de la sociedad con el poder.
A cincuenta años del 68 mexicano, ofrecemos un recorrido en dos partes por las geografías y los títulos más representativos sobre los movimientos sociales. Empezamos en el continente americano, donde México y su macabro 2 de octubre, y Estados Unidos y su infame guerra, detonaron escrituras portentosas.

No me fío de las crónicas transmitidas de oído, de los relatos redactados demasiado tarde y sin posibilidad de pruebas. La historia de ayer es una novela llena de hechos que nadie puede controlar, de juicios a los que nadie puede replicar.
—Oriana Fallaci, Entrevista con la historia (1974)

 

La Historia es actuada por hombres, quienes además la escriben, delimitan y, en un acto posterior, incluso hasta la interpretan. Leen en ella, en lo que intuyen sus hitos, inflexiones y tiesuras, las constelaciones de signos que les permiten explicar una forma posible del pasado, el sentido del presente y la posible dirección de los futuros. A nadie queda duda de que los hechos de 1968 son una bisagra en el camino hacia la necesaria modernización a la participación ciudadana. La literatura, escrita sin descanso por cientos de escritores, cumplió con su tarea al registrar en parte los hechos a través de diversas modalidades de estilización lingüística. Era perceptible que sucedía en tiempo presente una conmoción del espíritu a todos los niveles, entre otros, en el mundo de las artes, espejo de la condición humana.

El legado cultural de los movimientos estudiantiles de 1968 es amplio y, a su modo y desde las fuentes más diversas, alimentó a las décadas que le siguieron. Asumo la convicción de que sus efectos aún son perceptibles en la sociedad contemporánea. A partir de entonces, la rebeldía se volvió un reto y no únicamente por otra manía producto del ocio para enfrentar a la autoridad, ya que fue posible plantear “otro camino” de actuar en el mundo, en defensa de valores fundamentales, como la libertad de pensamiento y organización política. El autoritarismo, que logró preservar el ejercicio del poder para unos pocos a lo largo de la historia, se vio de pronto diezmado hasta la transparencia. Ya no fue tan fácil, pese a que algunos políticos lo hicieron, como en el caso de México, abrir fuego a diestra y siniestra para dispersar a una multitud con demandas legítimas. El poder ha retrocedido de manera paulatina para dar espacio a quienes con su trabajo diario y acción continuada, salen a las calles a dar sentido al concepto de aquella soberanía radicada “esencial y originariamente en el pueblo”.

No queda sino reconocer que este proceso hacia la participación ciudadana es producto de una izquierda que nunca bajó el brazo, pese al desaliento y los golpes para lograr un silencio indestructible. Fuera a través de la academia, de los medios de comunicación o de cualquier otra forma de intervención en la vida pública, abrió caminos hacia la libertad de expresión como nunca antes había sucedido. Este biombo de narrativas para contar aquellos hechos, en la conmemoración de los 50 años del movimiento estudiantil de 1968, es un paseo organizado de lo particular a lo general por aquel legado que aún entrega sus victorias en la plaza, pese a que ya no se perciba como una victoria para la población joven que nació en condiciones de libertad casi irrestricta. Se comenta de modo irónico que ya es posible burlarse del Presidente, del Ejército y de la Virgen María. Lo más importante en México: ya es posible reemplazar a los administradores sin importar su filiación partidaria. La era del Partido único llegó a su fin. El país y el mundo no son los mismos después de aquel año de agitación y efervescencia política y cultural. Los beneficios del año 1968 están más presentes que nunca.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

México

Con dificultad podrá hallarse, en la historia de la humanidad, algún movimiento social que no dejase tras de sí alguna narrativa para explicarse a sí mismo. En un primer momento en tiempo presente y, acto seguido, de las consecuencias en una doble vía: en tanto que hecho histórico y expresión cultural. Ese registro es fundamental no solo para calibrar la importancia que un movimiento social tuvo en su momento, sino también para sugerir conexiones con otros hechos, sincrónicos y asincrónicos, e incluso para intuir que nada sucede sin motivo. La hipótesis de porqué los alemanes que votaron por Adolf Hitler, aún inexplicable para muchos, se explica fácil con que fue una consecuencia de la situación de Alemania después de la Primera Guerra Mundial y, de manera paralela, al brote de los fascismos europeos, entre otros, en Italia con Mussolini, en España con la Falange y el ideario “joseantoniano”, en Rumania con la Legión de San Miguel Arcángel de Corneliu Codreanu, en Bélgica con el “rexismo”, etcétera. Era el clima de una época.

Los hechos sucedidos en mayo del 68 en Francia, polinizados a la mayoría de los países occidentales, son producto de un despertar colectivo en el que la condición de “ciudadano” se volvió fundamental para intervenir en la planeación y ejecución de los asuntos públicos. El modelo democrático, que aún se perfecciona incluso en los países con mayor tradición de implementarlo para el reemplazo ordenado de los administradores, otorgó carta de participación a una ciudadanía crítica, salida de las universidades, que se entregó con entusiasmo a modelar formas de participación para limitar los abusos de la clase política. Esta intervención, debe decirse, no siempre ha dado los mejores resultados. La llave de la participación, abierta sin control, genera un flujo que debe modularse so pena de que la materialización de objetivos se diluya hasta que no haya manera de hacer efectiva la ejecución de una política pública. Esto es: el modelo democrático llevado al extremo conduce a escenarios de ingobernabilidad. La euforia electoral es solo un tramo de la vida democrática, a la que sigue el periodo efectivo en que deben implementarse acciones para el mejoramiento de la población.

La narrativa que generó el 68 mexicano es profusa. Se cuentan más de cincuenta títulos entre obra literaria y testimonial, monografías, crónicas y memorias de participantes en los hechos. Es previsible, además, que el cumplimiento de los cincuenta años de los hechos de Tlatelolco genere otro aluvión de bibliografía. Los hechos de violencia conmocionan a las sociedades y en el caudal mexicano, al lado de testimonios de primera mano —Luis González de Alba con Los días y los años (1971)—, suceden aquellos que se vuelven necesarios producto del periodismo —Elena Poniatowska con La noche de Tlatelolco (1971)—. En ocasiones, como sucedió en México, las visiones son encontradas e irreconciliables, otras son materia de desecho y, algunas de las más logradas, se generan desde la ficción para dar cuenta de tramos de historia que nadie registró. Cincuenta años parece un periodo de tiempo lo suficientemente espaciado como para reconstruir lo sucedido. Y más: para concluir que es un parteaguas en la historia nacional. El poder aún siente recelo del torrente salvaje y actúa en consecuencia.

El escenario electoral de 2018, por su parte, en nada se parece a aquel de 1968. Aquel México es una memoria que avivó debates que hoy carecen de vigencia porque son verdades consumadas. Las comunicaciones ultrarrápidas y la capacidad de registrar en video cualquier hecho, por cientos de espontáneos (y además transmitirlo en tiempo real en las redes sociales) modifica en su totalidad la interacción entre la masa que sale a la calle para hacer demandas al poder público, y las posibles respuestas de éste. Esto impacta el hecho literario. La posibilidad de relatar un hecho, más aún en el actual fermento favorable para la crónica, se amplifica hasta límites insospechados. Las narrativas del 68 en México, en su mayor parte, están formadas por testimonios que se fueron compartiendo entre los participantes. Es una gigantesca bola de nieve en la cual resulta difícil probar las afirmaciones de los protagonistas o de quienes tuvieron conocimiento de los hechos, fuera directo o indirecto.

El registro literario de los hechos oscila entre el registro más epidérmico a la estilización más onírica. La distancia entre La Plaza (1971) de Luis Spota, con su defensa de la acción gubernamental, se aleja del registro esteticista de Juan García Ponce en La invitación (1972) o de Palinuro de México (1977) de Fernando del Paso. Son modalidades polarizadas que se tocan en el uso de la palabra como registro de hechos, y nada más. En la parte ideológica, cada una de las entregas debe leerse desde la perspectiva de que la teoría marxista flotaba en el ambiente. El llamado a la praxis de Karl Marx se vivió como una fe colectiva y no pocos se lanzaron a la guerrilla o al terrorismo para intentar la toma del poder político. México se sincronizó con el tiempo del mundo, si bien los movimientos semirevolucionarios que se organizaron fueron de base campesina y con escaso apoyo popular, sin acceso a armas de alto poder y sin formación ideológica y militar. Y es que, a diferencia de otras tradiciones literarias, en México el llamado “Movimiento del 68” generó un segmento de narrativas para dar consistencia a una convulsión social de base estudiantil y urbana, que cimbró no solo a la sociedad civil sino también a la clase política. Además de los títulos citados, los siguientes son una lectura recomendada para leer las líneas generales del movimiento de 1968 en México:

1. Con Él, conmigo, con nosotros tres (1971) de María Luisa Mendoza.
2. Si muero lejos de ti (1979) de Jorge Aguilar Mora.
3. Pánico o peligro (1983) de María Luisa Puga.
4. La imaginación y el poder (1998) de Jorge Volpi.
5. La libertad nunca se olvida. Memoria del 68 (2004) de Gilberto Guevara Niebla.

La existencia de un gobierno represor integrado por dirigentes preparados para cualquier acto, fuera legal o ilegal, con tal de limitar los esfuerzos por democratizar a la sociedad o de evitar que la epidemia roja llegase al país —temor que no era infundado debido a la Revolución cubana—, generó conciencia entre quienes sentían comodidad por los métodos del Partido hegemónico. Lo que subrayan las narrativas del Movimiento del 68, de manera global, es cómo se fracturó la confianza ciudadana en la clase política y cómo los hechos de violencia se filtraron a la sociedad en su conjunto. La búsqueda de la utopía salió de las páginas de los libros para instalarse en la calle. Fredric Jameson, en Arqueologías del futuro (2009), lo explica de la siguiente manera: “La dinámica fundamental de cualquier política utópica (o de cualquier utopismo político) radicará siempre, por lo tanto, en la dialéctica entre la identidad y la diferencia, en la medida en la que dicha política tenga por objetivo imaginar, y a veces incluso hacer realidad, un sistema radicalmente distinto a éste”. Esa fue la intención de aquellos jóvenes. Soñar con la utopía y lanzarse en su búsqueda.

 Estados Unidos

En un balance entusiasta aunque no sin alguna razón, George Katsiaficas refiere en The Global Imagination of 1968. Revolution and Counterrevolution (2018) que el movimiento de 68 fue “histórico” porque causó que de 1968 a 1970 cuarenta naciones se “democratizaran” entre 1974 y 1991. Es una opinión liberal cargada de buenas intenciones, ya que no ofrece parámetros de lo que considera esa “democratización”, lo que hace pensar en la antigua “cristianización” hispánica, que consistía en llegar a una tierra y poner una cruz en el suelo. Luego de cincuenta años, sin embargo, es posible hacer un recuento de los procesos de ciudadanización en el mundo —término que prefiero a “democratización”—, a la cual las convulsiones del año 68 ayudaron de manera sensible. En Estados Unidos, luego del Macartismo (1950-1956), la clase intelectual de ese país se acercó sin reservas a los marxismos (no hay otro modo de calificarlos) para generar lo que sería conocido como la New Left versión norteamericana (1960-1970), de la que saldrían defensas beligerantes en diferentes ámbitos: los derechos civiles, el feminismo, la liberalización de la mariguana, los estudios de género, la lucha por ejercer sexualidades más responsables, además de otras reivindicaciones que hoy se asumen de manera natural como parte de la agenda de la izquierda en ese país y en el resto del mundo. Se quiera o no, lo que sucede en Estados Unidos repercute en todos los países occidentales.

Para la segunda mitad del siglo XX, el alto grado de industrialización de ese país hace que cuente con una numerosa clase obrera calificada, bien remunerada y con asistencia social, lo que genera que la población originaria apenas sienta descontento con la gestión pública. Los problemas sociales, diferentes por país y región, admiten gradientes y para el inicio de la década de 1950 los índices de acceso a oportunidades de desarrollo por parte de los norteamericanos originarios no eran escasas. El enemigo público número uno, el comunismo, se hallaba lejos y no parecía que hubiese una amenaza a la democracia del continente. Aún faltaban nueve años para que se concretara la Revolución cubana. Pese a lo anterior, los desastrosos efectos de la guerra de Vietnam avivaron la discusión sobre la responsabilidad política del gobierno y de la sociedad en su conjunto. Aquella intervención errónea, que generó aluviones de narrativa con la forma de protesta, aún se mantiene como una de las más equivocadas de la historia moderna de los Estados Unidos. Las voces disidentes, que incluyeron a los intelectuales más destacados de la época, dedicaron sus energías a relevar las fallas en las decisiones de una clase política que se quedó sola frente a las críticas, que llegaban no solo del interior del país sino también del exterior. Iniciaba la fase de la vida norteamericana en la que todo acto tendría un escrutinio a nivel microscópico.

El año de 1968 es una inflexión para el pensamiento de izquierda no solo en los Estados Unidos sino en todo el mundo. La revisión plural del pensamiento marxista, que habría de unirse con el psicoanálisis, por ejemplo, y con otras corrientes analíticas para abrir nuevos caminos a su aplicación en la sociedad, se dispararía hasta generar frondosidades conceptuales de proporciones insospechadas. Llegado cierto punto todos eran marxistas, pero el concepto perdió fidelidad y finura en el trazo. “Reinterpretar el marxismo” se volvió un ejercicio cotidiano en las universidades norteamericanas que, por lo demás, contaban en sus plantillas con pensadores europeos exiliados en esas tierras después de la Segunda Guerra Mundial. El comunismo a la “china” con su énfasis agrícola, el “cubano” con el apoyo soviético, terminaron en parte con el entusiasmo y las aplicaciones marginales —Corea del Norte y otros países de bajo impacto— apenas generaron interés como fuentes inspiradoras para conseguir una flexibilización necesaria que permitiese aplicar el ideario marxista a la realidad del primer mundo. Contrario a lo que profetizaron Marx y Engels, las revoluciones comunistas no sucedieron en los países más desarrollados, consecuencia de los excesos del capitalismo, sino que fueron la iniciativa de una pequeña vanguardia muy activa y militante, con la iniciativa suficiente para tomar las armas e intentar asonadas guerrilleras, quienes impusieron regímenes que terminarían en fracasos monumentales para sus respectivas poblaciones.

El efecto benéfico en la sociedad norteamericana, producto de quienes salieron a las calles en 1968, es directo. La fiscalización de las actuaciones públicas se ha vuelto una normalidad, cincuenta años después, y los jóvenes ejercen su libertad de expresión como jamás lo habían hecho, lo mismo en las calles que en las redes sociales. Salvo casos aislados, el autoritarismo se encuentra casi fuera del discurso público, limitado a una permanente observación de la sociedad civil. Los hechos de 1968 dinamitaron una forma monolítica de intervenir en la realidad, para dispersarla en múltiples direcciones, con el apoyo de millones de ciudadanos. El proceso de construcción democrática en los Estados Unidos se aceleró en las últimas tres décadas del siglo XX. Con lo anterior, la literatura extendió las alas. Los beats, desde su reducida audiencia inicial, lograron llevar el discurso de la protesta a una arena estética, con gran estilización y con la fuerza suficiente para motivar más y nuevos actos de la imaginación política. Aullido (1955) de Allen Ginsberg, En el camino (1957) de Jack Kerouac y El almuerzo desnudo (1959) de William Burroughs respectivamente, agitaron la plaza con cientos de consignas vertidas en sus libros que habrían de provocar inquietud en jóvenes con o sin formación política. Las obras de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs, y de otros artistas de todas las disciplinas, son paradigmáticas cincuenta años más tarde, para ilustrar el Geist de la nueva América, empática con la clase trabajadora originaria y atenta de las mutaciones del espíritu.

El efecto directo de la fusión de literatura y política fue lanzar a los jóvenes a las calles, con lo que el poder público debió aprender a interactuar con la masa que grita y se manifiesta, antes que solo reprimirla con salvajismo y brutalidad. En lo que atañe a las ideas, la imaginación abrió nuevos moldes para la agitación cultural, a lo que ayudó la proliferación de drogas alucinógenas y teóricos de la conciencia que hablaron de ellas como capaces de acortar la distancia entre la experiencia humana y el contacto trascendente. Los hechos de violencia sucedidos la Convención Nacional del Partido Demócrata, celebrada en Chicago en agosto de 1968, con el propósito de elegir el candidato para las elecciones presidenciales de 1968, no podría repetirse. Fue necesario construir un diálogo con la nueva masa de jóvenes que salieron a las calles para darle vida al flower power.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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El ensayo que compartimos con nuestro lectores aborda la trayectoria del Premio Nobel de Literatura 2001 recientemente fallecido, V.S. Naipaul, autor que hizo del mito piedra de toque de su obra: ejemplo del sincretismo que nutre a la literatura occidental, e “impulso novelado por llegar al otro con independencia de su origen o credo”.


Quizá ninguna otra literatura occidental se ha beneficiado tanto del sincretismo como la inglesa. Su capacidad de adaptación al medio (sea hostil o favorable) y de asimilación constante, ha logrado con cada cruce nuevos beneficios culturales que se traducen en fortaleza, diversidad, amplitud y flexibilidad ante los embates que impone la natural obsolescencia. El idioma inglés, por lo demás, tiene la elasticidad necesaria para lograr cualquier adaptación imaginable y, además, hacerlo de un modo que resulta admirable. Los ingleses parecen nacidos para integrar a su favor todo lo que encuentran a su paso.

Es profusa la lista de escritores y artistas de otras procedencias que han alimentado y se han nutrido de la tradición inglesa, lo cual a su vez impacta a toda la producción occidental. Inglaterra es una bisagra que poliniza la actualidad hasta moldearla a su modo, casi de manera imperceptible. El colonialismo del siglo XX, en su parte menos condenable, puso en contacto a pueblos de culturas apartadas y hasta disímiles y los obligó a una conversación sostenida, incluso si la ocupación del territorio ya no se mantuvo en el tiempo. Francia mantendrá sus vínculos con Argelia, del mismo modo que Italia los sostendrá con Etiopía, España con México e Inglaterra con la India, entre varios países que vivieron alguna forma de intervención política o cultural.

El origen y producción literaria de Vidiadhar Surajprasad Naipaul (1932-2018) es extremoso por donde se le mire. Nacer en Trinidad y Tobado de padres hindúes para luego estudiar en Inglaterra genera una fusión multicultural que trenza poderosas tradiciones literarias y religiosas. Naipaul nació con vocación de nomadismo. El otorgamiento del Premio Nobel de Literatura en 2001, año crítico para la migración por el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, subrayó que las naciones son realidades complejas que muestran su riqueza solo cuando se ponen en contacto con otras tradiciones. Sin ese contacto no son nada más que un acumulado de hechos, actos y obras, que explican el devenir de un pueblo. En la inaccesibilidad, una cultura muere en el aislamiento hasta que esa endogamia asfixia la circulación de productos culturales.

El estilo de V.S. Naipaul es el del mito. Cada generación tiene su narrador mítico y ese fue el papel que asumió y ejerció con libertad. Sus elaboradas estructuras para el relato son andamiajes que vuelven a la figura del héroe y la gesta, las pruebas que debe afrontar para salvar a la humanidad de cualquier desastre imaginable. El aparente realismo de sus narraciones —Un recodo en el río (1979), por ejemplo—, muy cerca del lector pero también de la figuración arquetípica, busca revelar que el alma del hombre es una y además es universal. Si todo es divino entonces no importa si se nace musulmán, protestante o anglicano. Tampoco si se vive en un país occidental o en la lejanía del Congo. El discurso favorable por la multiculturalidad y el desarrollo armónico de un mundo en permanente fusión, tiene en su obra a uno de los exponentes más significativos, ya que él mismo era ejemplo de lo que exaltaba en sus novelas. A su modo, Naipaul no podría escribir de otra manera. La parte narrativa de su obra será analizada durante décadas por los especialistas, pero escasamente ganará asentarse en el gusto del público, al menos de lengua española. La premura de cada premiación del Nobel impone obligaciones de lectura que no siempre se cumplen con el debido cuidado y la realidad de la India y de Trinidad y Tobado no son parte de la conversación de los lectores promedios en los países hispanoparlantes.

En otro segmento de su producción están los luminosos ensayos de interpretación sobre la India y el Islam, dos realidades inmensas que han inquietado a Occidente durante milenios y de las cuales apenas se ha podido dar una interpretación que ayude a navegarlas sin sobresaltos o intermediarios. La realidad profunda de algunos países orientales se mantiene como una visita que promete siempre un shock sobre cómo se ejerce la vida, tan dúctil como azarosa. Entregas como India (1977) o Entre los creyentes (2011) lo mostraron como un agudo observador de la realidad de países que conoció en grado epidérmico. A la manera de un Virgilio que nos habla desde la distancia, sus entregas complementan a los ensayos canónicos para el conocimiento de la India. De modo adicional, Leer y escribir (2000) ayudó en la visibilización de las lecturas que orientaron su tentativa y le dieron las herramientas narrativas para atizar sus páginas más logradas. Cúspides de la literatura oriental como Las mil y una noches, le dieron lo que necesitaba para arrojarse a la escritura de novelas en las que desfila casi todo lo creado.

La decisión de la academia del Nobel fue acertada, pues cumplió en revelar a los lectores a un escritor que, sin el premio, se habría mantenido como una joya oculta accesible solo para los especialistas. Lo que debe decirse es que el estado del mundo ya se alteró hasta quedar casi irreconocible. El mundo que conoció Naipaul y sobre el que escribió —aquel posterior a 1950— está lejos y si bien los problemas se asemejan lo mismo en amplitud que en dificultad, se han entretejido hasta volverse un tapiz de formas en las cuales no siempre es fácil concluir dónde es arriba y dónde es abajo. El estado del mundo es mucho más complejo ahora que entonces, aunque la perspectiva de Naipaul siempre fue optimista y en busca del entendimiento. Su obra, en síntesis, es un impulso novelado por llegar al otro con independencia de su origen o credo. Es una mano tendida para quien quiera tomarla. Las páginas en parte autobiográficas de El enigma de la llegada (1987) ayudan a otear el horizonte de su literatura, que es compleja y se forma con múltiples puntas de iceberg de los que nadie conoce la profundidad hacia abajo, ni la dirección o velocidad con la que viaja.

El nuevo destino de Naipaul —que inicia con su ausencia física—, ya no es responsabilidad de los lectores, que se acercaron a sus libros con tanta curiosidad como empeño, solo para descubrir que la condición individual se mantiene como la brújula que orienta nuestros pasos. Pese a las cualidades estéticas de su obra aún somos presos de nosotros mismos, de la condición múltiple y azarosa de ser y vernos obligados a actuar, arrojados a un mundo que oscila con un patrón que nunca es predecible. Hay una pátina de misterio en sus páginas. Es la vieja oración alrededor del fuego bajo un cielo de estrellas. El viajero incansable, de espíritu fornido y determinación tensa, que hizo como nadie por entender las fuentes de donde él y sus páginas brotaron, se aleja en físico para mirarnos desde su apacible distancia. Naipaul sigue su camino de héroe en la gesta que eligió: la arena literaria.

Despidamos al fabulador para quien cualquier trivialidad es un susurro de lo trascedente y quien, por lo mismo, nunca sintió reparos en alejarse de la vía estricta que impone la razón, para dar cabida al juego imaginativo que se instala en la realidad. Queda seguir atentos de sus murmullos.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Margo Glantz
Y por mirarlo todo, no veía nada
México, Sexto Piso/UNAM
2018, 168 p.


El artista plastifica la realidad a su alrededor para dar a luz un objeto de bordes definidos. Ésta, en sus líneas generales, es la tarea del arte. Margo Glantz (Ciudad de México, 1930), a partir de una línea de Sor Juana, titula su nueva entrega Y por mirarlo todo, no veía nada, en alusión a la condición actual de hallarnos inmersos en un entorno digital sobrepoblado de información —aunque principalmente noticias—, en el cual apenas es posible distinguir brillos estroboscópicos en mutación permanente.

La escritura actual tiende a cosificarse y cuando avanza lo hace a tumbos entre los géneros más vendidos. Luego, exhausta, llega más pronto que nunca a los cajones de saldos en espera de un alma caritativa con calderilla en el bolso. Glantz se aleja de la autocomplacencia y publica un cerebral ejercicio plástico de ordenamiento —un diario íntimo, a su modo—, que concluye en un panóptico de información convertida en motivos para la escritura. La autora mexicana prueba con este libro que el camino de la experimentación es parte integral de la vivencia literaria, y no una debilidad de los más jóvenes. Es, por el contrario, un refrendo de que se puede ser un académico en forma y, a un tiempo, un escritor propositivo que se muestra sin complejos.

Y por mirarlo todo, no veía nada es un ejercicio de acumulación de imágenes, a partir de noticias recientes, en donde se filtran subrayados, sensaciones al vuelo, citas de lecturas recientes o un apunte sobre la fugacidad del mundo. Es un libro que en realidad es una idea sobre un libro ideal. Un modelo para desmontar que se asoma al gabinete de curiosidades de Glantz, quien utiliza las redes sociales para la mera convivencia aunque a la par confirma que pueden ser utilizadas como herramienta para la creación. Llama la atención que no se utilizan cursivas a lo largo del texto y también que se trata de un texto continuado. No hay una segmentación en párrafos, sino un palimpsesto integral que debe leerse con tanto cuidado como sospecha.

Glantz se arriesga felizmente con una entrega que descolocará a los lectores menos receptivos a ejercicios escriturales libérrimos, si bien ganará la aceptación de quienes celebran, por encima de todo, que se pongan en entredicho los modelos literarios habituales con la intención de sintonizarlos con los tiempos del mundo. Kenneth Goldsmith, que ha defendido la condición del escritor como “archivista”, celebraría esta entrega de Glantz, hermanada con su Wasting Time on the Internet (2016) y, de manera genérica, con un modo de ejercer la literatura como si se tratase de un juego para endulzar el paso del tiempo. Sin gravedad, sin nostalgias, lejos de cualquier realismo cancerígeno. En esta búsqueda, los grandes temas del pasado quedan tal como los dejaron sus cultivadores y se abre cancha a un modo de celebrar la vida con toda su fugacidad, a partir de las posibilidades creativas que ofrece la catalogación, el culto por el “archivismo”, y cualquier otro método posible de lograr taxonomías por el gusto de inaugurarlo.

La sobrepoblación de datos disponibles para cualquier persona con acceso a internet, modifica cualquier posibilidad creativa y abre canales para la imaginación. Los modos convencionales de “hacer literatura” —relatar la historia del abuelo que huye de la Guerra civil española, o utilizar cualquier historia del periódico para condenar el maltrato a los migrantes, “nuestros hermanos”—, se vuelven cada vez menos admisibles en un entorno que se rehúsa a la inmovilidad. Glantz imparte una lección magistral sobre cómo los experimentalismos aún son el mecanismo más óptimo para extender los dominios de la literatura sobre la realidad. Y es que una vez que se logra el dominio sobre las formas tradicionales, se vuelve posible avanzar en la construcción de un proyecto retador y sincrético, ajustado a los tiempos del mundo y tocado por el genio siempre en busca del hallazgo.

En sus bordes expansivos, el libro apuntala el debate sobre el uso y abuso en el consumo de información, y cualquier otro imaginable. En sus páginas se enuncia el mundo y también es borrado en la página siguiente. Lo que debe agradecerse de Glantz es un modelo de reciclaje de palabras, arrojadas para el olvido, con el cual crear un objeto estilizado para registrar encuentros, incomodidades y asombros que genera la vida que, dicen, sucede luego de la posmodernidad. A fin de cuentas, Glantz señala que la tarea del escritor debe replantearse. El cine y la televisión ejercen el oficio narrativo con pericia y arrojo; la novela gráfica y el periodismo narrativo manufacturan historias con gran aceptación del público. El resquicio que subsiste para el escritor que cuestiona los límites es replantear la metodología de la propia escritura. Volver al origen del hecho como registro para llevarlo a una frontera desconocida. Lo demás es volver a las historias felices que nos relatan episodios de la infancia de los escritores, todos simpaticones aunque desechables.

Y por mirarlo todo, no veía nada es un renovado modo de observar lo que por su propia naturaleza parece que no debe atenderse, con la intención de ordenarlo para crear un producto híbrido. Es el goce de la creación por la creación misma. Es la literatura puesta en la cresta de la manufactura de objetos para replantear lo que existe.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Néstor García Canclini
Pistas falsas. Una ficción antropológica
México, Sexto Piso,
2018, 120 p.


Habría sido una ingenuidad pensar que una novela firmada por Néstor García Canclini (La Plata, 1939) —y más: una primera novela editada al filo de los ochenta años— sería un libro al uso. La preceptiva señala que la madurez profesional de un intelectual hispanoamericano de primer orden de una especialidad como la suya, la antropología y los estudios culturales, debe llevarse con recato para hacer escuela y heredar las áreas de interés a las nuevas generaciones. Ante los ojos de la academia, la ficción es ceder a una debilidad del espíritu. Es un devaneo. Pero, vuelvo, eso dice una vieja preceptiva.

Antonio Alatorre, por ejemplo, no alcanzó a tener entre sus manos La migraña (FCE, 2012), novela publicada de manera póstuma y que lo confirmó como dueño de una mirada exquisita. Por su parte, George Steiner, casi al final de sus días, lamenta no haber dedicado más horas a la escritura de creación. La ficción, se entiende, siempre es placentera. Es un ámbito que expresa más del autor que cualquier otra forma de trabajo intelectual. Refiero esos casos porque debe celebrarse que Canclini se haya despojado de pudores para abrir la cajonera y abrirle paso a Pistas falsas (2018). El libro relata la historia de un arqueólogo chino y su esposa Elena, en un ámbito ficcional que oscila entre los años 2029 y 2030 en los que la pareja hace viajes a las ciudades de Buenos Aires y México para cartografiar las nuevas formas del mundo.

Es un volumen que rescata la tradición de la novela de ideas, en donde los protagonistas se asemejan a los muñecos de un ventrílocuo puestos en la mano de un narrador cuyo ámbito de actividad es el plano intelectual. El arqueólogo chino es una voz que Canclini utiliza para mostrar un futuro posible y nada lejano. Esto lleva a pensar que la mejor manera de recorrer el libro es olvidarse de quién es el autor y, sencillamente, lanzarse a vislumbrar el futuro distópico que anticipa. De otro modo, se corre el riesgo de contrastar su ideario y actividad profesional con un producto que, sin alejarse de esa modalidad de producción intelectual, es empleado como materia novelística. En Pistas falsas,el verdadero protagonista es un flujo de ideas que flota y circula, poliniza para sobrevivir o se resigna al olvido.

De no ser por cierta pátina de ficción, el libro habría ido bien en otro género, fuera ensayístico o de naturaleza híbrida. Quizá los editores pensaron que al encorsetarlo en el género novelístico —que lo admite todo, ya se sabe—, tendría una mejor recepción entre los lectores. La lectura admite ser una sorpresa mayúscula o incluso el descubrimiento de un modo atípico de novelar ideas. Utilizar el plano académico de los congresos y sus infinitos corrillos, revela que la gran novelística demanda un ejercicio de imaginación sostenido y Canclini se mostró poco habilidoso para pensarse fuera de ese plano ideal. En sus momentos más altos, en los que es admisible sospechar que J. G. Ballard podría ser la figura tutelar de esa mirada a un futuro muy próximo, el personaje se reduce al hecho cultural en su transcurrir, multimodal y simultáneo.

Pistas falsas se recorre como una masa de experiencias e intuiciones que habitan en los seres humanos, en este caso dedicados a las labores intelectuales, y que transitan entre ellos a la manera de espíritus que los poseen, salen de ellos y se reformulan para reiniciar el ejercicio. Canclini eligió mantenerse a resguardo bajo las ideas que conoce y en las que se siente cómodo, por los años dedicados a explorarlas y en su elección pasó por alto la posibilidad de entregar al lector un mundo cabal en el que las ideas sobre las que debaten los personajes-muñeco, a la manera de diálogos platónicos, se viesen implementadas para detectar posibles alteraciones a la naturaleza humana.

Habrá con seguridad, a lo largo de libro, dardos cruzados, socarronerías y juegos irónicos, que los lectores que no son parte de los congresos de académicos, sean incapaces de detectar. Es una elección que limita el alcance de Pistas falsas y, por lo mismo, confina su lectura. El desfile de ideas resulta llamativo como planteamiento teórico, pero como materialización narrativa deriva en una aritmética de ideas licuadas dentro de un armazón novelístico. Hizo falta a Canclini, decano de la hibridación, aventurarse a narrar. El lenguaje se recorre instrumental y helado. Es la jerga del académico que no se permite perder la compostura por el temor a que los colegas crucen miradas irónicas.

Pero las ideas no cometen errores ni actúan ni tratan de reiniciar su vida, sino quienes se empeñan en seguirles el rastro para aplicarlas a la realidad. Habría sido una fineza dejar a los personajes actuar en ese entorno de ebriedad tecnológica, antes que darles uso de coro griego para escuchar planteamientos a partir de las ideas que le inquietan a Canclini. Como producto narrativo, es un paseo de sombras; como muestra de vitalidad y amor por la literatura, es una muestra envidiable, y acaso una de sus crestas, de una trayectoria intelectual dedicada a pensar el Hombre como fenómeno que admite las explicaciones más diversas.

Al final, Pistas falsas es un necesario recordatorio de que la novelística no tiene que ser por fuerza de aliento televisivo o cinematográfico; que no debe ser tan sólo el retrato de tipos duros que beben y se divorcian a gritos; que admite ser puesta al servicio de cualquier preocupación humana, así sea un hidalgo que se imagina caballero y sale de su casa, o un arqueólogo chino, quijotesco a su modo, para quien las personas importan menos que las ideas, si algo.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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A cien años de su nacimiento, este lúcido ensayo explora las múltiples facetas de la labor humanista de José Luis Martínez (19 de enero de 1918-20 de marzo de 2007). Sin dejar de lado un balance crítico de su presencia en el monolítico bloque de la cultura nacional de su tiempo, ahonda también en la contundencia de su rigor documental, su mirada universalista y su elección por una pluma depurada como ideal de objetividad histórica.

Es ambiciosa la obra de José Luis Martínez Rodríguez, al igual que docta y colorida como para evaluarla a quemarropa desde una sola perspectiva. Su exploración demanda atención y arrojo, gusto por el refinamiento y afición por el dato erudito. Encarna una secuencia de intereses hilados por un acto a un tiempo cerebral y apasionado: catalogar. Su modo de actuar en la cultura fue sintético y arraigado en principios de orden. Nunca la disciplina generó tantos frutos. El producto cultural, pensaría él, no puede ofrecerse desmadejado y parcial. Debe ser parte de un todo y ese “todo” es la construcción de un historiador o de un crítico.


Portada de La expresión nacional.

Su labor se alarga en las décadas y lo mismo hunde los brazos en la historiografía y en la crónica, la edición de obras de humanidades y la biografía puntual, casi manierista, de personajes fundacionales, el comentario de obras y, como si no fuese ya suficiente, la gestión documental histórica. Es el homme de lettres más cercano al ideal de los países occidentales, en donde toda labor cultural se encamina a proveer a una sociedad con otra idea posible del hombre como sujeto de la Historia, y no solo a ser otro espectador pánfilo de la producción cultural. Al bordear los confines de su obra brota la impresión de que vivió muchas vidas, hiladas alrededor de mantener la confianza en las posibilidades de la cultura como mecanismo de transformación del hombre. Esto que se enuncia fácil es la totalidad de la acción por parte del Estado Cultural.

Por una vocación adolescente, lo leí con interés desde antes de hacer estudios de letras, en especial desde la óptica de la crítica literaria que figura en sus obras. Mi deuda, debo decirlo, es grande. Fue una lectura de cabecera y pese a que tanto el método como el gusto ya nos aleja en el tiempo, aún acudo a sus mapas críticos en busca de esbozos que me permitan avanzar en mis tareas. Es una voz que me acompaña pese a que no lo conocí, ni me interesó buscarlo. Sí recuerdo, no obstante, que durante años pasé frente a su casa de la colonia Anzures (Rousseau 53, si la memoria no me falla), siempre cubierta por un denso hierbal de piso a techo hasta su fallecimiento, solo para envidiar la posesión de las colecciones completas que anhela cualquier devoto de la crítica literaria, y que yo únicamente conocía por imágenes.


Fotografía: Luis Bugarini

Pienso, por ejemplo, en las revistas de la década de los treinta y cuarenta que editó en formato facsímil para el Fondo de Cultura Económica, y en esos libros vueltos inconseguibles sobre las culturas del mundo impresos por millares, ilustrados profusamente y que hoy nada más es posible adquirir con libreros especializados. Para mí, entonces, tal era el objetivo de la crítica: indagar el mundo a partir del hecho cultural sin importar en dónde hubiese sucedido. La cultura sin límites y sin fronteras como una experiencia del hombre y no apenas como patrimonio cultural de las naciones. Aquello me parecía más cercano al paseo que a construir otra imagen del mundo en su totalidad. Ya habría tiempo de ampliar sus alcances.

Cierta vocación universalista impregna la totalidad de la obra de José Luis Martínez. A su modo, continúa la obra alfonsina con igual tino, pero evade con soltura el amaneramiento erudito en el que Alfonso Reyes halló solaz para su propio disfrute y de los enterados y, al paso, mantiene el aliento social —si bien lejos del populismo— que se requiere para ser un dispersor a gran escala de la pasión por el hecho cultural. Es mucho lo que hay en su gestión, a lo largo de los años, como para espigar un mérito específico. Las biografías de Hernán Cortés y Nezahualcóyotl mantienen su condición como obras de referencia desde su publicación, no solo por el nuevo análisis documental sino por la certera reconstrucción de las épocas históricas de ambos. Son libros que admiten la lectura de cualquier interesado en la historia de México y de Hispanoamérica, y asimismo del especialista más recalcitrante. Se leen como una puesta al día con el pasado del país desde dos personajes fundacionales, fatalmente contrapuestos por el hallazgo más grande de la historia moderna del mundo.

A este momento, sería fácil mantenerse en la línea de reconocer los grandes méritos y otorgar la natural admiración por las obras de largo aliento. Pese a ello, encuentro piezas muy necesarias en la obra que parece menos significativa, como su monografía de José Rubén Romero o la canónica antología sobre el ensayo mexicano moderno. Obras que se han mantenido como un estamento de la producción literaria reciente y que no han sido reemplazadas por otras aparecidas con posterioridad, sea porque aún no es tiempo de publicar una versión con autores más recientes o porque la de José Luis Martínez mantiene la vigencia que tuvo al ser publicada.

A un lado de lo anterior, igualmente es necesario subrayar la escasa obra crítica personal o teórica sobre su propia labor. Quizá se encuentra dispersa en toda su obra y hace falta un ejercicio de subrayado que deje ver a los lectores, en una edición sintética, sus ideas sobre el ejercicio de la historia, la crítica o la profesionalización de las humanidades. José Luis Martínez actuó en la crónica o la historiografía, pero apenas le importó exponer cómo entendía su ejercicio. He buscado en sus páginas este “detrás de cámaras” sin suerte. Lo que a mi juicio pudo haber hecho y eligió no hacer, fuera por pereza o mera falta de interés, fue una obra de creación desde la crítica capaz de generar una marca personal. En su necesaria objetividad con aspiración científica, no pocos de sus libros se leen como si hubiesen sido redactados por un cónclave de especialistas, tal como se lee una obra colectiva en donde cada capítulo lo escribe un especialista en esa rama del conocimiento. La pluma de José Luis Martínez carece de visibilidad fuera de la contundencia de la argumentación o el hallazgo documental. Desapareció tras los hechos de lo que eligió historiar. Esto, imagino, es un mérito para el historiador en busca de la objetividad, pero no lo es para la crítica moderna.

La necesidad de su obra está fuera de discusión debido al analfabetismo casi generalizado de la población, por aquel entonces. En el balance, es de lamentarse que optó por guarescerse bajo la sombra del monumentalismo de sus obras. En perspectiva, es admirable el resultado de su labor, pero debe decirse que tuvo a su alcance los medios para lograrlo. No es difícil subrayar al paso que su obra se lee parcialmente oficialista al ofrecer una sola versión de la historia del país y literaria, con la cual vertebrar un modo unitario de entender a México. Tener al alcance los medios para obrar sobre el aparato cultural ofrece ventajas de primer orden, las cuales admiten capitalizarse para lograr beneficios grupales y con ello cerrar las fronteras. Basta con asomarse a su correspondencia.

José Luis Martínez eligió la historia y también ejercer la crítica autocontenida y nos legó obras de referencia sin un sello personal. Son elecciones, son destinos.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Madrid es la invitada de honor de este año en la FIL. Una ciudad con una tradición y una riqueza literaria portentosas que muestra síntomas de buena salud y mejor futuro. Lo siguiente es una guía de lectura imprescindible para todo aquel que desee conocer a los clásicos y a las futuras promesas de las letras de esa capital de la literatura universal.

UNO

Cualquier iniciativa cultural que busque llevar los libros a los lectores, debe celebrarse.

Más aún en un país como México, abatido de manera permanente por la violencia, la inseguridad, cifras poco alentadoras de crecimiento económico y todo lo demás que pueda imaginarse. Las ferias del libro que se celebran a lo largo del país —unas más otras menos, todas con sus vicios y virtudes, tanto aquellas consolidadas como las que ya se muestran optimistas en términos de crecimiento—, realizan un papel significativo respecto no solo a la tarea de acercar los libros a sus potenciales lectores, sino igualmente por lo que hace a impulsar una industria que año con año se enfrenta contra la dureza de las ventas efectivas. Esto porque nunca como ahora la producción editorial mexicana, abundante y diversificada, se realiza casi como un discurso en medio del desierto, en donde apenas algunos libros, de los tantos que se publican al año, serán adquiridos y posteriormente leídos.

Dedicar la edición 2017 de la Feria del Libro de Guadalajara a la ciudad de Madrid, en calidad de Invitada de Honor, es un acierto por parte doble: pone a la vista de todos los países de la lengua española el actual fermento escritural de esa ciudad (más vivo que nunca y con un pasado de grandes nombres y títulos imperdibles) y, por otra, pone sobre la mesa la venta de derechos de autor de centenas de escritores no solo madrileños sino de toda la península ibérica. Lo anterior se traducirá en mayor circulación de las obras, difusión de nuevas propuestas y expansión de la oferta editorial para los lectores. El año mexicano, a bandazos entre el sobresalto y la inconformidad, se cierra con un evento de primer orden en el cual festejar la cultura, en su acepción más amplia, se pone a discusión ante propios y extraños.


Color dentro de la XXXI Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, sábado 25 de Noviembre 2017. (Cortesía © FIL/Nabil Quintero Milián)

Ahora bien, los mecanismos de selección de los invitados nunca son claros aunque sí resultan entendibles desde una perspectiva enteramente económica. Los grandes consorcios presentan a sus autores para acomodar sus libros en las mejores condiciones potenciales de venta. El discurso plural de la literatura y las demás disciplinas queda mermado por los dictados que impone hacer de la producción cultural, además de una propuesta de valor, una forma de espectáculo. Esto no implica por fuerza una trivialización de los discursos y las propuestas, aunque sí genera la impresión de que ciertos actores de la cultura resultan fundamentales pese a que solo resulten favorecidos por cierto modo de la hegemonía.

Al final, los libros serán leídos y analizados tanto por los lectores y la crítica, que darán alguna opinión —informada o espontánea— de los contenidos. Y es que al caminar por los pasillos de la Feria, se genera la impresión de que nadie podría leer siquiera la producción de un año en el espacio de una vida. No solo por lo que hace al material de aire “clásico”, sustento primario de la cultura humanística, sino igualmente al de los nuevos autores que saltan a ruedo con propuestas buenas o malas. El comentario de actualidad, aderezado con bromas ingeniosas, puede ser un llamado a la exploración cultural, pero no sustituye la lectura meditada de autores fundamentales. En su parte menos encomiable, las ferias del libro en general son apenas vitrinas de la producción editorial actual, en las que la socialización extrema se impone como un mecanismo de autodefensa para evitar la lectura, así se realicen voluminosas compras de libros que con suerte serán extraídos del hule que los resguarda del deterioro.

El encuentro entre autores y lectores, que se encomia más de la cuenta, nutre la escritura de fuegos artificiales pese a que no tiene otra función que generar un uso ritual del objeto-libro (¡el autógrafo!), así como la experiencia de la cercanía de quienes han logrado poner sus pensamientos por escrito con un mínimo de rigor. El gran arte se admira años después de su manufactura, en silencio, cuando ya se apagaron los flashes y la crítica ha ponderado aciertos, limitaciones y además ha puesto a dialogar en sincronía obras que fueron creadas sin el mínimo de relación entre ellas.

DOS

Como cada año, la oferta cultural de esta Feria es nutrida. No solo se presentan actores de la vida literaria sino igualmente de otras disciplinas, para darle pluralidad e interés a todos los ámbitos de la actividad intelectual del país. Los autores de Madrid tienen la ventaja de circular de manera permanente en las librerías mexicanas y, por lo mismo, sus libros son leídos en ediciones de impecable manufactura.

Las trayectorias de varios de estos autores se siguen con atención, a lo largo de los años, intuyendo en cada una de sus entregas la posible forma de un nuevo canon para esa literatura nacional. Es necesario señalar que en esta edición la presencia femenina destaca por encima de la masculina. Ahora bien, una literatura de una lengua mayor, como lo es la española, genera escritores a borbotones y no siempre es fácil orientarse en la oferta editorial de España, que es adicta a los premios y cada municipalidad lanza sus convocatorias por género bajo el cobijo de alguna gloria local.

Esta selección personal y sumaria de la extensa lista de invitados, a partir de lo leído y también de lo que puede hallar el lector en la oferta editorial disponible en México, se enlista por estricto orden alfabético en atención al apellido y busca ser una hoja de ruta para leer a ciertos autores de Madrid:

1. Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968)

No es fácil hallar los libros de Marcos Giralt Torrente en México. Uno revisa su bibliografía y es corta en extensión, pero profusa en imágenes y referencias. Son entramados en donde la memoria y el tiempo juegan un rol fundamental para enlazar y romper vínculos afectivos entre los protagonistas. Cuando eres sobrino de Gonzalo Torrente Ballester tienes un compromiso con la literatura más compleja. Sus tres novelas: París (Anagrama, 1999), Los seres felices (Anagrama, 2005) y Tiempo de vida (Anagrama, 2010) deben leerse como ejemplos de un cilindro narrativo que no deja de girar ni aun cuando ya terminó la historia. Los cuentos que integran El final del amor (Páginas de Espuma, 2011) fueron el remate narrativo que dejó clara su vena de autor más europeo que español y más español que solamente madrileño. La experiencia de lectura de cualquiera de sus libros refiere la salud cabal, no solo de la literatura española, sino del acto de narrar como forma superlativa de comunión. Refundación a partir de la angustia de enfrentar la vida.

 

2. Belén Gopegui (Madrid, 1963)

Se ha vuelto célebre que un comentario favorable de Francisco Umbral, vertido en su reseña a la novela El lado frío de la almohada (Anagrama, 2004) sirvió a Gopegui como unción para consolidarse en las filas de la narrativa española. Pese a los méritos de La escala de los mapas (Anagrama, 1993), el lector mexicano la descubrió con asombro en las páginas de Deseo de ser punk (Anagrama, 2009). Ya como parte del catálogo de Random House Mondadori, Gopegui oscila libre entre el estilo intimista desde un “yo” que se atreve a ser un “nosotros” y las preocupaciones de orden social y hasta tecnológicas, como puede leerse en Acceso no autorizado (Mondadori, 2011). La carrera de Gopegui ha sido un constante examen de la situación de la mujer en el mundo contemporáneo, sin extraviarse en la defensa iracunda de ese feminismo que se amputa en contra de sí mismo. Es una narrativa que retrata el desorden del mundo actual aunque con espacio para la sensibilidad de quien es espectador y, por lo mismo, no puede elegir arrinconarse como mecanismo de autodefensa.

 

3. Almudena Grandes (Madrid, 1960)

Almudena, célebre en México y militante exaltada de una izquierda parlamentaria y democrática, a la que recurre como si se tratase de un mantra, saltó a la fama con la adaptación cinematográfica de Las edades de Lulú (Tusquets, 1989) hecha por Bigas Luna en 1990. A partir de entonces su narrativa no conoce los altibajos, pese a que sus novelas son oceánicas y cada vez se tiene menos tiempo de lectura. La guerra civil española, las dificultades de la dictadura y cómo se vivieron ambos fenómenos desde ecosistemas humanos microscópicos, dan cuerpo a la materia de su obra narrativa. El uso reiterado de la polifonía termina por cansar al lector, pese a que cuenta con seguidores a toda prueba. Malena es un nombre de tango (Tusquets, 1994) es una de sus entregas más a la mano. Novelas próximas al entretenimiento, ligeras y lejos de pirotecnias verbales, admiten no obstante una lectura social desde cierta forma de la sensibilidad femenina, modificada en su totalidad después de la muerte de Franco. Una narrativa del tiempo presente para olvidarse del futuro.

 

4. Andrés Ibáñez (Madrid, 1961)

No es inusual escuchar que las aficiones laterales a la literatura distraen del oficio de escribir. Nada más falso. Ibañez es un melómano y ha dedicado parte de sus esfuerzos al entendimiento, disfrute y promoción de la mejor música. Con El mundo en la Era de Varick (Siruela, 1999) se mostró a los lectores como un autor imaginativo y desbordado, casi inasible. La ciencia ficción y la fantasía en español le deben ese aporte al cultivo de un género que lucha por mantenerse en constante movimiento. De aliento monumental, ese autor español ha sido fiel a sus intereses diversos aunque en El perfume del cardamomo (Impedimenta, 2009), libro de relatos, se ajusta a las convenciones del género —al menos por lo que hace a la extensión— y luego de leerlo llego a la conclusión de que es la mejor forma de acceso a su literatura, que anda a paso lento entre el cultivo multiforme de la imaginación y la búsqueda de la forma adecuada para verterla en la escritura. Ibañez está llamado a ser un narrador atípico aunque capaz de suscitar pasiones lectoras entre la multitud, una vez que descubre la pasión por la alta cultura.

 

5. Ray Loriga (Madrid, 1967)

Solo a los despistados les habrá generado estrés que se otorgase a Loriga el Premio Alfaguara de Novela en 2017. Y no porque Rendición (2017) está lejos de ser la historia que lo confirma como narrador en plena forma, sino porque su forma de narrar ya era parte del consumo habitual de quienes leen por la intuición de que a quienes lo hacen les es entregada una llave secreta. Al mezclar el oficio de guionista con el de escritor, se logra una argamasa de imágenes y líneas duras como las que dan vida a sus libros. Ya sólo habla de amor (2008) mostró a Loriga como un experto de la oración seca con efecto duradero. A base de pistoletazos de frases, Loriga gana ventaja en el tramo corto y cada línea avanza hasta lograr que nada la interrumpa en su trayectoria. La crueldad de la vida nocturna y la fauna humana que la puebla, se cruzan en sus páginas para dar vida a entornos desolados en los cuales el acceso a la esperanza es un privilegio equiparable solo al de la muerte. En ese universo de ligerezas y vida al descampado, liberarse carece de sentido porque ya no hay cercas que dividan los espacios.

 

6. Marwan (Madrid, 1979)

La poesía admite ser un reto para la inteligencia —el más alto, acaso— aunque también una forma celebratoria del amor, el deseo, la caricia, el sentimiento a borbotones que genera otra persona en nosotros. Llegó la hora de perderle miedo a las formas cursis de la literatura de altas ventas. Existe como registro y debe ser atendida. La obra de este joven cantautor ha ganado notoriedad a través de las redes sociales, hasta el punto de que no puede ser ignorada. Los jóvenes hallan en sus palabras un camino hacia el entendimiento de lo que viven cuando experimentan el amor. Este autor de sensibilidad acaramelada, risueña y solar, arriesga el pellejo de su carrera musical para abordar el amor de la pareja y el dolor del abandono como forma de llegar al otro. Todos mis futuros son contigo (Planeta, 2015) gana lectores en México y sigue su avance en estas tierras. Marwan ha leído sus poemas en formato de video, lo que ha dado penetración a sus libros. La batalla por los lectores ya no sucede solo a través de la literatura más exigente.

 

7. Rosa Montero (Madrid, 1951)

La loca de la casa (Alfaguara, 2003) fue el libro con el cual los lectores mexicanos descubrieron la obra de esta autora española que se ha vuelto referencia en el medio cultural del país. El ejercicio continuado del periodismo le ha provisto con las armas del oficio narrativo, y lo mismo ha dado a la imprenta narrativa que obras infantiles y juveniles y libros propios del ejercicio periodístico. Montero es una de las apuestas más sólidas en el actual escenario narrativo español y sus novelas son esperadas con gran entusiasmo por un circuito fiel de lectores. Participa con regularidad en la vida pública a través del periodismo y eso le ha dado volumen en la voz para asuntos como el feminismo, la nueva etnicidad europea y España en general. Pese a lo anterior, su última entrega, La carne (Alfaguara, 2016) abre su lugar a paso lento como parte reconocida de su bibliografía. Su narrativa obtiene su mejor insumo del periodismo y eso la hace sutil pero eficaz para abordar cualquier temática y escenario en la trama.

 

8. Antonio Orejudo (Madrid, 1963)

Es uno de los autores más leídos en México desde la aparición de Ventajas de viajar en tren (Tusquets, 2011). El modo coral de estructurar la historia —las historias— dota al libro de esa opción magnética de sembrar en cada página indicios de la siguiente. La posibilidad de una literatura aséptica y exigente, que a un tiempo logra contar una historia, sucede en las páginas de su obra, que avanza con firmeza hacia la consolidación. La publicación de Reconstrucción (Tusquets, 2005) y Un momento de descanso (Tusquets, 2011) se han integrado de manera natural al consumo de los lectores mexicanos, que reconocen en Orejudo al raconteur nato y a un tiempo al observador atento de la realidad no para entenderla ni para (¡dios guarde la hora!) intentar explicarla a los demás, sino con la tarea infeliz de padecerla con menos desagrado. Orejudo mantiene su posición de avance en línea recta y solo un desbalance incontrolado podría desatar una avería en la maquinaria que lo lleva al frente. Una de las trayectorias de las que conviene mantenerse atento.

 

9. Lorenzo Silva (Madrid, 1966)

No deja de ser lamentable que los libros de Silva lleguen a México con menos regularidad de la que deberían. Como cultivador de la novela policiaca, ha dado a la vida a los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, que investigan delitos y tramas criminales en los territorios más ocultos de la sociedad española. Fuera de la ficción de corte policial, Carta blanca (Espasa, 2013), obra a la que le fue otorgada el Premio Primavera de Novela en su edición 2004, llegó a México con tardanza y Silva ha visto mermada su presencia en este país. Pese a lo anterior, su profusa bibliografía, lo mismo en el ciclo de Bevilacqua y Chamorro, que en no ficción y narrativa sin género, se mantiene como una de las estaciones menos prescindibles de la actual producción literaria española. Da la impresión de que Silva no hace nada más que escribir y, cuando llega a descansar, proyecta la escritura de libros adicionales a su bibliografía. Su libro de relatos Todo por amor y otros relatos criminales (Destino, 2016) mantiene el pulso del lector en su punto más alto, por lo que debería leerse casi de manera inmediata.

 

10. Marta Sanz (Madrid, 1967)

Nadie ha generado tanto entusiasmo en la crítica española reciente como Sanz. Su persecución de los premios (Nadal, Herralde, Ojo Crítico de Narrativa o el Premio Vargas Llosa de relatos), siempre ha ido amparado por una obra que cuando se lee genera entusiasmo a la par que conmoción. Farándula (2015), laureada con el Premio Herralde de Novela, supuso su llegada en firme a los lectores del país, que reconocieron en su obra el sano distanciamiento de los episodios de la guerra civil española, con el uso diestro de un estilo transparente y libre de afectaciones, sembradas en la página por el solo hecho de utilizarlas. La cosecha de premios, que no debe alarmar a nadie, está lejos de confirmar el talento de los autores aunque sería lógico pensar que ningún jurado saltará al vacío sin una red (así fuese de hilo de araña) de por medio. Clavícula (2017) es su entrega más reciente y todo parece indicar que los pronósticos no fueron equivocados. Sanz ofrece carne de narrativa, aderezada del mejor modo, para los nuevos tiempos.

 

TRES

Como es usual en cualquier encuentro, no visitan la Feria la totalidad de los autores de la región o ciudad invitada. En este caso, se detectó la ausencia de los siguientes autores:

1. León Arsenal (Madrid, 1960)

José Antonio Álvaro Garrido (aka “León Arsenal”) ha dedicado sus esfuerzos a lo que comúnmente se denominan subgéneros literarios, como el histórico, el fantástico o el thriller. Máscaras de matar (Minotauro, 2004) fue el título que lo popularizó en México, en especial entre los círculos lectores de fantasía y ciencia ficción. La Historia de España es una de sus pasiones secretas y a ella ha dedicado sendos ensayos, a la par que novelas de largo aliento. Su entrega a los “subgéneros” lo mantiene y mantendrá fuera del circuito más visible de autores españoles contemporáneos.

 

2. Javier Azpeitia (Madrid, 1962)

Tanto Ariadna en Naxos (Seix Barral, 2002) como Nadie me mata (Tusquets, 2007), han logrado elogiosos comentarios por parte de críticos a los que conviene seguir. A este momento, su obra no es copiosa aunque promete ampliarse sustancialmente en el futuro próximo. Ha incursionado en el cine en calidad de guionista y eso ha tenido un efecto notable en su labor narrativa. El trabajo en la edición, por otra parte, puede rastrearse en su labor literaria, ya que en El impresor de Venecia (Tusquets, 2016), por ejemplo, el desarrollo de un texto es pieza clave en la trama.

 

3. Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950)

Este polígrafo ha hecho demasiado por la literatura española, no solo como autor, sino también como filólogo, crítico y editor. Su obra es vasta y apenas requiere alguna presentación. Es un referente vivo del homme de lettres con el sustento de una obra continuada a lo largo de varias décadas. Su obra incluye casi todos los géneros aunque sugiero cualquiera de sus volúmenes de poesía para iniciarse en su trato. La erudición, parece decirnos de Cuenca, nunca está peleada con la celebración de la vida.

 

4. Pablo d’Ors (Madrid, 1963)

D’Ors, que a fecha reciente viajó a México para promocionar su libro Biografía del Silencio (Siruela, 2012), igualmente es un narrador diestro, siempre de ideas, dueño de una densidad pasmosa, en títulos como las indispensables Andanzas del impresor Zollinger (Impedimenta, 2013), publicado originalmente en Anagrama, o El amigo del desierto (Anagrama, 2009). Pablo d’Ors es sacerdote y en sus libros se plantean las preguntas del cristianismo, aunque sin dogmatismo ni tiesura. Nunca hay adoctrinamiento sino una invitación fraterna al autodescubrimiento.

 

5. Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957)

Con Gutiérrez, España tiene representación en la literatura más delicada, aquella que apenas necesita sugerencias para llegar al lector y no una trama estruendosa, con explosiones y gritos en los balcones. Sus novelas, lo mismo que los poemarios, han circulado en México y se leen con atención y esmero tanto por los entendidos como por lectores ocasionales. Latente (Siruela, 2003), no obstante, arroja una imagen completa de sus alcances como intérprete de un interior que grita por hallar su rostro en la arena.

 

6. Javier Marías (Madrid, 1951)

Quizá el autor español vivo más importante de nuestra época. Poseedor de un estilo inconfundible, alargado con volutas que parecen no tener fin, en donde la memoria es un artificio que se utiliza a placer para viajar hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. La mayoría de sus títulos resultan fundamentales, pero Los enamoramientos (Alfaguara, 2011) lo muestran como un autor generoso con el lector, ya que se limita a contar una historia y pasa de largo ante la posibilidad de ejecutar alharacas técnicas para asombro de los distraídos.

 

7. José María Ridao (Madrid, 1961)

Uno de los ensayistas más preclaros del actual panorama de las letras hispanoamericanas. Su capacidad de análisis es destacable, en parte desarrollada por su labor en el servicio exterior de España, que lo ha enviado en diferentes misiones a lo largo del mundo. La estrategia del malestar (Tusquets, 2014), por ejemplo, es un riguroso panorama de la situación actual del mundo, que si bien concluye descorazonador, nunca se propone dar aliento que no lleve oxígeno. Su andar en la escritura es un paseo de ideas, reflexiones y largos ensayos de interpretación.

 

8. Berta Vías Mahou (Madrid, 1961)

Traductora del alemán, Vías Mahou ha destacado por su narrativa en Yo soy El Otro (Acantilado, 2015). La huella de autores como E. T. A. Hoffmann, a quien conoce como nadie y además de quien ha prologado una reunión de sus cuentos, hace presencia en su modo de narrar y los objetos que construye pelean por su singularidad, oscilando entre el ensayo, la memoria personal, la narrativa más transparente y el instante poético. Una de las obras en construcción más indispensables de la literatura, no solo española, sino hispanoamericana.

*

La lista de ausencias podría alargarse con tanta imprudencia como descaro. Faltó Juan Eduardo Zúñiga, por ejemplo. España es una literatura viva y no hace falta que todos acudan a un evento para probarlo. Quizá todos fueron invitados y por motivos de salud o agenda no pudieron desplazarse, además de otros que circulan en editoriales minoritarias sin distribución trasatlántica y que, por lo mismo, apenas figuran en las ternas de selección.

El lector debe saber que una feria del libro no es una asociación de beneficencia, una agencia de viajes y tampoco una plataforma de promoción cultural a fondo perdido. Las grandes editoriales pagan las mesas de presentación y colocan a sus autores en los lugares más cotizados. Con todo, el balance es acertado y cumple su función de ser un enlace entre el lector mexicano y la producción editorial reciente de la capital española.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Como cada año, la angustia. Se vuelve costumbre verificar que el hermetismo sueco es a toda prueba. Se barajan varios nombres de autores aunque pocas veces resultan concluyentes, ya que en realidad expresan el sentir de los lectores. Es una proyección del gusto. Felizmente, en esta edición del Premio Nobel de Literatura, triunfó el reconocimiento a la literatura de altos vuelos y la valoración efectiva a una tarea de años. Es una suerte que la Academia sueca haya decidido hacer oídos sordos al barullo por cierto autor japonés y se haya inclinado por un escritor que ha sembrado sus libros de manera tan discreta como rigurosa. Cada una de sus entregas, que si bien en su momento se publicaron en editoriales de alto impacto, apenas llegaban al comentario de sobremesa, sea por la forma de sus tramas (muy distendidas en el tiempo) o porque Ishiguro se ha manejado casi fuera de los reflectores.

Sería muy arriesgado considerar a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) como un autor japonés en sentido estricto, ya que abandonó Japón a los cinco años para instalarse de manera permanente en Inglaterra. Y además escribe en inglés. Lo anterior implica referir que llegó al mundo a menos de diez años de que la bomba atómica destruyera su lugar de origen. La sombra nuclear, como no podía ser de otro modo, aún es una presencia que gravita en la sociedad japonesa. La suya es una obra que se recorre como una larga interrogación por un futuro improbable, siempre angustiante, en el cual la violencia es el eje de las relaciones humanas, lo mismo que el cambio sin reglas claras. El espejo que nos refleja durante un segundo, se modifica al siguiente y ya refleja a otra persona. Todo con un marcado acento de pesimismo, lo cual es entendible, porque Ishiguro es un profesional de la nostalgia. Sus referentes, la mayor parte del tiempo, son occidentales y además ingleses.

Las adaptaciones al cine de dos de sus novelas —Lo que queda del día (1993) y Nunca me abandones (2010)—, que han ayudado en su consolidación como narrador a nivel mundial, han sido vistas en su mayoría por lectores antes que por espectadores genéricos, muy al estilo de lo que sucede con las películas de Paul Auster. Llega la ocasión de volver a la obra de este “artista del mundo flotante” para tener frente a los ojos una narrativa del tiempo extendido, que aún se da el lujo de hacer retratos a fondo de cada uno de los personajes, panorámicas detalladas de los sitios en los que transcurre la trama, y en donde lo que se cuenta siempre es aparente porque todo puede alterarse en la página siguiente. La experiencia de lectura de Ishiguro implica entender que la flexibilidad del tiempo, que es memoria y un elemento constitutivo del ser mismo, fractura las relaciones humanas y las reordena, casi por azar, con lo cual salir en busca del hecho literario es más complejo que nunca.

Los restos del día (1989) y Un artista del mundo flotante (1994), ambos publicados en español por la editorial Anagrama —a la que ya debe reconocérsele el mérito de apostar no solo por Ishiguro, sino por otros autores de su catálogo que igualmente han ganado ese premio con el andar de las décadas—, son las mejores puertas de acceso para adentrarse en el universo narrativo del autor. Y en el relato, las piezas contenidas en Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo (2010), ayudan en el entendimiento de su manejo en la distancia más corta, no por ello menos sensitiva. El asunto del siglo XX, la migración voluntaria o forzosa, aparece en el recorrido de su vida y lo hace de un modo atípico: una familia oriental llega a Occidente y procrea a un escritor venido de fuera que triunfa en la literatura. Esto debe señalarse ahora que inicia cierto auge de los ultranacionalismos en Europa. Los elementos del exterior siempre enriquecen un entorno.

El aporte de la literatura en lengua inglesa a la universal parece no tener fin. El siglo XX literario inglés que generó al Ulises (1922) de James Joyce y a la narrativa de Virginia Woolf, avanza con firmeza en este nuevo que inicia con las premiaciones de V.S. Naipaul (2001), Harold Pinter (2005) y Doris Lessing (2007), solo para subrayar que siempre cuenta con obras de calidad y que mantendrá su posición en firme en la búsqueda de propuestas narrativas. La premiación a Kazuo Ishiguro continúa la estela de galardones resueltos de manera afortunada por la Academia sueca. Su obra es una apuesta por un futuro posible desde el cual pueda leerse la historia casi secreta de un siglo atormentado, con múltiples episodios de intenso sufrimiento, en el cual toda forma de violencia coexiste con los más altos anhelos del ser humano.

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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modernidad

Humberto Beck
Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich
Malpaso
México, 2017
160 páginas.


De las teorías para explicar al hombre, de las tantas que ha generado el ser que piensa sobre sí mismo, con el tiempo subsisten tan sólo aquellas que lo consideran en su posibilidad de ejercer como individuo en medio de la colectividad de la que, por otra parte, no puede segregarse. La posibilidad de una reingeniería social integral es una de las tentaciones más a la mano para el filósofo y el político, ya que representa una ocasión para recoger el modelo actual de la sociedad y lanzarlo hacia una posibilidad más promisoria. Esto ha derivado en no pocas utopías y esquemas semiutópicos de pensamiento desde los cuales puede vislumbrarse una posible modalidad diferente al estado de las cosas, pese a que muchas de ellas se instalen de modo deliberado en horizontes muy remotos de las condiciones actuales.

Las derivaciones del marxismo no dejan de producir interpretaciones y lecturas sobre la realidad y Humberto Beck (Monterrey, 1980) eligió el pensamiento de Iván Illich (Viena, 1926-Bremen, 2002) para arriesgar un diagnóstico sobre la vigencia de su pensamiento y, a un tiempo, para calibrar si su forma de interpretación del capitalismo y la modernidad puede ofrecer caminos laterales para meditar sobre la actualidad. Un ejercicio que pretende, según el autor, “extrapolar sus ideas para las circunstancias del presente”. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (2017) es una monografía en tono elegíaco de diez años de su producción, que va de La sociedad desescolarizada (1971) a El trabajo fantasma (1981). Beck no oculta su simpatía por el pensador austriaco y por la exaltación de la autonomía del individuo en medio de la masa y, por lo mismo, incluso señala su tarea de crítico social como una “labor de demolición”. Subrayo esta valoración porque el pensamiento de Illich pasa en el volumen casi libre de juicio crítico, al punto de quedar en una suerte de dossier a un fragmento de su ideario, lo que deriva en que el libro concluye como una síntesis divulgativa antes que como un paseo crítico. No refiero que el entusiasmo diluya el mérito de la lectura, aunque sí que el anarquismo, incluso en su vertiente más religiosa, la que se declara portadora de La Idea, debe ser pasado a una revisión de alcances y ésta no fue la ocasión.

Parte del anarquismo reaccionario de sustrato teológico de Illich —definirlo de otro modo sería ceder a la miopía— podría cifrarse en los siguientes postulados: el individuo pierde autonomía con el avance de la técnica y esto lo aleja de la “sociedad convivencial”, el equilibrio casi natural entre técnica y autonomía del individuo. Una suerte de paraíso societario en donde las instituciones se organizan para garantizar que todos accedan al punto más alto de su plenitud en armonía con los otros, quienes a su vez desean lo mismo. Para llegar a lo anterior, a manera de ejemplo, analiza la forma actual de la educación, el transporte y la salud (estos ámbitos en la década de los setenta), de donde brotan ejemplos de lo que denomina el “principio de contraproductividad”, el cual define de la siguiente forma: “el hecho de que una herramienta, cuando sobrepasa cierta intensidad, inevitablemente aleja del propósito para el que fue creada a más gente de la que permite aprovecharse de sus beneficios”(Illich citado por Beck). Esta “contraproductividad” se encarnaría en aparentes contrasentidos respecto de las consecuencias naturales esperadas de los distintos ámbitos de la experiencia social moderna. Todo esto para derivar en conclusiones para las cuales no hace falta demasiado aparato teórico para identificar: el sistema educativo no ayuda a la enseñanza, el transporte moderno termina por inmovilizar, las instancias de salud enferman.

La lectura del volumen desde los conceptos básicos del marxismo facilita la comprensión de pensamiento de Illich, que hace una lectura de la vivencia actual aunque no se lee en los planteamientos una cabal refundación de conceptos que haga meditar desde la raíz sobre las nuevas modalidades de la experiencia. El austriaco parte de viejas ideas de izquierda para explicar las relaciones económicas y esto lo lleva a ser nada más que otro apéndice del revisionismo marxista, no obstante la crítica a la burocracia entendida como una franja de administradores cuya labor sería dosificar el acceso a los beneficios, esto es, acortar la distancia entre la autonomía del individuo y los propios beneficios de la técnica. Los préstamos del marxismo son múltiples y eso no permite llegar a una determinación de considerar su pensamiento como “demoledor”. Edifica sobre lo que ya existe y no vuelve a fincar un pensamiento, al menos de lo que puede leerse en el periodo que eligió Beck para este repaso por su pensamiento. El anarquismo, lo ha sido históricamente, suele prender todo lo que encuentra en llamas para después confesar que los paradigmas de sillón resultan inaplicables para la realidad social.

El ideario del pensador austriaco vuelve a la base del pensamiento de izquierda y aterriza en la praxis del marxismo de la cual, parece, no habrá escapatoria. Beck: “El sentido último de la racionalidad utópica illichiana no es el culto a la imposibilidad de una imagen idealizada, sino la creación de las condiciones para una decisión política” (el subrayado es mío). Aquí radica parte del magnetismo de su pensamiento. El llamado a la acción, desde la “imaginación política”, implica una toma de postura frente al mundo e igualmente un salto hacia la consecución de las condiciones objetivas para alcanzar un mejor estado de las cosas. Como análisis de la sociedad actual —ya no tan actual, en realidad—, el pensamiento de Illich es puntual y obliga, sí, al replanteamiento cerebral y sin concesiones, pero es necesario no olvidar (y Beck no lo hace, por cierto) que vivió en una época sin las comunicaciones ultrarrápidas de la actualidad y este fenómeno (que bien podría caracterizarse como otra “herramienta” en el esquema de su pensamiento), ha modificado de manera radical la forma de ejercer cualquier forma posible de la experiencia humana, incluidos los ámbitos que él eligió para su análisis. A la par, terminó la Guerra fría, se disgregó la Unión Soviética y los restos de los países socialistas agonizan bajo el peso de modelos encorsetados con los que asfixian a la población que carece de los satisfactores elementales. Cruzamos un periodo negro que tiene una finalidad única: acudir al mercado y sobrevivir con un mínimo de dignidad.

La “extrapolación” a la que hace referencia Beck igualmente podría intentarse con el pensamiento de Bakunin o Kropotkin, aunque es entendible que el paso de Illich por la ciudad de Cuernavaca lo vincula de manera directa con la realidad de este país, que siempre anda a salto de mata entre la urgencia de una refundación de las instituciones y los resultados electorales que nunca satisfacen. A resultas, Beck enuncia sus hallazgos:

1) “La originalidad de la obra de Illich reside en una desacostumbrada habilidad para descubrir las dimensiones ocultas de las discusiones políticas e intelectuales, lo que le permitió realizar un ejercicio de arqueología de las principales certidumbres de la civilización contemporánea”, y;

2) “La originalidad de Illich reside entonces en haber integrado en una teoría de la modernidad no sólo la idea de los límites sino esa entidad antimoderna por antonomasia: el pasado”.

Si no fuera posible hallar en otro pensador esas tendencias hacia la originalidad (“arqueología de las certidumbres” y la inclusión del “pasado” en una meditación sobre la modernidad), entonces será natural reconocérselas a la obra de Illich, pero no parece factible. Bastaría asomarse a la obra de varios integrantes de la Escuela de Frankfurt y a la del propio Albert Camus, paradigmas elegidos por el propio Beck para contrastar sus hallazgos. Las obras de Illich han circulado de manera constante en lengua española, aunque la publicación de la Obra reunida por parte del Fondo de Cultura Económica (2006 a la fecha), lo llevó a un lugar más visible para hacer lecturas a fondo como esta que realiza Beck, que por definición y alcances, a este momento, es la invitación más idónea a su pensamiento por lo que hace a una década de su labor como crítico social.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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innombrable

Samuel Beckett
El innombrable
Traducción de Matías Battistón
Ediciones Godot
Argentina, 2016
155 pp.


La frontera entre vida y literatura es difusa y esta proximidad es el mejor auxilio para la tarea del escritor. En ese interregno podrían cifrarse las distintas poéticas que podemos leer en autores vivos o muertos. En los hábitos de su ensanchamiento o acortamiento, proximidad o lejanía, ignorar a la ficción y capitalizar el fenómeno vital (o viceversa), negar la existencia de ambas y no obstante utilizarlas como material plástico, así sea de manera velada, es posible entender —quiero decir: relacionarse con ella de una manera más productiva— el flujo de esa construcción social que es el hecho literario (para algunos, la literatura misma). A pesar de lo anterior, hay casos que ameritan un acercamiento integral, ya que sus motivaciones y alcances no se encuentran segmentados de modo evidente.

La obra de Samuel Beckett (1906-1989) se mantiene como una espiral permanente para quien busque transitarla. Es la forma que define esa tentativa. Porque ahí donde las iniciativas de vanguardia se muestran inhóspitas con el paso del tiempo, tanto en la dramaturgia como en la narrativa (breve, especialmente), la obra del autor irlandés queda como un ejemplo de solidez en el esfuerzo por dinamitar las convenciones del sentido, de la historia que debe transmitir una anécdota, del relato que se escribe pero se anhela su adaptación a la pantalla grande, además de otros amaneramientos contemporáneos que hacen del escritor apenas un eslabón para la transmisión eficaz de historias, antes que un artista cabal cuyo medio de expresión es la palabra, con la cual debe rasgar el velo que cubre las mentiras, la inopia de la vida diaria y la inocuidad de tanta escritura que defiende su postura de docilidad y entrega soterrada.

Beckett ejerció como nadie la escritura como un acto trasgresor de todas las convenciones, hecho con una destreza que deja sin argumentos a quien pretende asestar un derechazo en contra de cualquiera de sus obras. Beckett es el autor de la contundencia que no necesita de la práctica vana de un estudio académico para probar su vigor en el alcance estético; basta abrir los libros, iniciar la lectura y experimentar la incomodidad que se vive cuando una experiencia lucha por ajustarse a la idea preconcebida que se tiene de ella.

Ahora que Matías Battistón se arroja a traducir a Beckett para la editorial argentina Ediciones Godot, aprovecho su edición para volver a las páginas de El innombrable (1953), cierre de la trilogía compuesta por Molloy (1951) y Malone muere (1951), a la que de igual manera regreso para comprobar que nada hay de “absurdo” en su obra, ya que cada uno de los elementos gramaticales funciona para descolocar al anterior. En la lectura de su obra se avanza en el descrédito de la palabra anterior, que es puesta en duda como si no tuviese cabida en la página, a pesar de ser el sustento de la que vendrá. A la distancia, compruebo que esta lectura es un juego de azar con efectos oraculares y las consecuencias de su proximidad siempre son letales. Es una caminata en espiral que resume como nada antes escrito la idea de un tránsito vertiginoso que termina en un replanteamiento, no sólo del fenómeno de la comunicación humana (ya puesto en duda desde las obras de teatro), sino del ser mismo, el ser-ahí o dondequiera que se encuentre, habitante del país de palabras quien será dueño y señor de sí mismo siempre que pueda llegar a la palabra “libertad”, accesible a poquísimos.

Ahora bien, no es posible enunciar siquiera qué relata El innombrable, a ciencia cierta. Hay teorías y con esa condición es necesario leerlas. Personas, sombras, memorias sueltas, cajas que se abren para revelarnos otras cajas con contenidos que presagian sueños, desilusiones, emotividad que explota cuando se abre la botella de champaña para celebrar el amanecer de un día que nadie solicitó. Los libros de cierta temperatura se vuelven experiencias del espíritu antes que un anecdotario secuencial, fácil al tacto. Es la historia de Ulises (1922), Berlin Alexanderplatz (1929), La muerte de Virgilio (1945), Terra Nostra (1975). Párrafos de esta escritura podría mezclarse en la de esas obras (o de otras, da lo mismo siempre que la búsqueda se formule auténtica), lo que tendría el efecto de incrementar la creciente sensación de vértigo. Melzer, protagonista de Las escaleras de Strudlhof (1951) de Heimito von Doderer podría apropiarse del siguiente párrafo y nadie notaría la diferencia:

Qué raro, estas frases que se mueren sin que uno sepa por qué, qué raro, qué tiene de raro, todo aquí es raro, todo es raro si uno lo piensa, no, lo raro es pensarlo, acaso debo suponer que estoy habitado, no puedo suponer nada, tengo que seguir, es lo que hago, que los otros se ocupen de suponer, tiene que haber otros en otras partes, cada uno en su otra partecita, esta frase en los que vienen de nuevo, cada uno diciéndose, cuando llega el momento, el momento de decirla…

Por momentos, la narrativa moderna se homogeniza y genera la impresión de quedar atrapada en las mismas trampas retóricas que intentó dejar atrás. No obstante, el caso de Beckett es diferente. Procesó como nadie la iniciativa de James Joyce de fundir al ser con el lenguaje y llevó el procedimiento hasta sus últimas consecuencias, lo que deja a la expresión en los huesos, saltarina de signos sobre una página y que sólo reconocemos a causa de una asociación facilona. La cercanía entre ambos escritores de origen irlandés, genera una reacción en cadena que continúa a este momento. A partir del corpus de esas dos obras, sumadas a la de Kafka, es posible entrar con paso firme a las tendencias más radicales de la narrativa en el siglo XX. Esto porque ya no es posible pensar la literatura desde una perspectiva que no involucre la fuerza de esta destrucción de sentido, lo que a fin de cuentas no es sino abrir la puerta a la posibilidad del lenguaje para incinerarse a sí mismo y renacer con un sesgo diferente. Dicho lo anterior, no hay un tránsito cómodo en las páginas de El innombrable o de las piezas narrativas breves de Beckett. Hay estremecimiento, grito mudo, salto al vacío, delicada tensión que nunca se resuelve con un punto y aparte. Es jugar a la ruleta rusa con una pistola cargada en su totalidad.

Por otra parte, no es gratuita la fascinación de Beckett con Marcel Proust. A su modo de entender, el escritor es el Gran Editor, la puerta que se custodia abierta sólo hasta un punto específico, la cámara que registra para después hacer una selección de los materiales. Acumulación de significados para que el lector se desenrolle a sí mismo y descubra imágenes sugeridas en los pliegues, fisuras, mecanismos de relojería que no sirven más que para revelar que existen y nada puede hacerse contra su aparición espontánea. En la relectura, asimilo las páginas de El innombrable a una fortificación imposible de dominar, que se defiende, que nos lleva hasta el punto más alto del paroxismo para abandonarnos en el segundo final, en el cual se escapa la vida aunque no se nos permite la felicidad del abandono. Beckett aún es el escritor que permite asomarse a una forma de escritura que ya parece un lujo inaccesible, no sólo por la fineza de sus prevenciones sino igualmente por la brutalidad de su forma final. Incluso en este momento, cuando ya todas las banderas de la consagración se levantan para recibirlo, sus obras se conservan como álgidas tentativas que logran con dificultad un espacio entre el común de los lectores.

Beckett es una pieza exquisita para los más lectores severos y no habrá manera de cambiar esta percepción. Atomizar las oraciones, vueltas un campo minado, es una estrategia que se une con el uso de la coma para que el lector se resbale en lo más hondo del texto y acaso dentro de sí mismo. Rutas a un “yo” que imaginamos ya recorridas, pero que con un ejercicio de eliminación de la arrogancia muestran su incandescencia y, por lo mismo, su voluntad de evocación. El esplendor de Beckett, sí, aparece en todo su esplendor ante los escritores, quienes se muestran sorprendidos ante la dificultad técnica de esta táctica de micromontaje en cada una de las oraciones. Es una labor de microscopio o de observatorio, según la posición que se adopte. No es poco el mérito de arrojarse a traducirlo nuevamente. Aquí un ejemplo de esta concatenación de significados que terminan por disolver el lenguaje:

Nada sobre mí, entonces. O sea, ninguna declaración hilada. Llamados débiles, a lo sumo, cada tanto. ¡Escúchame! ¡Vuelve a ti! Es decir, tienen algo que decirme. Pero ni la menor noticia, salvo, se sobreentiende, que no estoy en condiciones de recibir ninguna, al no estar ahí, cosa que yo ya sabía. No dejé de notar, en un momento de receptividad excepcional, que sus exhortaciones utilizan el mismo canal que el empleado por Mahood y compañía, para sus transportes.

La popularidad de Esperando a Godot (1952) se vuelve inexplicable al lado de estas tentativas que implican un replanteamiento no sólo de lo que usualmente se denomina “arte experimental”, sino del propio hecho literario, llevado hasta su banalización con la abundancia de historias para ser contadas, todas con un final adoctrinante. Hasta el propio “monólogo interior” sufre una fractura en sus páginas, pues el sujeto que narra se descompone en partes y se disgrega hasta volverse la síntesis de una quimera, una voz en el desierto o la conversación de unas mujeres a la orilla de un lago. En un asunto numérico, es claro que el interés de Beckett por el teatro es mayor que por la narrativa, a la que considera un hecho estético residual. Algunas compañías de teatro han grabado las representaciones de los pequeños monólogos e historias de su narrativa breve, con el apoyo de la televisión irlandesa, lo que deriva en entender como la voz humana tiene una importancia de primer orden en sus obras. El trato con la obra de Beckett implica el reconocimiento de que debe leerse en voz alta para entrever la magnitud de su tentativa. Este es el cierre de El innombrable, por ejemplo, que funciona como una metáfora de quien se arroja a la vida y está dispuesto a enfrentarla por la sobrevivencia:

…hay que seguir, no puedo seguir, hay que seguir, entonces voy a seguir, hay que decir palabras, mientras las haya, hay que decirlas, hasta que ellos me encuentren, hasta que me digan, qué esfuerzo extraño, qué pecado extraño, hay que seguir, quizá ya se hizo, quizá ya me lo dijeron, quizá me trajeron hasta el umbral de mi historia, delante de la puerta que se abre a mi historia, eso me sorprendería, que se abriera, voy a ser yo, va a ser el silencio, en el que estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir.

Finalmente, será difícil hallar una época en la que no se intente un arte de vanguardia. Romper el molde y crear uno nuevo. Una parte significativa de los hallazgos de las vanguardias del siglo pasado, se preserva erguida como referente de lo que es posible intentar y hasta dónde puede estirarse la cuerda que une el hecho creativo legítimo con las boberías iridiscentes del esnobismo a ultranza. Las nuevas tecnologías abren caminos no para crear un lenguaje nuevo, pero sí para explorar nuevos modos de relacionar lo que ya existe, lo cual nunca será un mérito menor. Sin embargo, las fronteras a las que llegó Beckett, no sólo en El innombrable sino en el resto de su obra, se mantienen iluminadoras hasta el punto del aturdimiento. Beckett es una voz que sobrevuela una y otra vez sobre la raíz de los significados. Hay claridades que terminan por iluminar de más e inteligencias que son un recordatorio de que el pensamiento es tan necesario como cubrir las necesidades más elementales. Samuel Beckett, la voz que habita en medio de las llamas.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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